Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M

Capítulo 14 Moviendo el avispero

La princesa Compasión tomó el anillo y se lo colocó en el dedo pulgar. En ese

momento, los barrotes de la jaula se convirtieron en agua y cayeron al suelo. Cuando la

jaula desapareció, también desapareció la de las golondrinas. Salieron volando en

círculos, muy contentas. El Sincero le dio a la princesa su vieja capa, puesto que ella no

tenía ropa, y la llevó hasta donde había escondido el caballo. Sin embargo, cuando ella

vio que sólo había uno, se detuvo:

¿Y el tuyo? —exclamó.

Sólo tenía dinero para uno —respondió El Sincero mientras la ayudaba a subir a la

silla.

La princesa se agachó y le acarició la cara.

Entonces, debes mentir al brujo cuando regrese. Dile que una bruja me ha llevado.

¡Si cree que me has ayudado te hará mucho daño!

El Sincero sólo sonrió y dio una palmada en el lomo del caballo, que salió al galope

montaña abajo...

De El Sincero

Una semana después, Alice apoyó la mano en la de Jasper y bajó de un carruaje aparcado

frente a la casa del duque de Lister en Londres. Levantó la mirada hacia el imponente y clásico edificio y se estremeció. La había visto antes, por supuesto, pero nunca había intentado entrar en ella.

—No nos recibirá —le dijo a Jasper, y no era la primera vez que lo comentaba.

—El que no arriesga, no gana.

Le ofreció el brazo y ella apoyó los dedos en su manga, sorprendida de cómo se había

acostumbrado a ese gesto en una semana.

—Es una pérdida de tiempo —farfulló, en un débil intento por acallar los nervios.

—Si creyera que Lister nos iba a entregar a los niños sin más, entonces sí, sería una pérdida de tiempo —murmuró mientras subían las escaleras—. Pero ése no es mi objetivo de hoy.

Ella lo miró. Llevaba el pelo echado hacia atrás, un tricornio negro y un abrigo marrón rojizo.

Era lo más nuevo que le había visto hasta ahora y tenía que admitir que estaba muy guapo; parecía un imponente caballero.

Parpadeó y se concentró.

—Entonces, ¿cuál es tu objetivo?

—Conocer a mi adversario —respondió, mientras dejaba caer el picaporte con fuerza—. Y

ahora silencio.

Desde dentro de la casa, se oyeron unos pasos que se acercaban y luego la puerta se abrió. El mayordomo que estaba frente a ellos estaba claro que era un criado de primer rango, pero, aun así, abrió los ojos como platos cuando vio a Jasper. Alice reprimió un comentario mordaz. ¿Por qué la gente tenía que ser tan maleducada cuando veía a Jasper? Se comportaban como si fuera un animal o un objeto, un mono o una máquina extraña, y lo miraban como si no tuviera sentimientos.

Mientras tanto, Jasper simplemente ignoró la mala educación del mayordomo y preguntó por el duque. El hombre se recuperó, les preguntó sus nombres y los acompañó hasta un pequeño salón antes de marcharse con la incertidumbre de si el duque estaba disponible.

Alice se sentó en un opulento sofá negro y dorado y se alisó la falda con cuidado. Se sentía

muy fuera de lugar en esa casa, donde Lister vivía con su legítima familia. La habitación estaba decorada en tonos dorados, blancos y negros. En una pared había el retrato de un niño y Alice se preguntó si sería algún familiar del duque; quizá su hijo. Sabía que su mujer le había dado tres hijos. Enseguida apartó la mirada del retrato y se avergonzó de haberse acostado con un hombre casado.

Jasper estaba recorriendo el salón como un gato que va de caza. Se detuvo delante de una

pequeña colección de porcelana y, sin volverse, preguntó:

—¿Esta es su residencia principal?

—Sí.

Se acercó hasta el retrato del niño.

—¿Y tiene hijos?

—Dos chicas y tres chicos. —Se acarició lentamente el bordado de la manga del vestido.

—Entonces, tiene heredero.

—Sí.

Ahora estaba detrás de ella, fuera de su campo de visión, pero su voz sonó muy cercana cuando le preguntó:

—¿Cuántos años tiene el heredero?

Ella frunció el ceño mientras pensaba.

—Quizá veinticuatro. No estoy segura.

—Pero es un hombre adulto.

—Sí.

Salió de detrás de ella y se acercó a los altos ventanales que daban al jardín trasero.

—¿Y su esposa? ¿Quién es?

Alice bajó la mirada hasta la falda del vestido.

—Está casado con la hija de un conde. No la he conocido nunca.

—No, claro que no —murmuró él, alejándose de la ventana—. Ya me lo imaginaba.

No había reproche en su voz, pero ella notó que empezaba a sonrojarse por el cuello y la cara.

No estaba segura de cómo responder y, por lo tanto, sintió un gran alivio cuando el mayordomo hizo acto de presencia.

El hombre le dijo, con el rostro impertérrito, que el duque no recibía visitas. Alice casi

esperaba que Jasper exigiera ver al duque y apartara al mayordomo, pero se limitó a asentir y la acompañó hasta el carruaje que los estaba esperando.

Cuando el carruaje se alejó, Alice lo miró con curiosidad.

—¿Te ha servido de algo?

Él asintió.

—Creo que sí, aunque será más definitivo lo que haga a continuación, creo.

—¿Lo que haga a continuación?

—Cómo reacciona ante nuestra presencia en la ciudad. —La miró, con la comisura de los labios arqueada—. Es como golpear un nido de avispones para ver qué sucede.

—Diría que tendrás a una muchedumbre de avispones persiguiéndote —dijo ella, algo seca.

—Sí pero, ¿atacarán de inmediato o esperarán un segundo golpe? ¿Saldrán todos de golpe o enviarán primero a los exploradores?

Ella lo miró, confundida.

—¿Y golpear a Lister como si fuera un nido de avispones te dice todo eso?

—Sí. —Parecía bastante satisfecho mientras corría la cortina del carruaje para mirar por la

ventana.

—Entiendo. —Le creía, creía que, de algún modo, estaba acumulando datos en una guerra

masculina, aunque esos mecanismos maquiavélicos eran demasiado complejos para ella. Ella sólo quería recuperar a sus hijos; era algo tan sencillo como eso. Se obligaba a ser paciente. Si los métodos de Jasper podían conseguir que recuperara a sus hijos, podía esperar.

Podía.

—Tengo que hacer otro recado —dijo él. Ella levantó la mirada.

—¿Dónde?

—He de averiguar algo sobre un barco en el puerto.

—¿Qué barco? ¿Por qué?

Él se quedó en silencio y, por un momento, Alice creyó que no iba a responderle. Jasper

frunció el ceño y la miró.

—Hay un barco noruego que atraca en el puerto de Londres pasado mañana o, al menos,

debería hacerlo. En él viaja un amigo mío, un colega naturalista. Le he prometido que nos

veríamos.

Ella lo miró. Había algo más que no le estaba diciendo.

—¿Por qué no puede venir él a verte?

—Es francés —respondió, en tono impaciente, como si no le gustaran sus preguntas—. No

puede bajar del barco.

—Entonces, debéis de ser muy amigos.

Él se encogió de hombros y se volvió hacia la ventana sin responder.

Viajaron en silencio hasta que llegaron al hotel donde Jasper había alquilado una habitación para los dos.

—No tardaré —le dijo, antes de que ella bajara del carruaje—. Hablaremos después.

Ella vio cómo el carruaje se alejaba, entrecerró los ojos y entonces se volvió hacia el hotel. Era muy bonito, un edificio elegante y caro, pero no le apetecía quedarse sentada en la habitación y repiquetear con los dedos mientras lo esperaba.

Se volvió hacia uno de los mozos que estaba a las puertas del hotel.

—¿Puedes buscarme una litera?

—¡Claro, señora! —El chico salió disparado.

Alice sonrió. Jasper no tenía por qué ser el único que guardaba secretos.

El hombre que los había seguido desde la residencia de Lister continuó tras Jasper después de que el carruaje se detuviera frente al hotel. Jasper gruñó de satisfacción y corrió la cortina. El hombre iba a pie, era un tipo rudo con chaleco de ante, abrigo negro y sombrero de ala ancha, pero los carruajes iban tan despacio en Londres que podía seguirlo perfectamente. Resultaba interesante que Lister quisiera saber dónde iban tanto él como Alice. Estaba claro que el duque lo había percibido como una amenaza, aun sin verlo.

Jasper sonrió. Y hacía bien.

Una hora después, el hombre del duque todavía seguía al carruaje cuando el vehículo se detuvo frente a las oficinas del director del puerto. Unos enormes barcos estaban atracados en medio del Támesis, donde el canal era lo suficientemente profundo para las anclas. Pequeños barcos y barcas iban y venían constantemente, transportando mercancías o pasajeros a los barcos más grandes. En esta parte, el olor del río era muy fuerte, en parte olía a pescado y en parte a podredumbre. Jasper bajó del carruaje y entró en las oficinas, fingiendo que no había visto al hombre del duque, que ahora estaba apoyado en la pared de un almacén.

En el interior de las oficinas, había varios hombres pero cuando Jasper entró todos se callaron. Él suspiró. Volverían a las animadas conversaciones cuando se fuera. Con el tiempo, empezaba a ser agotador ser siempre la parte más extraña del día de las otras personas.

Consiguió confirmar que el barco de Etienne atracaría en Londres. Buenas noticias. Si tenía que salir de su casa y atravesar toda Inglaterra, lo mínimo que podía hacer era averiguar algo más sobre el traidor de Spinner's Falls. Lo más preocupante era que el barco de Etienne sólo estaría atracado en la capital para recoger provisiones. El capitán ni siquiera iba a dejar que sus hombres bajaran a tierra. Eso quería decir que Jasper tenía un periodo muy breve de tiempo para visitar el barco; apenas unas horas. Maldición. Tendría que acudir al muelle con frecuencia para asegurarse de que el barco de Etienne no se le escapaba. Cuando zarpara, su amigo iría hacia el Cuerno de África. Pasarían meses, quizás años, antes de que pudiera volver a contactar con él.

Salió de las oficinas y se paró para ponerse el tricornio. Miró por debajo del ala del sombrero y vio que su perseguidor todavía estaba allí. Perfecto. Subió al carruaje y golpeó el techo para avisar al conductor de que se pusiera en marcha. Ojalá el hombre hubiera descansado, porque le esperaba un trayecto de una hora antes de llegar al hotel

Jasper sonrió y se bajó el sombrero encima de los ojos, con la intención de hacer una siesta.

—Sé que antes no ha querido recibirme —le dijo Alice pacientemente al mayordomo—, pero creo que ahora sí que lo hará. Dígale a su excelencia que he venido sola.

Estaba claro que el criado no quería molestar al duque, pero con perseverancia y muchas

repeticiones, Alice consiguió que fuera a buscarlo. La dejó esperando en el mismo salón donde había estado con Jasper hacía menos de una hora. Jasper se enfurecería si supiera que había venido a ver al duque sola, pero Alice no podía conformarse con esperar pasivamente a que Lister actuara. Al menos, tenía que intentar razonar con él. Y sabía que si venía sola éste la recibiría.

Podía hablar con él, suplicarle si era necesario. Charlotte y Peter eran las dos únicas cosas positivas que tenía de una vida no tan privilegiada. Haría lo que fuera para recuperarlos sanos y salvos.

Media hora después, cuando ya tenía los nervios de punta, James entró en el salón.

Ella se volvió en cuanto oyó el ruido de la puerta. Y ahora lo veía acercarse hacia ella y recordó aquel primer encuentro hacía más de una década. El duque había cambiado muy poco en todo ese tiempo. Seguía siendo alto y mantenía la cabeza alta con arrogancia. Había engordado un poco en la cintura y Alice sabía que debajo de la peluca rizada apenas tenía pelo pero, aparte de eso, era el mismo: un hombre mayor y apuesto, consciente del poder que ostentaba. La que había cambiado era ella. Ya no era una chiquilla inocente y deslumbrada ante la posición social y el dinero de un hombre.

Realizó una pequeña reverencia.

—Excelencia.

—Alice. —La miró, con los ojos fríos y los pálidos labios muy finos—. Me has hecho enfadar mucho.

—¿De veras? —preguntó ella y vio un destello de sorpresa en los ojos azul claro del duque.

Nunca había cuestionado nada de lo que había dicho en el pasado. Era lo que la había convertido en una amante ejemplar: su disposición a acceder a cualquier deseo del duque—. No creí que te dieras cuenta de mi ausencia.

—En tal caso, te equivocas. —Le indicó que tomara asiento—. Me temo que tendrás que

trabajar muy duro para recuperar mi estima.

Ella se sentó y controló su rabia.

—Sólo quiero a mis hijos.

Él se sentó en la butaca que había frente a ella, apartando los faldones de la chaqueta de

terciopelo.

—También son hijos míos.

Ella se inclinó hacia delante y no pudo evitar hablar entre dientes.

—Ni siquiera sabes cómo se llaman.

—Peter, y la niña... —chasqueó los dedos mientras intentaba recordar el nombre —... Charlotte. ¿Ves? Sí que sé cómo se llaman. Aunque no es que importe demasiado. Sabías cuál sería el precio por abandonarme. Te ruego que no te hagas ahora la sorprendida.

—Soy su madre. —Intentó no parecer que estaba suplicando, pero le costó mucho. De hecho, fue imposible—. Me necesitan, James. Devuélvemelos. Por favor.

Él sonrió, aunque la expresión de sus labios no reflejó ningún humor ni ninguna emoción.

—Muy bonito, pero tus súplicas no me conmueven. Me has contrariado, Alice, y ahora tienes que recibir tu castigo. Vamos. Acepta volver a la casa que te di y entonces quizás esté más abierto a tratar el asunto de los niños.

Ella lo miró, realmente sorprendida. No se le había ocurrido que pudiera hacerle chantaje con eso.

—Pero, ¿por qué?

Él arqueó las cejas en un gesto que parecía de auténtica sorpresa.

—Porque te quiero, claro. Eres tan mía como los niños.

—No me quieres. No me has visto, ni me has hecho el amor, en años. Sé que tienes otra

amante, seguramente más de una.

James puso expresión de desagrado cuando ella mencionó sus relaciones íntimas.

—Por favor, Alice, no seamos tan groseros. Jamás pienses que porque no te visito con la

misma frecuencia que antes me he olvidado de ti. Te aprecio mucho, querida; créeme. Y cuando regreses, quizá me apetezca recompensarte con alguna cosita. —Pareció ensimismado en la idea—. Sí, creo que unos pendientes de zafiros o quizás incluso un collar. Sabes lo mucho que me gusta cómo te quedan los zafiros.

Lister se levantó, cruzó el salón y le ofreció la mano para ayudarla a levantarse.

Alice cerró los ojos e intentó controlar el pánico. Sonaba tan razonable, tan seguro de que

conseguiría exactamente lo que quería. Aunque, ¿por qué iba a no hacerlo? Lister era duque.

Siempre había conseguido lo que había querido. Pero a ella no.

A ella no.

Abrió los ojos y lo miró fijamente, a ese hombre que había querido hacía tanto tiempo, al

hombre que era el padre de sus hijos. Aceptó su mano y se levantó.

—No pienso volver.

La mirada de Lister se oscureció y endureció, y le apretó la mano con fuerza.

—Vamos, no seas estúpida, Alice. Ya me has contrariado. No creo que quieras enfurecerme.

Ella contuvo el aliento ante la amenaza implícita y retorció la mano para intentar liberarse.

Él la dejó retorcerse un rato y luego, de repente, la soltó. Sonrió. Ella lo miró y se preguntó si realmente lo conocía. Alice se volvió y salió del salón y de su casa. Bajó los escalones de la entrada casi corriendo y se subió a la litera que la estaba esperando. Una vez dentro del pequeño cubículo, se dio permiso para temblar. Dios santo, ¿podía hacerlo? Si la única forma de recuperar a Charlotte y a Peter era regresar con Lister, ¿podría mantenerse firme ante él? No. En el fondo de su alma, lo sabía. No.

Si tenía que escoger entre su orgullo y sus hijos, sacrificaría el orgullo.

—Mamá —susurró Charlotte.

Estaba en casa del duque, en la vieja habitación de los niños y observaba cómo en la calle una señora que se parecía mucho a su madre bajaba los escalones corriendo y se subía a una litera. El conductor levantaba el vehículo con los brazos y echaba a correr calle abajo y giraba la esquina.

Sin embargo, Charlotte se quedó mirando la ventana.

Quizá la señora no era mamá. Desde allí arriba costaba estar seguro, y además había barrotes que le impedían acercarse demasiado a los cristales, pero esperaba que fuera mamá. ¡Lo esperaba de todo corazón!

Se volvió a regañadientes. El duque los había traído a esa casa porque su familia real estaba en el campo. Los había encerrado allí arriba, en la calurosa y vieja habitación de los niños, a cargo del señor Wiggins y de una niñera. La niñera era mejor que el señor Wiggins, porque básicamente se quedaba sentada en una esquina con cara de aburrimiento. El señor Wiggins también parecía aburrido cuando los vigilaba, pero se reía de ellos. De hecho, ya había conseguido que Peter gritara una vez, hoy.

Ahora el señor Wiggins se había ido y la niñera estaba dormida en una esquina. Peter también se había quedado dormido después de la pelea. Otra vez. Estaba durmiendo mucho y, cuando estaba despierto, estaba muy triste. Ni siquiera le interesaba el enorme ejército de soldados de hojalata. Por la noche, Charlotte lo había oído llamar a su madre y ella no sabía qué hacer. ¿Debería intentar escaparse con Peter? Pero, ¿dónde irían? ¿Y si...?

La puerta de la habitación se abrió y entró el duque. La niñera se levantó de inmediato y se inclinó. El duque la ignoró.

Miró a Charlotte.

—He venido a velar por tu bienestar, preciosa.

Charlotte asintió. No sabía qué otra cosa hacer. Apenas había hablado con el duque desde que los había traído de Escocia. No le había pegado, y a Peter tampoco, pero había algo en ese hombre que la ponía muy nerviosa.

Él frunció el ceño, no como si estuviera enfadado, sino más bien irritado.

—Sabes quién soy, ¿verdad?

—El duque de Lister. —En aquel momento, Charlotte recordó la reverencia que debería haber hecho cuando había entrado.

—Sí, sí. —Él agitó la mano con impaciencia—. Me refiero a lo que soy para ti. Sabes que

estamos emparentados, ¿verdad?

—Es mi padre —susurró Charlotte.

—Muy bien. —El duque sonrió—. Eres una pequeña muy lista, ¿a que sí?

Charlotte no supo qué responder, así que se quedó callada. El duque se acercó hasta una

estantería que estaba llena de muñecas.

—Sí, soy tu padre. Os he mantenido toda la vida. Os he alimentado. Os he vestido. Di a vuestra madre una casa donde pudierais dormir por la noche. —Cogió una muñeca, le dio la vuelta, la miró y la volvió a dejar en su sitio—. Te gustaba la casa donde vivías con tu madre, ¿verdad?

Se volvió y la miró con la misma expresión que tenía cuando miraba a la muñeca.

—¿Verdad?

—Sí, excelencia.

Volvió a sonreír.

—Entonces, te alegrarás cuando tu madre, tu hermano y tú volváis a esa casa.

Se giró hacia la puerta. Quizá ya había terminado de hablar con ella. Sin embargo, justo

entonces pareció darse cuenta de que Peter estaba dormido en una silla.

Se detuvo y miró a la niñera con el ceño fruncido.

—¿Por qué está ese niño durmiendo a estas horas?

—No lo sé, excelencia —respondió la niñera. Corrió hasta Peter y lo sacudió.

Peter se incorporó, despeinado, sonrojado y con la cara marcada por la silla.

—Bien —dijo el duque—. Los niños no deberían dormir durante el día. Vigile que esté despierto hasta la hora de acostarse.

—Sí, excelencia —farfulló la niñera.

El duque asintió y caminó hasta la puerta.

—Portaos bien, niños. Si sois muy buenos, subiré a veros otra vez.

Y se marchó.

Charlotte corrió hasta Peter.

Había empezado a sollozar por el repentino despertar.

—Quiero a mamá, Charlotte.

—Ya lo sé, cariño —susurró Charlotte, con el tono que había oído utilizar a su madre tantas veces—. Lo sé. Pero tenemos que ser valientes hasta que venga a buscarnos.

Lo abrazó y lo meció un poco, básicamente para tranquilizarlo, pero también para tranquilizarse ella, lo admitía. Porque el duque se equivocaba. No quería volver a vivir en la mansión de Londres. Quería volver a Escocia. Quería ayudar a mamá a limpiar el sucio castillo de sir Jasper. Dar paseos con él en busca de tejones y pescar en su azul y claro río. Quería que todos regresaran al castillo Greaves y que vivieran juntos allí.

Y mucho se temía que nunca más volvería a ver el castillo Greaves ni a sir Jasper.