PRÓLOGO

Hace miles de años, cuando la humanidad apenas acababa de comenzar su andadura en este mundo, este azul planeta rebosaba magia y vida por doquier. El mundo en que ahora vivimos era un lugar en que sucesos que hoy se considerarían prodigiosos y hasta sobrecogedores, eran vistos con normalidad por todos los seres que allí habitaban. Nadie se extrañaba al ver hechizos que creaban fuego o de ver objetos siendo elevados del suelo. Pero no por ello ignoraban el peligro que ese poder podía traer consigo. Por todos era conocido el miedo a la magia descontrolada y para unos seres en especial.

En la profundidad de un recóndito bosque algo inesperado estaba por suceder. Ningún ser se atrevía a entrar en él. Los humanos tenían vetada la entrada, pues era considerado un lugar sagrado al que ningún mortal podía acceder. Esa arboleda milenaria, ubicada en una zona montañosa, estaba principalmente poblada por espesos bosques de coníferas que durante el día apenas dejaban pasar la luz del sol. El bosque albergaba también un gran número de hayas de lisas cortezas de color ceniciento cubiertas de musgo y robles centenarios, los cuales se alzaban majestuosos como compitiendo con el resto de los árboles del bosque.

Una oscura figura se movía sigilosa entre los árboles. Los rayos lunares no pasaban por entre la espesura pero la figura se movía sin vacilación ni tropezarse, como si andar en la más profunda oscuridad no supusiese un problema. La figura se movía con presteza y decisión. Aunque más bien parecía flotar sobre el suelo. De pronto, sus oídos captaron unos leves sonidos en la distancia. Al volver su mirada en la dirección del sonido vio otras figuras oscuras que iban en su misma dirección. Contó un total de tres seres más. Sin embargo no sintió miedo pues, aunque no podía verles, les reconoció de inmediato. Al cabo de un par de minutos llegó a su destino: un claro en la zona más profunda del bosque.

Allí otras once figuras, incluidas las tres con las que se topó por el camino, que se hallaban igualmente totalmente cubiertas por capas comenzaban a colocarse en círculo bajo los rayos de la luna llena en el mismo centro del claro. Todos se situaron con precisión, como si hubiesen elegido con antelación el lugar en que se colocaría cada uno. Había un tenso silencio pues el motivo que los había reunido allí no era precisamente agradable. No era habitual que todos se reunieran pero la situación que los había llevado a ese punto tampoco lo era. Todos parecían buscar el modo de iniciar la conversación aunque no encontraban las palabras adecuadas. Si bien todos conocían lo que los había llevado hasta allí. Como si quisiera aliviar el clima tenso que los envolvía, una de las figuras dio un paso adelante.

-Gracias, hermanos y hermanas, por venir.- dijo una voz femenina- Como bien sabéis nos encontramos ante una situación delicada. Hemos sufrido grandes pérdidas en poco tiempo. Ha requerido grandes sacrificios pero... bien sabemos que esto no ha acabado.

Varias de las figuras asintieron lúgubremente, otras apretaron los puños con fuerza. Ninguno parecía tener ganas de hablar o bien no eran capaces de hallar las palabras. La tensión podía cortarse con un cuchillo.

-Sé que todos estamos afectados por lo sucedido.- dijo otra voz, grave y masculina- Pero hay decisiones vitales que tomar.

-¿Y qué sugieres tú?- increpó con dureza otra figura masculina, más alta y de complexión más robusta que la primera.

-Bien lo sabes. - suspiró pesadamente.

-Y bien sabes tú mi opinión al respecto.- le replicó con voz dura, sombría.

-Quizás,- interrumpió una suave voz femenina- si ambos os dejaseis de comentarios crípticos el resto de nosotros podría entender los motivos de tamaña... acritud.

La figura más alta sencillamente soltó un bufido malhumorado y apartó la mirada con rabia. La otra figura sólo suspiró ante su actitud. Ambos eran amigos desde hacía muchísimo tiempo y, como todos los buenos amigos, habían tenido sus más y sus menos pero en esta ocasión no podían estar más en desacuerdo. Pero bien era cierto que el asunto que tenían entre manos era demasiado delicado como para tomar decisiones a la ligera. Tras suspirar nuevamente sus ojos recorrieron a los otros diez congregados, analizando sus rostros llenos de dudas y recelo ante lo que pudiera decir.

-Bien sabemos que estamos ante una situación límite.- escogió sus palabras lentamente y con cuidado- Nuestro Enemigo se ha vuelto muy poderoso en poco tiempo y sus aliados se han ido multiplicando. Parece que el Sello que le hemos aplicado resulta efectivo, pero no creo ni mucho menos que sea permanente ni que, a pesar de su eficacia, no sea capaz de averiguar el modo de librarse de su encierro con el tiempo.

Se detuvo de repente. Pudo notar que, con cada una de sus palabras, la rabia y la hostilidad hacia su ser iban en aumento. Pues no había sino metido el dedo en la llaga al exponer en voz alta los miedos de muchos de los presentes. Miró de reojo a su amigo. Estaba más tenso si cabe, con los puños blancos de tan apretados que los tenía y pudo ver un tic nervioso en su ojo izquierdo. ¿Qué debía decir ahora? Acababa de "activar" una reacción en cadena, ahora no podía sencillamente tirar la piedra y esconder la mano.

-¿Sugieres pues que el Sello que tanto sacrificio nos supuso, podría ser insuficiente para mantener alejado por siempre a nuestro Enemigo?- preguntó tras unos breves instantes una pequeña y delicada figura femenina.

-En efecto.- contestó tras armarse de valor.

-¿Y qué propones entonces para poder hacer frente a esa amenaza que crees percibir?- volvió a preguntar la menuda figura.

-Debemos sellar los poderes de nuestra gente y desparecer hasta que llegue el momento.- sentenció con la mayor firmeza de la que fue capaz.

Y en ese preciso instante todo estalló.

Un coro de voces comenzaron a gritar e increparse múltiples reproches mutuamente y a la vez. Pero sobre todo hacia su persona. Parecía que fuese a estallar una guerra. Nada podía sacarse en claro de aquel griterío. Toda la tensión acumulada hasta el momento salió expulsada en una tormenta de rabia descontrolada. Miró entonces a su amigo. Éste estaba callado, con los puños todavía apretados, rehusando mirarle. Una parte de él tenía la esperanza de que recapacitase, que aceptase el hecho que no había otra opción. A él mismo tampoco se le ocurriría proponer tal cosa si no tuviese una mínima certeza de que sus temores no fuesen infundados. Pero, por suerte o por desgracia, pocas veces se había equivocado. Ahora no sabía cómo calmar a la turba que acaba de formar con sus palabras. Debía hablarles, contarles el porqué de semejante proposición, pues ni a él mismo le gustaba. Pero, ¿qué otra opción les quedaba? Justo cuando se proponía a intentar hablar para llamar su atención, vio a una de las figuras dar un paso adelante y contuvo el aliento. Una figura femenina alta y esbelta alzó un poco su mano y sin levantar la voz sentenció firmemente:

-Basta.

De pronto una onda de energía atravesó, aunque invisible, todo el claro acallando las voces al instante. Como una exhalación, desapareció toda la tensión del ambiente y algunas figuras miraron en dirección a la responsable con cara de pocos amigos. Ésta, sin hacerles caso, volvió a colocarse en su sitio elegantemente.

-Ahora que tengo vuestra atención,- habló ignorando las miradas furibundas dirigidas hacia ella- ¿qué tal si discutimos el asunto como los seres civilizados que creo que somos?- preguntó en tono un tanto burlón y dirigió su mirada directa al "origen" del problema- ¿Podrías explicar tu propuesta, hermano?

Éste soltó de pronto todo el aire que había estado conteniendo, si bien no fue consciente de ese hecho hasta ese momento. Era raro que ella interviniese, y mucho menos de manera tan brusca como lo había hecho. Quiso hablar pero sentía que le faltaban las palabras. Carraspeó ligeramente e intentó recobrar la compostura. La acción de esa mujer lo había desconcertado por un momento, así como a sus otros hermanos y hermanas, pero debía hablar. No podía dejar que sus palabras cayeran en saco roto. Su corazón latía desbocado. Siempre tendía a controlar sus emociones, pero en esta ocasión no podía por más que lo intentara. Todos los acontecimientos recientes y lo sucedido días atrás no le ayudaban a mejorar su estado. Pero por eso había convocado esa reunión, por eso les demandó citarse con tanta premura. No podía dejar que sus miedos le nublasen su objetivo, no en este momento. Ahora más que nunca precisaba el raciocinio que le caracterizaba. Tomó una amplia bocanada de aire y se dispuso a hablar, mas fue otra voz la que se escuchó.

-¿Qué hay que explicar?- preguntó furiosamente su amigo, quien por fin parecía dispuesto a hablar- Está sugiriendo un auténtico despropósito. ¿Cómo podríamos desaparecer? Ya hemos renunciado todos nosotros a nuestra esencia no material para sellar al Enemigo. Sólo la recolección de la energía extraída de nuestra gente pudo generar el Sello. Ahora todos nosotros estamos atados a la materia, como el resto de seres de este mundo. El Sello no puede ser destruido por ninguno de sus aliados y, tras la batalla, nuestro Enemigo no será capaz de regenerarse. Está encerrado, aislado.- su voz se iba tiñendo de mayor rabia a cada palabra que pronunciaba. Varias cabezas asintieron mostrando su acuerdo- Ya ha supuesto un gran riesgo para nuestra especie esta renuncia. Proponer algo así es... demente.

Tras su discurso varios susurros se oyeron mostrando su acuerdo. Entendía el motivo de los miedos de su amigo y del resto de sus congéneres. Pero debía dejar claro sus propios miedos que, de cumplirse, serían mucho más aterradores que las consecuencias que sus hermanos y hermanas temían por llevar a cabo su propuesta. Sí, era cierto que habían hecho un gran sacrificio. Su Enemigo se había hecho tan poderoso que ni ellos, los más poderosos de su raza, habían sido capaces de derrotarlo. La única solución que pudieron dar a los suyos fue lanzar un conjuro que, recopilando la energía de todo su pueblo, había podido herirlo gravemente y sellarlo. Eso supuso renunciar a su estado primigenio y quedar atados a la materia. Pero habían sido incapaces de encontrar el modo de destruirlo de manera definitiva. Y mientras un mero hálito de vida recorriera su cuerpo herido, ellos no dejarían de estar en peligro.

-¿No comprendes que mientras aún respire todos estamos expuestos?- le preguntó con el mayor tacto del que fue capaz. Su amigo resopló disgustado.

-Está sellado.- repitió- No creo que vaya a ser capaz de recobrarse en varios siglos.

-Has de recordar, hermano mío,- dijo un firme voz femenina- que el Enemigo tiene grandes hordas de adeptos dispuestos a lo que sea por liberarlo o acabar con nosotros. O ambos si es que se les presenta la ocasión.

-Sus poderes no son nada comparados con los nuestros.- contestó altivamente haciendo un gesto de suficiencia. Se oyeron algunas risitas con su declaración.

-¿Y si amenazaran a nuestros Hijos?- replicó ella con un eco de furia en sus palabras.

En ese instante tanto él como el resto de los presentes callaron. Un escalofrío recorrió sus cuerpos. Era cierto, los aliados de su Enemigo podían enfrentarse a ellos pero su raza era capaz de luchar y defenderse con entereza. Incluso de los más poderosos. Pero sus Hijos eran diferentes. Aun conociendo la magia y siendo capaces de usarla para defenderse, no era más que un eco en comparación a la suya. ¿Qué harían si los usaban como escudo o moneda de cambio? Bien sabían que a su Enemigo no le interesaban sus Hijos, su magia no le reportaba ninguna cosa que necesitase o quisiese. De hecho había usado a algunos de ellos como experimento de sus artes oscuras, sólo como entretenimiento para conocer cuán amplia podía llegar a ser su influencia. Pero no por ello quería decir que estuviesen a salvo. Como bien acababa de señalar, los podían usar en su contra.

-Podríamos protegerlos.- respondió tras un instante, tozudo.

-¿Podrías protegerlos a ellos, a nuestra gente y a ti mismo a un tiempo?- preguntó a su amigo suspirando cansadamente- ¿Qué harás si te hallas en una situación en la que debes elegir a quien proteger? ¿Quién sería?

Su amigo apartó la mirada, furioso. No le gustaba ser tan mezquino, pero era una situación que debía considerar. Todos debían hacerlo. Entonces le miró directamente a los ojos con furia. No le gustaba que le pusieran contra las cuerdas, bien lo sabía él.

-¿Y qué bien les haríamos con la desaparición que tú propones?- le increpó.

-Sería una forma más eficaz de protegerles. Piénsalo.- le dijo cuando vio que abría la boca para replicar- Si los aliados del Enemigo creen que ya no estamos, que hemos desaparecido, no tendrían motivos para amenazar a nuestros Hijos. Ni a nuestra gente.

-En efecto eso es cierto.- dijo la voz antes firme de su hermana- Sin embargo, hay otras cosas que me preocupan de esta desaparición. ¿Qué será de la Naturaleza tras nuestra marcha?

Ese era otro punto delicado, pensó él. Otro motivo de gran reticencia que había previsto de su propuesta. Sus poderes, así como los del resto de sus hermanos y hermanas, estaban estrechamente ligados con la naturaleza. Gracias a su labor, el equilibrio de la naturaleza había permanecido inalterable durante milenios. Ellos obtenían sus extraordinarios poderes de ella y ellos la recompensaban cuidando de ella y de todos sus seres. No era de extrañar que, al pensar en su marcha, todos temieran que dicho equilibrio se perdiese.

-Si mis temores se cumplen,- le respondió escogiendo con cautela sus palabras- no habrá naturaleza por la que preocuparse.

-Eso es verdad.- dijo ella lúgubremente.

-Como bien has dicho,- interrumpió entonces su amigo- son tus temores. ¿Por qué habríamos de tomar tan drástica medida? Además, ¿cómo pretendes siquiera hacer lo que propones?

-Todavía nos queda a nosotros y a nuestra gente, una característica que nos permitirá crear un conjuro lo bastante poderoso como para sellar sus poderes y permitirnos desaparecer hasta que llegue el momento de guiar a nuestros Herederos.

-¿Pretendes acaso que también renunciemos a nuestra condición inmortal?- preguntó con incredulidad.

Él sólo atinó a asentir levemente. Un silencio lúgubre y tenso cayó entre los presentes de inmediato. Como un jarro de agua fría. Lo cierto es que se esperaba otra turba como cuando hizo su propuesta. Pero quizás esa era una declaración demasiado sorprendente. Tanto como para quitar el habla a todos los presentes.

-Has perdido el juicio.- respondió en un hilo de voz otro de sus hermanos.

-¡La batalla ha destruido tu cordura!- vociferó su hermano y amigo.

-No.- repuso él secamente.

-¿Ah, no? ¿Es que no ves la locura en la que has caído? Dejas que tus miedos nublen...

-Lo he visto.- le interrumpió, ya sin poder contener sus propios miedos y su ira- ¡Lo he visto!

Entonces, como un resorte, vio que todas las alarmas de sus hermanos se disparaban. Quizás debería haber empezado por ahí. Pero, claro, no creía que dudaran del porqué de su "poco convencional" propuesta sabiendo de sus capacidades. Un nuevo silencio se extendió entre los presentes pero, en esta ocasión, de reflexión y auténtico terror. Que él hiciera tal declaración era un motivo de alarma mucho mayor que cualquier otro. Ya estaba, al fin lo había dicho. Sin embargo, no le hacía sentirse mejor ni mucho menos aliviado. Aún más, sentía como si las piernas le fuesen a fallar en cualquier momento. Se notaba más débil si cabía. Y mucho, mucho más anciano. Aunque en su caso tampoco era decir demasiado... Durante unos minutos que parecieron eternos, nadie dijo nada. Muchos miraban al suelo con expresión compungida. Otros tenían la vista puesta en puntos indefinidos y se hallaban sumidos en sus pensamientos. Y otros se mordían los labios con frustración mientras fruncían el ceño con fuerza. Miró entonces a su amigo, quien se había quedado pálido comprendiendo así lo que llevaba días intentando decirle y no le había permitido.

Le había dicho que sus miedos le nublaban, pero quizás hablase más bien de sí mismo. A pesar de su apariencia fiera y fuerte, compartía los mismos miedos que el resto y le afectaban de igual manera. Había pasado días buscando múltiples soluciones a fin de evitar su propuesta inicial pero todas las veía con el mismo desenlace: el fin de su especie y la destrucción de todo cuanto habían luchado por proteger. La propuesta que había hecho había resultado la única que tenía opciones de éxito, por extraño o descabellado que les pareciese a sus hermanos. No había más opciones. No si lo que querían era sobrevivir y tener una posibilidad de acabar de una vez por todas con el Enemigo. Ahora que estaban más concienciados era el momento propicio para convencerlos de llevar a cabo su plan. También era consciente de que era arriesgado y que, incluso siendo la más esperanzadora de sus opciones, también había probabilidad de que tampoco diera resultado. Pero era arriesgarse o morir. Y en este caso de forma literal. Justo cuando se disponía a hablar escuchó la voz apagada de su amigo:

-Lo que tú ves son posibilidades. No hay garantías de que ninguna de ellas se cumpla.- les recordó a todos- ¿En cuántas de ellas se cumplen nuestros peores temores?

-En ocho de cada diez.- le respondió con un hilo de voz.

Vio entonces a su hermano y a otros temblar de manera casi imperceptible. Lo sabía, no eran para nada buenas noticias. Especialmente considerando que su propuesta se hallaba tanto entre las dos posibilidades de éxito, como en las ocho de fracaso. Una amarga sensación de inquietud se instaló entre los allí congregados. Ahora que todos estaban concienciados con lo que debían hacer, era su turno para tomar la palabra y llevar las riendas de su resolución. ¿Por qué entonces se sentía incapaz de hablar? De pronto, como si hubiera caído del cielo, una sensación de alivio y tranquilidad invadió su cuerpo. Observó la misma expresión de calma en los rostros de sus hermanos y hermanas. Miró instintivamente a la alta figura que tenía justo frente a él. No había cambiado su postura, ni tan siquiera se movía, pero su rostro mostraba una leve sonrisa reconfortante. Era la segunda vez que intervenía de esa manera en la reunión, aunque en esa ocasión nadie se quejó ni la miró con irritación. Más bien todo lo contrario. Bien era cierto que sus poderes, a pesar de que no eran los más "destructores", sí que podían clasificarse como de los más aterradores de sus hermanos. Tenían mucha suerte de que ella fuese una persona sensata y compasiva. Cualquier otro ser con esos poderes podía ser realmente aterrador. Un escalofrío recorrió su espalda sólo de imaginar a su Enemigo con esas capacidades. Una vez la quietud se hizo presente quedaban ciertos puntos por aclarar.

-Ahora entenderéis,- dijo rompiendo finalmente el silencio- el porqué de mi proposición. Ni a mí me ha resultado sencillo tomar esta determinación.

-Sin embargo,- repuso una de sus hermanas- sigo teniendo ciertos reparos. Primero, ¿en qué consiste esa desaparición de la que hablas? ¿Te refieres sólo a nosotros doce?

-En efecto, así es.- le confirmó mientras asentía- Lo que yo os propongo es que lancemos un hechizo que lo que hará es sellar los poderes del resto de nuestra raza, así como hacerles olvidar sus verdaderos orígenes.- escuchó entonces como ella y otros contenían el aliento- Es, por así decirlo, como si entraran en un estado de letargo.

-¿Por cuánto tiempo?- preguntó su amigo.

-Resulta imposible saberlo.- dijo negando apesadumbrado con la cabeza- La única solución que he visto a esto es que incluyamos una cláusula en el conjuro que vayamos a lanzar.

-Quieres decir que el conjuro sea a su vez una profecía.- concluyó él seriamente. Asintió a modo de confirmación.

-En verdad tampoco es muy alentador.- oyó decir a una áspera voz masculina- ¿Cómo sabremos a quién legar nuestra misión cuando el momento llegue?

-Aquellos descendientes de nuestras estirpes que tengan su esencia intacta.

-Supongo que también deberíamos asegurarnos de que nuestra sangre no se mezcle.- contestó pensativamente.

-Nos sentimos irremediablemente atraídos a los nuestros.- dijo una delicada voz encogiéndose de hombros- Lo que tendríamos que procurar es que no pasen por alto ese instinto.

-Tengo que darte la razón hermana.- convino su amigo- Nada podemos dejar al azar.

-Parece que el conjuro va tomando forma. Pero aún no has contestado a mi primera pregunta, hermano mío.- le recordó con severidad.

-Descuida, no lo he olvidado.- respondió sonriendo levemente- La energía extraída de la sustracción de nuestra inmortalidad hará que, no solo podamos sellar y hacer olvidar a nuestra gente todo cuanto saben, sino también que alcancemos un estado espiritual. Claro que tendremos que renunciar a nuestro propio cuerpo. Eso nos permitirá observar y controlar todo cuanto suceda hasta que podamos encontrarnos con nuestros Herederos.

-Pero no podremos intervenir.- advirtió ella.

-No. Me temo que no podríamos.- corroboró apenado.

-¿De verdad la naturaleza estará bien con nuestra marcha?- insistió su otra hermana.

-Eso tampoco puedo saberlo.- tuvo que admitir a regañadientes para mayor preocupación de su hermana- Pero hay una cosa que tenemos que tener clara. Si el Enemigo se libera, la naturaleza y todo el que en ella habita estará en serio peligro.

Ella se quedó cabizbaja, pensativa. Por un lado, comprendía y compartía los argumentos de su hermano pero, por otro lado, era incapaz de sacar ese temor y esa sensación de aflicción de su pecho. Comenzó a analizar las consecuencias de lanzar el hechizo que su hermano había propuesto. Primeramente, precisaban una gran fuente de energía mágica, para lo cual usarían como "pago" la energía obtenida por medio de la sustracción de la inmortalidad de toda su especie. Lo que provocaría el hechizo que después lanzarían sería el que los poderes de todos sus congéneres quedasen sellados, pasando así inadvertidos para los aliados de su Enemigo pues serían como simples humanos a sus ojos, a la vez que haría que olvidasen sus verdaderos orígenes. Como medida extra de protección contra aquellos enemigos capaces de entrar en la mente de otros seres. Otra consecuencia les afectaría directamente a ellos doce. Al ser los más poderosos de su raza poseían unas reservas mágicas mucho mayores que otros lo cual permitirían que, al lanzar el conjuro, pudieran usar ese poder para "destruir" sus cuerpos para pasar a un estado espiritual que les permitiría observar de cerca a los suyos. Pero no podrían intervenir de ningún modo. Y eso era lo que más la aterraba.

¿Qué sucedería si ellos no estaban allí para cuidar de la Naturaleza? ¿No sería más prudente hacer que algunos de los suyos recordaran? Bien sabía que los humanos se sentían ligados a ella, pero no era menos cierto que poseían una especial afición a manipular su entorno a su antojo y conveniencia. En esos momentos, era su gente quienes les instruían y les recordaban constantemente su deber para con la naturaleza que los proveía. Si ellos se iban, si desparecían temporalmente de ese mundo, ¿serían los humanos capaces de cuidar de él hasta que ellos regresaran? Se mordió el labio con indecisión. No estaba del todo segura de que eso fuera a pasar. Sin embargo, sabía que no era seguro seguir como hasta el momento pues su hermano lo había dejado claro. Su especie peligraba. Y por ende todo aquello por lo que habían luchado por proteger. Sin embargo, no podía dejar las cosas así. Era necesaria una propuesta. Quizás hubiera alguien dispuesto a ayudarlos, alguien que pudiera "suplantarlos" en su labor hasta que llegara el momento.

-Comprendo tu razonamiento.- dijo tras unos minutos- Sin embargo, no sería capaz de partir dejando cabos sueltos. Imagino que proponer que algunos de los nuestros conserven sus poderes y recuerdos está descartado, ¿no?

-No sería prudente.- le respondió con cautela- Si queremos que esta medida surta efecto, no podemos dejar que sepan que seguimos existiendo.

-Dudo que los aliados del Enemigo se crean que hemos desaparecido.- inquirió su amigo.

-Cierto. Pero gracias al hechizo no serán capaces de sentirnos.

-Entonces,- siguió la preocupada figura femenina- ya que ninguno podrá estar aquí para preservar nuestro bien más preciado, ¿no sería posible encomendarle esa misión a alguien más?

-¿Qué propones, hermana mía?- le preguntó frunciendo levemente el ceño.

-Nuestros Hijos. Ellos no son capaces de realizar los mismos actos que nosotros, pero pueden encargarse de velar porque el resto de los humanos no olviden.

-No es mala idea.- convino él- Ellos mejor que nadie serán capaces de comprender la importancia de que el equilibrio no se vea alterado.

-¿Aceptáis mi propuesta?- preguntó ella esperanzada.

El resto de figuras asintieron al mismo tiempo y ella ya pudo respirar más aliviada. No es lo que prefería pero era mejor que nada. Además, todavía deberían realizar múltiples preparativos antes de lanzar el hechizo. Había tiempo para organizar todo y no dejar cabos sueltos. En ese momento, la alta y esbelta figura de su hermana dio un paso al frente.

-¿Se apoya pues la moción realizada por nuestro hermano de lanzar un conjuro que nos dormirá hasta que el momento de la batalla última llegue?- preguntó con voz solemne. De nuevo, todas las figuras asintieron al tiempo- Bien. En tal caso doy por finalizada esta reunión.

En ese instante volvió a su sitio y, en silencio, comenzó a alzar su mano al cielo así como otras seis figuras, todas perfectamente coordinadas. Luego comenzaron a brillar tenuemente y un halo de luz salió de esas siete figuras hacia el cielo, juntándose y formando una estrella de siete puntas. Acto seguido, las restantes cinco figuras repitieron lo mismo y el halo de luz conformó una estrella de cinco puntas. Entonces, ambas figuras luminosas se juntaron en el aire deshaciéndose y reorganizándose hasta que el claro dejó de estar iluminado por los rayos de la Luna... para que lo iluminara una estrella de doce puntas.