CAPÍTULO 4: BIENVENIDOS A HUESTANTIQUA

Brigit todavía estaba ligeramente abrumada cuando salieron de la tienda de la señora Pazo. Se sentía incapaz de hilar dos pensamientos seguidos. No supo cuánto tiempo se dejó guiar en silencio por una emocionada Graciela. Sin hacer demasiado caso, casi como si fuera un autómata, fueron entrando en distintas tiendas para comprar todos los materiales que le hacían falta. En la primera tienda compró un caldero de peltre, una simple balanza de latón y un juego de redomas de cristal. En la siguiente adquirió un pequeño telescopio y en la tercera diversos ingredientes para elaborar pociones. Graciela le indicó que eso no estaba en la lista pero le iban a enseñar algunas básicas antes de ir a la escuela. De pronto su acompañante se detuvo súbitamente, haciendo que Brigit casi se chocase con ella. Se había quedado pensativa mirando una tienda, como si de repente se hubiese acordado de algo muy importante. La muchacha se fijó en ese momento en el enorme cartel en forma de libro abierto sobre la puerta de entrada. Ahí, grabado con una estilizada caligrafía cursiva, se podía leer: Librería Torres e Hijos. No entendía el repentino interés en esa tienda en particular. "Claro", pensó, "Los libros de texto". Sin embargo, no veía claro el porqué de la expresión preocupada de Graciela. En ese momento, como si se acabase de acordar que estaba allí, se giró hacia Brigit y le sonrió con timidez.

-Tenemos que comprar tus libros,- Brigit casi puso los ojos en blanco al escucharla. "Muy observadora, Sherlock", pensó algo irritada- pero tenemos dos problemas...

-¿Problemas? ¿Qué clase de problemas?- preguntó confusa.

-Pues verás... La escuela se divide en lo que denominamos casas, como las distintas clases a las que puedes pertenecer en un curso muggle.

Brigit asintió. Comprendía que no hubiera una única clase especialmente si había muchos alumnos por cada curso. De acuerdo a lo que le había explicado Rodrigo, el gaditano que la visitó por primera vez, la escuela daba acogida incluso a alumnos de otros países. Pero no veía la relación de esas "casas" con los libros.

-La cuestión es que nuestra escuela es algo particular en este punto. Y es que dependiendo de la casa en la que estés tus asignaturas obligatorias cambian.

Entonces comprendió su dilema. Los alumnos de su edad ya estaban asignados a una casa y, por tanto, sabían los libros de texto que debían comprar en función de ésta. Brigit ni tan siquiera sabía nada de esas casas, así que mucho menos podía saber qué comprar. Era un tema que no tenía solución así que, sencillamente, se encogió de hombros con indiferencia.

-¿Y cuál es el otro problema?- le preguntó.

-Pues que también hay asignaturas optativas. Puedes seleccionar varias, dependiendo de lo que consideres que puedes manejar.

-Bueno, para empezar, ni tan siquiera me han pasado un listado de las asignaturas a elegir.

-Lo cierto es que no lo hemos hecho puesto que en el Ministerio había dudas acerca del curso en el que inscribirte. Pero finalmente hemos decidido que lo mejor es que entres en el curso que corresponde a tu edad.

"Menos mal", pensó Brigit aliviada. Por lo poco que le habían explicado, comenzaban en dicha escuela a los once años. Y a ella no le hacía especial ilusión compartir clase con niños. Tras un instante de vacilación, Graciela optó por entrar aunque sea a comprar los libros de las asignaturas comunes. Les atendió un hombre mayor con enormes gafas redondas, pelo canoso y marcadas entradas. Su sonrisa era amable. Les trajo en seguida los libros solicitados y se produjo un momento incómodo en cuanto preguntó por sus libros de casa. Si ya antes se había sentido molesta al enterarse que había sido noticia, cuando aquel hombre hizo lo propio no le hizo mejorar su estado de ánimo. Estaba preparándose para cualquier comentario cuando el hombre la pilló desprevenida con su pregunta:

-¿De dónde procede usted, jovencita?

-¿Disculpe?- replicó ella perpleja.

-Verá querría saber de dónde procede para saber qué libros darle. Por su acento, si bien es muy leve, parece que es gallega.

-Lo soy.- confirmó algo sorprendida. Muchas veces le habían dicho que su acento era casi imperceptible, en parte creía porque en su casa también hablaba inglés- Mi padre es gallego y mi madre irlandesa.

-Ah.- asintió el hombre con una sonrisa- Entonces seguro que será Moura.

-¿Moura?- repitió Brigit frunciendo el ceño.

-Moura es el nombre de una de las casas de la escuela.- le explicó Graciela.

-¿Y cómo puede saber que esa será mi casa?

-Las casas de la escuela indican el pueblo de origen de las personas que pertenecen a ésta. En su caso en concreto, según lo que me ha dicho, lo más probable es que tenga orígenes celtas. Y es la casa Moura a la que éstos pertenecen.

-¿Las casas se dividen según el pueblo?- preguntó Brigit intentando no sonar escandalizada.

-Así es.- indicó el señor Torres- Esto es así debido a los orígenes de la misma. Lo encontrará en el libro "Orígenes de Huestantiqua" de Carlos Cádiz Carreras.

A pesar de la reticencia de Graciela, acabaron por comprar los libros de las asignaturas impartidas a la casa Moura pues el librero parecía completamente seguro de que aquella sería su casa. No obstante con el fin de tranquilizarlas les aseguró que en el improbable, según él, caso de que no fuese esa su casa podían enviar por correo los libros e intercambiarlos por lo que necesitase. Además, le indicó que podía encargarle cualquier libro que necesitase y que se lo enviarían a la escuela en un máximo de tres días. Al salir de allí se dieron cuenta de que ya se acercaba la hora de comer. No sabía cómo había podido pasar tanto tiempo en tan sólo dos tiendas. Graciela le indicó que hicieran una parada en la taberna "Dama de castro", a lo que Brigit se mostró conforme.

Se alejaron un poco de la vía principal, bajando por una de las calles empedradas hasta la parte más baja de la colina. Allí se hallaba una construcción como las del resto de O Mercado vello pero bastante más grande, pues debía superar tres metros de altura y diez de diámetro. Al contrario que las tiendas que ya había visitado, aquella no había usado ningún hechizo para hacerlo más amplio. Las alargadas mesas y bancos de madera le recordaban a Brigit a las sidrerías que había visitado con su familia de viaje por Asturias. Se sentaron a la mesa y en seguida fueron atendidas por un camarero de enorme sonrisa. Mientras esperaban, Graciela le contó que esa tradicional taberna familiar debía su nombre a las tradicionales meigas que viven bajo castros milenarios. Los dueños contaban con su propia destilería en la que elaboraban su afamada cerveza que lleva su mismo nombre. Cuando llegó su comida Brigit la devoró, era abundante y suculenta. Comieron con tranquilidad, disfrutando del ambiente alegre que reinaba en el lugar. Brigit, por sugerencia de Graciela, pidió una bebida llamada cerveza de mantequilla a la cual no le puso muy buena cara. Por lo que se sorprendió enormemente al descubrir que estaba deliciosa. Tal y como sucedió en otras tiendas, si bien ella no fue del todo consciente, algunas personas la miraban y cuchicheaban. Brigit tuvo la desagradable sensación de que ya empezaban a poner cara a la bruja "no detectada". Intentó ignorarlos, a pesar de la incomodidad, y disfrutar de la comida. Mientras comían Graciela le fue explicando más cosas acerca de la escuela, pues en realidad hasta ahora apenas le habían dado información de la misma.

-La escuela está dividida en seis casas.- le explicó- La casa Moura, del pueblo celta. La casa Ataecina, del pueblo íbero. La casa Basajaun, de los pueblos vasco y navarro. La casa Ifrit, del pueblo árabe. La casa Nixe, de los pueblos germánicos. Y finalmente la casa Oricuerno, originalmente del pueblo celtíbero.

-¿Originalmente? ¿Es que ya no es así?- preguntó Brigit con curiosidad.

-En esencia sí. Esta casa se originó debido a que una parte de la península era celtíbera: pueblos íberos célticos o "celtizados", es decir, ni completamente celtas ni completamente íberos.

-Y por eso no podían formar parte de una única casa.- dedujo la muchacha.

-En efecto. Por eso en origen esta era la casa del pueblo celtíbero, pero hoy en día es la casa en la que están todos aquellos alumnos cuyos orígenes están más mezclados.

-¿Entonces es el "cajón desastre" al que van los alumnos que no tienen un origen de un pueblo concreto?- preguntó Brigit. Graciela rio.

-Yo no lo llamaría así. Dejemos en que ahí es donde van los alumnos que no tienen origen mayoritario de un pueblo.

-En tal caso imagino que esa casa estará hasta los topes.

-Es la casa que tiene más miembros, en comparación con otras, debido a la gran mezcla de pueblos presente en la península.- confirmó con un asentimiento.

-¿A qué casa perteneciste tú?- inquirió Brigit, a lo que su acompañante le dedicó una sonrisa y un brillo travieso en los ojos- ¿Oricuerno?- aventuró algo preocupada de repente.

-Feliz miembro del cajón desastre.- sonrió ella con picardía.

Eso hizo que Brigit, muy a su pesar, se sonrojara. Al menos no se había tomado a mal su comentario. Si bien éste no tenía ninguna mala intención. Graciela le contó un poco sobre los inicios de la escuela, mucho antes de la construcción de la misma. Al parecer se remontaba hacia el siglo VIII a.C. a las primeras reuniones de druidas celtas, curiosamente tanto magos como no-magos. Siguiendo las tradiciones de dicho pueblo, cada cierto tiempo los druidas de cada tribu organizaban una reunión para intercambiar conocimiento y "exaltar" las capacidades que ellos mismos poseían. En uno de los cónclaves hubo una escisión entre los druidas magos y no-magos. El motivo fue el querer compartir sus conocimientos con otros pueblos no celtas, como los íberos que ya estaban en la península antes de la primera migración celta. En una primera instancia, como no sabían cómo iba a concluir el encuentro, la reunión se hizo entre 3 tribus celtas y 2 íberas pero sólo de magos. Resultó ser un éxito y al poco se fueron uniendo cada vez más magos de otros pueblos que poblaron la península.

-Y ese es el motivo por el que los miembros se seleccionan en función de su pueblo. Es un modo de conmemorar el modo en que se originó la escuela.- concluyó Graciela.

Brigit asintió. Sin embargo, a pesar de las explicaciones, seguía viendo mal aquella segregación racial que había organizado la escuela. Para ella era como decir "esta es tu gente", casi como si eso limitara su relación con el resto. Cuando terminaron de comer eran ya pasadas las 3 y media de la tarde. Todavía le faltaba por comprar el uniforme, así que se dirigieron a la zona norte del mercado a una tienda que solía elaborar los uniformes de la escuela.

-Realmente en Túnicas Ideais también se pueden comprar ropas de vestir, túnicas de trabajo como la mía del Ministerio y hasta capas de viaje.- le explicó Graciela.

Debía encargar 3 túnicas sencillas de trabajo, cuyos colores cambiarán en función de la casa, y 2 trajes para lo que llamaba la ceremonia mensual entre las casas que también variaban en función de la casa. En esa ocasión, Graciela no le dio más explicaciones.

-Es mejor dejar algo de misterio.- le dijo con una sonrisa pícara.

En esa ocasión sí que fue plenamente consciente de las miradas curiosas y los cuchicheos de los clientes, así como de algún que otro dependiente. Por suerte el encargado fue muy profesional y atento. Al no saber a qué casa pertenecía, el encargado no se sentía del todo cómodo dándole unas túnicas concretas. A pesar de que, como el dueño de la librería, estaba bastante convencido de que acabaría en la casa Moura. "Podría haber alguna sorpresa. Nunca se sabe.", comentó prudentemente. Por ello, y dado que debía participar en la ceremonia de selección, le tomaron las medidas y le dieron una sencilla túnica negra. Esa era la túnica que llevaban los alumnos de primer curso antes de conocer su casa. Le indicaron que, tras la ceremonia, le harían el envío del uniforme reglamentario. También tuvo que comprar, para completar el uniforme, un vestido de falda plisada de color gris claro y un par de camisetas blancas.

Estaban a punto de irse cuando de pronto Brigit recordó que había acordado invitar a Graciela a tomar algo en un lugar del mercado. Curiosamente, con todo el ajetreo, su acompañante también lo había olvidado. Así que dieron media vuelta y se dirigieron de nuevo al mercado. Por fortuna el lugar al que iban era de los primeros establecimientos del mercado. Por fuera era exactamente igual que el resto de construcciones, pero destacaba gracias a un letrero flotante en colores pastel que iba girando y volando alrededor de la entrada de la tienda. En uno de los lados se veía el nombre de la misma Pastelería de la Sra. Dulcinea, y en el otro lo que parecía el eslogan de la misma: "Donde tus dulces sueños cobran forma". Nada más entrar el dulce olor de los bollos y pasteles recién horneados invadieron sus sentidos. Había diversos estantes y expositores con decenas de dulces de diversas variedades. Se hacía la boca agua con sólo mirarlo. Graciela se dirigió entusiasmada a la joven cajera de aspecto infantil.

-Dos Bombas Sorpresa, por favor.- le dijo.

La chica sonrió y cogió lo que parecían dos típicas berlinas de crema. Graciela preguntó si estaban los propietarios doña Dulcinea Saavedra y su marido don Sancho Henares para presentárselos a Brigit, pues era su primera visita en el establecimiento. La bruja puso un puchero al enterarse que estaban de viaje gastronómico en busca de nuevos pasteles para la tienda. Brigit pagó las dos "bombas" y se sentaron en una de las mesitas de cristal y hierro tintados de blanco con sillas a juego. Sin mucho convencimiento le dio un mordisco a aquel bollo. Nada más hacerlo, abrió los ojos debido a la sorpresa.

-¡Sabe a tarta de zanahoria!- exclamó sin poder creérselo.

-¡Qué bien! La mía sabe a tarta de chocolate con galletas.

-¿Puedo probar?- preguntó cautivada por la sorpresa. Graciela rio entre dientes.

-Me temo que vas a tener el mismo efecto que con la bomba que tienes.- Brigit frunció el ceño al escucharla- Este es el postre cumbre del lugar- explicó-es un pastel que cambia de sabor en función del gusto del consumidor.

-¿En serio? ¿Cómo lo hacen?

-Nadie lo sabe.- intervino de repente la joven dependiente- Mis abuelos aún no han soltado prenda de cómo se elabora a nadie, ni tan siquiera de la familia. Y todavía no ha habido nadie capaz de replicarlo.- dijo guiñándoles un ojo.

Brigit, de nuevo a muy a su pesar, se sentía fascinada y maravillada con ese nuevo mundo que comenzaba a descubrir. Todavía preguntándose el secreto del pastel, lo terminó degustándolo con deleite. Al terminar se despidieron de la joven y retomaron el camino de vuelta a su casa con todas las compras finalizadas.

No sin antes comprar algunas bombas sorpresa más con el dinero que le había sobrado.

-o-

Al fin había llegado el día que Brigit llevaba tanto tiempo esperando que no arribara. Era momento de ir a su nueva escuela.

El verano se había pasado más lento de lo que esperaba. En gran medida porque sabía lo que le esperaba a inicio de septiembre. Estuvo cada vez más taciturna a medida que se acercaba la fecha. Durante todo el verano había recibido visitas de Graciela y Rodrigo (por suerte no volvió el rubio de la primera vez). Esas visitas estaban orientadas a explicarle todo lo que pudiera necesitar saber del mundo mágico. Aunque principalmente el objetivo era ir formando a Brigit en todas las asignaturas para que tuviera unos conocimientos mínimos antes de asistir a la escuela. Como iba a empezar en quinto curso, iba a estar muy rezagada respecto al resto de sus compañeros. Así que debía adelantar todo lo que le fuera posible en los dos meses que faltaban antes del inicio de las clases. Había estudiado y superado varios exámenes hasta el tercer curso. Si bien todo lo relacionado con la ejecución de hechizos no había podido probarlo, puesto que era menor y no podía hacer magia fuera de la escuela.

-Hemos intentado conseguir un permiso especial,- le dijo Rodrigo con su acento gaditano- pero desde la dirección de la escuela se han opuesto rotundamente. Quieren que lo realices en un entorno más controlado.

Sin embargo, había estado practicando los movimientos y pronunciación de los mismos con un simple palo. Si bien le indicaron que realizaría una serie de exámenes cuando fuese allí. Lo que sí descubrió que no se le daba mal del todo era la elaboración de pociones. No había realizado ningún estropicio y era la asignatura que más avanzada llevaba por el momento, seguido de historia de la magia y herbología. En esas asignaturas ya había avanzado algo con el temario de cuarto curso.

El día anterior a su partida, había ido a visitarla Graciela para desearle lo mejor y explicarle alguna que otra cosilla antes de su viaje. Le dio un billete de autobús que debía de tomar en la estación de autobuses de Santiago de Compostela. Lo guardó sin apenas mirarlo y le dio las gracias por la ayuda recibida. Mientras esa noche preparaba todo se iba sintiendo cada vez más alicaída. Sus padres mostraban una expresión serena, pero Brigit no sabía que era sólo para confortarla o de verdad les parecía bien aquel asunto.

Aquella noche apenas pudo dormir.

Mientras su padre le llevaba a la estación no pronunció una sola palabra. A medida que se iba a acercando a su destino, el corazón le latía con más fuerza en el pecho y más deprimida se sentía. Cuando llegaron su padre le ayudó a poner todas sus bolsas y maletas en un carrito. Tanto Graciela como Rodrigo le insistieron en llevarlo todo en un baúl, pero a ella le daba vergüenza ir con eso paseándose por la estación. Se despidió de su padre, pues tenía que ir a la universidad a preparar papeleo por el inicio del nuevo curso.

-Que tengas un buen viaje cariño.- le dijo con voz emocionada mientras la abrazaba y le besaba la coronilla.

-Gracias papá. Estaremos en contacto.- le respondió intentando contener las lágrimas.

Y tras despedirse, con el corazón en la garganta, sacó el billete para ver al andén que debía dirigirse. Frunció el ceño de inmediato. Aquello debía de ser un error pues en el billete se indicaba: TrasnoBus destino Huestantiqua. Salida Andén 0. Debía tratarse de una errata en la impresión del billete. Estuvo a punto de preguntarle a un operario de la estación pero se contuvo a tiempo. "¿Qué voy a decirle?", pensó abatida, "Disculpe señor, creo que mi billete está mal. ¿Sabe dónde puedo coger el bus a la escuela de magia y hechicería?". Sí, sin duda era lo mejor que podía hacer... si quería que se riera en su cara, claro está. Empezó a dar vueltas por la estación, intentado ver cualquier cosa que le resultase sospechosa o mágica. Tras varios minutos dando vueltas sin resultado, se sentó en una silla con un suspiro exasperado. Miró la hora en el móvil y faltaban 20 minutos para la salida. Sintió un ataque de pánico y el corazón le dio un vuelco. ¿Qué iba a hacer? No sabía hacia dónde dirigirse y no tenía a nadie a quien preguntar. Justo cuando estaba a punto de llamar a su padre para que volviera a recogerla se fijó en una familia que tenía una vestimenta particular. Eran un hombre y una mujer con tres niños de distintas edades, todos ellos con sendos carros en los que transportaban pesados baúles y algunas pequeñas maletas de viaje. Pero lo que terminó por activar el resorte de Brigit fue que uno de los niños llevaba sobre el baúl una jaula con una lechuza de campanario.

Rauda y veloz se levantó de su asiento para seguir a aquella familia tan rápido como le permitía su propio carro. Les siguió por la estación con el corazón en un puño. "¿Y si me equivoco?", pensó por un momento sobresaltada. Estaba a punto de desistir debido a sus dudas cuando de pronto oyó a la madre con voz severa:

-Desde luego... ¡mira que sois desastre! Como perdáis el autobús vamos a tener que dar un buen rodeo para llevaros a Huestantiqua. Y yo tengo una reunión importante en la sede central del Ministerio de Magia.

-Jo, perdona mami.- dijo el niño más pequeño- Es que estaba tan emocionado que anoche apenas pude dormir y claro...

-No quiero excusas. Siempre estáis con lo mismo... todos.- espetó la madre mirando a sus tres hijos y a su marido. El hombre suspiró y, de pronto, echó la vista atrás viendo a Brigit corriendo tras ellos.

-¿A ti también se te han quedado pegadas las sábanas?- le dijo con una sonrisa- ¡Corre! El TrasnoBus no espera a nadie.

Con un suspiro de alivio, Brigit le devolvió la sonrisa. Les siguió hasta una zona poco transitada de la estación, pasados los andenes de autobuses, y fueron directos a una pared. Brigit estuvo a punto de gritarles que tuvieran cuidado cuando les vio desaparecer por la misma. Sin querer darse tiempo a ella misma para razonar, se fue directa hacia la pared también. Si bien cerró fuertemente los ojos en cuanto lo hizo, esperando un impacto que nunca llegó. En cuanto abrió los ojos, no pudo contener una exclamación de sorpresa al ver un andén en el que había un largo autobús de color rojo y marrón con cristales tintados en negro. Había unos enormes dibujos de unos trasnos[1] que sacaban la lengua y hacían burla a todo el mundo.

-¡Date prisa o te quedarás en tierra!- oyó gritar jocoso al hombre de antes.

Brigit se espabiló en ese momento y corrió hacia donde estaba aquella familia. Estaban dejando los carros en una zona delimitada de color marrón y, nada más depositarlos ahí, sus pertenencias empezaban a levitar camino al compartimento para maletas.

-No olvidéis coger la maleta con el uniforme.- recordó la madre con gesto serio- Recordad que tenéis que tener el uniforme puesto antes de llegar a la escuela.

Brigit no podía creer la buena suerte que había tenido. Rápidamente ella también cogió una pequeña bolsa donde había guardado el uniforme (por recomendación de Graciela), y dejó el carro en la zona marrón. Se dirigió enseguida al bus, girándose de manera inconsciente hacia la familia. El hombre le hizo un guiño de despedida. En cuanto entró, aunque sabía que debía dejar de hacerlo, se sorprendió enormemente al ver que por dentro era mucho mayor. Casi parecía el vagón de un tren. Si bien era un vagón con tres pisos de altura. Fue recorriendo con nerviosismo por el autobús en busca de un compartimento en el que hubiera un espacio. La mayoría de ellos estaban ya llenos, o casi, y se oía mucho bullicio y risas por el lugar. Brigit no se sentía cómoda con la idea de meterse en un compartimento con gente que no conocía, en especial porque en varias ocasiones hubo varias personas que se levantaron al verla. La miraban mientras pasaba descaradamente y cuchicheaban sin parar. Eso no alivió la incomodidad que sentía, sino más bien al contrario. Al subir al segundo piso, por azar y para su gran alivio, encontró un compartimento vacío y se metió dentro. Poco después el autobús se puso en marcha. El viaje se le hizo eterno. Por suerte o por desgracia, nadie más entró en aquel compartimiento. Por lo que Brigit pasó el viaje completamente sola.

Bueno, eso no era del todo correcto.

Muchos alumnos pasaron por allí, como queriendo disimular (algunos mejor y otros peor), sólo para verla. Como aquel que va al zoo a ver a algún animal exótico. Muchos pasaban y cotilleaban entre ellos o se reían por lo bajo. Brigit maldijo su suerte y al maldito que publicara la noticia por la cual ella ahora era la comidilla de aquel autobús. No supo cuánto tiempo duró aquel viaje y tampoco le interesaba comprobarlo. Tan sólo quería que acabara lo antes posible para acabar con aquel suplicio. Sólo fue consciente de un par de momentos en los que se hicieron paradas en las cuales oyó subirse a más alumnos. En un momento dado apareció una mujer mayor preguntando si quería comprar alguna golosina o tentempié del carrito, pero ella tenía el estómago cerrado. Intentó distraerse mirando el paisaje por la ventana, si bien no sirvió de mucho. Aquel vehículo iba a una velocidad imposible, apenas era capaz de ver al resto de coches que había en la carretera. Y éstos tampoco parecían verlos a ellos. El bus se movía de un modo muy extraño, esquivando los coches como si de una moto se tratase. Al cabo de un rato, Brigit decidió intentar echar una cabezada. No consiguió dormirse pero al menos llevaba un rato sin oír a más gente pasar por allí.

Al abrir los ojos notó un giro brusco del vehículo y salieron de la carretera para meterse en un camino escarpado. Una espesa niebla cubría el lugar y apenas era capaz de ver que había frente a sus narices. Se sintió bastante preocupada, pero el bus se movía con seguridad y sin moverse más de lo debido. Al cabo de un rato, sencillamente lo ignoró. De pronto se oyó una voz por todos los pisos:

-Nos acercamos a nuestro destino. Por favor, id poniéndoos vuestros uniformes. Gracias.

En ese momento, se corrieron las cortinas del compartimento. "Muy cívicos", pensó Brigit mientras ponía los ojos en blanco. Tras unos minutos el bus se detuvo pero ella, a pesar de estar cambiada, no quiso salir del vagón hasta que dejó de escuchar voces. Y aún y todo, antes de salir miró con cautela que no hubiera nadie. Con un suspiro de alivio se encaminó con paso ligero a la salida.

-¿Pero se puede saber qué haces todavía aquí?- oyó de pronto a su espalda.

Dando un brinco y un pequeño grito se dio la vuelta para ver quién era. Era un hombre mayor de pelo marrón oscuro con una pronunciada entrada, espesa barba con abundancia de canas, cejas pobladas y ojos marrones. Tenía marcadas arrugas, especialmente en la frente. Vestía una túnica sencilla de color gris oscuro. A pesar de su aspecto y forma de hablar algo ruda, Brigit podía ver en sus ojos un brillo cálido y bonachón. Hablaba con un acento que le había parecido vasco debido al pronunciado seseo.

-Bueno neskatxa[2], ¿es que quieres llegar tarde? ¡Venga! ¡Vamos que nos quedamos atrás!

Antes de que pudiera decir nada el hombre casi la empujó fuera con rapidez. Una vez salieron vio, a través de la tenue bruma, que se encontraba en una especie de prado rocoso en el que apenas había algunas briznas de césped. Estaban cerca del mar pues oía claramente el rumor de las olas y el viento que se había levantado le traía el inconfundible olor salado. Era incapaz de saber qué hora era, pues aquella extraña niebla parecía cubrir todo como un manto. "¿Será alguna clase de hechizo de ocultación?", se preguntó. Ya no se veía a nadie allí, por lo que dedujo que ya estaban camino a la escuela. Aquel hombre avanzó con paso decidido al frente subiendo una pequeña, pero pronunciada, colina y Brigit le siguió a trote en seguida. Sin embargo, se paró en seco al llegar a la cima. El viento se hizo más fuerte y deseó haberse hecho una coleta pues el pelo volaba frente a su cara con total libre albedrío. Contuvo el aliento al ver el paisaje que se extendía ante ella. ¡Estaban en un acantilado!

La bruma se dispersó un poco, como si quisiera que prestara gran atención al lugar en que se encontraba. Frente a ella se extendía majestuoso el océano Atlántico, con sus potentes olas golpeando la roca del acantilado en el cual se encontraban. La inmensidad del mar era sobrecogedora y el acantilado parecía totalmente vertical y de una altura considerable. Ni se sentía capaz de mirar abajo. Miró a su inesperado acompañante con clara expresión de confusión. ¿Qué se suponía que hacían allí? Entonces, como si leyera sus pensamientos, el hombre se giró y le miró. Puso una mano sobre su hombro y dijo:

-Bueno neskatxa, aunque seguro que lo esperas, sé quién eres. Sé que es la primera vez que vienes aquí y seguro que te sientes desorientada.

-Lo cierto es que sí.- casi susurró la joven.

-Pues bien, ahora sólo te pido que te relajes... y des un salto de fe.

Antes de que pudiera preguntar nada, el hombre la empujó hacia delante. Directa hacia el abismo. A pesar de todo, ni tan siquiera le dio tiempo a gritar porque se sintió en seguida sobre una superficie sólida. Todavía con el corazón en un puño, miró hacia el hombre quien a pesar de su gesto serio tenía una chispa de diversión en los ojos. Brigit intentó centrarse y vio que estaba sobre una roca que bajaba lentamente por el acantilado. El viento ni tan siquiera la movía, bajaba lenta pero segura. Miró al hombre echando chispas por los ojos. A decir verdad no sabía ni quién era y no le importaba, por su mente sólo pasaba el deseo de hacerle lo mismo a él. Pero se calló y decidió razonar. No sabía cómo llegar a la escuela y no había nadie más a la vista, así que tendría que conformarse con don Haré-que-te-salga-el-corazón-del-pecho. Estuvieron bastante más rato bajando del que suponía que tardarían en llegar a la parte baja del acantilado, pero tampoco es que la recién espesada bruma le dejara ver mucho más allá de sus narices. Pero aquella roca iba bajando y girando con seguridad, como si estuviera preprogramada. Tras unos instantes, la roca se paró en un camino de piedra a orillas del mar justo frente a la entrada de una cueva submarina. Justo a la entrada había una especie de carruaje.

Aunque estaban frente al mar abierto, las olas golpeaban contra una especie de muro invisible dejando a las personas que pasaban por allí vía libre para andar tranquilas. El mago se subió al carruaje e indicó a Brigit que lo siguiera. Con suma reticencia y mirándolo con recelo, se subió y se sentó a su lado. El carruaje entonces se adentró en la cueva. No veía qué era lo que tiraba del mismo, pero no estaba segura de querer saberlo. En poco tiempo alcanzaron al resto de carruajes. Dentro de aquellas grutas había una iluminación tenue, seguramente algún hechizo que hiciera fluorescente las rocas o algo por el estilo. Brigit miraba con curiosidad a su alrededor. Le pareció notar en ocasiones sombras fugaces moverse por entre las rocas, o ver extraños movimientos en el agua. Viajaron durante largo tiempo por una extensa serie de grutas submarinas. No veía el fin del trayecto. De pronto, empezó a oír gritos de júbilo y sorpresa a lo lejos. Supuso que ya estarían cerca de la salida. "Por fin.", pensó aliviada. Tras girar una esquina vio la salida de la cueva. Salieron a una especie de gran lago en el cual los carruajes se iban extendiendo para acceder a los muelles que se veían a lo lejos. El sol ya casi se había puesto y algunas estrellas ya empezaban a iluminar el cielo. Brigit contuvo el aliento en cuanto salió de la cueva, completamente maravillada.

-Bienvenida a Huestantiqua, neskatxa.- dijo el mago con solemnidad.


[1] Ser mitológico gallego que, según la tradición, habita en el hogar y se dedica a gastar bromas pesadas.

[2] Palabra en vaso o euskera que significa "chiquilla", "niña", "jovencita" o "muchacha".