CAPÍTULO 2: ESTO ES UNA BROMA DE MAL GUSTO

Brigit, olvidando por completo la advertencia de su padrino, fue de manera inconsciente hacia la puerta y la abrió. Al abrirla, había dos hombres ataviados con largas túnicas de color verde oscuro. Miró con desconfianza a los dos hombres que estaban frente a su puerta. ¿A qué venían esas pintas? El hombre de la derecha tendría unos treinta años, era alto y bastante delgado, pelo rubio oscuro rizado, perilla, nariz fina y delgada, labios finos y ojos grises de expresión dura y seria. El hombre de la izquierda, el cual rondaría los cuarenta o cincuenta años, era de estatura media y algo rechoncho –con una panza que se notaba a través de la túnica que llevaba–, pelo negro liso con marcadas entradas, nariz corta y aguileña, ojos grandes de color marrón y labio superior algo más ancho que el inferior. Tenía una expresión más amable y cálida que el otro, el cual tenía los labios fruncidos en una mueca casi de desagrado. Brigit los miró con desconfianza y dio un paso atrás mientras cerraba un poco la puerta a su vez.

-Buenas tardes, ¿querían algo?

Nada más abrir la boca, vinieron a tropel a su mente las palabras de su padrino. Palideció inmediatamente y un escalofrío recorrió por completo su espina dorsal. Estuvo a punto de cerrar la puerta pero, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, la expresión del hombre de más edad la tranquilizó.

-Buenas tardes joven, - le dijo con una amable sonrisa y un marcado acento gaditano- sentimos aparecer tan de improvisto, pero precisaríamos hablar con tus padres si fuera posible.

-¿Por qué? - preguntó ella a la par desconfiada y curiosa.

-Bueno,- contestó algo incómodo- es un asunto que querríamos tratar directamente con ellos dado que es algo urgente... Y también tendríamos que hablar con tu hermana pequeña, por supuesto.

-¿Hermana pequeña?- preguntó Brigit sorprendida, olvidando ya por completo las advertencias recibidas- Me temo que se han confundido de casa...

-No nos hemos confundido. - intervino de repente el otro con voz dura- Hemos verificado la dirección antes de venir. No hay duda, este es el lugar. Te agradeceríamos que no nos hicieras perder más el tiempo.

-Lamento profundamente importunarles. - replicó Brigit mosqueada por su comentario- Pero les repito que se han confundido de casa porque yo no tengo hermanos. Soy hija única.

Entonces sobrevino el silencio. Ambos hombres se quedaron mudos ante sus palabras, como si acabaran de echar por la borda alguna tarea importante que se les hubiera encomendado. Se miraron el uno al otro sin comprender. Sus miradas se mostraban perplejas y parecían haberse quedado traspuestos debido a lo que les acababa de decir. Brigit se sintió un poco mal por aquellos hombres, evidentemente habían apuntado mal la dirección y habían acabado en su casa por error. Es probable incluso que estuvieran buscando la casa de alguno de sus vecinos que sí que tenían hijos más pequeños. Estaba dispuesta a prestarles su ayuda cuando el más mayor preguntó con voz grave:

-¿Os habéis mudado aquí recientemente?

-No.- Brigit le miró sin comprender. ¿A qué venía esa pregunta de repente?- He vivido en esta casa toda mi vida.

-¿Y seguro que no hay ningún niño o niña de once años viviendo en esta casa?- preguntó el otro en el mismo tono serio.

-No, sólo yo. Ni primos, ni sobrinos, ni nada por el estilo.- contestó algo molesta.

De nuevo ambos hombres se miraron perplejos. Brigit suspiró irritada.

-Escuchen, como les he dicho, se han equivocado de dirección. Es posible que busquen la casa de alguno de mis vec...

-No.- negó tajantemente el joven- La dirección es correcta.

Brigit estaba a punto de contestar cuando oyó unos pasos tras ella. Enmudeció de inmediato y notó un sudor frío recorrerla. Tímidamente miró hacia atrás y vio a su padre acercarse a la puerta con gesto serio y algo enfadado. Él se acercó a la puerta sin decir una palabra y miró a los dos hombres con recelo.

-Papá...- dijo ella casi en un susurro- Parece que estos hombres se han perd...

-Luego.- atajó él sin dejarle terminar la frase- ¿Puedo ayudarles caballeros?

-¿Es usted el padre de esta joven?- preguntó el más mayor con gesto serio. Su padre hizo un gesto afirmativo con la cabeza- ¿Y me puede asegurar que en esta casa no vive actualmente ningún niño de once años de edad?

Su padre abrió ligeramente los ojos por la sorpresa. Le habían pillado totalmente desprevenido con la pregunta. Frunció levemente el ceño aún sin salir de su asombro y negó ligeramente con la cabeza. El hombre palideció levemente y se giró a su compañero, el cual luchaba por controlar la expresión pétrea de su rostro. El hombre mayor se acercó para susurrar algo en oído del más joven. Brigit miró a su padre desconcertada, él no la miró pues estaba vigilando con expresión tensa a los dos hombres que se encontraban en el umbral de su puerta. Al cabo de unos instantes, el hombre miró a Brigit y a su padre alternativamente, suspiró e intentó recobrar la sonrisa amable de momentos antes. Miró furtivamente a su compañero quien respondió con un gesto con la cabeza y comenzó a alejarse.

-Disculpe el percance,- dijo el hombre sonriendo- pero parece que estamos en una situación algo incómoda. ¿Le importa que entre para que podamos hablarlo con más calma?

Parecía que su padre comenzaba a abrir la boca para negarse pero, repentinamente, parpadeó con expresión algo confusa. Brigit miró al hombre y a su padre alternativamente. No parecía que nada raro pasase, pero sospechaba que algo no iba bien. El hombre seguía sonriendo amablemente y a su padre, obviando el hecho de que tenía la expresión algo perdida, no parecía que le pasase nada. Casi inmediatamente su padre, para sorpresa y estupefacción de la joven, invitó al hombre a entrar en la casa. Ya no había rastro del hombre joven. Tras cerrar su padre la puerta con llave vio acercarse a su madre, quien momentos antes se encontraba en la biblioteca. Tenía el ceño fruncido y expresión recelosa. Miraba al hombre de la capa con abierta desconfianza y sin ocultar su creciente enfado hacia su padre. Él se dio cuenta en seguida, se dirigió hacia ella y le comentó algo al oído. Brigit pudo comprobar que el ceño de su madre se acentuaba más pero, a pesar de todo, forzó una sonrisa.

-¿Qué tal si vamos a hablar al salón?- dijo con voz neutra y monótona- ¿Quiere que le lleve algo de beber?

-No, muy amable. No se moleste.- respondió el hombre con su marcado acento gaditano.

Con un gesto de asentimiento, su padre se dirigió a la sala de estar seguido del hombre. Su madre le hizo un gesto para que se acercara a ella, apretó fuertemente la mano y ambas fueron también al salón. Su padre estaba sentado en el sofá que estaba situado justo frente al mueble donde se encontraba la televisión, mientras que el hombre se había sentado en uno de los sillones que estaban frente a la puerta de entrada y a la derecha del sofá. Su madre y ella se sentaron con su padre en el sofá estando ella en medio de los dos. Los tres miraron expectantes al hombre quien parecía estar organizando mentalmente las palabras. Tras unos minutos de incómodo silencio el hombre suspiró y, moviendo las manos nerviosamente, comenzó a hablar.

-Bueno... entiendo que deben estar confusos e incluso molestos con esta situación en la que hemos caído.- dijo con voz comprensiva- Les confieso que yo mismo también lo estoy. Por ello, les garantizo que mi compañero y yo intentaremos aclararlo todo rápidamente para evitarles más molestias innecesarias.

-Eso es estupendo.- repuso su padre con cierta acritud, algo impropio en él- Pero lo que queremos saber es de qué va todo esto. Sin tanto rodeo.

-Créame que le comprendo.- respondió el hombre en tono apaciguador- Mi compañero vendrá en un momento con un aparato que aclarará todo en un instante.

-¿Qué clase de aparato?- preguntó su madre con suspicacia.

Ante esta última declaración, los tres instintivamente se tensaron y fruncieron el ceño casi al unísono. El hombre se limitó a sonreír como si no se hubiese percatado del repentino cambio en el ambiente.

-Oh, no se inquieten.- dijo sin alterarse- Es sólo para verificar que los datos que hemos recibido son los correctos. Nada más se lo aseguro señora.

Todos se relajaron ante la explicación. Seguramente habría ido a buscar algún portátil o tablet para verificar todos los datos. "Una curiosa forma de expresarse", pensó Brigit. Podría haberlo dicho qué buscaba en vez de usar la palabra "aparato". Eso lo hacía sonar sospechoso. Tras eso sobrevino otro incómodo silencio. Sus padres estaban tan confusos como ella y no sabían de qué modo afrontar esa situación. No estaban seguros de lo que tenían que corroborar esos hombres, pero era evidente que habían acudido allí buscando a alguien muy concreto. Brigit se puso a analizar lo que sabían:

1. Se habían personado allí de repente y sin avisar para tratar un "asunto urgente".

2. Buscaban a un niño o una niña de exactamente once años.

3. Estaban totalmente convencidos de que vivía ahí.

4. Hablaban de manera críptica y sin explicar nada.

Todo parecía bastante sospechoso y sin duda lo que deberían haber hecho era cerrar la puerta en sus narices y llamar inmediatamente a su padrino. Pero no lo hicieron. Ni tan siquiera su padre con lo receloso que estaba desde la revelación que le hizo la noche anterior. Sin embargo, esos hombres no parecían peligrosos ni violentos. Al menos algo le decía a Brigit que así era. Quizás su padre hubiese tenido la misma percepción que ella.

-Ah, qué oportuno.- dijo de repente el hombre sorprendiendo a la familia.

Miró hacia la puerta con una sonrisa de alivio. Los otros tres le imitaron y vieron al hombre más joven en el vano de la puerta de la sala con ese gesto adusto que parecía ser permanente en él. Llevaba una pequeña bolsa rectangular de tela de color marrón oscuro. Brigit frunció el ceño al verlo. ¿Cómo había entrado? Estaba totalmente segura de que su padre había cerrado la puerta con llave cuando entró el gaditano. ¿Se habría equivocado? No, estaba totalmente segura que había visto echar la llave. El joven se acercó al otro y le tendió la bolsa.

-Me ha costado bastante encontrarlo.- le limitó a decir.

-Lo imagino.- sonrió el otro- No tenemos muchos y, como no suelen ser muy solicitados, se tiende a dejarlos apartados en alguna caja hasta que se olvidan que están ahí.

-¿Qué es lo que tienen ahí?- preguntó Brigit impacientándose.

Su madre le reprendió con la mirada por su modo de hablar. Pero veía en sus ojos que ella también estaba mirando con suspicacia la bolsa. El hombre seguía sonriendo, pero no dijo nada. Cogió un pañuelo con la mano derecha y la metió en la bolsa. Brigit resopló al ver lo que sacaba, mientras que sus padres se miraban sin entender qué era aquello.

-¿Acaso es alguna clase de broma?- preguntó la joven sin poder reprimirse, ganándose otra mirada severa de su madre.

-No es ninguna broma, no se inquieten,- respondió el hombre tranquilamente- esto nos servirá para aclarar todo.

"¿En serio?", pensó Brigit mientras ponía los ojos en blanco. Sus padres permanecían callados, seguramente intentando averiguar de qué iba todo aquello. El hombre sostenía una pequeña esfera de vidrio del tamaño de una pelota de tenis, de superficie lisa y pulida, opaca y de color jaspeado en tonos azules.

-¿Y qué se supone que aclarará eso?- preguntó su padre.

Brigit vio que se adelantaba un poco en su sitio. Como si se preparase para un ataque.

-No se inquiete.- repitió el hombre- Sólo quiero que su hija sostenga esta esfera.

-¿Con qué motivo?

-Para verificar si hemos acudido a la casa correcta o no.- sentenció con serenidad.

Eso no aclaraba absolutamente nada. Si antes lucían sospechosos, ahora todavía más. Ninguno de los tres estaba dispuesto a seguir el juego. Pero el hombre hablaba con seriedad, como si estuviera contando algo de lo más lógico.

-¿Por qué iba a coger esa... cosa si ni siquiera usted la toca?- inquirió Brigit.

Por un instante el hombre perdió la sonrisa y parpadeó confundido como si no hubiese entendido sus palabras. Brigit y su familia dirigieron una alusiva mirada al pañuelo que cubría la mano que sostenía la bola. Un destello de comprensión apareció en sus oscuros ojos marrones. Volvió a sonreír.

-Es sólo que es bastante resbaladiza y, como tengo las manos algo sudorosas, no quiero que se me escape y se acabe rompiendo por mi torpeza.

Parecía una razón bastante lógica. El hombre se levantó y se acercó a ellos, pero manteniendo cierta distancia. Extendió la bola hacia Brigit. Ella por su parte miró inquisitivamente a su padre y luego a su madre. Parecían tener un debate interno. Tras unos momentos, su padre asintió con la cabeza y el hombre terminó por acercarle la esfera. Brigit extendió la mano.

-Con cuidado, por favor, es delicada.

Ella asintió y el hombre la posó con sumo cuidado en su mano. Lo que pasó a continuación no se lo esperaba nadie. Ni tan siquiera los dos extraños que se encontraban en aquella apartada casa. El hombre tuvo que volver sentarse debido a la impresión. Realmente esperaba que no sucediese nada.

Tan pronto como la esfera se posó en la mano de la joven, ésta empezó a emitir un intenso fulgor azulado que parecía casi irreal. Sus padres estaban en shock, mirando ese pequeño objeto esférico brillar como si de un ovni se tratase. Incluso el joven rubio que hasta el momento no había cambiado su rictus inexpresivo y serio, ahora tenía los ojos abiertos de par en par debido al asombro. Brigit, por su parte, se había quedado paralizada y sin saber qué hacer o decir.

-¿S-se... se puede saber qué es eso?- tartamudeó su madre intentando controlar su inquietud tras un silencio que pareció eterno.

-Eso...- el hombre tragó saliva y forzó una sonrisa- Eso es el indicativo de que no nos hemos confundido de lugar.

-¿A qué se refiere?- preguntó inmediatamente su padre inquieto.

-Esto nunca antes había sucedido.- comentó repentinamente el hombre rubio sin dejar hablar a su compañero.

-Cierto. Pero no por ello vamos a negar lo que ven nuestros ojos.

-Sin embargo, no tenemos un protocolo de actuación para estos casos...- repuso.-Nos pedirán explicaciones. ¿Qué vamos a decir?

-No es algo de lo que debamos preocup...

-¿¡Pero de qué hablan!?- casi gritó la joven con histerismo.

Todos se sobresaltaron al oírla. Brigit notó a su madre acariciarle la cabeza mientras su padre le ponía el brazo sobre los hombros para acercarle a él. Eso la reconfortó enormemente. Ambos hombres se miraron. Después el mayor suspiró y la miró directamente a los ojos con seriedad y solemnidad.

-Eres una bruja Brigit.

Nuevamente el silencio cayó sobre el salón.

De repente Brigit soltó una carcajada. En unos instantes reía sin parar, con una risa estridente que llenaba toda la estancia. Tanto reía que casi se le cayó la esfera luminiscente que tenía en la mano. Se sobresaltaron un poco con su reacción. Su padre la miraba sin saber muy bien qué hacer, mientras que su madre le dio unos golpecitos en el brazo para que se controlara. Los otros dos hombres, por su parte, habían recobrado con gran rapidez la compostura. Brigit tenía todavía lágrimas en los ojos cuando, tras unos cuantos golpes de su madre, comenzó a recobrar la compostura. Se limpió con el dorso de su mano y miró a los dos hombres intentando controlar los vestigios de su risa.

-La verdad es que eso ha sido muy bueno.- dijo todavía entre risas- Hacía tiempo que no me reía tanto. Una buena actuación sin duda.

-No estamos actuando. Ni esto es una broma.- repuso con acritud el joven rubio.

Parecía que iba a seguir hablando cuando el otro hombre alzó la mano. Bastó este gesto para que tomara aire y volviera a su estatus rígido inicial. Si bien ahora Brigit podía distinguir en su mirada ciertas chispas de antipatía dirigidas a su persona. Pero poco le importó. Ahora por fin, después de un tiempo, todas las piezas encajaban.

- Ya lo entiendo todo... Habéis sido vosotros ¿no?

-¿A qué te refieres, hija?- preguntó su madre algo preocupada.

-Habéis sido vosotros...- repitió ahora algo molesta, como si la voz de su madre no le hubiera llegado- Vosotros habéis estado mandando esas cartas.

Ante esa declaración, Brigit notó cómo sus padres se ponían en tensión. Si antes le parecía que su padre iba a saltar contra los dos hombres, ahora parecía totalmente dispuesto a hacerlo.

-Nosotros no hemos mandado ninguna carta.- respondió el gaditano.

Su padre soltó el aire que estaba reteniendo en sus pulmones, visiblemente aliviado. Aunque esa tranquilidad no le duró mucho...

-No les creo.- repuso Brigit bastante molesta- Desde mi cumpleaños he estado recibiendo sin parar montones de cartas en las que me dicen que he sido aceptada en un colegio de magia y hechicería. Y ahora usted me viene diciendo que soy bruja. ¿De verdad esperan que crea que no ha sido cosa suya?- preguntó con el ceño totalmente fruncido y tono irritado.

-Nosotros no hemos sido.- repitió.

-No le...- comenzó a decir Brigit.

-Su envío ha sido cosa de nuestros compañeros.- le interrumpió abruptamente el rubio.

-¿A qué se refieren?- preguntó su madre con el ceño fruncido.

-Sin duda fue un error de nuestro equipo de detección.- respondió como si fuese obvio- Es evidente que no ha detectado correctamente su origen. En el caso de los nacidos no-magos, la carta de aceptación inicial se envía por correo regular. Aunque no sé por qué tampoco detectaron eso y empezaron a mandar lechuzas...

En ese momento Brigit, dejando en su regazo la esfera brillante que se apagó al instante, dio tres sendos y sonoros aplausos con una pausa exageradamente larga entre cada uno. Todo ello mientras componía una mueca sarcástica.

-De nuevo, felicidades por la actuación. Sin duda está muy conseguida. Hasta casi parece como si dijeran la verdad... Pero, permítanme decirles que la broma ya ha ido demasiado lejos.

-Opino lo mismo.- intervino su madre asintiendo con vehemencia- Huelga decir que ha sido una broma muy elaborada, no se puede negar. Pero debo informarles que, si bien no es mi especialidad, sigo siendo abogada y lo que han hecho es denunciable.

-Nada de esto es una broma. Se lo aseguro.- dijo el hombre mayor ligeramente pálido.

Brigit soltó un resoplido. ¿Hasta cuándo iban a seguir con su actuación? Eso ya se pasaba de castaño oscuro. Les habían pillado. Se habían pasado de listos y se les había ido de las manos. Aquello era una broma de mal gusto, de muy mal gusto de hecho.

-Por favor, déjenlo.- dijo con voz cansada- Ya se ha descubierto el pastel. Recojan sus cámaras ocultas y, quizás con suerte, podamos discutir dejar esto pasar...

-¿Cámaras ocultas?- preguntó el rubio con una genuina expresión de sorpresa.

Si bien a Brigit y su familia les pareció muy creíble esa expresión, a esas alturas ya no estaban por la labor de seguir el juego.

-A ver, está muy bien escenificado hasta lo de la esferita esta que se enciende si lo tocas.- dijo poniendo un dedo sobre la bola, la cual se iluminó, y quitarlo al segundo para que se apagase de nuevo- Pero nadie en su sano juicio se creería semejante patraña.

-No se enciende sólo por tocarla.- dijo el gaditano con voz paciente, como la de un profesor explicando la lección a un alumno- Sólo reacciona ante la magia. Por favor, tómela usted.

Eso lo dijo dirigiéndose a su padre, quien le dirigió una mirada llena de recelo. Sin embargo, tomó la esfera con su mano. Nada pasó. Entonces el hombre extendió la mano hacia su padre para que se la pasara. Tan pronto como sus dedos la rozaron se iluminó aunque no con tanta intensidad como cuando Brigit la cogió. Eso hizo que sus padres intercambiaran una mirada de confusión, pero eso no amilanó a su hija.

-Ah, así que tenéis un interruptor que controla cuándo se enciende. La verdad es que tengo que quitarme el sombrero. No habéis dejado ninguna cosa al azar.

Los dos hombres se miraron sin comprender. Parecían acorralados. Se miraban fijamente, sin hablar. "Se estarán comunicando telepáticamente", pensó Brigit con cinismo. Un momento después el más joven metió la mano en la manga de su túnica y sacó un objeto. Brigit puso los ojos en blanco nada más verlo. "¿Una varita? ¿En serio?", pensó asqueada, "¿Qué será lo próximo? ¿Ponerse a decir 'Salacadula Chalchicomula'?". Sin duda eso era lo que ella esperaba para que dieran ya por concluida su farsa. No obstante, el joven comenzó a mover la mano creando un círculo en el aire en sentido inverso a las agujas del reloj a la vez que murmuraba algo que Brigit no fue capaz de entender. Casi de inmediato un humo blanquecino salió disparado de la punta para extinguirse casi tan rápido como apareció.

Las expresiones de sus padres cambiaron con presteza. Su madre tenía la boca abierta por el asombro, mientras que su padre intentaba mantener una expresión estoica. Si bien la joven podía ver sus ojos algo abiertos por la sorpresa. Pero Brigit, convencida de que todo aquello no era más que un montaje bien organizado, cruzó los brazos delante del pecho y les miró con cara de pocos amigos. Mirada que fue correspondida por el "mago" joven.

-Veo que sigues sin estar convencida, jovencita.- comentó el otro con suavidad.

-Tenéis un palo que saca humo y lucecitas. Seguro que no es muy complicado hacer algún mecanismo que haga el efecto de un conjuro.- comentó asqueada.

-Bien pues, en tal caso, querría que me acompañasen un momento al exterior. Hay algo que quisiera enseñarles.- indicó con tranquilidad mientras se levantaba.

Brigit no estaba muy por la labor pero siguió de mala gana a sus padres. Ella y el rubio se dirigieron una nueva mirada enfurruñada y salieron del salón. Los dos hombres iban delante inmediatamente seguidos por su padre. Su madre y ella estaban un par de pasos tras ellos. Notaba a sus padres especialmente tensos. Su padre tenía el ceño fruncido y su madre le estaba apretando la mano con fuerza. Brigit quería soltarse, pero sabía que estaba muy nerviosa así que se quedó como estaba. Los hombres salieron por la puerta principal y ellos los siguieron. Brigit esperaba que, al salir, apareciera un grupo de personas gritando "Inocente" y que les confesaran, de una vez por todas, el engaño. Sin embargo, allí no había ni un alma.

-Bien,- dijo su madre- ¿qué era lo que nos querían enseñar?

-Tan solo mi medio de transporte.- sonrió el mayor- Se encuentra por allí.

Y comenzó a encaminarse hacia el lateral izquierdo de la casa junto al joven rubio. "Ah, así que ahí es donde está escondido todo el mundo.", pensó Brigit. No sin cierta desconfianza, los siguieron. Ella sólo esperaba que terminasen de una vez, les dieran la "sorpresa" y que se marchasen. Con todo, Brigit y su familia no esperaban para nada lo que se encontraron al cruzar la esquina de su casa. Allí frente a ellos había un majestuoso caballo de color gris claro que, si bien parecía ser muy delgado, poseía una constitución musculosa. Tenía un pelaje recio y grueso, patas robustas y ojos claros. Pero lo que los había dejado boquiabiertos no era otra cosa que las dos enormes alas de plumaje grisáceo que tenía a cada lado del lomo.

-Eso... eso es...- comenzó a balbucear su padre, casi incapaz de articular palabra.

-Un caballo alado.- confirmó orgulloso el gaditano- Un granian para ser más precisos. Una raza magnífica. Tengo a este pequeñín desde que era un potrillo porque, aunque no lo aparente, en mis años mozos participaba en carreras. Pero ya no estoy para tantos trotes...

-Entonces... es cierto. Todo es cierto.- consiguió decir su madre soltándola al fin.

Sus padres se acercaron a los dos hombres confusos y consternados. Casi sin poder creerse todo lo que estaba sucediendo tan de repente. Brigit, no obstante, no se dejaba engañar tan fácilmente. "Llegar al punto de usar así a un pobre animal...", pensó enfadada. Ella era una firme defensora de los animales y ver que alguien era capaz de usarlos de esa manera con tal de conseguir que su broma fuera la más aplaudida... le enervaba. El caballo pastaba tranquilamente mientras sus padres hablaban nerviosamente con los dos hombres, quienes parecían intentar calmarlos y explicarles todo ese rollo de la escuela de magia. Brigit aprovechó ese momento para acercarse con sigilo al caballo.

Había hecho equitación desde pequeña, pues sus tíos paternos tenían una escuela de hípica y se dedicaban también a la cría, así que sabía muy bien cómo acercarse sin sobresaltarlo. Sabía bien que los caballos no suelen confiar más que en sus jinetes, pero ella siempre había tenido buena mano con los animales. Se proponía acabar con aquella farsa de una vez por todas. Ya estaba harta de tanto teatro. Se puso a su lado sin que el animal se percatara de su presencia y extendió la mano hacia él. Palpó donde esperaba que estuvieran los engranajes que sujetaban las alas falsas al lomo del caballo. Los siguientes segundos le parecieron una eternidad.

Tan pronto lo tocó, el caballo se encabritó y se alzó sobre sus cuartos traseros, oyó gritar a alguien "¡Aléjate!" a su espalda. De pronto, sin saber muy bien cómo llegó hasta allí, estaba junto a sus padres y la abrazaban con una fuerza inusitada, mientras que el rubio estaba moviendo su varita hacia el caballo el cual poco a poco comenzó a calmarse.

-Eso ha sido muy temerario.- recriminó el gaditano- Uno no se puede acercar así a un caballo alado. Son criaturas que precisan de embrujos desilusionadores que...

Pero Brigit no le escuchaba. En su mente sólo estaba la innegable sensación que le hacía temblar de la cabeza a los pies. Pues, allí donde esperaba encontrar un engranaje metálico, no halló sino hueso, pelaje y músculo. Aquellas alas eran reales.

Todo era real.