Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M

Nota: Solo por si acaso quiero advertir que este libro está ambientado en el año 1765, por lo que los medios anticonceptivos de los cuales se habla aquí eran creencias populares y que en la actualidad no funcionan (como dicen por ahí, mejor prevenir)

Capítulo 11 Un sentimiento que asusta

La noche siguiente, El Sincero soltó las golondrinas por tercera vez. Apenas hacía

unos instantes que el brujo había salido del patio cuando el monstruo se convirtió en la

princesa Compasión, y El Sincero se acercó a la jaula.

¿Cómo puedo liberarte? —le preguntó.

La princesa meneó la cabeza.

Es una tarea peligrosa. Muchos lo han intentado y han fracasado.

Sin embargo, El Sincero la miró fijamente y dijo:

Explícamelo. La princesa suspiró.

Si quisieras hacerlo, antes tendrías que dormir al brujo. En estas montañas, crece

una flor de color púrpura muy pequeña. Tienes que arrancar los capullos de esta flor y

convertirlos en polvo. Cuando llegue el momento, sopla el polvo a los ojos del brujo y,

mientras lo bañe la luz de la luna, no podrá detenerte. Sácale el anillo blanco que lleva

y tráemelo. Por último, debes tener preparados dos caballos, los más rápidos que

encuentres, para que podamos huir.

El Sincero asintió.

Lo haré. Te lo prometo.

De El Sincero

Alice vio cómo Jasper abrazaba a Charlotte y algo en su interior se quebró y se rompió. Sujetaba a la niña con mucha ternura. Era imposible no hacer la comparación obvia. Jasper abrazaba a la niña como un padre. Y su verdadero padre no la había abrazado nunca.

Aquella escena la sacudió por dentro. Anoche, le había hecho el amor como si fueran los dos únicos habitantes de la tierra y ahora tranquilizaba a su hija con una ruda ternura. Sorprendida, se dio cuenta de que se estaba enamorando de él, de aquel malhumorado y solitario señor del castillo. Quizá ya estaba enamorada. Y, del pánico, se le aceleró el corazón. Si había aprendido algo a lo largo de su vida caótica, ilógica e imprudente era que el amor la hacía tomar decisiones increíblemente estúpidas. Decisiones que la ponían, a ella y a sus hijos, en peligro.

Además de aquella idea desagradable había otra realidad horrible. Todavía estaba confundida, desubicada y desconcertada por haberse despertado de golpe, pero en el fondo de su corazón, sabía que Jasper había salvado a su hija. La había salvado cuando ella no había podido.

Cerró los ojos y un sollozo le estremeció el cuerpo entero.

—Tome esto —dijo bruscamente la señorita Withlock, colocándole su chal por encima de los hombros—. Parece que tiene frío.

—Soy una tonta —susurró Alice—. Nunca creí...

—No se fustigue a sí misma hasta que haya hablado con la niña —le dijo la señorita Withlock.

—No sé cómo no voy a hacerlo. —Alice se secó las lágrimas con la manga—. No lo sé.

—Mamá —Peter se escabulló entre las señoras y se aferró a la falda de su madre.

—No pasa nada, Peter. —Se sorbió la nariz una última vez e irguió la espalda, decidida—. El desayuno debe de estar listo. Vamos todos a vestirnos y comeremos algo. Así nos encontraremos mejor.

Jasper la miró por encima de la cabeza de Charlotte. Todavía no se había recuperado. El ojo seguía reflejando una violencia animal. Cuando Alice llegó al pasillo, estaba a punto de matar al señor Wiggins. Incluso ahora, no estaba segura de que se hubiera detenido si no lo hubiera obligado a mirarla. Se estremeció. La muestra palpable de aquella parte incivilizada y primitiva de su ser debería asustarla, pero por extraño que pareciera, ese lado salvaje de Jasper la hacía sentirse segura. Segura como no se había sentido desde que era pequeña y todavía vivía en casa de su padre. Cuando las complicaciones de la edad adulta todavía no habían llamado a su puerta.

Se estremeció, consciente de que ahora mismo era muy vulnerable; demasiado. Estaba llena de emociones encontradas y la dejaban sin defensas posibles ante Jasper.

Necesitaba alejarse, aunque fuera un rato, y recuperarse.

Tragó saliva, cogió la mano de Peter y ofreció la otra a Charlotte.

—Venga, cariño. Vamos a arreglarnos.

Charlotte la tomó de la mano y Alice tuvo que refrenarse para no apretarle la mano demasiado fuerte. Quería acariciarle el pelo, mirarla a los ojos y comprobar que estaba bien pero, al mismo tiempo, no quería echar más leña al fuego del drama de su hija. Sería mejor tranquilizarse e interrogarla con delicadeza.

—Bajaremos dentro de unos minutos —le dijo a Jasper, con la voz un poco temblorosa.

Y se llevó a los niños a su habitación. Por lo visto, Peter se había recuperado de cualquier

preocupación que hubiera tenido. Se vistió deprisa y se sentó en la cama con el cachorro.

Mientras tanto, Alice llenó una palangana con la jarra de agua que había en el tocador. Sacó un pañuelo, lo mojó y le lavó la cara a Charlotte. Hacía años que no la ayudaba a vestirse.

En Londres, se encargaba la señorita Cummings y, en el viaje hacia el norte, la niña demostró que era capaz de hacerlo sola. Sin embargo, esta mañana, Alice le limpió los rastros de lágrimas de la cara. La hizo sentarse, se arrodilló a sus pies y le puso las medias, atando las ligas con cuidado por encima de las rodillas, con movimientos lentos y pausados. Le puso las enaguas y la falda y se las ató a la cintura.

Cuando Alice tenía el canesú en la mano, Charlotte comenzó por fin a hablar.

—Mamá, no tienes que hacerlo.

—Ya lo sé, cariño —murmuró Alice—, pero a veces a las madres nos apetece volver a vestir a nuestras hijas. ¿Me das permiso?

Su hija asintió. Sus mejillas habían recuperado el poco color que solían lucir y ya no tenía el rostro afligido. Los dedos de Alice iban atando las cintas mientras recordaba la expresión de pánico que había visto en la cara de Charlotte cuando llegó a los pies de la escalera. Santo Dios, si Jasper no llega a estar allí...

—Ya está —dijo, con mimo, cuando hubo atado todas las cintas del canesú—. Dame el cepillo y te peinaré.

—¿Me puedes hacer una trenza y atarla en forma de corona? —preguntó Charlotte.

—Claro. —Alice sonrió. Se sentó en un taburete bajo—. Te peinaré como a una princesa.

Charlotte se dio la vuelta y Alice empezó a peinarla.

—¿Puedes explicarme qué ha pasado?

Charlotte encogió los delgados hombros e inclinó la cabeza como si fuera una tortuga que se estuviera escondiendo debajo del caparazón.

—Sé que no quieres hablar de eso —murmuró Alice—, pero me parece que tenemos que

hacerlo, cariño. Al menos una vez. Y después, si quieres, nunca más volveremos a sacar el asunto. ¿Te parece bien?

Charlotte asintió y respiró hondo.

—Me desperté pero Peter y tú dormíais, así que bajé a Meón. Lo saqué fuera para que hiciera sus cosas, pero entonces vi al señor Wiggins y volví dentro corriendo con Meón y nos escondimos.

Hizo una pausa y Alice dejó el cepillo para separarle la mata de pelo en tres partes.

—¿Y entonces?

—El señor Wiggins entró en la habitación —continuó Charlotte, en voz baja—. Me... Me gritó. Dijo que lo estaba espiando.

Alice arrugó las cejas.

—¿Por qué diría eso?

—No lo sé —respondió Charlotte, en tono evasivo. Alice decidió no insistir.

—¿Y luego qué pasó?

—Y... Y lloré. No quería. Intenté no llorar, pero no pude evitarlo —confesó, muy triste—. Me dio mucha rabia llorar delante de él.

Alice apretó los labios y se concentró en la trenza. Por un momento, deseó que Jasper hubiera matado al señor Wiggins.

—Y entonces llegó sir Jasper —continuó Charlotte—, me vio, vio al señor Wiggins y... ¡mamá, se movió tan deprisa! Agarró al señor Wiggins por el cuello y yo no sabía qué estaba pasando hasta que salí al pasillo y os vi a ti, a Peter y a la señorita Withlock, y entonces le dijiste a sir Jasper que parara —respiró hondo al final de la explicación.

Alice se quedó en silencio un momento, pensando. Terminó la trenza y dejó el cepillo.

—Sujeta las horquillas mientras te hago la corona —murmuró. Dejó las horquillas en la mano de Charlotte y empezó a enroscar la corona alrededor de la cabeza de su hija.

—Gracias, cariño. —Aceptó una horquilla que le ofreció su hija y la colocó con cuidado en la trenza para que no se moviera—. Me estaba preguntando si pasó algo más en la habitación donde te has escondido con Meón.

Charlotte estaba inmóvil mientras la peinaba, pero tenía la mirada clavada en las horquillas de la mano.

A Alice se le paró el corazón. Se notaba un nudo en la garganta y tuvo que aclarársela antes de continuar.

—¿Te ha tocado en algún momento el señor Wiggins?

Charlotte parpadeó y la miró, con la mirada desconcertada.

—¿Tocarme?

Oh, Dios. Alice intentó hablar en un tono informal.

—¿Te ha puesto la mano encima, cariño? ¿O... ha intentado besarte?

—¡Aaahhh! —Charlotte puso cara de asco—. ¡No, mamá! No quería besarme, quería pegarme.

—Pero, ¿por qué?

—No lo sé. —Charlotte apartó la mirada—. Dijo que iba a hacerlo, pero entonces llegó sir Jasper y se lo llevó.

El nudo en la garganta había desaparecido. Alice tragó saliva y lo preguntó una vez más, sólo para estar segura.

—Entonces, ¿no te ha tocado?

—No, ya te lo he dicho. Sir Jasper llegó antes de que el señor Wiggins pudiera acercarse a mí. Además, no creo que quisiera besarme. Estaba muy enfadado.

Charlotte la miró como si fuera tonta.

Y Alice nunca había estado tan contenta de que la tomaran por tonta. Colocó la última

horquilla, giró a su hija para verla mejor y la abrazó, con cuidado de no hacerlo con la fuerza que quería.

—Bueno, me alegro de que sir Jasper llegara en ese momento. No creo que tengamos que

preocuparnos por el señor Wiggins nunca más.

Charlotte se retorció.

—¿Puedo mirarme en el espejo?

—Claro. —Alice abrió los brazos y soltó a su hija. Charlotte corrió hasta un viejo espejo que había en el tocador. Se puso de puntillas y volvió la cabeza a un lado y al otro para ver mejor la trenza.

—Tengo hambre —dijo Peter mientras saltaba de la cama. Alice asintió y se levantó.

—Dejad que me vista y bajaremos a ver qué ha preparado la señora McCleod para desayunar.

Se lavó con una sensación de tranquilidad considerable, a pesar de que una parte de su cerebro todavía daba vueltas a la evasión de Charlotte. Si el señor Wiggins quería pegarle, ¿qué le estaba ocultando su hija?

—Tenemos que encontrar otro nombre para ese perro —murmuró sir Jasper a nadie en

concreto, por la tarde. Se colgó la vieja mochila al hombro.

Se había detenido en la cima de una colina para ver cómo Peter y Charlotte bajaban rodando la otra ladera. Peter se tiró al suelo y rodó con desenfreno, ajeno a posibles obstáculos y a la dirección que tomaba su pequeño cuerpo. Charlotte, en cambio, se pegó la falda alrededor de las piernas antes de tenderse en el suelo, con los brazos encima de la cabeza y, muy despacio, dejó rodar su cuerpo en línea recta.

—¿No te gusta Meón? —preguntó Alice. Tenía la cabeza ladeada y un aspecto bastante

angelical. Sin embargo, él la miró con recelo.

—Cuando el animal sea mayor y entienda el significado de su nombre, se morirá de

humillación.

Ella lo miró con incredulidad.

—¿Cuándo entienda el significado de su nombre?

Los dos miraron cómo el cachorro bajaba corriendo la colina, muy emocionado, aunque luego tropezó con sus propias patas y acabó rodando en una maraña de orejas grandes y pelo embarrado. Se levantó, se sacudió y volvió a subir la colina.

Jasper hizo una mueca.

—Este perro en concreto necesita un nombre más digno.

Alice se rió.

Él notó cómo, a regañadientes, también sonreía. Al final, había acabado siendo un día precioso y los niños y ella estaban a salvo. De momento, bastaba con saber que Wiggins no había tocado a Charlotte con intenciones lascivas. Cuando Alice se lo había dicho, poco antes de sentarse a desayunar, se había quitado un gran peso de encima.

Sophia, que también había participado de la conversación susurrada, se limitó a asentir y dijo: «Bien», antes de sentarse frente al plato con avena, beicon y huevos que le había preparado la señorita McDonald. Poco después, las dos se marcharon a Edimburgo. Jasper había visto desaparecer el carruaje con sentimientos encontrados. Le había encantado volver a discutir amistosamente con su hermana, porque había olvidado lo mucho que le gustaba su compañía, pero estaba contento de tener el castillo para Alice y para él. La mirada de Sophia era demasiado perspicaz.

Se había pasado el resto de la mañana trabajando productivamente, aunque durante la comida Peter empezó a hablar con melancolía de los tejones que no habían visto el día anterior. Aquella propició que Jasper propusiera un paseo por la tarde y ahora estaba caminando por la montaña en lugar de en su despacho trabajando.

—Dijiste que dejarías que los niños decidieran el nombre —dijo Alice.

—Sí, pero también dejé claro que Meón no era una posibilidad.

—Ah. —Arrugó los labios y luego los alisó—. No te he dado las gracias por lo de esta mañana.

Él encogió un hombro.

—No hay de qué.

A los pies de la colina, Charlotte se levantó y se sacudió la falda. Milagrosamente, no se la había manchado de hierba a pesar de que ya había rodado por la colina varias veces.

Alice se quedó en silencio junto a él y luego se acercó y lo tomó de la mano, un gesto que

quedó escondido detrás de su falda.

—Me alegro mucho de que estuvieras allí para protegerla.

Él la miró.

Alice estaba observando a Charlotte con tristeza.

—Es muy especial, ¿sabes? No es lo que me esperaba que fuera una hija, pero supongo que todos tenemos que aceptar lo que Dios nos da.

Jasper dudó unos instantes. No era asunto suyo, pero dijo, algo brusco:

—Tiene miedo de no obtener tu aprobación.

—¿Mi aprobación? —Lo miró, desconcertada—. ¿Te lo ha dicho ella?

Él asintió.

Ella suspiró.

—La quiero mucho, claro que la quiero; es mi hija, pero nunca la he entendido. Tiene un

carácter muy melancólico para alguien tan joven. Y no es que no lo apruebe, pero ojalá supiera cómo hacerla feliz.

—Quizá no tienes que hacerlo.

Ella meneó la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

Él se encogió de hombros.

—No soy ningún experto, pero quizá no hay que intentar «hacerla» feliz. Al fin y al cabo, esa misión está destinada al fracaso. Sólo Charlotte puede lograr su felicidad. Quizá sólo tienes que quererla. —Bajó la mirada hacia aquellos ojos azules tan tristes—. Y ya lo haces.

—Sí. —Abrió mucho los ojos—. Ya lo hago.

Jasper apartó la mirada y notó cómo ella le apretaba la mano antes de soltarlo.

—Venga, niños —dijo, y empezó a bajar la colina.

Jasper la miró, las faldas se balanceaban mientras bajaba la colina, moviendo las caderas a un ritmo muy seductor, y un mechón rubio flotaba en el aire debajo del sombrero de ala ancha.

Parpadeó, como si se acabara de despertar de un sueño, y siguió la cadencia de esas caderas.

—¿Dónde están los tejones? —preguntó Peter.

El niño le dio la mano sin pensar.

Jasper alzó la mirada.

—Detrás de esa colina.

Estaban rodeados de suaves colinas cubiertas de tojo y brezo, que llegaban hasta el horizonte.

Al oeste, un rebaño de ovejas pastaba y parecían estrellas en el prado verde y púrpura.

—Pero si ya fuimos allí ayer —protestó Charlotte—. La señorita Withlock no encontró tejones por ningún sitio.

—Ah, pero eso es porque no sabía dónde mirar.

Charlotte lo miró con recelo y a él le costó no sonreír ante ese gesto.

Meón no quiere andar más —anunció Peter.

—¿Cómo lo sabes? —Charlotte miró al cachorro con el ceño fruncido y, por lo que Jasper veía, el animal era perfectamente capaz de caminar.

—Lo sé —respondió Peter. Cogió al animal en brazos—. Uf. Empieza a pesar.

Charlotte puso los ojos en blanco.

—Eso es porque le has dado la avena de tu desayuno.

Peter hizo ademán de responder bastante alterado, pero Jasper se aclaró la garganta.

—Esta mañana he encontrado un charco en la cocina y sospecho que ha sido Meón. Tenéis que sacarlo fuera para que haga sus necesidades, niños.

—Lo haremos —respondió Charlotte.

—¿Habéis pensado algún nombre para él? No puede llamarse Meón el resto de su vida.

—Bueno, yo he propuesto Jorge, en honor al rey, pero a Peter no le gusta.

—Es un nombre estúpido —murmuró Peter.

—¿Y cuál es tu propuesta? —le preguntó Jasper.

—Lunar —dijo el niño.

—Bueno, es...

—¡Estúpido! —Intervino Charlotte—. Además, sería más adecuado Mancha que Lunar, pero Mancha sería un nombre todavía más estúpido.

—Charlotte —dijo Alice—. Discúlpate con sir Jasper por interrumpirlo. Una dama nunca

interrumpe a un caballero.

Jasper arqueó las cejas ante aquella información. Avanzó dos pasos, se colocó a su lado e

inclinó la cabeza.

—¿Nunca?

—No, a menos que el caballero sea extremadamente tozudo —respondió ella, con serenidad.

—Ah.

—Lo siento —farfulló Charlotte.

Jasper asintió.

—Sujeta fuerte al cachorro.

—¿Por qué? —Peter levantó la cabeza.

—Porque la madriguera de los tejones está justo aquí. —Jasper señaló con su bastón de

caminar. Los tejones vivían bajo un montículo cubierto de tojo—. ¿Veis que la tierra de aquí está fresca? Es uno de los túneles.

—Ohhh. —Peter se agachó para mirar—. ¿Veremos uno?

—Seguramente, no. Son bastante tímidos, pero si les asustas, pueden matar a un perro, sobre todo si es pequeño.

Peter abrazó a Meón muy fuerte hasta que el animal se quejó y el niño susurró, ansioso:

—¿Dónde cree que están?

Jasper se encogió de hombros.

—Quizás en la madriguera, dormidos. O quizá fuera cazando gusanos.

—¿Gusanos? —Peter arrugó la nariz. Jasper asintió.

—Parece que es lo que les gusta.

—¡Mirad esto! —Charlotte se agachó mientras, con mucho cuidado, se recogía la falda debajo de las piernas.

Jasper fue hasta donde la niña estaba señalando y vio un pequeño montículo negro.

—¡Bien hecho! Has encontrado un excremento de tejón.

Tras él, Alice emitió un sonido ahogado, pero él la ignoró. Se agachó junto a Charlotte y, con un palo en la mano, lo clavó en el excremento, que estaba seco.

—Mira esto.

Separó dos escamas negras. Charlotte se acercó un poco más.

—¿Qué son?

—El caparazón de un escarabajo. —Abrió la mochila que llevaba colgada del hombro, abrió un bolsillo y rebuscó hasta que encontró un pequeño bote de cristal. Cogió el caparazón de escarabajo, lo metió en el bote y lo tapó con un corcho.

—¿Qué es un caparazón? —preguntó Peter. Estaba agachado a su lado, con la respiración

agitada.

—La parte dura de fuera. —Jasper siguió pinchando el excremento y encontró un hueso

delgado y pálido.

—¿De qué animal es? —preguntó Charlotte, muy interesada.

—No estoy seguro. —Sólo era un fragmento. Lo sujetó delante de los ojos antes de guardarlo en otro bote de cristal—. Seguramente, de un mamífero pequeño. De un ratón o un topo.

—Bah —dijo Charlotte, y se levantó—. ¿Hay otras pistas sobre la ubicación de los tejones que podamos buscar?

—A veces, hay desechos en la tierra que excavan. —Jasper recogió la mochila y se acercó a la madriguera. Un movimiento en las oscuras profundidades hizo que se detuviera y agarrara el hombro de Charlotte—. Mira.

—¡Un bebé! —suspiró Charlotte.

—¿Dónde? ¿Dónde? —susurró Peter en voz alta.

—¿Lo ves? —Jasper colocó su cabeza junto a la del niño y le señaló hacia el agujero.

—¡Genial!

Una cara a rayas blancas y negras asomó por la madriguera, con otra detrás empujando.

Los tejones se quedaron inmóviles, observando un segundo, y luego desaparecieron.

—Ha sido muy bonito. —La voz de Alice se oyó a sus espaldas. Jasper se volvió y la vio

sonriéndole—. Mucho mejor que el excremento, creo. ¿Y ahora qué podemos buscar?

Y lo miró como si pasar la tarde con él fuera lo más natural del mundo. Así como compartir a sus hijos con él.

Jasper se estremeció y, de repente, se levantó y se volvió hacia el castillo.

—Nada. Tengo trabajo.

Se alejó, sin esperar a Alice ni a los niños, consciente de que su actitud daba a entender que estaba huyendo de ellos cuando, en realidad, huía de algo mucho más peligroso: esperanza en el futuro.

Después de la forma tan brusca en que Jasper había puesto fin a su paseo de la tarde, Alice se había jurado que no iría a buscarlo otra vez. Sin embargo, cuando el reloj marcó la medianoche, paseó por los oscuros pasillos del castillo en dirección a su habitación. Sabía que estaba jugando con fuego, sabía que se estaba arriesgando, ella y los niños y, sin embargo, no parecía capaz de mantenerse lejos de él. «Quizá —suspiró una parte de ella imprudente y siempre esperanzada—, quizá se abrirá a ti. Quizás aprenderá a quererte. Quizá quiera que seas su mujer.»

Susurros estúpidos e infantiles. Se había pasado media vida con un hombre que no la quería y la parte práctica y fría de su mente sabía que, cuando esta historia con Jasper terminara, tendría que irse a otro sitio con sus hijos.

Aunque no sería esa noche.

Se quedó dudando frente a la puerta pero, de algún modo, Jasper debió de oírla, a pesar de que no había llamado a la puerta. Abrió, la agarró por el brazo y la metió en la habitación.

—Buenas noches —empezó a decir ella, pero él silenció la última palabra con un beso. La

besaba con unos labios tan apasionados y exigentes que casi eran desesperados. Alice se olvidó de todo lo que la rodeaba.

Y entonces, Jasper levantó la cabeza y la llevó hasta la cama.

—Tengo que enseñarte algo.

Ella parpadeó.

—¿Qué es?

—Siéntate. —No esperó a que lo hiciera y se volvió para buscar algo en el cajón de la mesita de noche—. Ah. Aquí está.

Sujetó un limón pequeño, no más grande que la punta de su pulgar.

Ella arqueó las cejas.

—¿Y?

Le dije a la señora McCleod que lo comprara la última vez que fue al pueblo. Había pensado que... —Se aclaró la garganta—. Bueno, he pensado que quizá quieras utilizarlo como preventivo.

—¿Preventivo para qué...? Ah. —Notó que se sonrojaba. De hecho, como acababa de tener el periodo, había imaginado que no sería fértil en ese momento. Sin embargo, puesto que era el tercer encuentro sexual con Jasper, recordó que dentro de poco sí que tendría que empezar a preocuparse por prevenir un posible embarazo. Era conmovedor que él hubiera pensado en esa preocupación antes que ella y hubiera hecho algo.

—Yo nunca... Bueno, es que... —Enseguida recordó que se suponía que era una respetable

viuda. Aunque en realidad, nunca debería haber oído hablar de preventivos. De hecho, a veces el duque había utilizado una tela hecha especialmente para eso, aunque no con frecuencia.

Jasper también se había sonrojado.

—Puedo enseñarte. Tiéndete.

Alice se dio cuenta de lo que pretendía hacer y quería negarse. Una cosa era dejar que la viera cuando estaban en un momento íntimo, pero mientras estaba vestido y de pie junto a la cama parecía... impropio.

—Alice —dijo él, muy despacio.

—Está bien. —Se tendió en la cama y miró al techo. Estaba tendida horizontalmente en la

cama, con las piernas colgando por un lado.

Notó cómo le subía la falda de la bata y la camisola y el roce de la seda contra su delicada piel era como un susurro en medio de la silenciosa habitación. Le arrugó el tejido en la cintura y entonces sus manos se apartaron de su cuerpo. Lo oyó que rebuscaba en la mesita de noche otra vez y, entonces, olió el ácido aroma del cítrico. Ella levantó la cabeza y lo vio con el limón partido por la mitad en la mano. Jasper la miró y luego se arrodilló en la alfombra que había junto a la cama. Ella contuvo la respiración. La cálida mano de Jasper volvió a acariciarle las piernas y Alice se dio cuenta de que estaba intentando separarle los muslos. Tragó saliva y los abrió.

—Más —dijo él, con la voz áspera.

Ella cerró los ojos. Dios santo, estaba muy cerca de sus partes íntimas. Podría verlo todo. Y

olerlo todo. Se mordió el labio y separó las piernas un poco más.

—Otra vez —susurró él.

Y ella separó los muslos hasta que las piernas le temblaron. Hasta que los labios de su sexo

también se abrieron, dejándola expuesta ante él. Notó cómo la mano de Jasper ascendía por su muslo.

—A los quince años —dijo él, en tono neutro—, descubrí un libro de anatomía que había

pertenecido a mi padre. Era muy educativo, especialmente en lo referente al cuerpo femenino.

Alice tragó saliva. Sus dedos le estaban peinando con delicadeza el vello púbico.

—Esto —dijo, con la palma de la mano abierta sobre el montículo—, se llama mons veneris. El Monte de Venus.

Los dedos siguieron deslizándose por el pliegue interno del muslo, y le hizo cosquillas. Alice se estremeció.

—Estos son los labios mayores. —La acarició por el otro lado.

Y entonces notó cómo algo frío y húmedo goteaba sobre sus pliegues internos. Dio un respingo y olió el limón, mucho más intenso ahora.

Notó cómo Jasper le frotaba los pliegues con el limón redondeado. Lo deslizó entre los

húmedos labios.

—Estos son los labios menores. Pero —rodeó la cima del pliegue con el limón y entonces, por sorpresa, lo apretó hacia abajo —aquí hay un problema.

—¿Un problema? —exclamó ella.

—Mmm. —Tenía una voz tan grave que casi parecía un gruñido—. Esto es el clítoris. Lo

descubrió el signor Gabriele Falloppio en 1561.

Alice intentó reflexionar sobre esas palabras mientras él seguía frotándole el limón contra la piel de forma exquisita. No acababa de entenderlo.

Al final, encontró su voz.

—¿Quieres decir...? ¿Quieres decir que nadie sabía de su existencia hasta el año 1561?

—Eso es lo que el signor Falloppio pensaba, aunque parece un poco... no sé... improbable. — Enfatizó esa última palabra con unos golpecitos del limón. Ella contuvo el aliento—. Pero hay otro problema. Verás, otro anatomista italiano llamado Colombo reclamó que él había hecho ese mismo descubrimiento dos años antes que el signor Falloppio.

—Creo que lo siento mucho por las esposas de esos hombres —murmuró Alice. Estaba

ardiendo y la constante presión del frío limón la excitaba más. Sólo quería que Jasper terminara y le hiciera el amor.

Sin embargo, estaba claro que Jasper no tenía ninguna prisa.

—Quizá también lo sientas por las esposas cuyos maridos no creen en la existencia del clítoris.

Ella entrecerró los ojos mientras miraba al techo.

—¿Existen hombres así?

—Por supuesto —murmuró él. Por fin separó el limón de sus sensitivos pliegues, aunque ahora se sentía abandonada—. Algunos dudan de que exista algo así.

Y, muy despacio, deslizó el medio limón en su interior.

Ella contuvo el aliento ante aquella situación. El limón frío y sus dedos calientes. Él retorció los dedos, hizo algo y retiró los dedos, dejando el limón dentro.

—Los hay que dudan que una mujer sienta algo cuando se la estimula aquí. —Deslizó los dedos por entre los pliegue hasta que llegó al clítoris—. Yo creo que están locos, pero, claro, todo científico tiene que comprobar sus teorías. ¿Lo vemos?

«Ver, ¿el qué?», pensó Alice, pero no tuvo tiempo de decirlo porque Jasper había sustituido los dedos por la boca y, después de eso, Alice no podía ni hablar.

Sólo podía sentir.

Él la lamió con cuidado, con delicadeza, entre los labios de su sexo, como si quisiera recoger todas las gotas del limón. Y, cuando llegó arriba de todo, la lamió alrededor del botón, en círculos cada vez más concéntricos hasta que ella se agarró a las sábanas con todas sus fuerzas, en un tembloroso éxtasis, y levantó las rodillas para abrazarse a su cabeza. Jasper le tomó las piernas y se las colocó por encima de los hombros sin separar la boca de ella. La sujetó por las caderas con más fuerza para evitar que se separara. Tensó la lengua y la introdujo por el túnel y, cuando Alice creyó que iba a desintegrarse de placer, Jasper volvió a ascender. Tomó aquel pedazo de carne tan sensible entre los labios y succionó, con suavidad y persistencia.

Alice no podía moverse ni huir de sus acciones tan decididas. Gemía y jadeaba, incapaz de

controlar los sonidos que emitía. En algún momento, había entrelazado los dedos a su pelo largo y aquello era lo único que la conectaba a la realidad. Le tiró del pelo con ansias para que siguiera o se detuviera, no sabía cuál de las dos cosas, aunque tampoco importaba.

Nada iba a detenerlo.

Hasta que la luz estalló detrás de sus párpados cerrados y un placer puro y casi doloroso nació en el punto que Jasper seguía succionando. Jadeó y notó que le resbalaban las lágrimas.

Se sentía como si hubiera tocado el cielo.

Él siguió lamiéndola muy despacio mientras se calmaba y luego se levantó, se colocó junto a la cama y la miró con gesto impasible mientras se desnudaba.

—Creo que nunca podré volver a tocar un limón y no pensar en ti —dijo, como si nada. Se quitó los pantalones y el pene asomó totalmente erecto—. En esto.

Se colocó encima del agotado cuerpo de Alice, un brazo a cada lado, mientras su peso

balanceaba el colchón. Le quitó la bata y la camisola con tanta facilidad como si estuviera

desnudando a una muñeca y la miró. Ella tenía los párpados cerrados. La movió hasta que quedó tendida con la cabeza junto al cabezal de la cama y luego volvió a separarle las piernas lo máximo que pudo. Se colocó encima de ella.

Ella hizo una mueca cuando la rozó, porque todavía tenía la piel muy sensible.

Jasper agachó la cabeza hasta que tuvo los labios pegados a su oreja.

—No quiero hacerte daño, pero tengo que estar dentro de ti ahora mismo. No puedo evitarlo, sería como dejar de respirar. Muy suave —dijo, mientras la punta del pene le acariciaba los pliegues—. Relájate. Sólo... déjame. —Empujó y la penetró uno o dos centímetros.

Ella aceleró la respiración. Nunca había estado tan sensible. Tenía la sensación de que la caricia de una pluma la haría estremecerse. Y lo que él le estaba introduciendo en el cuerpo no era una pluma. La penetró un poco más. Estaba húmeda, pero también hinchada y enrojecida de la excitación. Ella volvió la cabeza y le lamió la mandíbula.

Él se quedó inmóvil.

—No...

Esta vez, Alice le mordisqueó la piel con cuidado. Por muy informal que fuera su tono de voz, estaba tenso, y ella lo notaba a través de su cuerpo, y una parte picara de ella quería volverlo loco.

Quería que cruzara el umbral de la sensatez.

Le rascó la espalda con las uñas.

—Alice —dijo él, con la voz áspera—, eso no es prudente.

—Pero es que no quiero ser prudente —susurró ella.

Y aquello fue todo. Cualquier amenaza que Jasper encerrara en sus palabras desapareció. La penetró, rozó su suavidad y llegó hasta el fondo, jadeando y fuera de sí.

Ella lo abrazó y lo mantuvo así mientras él la embestía y se retorcía encima de ella. Y lo observó.

Vio su cara fuerte y deformada. Incluso cuando las primeras señales de placer se apoderaron de ella, mantuvo los ojos abiertos, observando.

Y él la miraba, fijamente, con el ojo mientras se acercaba al clímax. Era como si intentara

comunicarle algo que no podía decir y que sólo podía demostrar con su cuerpo. Retorció los labios, se sonrojó y abrió la boca en silencio, pero no dejó de mirarla ni un segundo, ni siquiera cuando la inundó con su calidez.