Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M

Capítulo 17 Una jugada maestra

Cada noche, el brujo bajaba al jardín y se recreaba contemplando al soldado que

había hechizado. Durante el día, en cambio, se encerraba en el castillo maquinando

malvados planes.

Un día, una golondrina se unió al grupo de pájaros que descansaban sobre los

hombros de piedra de El Sincero. Resulta que era una de las que el brujo solía tener

encerradas y, de alguna forma, debió de haber reconocido a su salvador. Se deslizó

hasta los arbustos de tejo y arrancó una hoja. Luego, abrió las alas y echó a volar, lejos

del castillo...

De El Sincero

La comida había empezado ya cuando Jasper y Alice llegaron a la puerta principal de la casa del conde de Blanchard. Se habían retrasado porque Jasper había estado esperando un misterioso mensaje en el hotel. Justo antes de salir, un chico muy flaco le había llevado una carta muy sucia y arrugada. Jasper la había leído, había gruñido en lo que parecía un gesto de satisfacción y le había dado un chelín al chico, junto con otra carta escrita a toda prisa.

Alice golpeaba inquietante el suelo mientras esperaban que se abriera la puerta.

—Relájate —dijo Jasper, que estaba a su lado.

—¿Cómo voy a relajarme? —respondió Alice, impaciente—. No entiendo por qué era tan

importante esa carta. ¿Y si nos hubiéramos perdido la comida?

—Hemos llegado a tiempo. La calle está llena de carruajes y, además, estas cosas duran horas; ya lo sabes. —Suspiró y murmuró—. Deberías haberte quedado en la habitación del hotel, como te he dicho.

Alice lo miró fijamente.

—Son mis hijos.

Él miró hacia el cielo.

—Vuélveme a explicar cuál es tu plan —le preguntó ella.

—Sólo tengo que conseguir que Lister renuncie a los niños —dijo, en un tono de impaciencia.

—Sí, pero ¿cómo?

—Confía en mí.

—Pero...

En ese momento, una acelerada doncella abrió la puerta.

—¿Diga?

—Me temo que llego tarde, como siempre —dijo Jasper, con una voz alegre totalmente alejada de sus tonos habituales—. Y a mi mujer se le acaba de romper una puntilla. ¿Podría acompañarnos a un salón donde pudiera adecentarse?

La chica apartó la horrorizada mirada de la cara de Jasper y se hizo a un lado para dejarlos

pasar. Blanchard House era una de las casas más imponentes de la plaza y el recibidor era de mármol rosado y oro. Pasaron junto a una estatua de mármol blanco de Diana y sus perros, y entonces la chica abrió la puerta de un elegante salón.

—Es perfecto —dijo Jasper—. Por favor, no permita que la entretengamos. Nosotros mismos entraremos cuando estemos listos.

La chica hizo una reverencia y se marchó. Una comida en honor al rey seguro que tenía

ocupados a todos los criados.

—Quédate aquí, por favor —dijo Jasper. Le dio un beso en la boca y se volvió hacia la puerta. Y, entonces, se quedó inmóvil.

—¿Qué sucede? —preguntó Alice.

En la pared, había un retrato a tamaño real de un joven.

—Nada —murmuró él, con la mirada todavía fija en el cuadro. Meneó la cabeza y se volvió

hacia ella—. Quédate aquí. Vendré a recogerte cuando haya hablado con Lister, ¿de acuerdo?

Ella apenas tuvo tiempo de asentir, porque él salió enseguida.

Alice cerró los ojos y respiró hondo, en un intento por calmarse. Ya había aceptado que el

mejor plan era que Jasper hablara con Lister. Ahora no podía cambiar de opinión. Tenía que esperar y dejar que Jasper intentara persuadir al duque. El problema era que era casi imposible esperar.

Abrió los ojos y miró a su alrededor, buscando algo con lo que entretenerse. Había varios

grupos de sillas bajas, con los brazos pintados de blanco y dorado. Las paredes estaban llenas de enormes retratos, figuras con ropajes de otras épocas, aunque el más imponente era el del joven que Jasper se había quedado mirando. Alice se acercó y lo contempló.

El cuadro representaba a un joven vestido con ropa de caza informal. Sujetaba un tricornio a un lado y tenía las piernas, cubiertas con polainas, cruzadas a la altura de los tobillos. Estaba apoyado en un enorme roble, con un rifle colgando de un brazo. A sus pies, había dos perros de caza con manchas, ambos mirándolo con adoración.

Y Alice había comprendido perfectamente aquella expresión. El hombre era tan apuesto, con la cara suave y sin arrugas, en aquella primera etapa de la edad adulta. Tenía

los labios carnosos, muy grandes y sensuales y ligeramente inclinados, como si estuviera

reprimiendo una sonrisa. Sus ojos negros y de largas pestañas parecían sonreír al espectador, como si lo estuviera invitando a compartir una broma subida de tono. Su figura estaba tan llena de vigor y vida que uno casi esperaba que saltara del cuadro.

—Fascinante, ¿verdad? —dijo una voz detrás de ella.

Alice se volvió, sorprendida. No había oído entrar a nadie. De hecho, creía que estaba junto a la única puerta del salón.

Sin embargo, una joven había entrado por una puerta que había disimulada en la pared, casi escondida. Hizo una reverencia.

—Soy Rosalie Hale.

Alice hizo otra reverencia.

—Alice Brandon. —Rezó para que no reconociera su nombre.

La señorita Hale tenía una cara fresca y su belleza anonadaba. Poseía unos ojos grises

muy bonitos y bastante francos, el pelo era de un precioso color trigo y lo llevaba recogido en un voluminoso moño en lo alto de la cabeza. Por suerte, no parecía tener prisa por echar a Alice de su casa.

—Siempre me ha parecido bastante fascinante —dijo, mirando el cuadro—. Parece muy

divertido por algo. Tan satisfecho consigo mismo y con el mundo, ¿no le parece?

Alice se volvió hacia el cuadro, sonriendo.

—Seguramente, fascina a todas las damas.

—Quizás un día lo hizo, pero ya no —respondió la chica.

Alice la miró.

—¿Por qué?

—Es Emmett St. Aubyn, vizconde de Hope —dijo la señorita Hale—. Debería haber sido el

conde de Blanchard, pero murió en las Colonias a manos de los indígenas en la masacre de

Spinner's Falls. Supongo que debo estar agradecida porque, de seguir vivo, mi tío nunca se hubiera convertido en el conde de Blanchard y yo no viviría en esta casa. Sin embargo, no puedo alegrarme de su muerte. Parece lleno de vitalidad, ¿verdad?

Alice se volvió hacia el cuadro. «Vitalidad». Es la palabra que buscaba cuando había visto al joven.

—Perdone —añadió Rosalie Hale, como pidiendo disculpas—, pero acabo de darme cuenta de quién es. Está relacionada con el duque de Lister, ¿verdad?

Alice se mordió el labio, pero nunca había sido buena mentirosa.

—Soy su antigua amante.

La señorita Hale arqueó sus delicadas cejas.

—Entonces, ¿le importaría explicarme qué está haciendo aquí?

Su plan era arriesgado. Si lo hacía mal, Alice y él podrían perder a los niños para siempre.

Aunque, si no hacía nada, era como si ya los hubieran perdido.

Jasper acercó la mano al pomo del salón cerrado, respiró hondo, lo giró y entró con

determinación. El conde de Blanchard no había reparado en gastos para la recepción real.

Los aparadores estaban llenos de jarrones con flores, había preciosas telas doradas y de color púrpura por encima de todos los muebles y cisnes de azúcar presidían la mesa alargada.

Había tantos criados como invitados y un chico con peluca que había junto a la puerta levantó la mano para detenerlo.

—Señor, no puede...

—Majestad —dijo Jasper, con una voz grave. Se aseguró de que se oyera al otro extremo de la mesa, donde el rey Jorge estaba sentado junto a un hombre pequeño y rubicundo, que debía de ser el conde de Blanchard. Avanzó hacia el rey, tan deprisa y con tanta seguridad que nadie se atrevió a decirle nada—. Le ruego que me escuche, majestad.

Jasper llegó a la altura del rey e inclinó la cabeza, con los brazos abiertos y la pierna estirada delante del cuerpo.

—¿Y usted quién es, señor? —preguntó el rey y, por un momento, Jasper notó que se le

paraba el corazón. Entonces, levantó la cabeza y la cara del joven rey se iluminó—. ¡Ah! ¡Sir Jasper Withlock, nuestro fascinante naturalista! Blanchard, trae una silla para sir Jasper.

Blanchard frunció el ceño, pero chasqueó los dedos a un lacayo, que se apresuró a obedecer al rey. Trajeron una silla y la colocaron a la derecha del rey.

—¿Conoces al duque de Blanchard, Withlock? —El rey señaló al anfitrión.

—No he tenido el placer. —Jasper realizó otra reverencia—. Discúlpeme, señor, por

presentarme en su fiesta de forma tan precipitada.

Blanchard tenía una expresión avinagrada, pero poco podía hacer ahora que el rey había

invitado a Jasper. Asintió con elegancia.

—Y estos caballeros son el duque de Lister; su hijo y heredero, el conde de Kimberly; y lord King. —El rey señaló a los hombres que estaban sentados frente a él y a su lado.

King estaba sentado a la izquierda del rey. Era un caballero de mediana edad con

aspecto distinguido. Lister y su hijo estaban sentados frente al rey, Lister aparentaba tener la misma edad que King. Llevaba un abrigo de color vino con un chaleco que le apretaba la

incipiente tripa. Su heredero era un joven castaño que llevaba el pelo hacia atrás y sin empolvar.

Tenía el ceño ligeramente fruncido, como si no entendiera la abrupta entrada de Jasper. Lister miraba a Jasper con los ojos entrecerrados debajo de su peluca gris.

Jasper hizo una reverencia y se sentó. El hecho de que el heredero de Lister estuviera presente era un golpe de suerte inesperado.

—Les ruego que me disculpen, majestad, caballeros, pero el asunto que me ha traído aquí es urgente.

—No me digas. —El rey era un hombre de complexión pálida, mejillas sonrosadas y

prominentes ojos azules. Llevaba una peluca blanca impecable y un abrigo y chaleco de azul intenso—. ¿Has terminado tu estudio sobre la flora y la fauna de Gran Bretaña?

—Estoy acercándome al final, majestad, y si su alteza me lo permite, le pido el favor de

dedicárselo.

—Por supuesto, mi querido Withlock, por supuesto. —El rey había recuperado el color, fruto de la alegría—. Estamos ansiosos por leer este tomo cuando esté terminado y publicado.

—Gracias, majestad —respondió Jasper—. Espero...

Sin embargo, Lister lo interrumpió con una sonora tos.

—Aunque la información sobre el progreso de su libro es fascinante, Withlock, no entiendo la necesidad de interrumpir la comida del rey para decírselo.

El rey frunció ligeramente el ceño. En el otro extremo del salón, la puerta volvió a abrirse y

entró una joven rubia, que se sentó en una silla vacía. Les lanzó una mirada inquisitiva.

Jasper se volvió hacia Lister y sonrió con afabilidad.

—No pretendo aburrirle con los detalles de mis estudios como naturalista. Entiendo que las rarezas del mundo del Señor no fascinan a todo el mundo como a su alteza y a mí.

Lister palideció cuando se dio cuenta de su desafortunada intervención, aunque Jasper

continuó.

—En realidad, el asunto que me trae aquí también le atañe a usted.

Lister arqueó las cejas.

—¿Y le importaría explicárnoslo?

Jasper sonrió y dejó la copa de vino.

—Naturalmente. —Se volvió y se dirigió al rey—. Últimamente, he estado estudiando los

hábitos de los tejones, majestad. Es sorprendente los secretos que esconden incluso los animales más mundanos.

—¿De veras? —El rey se inclinó hacia delante, interesado.

—Sí —respondió Jasper—. Por ejemplo, a pesar de que la tejón hembra sea conocida por su actitud distante, e incluso agresiva, cuando se trata de sus crías, demuestra un instinto maternal comparable al de los animales más cariñosos.

Hizo una pausa para beber un sorbo de vino.

—¡Qué extraordinario! —Exclamó el rey—. Nunca nadie hubiera creído que un simple tejón compartiera los más sinceros sentimientos que Dios ha entregado al hombre.

—Exacto —asintió Jasper—. Yo mismo me compadecí ante el grito de una tejón hembra

cuando un águila mató a sus crías. Lloró con el máximo sentimiento, iba de un lado a otro y se negó a comer durante días. De hecho, temí que se matara de hambre a raíz de la tristeza de haber perdido a sus crías.

—¿Y qué tiene que ver eso con nosotros? —preguntó Lister, con impaciencia.

Jasper se volvió hacia él muy despacio y sonrió.

—¿Cómo? ¿No siente ni la más mínima compasión por una tejón hembra tan afectada por la pérdida de sus crías, excelencia?

Lister se rió, pero el rey intervino y dijo:

—Cualquier caballero decente se emocionaría, por supuesto, ante tal devoción.

—Naturalmente —murmuró Jasper—. ¿Y cuan más emocionado tendría que mostrarse un

caballero ante la súplica de una mujer que se ha visto privada de sus hijos?

Todos se quedaron en silencio. Lister entrecerró los ojos. Su hijo lo estaba mirando, empezando a comprenderlo todo, y King y Blanchard se habían quedado de piedra. Jasper no sabía qué sabían los otros caballeros acerca de Alice y Lister y el drama de los niños, pero el hijo de Lister sí que sabía algo. Miró a su padre y a Jasper, con un gesto serio en la cara.

—¿Hablas de una dama en concreto, Withlock? —preguntó el rey.

—Por supuesto, señor. Hay una antigua amistad de su excelencia, el duque de Lister, que

recientemente ha sufrido la pérdida de sus hijos.

El rey apretó los labios.

—¿Han muerto?

—No, gracias a Dios no, majestad —respondió Jasper con suavidad—. Sólo están separados de su madre, quizá por un error bienintencionado.

Lister se movió en su asiento. Le habían empezado a aparecer gotas de sudor alrededor de la ceja.

—¿Qué estás sugiriendo, Withlock?

—¿Sugiriendo? —Jasper abrió el ojo—. No sugiero nada. Sólo constato hechos. ¿Acaso va a negar que Charlotte y Peter Brandon están encerrados en su casa de Londres?

Lister parpadeó. Seguro que no contaba con que Alice supiera dónde había escondido a los niños. Y, de hecho, Jasper se había enterado esa misma mañana, a través del sencillo trámite de enviar a un chico a sobornar a uno de los lacayos de Lister.

Lister tragó saliva, nervioso.

—Tengo todo el derecho del mundo a tenerlos en mi casa. Jasper se quedó en silencio,

observándolo y preguntándose si veía la trampa que le había tendido.

El rey cambió de posición.

—¿Quiénes son esos niños?

—Son... —empezó a decir Lister, pero luego se interrumpió cuando, por fin, vio dónde lo había llevado Jasper. Cerró la boca y miró a Jasper mientras éste sonreía, se bebía el vino y esperaba para comprobar si el duque estaba tan furioso que se olvidaba de toda cautela.

Si reconocía a los niños en presencia del rey, ellos podrían reclamar su paternidad y, lo más importante, parte de su fortuna.

Kimberly se volvió de frente hacia su padre y murmuró:

—Padre.

Lister meneó la cabeza, como si acabara de despertar de un ensimismamiento y adquirió el falso gesto de elegancia.

—No son nada mío; sólo los hijos de una antigua amiga.

—Perfecto. —El rey juntó las manos—. En tal caso, podrán regresar de inmediato con su madre, ¿verdad, Lister?

—Sí, majestad —murmuró Lister, y se volvió hacia King—. ¿Cuándo pretendes

presentar esa ley ante el Parlamento?

El duque, King y Blanchard se enfrascaron en una conversación política, mientras

Kimberly parecía aliviado.

El rey pidió más vino y, cuando se lo sirvieron, inclinó la copa hacia Jasper y dijo:

—Por el amor materno.

—Brindo por ello, majestad. —Jasper bebió encantado.

El rey dejó la copa, ladeó la cabeza y, en voz baja, susurró:

—Imagino que es el resultado que buscabas, ¿verdad, Withlock?

Jasper miró los alegres ojos azules del rey y se permitió dibujar una media sonrisa.

—Su majestad es tan perspicaz como siempre.

El rey Jorge asintió.

—Termina ese libro, Withlock. Estaremos encantados de invitarte de nuevo.

—Con tal propósito, y con el permiso de su majestad, abandonaré la comida ahora mismo.

El rey agitó la mano, envuelta en encajes.

—Entonces, vete. Aunque procura no tardar tanto en volver a visitar la capital, ¿de acuerdo?

Jasper se levantó, hizo una reverencia y se volvió para salir del salón. Mientras lo hacía, pasó por detrás de King. Dudó un segundo, pero luego pensó que quizá no tuviera otra

oportunidad para preguntárselo.

Se inclinó junto a la silla de lord King y dijo:

—¿Puedo hacerle una pregunta, señor?

King lo miró con desdén.

—¿No ha hecho ya suficientes preguntas para una tarde, Withlock?

Jasper se encogió de hombros.

—Sin duda, pero sólo será un momento. Hace casi dos meses, lord Vale quería hablar con usted acerca de su hermano.

King se tensó.

—Mi hermano murió en Spinner's Falls, y usted lo sabe mejor que nadie.

—Sí. —Jasper lo miró a los ojos sin pestañear. Había demasiadas preguntas en el aire para

permitir que la ira de un hermano se interpusiera en el camino de conocer la verdad—. Vale creía que quizá su hermano sabía algo de...

King se pegó a la cara de Jasper.

—Si Vale o tú os atrevéis a insinuar que mi hermano formaba parte de alguna actividad

traicionera, os retaré en duelo. No os equivoquéis.

Jasper arqueó las cejas. No había pretendido insinuar nada por el estilo, porque nunca se le había ocurrido que el pudiera ser el traidor.

Sin embargo, King no había terminado.

—Y si aprecia a Vale, lo disuadirá de seguir buscando respuestas.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Jasper, muy despacio.

—Emmett St. Aubyn y él eran buenos amigos, ¿verdad? Crecieron juntos desde niños, ¿no es así?

—Sí.

—Entonces dudo mucho que Vale quiera saber quién traicionó realmente al 28° Regimiento. — King se reclinó en la silla, con el gesto serio.

Jasper se le acercó tanto que sus labios casi rozaron su oreja.

—¿Qué sabe?

King meneó la cabeza.

—Sólo he oído rumores. Rumores entre las más altas esferas del ejército y el parlamento. Dicen que la madre del traidor era francesa.

Jasper miró fijamente los ojos marrones acuosos del otro hombre un segundo, y luego se

volvió y salió del salón. La madre de Emmett St. Aubyn era francesa.

Alice estaba observando un libro cosido a mano cuando Jasper entró en la salita. Soltó el libro y lo miró.

—Ha renunciado a los niños —dijo él, enseguida.

—Oh, gracias a Dios. —Alice cerró los ojos, aliviada, pero Jasper la tomó por el codo.

—Venga, vámonos. No creo que sea sensato quedarnos más tiempo.

Ella abrió los ojos, asustada.

—¿Crees que cambiará de opinión?

—Lo dudo, pero cuanto más rápido actuemos, menos tiempo tendrá para pensárselo —

murmuró Jasper mientras casi la arrastraba hasta la puerta.

Alice detuvo la mirada en el retrato de lord St. Aubyn.

—Debería escribir una nota a la señorita Hale.

—¿Qué? —Jasper se detuvo y la miró.

—La señorita Hale. La sobrina de lord Blanchard es una chica muy agradable. ¿Sabías que

encuaderna libros a mano? Me lo ha dicho ella.

Jasper meneó la cabeza.

—Santo Dios. —Retomó el paso hacia la puerta principal, tan deprisa que ella tenía que correr para seguirlo—. Puedes escribirle después.

—Lo haré —murmuró ella mientras subían al carruaje. Jasper golpeó el techo del vehículo y dieron una sacudida al arrancar.

—¿Le has dicho quién eres?

—Estaba en su casa —dijo Alice. Notó que el calor le invadía las mejillas, porque sabía que

Jasper se refería a su relación con Lister. Levantó la barbilla—. Mentirle habría sido de mala educación.

—Quizá, pero habrías tenido menos posibilidades de que te echara de su casa.

Alice deslizó la mirada hasta las manos, que tenía entrelazadas en el regazo.

—Sé que no soy respetable pero...

—Para mí, eres muy respetable —gruñó él.

Ella lo miró.

Jasper todavía tenía el ceño fruncido; de hecho, estaba haciendo una mueca.

—Son los demás. —Apartó la mirada y farfulló—. No quiero que te hagan daño.

—Hace tiempo que acepté qué soy, y en lo que yo misma me convertí —dijo—. No puedo

cambiar el pasado ni cómo me afecta a mí o a mis hijos, pero puedo elegir vivir mi vida a pesar de mis desacertadas decisiones. Si tuviera miedo de lo que los demás me pudieran hacer o de lo que pudieran decirme, tendría que vivir escondiéndome constantemente. Y no pienso hacerlo.

Observó cómo Jasper reflexionaba sobre esas palabras, sin mirarla a los ojos. Aquel era el

problema entre ellos, ¿verdad? Ella había decidido cómo quería vivir su vida.

Él todavía no. Alice apartó la mirada, miró por la ventana del carruaje y frunció el ceño.

—No vamos a casa de Lister.

—No —respondió él—. Espero atrapar el barco de Etienne en el muelle. Si nos damos prisa y tenemos suerte, quizá lo consiga.

Sin embargo, cuando llegaron al puerto media hora después, un chico delgaducho señaló un barco que ya estaba desapareciendo por el Támesis.

—Lo ha perdido, señor —dijo el chico, con compasión. Jasper le entregó un chelín por su

ayuda.

—Lo siento —dijo Alice, cuando volvieron a subir al carruaje—. Has perdido la oportunidad de hablar con tu amigo porque estabas rescatando a mis hijos.

Jasper se encogió de hombros y miró por la ventana, malhumorado.

—No ha podido ser. Si tuviera que volver a escoger, haría lo mismo. Charlotte y Peter son mucho más importantes que cualquier información que Etienne pudiera darme. Además —dejó caer la cortina y se volvió hacia ella—, no estoy seguro de si me habría gustado escuchar lo que tenía que decirme.