CAPÍTULO 5: CEREMONIA DE SELECCIÓN

Brigit se quedó boquiabierta al contemplar el paisaje que tenía delante de sus ojos. Frente a ella se hallaba, rodeado de altas montañas casi en su totalidad, un valle con una península rocosa rodeada de altas murallas por todos los lados que daban a la marisma que estaba cruzando en ese momento, la cual encontraba en pleamar. En el centro de la misma se alzaba orgulloso e imponente un castillo como los que eran descritos en los cuentos de hadas... con sus torres, sus almenas y murallas altas. El castillo, iluminado por las últimas luces del atardecer, parecía predominantemente de estilo románico español, delatado principalmente por sus arcos de medio punto y sutiles influjos islámicos. Si bien parecía tener una mezcla de distintos estilos arquitectónicos de entre los siglos XI y XII, presumiblemente por el tiempo necesario para consumar su construcción. Brigit giró su vista a la derecha donde se encontraba el río que se unía con esa especie de lago de agua salada. Siguiendo su curso, vio que éste se adentraba en un espeso bosque de altos árboles centenarios que llenaba el hueco que dejaba la cordillera de montañas que rodeaban aquel valle.

Todo parecía sacado de un lugar de ensueño, de esos que solamente existían en las películas y en los libros. Mientras volvía a enfocar su vista en aquel imponente castillo de altas torres, todo iba pareciendo más irreal. Los carruajes acuáticos se fueron acercando a los muelles, a los pies de la impresionante muralla que protegía el castillo de las aguas. El profesor, el cual no había vuelto a hablar desde que la lanzara al abismo, desembarcó tan pronto estuvieron en la pasarela de madera. Se giró a ella con una media sonrisa y le tendió la mano para ayudarle a salir. Ella aceptó y se dejó guiar hasta las escaleras de piedra que subían hasta el castillo, la cuales se encontraban al final del embarcadero. Algunos alumnos de túnicas negras se arremolinaban a un lado junto a una mujer de mediana edad bastante alta de pelo rubio, que tenía recogido en una coleta de aspecto improvisado, y de profundos ojos grises. Se giró nada más verles acercarse y sonrió con amabilidad al profesor recién llegado.

-Gran maese Artefi, me alegro de volver a verle.- lo saludó. Dirigió entonces su plateada mirada hacia Brigit- Le agradezco que se haya hecho cargo de la nueva alumna.

-Aúpa, maese Sánchez.- devolvió desenfadado el saludo- No ha sido nada. Le vi algo perdida e imaginé que necesitaría una ayudita.

-Se lo agradezco.- dijo amablemente y sonrió a la joven- Señorita Castro, haga el favor de unirse al grupo. Procederemos a subir en breve.

Con un asentimiento, el profesor Artefi se despidió y procedió a subir por las escaleras de piedra rumbo a la muralla. Brigit se quedó junto al grupo de alumnos, por cuyo aspecto y vestimenta dedujo que serían los nuevos alumnos de primer curso. Aunque trató de ignorarlo, le resultaba casi imposible hacer oídos sordos a los cuchicheos del grupo y del resto de alumnos rezagados que iban subiendo por las escaleras. Tan sólo deseaba que todo acabase cuanto antes y hacer su mejor esfuerzo por pasar desapercibida de ahora en adelante. Tras unos minutos de espera, cuando todos los alumnos mayores se hubieron marchado y las primeras estrellas comenzaban a brillar en el firmamento, la profesora Sánchez les indicó con un gesto que la siguieran.

Comenzaron la subida hacia la muralla, cuya cima debía de estar unos 70 metros por encima del nivel del mar. Al llegar arriba dieron con un puente de piedra, el cual daba a una enorme puerta de entrada de característico arco apuntado del arte románico. Desde allí podía ver con mayor claridad las cuatro robustas torres que unían las murallas del castillo, así como tres torres interiores más bajas que sus homónimas exteriores. Mientras caminaban por el puente, miró hacia abajo esperando ver un foso entre el castillo y la muralla que los protegía de la crecida del mar, pero a su alrededor lo que vio fue un pequeño pueblo con algunas viviendas de piedras esparcidas por las empinadas calles. Daba un aspecto de ciudad-fuerte de la época medieval: callejuelas de piedra, casas de robustas paredes, cuestas imposibles camino de la cima del monte donde se alzaba majestuoso el castillo...

-Ahí es donde viven la mayoría de docentes y personal de la escuela.- dijo una voz de pronto en su oído, sobresaltándola.

Se giró para ver cómo la profesora Sánchez le sonreía con amabilidad. Ese gesto hacía que algunas arrugas se arremolinaran alrededor de sus profundos ojos grises. Mientras avanzaba junto a ella quiso aprovechar para preguntar más cosas pero no se sentía cómoda relacionándose con gente que no conocía. Rara era la vez que hacía una excepción, como le sucedió con Graciela. La mujer pareció darse cuenta de ese detalle por lo que continuó su relato.

-Originalmente el pueblo no existía,- le explicó- se construyó a medida que el colegio se fue expandiendo. Al principio se construyó únicamente sobre este monte rocoso la muralla con las cuatro torres que conforman el colegio hacia finales del siglo XI.

Brigit la miró con curiosidad y asintió, internamente satisfecha por haber sabido reconocer la época de construcción de la escuela gracias a los detalles arquitectónicos de la misma.

-El periodo de construcción terminó a inicios del siglo siguiente. Sin embargo, con el paso del tiempo, se inició la construcción de casas para alojar a los profesores y el resto del personal.

-¿Acaso no había suficiente espacio dentro de la escuela?- se atrevió a preguntar Brigit tímidamente. La profesora Sánchez le sonrió, satisfecha porque le hablara.

-En realidad sí.- admitió- De hecho, hay profesores que viven dentro del castillo. Pero muchos otros prefieren tener su propia vivienda donde desconectar un poco de sus quehaceres diarios allí dentro. No es que sean gran cosa,- confesó encogiéndose de hombros- pero esas casitas de piedra la verdad es que tienen su encanto.

Mientras decía eso, ya se encontraban pasando al castillo por ese portalón de al menos 3 metros de alto. Pasaron al interior de una amplia sala con un techo de gran altura, la cual contaba con amplias columnas cuidadosamente talladas. Siguieron a la profesora por el pasillo que se encontraba a su derecha, al cual se accedía a través de un arco de herradura típico del arte mudéjar enmarcado con un alfiz y dovelas cuidadosamente decoradas. Fueron avanzando a buen ritmo por los pasillos en los cuales había unas cuantas puertas que Brigit dedujo que serían las aulas. En un momento dado, giraron hacia un pasillo a su izquierda. Se oyeron varias exclamaciones de sorpresa. A su izquierda había una serie de arcos peraltados, con columnas de piedra pulida con impostas que tenían árboles de la vida tallados. Pero lo que sorprendió a los nuevos alumnos fue que, a través de dichos arcos, se hallaba un amplio patio de cuidados jardines. En el centro del mismo se alzaba un avellano de unos 7 metros de altura, cuyas hojas comenzaban a amarillear debido a la cercanía del otoño. Justo tras el árbol se alzaba una de las torres interiores y se podían también ver los muros de las otras dos, las tres formaban un triángulo perfectamente equidistante en cuyo centro se hallaba el avellano. Casi parecía como si su posición se hubiese estudiado al milímetro, como si aquel árbol fuese el eje central sobre el cual se construyó el edificio. Siguieron avanzando hacia una de las torres y, a medida que se acercaban, se iba escuchando cada vez más barullo.

Llegaron a la puerta de acceso a la torre, la cual estaba cerrada, aunque se podía oír un gran ajetreo dentro de la sala. El corazón de Brigit iba a mil por hora y notaba que su respiración se hacía cada vez más apresurada. No quería entrar allí pues sabía que, nada más lo hiciera, todas las miradas y murmullos volverían a estar centradas en ella. Aunque había estado todo el viaje y el rato de espera en el muelle con un rictus de indiferencia, por dentro sólo sentía unas ganas irrefrenables de salir corriendo. El resto de alumnos, por el contrario, se los veía nerviosos pero visiblemente emocionados. La profesora Sánchez se puso frente al grupo reclamando su atención para comenzar a hablar.

-Bienvenidos, alumnos.- comenzó con una leve sonrisa- En breves momentos atravesarán estas puertas en las cuales se halla el comedor principal, popularmente conocido como la Bóveda. En seguida sabrán el por qué.

Hubo gran revuelo y murmullos entre los alumnos. Todos tenían ganas de abrir inmediatamente aquella puerta para verlo por ellos mismos. La profesora alzó la mano pidiendo silencio.

-Nada más se abran las puertas,- prosiguió una vez se callaron- me seguirán hasta el atrio central donde se encuentra la Esfera de Selección. Se trata de una gran bola de cristal, la cual les indicará la casa a la que pertenecen.

Brigit tragó saliva y notó sudores fríos recorriendo su espalda. La pequeña parte de ella que aún imaginaba que despertaría pensando que todo había sido un sueño iba desapareciendo poco a poco. En cuanto subiese al atrio, todo se volvería realidad.

-Cuando les llamen, deberán subir al atrio y poner sus manos sobre la esfera.- continuó explicando- Al cabo de unos segundos ésta se iluminará indicando los colores de su casa, por lo que deberán acudir a su mesa con el resto de compañeros.

-Disculpe profesora,- llamó un niño de pelo oscuro tímidamente, al que Brigit reconoció como el pequeño de la familia a la que siguió por la estación esa mañana- ¿cómo sabremos cuál es nuestra mesa?

-No deben preocuparse por eso.- le tranquilizó- Aparte de los gritos de júbilo que suele acompañar la selección, justo sobre las mesas están los colores de la casa.

Hubo varios suspiros de alivio entre los alumnos y varios comenzaron a hablar alegremente, pero la profesora Sánchez no había terminado de hablar. Les miró con gesto severo y éstos se callaron de inmediato.

-Lo último que quiero explicarles es que, como venimos haciendo desde hace ya unos cuantos años, al final del curso entregaremos la Copa de las Casas. Sus triunfos serán puntos para su casa, mientras que cualquier infracción será penalizada con la extracción de los mismos. A final del curso, la casa que obtenga más puntos será la ganadora.

La profesora, ya habiendo concluido de explicar todo cuanto quería, les indicó entonces que esperaran y entró en el comedor. Los minutos se le hicieron eternos a Brigit mientras esperaba que volviera. Cuando lo hizo, dio unas últimas instrucciones y las puertas se abrieron de par en par. Brigit ahogó una exclamación de asombro. "Así que por eso se llama la Bóveda.", dijo para sí. Al mirar al altísimo techo de al menos 10 metros, vislumbró una bóveda de crucería compuesta por unos arcos que constituían el armazón y unos plementos de mampostería entre los mismos. Entraron en una amplia sala redonda en cuyo centro, justo bajo el punto en el que se unían los cuatro arcos de la bóveda, se encontraba lo que Brigit supuso que sería el atrio central. Se trataba de una plataforma redonda de piedra, a la cual se accedía mediante unos escalones de piedra y sobre la que había una mesa semicircular de madera robusta en la que había varios adultos sentados. Vio al profesor Artefi entre ellos, por lo que supuso que sería la mesa de los profesores. A ambos lados del atrio, como rodeándolo, había seis mesas redondas en las que estaban sentados los estudiantes. Tal y como dijo la profesora, sobre cada mesa había un color de techo diferente que coincidía con el color de las túnicas de los alumnos.

Avanzaron en silencio siguiendo a la profesora Sánchez por el pasillo central camino al atrio que se encontraba justo frente a ellos. A medida que andaba Brigit notaba muchas miradas, murmullos y risas. Siguió mirando al frente con la mejor expresión fría que pudo componer, aunque le costó horrores hacer caso omiso. Cuando estuvieron todos frente al atrio la profesora se giró y le guiñó un ojo discretamente a Brigit. Aunque no lo mostró debido a los nervios, se sintió muy agradecida por el gesto. La profesora subió y se sentó en un sitio vacío junto al profesor Artefi y otro profesor que tenía una expresión estoica. Nada más se sentó la profesora Sánchez, una mujer que se encontraba sentada en el centro mismo de la mesa se alzó lentamente. Inmediatamente, como un resorte, todas las voces de la Bóveda se apagaron. La mujer que debía rondar los 40 tenía un gesto serio y estricto. Sus finos labios componían una línea recta en su rostro, sin mostrar siquiera el asomo de una sonrisa. Llevaba su pelo, negro como la noche, recogido en un perfecto moño alto en el que ni un solo pelo estaba fuera de su sitio. Ese color de pelo tan oscuro hacía un enorme contraste con su piel tan pálida. Sus ojos de color avellana eran fríos y distantes. Era muy alta, seguramente alrededor de 1,80 metros o más, y vestía una sencilla y sobria túnica de color negro. Dirigió una mirada escrutadora al grupo de nuevos alumnos, varios de los cuales temblaron imperceptiblemente.

-Bienvenidos a Huestantiqua.- proclamó con voz clara y serena- Me presento para aquellos alumnos que hoy se incorporan: soy la directora Dorotea Moura Silva. El banquete de inicio de año se celebrará en seguida, pero antes deberán ser seleccionados para sus casas. Esta ceremonia es muy significativa puesto que pasarán el curso sobre todo con sus compañeros de casa. Como imagino que saben, hay 6 casas: Ataecina, Basajaun, Ifrit, Moura, Nixe y Oricuerno.

A medida que la directora iba diciendo cada uno de los nombres de las casas, se oían vítores de diversa intensidad en función de lo "atrevida" que era la casa para alzar la voz. En concreto los de la casa Oricuerno, situados en la mesa del fondo a la derecha, se ganaron una severa mirada reprobatoria de la directora.

-En breve se iniciará la ceremonia de selección, donde serán elegidos para sus casas. Debo anunciar a los alumnos de primer año, y recordar a los demás, que el acceso al bosque está restringido a ciertas áreas en función del curso y, bajo ningún concepto, puede adentrarse en éste de noche. Tampoco está permitido ir a las montañas ni adentrarse en las grutas marinas sin la compañía de un profesor. Por último, sólo me queda desearles suerte en sus estudios y que tengan una agradable cena de bienvenida.

Mientras la directora volvía a sentarse en su asiento, la Bóveda prorrumpía a aplausos y vítores que se fueron apagando a medida que el profesor Artefi se levantaba e iba acercando al centro del atrio. Con un tosco movimiento de varita, seguido de una nube blanquecina que se evaporó casi al instante, apareció en medio del atrio una enorme bola de cristal. Ésta estaba soportada por una estructura de hierro negro cuyas patas recordaban a las ramas de un árbol.

-A ver chavalería,- dijo informalmente con ese acento vasco tan marcado, ganándose una mirada severa de la directora y otros profesores- en cuanto os llame os venís acercando para poner esas hankas[1] en la bola esta.- se oyeron varias risas sofocadas en la sala- Cuando cambie de color id a sentaros con vuestros compañeros, pero sin montar mucha buila[2] ¿eh? Ya tendréis tiempo luego para fiestas. Bueno, empezamos... ¡Brigit Castro Loch!

El corazón de Brigit dio un vuelco. ¿No se suponía que iban a llamarlos en orden alfabético? No se sentía preparada para eso. Sentía todos los ojos puestos en ella y de nuevo comenzaban los murmullos. Armándose de valor, tragó saliva y subió por los escalones hacia la esfera. Mantuvo la mirada serena mientras avanzaba. El profesor Artefi se situó a su lado y le susurró:

-He pedido que me dejen llamarte la primera para que pases cuanto antes el mal rato, neskatxa.

Sorprendida con su condescendía, le dedicó una leve sonrisa de agradecimiento. Tomó una profunda bocanada de aire y puso sus manos sobre la bola. En cuanto lo hizo, una neblina grisácea se expandió en el interior de la misma. Sin embargo, apenas unos segundos más tarde su color cambió a un verde esmeralda con algunas vetas plateadas.

-¡Casa Moura!- declaró el profesor.

Tras el anuncio no se produjeron los gritos de júbilo que dijo la profesora. Sólo se escucharon unos tímidos aplausos, la inmensa mayoría procedentes de la casa Oricuerno y sólo unos pocos de su propia casa. Sintiéndose un tanto incómoda por el "recibimiento", la joven se encaminó hacia las escaleras para dirigirse a su mesa. Ésta se encontraba bastante cerca del atrio, era la mesa del fondo a la izquierda en paralelo con la mesa de la casa Oricuerno. Intentó mostrar la mayor resolución posible pero, a medida que se acercaba, por su mente sólo pasaba un pensamiento. "¿Dónde voy a sentarme?", se repetía. No veía rostros demasiado amigables y temía que no le miraran bien al intentar sentarse a su lado. Afortunadamente, esas cavilaciones pronto abandonaron su mente. En uno de los laterales de la mesa se alzó una chica y movió los brazos enérgicamente mientras le sonreía, indicando que se acercase. Con cierta cautela, pues no se fiaba después de lo que le había pasado durante todo el día, se fue acercando. Cuando estuvo a su lado, una sonrisa iluminó sus grandes y claros ojos castaños. Tenía una cara ovalada y fina, de piel casi tan clara como la suya propia. Su pelo era corto y liso de color rubio oscuro. Era un poco más alta que ella y parecía de su misma edad. Con cierta desconfianza, Brigit le devolvió la sonrisa a modo de saludo.

-¡Hola! ¡Bienvenida!- la saludó con entusiasmo- Yo soy Caterina, ¡encantada!- le tendió su mano y ella, con cierta renuencia, se la estrechó.

-Brigit, encantada.- respondió simplemente.

-¡No seas tímida! Siéntate aquí a mi lado. Si tienes cualquier pregunta o hay algo que quieras saber, no dudes y dispara. Pero cuando termine la ceremonia sino recibiremos un buen tirón de orejas de los estirados delegados.- le dijo guiñándole un ojo.

Justo a su derecha un chico soltó un resoplido. Ella asintió y se sentó a su lado, bastante aliviada de que alguien se mostrara dispuesto a echarle un cable. Mientras tanto, oyó de nuevo gritar al profesor: ¡Casa Nixe!, dijo en aquella ocasión y ahora, a diferencia de su anuncio, la sala prorrumpió en aplausos. En especial la mesa de la zona izquierda más cercana a la puerta, la cual supuso que se trataba de la casa en cuestión. Una vez sentada, se fijó mejor en el chico sentado a la derecha de Caterina. Parecía su clon sólo que sus ojos eran de un tono marrón verdoso y no parecía tan alegre y desenfadado como ella. Además, a juzgar por el bufido anterior, era fácil deducir que se estaba refiriendo a él. Caterina siguió su mirada y sonrió. Se acercó a su oído para susurrarle:

-Es mi hermano mellizo, se llama Ismael.

Ella asintió aunque no se presentó pues éste ni tan siquiera le miraba. Parecía estar muy concentrado vigilando que todo el mundo se comportase como es debido. La ceremonia siguió su curso, con gritos y celebraciones de distinta intensidad según la casa mentada. A ratos le daba la impresión de que hubiese alguna especie de competición para ver quiénes eran los que más escándalo montaban. En un momento dado, cuando ya no quedaban más que unos pocos alumnos esperando su turno para ser seleccionados, vio de nuevo al niño de esa mañana subiendo al atrio. Cuando éste la vio, le dedicó una sonrisa nerviosa pero entusiasta. Se colocó frente a la esfera y posó sus manos en ésta. Al cabo de unos segundos, la neblina gris del interior cambió su color a morado con franjas marfil.

-¡Casa Oricuerno!- anunció el profesor Artefi.

En seguida, la mesa de dicha casa profirió una gran cantidad de gritos y aplausos. El niño suspiró aliviado, haciendo que Brigit frunciera el ceño con extrañeza. Según le había explicado Graciela y de acuerdo a lo que había leído en el libro de la historia de la escuela, el proceso de selección se basaba en el pueblo de origen del alumno. Aún le parecía terrible ese tipo de selección, por más que comprendiera la lógica tras las explicaciones recibidas. Por tanto, si sabías a qué casa iban tus familiares era de suponer que esa sería tu casa. Sin embargo, mientras veía al niño dirigirse a su mesa se fijó que ahí sólo estaba uno de sus hermanos. No había rastro del mayor por ninguna parte. Frunció aún más el ceño. ¿Cómo era eso posible? Caterina se fijó en que seguía con su mirada al niño, mientras ella intentaba encontrar en esa mesa al hermano mayor. Debió deducir sus pensamientos porque, mientras el siguiente niño tomaba posición frente a la esfera, murmuró:

-No le vas a encontrar ahí.

-¿Cómo?- respondió ella también susurrando.

-Los dos hermanos mayores son de relaciones anteriores de sus padres.- le explicó- Por eso el mayor no está en la casa Oricuerno como los otros dos.- señaló con la cabeza a la mesa cercana a la puerta de la zona derecha- Está en la casa Basajaun, es el delegado.

-Ah, vale comprendo. Tiene sentido.- admitió.

-Muchas veces el saber la casa de tus familiares sirve de poco. Lo tienes que tener en cuenta, sin duda. Pero incluso así, a veces hay sorpresas...

Se detuvo antes de formular la pregunta porque sintió la mirada de Ismael clavada en ellas. Sin cruzar una palabra las mandó callar. Vio que Caterina decía luego con los labios. Así que contuvo su curiosidad y volvió a centrar su atención en la ceremonia. Unos pocos minutos más tarde, el último alumno fue llamado a subir al atrio. Su cabellera caoba oscura de espesos rizos, muy similar a los suyos, parecía despeinada y rebelde. Con cierto temor se puso delante de la esfera, no parecía muy convencido de querer tocarla. Miró con poco disimulo hacia su mesa, buscando a alguien con la mirada. El profesor Artefi carraspeó, sobresaltando al pobre niño. Tras tomar una profunda bocanada de aire, puso sus manos en la esfera. En breves instantes su color se tornó verde esmeralda y plateado.

-¡Casa Moura!- proclamó el profesor.

Y con esa última selección, giró de nuevo su varita y la enorme esfera desapareció tras una nube de humo blanco. En medio de los aplausos de la sala, el niño fue casi corriendo hasta la mesa para ponerse al lado de una chica de más o menos su edad. A su lado había otro chico un poco menor que ésta, el niño se sentó en medio de los dos. Viéndolos a los tres justos, parecían fotocopias. Era evidente que eran hermanos. En ese momento, los vítores se fueron apagando pues la directora volvía a levantarse de su asiento.

-Enhorabuena, alumnos, por haber concluido esta primera experiencia que marca el inicio de vuestra nueva vida académica. Vuestra andadura en esta casa está por dar comienzo.- anunció casi sin atisbo de emoción- Que dé comienzo, pues, el banquete.

Tan pronto como pronunció esas palabras, antes siquiera de que volviera a tomar asiento, una horda de suculentos alimentos apareció repentinamente en todas las mesas. Brigit, en aquella ocasión, no pudo evitar abrir la boca de la impresión. Frente a ella había una gran cantidad de platos que tenían un aspecto realmente apetitoso. Todo el mundo en la mesa comenzó a servirse y a devorar con avidez. Ella, viendo la glotonería del resto de compañeros, se sirvió un asado que tenía cerca y unas patatas. Justo a su lado, vio una jarra de lo que parecía cerveza de mantequilla así que rápidamente se sirvió un poco en su vaso. Acertó. Estaba cogiéndole el gusto a aquella bebida. Se pasó toda la cena hablando con Caterina. Bueno, realmente ella fue quien habló principalmente. Pero, gracias a eso, pudo ir enterándose mejor del reglamento de la escuela y las clases.

-Entonces, ¿cómo es eso de que cada casa tiene que asistir sólo a ciertas clases?- le preguntó Brigit mientras se servía una generosa ración de asado.

-Podríamos decir que tiene como base el que cada pueblo tenía distintas "especialidades" en cuanto a usanza de la magia.- le explicó- Algunos destacaban en alquimia, otros en adivinación, etcétera. Por eso, dependiendo de las tradiciones mágicas de nuestro pueblo tomamos unas clases u otras. En algunas ocasiones compartimos clase con otra casa porque su pueblo también se distinguía en determinada área de la magia.

-¿Así que compartiremos clases con otras casas?

-Todas las clases en realidad.- confirmó Caterina.

-¿Todas? ¿Hasta las comunes?- preguntó Brigit sorprendida.

-Sí, por supuesto. No es que sea una escuela tan grande como otras pero no somos pocos alumnos. Si se hiciesen clases por casa los profesores no darían abasto.

-Comprendo. Entonces, ¿cuántas asignaturas tenemos?

-Deja que piense...- dijo mientras fruncía el cejo- En quinto hay 4 asignaturas comunes: Defensa contra las Artes Oscuras, Transformaciones, Historia de la Magia y Encantamientos.- hizo una pausa y tomó un sorbo de su cerveza de mantequilla- Además tenemos las específicas para nuestra casa: Magia celta, Adivinación, Pociones y Herbología. Esas 8 son todas las asignaturas obligatorias que debemos realizar en la casa Moura.- le indicó.

-¿Y alguna de esas las compartimos con otras casas?- quiso saber la pelirroja.

-Pociones y Herbología son obligatorias para la casa Nixe. Así que en esas dos clases estarán todos los alumnos de esa casa, junto con otros alumnos que decidan cursarla también. Se deben escoger 2 o más asignaturas opcionales, entre las que se incluyen las obligatorias para otras casas. Lo más normal es que la mayoría ronde las 10 asignaturas, 11 exagerando.

-Antes de venir aquí me dijeron que tenía el plazo de un mes para escoger las asignaturas opcionales. Que me permitirían ir a las distintas clases para que me pudiera decidir.

-Eso está bien, porque no conoces ninguna.- le dijo Caterina sonriendo- Pero también ten en cuenta que hay otras que son opcionales para todas las casas.

-¿Todavía hay más?- preguntó asombrada.

-Sí.- rio la joven de ojos castaños- Hay otras 4 asignaturas que podemos elegir: Cuidado de Criaturas Mágicas, Estudio de otras Magias Peninsulares, Estudios Muggles y Astronomía.

-¿En serio es necesaria una asignatura para conocer a los no-magos?- inquirió molesta.

Captando su tono molesto y antes de que Caterina pudiera responder, su hermano Ismael posó sus ojos verdosos en ella por primera vez desde que las mandara callar durante la ceremonia. Le pareció curioso pues no le había prestado la más mínima atención en ningún momento.

-Debes tener en cuenta,- le dijo con voz calmada y sosegada- que hay muchos alumnos de familias de magos que no tienen o han tenido relación con los no-magos. Por eso existe esa asignatura, para que puedan conocerlos y comprenderlos.

-¿Y qué tal salir de sus burbujas y relacionarse con ellos?- cuestionó con ironía.

Ismael no contestó. Se limitó a sonreír con cierta sorna y volver a su conversación anterior. Sin embargo, a Brigit le pareció captar un deje de diversión y aprobación en su mirada. "¿Será que opina igual que yo?", se preguntó con curiosidad. Ya casi no quedaba ni una migaja de comida en la mesa, Brigit no recordaba haber comido tanto en la vida. De pronto, toda la comida desapareció para dar paso a platos limpios y una amplia selección de postres. A pesar de lo llena que estaba, no pudo evitar la tentación de coger lo que parecía una bomba sorpresa. Rauda y veloz, cogió una de esas berlinas realmente esperanzada. Cuando el inconfundible sabor a tarta de zanahoria inundó sus sentidos, sintió un enorme regocijo. Satisfecha por aquella dulce sorpresa, decidió seguir su conversación anterior con Caterina:

-¿Y tú qué asignaturas opcionales has escogido?

-Yo he escogido tres, aunque es probable que me acabe por arrepentir... He elegido Cuidado de Criaturas Mágicas, Magia íbera y Magia germana.

-¿Por qué te ibas a arrepentir?- preguntó sin comprender.

-Porque tendré un horario bastante intenso.- dijo poniendo un puchero.

-¿Y por qué no dejas una? ¿Es que te obligan tus padres?

-¡No, no! Nada más lejos.- respondió riendo- Lo que pasa es que dos de ellas me vienen bien por mi orientación profesional y la otra... es que me encantan sus clases.

-¿Las clases de quién?

-De maese Sánchez, es la profesora de Cuidado de Criaturas Mágicas. Además es la jefa de la casa Nixe. ¡Seguro que a ti también te encantarán sus clases!

-Ahora siento curiosidad.- reconoció Brigit con una sonrisa.

El resto de la cena transcurrió alegremente. Gracias al ánimo y amabilidad de Caterina, Brigit se sintió menos sola y hasta cierto punto acogida en su nuevo entorno. Otros alumnos incluso se animaron a presentarse y a hablar un poco con ella. Eso alivió en gran parte el malestar que la había acompañado todo el día. Cuando los restos casi inexistentes de los postres desaparecieron, la directora Moura volvió a levantarse de su asiento. Toda la sala se sumió en el silencio casi de inmediato. Habló con voz clara y firme a todos los presentes:

-Espero hayan disfrutado de la velada junto a sus compañeros. Mañana comenzarán las clases. En sus dormitorios encontrarán sus pertenencias y los horarios.- con estas palabras, los ánimos de la Bóveda decayeron notablemente- Recuerden que está prohibido rondar por el castillo de noche, así que vayan yendo ordenadamente a sus salas comunes. Que los alumnos de primer año esperen a sus delegados. Buenas noches, alumnos.

Todos comenzaron a levantarse y dirigirse a la salida mientras charlaban animadamente. Había algunos alumnos mayores, seguramente los delegados, arremolinándose en las mesas junto a los de primero. Caterina le dijo que fuera con ella puesto que no había necesidad de que se uniera a los nuevos, algo que agradeció. Ya había aguantado bastante ese día. Caterina le indicó que irían a la sala común, donde se encontraban los dormitorios. Ésta se encontraba en el último piso de la torre sudeste, cerca de la torre interior donde se hallaba la Bóveda y del Pórtico Principal. Al pasar por la puerta de acceso a la misma, Brigit se percató de la gran altura de la misma. Ya de lejos parecía inmensa pero estando allí era incluso más consciente de ese hecho. Siguió a Caterina hasta una plataforma de piedra un poco elevada y se subieron, nada más situarse en el centro comenzó a alzarse. "Supongo que esto será lo más parecido a un ascensor que veré aquí", se dijo a sí misma. Sin embargo, no iba hasta la cima de la torre, los últimos pisos debían de subirlos a pie. Tomaron un total de tres plataformas diferentes que se movían zigzagueando por el hueco entre los pisos, evitando otras que subían y bajaban hasta situarse en sus lugares correspondientes a la espera del próximo pasajero.

-Debes aprender a dónde lleva cada plataforma, pues cada una tiene su ruta.- le dijo Caterina al bajarse de la última- O puedes acabar perdida entre los pasillos de las torres.

Al llegar al último piso, siguió a Caterina por un largo pasillo hasta un arco de media punta de unos 2 metros de alto en el que había un cuadro. En él estaban dos ancianos druidas, un hombre y una mujer de blancos y largos cabellos, que se hallaban en medio de un poblado bosque. A su alrededor podían verse una especie de hadas que volaban a su alrededor o se escondían en la vegetación. Al ponerse frente a ellos, el druida comenzó a decir:

-Para esta puerta poder atravesar...

-... a la Doncella Iris debéis hallar.- concluyó la druidesa.

-Está escondida tras el rosal.- indicó tras unos instantes Caterina señalando un cuadro a la derecha del de los druidas.

Brigit se fijó en el cuadro en cuestión donde se podía apreciar, en efecto, un rosal tras el cual había un hada de pelo blanco y tres pares de alas iridiscentes. Con un asentimiento de los druidas, el cuadro hizo a un lado dejando a la vista un pequeño pasillo que daba acceso a una sala. Era un espacio amplio de grandes ventanales, con multitud de sofás y sillones para sentarse cómodamente. También había algunas mesas y una gran chimenea de leña. Había algunos alumnos dispersos, charlando animadamente.

-Vaya, vaya... ¿Pero qué tenemos aquí?- oyó Brigit desdeñosamente a sus espaldas.

Al girarse, vio a un chico alto apoyado como de manera casual en el alféizar de la ventana. Su pelo rubio claro y ondulado estaba perfectamente peinado y sus grandes ojos de color verde intenso hacían que llamase la atención. A pesar de su apariencia atractiva, su expresión despectiva y soberbia le restaba ese atractivo desde la perspectiva de Brigit. Y la mueca burlona que componía no ayudaba al conjunto.

-La gran comidilla del verano ha hecho su aparición.- continuó él mientras componía una mueca de disgusto- Menuda vergüenza para nuestra casa...

-¿Y a ti quién te ha dado vela en este entierro?- se encaró Brigit molesta.

-Vaya, fíjate.- replicó él fingiendo sorpresa- La negada de la magia tiene carácter. Viendo con quien se ha juntado me esperaba otra cosa la verdad.

Eso último lo dijo mirando por encima del hombro a Caterina, quien apartó la mirada dolida y miró al suelo rehusando siquiera replicar. Pero Brigit no estaba dispuesta a permitir que un chulo cualquiera le pasase por encima, ni a ella ni a Caterina. Si ella no quería o no era capaz de hacerle frente, lo haría ella por las dos. Se estaba empezando a acercarse para cantarle las cuarenta a ese niñato impertinente cuando el cuadro volvió a abrirse. Por éste apareció el hermano de Caterina, Ismael, junto con otros alumnos mayores y los de primero. Nada más mirar en su dirección, sus ojos verdosos mostraron un brillo de comprensión. Sin perder la compostura y su gesto serio, se acercó a ellos con decisión. La mueca burlona del chico desapareció para dar paso a una de rabia contenida.

-Es tarde y las clases comienzan temprano. Dejad la cháchara e id a los dormitorios.- dijo con voz serena, mirando directamente al rubio. Como desafiándole a que le replicase.

Éste, sin decir una palabra, soltó un bufido y se fue en dirección a las escaleras. No sin antes dirigirles una última mirada de desprecio. Caterina le dio las gracias a su hermano y se llevó a Brigit a los dormitorios. Sin duda aquel había sido un día completito, una verdadera montaña rusa de emociones. Al día siguiente comenzaba su nueva vida como estudiante de un colegio de magia y hechicería. "Soy una bruja", se dijo por enésima vez aún intentando asimilarlo. Se sentía rendida. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan cansada. Tan solo esperaba que a la mañana siguiente las cosas fueran a mejor.

Aunque viendo el recibimiento que había obtenido, no estaba muy segura de ello.


[1] Palabra en vasco o euskera que significa "pierna", "pata" o "pie".

[2] Palabra en vasco o euskera que significa "bulla", "bullicio" o "alboroto".