Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M
Capítulo 12 La burbuja se rompió
A partir de entonces, cuando el brujo lo liberaba del deber de vigilar al monstruo, El
Sincero iba a la montaña a buscar la flor color púrpura. Tardó un poco, porque sólo lo
iluminaba la luz de la luna, pero al final había conseguido suficientes capullos para
triturarlos y obtener un polvo. Entonces, se dispuso a buscar dos caballos. Aquello
resultó ser todavía más difícil, porque el brujo no tenía caballos. Sin embargo, una
noche, El Sincero se metió todas sus monedas en el bolsillo y bajó la montaña hasta
una granja que había en el valle.
Cuando despertó al granjero y le explicó lo que quería comprar, el hombre frunció el
ceño.
—No llevas suficiente dinero. Por esa cantidad, sólo puedo venderte un caballo.
El Sincero asintió y entregó al granjero todo el dinero que tenía.
—Así sea.
Y subió la montaña antes del alba con un solo caballo...
De El Sincero
Alice se despertó a primera hora de la mañana en la cama de Jasper. Las brasas del fuego
todavía resplandecían, pero la vela de la mesita de noche ya hacía horas que se había extinguido.
A su lado, Jasper respiraba despacio y profundamente. No pretendía pasar allí la noche. Aquello la despertó de golpe. Tenía que regresar a su habitación con los niños.
Con esa idea en la cabeza, salió de la cama muy despacio y se acercó a la repisa de la chimenea.
Había un jarrón con astillas, y se agachó y encendió una con las brasas, y luego encendió varias velas para poder vestirse. Miró a su alrededor. Tenía la bata debajo de la cama, pero no encontraba la camisola. Murmuró algo entre dientes, tomó una vela y se acercó a la cama buscándola. No estaba ni debajo ni junto a la cama. Al final, se acercó al colchón y la buscó entre las sábanas. Se detuvo cuando la cálida luz de las velas iluminó a Jasper.
Estaba tendido sobre la espalda, con un brazo por encima de la cabeza y las sábanas
arremolinadas en la cintura. Parecía un dios dormido, con los brazos y los hombros oscuros encima de las sábanas blancas. Tenía la cara ligeramente vuelta hacia ella y vio que, en algún momento de la noche, se había quitado el parche. Dudó un segundo antes de acercarse un poco para observarlo mejor. Sólo lo había visto sin el parche aquella primera noche en la puerta, una noche que ahora parecía muy lejana. Ese día, se había quedado absolutamente horrorizada. Y ese horror prevalecía en su mente, borrando cualquier otra impresión más detallada.
Ahora vio que el párpado del ojo que había perdido estaba cerrado y cosido. Sí, estaba hundido pero, aparte de eso, era como un ojo normal cerrado. El resto de ese lado de la cara era otra cosa, claro. Un profundo surco le atravesaba la mejilla en diagonal, desde debajo del ojo cerrado hasta cerca de la oreja. Debajo, había una zona de hoyos y marcas rojas, con la piel gruesa y dura, quizá consecuencia de alguna quemadura. Y luego tenía la mejilla llena de pequeñas cicatrices blancas, fruto por supuesto de cortes de navaja.
—No es una vista agradable, ¿eh? —gruñó él.
Alice dio un respingo, sorprendida, y estuvo a punto de tirarle cera líquida encima del hombro.
Jasper abrió el ojo y la miró con tranquilidad.
—¿Estás examinando a la bestia con la que te acostaste anoche? —Hablaba con voz grave.
Profunda a resultas del sueño.
—Lo siento —murmuró ella, como una estúpida. Ahora vio que la camisola estaba debajo del hombro de Jasper.
—¿Por qué? —preguntó él.
—¿Qué? —Tiró de la camisola, pero estaba prácticamente debajo de él y no podía sacarla de allí sin rasgarla. Jasper no se movió.
—¿Por qué lo sientes? Después de todo, tienes derecho a comprobar el aspecto real de tu
amante debajo de la máscara.
Por el momento, se olvidó de la camisola y miró la bata. Se le hacía muy extraño estar
manteniendo una conversación totalmente desnuda.
—No quería parecer... eh... maleducada. Nada más.
Él la tomó por la muñeca y la atrajo hacia sí, mientras le sacaba la vela de la mano y la dejaba en la mesita.
—Querer saber la verdad no es de mala educación.
—Jasper —dijo, con suavidad—, tengo que volver a la habitación. Los niños...
—Seguro que estarán dormidos profundamente —murmuró él. Le tiró del brazo y ella cayó encima de él, con los senos pegados contra su cuerpo. Jasper levantó la cabeza y le dio un beso en los labios—. Quédate.
—No puedo —susurró ella—. Ya lo sabes.
—¿Lo sé? —preguntó, con voz áspera, contra sus labios—. Algún día te irás, pero ahora sólo sé que es muy temprano y que mi cama está fría sin ti. Quédate.
—Jasper... —No había visto este lado de él hasta ahora; ese amante amable y encantador.
Estaba muy atractivo y ella no pudo resistirse.
—¿Es por el ojo? Puedo volver a ponerme el parche.
—No. —Ella se separó un poco para verle la cara. En realidad, ya no le asustaban las cicatrices por horribles que fueran.
Jasper colocó su enorme mano en la nuca de Alice y la atrajo hacia él.
—Entonces, quédate un poco más. No he tenido ocasión de cortejarte como Dios manda.
Ella levantó la cabeza y lo miró con recelo.
—¿Cortejarme?
Él arqueó la comisura de los labios.
—Ya sabes. Seducirte. Estar a tu disposición. Cortejarte. He sido muy descuidado.
—¿Y qué harías para hacerme la corte? —preguntó ella, medio en broma. Nunca la habían
cortejado, al menos de forma decente. Y no se estaba refiriendo a pedirle matrimonio, ¿verdad?
Él dobló un brazo debajo de la cabeza y no dejó de sonreír.
—No lo sé. Tengo muy olvidado lo que hay que hacer para cortejar a una mujer bonita como tú. Quizá debería componer una oda a tus hoyuelos.
Ella soltó una carcajada, sorprendida.
—No lo dices en serio.
Él se encogió de hombros y alargó la otra mano y jugueteó con un mechón de pelo que le caía en la cara.
—Si no soportas la poesía, me temo que sólo me quedan las salidas en carruaje y los ramos de flores.
—¿Me traerías flores? —Estaba de guasa, y lo sabía, pero una pequeña parte muy tonta de ella quería creerlo. James, el Duque de Lister, le había regalado joyas muy caras y un vestidor lleno de ropa, pero nunca le había llevado flores.
El precioso ojo celeste de Jasper la miró.
—No soy un hombre sofisticado, y vivo en el campo, así que tendrías que conformarte con
flores silvestres. Violetas y amapolas al principio de la primavera. Margaritas en otoño.
Escaramujos y cardos en verano. Y al final de la primavera te traería las campánulas que crecen en estas tierras. Campánulas azules, del mismo color que tus ojos.
Y fue entonces cuando Alice lo sintió: una holgura, una liberación. Su corazón se soltó y salió disparado y fuera de control. Se entregó por completo a aquel hombre complejo, enojoso y absolutamente fascinante.
Dios mío, no.
Por la mañana, cuando Jasper se despertó, era más tarde de lo habitual, consecuencia de la noche que se había pasado haciendo el amor con Alice que, teniendo en cuenta la situación, había dado un giro bastante satisfactorio. Si tenía que escoger entre levantarse temprano o quedarse en la cama con su ama de llaves, se temía que escogería lo segundo y se perdería la salida del sol encantado.
Sin embargo, ahora mismo ya hacía horas que tendría que estar levantado. De hecho, cuando se afeitó, se vistió y bajó las escaleras, descubrió que la señora Halifax estaba aireando una de las habitaciones que no se utilizaban. Uno albergaba la esperanza de pesar más que unas sábanas mohosas en la lista de prioridades de su amante, pero por lo visto no siempre era así.
Alice rechazó el ofrecimiento de ir a dar un paseo, aunque enseguida lo tranquilizó al sonrojarse antes de volverse para dar órdenes al servicio.
Jasper fue hacia la cocina. Puede que no la hubiera podido apartar del trabajo, pero cuando una mujer se sonroja por una sola mirada es que no le resultas del todo indiferente. Cogió un panecillo caliente de una bandeja que la señora McCleod acababa de sacar del horno y se dirigió hacia la puerta de atrás, cambiándose el panecillo de mano para enfriarlo. El día era perfecto y soleado, ideal para ir a dar un paseo. Se fue hacia el establo silbando a buscar la mochila de investigador.
Saludó a Griffin y al poni y fue a buscar la mochila, que estaba en una esquina. Cuando la
levantó, el fuerte y acre olor a orina lo invadió. Y entonces vio la mancha húmeda en la esquina.
Se quedó mirando la mochila estropeada y entonces oyó un gimoteo y se dio la vuelta. El
cachorro estaba sentado detrás de él, con la lengua fuera y moviendo la cola.
—Maldición. —De todos los rincones del establo, el patio, el mundo entero... ¿Por qué? ¿Por qué había tenido que mearse encima de su mochila?
—¡Meón! —Oyó la voz de Charlotte que llamaba al animal desde fuera del establo.
Jasper siguió al perro con la apestosa mochila alejada de su cuerpo.
Charlotte estaba fuera y cogió al animal en brazos. Miró a Jasper con una cara de extrañeza cuando lo vio salir del establo.
Él le enseñó la mochila.
—¿Sabías que había hecho esto?
La mirada de confusión le dio a entender la respuesta antes de que la niña dijera algo.
—¿Qué ha...? ¡Oh! —Arrugó la nariz cuando la peste le llegó hasta donde estaba.
Jasper suspiró.
—Ya no sirve para nada, Charlotte.
La pequeña cara de la niña adquirió una expresión de rebeldía.
—Sólo es un cachorro.
Jasper intentó controlar su exasperación.
—Por eso se supone que tienes que vigilarlo.
—Pero si lo estaba...
—Obviamente, no lo estabas vigilando porque si no mi mochila no estaría totalmente orinada. —Se apoyó las manos en las caderas y la miró, sin estar seguro de lo que tenía que hacer—. Ve a buscar un cepillo y jabón y quiero que me la laves.
—¡Pero si apesta!
—¡Porque no estabas cumpliendo con tu obligación! —Al final, la rabia pudo más que el sentido común—. Si no puedes cuidar de él, buscaré a alguien que lo haga. O simplemente se lo devolveré al granjero a quien se lo compré.
Charlotte se levantó y pegó al animal contra su pecho, con la cara colorada.
—¡No puede!
—Sí que puedo.
—¡No es suyo!
Jasper apretó los dientes y dijo:
—Sí que lo es.
Por un momento, Charlotte sólo farfulló. Pero luego gritó:
—¡Le odio! —Y se marchó corriendo.
Jasper se quedó mirando la mochila manchada. La sacudió con rabia y echó la cabeza hacia atrás, con el ojo cerrado. ¿Qué clase de idiota perdía los nervios con una niña? No había querido gritarle pero, maldita sea, hacía muchos años que tenía aquella mochila. Había sobrevivido toda su aventura por las Colonias, incluso su captura por parte de los indios en Spinner's Falls y el viaje de regreso a casa. Charlotte tendría que haber estado vigilando al perro.
Aunque daba igual. Sólo era una mochila. No debería haber gritado a Charlotte ni lanzar amenazas contra el perro que no iba a cumplir. Suspiró. Tendría que acordarse de disculparse con la niña, aunque dejándole claro que tendría que vigilar al perro más de cerca. Aquella idea le provocó dolor de cabeza. Y, en lugar de ir a dar un paseo, se dirigió hacia la torre para trabajar. Mientras subía las escaleras se preguntó por qué era tan difícil entender a las mujeres, grandes o pequeñas.
Le había gritado.
Charlotte corrió, intentando contener las lágrimas, con Meón en los brazos. Creía que a sir Jasper le caía bien. Y había empezado a creer que él también le caía bien. Pero ahora estaba enfadado con ella. Mientras le gritaba, tenía la expresión severa y la frente arrugada con un gesto muy feo. Y lo peor era que había sido culpa suya. Sir Jasper tenía razón. No estaba vigilando a Meón. Lo había dejado entrar en el establo mientras ella se entretenía mirando el escarabajo que se había encontrado en el suelo. Sin embargo, saber que se había equivocado sólo lo empeoraba todo.
Detestaba equivocarse. Detestaba admitir sus errores y tener que disculparse. Se encogía por dentro, como un gusano. Y cómo odiaba esa sensación, porque sabía que él tenía razón, por eso le había gritado de aquella manera.
Bajó corriendo la colina que había detrás del castillo, hacia el río y el bosquecillo donde habían enterrado a Lady Grey y no se dio cuenta de su error hasta que prácticamente oyó el agua del río.
Peter estaba allí, agachado y tirando ramas al remolino de agua. Charlotte se detuvo en seco, jadeando y sudada, y se planteó dar media vuelta y volver al castillo, pero Peter ya la había visto.
—¡Eh! —gritó su hermano—. Ahora me toca a mí jugar con Meón.
—No —dijo Charlotte, a pesar de que ella lo había tenido toda la mañana.
—¡Sí, me toca! —Peter se levantó y avanzó hacia ella, pero cuando le vio la cara se detuvo—. ¿Estás llorando?
—¡No!
—Porque parece que estés llorando —insistió Peter—. ¿Te has caído o...?
—¡No estoy llorando! —exclamó Charlotte y se fue corriendo hacia el bosque.
Estaba oscuro y, por un momento, no vio nada. Notó que una rama la golpeaba en el hombro y tropezó con una raíz, aunque mantuvo el equilibrio. No quería hablar con Peter ni escuchar sus estúpidas preguntas. No quería hablar con nadie. Ojalá todo el mundo la dejara...
Chocó contra algo sólido y se quedó sin aire en los pulmones. Si unas manos grandes no la
hubieran agarrado, habría caído. Levantó la cabeza y se encontró con una pesadilla.
El señor Wiggins estaba agachado y tan cerca de ella que pudo oler su apestoso aliento.
—¡Bu!
Ella retrocedió, humillada por haber dejado que la asustara, pero es que la había asustado. Y entonces miró detrás de él y abrió los ojos, muy sorprendida. A menos de un metro estaba el duque de Lister, observándolos con gesto inexpresivo.
Jasper dobló la carta para Edward con mucho cuidado. Teniendo en cuenta el funcionamiento de los carruajes de correos de esa zona, era probable que llegara él antes que la carta, pero le había parecido una buena idea alertar a Edward de todos modos. Estaba decidido. Dejaría el castillo Graves unos días, haría el viaje hasta Londres y hablaría con Etienne cuando su barco amarrara en el puerto. Estaría fuera unos quince días, pero Alice podría hacerse cargo del castillo en su ausencia.
Odiaba viajar, y cruzarse con estúpidos que se lo quedaban mirando, pero tenía que saber la verdad sobre Spinner's Falls y era motivo suficiente para hacer frente a las incomodidades.
Estaba cerrando la carta con cera de sellar cuando oyó pasos en las escaleras de la torre. Al principio, pensó que sería la llamada para bajar a comer, pero los pasos iban muy deprisa. Quien quiera que subiera, lo hacía corriendo.
En consecuencia, se estaba levantando de la silla con una vaga sensación de alarma cuando Alice entró en su despacho. Llevaba el pelo suelto, los ojos azules estaban muy abiertos y tenía las mejillas pálidas. Intentó decir algo, pero sólo pudo jadear, con la mano en la cintura.
—¿Qué pasa? —preguntó él, directamente.
—Los niños.
—¿Se han hecho daño? —Pasó por su lado, en dirección a la puerta, con visiones de pequeños cuerpos ahogados, quemados o rotos, pero ella lo agarró por el brazo con una fuerza sorprendente.
—No están.
Él se detuvo y la miró a los ojos.
—¿No están?
—No los encuentro por ningún lado —dijo ella—. Los he buscado por todas partes: el establo, la cocina, la biblioteca, el comedor y el salón. Los criados han estado buscando por todo el castillo durante una hora, y no los hemos podido encontrar.
Jasper recordó las palabras que le había gritado a Charlotte y lo invadió la culpa.
—Esta mañana, Charlotte y yo hemos discutido. Seguramente, estará escondida con su hermano y el perro. Si...
—¡No! —Le sacudió el brazo—. No. El perro entró en la cocina solo hará unas dos horas. Al
principio, pensé que a los niños se les había olvidado y estaba enfadada con ellos. Fui a buscarlos para reñirles, pero no los encontré. ¡Oh, Jasper! —Se le quebró la voz—. Iba a reñir a Charlotte porque es la responsable. Estaba pensando en las palabras horribles que le diría, ¡y ahora no la encuentro!
Su angustia le provocó que quisiera derribar paredes. Si Charlotte estaba escondida, tendría que castigarla por el dolor que le había causado a su madre, aunque eso supusiera destruir cualquier relación que pudiera tener con la niña. Ahora mismo, sin embargo, tenía que hacer algo, lo que fuera, para terminar con el dolor de Alice.
—¿Cuándo viste a Charlotte y a Peter por última vez? ¿Hace cuánto?
Jasper se había vuelto hacia la puerta, dispuesto a bajar y a dirigir él mismo la búsqueda de los niños, cuando apareció una doncella, jadeando después de haber subido corriendo las escaleras.
—¡Oh, señor! —jadeó—. Oh, señora Halifax. Sus hijos...
—¿Los habéis encontrado? —Preguntó Alice—. ¿Dónde están, Meg? ¿Habéis encontrado a mis pequeños?
—No, señor. Lo siento, señora, pero no los hemos podido encontrar.
—Entonces, ¿qué pasa? —preguntó Jasper, despacio.
—Tom dice que recuerda haber visto al señor Wiggins en el pueblo anoche.
Jasper hizo una mueca.
—Creía que se había marchado de esta zona.
—Es lo que todos creíamos, señor —dijo Meg—. Por eso a Tom le sorprendió tanto verlo,
aunque ha sido un burro y no lo ha dicho hasta ahora.
—Iremos a Glenlargo —dijo Jasper—. Seguro que Wiggins estará por algún sitio.
No mencionó que si Wiggins se había ido en otra dirección, tenían muy pocas posibilidades de encontrarlo. La idea de que su antiguo criado tuviera a los niños le heló la sangre de la columna. ¿Y si estaba decidido a perpetrar algún tipo de venganza?
Jasper se fue hasta una cajonera y abrió el cajón de abajo del todo.
—Dile a Tom y a los demás lacayos que vendrán conmigo. —Encontró lo que estaba buscando, un par de pistolas, y se volvió hacia la puerta.
Meg vio las pistolas.
—Tom dice que no estaba solo.
Jasper se detuvo.
—¿Qué?
—Tom dice que vio al señor Wiggins hablando con otro señor. Un señor muy alto y muy bien vestido, con un bastón de ébano con el mango...
Alice contuvo la respiración y Jasper vio que su cara había adquirido un tono verdoso.
—... dorado. Tom dice que no llevaba peluca. Era bastante calvo. —Meg terminó y se quedó mirando a Alice—. ¿Señora?
Alice se tambaleó y Jasper le colocó un brazo alrededor de los hombros para que no cayera.
—Ve abajo, Meg, y di a los hombres que se preparen.
—Sí, señor. —La chica hizo una reverencia y se marchó. Jasper cerró la puerta del despacho y se volvió hacia Alice.
—¿Quién es?
—Yo... Yo...
—Alice. —La tomó por los hombros con suavidad—. He visto tu cara. Conoces al hombre que Tom vio anoche. Ahora mismo, no tenemos ni idea de hacia dónde se han podido llevar a los niños Wiggins y su cómplice. Si tienes alguna idea de dónde pueden haber ido, tienes que decírmelo.
—A Londres.
Jasper parpadeó. No esperaba una respuesta tan concreta.
—¿Seguro?
—Sí. —Ella asintió. Había recuperado un poco de color en la cara, aunque ahora su expresión era de fatalidad resignada. Jasper notó un nudo incómodo en el estómago.
—¿Cómo lo sabes? Alice, ¿quién es el otro hombre?
—Su padre. James —Alice lo miró, con los ojos acongojados—. El duque de Lister.
