Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M
Capítulo 15 Recuerdos
El Sincero levantó la cabeza y vio que las nubes empezaban a tapar la luna. Recordó
lo que le había dicho la princesa Compasión: que la transformación del brujo sólo
duraría mientras lo iluminara la luz de la luna. Bajó la montaña corriendo y vio
aparecer el murciélago marrón. Las nubes taparon la luna por completo y el murciélago
se transformó en brujo. Cayó al suelo desnudo y luego se levantó, poderoso y furioso:
—¿Qué has hecho? —gritó.
El Sincero lo miró y le dijo lo que debía: la verdad.
—Te he drogado, he liberado a la princesa y he soltado las golondrinas. La chica ha
huido de aquí en un caballo muy veloz y nunca la atraparás. Por mi culpa, la has
perdido para siempre...
De El Sincero
Cuando Jasper regresó al hotel, ya casi había anochecido. El hombre que lo seguía a pie había logrado seguir el ritmo del carruaje hasta el hotel, donde otro tipo le tomó el relevo.
Un hombre bajito, con lo que un día fue un abrigo amarillo, se apoyó en la pared delante del hotel. Aunque a Jasper le daba igual, por ahora. Lo único que deseaba era subir a la habitación que compartía con Alice, perder de vista a todos los ojos que lo miraban constantemente y quizás intentar que les subieran la cena a la habitación para comer solos.
Nada más quería descansar.
Sin embargo, en cuanto entró en el hotel y subió a la habitación, percibió la tensión que
rodeaba a Alice. Se detuvo un momento en la puerta, observándola. Iba de ventana en ventana, un trayecto corto entre la cama y la pared, con el ceño fruncido y frotándose una muñeca con la otra mano.
Jasper suspiró y cerró la puerta. Cuando la había dejado, estaba nerviosa, pero no tanto. ¿Qué la preocupaba ahora?
—Había pensado en pedir una cena sencilla y que nos la subieran a la habitación, si a ti te
parece bien —dijo, mientras cruzaba la habitación hasta un tocador. Encima, había una palangana y una jarra con agua fresca. Tiró un poco de agua en la palangana.
Tras él, silencio, a excepción del ruido de los pasos de Alice.
—¿Qué dices? —le preguntó.
—¿Qué? —Parecía distraída.
—¿Te parece bien cenar en la habitación? —Se lavó la cara.
—Sí... Supongo que sí.
Jasper cogió una toalla, se secó la cara y se volvió hacia ella. Se había detenido junto a la
ventana, con la mirada clavada en sus pies.
Jasper dejó la toalla.
—¿Qué has hecho esta tarde?
—Ah, nada. —Se sonrojó, empezando por el cuello y ascendiendo hasta las mejillas. Estaba preciosa, pero le estaba mintiendo. Se acercó a ella, observándola.
—¿No has salido?
Ella bajó la mirada.
Y entonces lo supo, de repente y sin ninguna duda.
—Has visto a Lister.
Ella levantó la cabeza y lo miró fijamente, desafiándolo.
—Sí. Al menos, tenía que intentar que entrara en razón. Jasper notaba la rabia encendida en sus venas, pero la controló... un poco.
—¿Y lo ha hecho? —le preguntó, con calma.
—No —respondió—. Está decidido a quedarse con los niños.
Jasper ladeó la cabeza y la miró con el ojo.
—¿Y te dejó ir, así como así, tan tranquila, sin ni siquiera intentar recuperarte? Quizás incluso te despidió con un pañuelo blanco mientras te alejabas, ¿no?
El rojo de las mejillas se intensificó.
—No ha intentado retenerme...
—No, claro que no. ¿Por qué iba a hacerlo cuando se ha tomado la molestia de secuestrar a tus hijos para recuperarte?
Ella levantó la cabeza como si le hubiera dado una bofetada.
—¿Cómo sabías que quería recuperarme?
Él se rió, un sonido áspero y breve.
—No me tomes por estúpido. Un hombre no secuestra a sus hijos bastardos cuando ya tiene tres hijos y herederos. Lo conozco. Conozco su juego. Los está utilizando como rehenes para que vuelvas con él, ¿no es cierto?
—Ha dicho que nunca volveré a verlos a menos que vuelva a ser su amante.
Algo en su interior estalló. Notó cómo su razón se convertía en locura.
—¿Has aceptado? —Había cruzado la habitación en un santiamén y la tenía agarrada por los brazos—. Dímelo, Alice. ¿Has aceptado volver con él? ¿Dejar que se acueste contigo? ¿Ser su puta? ¿Lo has hecho?
Ella lo miró con aquellos increíbles ojos azules.
—Dice que no volveré a ver a Charlotte y Peter a menos que vuelva con él. Son todo lo que tengo, Jasper. Mis hijos. Mis pequeños.
Él la sacudió.
—¿Has aceptado?
—No podré volver a verlos.
—Maldita sea, Alice. —El pánico se había apoderado de su pecho—. ¿Has aceptado?
—No —jadeó ella—. No. Le he dicho que no.
—Gracias a Dios. —La abrazó y le dio un apasionado beso en la boca, aplastándole los labios. La idea de Alice con Lister lo estaba volviendo loco—. ¿Te ha hecho daño?
—No —dijo ella, casi sin aliento—. Me... Me agarró por la muñeca pero...
Él le tomó las manos y vio unas marcas rojas en la muñeca derecha. De repente, se quedó
inmóvil y le acarició los delicados dedos con su enorme mano.
—Te ha hecho daño.
—No es nada. —Alice retiró la mano muy despacio.
—¿Te ha hecho daño, o te ha tocado, en algún otro sitio?
—No, Jasper. No.
—Quería tocarte, lo sé —dijo, mientras le acariciaba los hombros y los brazos—. Quería tocarte, saborearte y sentirte.
—Pero no lo ha hecho. —Ella levantó las manos y posó las palmas, frías y suaves, en sus
mejillas—. No me ha tocado.
—Gracias a Dios. —Se apoderó de su boca y la invadió con la lengua, intentando borrar la
imagen de James de sus mentes.
La aceptación de Alice lo calmó hasta que pudo volver a separarse de ella.
—Lo siento. —Cerró el ojo, enfadado consigo mismo—. Debes pensar que soy una bestia.
—No —respondió ella, muy despacio. Jasper notó cómo depositaba varios delicados besos
sobre la mejilla deformada—. Pienso que eres un hombre. Sólo eso. Un hombre.
Y cuando sus labios regresaron a su boca, pudo besarla con ternura. Con dulzura. Adorándola.
Todavía tenía el ojo cerrado, quizá ya no quería ver la realidad de su situación, de modo que sólo experimentó sensaciones cuando ella deslizó las manos por su pecho, una pequeña presión por encima de las capas de ropa. Las manos siguieron descendiendo hasta los pantalones y una parte masculina de él la estaba esperando, expectante, a ver qué hacía. Empezó a desabrocharle los pantalones para liberarlo.
Jasper la tomó de la mano.
—Alice.
—No —dijo ella, bastante firme—. Déjame.
Y él apartó la mano porque, aunque era un hombre de honor, no era ningún santo. Oyó el
frufrú del vestido cuando se arrodilló, notó sus dedos en la delicada piel del pene y, luego, la calidez de su aliento.
Hizo un esfuerzo heroico e intentó, una vez más, disuadirla.
—No tienes que hacerlo.
El susurro de Alice golpeó directamente la punta de la verga al decir:
—Ya lo sé.
Y, entonces, su boca húmeda lo envolvió y él sólo pudo gruñir y aferrarse a los pantalones para no caer. ¡Dios! Hacía muchos años, había pagado a una puta para que le hiciera eso, pero había sido una decepción. Todo fue succiones fuertes y tiranteces y apenas pudo alcanzar el orgasmo.
Ahora... Ahora notaba una delicada presión, la caricia aterciopelada de su lengua y, sobre todo, la certeza de que Alice se lo estaba haciendo a él. No pudo evitarlo. Abrió el ojo, bajó la mirada y estuvo a punto de correrse allí mismo. La cabeza pequeña de Alice estaba pegada a él, su enrojecida verga se deslizaba entre sus rosados labios y los delicados dedos de Alice se aferraban a su piel desnuda.
Ella lo miró, con la verga en la boca y los ojos azules un tono más oscuro. Era misteriosa,
femenina y lo más erótico que Jasper había visto en su vida.
Sabía a hombre, a sal y a vida.
Alice cerró los ojos y saboreó la sensación de tener el pene de Jasper en la boca. Lo había
hecho varias veces con James, pero entonces le había parecido algo asqueroso. Algo que sólo había hecho para complacerlo. Lo que estaba haciendo ahora también la complacía a ella. Había cierto poder en sostener la parte más elemental de un hombre entre los labios, notar cómo temblaba mientras lo acariciaba y oír cómo se le aceleraba la respiración cuando succionaba.
Y había algo más. Le gustaba cómo sabía, le gustaba lamerle la punta. Le gustaba acariciarle la delicada piel de la verga y notar lo dura que estaba. Aquello era erótico. Básico y un poco pervertido. Tenía los pechos hinchados debajo del canesú y el corsé, con los pezones erectos y sensibles. Se notaba la entrepierna húmeda y apretó los muslos y succionó a Jasper al mismo tiempo.
—¡Dios! —gruñó él, encima de ella.
En ese momento, se sentía como la mujer más atractiva de Inglaterra. Alargó la mano hasta el interior de los pantalones y encontró los testículos, hinchados. Eran como huevos en una delicada bolsa de cuero, y jugueteó con ellos con la mano. Volvió a succionarlo.
Él gruñó.
Ella lo miró. Tenía la cabeza echada hacia atrás, con las manos aferradas a los pantalones y
notaba los muslos, tensos y duros, contra la cabeza. Podría continuar así, succionándolo, hasta que perdiera el control y derramara su simiente en su boca. La idea era terriblemente seductora y apretó los labios para masajearlo con más fuerza.
Sin embargo, lo había juzgado mal. De repente, Jasper se inclinó y la levantó en brazos tan
deprisa que ella gritó, asustada. La tiró a la cama y apenas había aterrizado cuando se colocó a su lado.
—Basta —espetó.
Le desató el canesú y lo lanzó por los aires.
—Basta de juegos. Basta de seducciones. Basta de alargarlo.
Le subió la falda y le dio la vuelta antes de que tuviera tiempo de reaccionar. La levantó hasta que estuvo de rodillas, apoyada en los codos y le levantó la camisola. La penetró desde detrás sin previo aviso y ella contuvo el aliento.
Caliente y duro. Largo y ancho.
Alice se mordió el labio e intentó no llorar ante aquella sensación. Era tan perfecto, Jasper se retiró unos centímetros, la agarró mejor por las caderas y volvió a penetrarla. Con fuerza, profundamente. Ella deslizó los brazos ante tanto poderío, pero enseguida se recuperó y volvió a apoyarse en los codos. Entonces, cerró los ojos y se dejó llevar por las sensaciones. Su poderosa verga contra sus suaves y húmedos pliegues. El calor que nacía en su interior.
Jasper se detuvo, de repente, y Alice gritó... de decepción. Pero él alargó la mano por debajo de su cuerpo y le acarició los pechos por encima del corsé. Tiró un poco y los pezones asomaron por encima de la tela rígida, duros y erectos. Los pellizcó, ella se mordió el labio y empujó contra sus caderas.
Él se rió, una risa ahogada y volvió a penetrarla, agarrándola con fuerza con una mano para que lo recibiera y, con la otra, acariciándole los pezones. Ella gimió, bajó la cabeza y vio aquella enorme y morena mano jugueteando con sus pálidos pechos. Aquella visión la hizo estallar por dentro de repente, retorciéndose, y sus brazos cedieron ante esa fuerza. Una luz nació de su centro, la cegó y le debilitó las extremidades. Cayó encima del colchón y él se colocó encima de ella, penetrándola con fuerza. Su pene era un ser vivo en su interior, exigiendo sumisión, sugiriendo placer.
Y ella se lo dio. Sin voluntad. Sin pensamiento consciente. Su tripa temblaba a consecuencia del orgasmo que seguía recorriéndola. Jadeó contra la sábana y mordió la esquina de una almohada para no gritar.
Notó cómo la parte superior del cuerpo de Jasper se separaba de ella, lo que provocó que su pelvis se pegara más a su cadera. Por el rabillo del ojo, vio uno de sus brazos junto a su hombro. Se retiró. Muy despacio. En aquella posición, debajo de él y con las piernas poco separadas, la presión era intensa. Estaba totalmente dentro de ella. El pene quedó colgando contra su piel cuando salió de su cuerpo. Ella cerró los ojos, invadida por esa intensa sensación. Y entonces volvió a penetrarla, igual de despacio, y ella notó cómo toda la verga entraba en su interior. Aquello era una bendición. Superaba cualquier otra sensación que hubiera experimentado. Podría quedarse así y entregarse a él para siempre, disfrutando de su potencia y la esencia masculina a su alrededor.
—Alice —dijo él, con la voz áspera—. Alice.
Y sintió cómo se pegaba a ella. Dio una última embestida, penetrándola hasta el fondo, y ella volvió a alcanzar el orgasmo, una dulce, cálida y húmeda oleada de placer después de la intensidad de la primera. Él se retiró de repente, y ella notó el líquido caliente en el muslo. Jasper se quedó inmóvil encima de ella, con la respiración acelerada y hundiéndola en el colchón bajo su peso.
Alice se dijo que ojalá se quedara así, con su peso encima de ella, pero era inevitable que él rodara hacia un lado.
Se separó de ella y se levantó junto a la cama; se desnudó, muy despacio, como si estuviera agotado. Volvió a meterse en la cama junto a ella, desnudo, la abrazó y aquello ya estaba mejor.
En silencio, acopló el cuerpo de Alice contra el suyo y apoyó su cabeza en el hueco de su brazo.
Ella contempló, adormecida, cómo su pecho subía y bajaba, y oía el latido del corazón lento y firme bajo su mejilla. Se preguntó qué harían si recuperaban a los niños. Si la quería y si algún día podrían tener una vida juntos.
Y, al final, decidió que eran demasiadas cosas, así que cerró los ojos y se durmió.
Cuando volvió a despertarse, la habitación estaba prácticamente a oscuras. Jasper estaba en el proceso de deslizar el brazo de debajo de su cabeza. De hecho, se había despertado por el movimiento. No hizo ningún ruido, pero lo miró mientras se levantaba y encontraba la ropa interior y los pantalones y se vestía. Y entonces recordó algo que había querido preguntarle cuando había regresado al hotel.
—¿Dónde has ido esta tarde?
Las manos de Jasper, que estaban abotonando los pantalones, se quedaron inmóviles cuando oyó su voz y luego volvieron al trabajo.
—Ya te lo he dicho antes. He ido al puerto para hacer averiguaciones sobre un barco.
Ella apoyó la cabeza en una mano, de costado.
—Yo te he explicado mis secretos. ¿No va siendo hora de que tú me expliques los tuyos?
Era un riesgo basado en su reciente encuentro sexual. Podía escudarse tras la rabia que había experimentado la última semana. O también podía fingir que no sabía de qué le estaba hablando.
Pero no hizo ninguna de las dos cosas. Se agachó, recogió la camisa del suelo, la sujetó entre las manos y la miró como si fuera la primera vez que veía una prenda de lino.
—Hace casi siete años, estaba en las Colonias Americanas. Ya lo sabes. Es como escribí mi libro. Y también es como perdí el ojo.
—Explícamelo —susurró ella, que no se atrevió a moverse o a respirar para no interrumpir su narración.
Él asintió.
—Mi objetivo en las Colonias era descubrir nuevos animales y plantas. El mejor sitio para
buscar cosas por descubrir es donde el hombre todavía no ha explorado: los límites de la
civilización. Sin embargo, al ser los límites de la civilización y al estar en guerra contra Francia, también era el lugar más peligroso donde estar. Naturalmente, en aquel momento me pareció oportuno acompañar a varios regimientos militares. Así pasé tres años, pasando por donde ellos pasaban, recolectando muestras y tomando notas cuando acampábamos.
Se quedó en silencio un momento, con la mirada fija en la camisa, hasta que meneó la cabeza y la miró.
—Perdona, estoy retrasando la parte más importante de la historia. —Respiró hondo—. En el otoño de 1758, estaba con un pequeño regimiento de hombres, el 28° Regimiento de a Pie. Estábamos cruzando un denso bosque en dirección al fuerte Edward, donde el regimiento tenía pensado pasar el invierno. El camino era estrecho, los árboles estaban muy juntos cuando, al final, llegamos a unas cascadas...
Su voz quedó colgando de un hilo y su rostro adoptó una expresión que Alice no había visto nunca. Desesperación. Estuvo a punto de echarse a llorar.
Sin embargo, relajó el gesto y se aclaró la garganta.
—Después descubrí que se llamaban Spinner's Falls. Los franceses y un grupo de aliados indios nos atacaron por ambos lados. Es obvio decir que perdimos. —Arqueó la comisura de los labios en algo parecido a una sonrisa—. Y uso el «nosotros» de forma deliberada. En medio de la batalla, uno nunca es un mero espectador. A pesar de que era un civil, luché con las mismas ganas que los soldados que me acompañaban. En definitiva, todos luchábamos por lo mismo: por nuestra vida.
—Jasper —susurró ella. Había visto cómo había acariciado el cadáver de Lady Grey y cómo había enseñado a pescar a Charlotte.
Era un hombre que no usaría o se recuperaría de la violencia con facilidad.
—No. —Él rechazó su compasión—. He vuelto a andarme con rodeos. Sobreviví la batalla
relativamente entero, junto con varios otros, y los indios nos tomaron prisioneros. Caminamos durante varios días a través de los bosques hasta que llegamos a su campamento.
Bajó la mirada hasta la camisa, frunció el ceño y la dobló con mucho cuidado. Los músculos de su brazo desnudo brillaban bajo la incipiente luz.
—Los nativos de aquella parte del mundo tienen una especie de costumbre cuando ganan la batalla. Toman prisioneros a los enemigos que han sobrevivido y los torturan; el objetivo es, en parte, celebrarlo y, en parte, demostrar la cobardía del enemigo. Al menos, eso creo. Por supuesto, no siempre tiene que existir un motivo para la tortura. Es cierto que a lo largo de nuestra historia hay numerosos ejemplos de gente que disfruta infligiendo dolor únicamente por el placer que les produce.
Hablaba con voz neutra, casi fría, pero sus dedos doblaban una y otra vez la camisa que tenía en las manos, y Alice sabía que estaba llorando. ¿Había adquirido esa actitud mientras lo torturaban? ¿Había intentado alejar la mente del dolor y el horror concentrándose en las personas que lo habían secuestrado? La idea era demasiado horrible, pero tenía que soportarlo. Si él había podido sobrevivir a lo que le habían hecho, lo mínimo que ella podía hacer era escucharlo.
—Iré al grano. —Respiró hondo como si necesitara calmarse—. Nos cogieron y nos desnudaron. Nos ataron las manos a la espalda y luego nos ataron a un poste con una cuerda, de modo que podíamos levantarnos y movernos un poco, pero sin ir demasiado lejos. Primero, jugaron con un hombre que se llamaba Coleman. Lo golpearon, le cortaron las orejas y le lanzaron brasas ardiendo. Y cuando cayó al suelo le arrancaron el cuero cabelludo y apilaron carbón ardiendo encima de su cuerpo, todavía con vida.
Ella hizo un sonido de protesta, pero él pareció no oírla.
Estaba mirándose fijamente las manos.
—Coleman tardó dos días en morir y, mientras tanto, los demás mirábamos y sabíamos que seríamos los siguientes. El miedo... —Se aclaró la garganta—. El miedo causa unas sensaciones terribles al hombre, lo hace menos humano.
—Jasper —ella susurró, porque no quería seguir oyendo su historia.
Pero él continuó.
—A otro hombre, a un oficial, lo crucificaron y lo quemaron vivo. Gritó como un animal
mientras moría. Nunca había oído algo así, y jamás he vuelto a oírlo. Cuando empezaron conmigo, debo admitir que fue un alivio. Sabía que iba a morir; mi misión era hacerlo con la valentía que pudiera. No grité cuando me echaron tizones ardiendo contra la cara, ni cuando me cortaron. Pero cuando me clavaron un cuchillo en el ojo...
Se acercó la mano a ese lado de la cara y recorrió las cicatrices con los dedos.
—Creo que perdí un poco el conocimiento. No lo recuerdo. No recuerdo nada hasta que volví a despertarme en la enfermería del fuerte Edward. Me sorprendió estar vivo.
—Me alegro.
La miró.
—¿De qué?
Ella se secó las mejillas.
—De que sobrevivieras. De que Dios hiciera que no te acordaras de nada.
Él sonrió, hizo un mohín horrible con los labios.
—Pero Dios no tuvo nada que ver con eso.
—¿Qué quieres decir?
—No tenía sentido. —Agitó la mano en el aire dibujando un arco—. ¿No lo ves? Nada tenía ningún orden ni sentido. Algunos sobrevivimos y otro no. Algunos acabamos cicatrizados y otros no. Y daba igual si un hombre era bueno, valiente, débil o fuerte. Fue una lotería.
—Pero sobreviviste.
—¿Sí? —Le resplandecía el ojo—. ¿Sí? Estoy vivo, pero no soy el hombre que era. ¿Realmente sobreviví?
—Sí. —Ella se levantó, se acercó a él y le cubrió la mejilla deformada con la mano—. Estás vivo y me alegro.
Él le cubrió la mano con la suya y se quedaron así un momento. Jasper la estaba mirando
fijamente, porque ella permanecía firme y confundida.
Entonces, él giró la cara y la mano de Alice resbaló. Tuvo la sensación de haberse perdido algo, pero no sabía qué. Vacía, volvió a sentarse en la cama.
Él siguió vistiéndose.
—En cuanto estuve bien para viajar, zarpé hacia Inglaterra. Y creo que ya conoces el resto de la historia.
Ella asintió.
—Sí, bueno. Desde ese momento, he vivido como me viste la primera vez que llegaste al
castillo. He evitado la compañía de los demás por razones obvias. —Se tocó el parche del ojo—. Pero, hace un mes, Edward Masen, el vizconde Vale y su mujer, lady Vale...
Se detuvo y frunció el ceño. —Por cierto, ¿cómo conociste a lady Vale? ¿Esa parte de tu historia también era una invención?
—No, eso era cierto. —Alice hizo una mueca—. Supongo que parece extraño que una amante como yo entable amistad con una señora tan respetable como Bella Masen. Confieso que la conozco poco. Coincidimos varias veces en el parque, pero cuando dejé a James, me ayudó. Somos amigas de verdad.
Jasper pareció aceptar esa explicación.
—En cualquier caso, Vale era uno de los prisioneros de Spinner's Falls. Cuando vino a visitarme, me explicó una historia muy extraña. Corren rumores de que un soldado inglés traicionó al 28° Regimiento de a Pie en Spinner's Falls.
Alice se incorporó.
—¿Qué?
—Sí. —Se encogió de hombros y, por fin, dejó la camisa—. Tiene sentido. Estábamos en medio del bosque y, sin embargo, nos atacó un grupo numeroso de franceses e indios. ¿Por qué otros motivos iban a estar allí si no hubieran sabido que pasaríamos por ese camino?
Ella contuvo el aliento. Saber que tanta destrucción había sido causada por la traición de otro inglés la dejó sin capacidad alguna de reacción.
Lo miró con asombro.
—Habría dicho que te asaltaría el deseo de venganza.
Él sonrió, una sonrisa amplia y triste.
—Aunque lo descubramos, lo juzguemos y lo colguemos, eso no me devolverá el ojo ni la vida a los que murieron en Spinner's Falls.
—No —asintió ella—, pero quieres atraparlo, ¿no? ¿No conseguirás un poco más de paz?
Él apartó la mirada.
—Creo que ahora tengo más paz de la que nunca conseguiré. Aunque supongo que sería
conveniente que el traidor recibiera su castigo.
—Y ese francés, ese amigo tuyo con quien quieres hablar, ¿tiene algo que ver con esto?
Se acercó al fuego y prendió una astilla, con la que encendió varias velas de las que había en la habitación.
—Etienne dice que corren rumores en el gobierno francés, pero no quiere escribirlos, por su seguridad y por la mía. Sin embargo, ha aceptado un puesto en un barco explorador. Llegará a Londres pasado mañana antes de seguir su camino hacia el Cuerno de África.
Lanzó lo que quedaba de astilla al fuego. —Si puedo hablar con Etienne, quizá podamos resolver este misterio.
—Entiendo. —Lo observó un momento más y luego suspiró—. ¿Quieres bajar a cenar?
Él parpadeó y la miró.
—Preferiría que nos subieran algo.
Ella empezó a desabrocharse el corsé y la mirada de Jasper se posó de inmediato en su escote.
—Hice que nos subieran un poco de comida y la trajeron antes. —Señaló una cesta que había en una silla—. Está ahí. Si crees que nos bastará, podemos quedarnos aquí y no pedimos nada más.
Jasper se acercó a la cesta y levantó la servilleta que había encima.
—Un festín.
Alice se colocó bien el corsé encima de la camisola, se levantó y se acercó a él.
—Siéntate frente al fuego y te serviré.
Él frunció el ceño.
—No tienes que hacerlo.
—No te oponías cuando era tu ama de llaves. —Rebuscó en la cesta y encontró una ciruela. Se la ofreció en la palma de la mano—. ¿A qué viene ahora el recato?
Él aceptó la ciruela, le rozó la mano y le puso la piel de gallina.
—Porque ya no eres mi criada; eres mi... —Meneó la cabeza y mordió la ciruela.
—¿Qué? —Ella se arrodilló a sus pies—. ¿Qué soy para ti?
Él tragó y, con brusquedad, respondió:
—No lo sé.
Ella asintió y volvió la cara hacia la cesta para que no viera que estaba llorando. Ese era el
problema, ¿verdad? Ya no sabían qué significaban el uno para el otro.
