CAPÍTULO 3: HORA DE ABASTECERSE

Durante la semana siguiente a la sorpresiva visitase presentó en su casa el hombre gaditano, llamado Rodrigo Ruiz Rodríguez, varios días para ir explicando a sus padres y a ella los papeleos y trámites necesarios para asistir a su nueva escuela. Brigit y sus padres todavía estaban algo abrumados y, en el fondo, todavía una parte de ellos pensaba que no era real. Aunque probablemente no fuese más que fruto de lo que deseaban en realidad. Brigit estaba bastante desanimada desde ese día. No quería irse a esa escuela con gente a la que no conocía y dejar atrás a sus amigos. ¿Qué les diría cuando volvieran? Además, su padrino estaba al tanto de lo de las cartas y estaba convencida de que no lo iba a olvidar así por las buenas. Cuando expresó sus temores, Rodrigo le aseguró que se habían encargado que todas las personas de su entorno supieran que le iban a trasladar a otra escuela. A ella no le gustó oír que se habían encargado de ello. El gaditano se rio al ver su expresión y le aseguró que sólo habían modificado sus recuerdos. Eso tampoco sirvió para que se sintiese mejor.

Esa mañana Brigit se levantó con el refunfuño que ya se había vuelto una costumbre en ella. Le habían dicho que tenían que ir a comprar los materiales, libros y demás enseres que necesitaría en su nueva escuela. Desayunó sin demasiadas ganas. Esperaba con expresión apática que apareciera el gaditano cuanto antes para que volvieran lo antes posible a casa. Cuando llamaron al timbre, fue arrastrando los pies y abrió la puerta. Ese día, en cambio, no apareció Rodrigo sino una mujer de aspecto juvenil que vestía una sencilla túnica de color azul marino con dos emes cursivas bordadas en plateado. Tendría alrededor de veinte años, como mucho veinticinco, y le sonreía con alegría y sinceridad. Como si se hubiese ofrecido voluntaria para llevarla a su destino. Su lacio pelo de color caoba rozaba con suavidad sus hombros, su cara redondeada daba la impresión de estar envuelta por éste. Su nariz era fina y de punta algo respingona, con algunas pecas que contribuían a darle un aspecto más juvenil. Sus labios finos esbozaban una amplia sonrisa que dejaba entrever unos dientes, cuyas paletas estaban algo separadas, de color blanco brillante. Y sus ojos pequeños y ligeramente estrechos eran del color de la miel y brillaban con calidez e inteligencia.

-¡Buenos días Brigit!- la saludó alegremente- Me llamo Graciela, ¡encantada!

-Lo mismo digo.- contestó Brigit sonriendo amablemente.

-¿Estás preparada? ¿Tienes todo listo?

"Lo cierto es que no", pensó Brigit. Se había puesto ya un pequeño bolso en el que justo entraba su cartera, las llaves y el móvil, así que asintió a la pregunta. Cerró la puerta de la casa y miró alrededor buscando su medio de transporte. Al ver su expresión de extrañeza, los ojos miel de su acompañante brillaron con picardía y le dedicó una enigmática sonrisa que no le gustó nada. Graciela tendió su mano y Brigit, todavía poco segura de lo que estaba por suceder, vaciló antes de agarrarla. La joven bruja sonrió alentadoramente y le guiñó un ojo. Lo siguiente que sintió fue una fuerte presión en todo el cuerpo, como si estuviese siendo forzada a pasar por un espacio muy estrecho, hasta el punto de sentir que se le hacía muy complicado respirar. Aunque la sensación no duró mucho tiempo, ella tardó un buen rato en recuperar el aire.

-Es una sensación bastante agobiante, ¿no?- oyó decir a su acompañante.

Brigit se sintió incapaz de contestar. Estaba más centrada en normalizar su respiración. Sin embargo, repentinamente se dio cuenta de que algo no encajaba. Giró con un rápido movimiento que le hizo trastabillar ligeramente, miró hacia atrás y vio que... ¡su casa no estaba! Oteó alrededor y fue consciente de que no reconocía el lugar donde se encontraba. ¿Dónde estaba? Y lo más importante, ¿cómo había llegado allí? Se encontraba en la parte baja de una pequeña colina por la cual serpenteaba un camino de piedra, había algunos árboles desperdigados y al final del camino, en la cima del cerro, había dos árboles doblados de tal manera que formaban un arco. No se veía más que una enorme extensión de campo a lo lejos, y Brigit pensó en que no debían estar precisamente cerca de un pueblo o ciudad.

Miró a su acompañante con expresión confusa, ésta le sonrió e indicó con un gesto de la cabeza que la siguiera. No sin cierta vacilación, la muchacha le siguió por el camino de subida. A mitad de la cuesta, Brigit sentía que ya no podía contener su inquietud acerca del modo en que habían aparecido en aquel lugar ni dónde se encontraban exactamente. Tomó una amplia bocanada de aire y, tras contar hasta diez para infundirse valor, habló con la joven.

-Graciela, necesito preguntarlo, ¿qué ha pasado? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

-Ya me estaba asustando que no me preguntaras nada. Empezaba a pensar que todo lo relativo a la magia te era indiferente.- dijo medio en broma- Nos hemos aparecido.

-¿Aparecido?- replicó Brigit alzando una ceja.

-Sí, es un método de transporte que denominamos aparición. Para poder realizarlo hay que enfocar en la mente el lugar deseado y... ¡puf! Ahí apareces. Es un método efectivo para poder llegar de una ubicación a otra más lejana.

-Efectivo sin duda.- coincidió Brigit, visiblemente impresionada- O sea que sólo tendría que imaginarme dónde querría estar y en unos segundos estaría allí. No parece muy complejo.

-Bueno, en esencia no lo es. Pero antes se debe haber aprobado la clase de Aparición y haber sacado la Licencia de Aparición.

Ella le explicó que la licencia era obligatoria para realizar la aparición. Al parecer, podía ser adquirida en el Departamento de Transporte Mágico. Pero había que tener al menos diecisiete años para obtenerla. Generalmente, se solían dar clases en la escuela cuando el alumno ya había cumplido los diecisiete o iba a cumplirlos ese año.

-Comprendo.- dijo la muchacha- Y mi siguiente pregunta, ¿dónde nos has aparecido?

-En seguida lo verás.- dijo mientras sus ojos brillaban con aire misterioso.

Brigit se envaró de nuevo y frunció el ceño, haciendo que su compañera soltara una leve carcajada. No le gustaban los misterios. Ni nada de la situación en la que actualmente se encontraba en verdad. El corazón le latía cada vez más fuerte a medida que se acercaban al arco formado por aquellos inmensos árboles. Miró hacia atrás un instante para ver una amplia extensión de un prado con unos cuantos árboles esparcidos. Como sospechaba, no se veía ningún pueblo en los alrededores. Con un suspiro de resignación, apretó el paso para llegar al lado de Graciela quien ya casi estaba frente al portón arbolado. Al llegar a la cima, Brigit frunció el ceño al ver un paraje vacío. Bajando una cuesta, en una especie de pequeño valle, sólo se veían los restos ruinosos de lo que fuera antaño un castro celta como tantos otros que podían hallarse en Galicia. Estaba a punto de reclamar explicaciones cuando su compañera sacó una fina y elegante varita de un tono de madera claro con el mango negro. La observó con curiosidad muy a su pesar. En ese momento, su compañera movió grácilmente su varita: dos golpes en el árbol de la derecha, tres en el izquierdo y uno en el punto exacto en que ambos árboles se unían. Justo en ese instante, como si de un espejismo se tratase, el hueco de la "puerta" vibró y de repente frente a sus ojos se veía en efecto el castro... ¡pero reconstruido y lleno de gente paseando! Brigit abrió la boca de la impresión.

-Bienvenida al Mercado do Castro.- dijo alegremente Graciela.

-Muy apropiado.- soltó Brigit con ironía. La joven bruja rio.

-Este mercado mágico es uno de los más antiguos y grandes del país.- explicó Graciela-Como bien has observado, debe su nombre a que se parece a un antiguo castro celta. O al menos la parte antigua del mismo.

-¿La parte antigua?

-Fíjate en la parte superior del valle.- señaló su acompañante.

Brigit obedeció y se fijó por primera vez en que, en efecto, en la parte del valle había un castro pero siguiendo un pequeño camino de subida había una zona de construcciones que parecían más recientes. Si bien seguían sin parecer precisamente muy actuales, la mayoría de ellos parecían del siglo pasado por lo menos. Desde donde se encontraban podían seguir dos caminos, uno de bajada hacia el castro y uno casi en línea recta hacia la zona "nueva".

-El mercado está dividido en dos partes.- continuó explicando- O mercado vello, o el castro al cual debe el nombre este lugar; y la Estrada nova, o la zona nueva que es de construcciones bastante más recientes, a partir del siglo XVIII aproximadamente.

-Es... impresionante.- dijo Brigit fascinada- Y eso que hasta hace un rato parecía todo en ruinas.

-Es uno de los medios para evitar que los muggles no anden por ahí husmeando.

-¿Muggles?- Brigit se giró para mirar a su compañera con expresión interrogante.

-¡Oh!- dijo levemente sonrojada- Me refería a gente no mágica.

-Es una palabra muy rara...- opinó la pelirroja.

-Bueno, no es una palabra española sino que es el modo en que la gente en Gran Bretaña usa para referirse a los no magos. Aquí no tenemos una palabra como tal para referirnos a ellos, pero ya hace muchos años que se popularizó ese término inglés. Si bien hace ya un tiempo que se ha empezado a usar el término nomaj que usan en Estados Unidos.

-Comprendo.- se limitó a decir Brigit. "O sea que es el modo en que se referían a mí hasta hace nada", pensó levemente indignada sin saber bien por qué.

-Aunque también es cierto que mucha gente, a excepción de los de mi generación hacia abajo, siguen refiriéndose a ellos simplemente como no-magos.

Brigit se limitó a asentir. "Creo que usaré el término 'tradicional' a partir de ahora", pensó. Su acompañante volvió a sonreír e hizo un gesto con la cabeza señalando a la zona nueva.

-Sígueme. Antes de ir a comprar todo lo que necesitarás en la escuela, lo primero que vamos a hacer es obtener dinero para...

-Ya tengo dinero.- la interrumpió Brigit.

-Lo sé, pero es dinero muggle. Tienes que intercambiarlo por nuestra moneda.

-¿Estarás de broma?- soltó Brigit incrédula.

Graciela negó con la cabeza, a lo que Brigit respondió con un resoplido de fastidio. ¿Hasta en esto tenían que ser diferentes? ¿Qué problema había con usar su dinero? Brigit no entendía por qué esos detalles tan irrelevantes le molestaban tanto y, de hecho, le sorprendía. Se dirigieron en silencio hacia la zona nueva del mercado. Nada más llegar, justo a la entrada, se encontraba un edificio de dos plantas que con revestimiento exterior de piedra de lenguaje modernista de inspiración gótica. A pesar de su estilo, parecía el más nuevo de los edificios colindantes. En su fachada, encima de las robustas puertas de cerezo macizas, había un enorme letrero de piedra en el que se leía la inscripción: Banco Mágico Nacional.

-¿Tenéis hasta vuestro propio banco?

-Sí, así es.- le confirmó- Esto realmente es una de sus sucursales pero, debido a la popularidad del mercado, es uno de los más transitados del país.

Avanzaron hacia las puertas tras las cuales había un vestíbulo pequeño que tenía una pequeña recepción y justo en frente otras puertas de cerezo macizo. Pasaron delante de la anciana recepcionista que las saludó con un simple "Hmm" y cruzaron las puertas accediendo a la sala principal. Era una amplia cámara de suelos de mármol blanco, hermosas lámparas de araña y flanqueada a cada lado con cubículos de madera compuestos por un escritorio en el que los empleados realizaban labores diversas tales como: atender a clientes, contar y pesar monedas, examinar piedras preciosas, etc. Las tareas de cada uno se indicaban en un tablón de madera que, literalmente, flotaba sobre cada mesa. Ellas se dirigieron hacia uno de los trabajadores del lado derecho que estaba escribiendo en unos papeles. Por su aspecto debía rondar los cuarenta y cinco años, tenía muchas canas en su cabello castaño oscuro, unas ligeras entradas y un tupido bigote en combinación con una nariz aguileña. Les miró con una ligera expresión de animosidad con sus pequeños ojos grisáceos en cuanto se acercaron, como si fueran allí con el único motivo de estropearle su rutina de trabajo. Sobre su escritorio se leía el letrero "Cambios a divisa mágica". Graciela le sonrió con amabilidad.

-Buenos días, querríamos intercambiar dinero no mágico. Mi compañera no tiene cuenta.

-¿Cantidad a cambiar?- dijo con tono apático. Graciela la miró expectante.

-Como no sabía cuánto dinero iba a necesitar (porque me imaginaba que no tendrían TPV), he sacado 150 euros. Aunque no sé si será suficiente...

-Creo que bastará.- indicó Graciela con un asentimiento. Seguidamente entregó los billetes.

-Al no tener cuenta, la operación tiene un coste de un auro y dos argentas.- dijo el hombre en tono monótono.

Su acompañante asintió, tras lo cual sacó unas monedas de su túnica y se las entregó al hombre quien guardó las monedas que le dio Graciela, cogió los billetes de Brigit y se fue hacia una puerta al fondo del ala derecha de la sala sin más palabra que "Esperen". Brigit miró a su compañera y le preguntó:

-¿Los auro y las argentas son los nombres de vuestras monedas?

-Así es. Tenemos tres tipos de monedas: el auro que es la moneda de oro, la argenta que es la de plata y la aerea que es de bronce. Un auro equivale 322 aereas, que a su vez equivale a 14 argentas. También 23 aereas hacen una argenta.

-Creo que me lo tendré que apuntar... ¿Y a cuánto es el cambio al euro?

-Hmm...- murmuró la joven pensativa- Creo que ahora mismo estaba el cambio a 5 euros el auro, aproximadamente. Pero la tasa va fluctuando.

-No me digáis que hasta tenéis bolsa.- inquirió Brigit alzando una ceja. Graciela rio.

Brigit no pudo seguir preguntando puesto que el señor Nariz de águila había vuelto. Tenía la misma expresión apática de antes y llevaba dos bolsas de tela consigo. Empezó a escribir en un papel, por cuyo aspecto parecía un recibo. Sin siquiera mirarlas listaba la entrega de cada tipo de monedas las cuales, indicó, estaban repartidas entre ambas bolsas. Y sin mayor despedida que el sonoro estampado del sello del banco, el hombre le entregó el papel del recibo y las bolsas para continuar con su "apasionante" papeleo. Tras darle las gracias salieron de allí. Brigit le insistía a Graciela en pagarle la comisión que había tenido que abonar por hacer el cambio de divisa, pero ella se negaba.

-Déjame al menos invitarte a tomar algo.- le pidió Brigit.

-Bueno, si lo pones así...- empezó a decir sonriendo con picardía- Hay un sitio al que tengo ganas de ir. Estoy segura que a ti también te gustará.- le dijo guiñándole un ojo.

-De acuerdo.- contestó Brigit soltando un suspiro de alivio- ¿Dónde es? ¿Es esa cafetería que hay allí?

Brigit señalaba un edificio de aspecto distinguido que le recordaba a los edificios de hacia la segunda mitad del siglo XIX que había visto en París el verano pasado. Era un elegante edificio de dos plantas con una gran abundancia de detalles arquitectónicos: balaustradas, pilastras, paneles de bajorrelieves, diversas esculturas y cornisas de apoyo. Había bastante gente sentada justo en frente en una serie de mesas y sillas de hierro forjado, lo que le daba el aspecto de la típica cafetería parisina. Contaba con una hermosa puerta con vidriera que representaba a dos cantantes de ópera vestidos con trajes de época. Al verlos con detenimiento, Brigit no pudo contener una exclamación de sorpresa.

-¡Se han movido!- dijo sobresaltada.

-Claro. ¿No esperarías que estuviesen siempre quietos, verdad?- respondió encogiéndose de hombros como si fuera lo más normal del mundo.

Brigit le soltó una mirada claramente ofendida. Graciela, tras un instante de confusión, se dio cuenta de lo que acababa de decir por lo que se disculpó en seguida. De acuerdo a lo que le explicó, tanto las imágenes (cuadros, vidrieras, etc.) como las fotografías mágicas tenían movimiento. Al parecer, no era poco habitual mirar un cuadro y que la persona en él retratado no se hallara en él.

-Bueno, ¿entonces quieres entrar?- preguntó la muchacha pelirroja en un intento de aligerar la tensión del ambiente.

-No. La cafetería Brindisi, si bien destaca por sus exquisitos pasteles y tartas, es demasiado pija y carera para mi gusto. Además, siempre es muy complicado encontrar sitio.

-Entonces, ¿dónde está? ¿Por aquí cerca?

-No, tenemos que ir a la zona del mercado antiguo. De hecho, no se nos ha perdido nada en esta zona del mercado aparte de cambiar tu dinero.

-Pues todo esto está bien repleto de tiendas.- observó Brigit.

-Sí, pero la mayoría de las tiendas que se encuentran aquí serían el equivalente muggle de una boutique. Y lo que nosotras buscamos son materiales escolares.

-Que aquí no podremos encontrar.- se aventuró.

-No es que no lo podamos encontrar. Sencillamente no merece la pena que te gastes tanto dinero para material al que darás "mucha guerra". Aunque, si lo necesitas, la tienda que ves al fondo es Túnicas de gala Dña. Rosalía donde venden las túnicas más a la moda. Y también es interesante pasarse a ver la amplia selección de lechuzas que tiene O predador nocturno, puesto que no son autóctonas de la península.

Mientras le contaba todo eso, iban lentamente descendiendo por el camino de piedra que les llevaba hasta aquel castro convertido en mercado. Nada más puso un pie allí lo primero que hizo fue pensar en su padre. Le encantaría ese lugar. Era un antiguo poblado celta en plena actividad tal y como debió de ser antaño cuando se erigió. Omitiendo la parte del mercado mágico, claro está. Se observaba una clara diferencia respecto a la gente de la Estrada nova. La gente aquí era más "de calle" por decirlo de algún modo, mientras que en la zona nueva lo que predominaba era un público esnob casi pretencioso. A decir verdad, Brigit se sentía más a gusto en esa zona. La notaba como más auténtica.

-¿Y a dónde querías ir?- le consultó un poco más animada.

-Lo primero es lo primero.- repuso ella fingiendo un aire solemne, lo que hizo que su joven acompañante frunciera el ceño- Tenemos que comprar todos los materiales que necesitarás en la escuela, incluyendo libros y rollos de pergamino. Pero lo primero y más importante de todo, el artículo más importante de todo mago o bruja que se precie es... encontrar su varita.

El buen humor que empezó a sentir Brigit se esfumó tan rápidamente como apareció. Esa era una de las cosas que menos le apetecía hacer desde que todo aquello empezó. Su compañera, sin embargo, estaba visiblemente emocionada. No paraba de parlotear alegremente mientras andaba y de decir cosas como "es uno de los mayores acontecimientos para un mago" o "es una pena que tus padres no puedan acompañarte en este momento tan especial". Al ver la palpable emoción de Graciela, Brigit sacó su móvil y le dijo que, si tan importante era, podía grabarla para luego enseñársela a sus padres. Los ojos color miel de su acompañante fueron los que ahora se mostraban sorprendidos, como si Brigit acabase de realizar un encantamiento prodigioso. Brillaban con la emoción de un niño en Navidad, como si no se pudiera creer que lo que le explicaba Brigit fuera siquiera posible. Ahora entendía un poco la obviedad que asumía ella al explicarle las cosas del mundo mágico. Tras explicarle el funcionamiento del aparato, continuaron su camino con Graciela aún más emocionada si cabe.

-Ya hemos llegado.- anunció con una radiante sonrisa.

Pararon frente a una casa circular hecha de mampostería con el techo de ramaje y barro, la cual contaba con una puerta de madera de abedul que, si bien se veía antigua, estaba muy bien conservada. Encima de ésta había un letrero que rezaba: Varitas Pazo. El letrero estaba hecho de cobre brillante con letras en relieve.

-Aunque hay otras tiendas de varitas, las de esta son las que tienen más fama y demanda. Los dueños llevan desde el siglo I fabricándolas.- le explicó Graciela conteniendo la emoción.

-Ajá.- contestó Brigit no tan emocionada.

-Son famosos también por tener varitas poco comunes disponibles cada cierto tiempo.- le dijo guiñándole un ojo antes de indicarle que entrara.

Tras pasar por la puerta, Brigit tuvo que parpadear varias veces debido a lo que veía. Era un lugar amplio y bastante minimalista, el cual contaba con algunos sillones viejos pero de aspecto cómodo y con una mesa alta que disponía de una antigua caja registradora y un clásico timbre de esos que se veían en las recepciones de los hoteles. Había multitud de cuadros en la pared con una placa indicando el nombre de la persona retratada, algunos vacíos y otros no, todos ellos con el apellido Pazo. También había un precioso reloj de cuco de madera oscura con multitud de imágenes talladas. Había varias velas flotando repartidas por toda la estancia. Tras la mesa había varias estanterías repletas con miles de estrechas cajas amontonadas cuidadosamente hasta el techo. Sin embargo, la curiosa decoración interior no era lo que más llamaba la atención sino su altura y fondo. Desde fuera parecía la típica casa de apenas dos metros de altura y unos cuatro metros de diámetro, pero por dentro los techos debían superar los tres metros de altura y ni hablar del diámetro, el cual sin duda debía al menos doblar. Graciela debió notar cómo la muchacha intentaba hacer cálculos mentales de la superficie del lugar, por lo que le explicó que se trataba de un hechizo para aumentar el tamaño de un espacio reducido. Era bastante habitual usar dicho hechizo con las tiendas de campañas para hacerlas más espaciosas. La joven bruja se acercó al timbre el cual pulsó dos veces con entusiasmo.

-Bienvenidas, jóvenes brujas.- dijo una voz de mujer tras Brigit, sobresaltándola.

Casi dio un salto debido a la repentina aparición de la bruja. Se dio la vuelta y vio a la recién llegada con suspicacia, ni tan siquiera la había oído acercarse. Era una mujer mayor, de unos setenta años, con el pelo canoso recogido en un moño alto. Era bajita y menuda, andaba algo encorvada e iba vestida con una sencilla túnica de color verde oscuro. Su cara era ovalada y sin muchas arrugas, las cuales en su mayoría estaban alrededor de sus grandes ojos azules y sus pequeños labios. Tenía una expresión serena y tranquilizadora que hizo que Brigit se relajara un poco. Sonrió con amabilidad al reconocer a Graciela y se acercó para saludarla.

-Buenos días, señora Gracia. ¿A qué debo esta visita? ¿Le ocurre algo a su varita?

-Buenos días, señora Pazo. No, descuide, mi varita está perfectamente. ¡Tan vivaracha como el primer día!- exclamó mostrándosela- Venimos en busca de una primera varita.

Las palabras de Graciela intentaban, sin conseguirlo, no mostrar la emoción que realmente sentía mientras señalaba a Brigit con un gesto. La señora Pazo se giró y la miró fijamente.

-¿Primera?- preguntó confusa, aunque pronto en sus ojos apareció un brillo de compresión- Oh, ya veo. Así que es la famosa bruja "no detectada".

-¿Perdón?

-¿No lo sabe? Se ha vuelto bastante popular estos últimos días, querida. Es la primera vez que alguien va a comenzar en la escuela a los quince años.

-¿Perdón?- repitió Brigit ahora con enfado mirando inquisitivamente a Graciela, quien había desviado la mirada ligeramente avergonzada.

-No la culpes a ella, jovencita.- intervino la señora Pazo- Era inevitable que, tarde o temprano, saliera a la luz el fallo del sistema de detección de nacidos de no-magos con poderes mágicos. Es algo que nunca en la historia había sucedido. Un bombazo para la prensa sensacionalista.

-¿¡He salido en la prensa!?- gritó Brigit espantada.

-Bueno...- empezó a explicar Graciela con gesto avergonzado- Tú directamente no. Más bien que el sistema de detección ha fallado y que la escuela recibirá una estudiante mayor.

-Eso no ayuda.- espetó la pelirroja enfadada.

-Bien, bien. Lo hecho, hecho está.- dijo la anciana en tono conciliador- Lo importante es que le han encontrado antes de que pudiera ser un peligro para usted y la gente que quiere.

-No soy un peligro.- se defendió Brigit molesta.

-Por fortuna, hasta ahora así ha sido.- coincidió la bruja- Pero pronto descubrirá lo que una magia incontrolada puede causar.

Sin saber bien por qué Brigit sintió un miedo terrible. La anciana bruja les indicó que esperaran mientras se dirigía a la zona de las estanterías. Graciela y Brigit se sentaron a esperar. No hablaron hasta que volvió la señora Pazo. Venía con varias cajas rectangulares y alargadas que puso en la mesa. Indicó con un gesto que se acercaran. Graciela, quien ya volvía a estar más animada, pidió a Brigit que le diera su móvil. La joven bruja se preparó para grabar con gran ilusión. La señora Pazo la miró con curiosidad pero no hizo ningún comentario.

-Madera de sauce llorón, fibras de corazón de dragón, 23.8 centímetros, muy flexible.- dijo mientras abría una de las cajas y se la tendía a Brigit.

Ella titubeó antes de cogerla pero cuando lo hizo... nada sucedió. La señora Pazo indicó que la moviera, pero de nuevo no ocurrió nada.

-No te preocupes.- le dijo Graciela en tono tranquilizador- Es muy raro que encuentres tu varita a la primera.

Brigit asintió, no muy convencida, pero esta vez aceptó sin problemas la nueva varita que le tendía la señora Pazo. Y la siguiente, la siguiente, la siguiente... Cuando habían pasado ya casi dos horas desde que entraron en la tienda, todavía seguían buscando. La mesa y parte del suelo estaban repletos de cajas de varitas que se habían descartado. La entrega de Graciela a inmortalizar ese "gran momento" se había esfumado casi por completo, habían tenido que borrar la mayoría de los vídeos porque el resultado siempre era el mismo. A excepción de alguno un tanto explosivo. La señora Pazo, por el contrario, parecía emocionada ante el reto que suponía encontrarle una varita. Cada vez tardaba más en seleccionar varitas "poco comunes" para ver si en esa ocasión daba en el clavo. En lo que respecta a Brigit, sencillamente quería largarse de allí en ese mismo instante. Sin embargo, hacía un buen rato que rondaba por su cabeza la esperanzadora idea de que finalmente no resultase ser una bruja, que la equivocación fuese precisamente que la hubiesen detectado como tal. Temblaba de emoción de sólo pensarlo. De repente, el reloj de cuco comenzó a sonar indicando que eran las doce del mediodía haciendo que, tanto Brigit como Graciela, dieran un respingo.

-¿Ya es tan tarde? El tiempo vuela cuando uno está entretenido...- comentó la anciana bruja con gesto risueño.

-Creo que será mejor dejarlo.- se atrevió a decir Brigit. Antes de que nadie pudiera replicar añadió- Es evidente que se han equivocado conmigo. No soy ninguna bruja, no hay nada de mágico ni especial en mí.- sentenció con vehemencia.

A pesar de esperar una respuesta enfadada, o incluso ofendida, por parte de la dueña lo único que obtuvo fue una intensa mirada analizadora. De pronto, como movida por una inspiración súbita, la anciana se fue con una rapidez impresionante para su edad. Al cabo de unos minutos apareció con una única caja de madera de un tono claro con varios símbolos tallados, la mayoría de los cuales se correspondían a diversos nudos celtas. Justo en medio de ésta había una triqueta en relieve hecha con una madera más oscura. La mujer abrió la caja con gran delicadeza para dejar ver lo que contenía en su interior. Dentro, acomodada en un mullido cojín de color gris plateado, había una varita de un blanco inmaculado. A excepción de una zona por la cual se sujetaba, justo en la separación del mango y el resto de la varita, en el que había una anilla en relieve de color plateado brillante. La señora Pazo tomó la varita entre sus manos con suma delicadeza, casi como si fuera un ser extremadamente frágil, y se la tendió a Brigit mirándola con sumo interés. En ese momento la muchacha se fijó que también había una triqueta pintada en color plateado en el mango. La cogió sin mucho entusiasmo, pero lo que sucedió después sería algo que siempre recordaría y nunca encontraría las palabras adecuadas para explicar.

Nada más asió la varita, sintió como si un torrente de energía atravesara todo su cuerpo. Se sintió ligera como una pluma, casi como si estuviera levitando en ese mismo instante. Un potente chorro de luz emergió de la varita con su mero contacto, iluminando con una cálida luz blanca toda la tienda. La parte racional de Brigit le decía que debía sentir miedo de lo que estaba sucediendo, pero por algún motivo que no podía explicar se sentía tranquila. Como si todo aquello fuese natural. Esa reacción duró apenas un minuto y se marchó tan pronto como apareció. Si bien Brigit todavía sentía un extraño cosquilleo recorriendo su cuerpo. De repente, recordando que no estaba sola, miró a las otras dos mujeres. Graciela, que había tenido el atino de recuperar su papel de "directora", estaba sujetando el móvil con expresión de sorpresa. Por otro lado, la señora Pazo sonreía abiertamente como si hubiese conseguido una gran hazaña. Brigit se removió incómoda ante las expresiones de ambas mujeres y dejó de nuevo la varita en su caja.

-Creo que ya puedes retirar eso de que no hay nada mágico ni especial en ti.- dijo Graciela con una amplia sonrisa tras parar la grabación.

-¿Qué acaba de pasar?- se atrevió a preguntar la joven, todavía visiblemente incómoda.

-Pues que acaba de encontrar su varita, jovencita.- respondió la señora Pazo- ¿Quién me lo iba a decir? Después de tantos siglos de espera... Sin duda seré la comidilla del resto de fabricantes durante una buena temporada.- rio la anciana con gesto jovial.

-¿A qué se refiere?- inquirió Brigit con curiosidad.

-Pues a que esta varita, no es una varita común.- anunció con aire misterioso mientras la tomaba con delicadeza entre sus manos- Madera de abedul blanco, 24.6 centímetros, flexible, núcleo de pelo de unicornio... junto a tres gotas de su sangre.

Graciela soltó una exclamación tras oír a la anciana, mirando a la varita y a Brigit con renovado interés. Brigit le miró sin comprender. Otras de las varitas que le habían dado a probar tenían núcleo de pelo de unicornio. No veía la particularidad de esta varita en concreto. La señora Pazo captó su confusión y continuó con la explicación.

-El cuerno, el pelo y la sangre del unicornio tienen grandes propiedades mágicas. Sin embargo, no es fácil conseguirlos, en especial la sangre. Ésta tiene la peculiaridad de poder mantenerte vivo, incluso si estás al borde de la muerte, pero a cambio de media vida maldita por haber sesgado la vida de un ser tan puro.

-¿Maldita?- repitió Brigit algo atemorizada.

-Sí, aunque sólo si se ingiere.- indicó Graciela para calmarla.

-A pesar de todo, sigue siendo especialmente complejo obtener sangre de unicornio. Pero el fabricante de esta varita lo consiguió. Y de la forma más absurda posible.

-¿Cómo?- preguntó Brigit, ahora intrigada.

-Esta fue la gran obra de Jerk el Excéntrico.- Brigit alzó una ceja al escucharla-Se le conoce así debido precisamente a esta varita.- explicó la mujer- Jerk era un joven y talentoso fabricante de varitas que una noche, buscando madera para su nueva varita, se topó con un unicornio con una pata herida en el bosque.

Brigit le miró con curiosidad. No podía imaginarse qué podría torcerse en aquella historia para que acabaran por llamarle el Excéntrico.

-Según contó el propio Jerk, lejos de huir como habría sido lo normal aún estando herido, el unicornio se quedó allí mirándolo fijamente y le habló.

La muchacha estaba a punto de preguntar, sorprendida, si los animales mágicos eran capaces de hablar cuando Graciela soltó una sonora carcajada.

-Jerk aseguró que el unicornio le pidió que fabricase una varita. Tras lo cual se restregó suavemente contra un abedul blanco, dejando el pelo justo para la fabricación de una única varita junto con tres gotas de su sangre. Afirmó también que le indicó que debía usar la madera de aquel árbol, así como qué medidas y diseño debía tener.

-Y, aparte de ese curioso origen, ¿qué tiene de especial esta varita?- quiso saber Brigit.

-Sencillo.- sonrió la señora Pazo mirándola con fijeza- Aparte del gran poder latente que posee, jamás ha aceptado a ninguna bruja... hasta hoy.

-¿Es eso posible?- preguntó rápidamente Graciela.

-En principio, no debería ser así. Desde que se fabricara hace más de un milenio, nunca ha reaccionado ante ningún mago o bruja. De hecho, todo mago que intentara blandirla recibió una fuerte magia de rechazo tan pronto con sus dedos la rozaron.- explicó encogiéndose de hombros- Con las brujas, generalmente, no reaccionaba o no obedecía. Rara era la vez que sufrían una magia de rechazo.

Graciela tenía los ojos abierto como platos debido a la impresión. Brigit escuchaba atentamente sin entender muy bien del todo. ¿Aceptar? ¿Rechazar? ¿No obedecer? La anciana bruja parecía estar hablando de aquel objeto de madera como si de un ser vivo se tratase.

-Durante el resto de su vida Jerk estuvo esperando a la bruja que blandiría su obra magna. Pero nunca llegó. Su última voluntad, recogida en su testamento, era que la varita fuese cedida a las distintas tiendas de magia de todo el mundo hasta dar con su legítima dueña.

-Es increíble que cumplieran su voluntad.- susurró Brigit.

-Nosotros mismos la hemos tenido en un par de ocasiones en la tienda, siempre con el mismo resultado que todos nuestros colegas durante mil años. Hasta hoy.- dijo con una gran sonrisa iluminándole el rostro.

Cuando terminó su explicación, Brigit se sentía mareada. No estaba muy segura de cuál debía de ser su reacción al conocer la historia tras esa varita. Deducía, eso sí, que debía de ser una varita relativamente famosa y codiciada. Y, según lo que aseguraba, bastante poderosa.

-Creo que deberíamos continuar buscando.- comenzó al decir al abrumada- No estoy segura de que deba usar esta...

-Tonterías.- la cortó con un gesto de la mano, como restándole importancia.

-Pero...- comenzó a protestar.

-La varita le ha escogido como su dueña. Le debe su lealtad a usted.- le explicó pacientemente.

-No lo comprendo.- confesó Brigit. La anciana le dio unos golpecitos en el hombro.

-Nadie lo sabe exactamente. Lo que puedo asegurar es que esta varita es suya y de nadie más.

La mujer le tendió la caja con la blanca varita a la muchacha quien, nuevamente, dudó en tomarla. Tras un par de minutos de lúgubre silencio, asintió y cerró la caja. La anciana sonrió abiertamente. Pagó la varita y la metió en la sencilla bolsa de papel con el logo de la tienda que le dio la señora Pazo. No había vuelto a hablar desde la declaración final de la mujer. Justo cuando se disponían a irse, la anciana le habló de nuevo:

-La varita escoge al mago, recuérdelo bien jovencita. Creo que podemos esperar grandes cosas de usted.- declaró la anciana con solemnidad.