Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M
Capítulo 18 Atando cabos sueltos
La Princesa Compasión ya hacía tiempo que estaba a salvo en el castillo de su padre,
pero seguía preocupada. ¿Había conseguido escapar del brujo su salvador, El Sincero?
La preocupación por el soldado era tal que, al cabo de un tiempo, dejó de comer y de
dormir, y se pasaba las noches enteras de un lado a otro. Su padre, el rey, empezó a
preocuparse por el bienestar de su hija y recurrió a todo tipo de médicos y curanderos,
pero ninguno supo decirle qué le pasaba a la princesa. Sólo ella sabía de la existencia
de El Sincero, de su valentía y de su miedo secreto a que no hubiera podido escapar de
las garras del brujo.
Por eso, cuando una noche una golondrina entró por su ventana y le ofreció una
hoja de tejo, supo exactamente qué significaba...
De El Sincero
—¿Crees que realmente es amigo de sir Jasper? —le susurró Peter a Charlotte.
—Por supuesto —respondió ella, con firmeza—. Conocía el nombre de Meón, ¿no?
Charlotte era demasiado lista para irse con un extraño. Sin embargo, cuando aquel hombre alto, con la cara extraña, había ido a la habitación de los niños en la casa del duque, parecía exactamente que sabía lo que tenía que hacer. Ordenó a los lacayos que se fueran y dijo a los chiquillos que era amigo de sir Jasper y que los llevaría con él y con su madre. Y, lo más importante, les dijo que sir Jasper le había dicho que su perro se llamaba Meón. Aquello fue determinante para Charlotte. Era mejor irse con un extraño que quedarse en la cárcel del duque. Así que siguieron al alto caballero, bajaron por las escaleras de atrás y subieron a un carruaje que los estaba esperando. Peter parecía feliz por primera vez en muchos días. De hecho, estuvo a punto de dar un bote en el asiento cuando el carruaje se puso en marcha.
Ahora estaban sentados en un sofá de satén en un enorme salón. Estaban solos, puesto que el caballero se había ido por algún motivo, y entonces Charlotte empezó a pensar en todas las cosas horribles que podría hacerles si no era amigo de sir Jasper.
Sin embargo, no comunicó sus miedos a Peter.
Peter hizo una mueca y dijo:
—¿Crees que...?
Sin embargo, la puerta se abrió justo en ese instante. El caballero volvió a entrar, aunque esta vez iba seguido de una señora con la espalda muy recta. Un pequeño terrier rodeó la falda de la señora, ladró y corrió hacia ellos.
—¡Wolf! —exclamó Peter, y el pequeño perro le saltó a los brazos.
Charlotte tardó un poco más en reconocerlo. Peter y ella habían conocido a Wolf, el perro, y a su dueña en Hyde Park. La niña se levantó e hizo una reverencia delante de lady Vale.
La dama se quedó inmóvil y observó a Charlotte mientras Wolf lamía la cara de Peter con su lengua rosada.
—¿Estáis bien?
—Sí, señora —susurró Charlotte, y notó cómo se quitaba un gran peso de encima. Todo iba a salir bien. Lady Vale lo arreglaría.
—Deberíamos pedir un poco de té y galletas, Vale —dijo lady Vale. Dibujó una pequeña sonrisa, y Charlotte se la devolvió.
Y entonces sucedió algo todavía más maravilloso. Oyeron voces en el pasillo y mamá entró
corriendo.
—¡Mis niños! —gritó, se arrodilló y abrió los brazos.
Peter y Charlotte corrieron hacia ella. Olía tan bien y, de repente, Charlotte estaba llorando en el hombro de su madre, y estaban todos abrazados, incluso Wolf. Fue realmente maravilloso.
Se quedaron así un buen rato antes de que Charlotte notara la presencia de sir Jasper. Estaba de pie, observándolos con una sonrisa, y el corazón de la niña dio un vuelco cuando lo vio. Se separó de su madre.
Se secó los ojos y se acercó a él muy despacio.
—Me alegro de volver a verlo.
—Yo también me alegro de volver a verte. —Habló con una voz grave y ronca, y su único ojo le sonrió.
Charlotte tragó saliva y enseguida añadió:
—Y lamento mucho haber dejado que Meón le estropeara la mochila.
Él parpadeó, se aclaró la garganta y, muy despacio, dijo:
—No debería haberte gritado, Charlotte. Sólo es una mochila. —Le ofreció la mano—. ¿Me perdonas?
Por algún motivo desconocido, sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas. Le dio la mano. Era rugosa, cálida y grande y, cuando la sujetaba, se sentía a salvo.
Segura y en casa.
Una hora después, Jasper contempló cómo Alice y los niños se despedían de lady Vale a las puertas de la casa de los vizcondes.
Él se volvió hacia su amigo, que estaba a su lado, contemplando la escena.
—Gracias por rescatarlos por mí. Vale se encogió de hombros.
—De nada. Además, fuiste tú quien se dio cuenta de que si la señora Brandon y tú ibais a la comida en Blanchard House, arrastraríais a vuestro perseguidor y la casa de Lister quizá quedaría menos vigilada.
Jasper asintió.
—Sin embargo, igualmente implicaba un riesgo. Podría haber dejado refuerzos vigilando a los niños.
—Quizá, pero resulta que no lo hizo. De hecho, el único que ofreció resistencia fue tu antiguo criado, Wiggins. —Vale lo miró un poco avergonzado—. Espero que no te importe que le diera un puñetazo y lo tirara por las escaleras.
—En absoluto —respondió Jasper con una amplia sonrisa—. Sólo deseo que se hubiera roto el cuello en la caída.
—Ah, pero no podemos tener todo lo que queremos, ¿no es cierto?
—Es cierto, no podemos. —Jasper observó cómo Alice sonreía y le daba la mano a lady Vale.
Un mechón dorado se le había soltado y le acariciaba la cara—. En cualquier caso, te debo una, Vale.
—No te preocupes. —El vizconde se rascó la barbilla—. ¿Cabe la posibilidad de que Lister
vuelva a secuestrarlos?
Jasper meneó la cabeza con decisión.
—Lo dudo. Ha renunciado a ellos delante del rey y de su heredero. El más interesado en
mantener en secreto los hijos bastardos de su padre es Kimberly. Si los rumores son ciertos, Charlotte y Peter no son los únicos hijos que Lister ha engendrado fuera del matrimonio. Me temo que Kimberly tiene una gran tarea por delante para intentar evitar que su padre reparta su herencia de libre disposición entre varios hermanastros bastardos.
—Ya me imagino. —El vizconde gruñó y se echó hacia atrás, apoyándose en los talones—. Por cierto, he oído que King estaba en la comida. Imagino que no has tenido ocasión de
hablar con él, ¿verdad?
Jasper asintió, con la mirada fija en el carruaje.
—Lo vi e intercambié cuatro palabras con él.
—¿Y?
Jasper apenas dudó una fracción de segundo. Como había dicho King, Emmett St. Aubyn y Edward habían sido grandes amigos. Además, ahora St. Aubyn ya estaba muerto. Que los muertos se encarguen de los asuntos de los muertos.
Jasper se volvió para mirar a Vale a los ojos.
—No tenía ninguna información veraz, lo siento.
Vale hizo una mueca.
—Supongo que era casi imposible. King ni siquiera estuvo allí. Supongo que ya nunca
lo sabremos.
—No. —Las señoras se habían separado y Alice y los niños se dirigían hacia el carruaje. Había llegado la hora de marcharse.
—Es que... —añadió Vale, muy despacio.
Jasper lo miró a la cara, alargada y arrugada, la boca grande y expresiva, los extraordinarios ojos verdosos.
—¿Qué?
Vale cerró los ojos.
—A veces, todavía sueño con él, con Emmett. En aquella maldita cruz, con los brazos abiertos, la ropa y la carne ardiendo y el humo negro en el cielo. —Abrió los ojos, muy pálidos—. Ojalá hubiera podido llevar ante la justicia al hombre que lo puso allí.
—Lo siento —dijo Jasper, porque en verdad era lo único que podía decir.
Al cabo de un momento, encajó las manos con Vale, se inclinó ante lady Vale y entró en el
carruaje. Los niños se despidieron de los vizcondes con entusiasmo cuando el carruaje se puso en marcha.
Alice los miraba sonriendo. Dirigió la mirada al asiento que tenía delante, donde estaba
Jasper, todavía sonriendo y él notó como una bofetada. Era tan preciosa, tan encantadora. Seguro que en algún momento se daba cuenta de que él nada más era un horrible misántropo que sólo tenía un horrible castillo. Ni siquiera le había planteado si quería acompañarlo de vuelta a Escocia.
Quizás, una vez allí, vería que el castillo Greaves era un lugar muy provinciano y lo dejaría. Debería hablarlo con ella, averiguar qué planes tenía para el futuro, pero la verdad es que no quería precipitar una conversación desde el corazón con ella. Si por eso era un cobarde, así sea.
Los niños se pasaron una hora hablando mientras el carruaje avanzaba por caminos llenos de baches hasta las afueras de Londres. El que más habló fue Peter, que describió el secuestro y el largo viaje en carruaje hasta Londres con el pérfido Wiggins. Jasper se fijó en que el niño apenas mencionaba a su padre y, cuando lo hacía, siempre decía «el duque». Los niños no parecían tener ningún tipo de afecto filial hacia su progenitor. Quizás era lo mejor.
En las afueras de Londres, el carruaje entró en el aparcamiento de una pequeña pensión y se detuvo.
Alice se inclinó para asomarse a la ventana.
—¿Por qué nos detenemos aquí?
—Todavía tengo que cerrar un pequeño negocio —respondió Jasper, con evasivas—.
Esperadme aquí, por favor.
Saltó del carruaje antes de que Alice pudiera bombardearlo con más preguntas. El conductor también estaba bajando de su posición.
—Ha dicho media hora, ¿verdad, señor?
Jasper le asintió.
—Exacto.
—Bueno, pues tengo tiempo para ir a tomarme una cerveza —dijo el hombre, y entró en la pensión.
Jasper miró a su alrededor. Era un lugar tranquilo donde no había más carruajes. Sólo había un carro tirado por caballos, cuya yegua estaba durmiendo bajo los alerones del establo. Un caballero salió del hostal. Levantó una mano para protegerse la vista del sol y vio el carruaje y a Jasper. Bajó la mano y se acercó a él. Llevaba una peluca gris a la altura de los hombros y, cuando se acercó, Jasper vio que tenía los ojos azules como las campánulas.
El caballero miró por encima del hombro de Jasper hacia el carruaje.
—¿Ella está...?
Jasper asintió.
—Estaré en el hostal. Le he dicho al conductor que estaremos aquí dentro de media hora.
Depende de usted si quiere utilizar todo ese tiempo o no.
Y, sin esperar a ver qué hacía, Jasper se dirigió hacia el hostal.
—¿Dónde va? —habló en voz baja Alice mientras esperaban en el carruaje.
—Quizá sir Jasper tiene que utilizar el excusado —dijo Peter. Aquello provocó que Alice
mirara a su hijo con suspicacia.
Tenía cinco años pero, por lo visto, la vejiga de un niño de cinco años no era muy grande
porque...
Alguien llamó a la puerta del carruaje. Seguro que Jasper no llamaría en su propio carruaje. Y entonces, la puerta se abrió y el corazón de Alice dio un vuelco.
—Papá —susurró, con un nudo en la garganta.
Hacía catorce años que no lo veía, pero no se había olvidado de su cara. Tenía unas cuantas arrugas más alrededor de los ojos y la frente, la peluca de médico parecía nueva y tenía la boca más agrietada de lo que recordaba, pero era su padre.
Él la miró, pero no sonrió.
—¿Puedo subir?
—Por supuesto.
Subió al carruaje y se sentó frente a los tres. Llevaba el abrigo, el chaleco y los pantalones
negros, con un aspecto muy sombrío. Ahora que estaba allí con ellos, no parecía saber qué hacer.
Alice rodeó a sus hijos con los brazos. Se aclaró la garganta para hablar con la voz clara.
—Son mis hijos. Charlotte, de nueve años, y Peter, de cinco. Niños, este es mi padre. Vuestro abuelo.
Charlotte dijo:
—¿Cómo está, señor?
Peter se quedó mirando a su abuelo.
—Peter. —Papá se aclaró la garganta—. Qué bien.
El nombre cristiano del padre de Alice era Peter. Esperó para ver si decía algo más, pero
parecía un poco aturdido.
—¿Cómo están mis hermanos? —preguntó Alice, con un tono formal.
—Todos casados. Timothy se casó el año pasado con Anne Harris. Te acuerdas de ella, ¿no? Vivía dos casas más allá de la nuestra y tuvo una fiebre muy fuerte a los dos años.
—Ah, sí. La pequeña Anne Harris. —Alice sonrió, aunque con amargura. Anne Harris sólo tenía cinco años, la edad de Peter, cuando ella se había marchado de casa para irse con Lister. Se había perdido toda una vida en la rutina cotidiana de su familia.
Su padre asintió, más tranquilo ahora que podía hablar de algo conocido.
—Rachel está casada con un joven médico, un antiguo estudiante mío, y está embarazada de su segundo hijo. Ruth se casó con un marinero y vive en Dover. Escribe a menudo y nos visita cada año. Tiene una hija. Tu hermana Margaret tiene cuatro hijos, dos niños y dos niñas. Hace dos años, dio a luz a un niño muerto.
Alice notó cómo las lágrimas le apretaban la garganta.
—Lo siento.
Su padre asintió.
—Tu madre dice que tu hermana todavía lo llora.
Alice respiró hondo.
—¿Y cómo está mi madre?
—Bastante bien. —Su padre bajó la mirada hasta sus manos—. No sabe que he venido a verte.
—Ah. —¿Qué otra cosa podía decir? Alice miró por la ventana. Un perro estaba ladrando bajo el sol en la entrada del hostal.
—No debí permitir que te echara —dijo su padre.
Alice se volvió para mirarlo. Nunca había sospechado que no estaba de acuerdo con la decisión de su madre.
—Tus hermanas todavía no estaban casadas, y tu madre estaba preocupada por sus futuros — dijo, y pareció que las líneas de la cara se le acentuaban—. Además, el duque de Lister es un hombre poderoso y nos dejó claro que esperaba que fueras con él. Al final, fue más fácil dejarte marchar y limpiarme las manos del asunto. Fue más fácil, pero no estuvo bien. Me he arrepentido de mi decisión durante años. Espero que algún día puedas perdonarme.
—Oh, papá. —Se sentó al lado de su padre y se pegó a él. Notó sus fuertes brazos cuando él le devolvió el abrazo.
—Lo siento, Alice.
Ella se separó y vio que estaba llorando.
—Me temo que no puedes venir a casa. Tu madre no cederá en ese punto. Pero creo que
mirará hacia otro lado si me escribes. Y espero poder volver a verte algún día.
—Por supuesto.
Asintió, se levantó y acarició la mejilla de Charlotte y la cabeza de Peter.
—Ahora tengo que irme, pero te escribiré a la dirección de sir Jasper Withlock.
Ella asintió, con un nudo en la garganta.
Su padre dudó unos segundos, y luego dijo:
—Parece un buen hombre, ese Withlock.
Ella sonrió, aunque le temblaban los labios.
—Lo es.
Su padre asintió y se marchó.
Ella cerró los ojos, con la mano pegada a la boca temblorosa, a punto de echarse a llorar.
La puerta del carruaje volvió a abrirse y el vehículo se tambaleó cuando alguien entró.
Cuando Alice abrió los ojos, Jasper la estaba mirando con una mueca.
—¿Qué te ha dicho? ¿Te ha insultado?
—No. Oh, no, Jasper. —Y se levantó por segunda vez, se acercó a Jasper y le dio un beso en la mejilla. Se separó y lo miró al atónito ojo—. Gracias. Muchas gracias.
