Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M
Capítulo 13 El pasado de una cortesana
El Sincero escondió el caballo que había comprado fuera de los muros del castillo.
Vigiló al monstruo todo el día. Por la noche, como siempre, llegó el brujo y, como
siempre, El Sincero respondió su pregunta y se marchó. Sin embargo, en lugar de ir
hacia el interior del castillo, el soldado se escondió detrás de la jaula de las golondrinas.
Observó y esperó pacientemente hasta que salió la luna y entonces corrió hacia el
brujo. El brujo se volvió, sorprendido, y El Sincero le sopló el polvo en la cara.
Inmediatamente, el brujo se transformó en un murciélago marrón y salió volando,
dejando tras él la túnica y el anillo. El Sincero recogió el anillo y se lo ofreció a la
princesa a través de los barrotes de la jaula.
Ella miró el anillo y luego a El Sincero, atónita.
—¿No me pedirás nada a cambio del anillo? ¿La fortuna de mi padre o mi mano en
matrimonio? Muchos hombres lo harían en tu lugar.
El Sincero meneó la cabeza.
—Sólo quiero que estés a salvo, señora...
De El Sincero
Jasper se quedó mirando a Alice como si el suelo hubiera temblado bajo sus pies.
—¿El padre de los niños es un duque?
—Sí.
—Explícate.
Ella lo miró con aquellos ojos azules teñidos de tragedia y dijo:
—Era la amante del duque de Lister.
Él ladeó la cabeza para poder verla mejor con su único ojo.
—¿Existió alguna vez un señor Halifax?
—No.
—Nunca has estado casada.
Era una afirmación, pero ella respondió de todos modos:
—No.
—¡Jesús! —Un maldito duque. Jasper notaba una tensión en el pecho, como si fuera víctima de un gigante y terrible torno. Bajó la mirada hasta sus manos y casi se sorprendió al ver que todavía sostenía las pistolas. Se acercó al mueble y volvió a guardarlas en el cajón de donde las había sacado.
—¿Qué haces? —preguntó ella, tras él.
Jasper cerró el cajón y se volvió a sentar en su mesa. Alineó los papeles que tenía delante con mucho cuidado. Pronto tendría que ponerse a trabajar otra vez.
—Creía que era obvio. Guardo las pistolas y renuncio a la persecución.
—¡No! —Ella cruzó la habitación y golpeó la mesa con las manos—. No puedes dejarlo ahora. Se irá a Londres. Si le seguimos, podemos...
—¿Podemos qué? —Gracias a Dios, la rabia estaba sustituyendo a la tensión del pecho—. Quizá te gustaría que me batiera en duelo con el duque de Lister por ti, ¿verdad?
Ella retrocedió ante el sarcasmo de su voz.
—No, yo...
La interrumpió, echando fuego por las muelas.
—¿O pretendes que llame a su puerta y le pida que me devuelva a los niños? Estoy seguro de que hará una reverencia, se disculpará y me los entregará sin rechistar. No debe de quererlos demasiado si ha viajado hasta Escocia, nada menos, para recuperarlos.
—No lo entiendes. Yo...
Jasper se levantó, cerró los puños y los apoyó encima de la mesa. Se inclinó hacia ella.
—¿Qué no entiendo? ¿Que te prostituiste? ¿Que, a juzgar por las edades de tus hijos, vendiste tus servicios durante años? ¿Que diste a luz a esas dos dulces criaturas y los convertiste en bastardos en el mismo instante en que respiraron por primera vez? ¿Que Lister es su padre biológico y que, por lo tanto, tiene todo el derecho ante Dios y ante los hombres a quedárselos el tiempo que quiera? Dime, ¿qué no entiendo?
—¡Estás siendo un hipócrita!
La miró fijamente.
—¿Qué?
—Te has acostado conmigo...
—¡No! —Se acercó a ella un poco más, enfurecido y casi fuera de sí—. No compares lo que ha habido entre nosotros a tu vida con Lister. Yo nunca te he pagado por tu cuerpo. Nunca te he dejado embarazada de bastardos.
Ella apartó la mirada.
Él irguió la espalda e intentó controlarse.
—Maldita sea, Alice. ¿En qué estabas pensando al tener no uno, sino dos hijos con él? Has
arruinado su vida. No es tan grave en el caso de Peter, pero Charlotte... Cualquier hombre interesado en ella sabrá que es una bastarda. Afecta a con quién y cómo quiera casarse. ¿Compensaba arruinar el futuro de tus hijos por el dinero de Lister?
—¿Acaso crees que no sé lo que he hecho? —suspiró ella—. ¿Por qué crees que me marché?
—No lo sé. —Jasper meneó la cabeza con insistencia y miró al techo—. ¿Importa?
—Sí. —Respiró hondo—. No los quiere. Nunca los ha querido.
Jasper la miró fijamente unos segundos, con la boca torcida, y entonces se empujó contra la mesa, se echó hacia atrás y soltó una carcajada.
—¿Y crees que eso importa ahora? ¿Irás ante un juez y le dirás que tu amor es más verdadero que el suyo? Quizá deba recordarte, querida, que te prostituiste con él. ¿A quién te parece que creerá una persona con dos dedos de frente, a un duque del reino a una vulgar puta?
—No soy una puta —susurró ella con la voz temblorosa—. Nunca he sido una vulgar puta. Lister me mantenía, sí, pero no era lo que piensas.
Una parte de Jasper se quebraba ante el dolor que le estaba infligiendo a Alice, pero al
parecer, no podía detenerse. Además, otra parte de él quería infligirle ese dolor. ¿Cómo podía haberle hecho eso a sus hijos?
Apoyó una cadera en la mesa y se cruzó de brazos, con la cabeza ladeada otra vez.
—Entonces, explícame cómo puedes ser su amante sin ser una puta.
Ella juntó las manos como una niña pequeña que está recitando un texto.
—Cuando conocí a Lister era joven... muy joven.
—¿Cuántos años tenías? —le espetó él.
—Diecisiete.
Aquello lo tranquilizó un poco. Con diecisiete años era todavía una niña. Tensó los labios antes de agitar la mandíbula.
—Continúa.
—Mi padre es médico, uno muy querido y respetado. Vivíamos en Greenwich, en una casa con jardín. Cuando era joven, algunas veces lo acompañaba en sus visitas.
Jasper la miró fijamente. Lo que estaba describiendo era una clase más baja de donde él se imaginaba que provenía. Su padre era médico, cierto, pero trabajaba para ganarse la vida. Ni siquiera pertenecían a la alta burguesía. Alice estaba varios escaños sociales por debajo de un duque.
—¿Vivías sola con tu padre?
—No. —Bajó la mirada—. Tengo tres hermanas y un hermano. Y con... mi madre. Yo era la
segunda chica.
Jasper asintió para que continuara.
Alice se estaba retorciendo los dedos con tanta fuerza que Jasper veía cómo se clavaba las
uñas contra la piel.
—Una de las pacientes de mi padre era la duquesa viuda de Lister. En aquella época, vivía con el duque. Era una señora mayor con muchas dolencias, y papá iba a verla cada semana, a veces varias veces a la semana. Yo solía acompañarlo y, un día, conocí a James.
Cerró los ojos y se mordió el labio. La habitación estaba en silencio; esta vez, Jasper no la
interrumpió. Al final, abrió los ojos y sonrió con la boca torcida, con dulzura.
—El duque de Lister es un hombre alto. Tom tenía razón. Alto e imponente. Parece realmente un duque. Yo estaba esperando en una salita a que papá terminara la visita y él entró. Creo que buscaba algo; un documento, diría yo, aunque ya no me acuerdo. Al principio, no me vio y yo me quedé boquiabierta. La duquesa viuda era una señora mayor que intimidaba, pero ese era su hijo, el duque. Al final, me miró y yo me levanté e hice una reverencia. Estaba tan nerviosa que creí que iba a tropezar con mis propios pies. Pero no lo hice.
Frunció el ceño y se miró las manos.
—Quizás hubiera sido mejor que lo hiciera.
Jasper habló con la voz calmada.
—¿Qué pasó?
—Fue muy amable —dijo ella, simplemente—. Se acercó y habló conmigo un poco, incluso me sonrió. En aquel momento, pensé que se estaba compadeciendo de una chica nerviosa, pero por supuesto, era algo más que eso incluso entonces. Más adelante, admitió abiertamente que me quiso como amante desde el primer día.
—¿Y tú te lanzaste a sus brazos sin más? —preguntó él, con cinismo.
Ella ladeó la cabeza.
—Fue algo más complicado que eso. Nuestra primera conversación fue muy breve. Papá bajó enseguida de los aposentos de la duquesa viuda y nos fuimos a casa. Me pasé el camino hablando de su excelencia, pero creo que habría terminado olvidándolo si no lo hubiera vuelto a ver en nuestra siguiente visita a su casa. Me pareció una extraña coincidencia volver a coincidir con él cuando, durante casi un año que llevaba acompañando a papá a esa casa, no lo había visto nunca. Lister lo había preparado todo, por supuesto. Se aseguró de entrar en el salón donde estaba justo después de que mi padre subiera a ver a la duquesa. Se sentó y habló conmigo, pidió té y galletas.
Flirteó, aunque yo era demasiado boba para darme cuenta.
Se acercó a uno de los aparadores del despacho y observó su contenido, dándole la espalda a Jasper. Él se preguntó si se estaba escondiendo.
—Hubo varios encuentros más y, entre visita y visita, me enviaba cartas secretas y pequeños regalos: un relicario con joyas incrustadas, guantes bordados. No era tonta. Sabía que se suponía que no debía aceptar esos regalos, que no debía estar a solas con un hombre, pero... es que no podía evitarlo. Me enamoré de él.
Dudó unos segundos, pero él se quedó mirando esa espalda arqueada. Incluso en ese momento la deseaba; quizás era algo más que deseo.
—Y entonces, una tarde, hicimos algo más que hablar —dijo ella, mirando hacia el aparador de cristal. Jasper veía su reflejo, fantasmagórico, y parecía lejana y fría, aunque empezaba a darse cuenta de que la apariencia que proyectaba podía no ser real—. Hicimos el amor y, después, supe que no podía volver a casa con papá. Mi mundo, mi vida, habían cambiado por completo. Sabía que Lister estaba casado, que tenía hijos quizás un poco más jóvenes que yo pero, en cierto modo, eso sólo alimentaba mis fantasías románticas. No hablaba de su mujer con frecuencia y, cuando lo hacía, la describía como una mujer fría. Decía que hacía años que no lo dejaba acostarse con ella.
Nunca podríamos estar juntos como marido y mujer, pero podría estar con él como su amante. Lo quería. Quería estar con él para siempre.
—Te sedujo. —Jasper sabía que hablaba con una voz fría y con una rabia contenida. ¿Cómo había podido? ¿Cómo había podido Lister? Seducir a una chica joven protegida era una canallada incluso para el más depravado de los mujeriegos.
—Sí. —Se volvió hacia él, con la espalda recta y la barbilla alta—. Supongo que lo hizo, aunque yo también me dejé seducir. Lo quería con todo el fervor de una chica joven y romántica. Nunca lo conocí realmente. Me enamoré de lo que creía que era.
Jasper no quería escuchar eso. Se separó de la mesa.
—Fueran cuales fuesen tus motivos a los diecisiete años, ahora eso no cambia nada. Lister es el padre de tus hijos. Y los tiene en su poder. No veo que tú o yo podamos hacer algo.
—Puedo intentar recuperarlos —dijo ella—. No los quiere; nunca ha pasado más de quince minutos seguidos con ellos.
Él entrecerró el ojo.
—Entonces, ¿por qué se los ha llevado?
—Porque los considera suyos —explicó ella, que no escondió el tono amargo de su voz—. No le importan como seres humanos, sólo como cosas que cree que son suyas. Y porque quiere hacerme daño.
Jasper frunció el ceño.
—¿Les hará daño?
Ella lo miró con honestidad.
—No lo sé. Para él, no son más que un perro o un caballo. ¿Sabes de algún hombre que pegue a sus caballos?
—Maldición. —Cerró el ojo un segundo, pero no tenía otra opción. Volvió a abrir el cajón y sacó las pistolas—. Prepara una maleta. Quiero que estés lista en diez minutos. Nos vamos a Londres.
No le hablaba. Alice se balanceó cuando el carruaje que Jasper había alquilado en Glenlargo, pasó por encima de un surco en el camino. Había aceptado acompañarla, ayudarla a encontrar y rescatar a los niños, pero era obvio que no quería saber nada más de ella. Suspiró. ¿Qué esperaba?
Alice miró por la pequeña y sucia ventana del carruaje y se preguntó dónde estarían ahora
Charlotte y Peter. Seguro que estarían asustados. Aunque Lister fuera su padre, no lo conocían demasiado bien y, además, era un hombre muy frío. Peter estaría inmóvil del miedo o subiéndose por las paredes del carruaje a causa de los nervios. Esperaba que no fuera lo segundo, porque dudaba que Lister pudiera soportar a Peter en estado de excitación. En cambio, Charlotte seguro que estaba observando y preocupada. Ojalá no estuviera hablando demasiado, porque a veces tenía una lengua muy afilada.
Aunque... Lister era un duque. Naturalmente, no se encargaría él de los niños. Quizás había pensado en eso y había traído a una niñera para que los cuidara después de llevárselos.
Quizá fuera una mujer mayor y cariñosa, alguien que supiera manejar los momentos de nervios de Peter y el carácter serio de Charlotte. Alice cerró los ojos. Sabía que era inútil pensar en eso, pero por favor, Señor, que hubiera una niñera cariñosa para mantener a los niños lejos de su padre y su temperamento. Si...
—¿Y tu familia?
Abrió los ojos ante la pregunta de Jasper.
—¿Qué?
La estaba mirando desde el otro lado del carruaje con el ceño fruncido.
—Intento pensar en posibles aliados que nos ayuden a luchar contra Lister. ¿Qué me dices de tu familia?
—No creo. —Él se la quedó mirando, así que Alice se explicó a regañadientes—. Hace años que no hablo con ellos.
—Si hace años que no hablas con ellos, ¿cómo sabes que no nos ayudarán?
—Cuando me fui con el duque, me dejaron muy claro que había dejado de pertenecer a la
familia Carter.
Él arqueó las cejas.
—¿Carter?
Ella notó que se sonrojaba ligeramente.
—Es mi auténtico nombre: Alice Charlotte Carter, pero no podía utilizarlo cuando me convertí en la amante de Lister. Y adopté el apellido Brandon.
Él la seguía mirando.
Al final, Alice preguntó:
—¿Qué pasa?
Él meneó la cabeza.
—Estaba pensando que incluso tu nombre, señora Halifax, era una mentira.
—Lo siento. Intentaba esconderme de Lister, y...
—Ya lo sé. —Agitó la mano para silenciar su disculpa—. Incluso lo entiendo. Pero eso no impide que me pregunte si algo de lo que sé de ti es cierto.
Ella parpadeó y se sintió herida.
—Pero es que...
—¿Y tu madre?
Ella suspiró. Estaba claro que no quería hablar de lo que había entre ellos dos.
—La última vez que hablé con mi madre, dijo que se avergonzaba de mí y que había arruinado a la familia. Y no la culpo. Cuando me fui con el duque, tenía tres hermanas casaderas.
—¿Y tu padre?
Alice deslizó la mirada hasta las manos que tenía en el regazo. Se produjo un silencio antes de que Jasper volviera a hablar, aunque esta vez su voz era más suave.
—Lo acompañabas en las visitas a los pacientes. Seguro que os llevabais muy bien.
Ella le sonrió.
—Nunca pidió a los demás que lo acompañaran, sólo a mí. Margaret era la mayor, pero decía que visitar pacientes era aburrido y, a veces, incluso desagradable, y creo que mis otras dos hermanas pensaban lo mismo. Timothy era el único chico, pero también el más joven, y todavía iba al colegio.
—¿Ese era el único motivo por el cual te lo pidió a ti? —preguntó él, con la voz calmada—.
¿Porque eras la única interesada?
—No, no era el único motivo.
Ahora estaban cruzando un pequeño pueblo, con las casas de piedra viejas y antiguas. Quizás hacía siglos que estaban así, inamovibles, ajenas al mundo exterior.
Alice miró el pueblo y dijo:
—Me quería. Nos quería a todos, pero yo era especial. Me llevaba a las visitas y me hablaba de cada paciente: los síntomas, el diagnóstico, el tratamiento y si mejoraban o no. Y a veces, si volvíamos tarde a casa, me explicaba historias. Nunca le oí explicar historias a los demás, pero cuando el sol empezaba a brillar por el ocaso me explicaba historias de dioses y hadas.
El carruaje pasó por delante de la última casa y Alice vio a una mujer cortando flores en el
jardín.
Con suavidad, dijo:
—Su favorita era la de Helena de Troya, aunque a mí no me gustaba demasiado porque tenía un final triste. Me tomaba el pelo y me decía que algún día sería tan bonita como Helena de Troya, pero que debía de tener cuidado porque la belleza no siempre era un regalo. A veces, conllevaba dolor. Nunca lo había vuelto a pensar, aunque tenía razón.
—¿Y por qué no le pides ayuda? —preguntó Jasper.
Ella lo miró y recordó a su padre con la peluca canosa por los hombros, con sus ojos azules
riéndose mientras le hablaba de Helena de Troya, y entonces recordó la última vez que lo vio.
—Porque, la última vez que hablé con mi madre, cuando me llamó puta y me dijo que ya no formaba parte de esa familia, mi padre también estaba delante. Y no dijo nada. Sólo apartó la cara.
Era culpa suya, pensó Charlotte mientras observaba al señor Wiggins roncar en un rincón del carruaje del duque. Debería haberle dicho a mamá que el señor Wiggins sabía que eran hijos del duque, que Peter le había gritado su secreto a ese hombre asqueroso un día. No podía culpar a Peter. Era demasiado pequeño para darse cuenta de por qué no podían decirlo. Estaba acurrucado contra ella, con el pelo sudado y pegado a la frente después de haber llorado mucho.
El duque dijo que no podía soportar tanto llanto y, en el último hostal donde habían parado, había alquilado un caballo y montaba junto al carruaje.
Charlotte acarició el pelo de Peter, y él emitió un sonido muy curioso y se pegó más a ella en sueños. Tampoco se le podía culpar por llorar. Sólo tenía cinco años y echaba mucho de menos a mamá. No lo decía, pero Charlotte sabía que se estaba preguntando si algún día volverían a ver a su madre. Cuando el duque salió del carruaje, el señor Wiggins le gritó que dejara de llorar. Charlotte tenía miedo de que se levantara y le pegara, pero por suerte, para entonces Peter ya estaba muy cansado y se quedó dormido enseguida.
Charlotte estaba mirando por la ventana. Fuera, las colinas verdes estaban llenas de manchas blancas, ovejas aquí y allí, como si las hubiera colocado una mano gigante. Quizá no volvieran a ver a mamá. El duque no les había dicho gran cosa, aparte de exigirle a Peter que dejara de llorar. Sin embargo, había oído cómo decía al señor Wiggins y al cochero que volvían a Londres. ¿Se los llevaría con él a su casa?
Charlotte arrugó la nariz. No, eran bastardos. Los bastardos se tenían que esconder, no vivían con sus padres. De modo que los escondería en algún sitio. A mamá le costaría mucho encontrarlos.
Aunque quizá sir Jasper la ayudaría. Aunque no hubiera vigilado a Meón y le hubiera destrozado la mochila, ayudaría a mamá a encontrarlos, ¿no? sir Jasper era alto y fuerte, y ella creía que sería bueno encontrando cosas, incluso a niños escondidos.
Ahora lamentaba mucho no haber vigilado mejor a Meón. Dobló los labios hacia abajo, arrugó la frente y soltó un sollozo antes de poder reprimirlo. «¡Estúpida! ¡Estúpida!» Se frotó la cara con rabia. Llorar no solucionaría nada. Sólo haría que el señor Wiggins se riera de ella si la veía. Aquello debería haber hecho que controlara las lágrimas, pero no podía detenerlas. Le resbalaban por la cara aunque no quisiera y sólo podía sofocar el ruido en la falda, con la esperanza de que el señor Wiggins no se despertara. Y una parte de ella sabía por qué lloraba, incluso mientras se secaba la cara con las manos.
Era culpa suya. Todo. Cuando mamá se los había llevado de Londres, habían emprendido aquel horrible viaje hacia el norte y había visto por primera vez el castillo de sir Jasper, deseó que el duque fuera a buscarlos y se los llevara.
Y ahora su deseo se había hecho realidad.
El problema de viajar juntos no fue evidente hasta que se detuvieron en un hostal de pueblo a pasar la noche. Un hombre y una mujer viajando solos nada más podía deberse a tres motivos: un hombre y su mujer, un hombre y un familiar, o un hombre y su amante. En cualquier caso, su relación era más parecida al último caso. Frunció el ceño. No le gustaba compararse con Lister pero, en cierto modo, ¿no había usado a Alice igual que él? Nunca se había planteado el matrimonio. Quizás era tan canalla como el duque.
Miró a Alice. Estaba mirando por la ventana del carruaje con expresión de preocupación
mientras los mozos de cuadra se encargaban de los caballos. Todavía no había recuperado el color de la cara, después del susto de la mañana. Y aquello le hizo tomar una decisión.
—Compartiremos habitación —dijo él.
Ella lo miró, distraída.
—¿Qué?
—No es seguro que estés en una habitación sola.
Ella lo miró con recelo.
—Es una pensión de pueblo pequeña. Y parece perfectamente respetable.
Él notó cómo se estaba sonrojando un poco y, como consecuencia, habló con un tono brusco.
—Bobadas. Nos presentaremos como el señor y la señora Withlock y dormiremos en la misma habitación.
Y dio por terminada la discusión saliendo del carruaje antes de que ella pudiera protestar. El hostal parecía respetable. Frente a la puerta principal, que estaba ennegrecida por el paso de los años, había una hilera de hombres mayores sentados. Había bastantes mozos paseando y charlando y, en una esquina del patio, había un niño con el pelo castaño revuelto que estaba jugando con un gato. Jasper notó una punzada de dolor en el corazón. No se parecía a Peter, pero tenía su edad.
«¡Señor, que lo niños estén bien!»
Se volvió hacia el carruaje para ayudar a Alice a bajar y se colocó entre ella y el niño, para que no lo viera.
—Entremos y miraré si podemos alquilar una habitación.
—Gracias —respondió ella, sin aliento.
Él le ofreció el brazo como buen marido y el momento de duda antes de que ella depositara sus dedos en su manga fue tan pequeño que, seguramente, sólo lo vio él. Sin embargo, lo vio y se dio cuenta. Cubrió su mano enguantada con la suya y la acompañó hasta el interior de la pensión.
Resulta que sí que había una pequeña habitación, muy pequeña, libre, en la parte trasera. Se sentaron en la mesa rústica del comedor junto a la diminuta chimenea y, al poco rato, les llevaron un plato caliente de cordero y col.
—¿Estás segura de que Lister volverá a Londres? —preguntó Jasper mientras cortaba la carne.
Aquello había empezado a preocuparle hacía una media hora; quizás estaban persiguiendo humo porque Lister puede que tuviera otro destino en mente.
—Tiene una casa de campo; bueno, en realidad, son varias —murmuró Alice. Estaba
jugueteando con la comida del plato, aunque no había probado bocado—. Pero casi siempre está en Londres. Dice que no le gusta el campo. Supongo que igual decide esconder a los niños en otro sitio pero, si ha venido personalmente a buscarlos, creo que primero querrá volver a Londres.
Jasper asintió.
—Tu razonamiento es lógico. ¿Y sabes dónde puede llevarlos una vez en Londres?
Ella se encogió de hombros, con un aspecto cansado y deprimido.
—Podría llevarlos a cualquier sitio. Tiene su casa, claro; una enorme mansión en Grosvenor Square, pero posee otras propiedades.
A Jasper le vino una idea muy desagradable a la cabeza. Abrió un panecillo con cuidado y, con el ojo concentrado en la comida, preguntó:
—¿Dónde te tenía a ti?
Ella se quedó en silencio un momento. Él untó el panecillo con mantequilla sin levantar la
mirada. Al final, Alice dijo:
—Me dio una casa donde vivir. Estaba en una pequeña plaza, un lugar bastante bonito. Tenía un servicio que se encargaba de la casa y de servirme.
—La vida de amante de un duque suena muy elegante. No sé si entiendo por qué lo dejaste. — Levantó la mirada mientras iba comiendo el pan.
Ella se sonrojó, aunque los ojos le brillaron con rabia.
—¿No lo entiendes? No creo que entiendas muchas cosas sobre mí, pero intentaré explicártelo. Había sido su juguete durante catorce años. Le había dado dos hijos. Y no me quería. Creo que nunca me quiso. Ni todas las joyas del mundo, ni el servicio, la casa y todos los vestidos preciosos compensaban el hecho de que había dejado que me usara un hombre a quien le daba igual yo o mis hijos. Al final, decidí que yo valía más que eso.
Se levantó de la mesa y salió por la puerta y, por suerte, no dio un portazo.
Jasper se planteó seguirla de inmediato, pero un instinto masculino innato le dijo que era más seguro esperar un poco. Se terminó la cena más contento que cuando empezó. Saber que Alice ya no quería a Lister, si es que algún día lo había querido, era un bálsamo para su alma. Recogió el plato que Alice había dejado intacto y subió a la habitación que había reservado.
Llamó a la puerta con suavidad, casi con la esperanza de que Alice no le respondiera porque, al fin y al cabo, estaba furiosa con él, pero se abrió en un instante. Él la empujó, entró en la habitación y la cerró y echó el pestillo. Ella había cruzado la habitación después de dejarlo entrar y ahora estaba frente a la puntiaguda ventana, de espaldas a la puerta, con el camisón y un chal por encima.
—No has probado la cena —dijo él.
Ella encogió un elegante hombro.
—El viaje hasta Londres es largo —añadió con dulzura—, y necesitarás todas tus fuerzas. Come algo.
—Quizás encontremos a Lister antes de llegar a Londres.
Jasper observó aquella esbelta y fuerte espalda y el cansancio que había ignorado durante
todo el día lo abatió.
—Nos lleva ventaja. No es probable que nos lo encontremos antes.
Ella suspiró y se volvió y, por un momento, a Jasper le pareció ver que tenía los ojos llenos de lágrimas. Pero entonces ella bajó la cabeza y ya no le veía los ojos. Tomó el plato de comida de sus manos, aunque luego no parecía saber qué hacer con él.
—Siéntate aquí —le dijo, señalando una silla que había delante del fuego.
Ella se sentó.
—No tengo hambre. —Parecía una niña pequeña.
Él se agachó frente a ella y empezó a cortar la carne.
—El cordero está bastante bueno. Toma un bocado. —Pinchó un trozo con el tenedor.
Ella lo miró mientras aceptaba el trozo de carne que le ofrecía. Tenía los ojos húmedos;
campánulas que habían caído al río.
—Los recuperaremos —dijo Jasper, con suavidad. Volvió a pinchar otro trozo de comida—. Encontraré a Lister y a los niños y los recuperaremos, sanos y salvos. Te lo prometo.
Ella asintió y él le dio casi todo el plato de comida con mucho mimo hasta que ella dijo que ya no podía más. Después, Alice se metió en la cama individual y él se quitó los pantalones y apagó las velas. Cuando se metió en la cama, ella le estaba dando la espalda, inmóvil y sola. Él se quedó mirando el oscuro techo y escuchando la respiración de Alice, consciente de que estaba excitado y duro como una piedra. Se quedaron así una media hora hasta que ella aceleró la respiración y Jasper se dio cuenta de que volvía a llorar. Y entonces, sin decir nada, se volvió hacia ella y abrazó su cuerpo tenso. Ella se estremeció, con los sollozos amortiguados en la almohada, y él la abrazó.
Al cabo de un rato, el cuerpo de Alice perdió la rigidez. Se calmó, se relajó y dejó de llorar.
Sin embargo, él seguía despierto, erecto y excitado.
