CAPÍTULO 1: ALGO INESPERADO

Era un soleado y caluroso día de junio, sin ninguna nube en el horizonte amenazando con estropear tan idílico día. En el medio de aquel tupido bosque todo era calma y armonía. Los pájaros cantaban y los animales correteaban ajenos a una joven que por allí caminaba. Hacía ya tiempo que se habían acostumbrado a su presencia. Se trataba de una adolescente de estatura media. Ella caminaba sin esfuerzo alguno por ese monte repleto de vegetación, sin equipamiento de senderismo alguno. Vestía unas simples deportivas negras –las mismas que usaba en clase de gimnasia–, unos pantalones vaqueros cortos de color azul marino y una camiseta sin mangas negra larga y holgada. Su pelo era largo hasta la mitad de la espalda, de color pelirrojo cobrizo y rizado con múltiples tirabuzones, el cual llevaba recogido como buenamente podía en un improvisado moño (pues su rebelde melena rizada muchas veces no estaba por la labor de comportarse). Sus ojos eran grandes de color azul verdoso que destacaban con su blanca piel. Tenía algunas pecas casi imperceptibles alrededor de su nariz, la cual era ligeramente respingada.

A pesar del maravilloso día, ella no se sentía especialmente contenta. Había decidido subir por el monte que había junto a su casa y caminar por el bosque para despejarse y tener algo con lo que distraerse por un rato. "Irónico. En verano, justo cuando se supone que ya tienes tiempo de hacer cuanto quieres, no encuentras nada que hacer.", refunfuñaba para sus adentros. A media mañana se aburrió de ver la tele y tomó la decisión de salir. Ya no aguantaba estar un minuto más en casa e ir al bosque le relajaba mucho. Allí se sentía en calma y paz. Como si todos sus problemas se esfumasen con tan solo poner un pie en dicho lugar. Al menos allí esperaba olvidarse por un momento que estaba completamente sola.

No es que estuviera sola en el mundo ni nada por el estilo, sencillamente llevaba varios días sin más compañía que las gallinas y ocas de su madre. El motivo de esa soledad no fue otro que una serie de desafortunadas coincidencias. Su padre, profesor de historia, estaba formado parte del equipo de excavación que acababa de descubrir un pequeño castro en Lugo. Su madre, abogada medioambiental, estaba llevando un caso de contaminación de aguas fluviales que le llevaba dando quebraderos de cabeza desde hacía ya varios meses. ¿Y sus amigos? Pues Marcos y Diana habían conseguido una beca para ir a estudiar inglés a Inglaterra durante junio y julio. Ambos insistieron en que fuera con ellos, pero no veía "productivo" que precisamente ella fuera a estudiar inglés cuando era bilingüe. Por otro lado estaban Julia y Sebas, quienes se habían marchado la semana anterior con sus correspondientes familias de vacaciones a Estados Unidos y Australia respectivamente. Y finalmente estaba Rosa, quien era unos años mayor que ella, la cual se encontraba en Alemania buscando piso. A ella la conocía del conservatorio y solían practicar juntas. Rosa hacía ya unos años que se quería dedicar profesionalmente a la música y, al finalizar el bachiller musical, recibió una beca para continuar sus estudios en Alemania. Ahora mismo estaría en Hamburgo viendo su nueva escuela, el Johannes-Brahms Konservatorium (el cual escogió por ser Brahms uno de sus compositores favoritos y pianista como ella).

La joven sacudió la cabeza intentando no pensar en todo eso. Sabía que no merecía la pena. Sin embargo, no cesaba de maldecir su mala fortuna. Finalmente, tras una caminata de unos cuarenta minutos, llegó a su lugar predilecto: el nacimiento del río que pasaba cerca de su casa. El pequeño manantial donde nacía el río parecía un lugar de cuento de hadas, donde podían encontrarse bellas cascadas y pozas con aguas cristalinas rodeadas por la extensa vegetación. Este encantador paraje escondido en lo profundo del bosque a los pies de las murallas de piedra caliza con cascadas, aguas limpias y puras y rodeado de animales y vegetación hacían que se olvidara de todas sus preocupaciones. Allí ella tenía su pequeño escondite, lejos del ruido y las preocupaciones del día a día. Eran muchas veces en las que se quejaba del inconveniente de vivir en una pequeña aldea en vez de una gran ciudad. Pero esas pequeñas cosas, como su rincón secreto, le hacían cambiar de opinión.

Como era costumbre fue presta a tumbarse en su lugar favorito, al pie del gigantesco roble. Una de las razones por las que le gustaba ese bosque era porque apenas había eucaliptos. No es que le disgustara el árbol en sí, pero sí el hecho de que se hubieran talado bosques enteros de árboles autóctonos, tales como hayedos o robledales, en pos plantar esos árboles. Sabía que se debió a que, durante la postguerra, éstos resultaron más productivos para la explotación comercial del papel. Pero eso no significaba que le gustara. De hecho, su propia madre trabajó duro para conseguir que se planteara en la Xunta un decreto para regular las nuevas repoblaciones de eucalipto y desarrollar un registro de frondosas autóctonas. En aquella carballeira[1], destacaban unos pocos ejemplares de roble que se veía que eran bastante viejos. Sus gruesos troncos y su imponente altura, de unos treinta metros de alto, daban buena cuenta de ese hecho. Se tumbó entre las raíces y cerró los ojos, intentando no pensar en nada y no centrarse más que en el sonido del riachuelo y los pájaros.

No estaba segura de cuánto tiempo estuvo yaciendo ahí, dormitando tranquilamente, pero cuando abrió los ojos empezaron a distinguirse tonos anaranjados en el cielo por entre los árboles. Sin duda sería hora de emprender el camino de regreso a casa. Suspirando pesadamente empezó a levantarse. Justo cuando se había sacudido los restos de hierba y tierra de la ropa dispuesta a marcharse, escuchó un gorjeo desesperado. Extrañada empezó a seguir la dirección de la que provenía ese sonido. Justo al bordear el roble en el que había estado tumbada, a unos diez metros de distancia, había un pajarillo en el suelo batiendo las alas e intentando alzar el vuelo desesperadamente. Se trataba de un mito joven de color pardo por el dorso y rosáceo pálido por el vientre, cabeza blanca con listas negras a los lados de la parte superior de la cabeza y patas negras. La joven sintió pena del pájaro por lo que se fue acercando con ritmo pausado, evitando hacer movimientos bruscos. El animal, demasiado preocupado intentando volar para percatarse de su presencia, no fue consciente que se le acercaban hasta que ya estaba a apenas unos centímetros. Atrapó al mito a la primera para gran susto de éste. Rápidamente comenzó a acariciarlo para que se tranquilizara.

-Tranquilo pequeñín,- le decía con voz suave- no voy a hacerte daño.

De algún modo, el animal se tranquilizó y dejó de moverse. Ella sonrió. Desde siempre, sin saber por qué, se le habían dado bien los animales. Aun siendo una niña. Incluso se le solían acercar los gatos callejeros en busca de caricias. Miró al pájaro en busca de heridas pero parecía estar bien. Frunció el ceño. "No parece lo bastante joven como para ser un polluelo que está comenzado a aprender a volar.", cavilaba mientras lo examinaba con detenimiento. Sin embargo, ella no era veterinaria y no podía saber si sencillamente se había dado un golpe o si en efecto era un polluelo que se había caído del nido mientras practicaba su vuelo. Miró hacia los árboles en busca del nido pero no pudo ver ninguno. Sin saber qué más hacer, decidió intentar ayudar a volar al mito. Recordaba que en una ocasión cuando era pequeña su padre curó a un polluelo de gorrión y, para enseñarle a volar, lo puso entre sus palmas y lo lanzó al aire en varias ocasiones hasta que finalmente aprendió. Dispuesta a intentarlo, colocó al mito entre sus palmas y lo impulsó suavemente hacia arriba. El pájaro aleteó un poco pero no consiguió alzar el vuelo. La joven lo atrapó antes de que cayera al suelo. Se fijó que movía algo torpemente su ala derecha, por lo que era probable que en efecto estuviera herido. Sin embargo, decidió probar otra vez por si acaso. Si volvía a caer lo llevaría consigo y al día siguiente lo llevaría al veterinario a que lo examinaran. Le acarició el ala derecha con suavidad y el pajarillo giró la cabeza para mirarla. Sonrió con dulzura.

-No te preocupes, estás bien. Ahora volarás. Así podrás volver a casa.

De nuevo, lo colocó entre sus palmas y lo lanzó con un poco más de fuerza. Parecía que iba a volver a caer cuando comenzó a aletear con más energía, hasta que finalmente continuó el vuelo acompañado de un alegre canturreo. Ella siguió sonriendo satisfecha aún cuando el pequeño mito se hubo marchado del lugar. Al alzar de nuevo la vista al cielo pudo comprobar que los tonos anaranjados eran más intensos, por lo que debía darse prisa en emprender el camino de vuelta. No es que tuviera miedo ni nada, pero en la oscuridad era fácil perderse aun conociendo el terreno. Además, cerca de aquella zona vivía una pequeña manada de lobos ibéricos. Por lo que era mejor no tentar a la suerte. Se encaminó a su casa a paso ligero. Llegó a su casa en tiempo récord. Aunque el sol ya se había ocultado cuando arribó.

Las luces estaban apagadas. Como había esperado, no había nadie en casa. Sin embargo, pudo percibir un delicioso olor proveniente de la cocina. Se dirigió hasta allí, esperanzada, pero al llegar vio que la luz también estaba apagada y que allí no había nadie. No obstante, alguien debía haberse marchado hacía poco porque en el horno estaba haciéndose uno de sus platos preferidos: una gran y suculenta lasaña. Además en la encimera había otro plato cubierto con papel film en el que había tres boxty[2], otro de sus platos predilectos. A pesar de todo, no se sentía muy contenta pues allí no había nadie. Sólo pudo ver en la encimera una nota, cuya letra reconoció como la de su madre, que decía:

Hola cariño,

Lamento no estar aquí. Estaba terminando la cena cuando me ha llamado tu padre para decirme que ha tenido una mala caída y está en el hospital, así que he salido para ir a buscarlo.

No sé a qué hora llegaremos conque ve cenando. No hace falta que nos esperes, no te preocupes.

Te quiero mucho.

PD: Feliz cumpleaños, Brigit.

Con expresión apesadumbrada volvió a dejar la nota en la encimera. Justo en ese momento el horno emitió un pitido indicando que ya había finalizado su labor. Con un suspiro de decepción cogió la manopla y se dispuso a sacar su lasaña de cumpleaños. Cenó casi sin ganas y con una mueca constante. Después volvió a meter la lasaña en el horno y lavó el plato que había usado. Luego fue a la nevera para coger un refresco, viendo entonces la exquisita tarta de zanahoria que hacía su madre. Sin poder resistirlo, partió un trozo y se lo sirvió. Al ir a coger un tenedor vio que en el cajón había unas velas. Aunque le pareció una tontería cogió una, la puso en su trozo de tarta y la encendió. Fue a la mesa, se sentó y cerró los ojos pensando en qué deseo pedir. Tras un rato aún no se le ocurría nada, pero al ver que la vela ya estaba escurriendo la cera así que formuló presto su deseo. "Ojalá suceda algo que sea digno de mención.", pensó y sopló la vela. Suspiró pesadamente de nuevo.

Sin lugar a dudas, ese iba a ser un 24 de junio que no iba a olvidar.

-o-

Sus padres llegaron de madrugada mientras ella veía una serie en el ordenador. Su padre tenía el pie bastante hinchado y andaba con dificultad con una marcada cojera. Aunque al parecer tan solo había sido una leve torcedura en el tobillo izquierdo. Según comentó el médico, en un par de semanas estaría totalmente curado. A pesar de todo, en vez de guardar reposo, consiguió convencer a un compañero del trabajo para que lo llevara a la universidad para organizar todos los datos que había estado recabando de la excavación del castro. Claro que eso no sorprendía a Brigit en absoluto.

Su padre era un gran aficionado a la historia desde que tenía memoria. No sólo disfrutaba de su labor como docente, también se regocijaba estudiando por su cuenta. Él era licenciado en Historia por la Universidad de Santiago, donde actualmente trabajaba dando clases, que se había especializado en la Hispania prerromana y había realizado varios másteres siendo uno de ellos el de Arqueología. Nació y creció en un pequeño pueblo cerca de Santiago, donde siguió viviendo al empezar la universidad. Era de esa clase de personas inquietas que no pueden estar un minuto sin pensar en aquello que los emociona. A ella siempre le daba la impresión de que su padre actuaba por impulsos. Como cuando vio que se ofrecía un máster en Estudios Celtas en la Universidad de Aberdeen, sin pensarlo dos veces decidió apuntarse. Y eso que requería que fuera allí para clases presenciales. Muy a su pesar Brigit sonrió. Lo cierto era que le gustaba ver ese brillo en los ojos de su padre cuando se volcaba en su pasión. Parecía un niño al que le acabaran de hacer el mejor de los regalos.

Su madre, por el contrario, era la voz de la razón y la sensatez en casa. Irónicamente a pesar de su temperamento, pues gastaba bastante genio. Era dos años mayor que su padre, aunque aparentaba menos años de los que realmente tenía. Ella cumplía varios de los estereotipos que se tenían sobre los irlandeses. Era socarrona, bastante gruñona, habladora y testaruda; pero también dialogante, sociable, afectuosa, graciosa y paciente. Se graduó en Derecho por la University College de Dublín, en la que también se especializó en derecho medioambiental y realizó su máster correspondiente. También siendo muy joven se unió a grupos activistas defensores del medioambiente, como Earth Action o WWF. Aunque su madre estudió y vivió muchos años en Dublín, procedía de una pequeña localidad en el condado de Clare cerca de los famosos acantilados de Moher.

Resulta extraño que dos personas que eran de caracteres tan diferentes y que, en principio, no tenían posibilidad alguna de conocerse terminasen juntas. Y lo más gracioso del caso era que la mayor parte de los amigos de ambos no apostaban por que dicha relación fuese a buen puerto. Ambos se conocieron en el Parque Nacional y Natural de Doñana, durante el desastre ecológico conocido como el desastre de Aznalcóllar[3]. Ella fue a España para realizar un máster en Madrid a la vez que aprovechaba para estudiar español pero, al suceder el desastre, se unió rápidamente a las manifestaciones. Él por su parte estaba de viaje con unos compañeros de la universidad, con los que iba a ver los yacimientos arqueológicos de Huelva, y también decidieron unirse a las protestas que se organizaron. Según su padre, fue un flechazo instantáneo y supo de inmediato que ella era "la buena". Pocos meses después de empezar a cartearse y verse los fines de semana, su madre encontró un trabajo en España al poco de terminar el máster se mudó a Santiago con su padre que acaba de licenciarse. Y el resto, como suele decirse, es historia.

De nuevo, Brigit se encontraba sola en casa. Su madre seguía trabajando y su padre andaba enfrascado en su investigación. Como no tenía nada mejor que hacer, decidió practicar un poco con la flauta travesera. Durante el curso, cuando iba al conservatorio, el profesor se quejaba de que no practicaba lo suficiente en casa. En general, a ella le daba bastante pereza practicar después de las clases y hacer los deberes aunque le gustara. Si su profesor le viera en ese instante practicando por puro aburrimiento, seguro que querría estrangularla. Pasó gran parte de la mañana practicando, pero se cansó y decidió que no quería más prácticas por el resto del día. Después de comer estuvo viendo la televisión y leyendo un rato. A media tarde estaba tan aburrida que decidió bajar al pueblo a comprar algo, solo por tener algo que hacer. Su casa no se encontraba en el mismo pueblo, sino que estaba algo adentrada en el pequeño monte que había cerca. Para llegar al pueblo, había una pequeña carretera que serpenteaba por el monte y también un camino que iba entre varias casas que, como la suya, estaban en los alrededores escondidas entre los árboles de ese sendero. La caminata era de unos diez o quince minutos dependiendo del ritmo. Aunque no le molestaba andar, y de hecho le gustaba bastante los días como ese en que hacía buen tiempo, a ciertas horas no le gustaba demasiado porque había muy pocas farolas y no estaba bien iluminado. No era la primera vez que se daba de bruces contra el suelo porque no veía las piedras del camino o se cruzaba algún animalillo entre sus pies. Una vez incluso se torció la muñeca por una de esas caídas tontas.

Salió de casa y fue paseando tranquilamente por el camino. Al alzar la vista al cielo le pareció ver un búho o una lechuza volando en dirección contraria a la suya. "Qué extraño.", pensó mientras fruncía el ceño. No era habitual ver esas rapaces a esas horas. Encogiéndose de hombros, siguió su camino. Estuvo un buen rato hablando con la anciana dueña del pequeño supermercado del pueblo, pero seguía siendo muy pronto así que decidió dar una vuelta por el lugar antes de volver a casa. No es que en aquel pequeño lugar hubiera demasiado que ver, pero así al menos tenía algo más que hacer aparte de quedarse en casa aburriéndose como una ostra. Sin embargo, también se cansó de deambular sin rumbo así que, con un suspiro de decepción, decidió tomar el camino de vuelta a su casa. Brigit no entendía por qué motivo no vivían en Santiago. Tanto su padre como su madre trabajaban allí y ella acudía allí al instituto y al conservatorio. No es que el viaje en coche supusiera mucho, pues estaban a algo menos de media hora de distancia, pero creía que sería más cómodo para todos vivir allí. Además todos sus amigos vivían allí, de ese modo podría verlos más a menudo. Estaba ya atardeciendo cuando llegó a su casa. Iba a entrar cuando le pareció ver algo fuera de lo común por el rabillo del ojo. Con el ceño fruncido, dirigió su vista hacia el buzón que había al lado de la puerta de entrada. "Esto es muy raro...", pensó extrañada, "No recuerdo que la tapa de la rendija estuviera levantada." En efecto, la tapa se encontraba levantada. Pero ésta sólo se encontraba así cuando Julia, la cartera, iba con el correo y la levantaba para que supieran que debían revisar el buzón. Pero en esa época no llegaban cartas.

Aún con el ceño fruncido, Brigit abrió el buzón para ver que dentro había una carta. Contuvo una exclamación de sorpresa al ver que iba dirigida a ella. Su nombre estaba escrito con tinta de color verde oscuro casi negro, la letra era limpia y elegante, evidentemente escrito a mano y con pluma por lo que parecía. Le dio la vuelta para ver el remitente pero no ponía nada. Sin embargo, la carta estaba sellada con cera con un escudo que le resultaba desconocido. ¿Quién podría haberle mandado algo así? ¿Sería una broma de alguno de sus amigos? Con cierta reticencia, cerró el buzón y entró en la casa. Dejó la compra en la cocina y se dirigió a su cuarto para leer la carta con la esperanza de reconocer la letra. Rompió el sello y sacó el contenido de la carta. Había varias páginas, pero ya sólo la primera decía cosas de lo más extrañas:

COLEGIO HUESTANTIQUA DE MAGIA Y HECHICERÍA

Directora: Dorotea Sofía Ariadna Moura Silva

(Orden de Merlín - Primera Clase, Gran Hechicera).

Estimada Doña Brigit Castro Loch:

Tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el colegio Huestantiqua de Magia y Hechicería. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios. Las clases comienzan el 1 de septiembre. Esperamos su lechuza antes del 1 de agosto.

Muy cordialmente,

Miguel Ángel Gabriel Santos Moura

Subdirector

Brigit dejó de leer en ese instante, ni tan siquiera leyó el resto de hojas. ¿Qué estupidez era aquella? ¿Colegio de magia y hechicería? ¿Orden de Merlín? No sabía quién habría podido escribir esa carta, pero sin duda tenía una imaginación portentosa. Debía reconocer también que quien la hubiera escrito tenía una letra impecable. No era sencillo escribir con pluma sin dejar múltiples borrones. De niña le obligaron a escribir con pluma y sabía de buena tinta que no era fácil. Al final, sólo suspiró y decidió dejarlo pasar. Seguramente alguno de sus amigos había estado leyendo alguna novela fantástica y decidió gastarle una broma original. Sonrió un poco. Esa era la típica broma que le encantaría hacer a Sebas. Estuvo dudando si conservarla, pues estaba muy bien hecha, pero finalmente decidió tirarla. Ya hablaría con sus amigos e intentaría sonsacarles lo más sutilmente posible quién era el artífice de esa broma.

Aunque ella ya había emitido su voto.

-o-

Pasó una semana desde que recibió la primera carta y, lejos de acabar, la situación se agravó considerablemente. Desde el día después de su cumpleaños no habían dejado de suceder cosas extrañas e inexplicables a su alrededor. Y no sólo porque seguían llegando cartas sin cesar, de hecho estaban llegando hasta más de cuatro cartas al día. Más raro era incluso que en los alrededores cada vez viera más lechuzas. El día anterior incluso le pareció que una de ellas, la cual estaba posada sobre el cerco del gallinero, la miraba con especial detenimiento. Como si intentara averiguar qué era lo que iba a hacer. Sin embargo, eso no era lo más insólito que le había sucedido. Sin ir más lejos, tres días antes cuando volvía del pueblo después de ir a comprar cuadernos de pentagramas para el conservatorio. Ya había oscurecido y sus padres todavía tardarían en volver de Santiago, por lo que decidió emprender sola el camino hacia su casa. Por extraño que pareciese, sentía como si alguien la siguiera y estuvo inquieta la mayor parte del camino. En ese momento aceleró el ritmo y, tras un parpadeo, de repente se encontró frente a la puerta de entrada del muro de piedra que rodeaba su casa. No recordaba haber ido tan aprisa, ni mucho menos el estar tan cerca de su casa. Esa noche apenas pudo pegar ojo. Y mucho menos cuando, al entrar apresuradamente y cerrar la puerta a cal y canto, vio que había en el suelo cerca de la entrada tres cartas más tiradas en el suelo. Claro que el continuo ulular de unos búhos no ayudó precisamente a calmarla.

Ese mismo día decidió ir al viejo hórreo que había detrás de su casa, el cual estaba unos cien metros alejado del muro subiendo un poco por el monte. Hacía ya muchos años que esa vieja construcción de uso agrícola, destinada a guardar el maíz y otros cereales, no cumplía dicha función. Cuando ella era pequeña sus padres lo reformaron para que fuera su lugar de juego privado. El viejo hórreo estaba hecho de piedra y se encontraba sostenido sobre ocho gruesas columnas y solera de granito, como la mayoría de los de la provincia de Pontevedra. Sus padres aprovecharon al hacer la reforma para finalizar el acceso al hórreo, el cual tenían unas escaleras fijas que se terminaban justo frente a la puerta del mismo pero a un metro de distancia aproximadamente. Finalizaron las escaleras, pusieron unos pasamanos de piedra a juego, cambiaron la puerta e incluso abrieron dos pequeños huecos en la pared de piedra para poner unas ventanas. Brigit solía ir allí cuando estaba agobiada y necesitaba estar sola. Sabía que allí nadie la molestaba e incluso podía dormir allí, pues hacía unos años puso un par de colchones en el suelo que le hacían las veces de sofás y camas. Cuando llegó allí se tumbó en uno de los colchones y suspiró disgustada. Lo de las cartas parecía un asunto más turbio del que había esperado en un primer momento. Dudaba mucho que sus amigos, ni tan siquiera Sebas, fueran a organizar tamaña broma. No era típico de ellos y mucho menos creía que fueran capaces de gastar una broma tan pesada. Pero, si no eran ellos, ¿quién podía estar mandándole esas cartas? Cerró los ojos intentando pensar. ¿Conocía a alguien capaz de hacer tamaña inocentada?

En ese pequeño pueblo no había tanta gente, y menos adolescentes guasones, como para no saber quién podría estar haciendo esta jugarreta. Repasó mentalmente a los habitantes de esa localidad intentado recordar cualquier detalle, por ínfimo que fuera, para intentar dilucidar quién podría estar detrás de todo aquello. Sin embargo, por más que pensó, ningún nombre vino a su cabeza. Deliberó seriamente en contárselo a sus padres pero, al igual que ella hizo, pensarían que era una broma de uno de sus amigos. Aunque quizás, pensaba, que si vieran la cantidad de cartas que había recibido se alarmarían al igual que ella. Claro que tampoco quería preocuparles sin motivo alguno. "Todavía cabe la posibilidad de que Sebas haya llevado las bromas al siguiente nivel.", caviló ella. Y, si era el caso, ella misma se encargaría de hacérselo pagar y con intereses. No obstante, cada día que pasaba dudaba más que ese fuese el caso. La vibración de su móvil le hizo perder la concentración. ¿Dónde estás?, decía el mensaje de su madre. En el hórreo, le contestó ella. Sabía que con sólo decir eso no irían a molestarla. Ni tan siquiera para ir a cenar. Miró su reloj, ya eran las nueve de la noche. Suspiró con hastío. No tenía ni ganas de cenar. Todo aquel asunto le quitaba el apetito.

Fue al pequeño mueble que había cerca de la entrada y, tras ver lo que contenía, cogió una bolsa de patatas fritas y la abrió. Volvió al colchón cama-sofá y se tumbó apoyada sobre su costado derecho, con la cabeza apoyada sobre su mano derecha. Comió unas cuantas patatas sumida en sus pensamientos. Como le dolía un poco la cabeza, dejó la bolsa a un lado y se tumbó boca arriba. Cerró los ojos e intentó no pensar en nada, ni tan siquiera en el búho que escuchaba en la lejanía. Antes de que se diera cuenta se quedó profundamente dormida.

Al día siguiente se despertó más despejada. Miró en su reloj que ya eran las diez de la mañana, por lo que decidió ir a prepararse el desayuno. Al abrir la puerta del hórreo, vio una nueva carta justo en el primer peldaño de la escalera. Soltó inmediatamente un gruñido mientras componía una mueca de disgusto. La cogió mosqueada y contuvo el aliento al verla. Empezó a temblar sin poder controlarlo. Rápidamente, sin siquiera reparar en su aspecto desaliñado, salió corriendo con la carta y su destino fijo en mente. No era sólo por la carta en sí, sino por la dirección a la que estaba dirigida:

Doña Brigit Castro Loch

Hórreo rehabilitado tras la casa

...

No pudo seguir leyendo al verlo. Tenía el pulso desbocado y el corazón acelerado. Aunque otras cartas incluían direcciones de estancias de su casa, ninguna le había provocado inquietud alguna. Entonces, ¿qué tenía de especial esa nueva dirección? Sencillo. Si bien sus padres habían rehabilitado el hórreo para que llevara a sus amigos ella siempre lo dejó como su "cuartel secreto" dentro de la casa. Sólo había llevado allí a Rosa, su amiga del conservatorio, quien seguro que no había participado en aquel asunto de las cartas. ¿Cómo podía estar tan segura? Rosa sólo había visto a sus amigos en un par de ocasiones y no tenía trato con ellos. No era posible que les hubiera hablado de ese lugar.

Fue corriendo derecha a la comisaría de la Guardia Civil, llegando hasta allí en tiempo récord. La pequeña comisaría estaba ubicada justo a la salida del pueblo, poco antes de llegar al camino por el que Brigit y el resto de vecinos "de las afueras" iban andando hasta allí. Cuando llegó tenía la cara tan roja por la carrera que, cuando se vio reflejada en los cristales de la entrada, le pareció que casi podía pasar por un tomate maduro. A pesar de que quería entrar de inmediato, estaba tan agotada y falta de aliento que casi se precipitó contra el suelo. Flexionó ligeramente las rodillas apoyando las manos sobre éstas, tomó sendas bocanadas de aire y tras un par de minutos entró precipitadamente en la comisaría. Al entrar sólo estaba un joven que acababa de ingresar a principios de verano. En aquel pequeño puesto no es que hubiera muchos efectivos; tan solo el Sargento Primero y tres guardias civiles. No dejaban de estar en un lugar con escasa población, en el que el mayor delito era cometido por niños que robaban unas golosinas en la panadería. El joven que estaba ahí sentado frente al ordenador tenía unos veintidós años. Su pelo era color castaño muy corto, ojos color avellana, nariz corta y aguileña, labios finos y unas orejas ligeramente inclinadas. Al verla entrar de esa manera tan brusca, el nuevo cadete la miró con el entrecejo fruncido en evidente señal de desaprobación. Pareciera incluso que fuera a darle un sermón sobre buenos modales en ese mismo instante.

-¿Puedo ayudarle en algo?- le preguntó cortésmente.

Ahora le tocó a Brigit fruncir el ceño. ¿Por qué la trataba de usted? Era evidente que era más joven que él.

-Necesito ver al sargento Otero.- respondió con voz entrecortada- Es urgente.

-¿Y con qué motivo, si puede saberse?- inquirió mirándola con extrañeza y desconfianza.

-Por un asunto personal de vital importancia. ¿Puedes decirme dónde está?

-¿Un asunto personal?- alzó una ceja con recelo.

-Sí, y es muy urgente.- respondió Brigit cada vez más irritada.

-Hmm...Comprendo. Desgraciadamente, el sargento se encuentra ocupado con otros asuntos en este momento. Si lo desea, yo mismo puedo atenderle. O, si lo prefiere, deme el recado y se lo haré llegar en cuanto esté disponible.

-No. Tengo que hablar personalmente con el sargento.- insistió ella tercamente.

-En estos momentos no puede atenderle.- repitió él cada vez más irritado.

-Pues avísele que tengo que hablar con él.- reiteró ella también más crispada a cada minuto, elevando su tono de voz.

-Como le he dicho...

Justo en ese momento se abrió la puerta del despacho del fondo. De éste salió un hombre de unos cincuenta años. Su pelo era corto y negro con abundantes canas perfectamente peinado, nariz corta y respingona, ojos acerados y labios pequeños. Era muy alto, de casi dos metros de estatura, y se acercó con un porte regio e intimidante. El joven guardia civil se calló inmediatamente al verlo acercarse, casi parecía tener la compulsión de bajar la mirada para no toparse con esos ojos serios y fríos. Brigit por su parte, divertida por la reacción de ese chico, le sonrió abiertamente con cariño. El hombre le devolvió el gesto de inmediato, para gran estupefacción del cadete, y sus ojos brillaron con calidez.

-Hola mozuela.- le dijo acariciándole con ternura la cabeza- ¿A qué viene este escándalo que estás montando? ¿Quieres que te meta en el calabozo para darte una lección?- bromeó.

-No creo que haga falta. Ya sabes que soy un angelito, sargento.

El hombre soltó una risa estridente. Por el pasillo asomó la cabeza de otro de los guardias, de unos treinta y cinco años, que lo miró con extrañeza. Pero al ver que Brigit estaba allí, tan solo puso los ojos en blanco, meneó ligeramente la cabeza y sonrió deferentemente mientras volvía a sus quehaceres. Todo bajo la atónita mirada del nuevo recluta. El sargento le sonrió aún más abiertamente y con un deje de diversión en los ojos.

-A otro con ese cuento. Te conozco desde que no eras más que un minúsculo punto.

-Sí,- replicó ella- pero bien que te emocionaste cuando viste ese "punto" en la ecografía.

-¿Acaso lo he negado? Cadete,- dijo mirando al nuevo, quien se tensó de inmediato- no dejes que mi ahijada te líe. ¿De acuerdo?

-Sí, mi sargento.- respondió él de inmediato, con expresión tensa.

-Aunque tenga esa carita de niña buena, en realidad es una fierecilla con muy malas pulgas. La tengo bien entrenada.- comentó con un deje de orgullo.

-Tucho,- le dijo ella ya mirándolo seriamente- tengo que hablar contigo. Necesito tu ayuda.

Él la miró con desconcierto pero al verla tan seria asintió, también serio, y dirigió su mirada hacia el pasillo.

-¡Moncho!- llamó voz con firme. El guardia treintañero, volvió a sacar la cabeza al pasillo.

-¿Sí sargento?

-Voy a mi despacho para hablar con mi ahijada. Queda a cargo hasta que termine. Si hay cualquier asunto urgente, venga a avisarme de inmediato.

-Por supuesto.

Con un leve asentimiento, se dio la vuelta y se encaminó a su despacho. Brigit le siguió, no sin antes dedicarle una breve pero altanera mirada de soslayo al novato. Tucho le indicó con una seña que cerrara la puerta nada más entró. Ella obedeció y se sentó en la silla que estaba justo frente al escritorio de su padrino. No era un despacho muy amplio, de unos ocho metros cuadrados, y estaba sobriamente decorado. Las paredes eran blancas y lisas, había algunos cuadros de fotos y diplomas entre los que se incluía una foto del rey. Cerca de la ventana derecha estaban situadas las banderas de España y Galicia. En el escritorio había una enorme colección de papeles y bolígrafos desperdigados a lo largo de toda su superficie, una impresora y un ordenador de sobremesa. Aparte de la silla que usaba su padrino, tan sólo había otras dos situadas justo frente al escritorio. Había también dos grandes estanterías situadas entre las dos ventanas que estaban justo tras el escritorio, las cuales estaban repletas de libros que su padrino leía cuando estaba aburrido.

Al ver los libros, vino a la mente de Brigit el motivo por el que él y su padre eran amigos.

Conociéndolos nadie sería capaz de decir porqué tenían tan buena amistad. Sus formas de ser eran diametralmente opuestas. Su padre, en palabras textuales de su padrino, era un hippie. Era totalmente contrario a cualquier conflicto bélico y gran defensor del pacifismo, de mente abierta y moderna, a favor de la integración de toda clase de raza y credos. Su padrino Tucho, según su padre, era un robot estrecho de miras. El típico militar. Regio, adusto, serio y disciplinado, siempre siguiendo a rajatabla lo que le indican sin rechistar. Cualquiera diría que, viendo ambas descripciones, tenían todas las papeletas para llevarse como el perro y el gato. Y de hecho, era lo que solía ser. Sus personalidades eran tan dispares que no era raro que se enzarzasen en una discusión que bien podía durar varias horas. A veces hasta varios días. Su madre y su madrina, hartas de tener que aguantar sus trifulcas, cuando atisbaban el inicio de una nueva "contienda" se levantaban discretamente para no tener que aguantarlos. Habían desarrollado toda una técnica ninja del sigilo más absoluto pues, antes de lo que te pudieras dar cuenta, ninguna de las dos se encontraba en el lugar. Claro que sus maridos estaban tan metidos en el debate que tampoco eran muy conscientes de lo que ocurría a su alrededor. En más de una ocasión, sus mujeres se habían ausentado durante varias horas porque se habían ido de cañas y ninguno de los dos había sido consciente de ese hecho. A pesar de todo ello los dos encontraron lo que tenían en común: la Historia.

Tanto su padrino como su padre eran dos grandes entusiastas de la historia, que no sólo disfrutaban leyendo diversos libros relacionados con ésta sino también se regocijaban investigando por su cuenta. Su padrino siempre había tenido clavada la espinita de no haber estudiado historia en la universidad, en vez de seguir la tradición familiar de alistarse en la Guardia Civil. Lo cierto era que, según él mismo confesó, en ocasiones sintió una profunda envidia al ver a su padre volcarse en su pasión. Sin embargo, al ser su amigo pudo beneficiarse de ser de las primeras personas que obtenían la información de varias de las investigaciones que llevó a cabo su padre. Teóricamente no podía mostrar los datos del estudio a alguien ajeno al equipo, pero tenía por costumbre ser algo "olvidadizo" respecto a dónde dejaba sus documentos. Cosa que su padrino tendía a recordarle cada vez que los encontraba "por casualidad" tirados por ahí.

El sonido de la silla de su padrino sacó a Brigit de sus cavilaciones. Sacudió levemente la cabeza mientras Tucho se sentaba y cruzaba las manos frente a su rostro, como era costumbre cuando se ponía en "modo jefe".

-Bien, dime, ¿qué es eso tan importante que querías decirme?

-Necesito tu ayuda.- repitió- No sé cómo decirlo pero... creo que alguien me está vigilando.

Ya estaba. Había soltado la bomba.

Su padrino se quedó callado, lo único que daría a pensar que la noticia lo había afectado era que por un momento había abierto un poco los ojos debido al asombro. Pero enseguida se recompuso y puso una mueca seria y pensativa. Por un lado, temía que sus palabras hicieran que su padrino estallara a carcajadas y dijera que debía estar imaginando cosas. ¿Cómo iba a ser posible que en un pequeño pueblo como aquel sucediera tal cosa? Cualquier otra persona pensaría que se trataba de una broma. Sin embargo, tras unos segundos la miró muy seriamente y preguntó:

-¿Qué te hace pensar eso?

No había atisbo de burla o incredulidad en sus palabras. Parecía estar tomándose en serio su declaración. Al menos hasta que expusiera su alegato y pudiera dictar un veredicto. Ella, por su parte, extrajo con algo de temor la carta que acababa de recibir. Pudo ver por el rabillo del ojo que Tucho se ponía algo tenso. Extendió la carta hacia él para que la examinara. Su padrino extrajo unos guantes de un cajón y cogió la carta con sumo cuidado.

-Desde el día después a mi cumpleaños,- comenzó a explicar- comenzaron a suceder cosas raras. Primero recibí una carta como esta, decía que había sido aceptada en un colegio de magia y hechicería. Al principio pensé que era una broma de Sebas, es algo que le pega hacer.

-¿Y qué te hizo cambiar de opinión?

-Sobretodo que no dejaran de llegar cartas. La primera semana pensé que mis amigos se habían confabulado para hacer que me llegaran varias cartas en distintos días. Pero...

-Pero, ¿qué?

-Pero, a medida que pasaban los días, iba viendo cosas raras tanto a mí alrededor como en las cartas que estaba recibiendo. Al principio, todas tenían la dirección de casa pero alguna que otra ponía cosas en el destino como: "Sala de música en el segundo piso" o "Cuarta habitación al final del pasillo".

-Por eso pensaste que serían cosa de tus amigos. Porque sólo alguien que te conoce sabría cuáles son las habitaciones de tu casa.

-Así es.- confirmó ella intentando mantener los temblores a raya- Pero eso no es lo peor. Primero sólo recibía una carta al día. Luego empezaron a llegar hasta cuatro de una vez. Me parecía excesivo para una broma. Ninguno de mis amigos llegaría a hacer algo tan cruel. Y... esto...

-¿Sí?- su padrino enarcó una ceja esperando una respuesta.

-Puede que no tenga nada que ver pero... cada vez estoy viendo más lechuzas cerca de casa. Y no sólo por la noche. Llegué a encontrarme con una en el árbol frente a mi ventana a las ocho de la mañana, mirando fijamente a mi ventana.

-¿Y qué es lo que hizo que de repente quisieras venir a contármelo?- inquirió Tucho.

-Mira lo que indica el destinatario.- respondió ella con voz temblorosa.

Con el ceño fruncido giró el sobre y, casi de inmediato, su rostro se tornó sombrío. Tomó una profunda bocanada de aire, Brigit pudo ver cómo contaba hasta diez mentalmente para tranquilizarse. Su padrino se levantó en seguida, como si en la silla tuviera un resorte. Rodeó la mesa y fue hasta ella. La agarró del brazo, con delicadeza pero firmemente, instándole a levantarse y seguirle. Mientras salían a toda prisa de la comisaría le preguntó:

-¿Conservas alguna de las otras cartas?

-No, pero quizás quede alguna en el contenedor. Todavía no ha pasado el camión del papel.

-Bien.- respondió secamente.

Se subieron en su vehículo y se encaminaron a su casa casi sin mediar por el camino. De hecho su padrino sólo habló para recriminarle:

-Debiste haber acudido a mí o a tus padres mucho antes.

-Lo sé.- respondió ella a media voz.

Y esa fue toda la conversación que hubo. En apenas unos minutos llegaron a su casa. Nada más llegar, aparcó y salió a toda prisa del coche. Brigit quiso hacer lo propio pero su padrino había cerrado el coche antes siquiera de haberse dado cuenta. Vio que éste le hacía una seña para que se quedara ahí. "Como si tuviera otra opción.", pensó ella algo mosqueada. Pero su rostro palideció levemente tras ver cómo su padrino se llevaba la mano hasta su arma reglamentaria. No esperaba que algo así fuese a suceder. Con sigilo y diligencia, fue discretamente hacia la parte trasera de la casa con la pistola en alto. Brigit lo perdió de vista al doblar por la esquina izquierda del muro. Durante unos minutos que a ella le parecieron horas, no vio rastro alguno de Tucho. Soltó un profundo suspiro de alivio al verlo, especialmente porque había guardado su arma. Caminaba hacia ella con aspecto tenso, lo cual hizo que Brigit se tensara a su vez. Cuando estaba a pocos metros oyó cómo se desbloqueaba el pestillo del coche. Salió de éste con presteza y se acercó casi corriendo hasta su padrino. Sin mediar palabra, éste se encaminó a los contenedores y Brigit lo siguió de inmediato. En cuanto llegaron ambos se pusieron a rebuscar entre los restos de cartón y papeles. Sólo dieron con otras dos cartas más. Su padrino las cogió y la miró muy seriamente.

-¿Estás segura de que no conservas ninguna más?- Brigit asintió de inmediato- Bien. Ahora mismo iremos a la comisaría para tomarte las huellas.

-¿Por qué?- le preguntó ella extrañada.

-Para que cuando busquemos huellas en los sobres podamos descartar las tuyas.

-Bien, de acuerdo.

-Ahora vas a escucharme con atención. Cuando volvamos de la comisaría, te traeré de vuelta y vas a entrar en casa, cerrar la puerta y las ventanas a cal y canto y no abrirás a nadie que no seamos tus padres o yo. ¿Has entendido?

-Sí, perfectamente.- asintió ella intentando controlar el pánico que le sobrevino de repente.

Tras asentir Tucho solemnemente, se encaminó presto hacia el coche. Cuando se hubieron sentado y tomaron el camino de vuelta a la comisaría volvió a hablar:

-Y otra cosa más...

-Dime.

-Lo primero que vas a hacer cuando tus padres lleguen a casa es contarles todo esto.

Ella abrió la boca para protestar, pero sabía que sería en balde. Esperaba que todo quedara entre Tucho y ella. No le apetecía que sus padres se enteraran de que había ocultado lo que había estado sucediendo la última semana.

-... Está bien.- respondió al fin con un suspiro.

- Y espero que sepas que vas a estar castigada hasta que las ranas críen pelo, mozuela.

-o-

Brigit miró por la ventana de la sala de música. De nuevo, hacía un precioso y soleado día de verano. Pero ella no podía salir a disfrutarlo. La noche anterior, tal y como le prometió a su padrino, contó toda la situación a sus padres. Como es evidente, se quedaron en estado de shock. Si bien su madre en seguida se puso a hiperventilar muerta de la preocupación, justo un segundo antes de que estallara un brote de ira por haberse estado callada. Le cayó la bronca del siglo. Brigit creía que nunca antes había visto a sus padres tan enfadados. Hasta su padre, un hombre tranquilo y dialogante, le cantó las cuarenta tan pronto como su madre se quedó sin voz. Ese día ambos se habían quedado en casa. Su padre había llamado a la universidad para decir que había apoyado mal el pie y que se había vuelto a hacer daño. Mientras que su madre aprovechó la mentirijilla de su padre para llamar al bufete y decir que iba a cuidar de él. Ambos estarían en ese momento en la pequeña biblioteca que había en la parte posterior de la casa, en la planta baja. Ella estaba en ese momento en la segunda planta practicando un poco con la flauta. Llevaba allí desde que había desayunado.

Sus padres casi ni habían hablado con ella desde la noche anterior. Suponía que aún estaban demasiado enfadados como para hablar con ella todavía. Suspiró disgustada por enésima vez esa mañana. Entendía que no había hecho bien en callarse, pero tampoco estaba segura de que fuese para que tuvieran esa actitud con ella. Cansada de darle vueltas a la cabeza, guardó la flauta y bajó a la cocina a por un refresco pues estaba muerta de calor. Aunque todavía eran las once de la mañana ya hacía un calor tremendo. Decidió ir a la sala de estar a ver un rato la televisión... en compañía del aire acondicionado por supuesto. Estuvo un buen rato pasando de canal en canal en busca de algo interesante, o al menos entretenido, que ver. "El verano es horrible. Si la programación ya no es gran cosa de por sí, en verano no hace sino empeorar", pensó irritada. Asqueada de no ver nada que le interesase, apagó la televisión y se tumbó bocarriba en el sofá. Comenzó a divagar acerca de las cartas. ¿Quién se las enviaba? Y, ¿con qué motivo? Por más que pensara en ello no era capaz de dar con la respuesta. Solo esperaba que su padrino Tucho encontrase alguna huella en los sobres que le había dado. Tenía la esperanza de que encontrase algo que pudiera esclarecer el asunto. Necesitaba respuestas, de cualquier tipo. "Quizás debería llamarle", pensó, "Seguramente esté ocupado, pero seguro que entenderá que quiera saber cómo va avanzando la investigación". Si bien sabía que era poco probable que hubieran encontrado algo cuando ni tan siquiera habían pasado 24 horas desde que comenzara la investigación, necesitaba hacer algo para matar el tiempo. Sin embargo, justo cuando se levantó dispuesta a ir a por su móvil...

Alguien llamó a la puerta.


[1] Término gallego para robledal.

[2] Es una especie de pastel de patata procedente de la cocina irlandesa.

[3] Desastre ecológico producido por un vertido de residuos tóxicos en el Parque de Doñana, el 25 de abril de 1998, causado por la rotura de la presa de la balsa de decantación de la mina de Aznalcóllar.