Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M
Capítulo 19 Te amo pero…
La princesa Compasión reunió todos los objetos mágicos que pudo (hechizos,
pociones, amuletos que se decía que tenían poder) porque, si iba a enfrentarse al brujo,
sabía que tenía que ir preparada. Y, una noche, se escapó, sola, y sin decirle nada a
nadie en el castillo de su padre. El viaje hasta el castillo del brujo era largo y peligroso,
pero la princesa Compasión iba acompañada de su valor y del recuerdo del hombre que
la había salvado.
Y, por fin, después de muchas semanas, llegó al sombrío castillo justo cuando el sol
despertaba y empezaba un nuevo día...
De El Sincero
Tardaron una semana en llegar al castillo Greaves. Una semana durante la cual Jasper y Alice compartieron diminutas habitaciones de hostal con los niños. Ella no quería perderlos de vista, y él la habría mirado con malos ojos si lo hubiera hecho. Y quizá fue por eso que, en cuanto el reloj tocó las nueve de la noche, salió de su habitación y se dirigió hacia la suya.
Había una urgencia en su andar que no se explicaba únicamente por la lujuria acumulada.
Quería, necesitaba restablecer su relación con Alice. Asegurarse de que todo estaba igual que antes de que secuestraran a los niños. La necesitaba a un nivel muy básico y no quería que su tiempo juntos se terminara todavía. Admitió su debilidad ante sí mismo, y sólo sirvió para acelerar sus pasos.
Y entonces también fue consciente de que Alice ya no tenía ningún motivo externo para
quedarse en el castillo. No tenía necesidad de trabajar o, al menos, no enseguida. No con el joyero lleno de delicadas piezas que le había enseñado una noche en el hostal. El cabrón de Lister le había regalado tantas perlas y tanto oro que, si sabía administrarse, le duraría toda la vida. Y, con la renuncia de Lister, tampoco necesitaba seguir escondiéndose.
Y eso provocó que se preguntara: «¿Cuándo me dejará?» Jasper se sacudió ese pensamiento deprimente y se detuvo frente a la puerta de Alice. Rascó con las uñas en la madera. Al cabo de un momento, se abrió y apareció ella con la camisola.
Él la miró sin decir nada y le ofreció la mano, con la palma hacia arriba.
Ella miró hacia la habitación, luego miró la mano de Jasper, acabó de salir y cerró la puerta. Él se aferró a su mano, quizá con demasiada fuerza, y la llevó hasta sus aposentos. Estaba terriblemente erecto y ansioso por hacerla suya. Parecía haber perdido cualquier resto de comportamiento.
Apenas había cerrado la puerta de su habitación cuando la tomó entre sus brazos y la besó. La saboreó. La consumió. «Alice.» Era muy suave en la superficie, pero debajo, podía notar la fuerza de sus músculos y huesos, la fuerza de su interior.
Le metió la lengua en la boca, reclamando satisfacción, y ella lo complació, succionando con delicadeza. Rindiéndose ante él, aunque supiera que sólo era una ilusión. Le acarició los hombros y bajó por la curvada espalda hasta las caderas. Se llenó las manos con sus redondeadas nalgas y se las apretó.
Ella interrumpió el beso, jadeando, y lo miró con los ojos abiertos.
—Jasper...
—Shh.
La levantó en brazos, sólida encima de él, y estaba encantado de jugar a ser el conquistador. En sus brazos, no podía escapar.
—Pero tenemos que hablar —dijo ella, con el rostro solemne.
Él tragó saliva.
—Todavía no. Sólo déjame...
La dejó encima de la cama con cuidado y su pelo dorado quedó esparcido encima de la colcha oscura; un ofrecimiento con el que cualquier dios estaría encantado. Jasper no era ningún dios; no la merecía, pero tomaría lo que pudiera mientras pudiese.
Se quitó el batín y se deslizó, desnudo, encima de ella. Ella lo miró con aquellos ojos azules tan intensos. Grandes e increíblemente inocentes. Ahora estaban oscuros y un poco tristes. Ella levantó la mano y le acarició la mejilla deformada con ternura. No dijo nada más, pero sus ojos, su expresión y la delicadeza de su caricia le helaban las venas.
Jasper bajó la cabeza y la besó para no tener que seguir mirando esos ojos. Le subió la camisola por las piernas, que se retorcían debajo de él, y notó el vello de la entrepierna en la barriga.
Levantó la cabeza para quitarle la camisola y la tiró al suelo, entonces juntaron sus cuerpos desnudos y volvió a besarla.
Los hombres hablaban de una vida posterior llena de dicha divina, pero él sólo quería esta
dicha, en esta vida o en la siguiente: sentir la piel desnuda de Alice debajo de la suya. Deleitarse con sus suaves muslos que lo abrazaban. Presionar su dura verga contra el terciopelo de su barriga. Oler su esencia íntima y femenina mezclada con el aroma de limón y notar la calidez de su piel. Dios, si tenía la posibilidad de ir al Paraíso, renunciaría a él encantando para quedarse entre los brazos de Alice.
Acarició los delicados bultos de sus costillas, la cintura estrecha, la curva de la cadera, hasta que llegó al centro de su cuerpo. Estaba húmeda, los rizos ya estaban empapados, y Jasper dio las gracias, porque no estaba seguro de poder aguantar un segundo más fuera de ella. Se agarró la verga y se colocó en la entrada cálida y suave.
En casa.
A pesar de la humedad, estaba tensa. Jasper apretó la mandíbula y la penetró muy despacio, separando los pliegues y adentrándose un poco más. Ella lo abrazó y Jasper cerró los ojos para no derramarse demasiado rápido. Notó cómo ella lo abrazaba y acariciaba, y cómo le tomaba la cara y se la acercaba. Le dio un beso con la boca abierta y húmeda y separó las piernas, entrelazándolas encima de él. Entonces, Jasper empezó a moverse; era eso o morir. Se deslizó, penetró y adentró su cuerpo en el de Alice. Le hizo el amor. Ella siguió besándolo sin prisas, aceptando su lengua igual que su cuerpo aceptaba su miembro.
Aquello era todo lo que Jasper quería. Aquello era el cielo.
Sin embargo, su cuerpo necesitaba acelerar, puesto que la imperativa de plantar su semilla se estaba imponiendo al lujo de una unión pausada. Levantó el tronco y se apoyó en los brazos para intensificar los embistes. Observó cómo a Alice empezaban a pesarle los párpados y tenía la cara sonrosada. Empezaba a respirar de forma acelerada, pero todavía no había llegado al orgasmo.
Jasper sostuvo el peso de su cuerpo en un brazo mientras deslizaba la otra mano para buscar aquel punto de carne femenina que la volvería loca. Lo encontró, escondido entre los resbaladizos pliegues, y lo apretó y rodeó con suavidad. Ella bajó los brazos y los tendió por encima de la cabeza, sujetando la almohada con los dos puños cerrados. Él la observó, jugueteando con su perla y penetrándola con fuerza, y cuando vio que echaba la cabeza hacia atrás, él también lo notó: el inicio explosivo del orgasmo.
Se retiró justo a tiempo, y se derramó en su muslo. El corazón le latía con fuerza y estaba
jadeando. Rodó a un lado para no aplastarla y se quedó así un momento, con el brazo encima de la cabeza, exhausto. Se estaba quedando dormido cuando ella se movió, se acurrucó contra él y le recorrió el pecho con los dedos.
—Te quiero —susurró.
Él abrió el ojo en ese instante, y se quedó sin aliento y con la mirada clavada en el techo de la habitación. Sabía lo que debería decir, por supuesto, pero las palabras no le salían. Parecía que se había quedado mudo. Y ahora era demasiado tarde. Demasiado tarde. Su tiempo juntos había llegado a su fin.
—Alice...
Ella se sentó en la cama.
—Te quiero con todo mi corazón, Jasper, pero no puedo quedarme contigo así.
Había creído que había estado enamorada antes, cuando era joven y muy inocente. Aquello sólo había sido el encaprichamiento de una jovencita cegada por la posición social y la riqueza de un hombre. El amor que sentía por Jasper era totalmente diferente. Conocía sus defectos, su mal carácter y su cinismo, pero también disfrutaba de sus virtudes. Su amor por la naturaleza, la ternura que escondía a la mayor parte del mundo, su lealtad incondicional.
Veía lo mejor y lo peor, y todos los aspectos complicados del medio. Incluso sabía que todavía había piezas de él que no le había enseñado, piezas que querría tener tiempo para descubrir. Lo sabía y lo quería, a pesar de eso y por todo eso. Era el amor de una mujer madura. Un amor consciente de sus manías humanas y de su nobleza.
Y, en el fondo de su corazón, también sabía que ese amor, por maravilloso que fuera, no era suficiente para ella.
Jasper se había quedado inmóvil a su lado, con el pecho húmedo después del coito. No había dicho nada cuando ella le había confesado su amor, y aquello le dolió en el alma. Sin embargo, al final, poco importaba que admitiera que la quería o no.
—Quédate conmigo —dijo él, con la voz áspera. Tenía una expresión serena, aunque en su ojo se reflejaba la desesperación.
Casi le rompe el corazón.
—No puedo volver a vivir así —respondió ella—. Dejé a Lister porque me di cuenta de que era algo más que el juguetito de un hombre. Tengo que ser algo más, por mí y por mis hijos. Y, aunque te quiero mil veces más de lo que jamás quise a Lister, no repetiré mis errores.
Él cerró su precioso ojo y giró la cara. Cerró los puños y los apoyó encima de la frente. Ella
esperó, pero él no hizo nada, no habló ni se movió. Era como si se hubiera convertido en una estatua de piedra.
Al final, Alice se levantó de la cama y recogió la camisola del suelo. Se la puso y fue hasta la puerta. Miró hacia atrás una vez más, pero él seguía en la misma posición. Así que abrió la puerta y salió de la habitación, dejando a Jasper y su propio corazón tras ella.
A la mañana siguiente, Jasper se encerró en su torre, pero nada era igual. El tratado sobre el comportamiento de los tejones que tanto lo había interesado ahora le resultaba claramente patético. Los dibujos, las muestras, los diarios y las notas; todo en aquel despacho parecía vacío e inútil. Y lo peor era que las ventanas de la torre daban al patio de los establos, donde Alice estaba supervisando que el cochero cargara todo su equipaje en el coche de caballos. ¿Por qué se había molestado en levantarse esa mañana?
Aquellos negativos pensamientos se vieron interrumpidos cuando alguien llamó a la puerta del despacho. Él frunció el ceño, se planteó ignorarlo, pero al final, gritó:
—¡Adelante!
La puerta se abrió y Charlotte asomó la cabeza. Jasper irguió la espalda.
—Ah, eres tú.
—Queríamos despedirnos de usted —dijo, con una voz excesivamente seria para una niña de nueve años.
Él asintió.
Charlotte entró y Jasper vio que, tras ella, entraba Peter, con Meón retorciéndose en sus brazos.
Charlotte juntó las manos delante del pecho, recordándole a su madre.
—Queríamos darle las gracias por ir hasta Londres para rescatarnos.
Jasper agitó la mano para restarle importancia, pero por lo visto, no había terminado.
—Y por enseñarnos a pescar, por dejarnos cenar con usted y por enseñarnos dónde viven los tejones. —Hizo una pausa y lo miró con los mismos ojos que su madre.
—De nada. —Jasper se apretó el puente de la nariz entre el índice y el pulgar—. Tu madre te quiere, ¿sabes?
Los ojos de la niña, iguales que los de Alice, se abrieron mientras lo miraba en silencio.
—Te quiere —se detuvo un momento y se aclaró la garganta—, tal como eres.
—Oh. —Charlotte descendió la mirada hasta el suelo y frunció el ceño con fuerza, como si quisiera contener las lágrimas—. También queríamos darle las gracias por dejarnos ponerle nombre a su perro.
Jasper arqueó las cejas.
—Nos hemos decidido por Tejón —le explicó, muy seria—, porque nos acompañó hasta la
madriguera de los tejones. Además, no podemos llamarle Meón para siempre. Es un nombre de cachorro.
—Tejón es un nombre excelente. —Jasper se quedó con la mirada fija en la punta de sus
botas—. Sacadlo cada día y no le deis comida demasiado grasienta.
—Pero no es nuestro —dijo ella.
Jasper meneó la cabeza.
—Ya sé que dije que Tejón era mi perro, pero en realidad fui a buscarlo para vosotros.
Ella lo miró con la misma determinación en los ojos que su madre la noche anterior.
—No. No es nuestro.
Dio un pequeño empujón a Peter, que estaba muy triste. El niño se le acercó con el perro y se lo ofreció.
—Tenga. Es suyo. Charlotte dice que lo necesita más que nosotros.
Jasper aceptó el pequeño cuerpo cálido e inquieto, totalmente perplejo.
—Pero...
Charlotte se acercó a él y le tiró de la manga hasta que se agachó. Entonces lo abrazó con sus pequeños brazos y casi lo ahoga.
—Gracias, sir Jasper. Muchas gracias.
Se dio la vuelta, tomó a su atónito hermano de la mano y salieron del despacho antes de que Jasper pudiera encontrar una respuesta.
—Maldición. —Miró al cachorro y Tejón le lamió el pulgar—. ¿Y ahora qué voy a hacer contigo?
Se acercó a la ventana y miró hacia abajo justo a tiempo de ver cómo Alice ayudaba a los niños a subir al carruaje. Charlotte miró para arriba una vez, aunque como apartó la mirada enseguida, no estaba seguro de si lo había mirado. Alice subió detrás de ellos y el conductor tiró de las riendas.
Todos se alejaron del patio, de su vida, y Alice no se volvió ni una sola vez.
Su cuerpo le gritaba que fuera tras ella, pero su mente lo mantenía encadenado donde estaba.
Retenerla sólo retrasaría lo inevitable.
Ahora o mañana, siempre había sabido que Alice lo abandonaría.
