CAPÍTULO 11: BUSCA EL ORIGEN
Pasado el impacto inicial al ser consciente de que a quien había visto no era Brigit, Caterina volvió a subir las escaleras a toda prisa para coger su capa de invierno y su varita. Pasó al lado de los tres chicos como una exhalación. Ni su hermano fue capaz de retenerla. Sin pensar en nada más, se encaminó a la salida principal del castillo. A pesar de estar cansada por el sprint anterior a la sala común, bajó de nuevo corriendo las piedras elevadoras desoyendo los gritos de su hermano para que se detuviera. Caterina corría como alma que lleva el diablo, evadiendo a los alumnos con los que se cruzaba de manera portentosa. Ni siquiera prestaba atención a los chicos que corrían tras ella intentando hacerle razonar. No le importaba nada más que salir a buscar a su amiga que estaría perdida en medio del bosque. Estaba ya a unos pasos de la salida cuando su hermano al fin la alcanzó y la agarró por el brazo. Ella se giró para mirarle echando chispas por los ojos. ¿Por qué la detenía? Cada segundo era crucial para encontrar a Brigit. Tras él estaban también Cristian y Airón resoplando por la carrera.
-¿Se puede saber qué piensas hacer?- le preguntó su hermano una vez recuperó el aliento.
-Voy a buscar a Brigit.- contestó ella con convicción.
-No podemos entrar en el bosque de noche.- le recordó Ismael- Vamos a hablar con maese...
-¡No hay tiempo!- se quejó ella zafándose de su agarre- Cada segundo que perdemos Brigit está sola y muerta de frío. La cena ya ha terminado y tanto profesores como alumnos se han ido ya a sus cuartos. No podemos perder tiempo en ir a buscar a nadie.
-Estoy con Caterina.- intervino Airón antes de que su hermano pudiera replicarle- No veo conveniente que perdamos el tiempo discutiendo.
-Lo siento Isma pero tengo que darles la razón.- coincidió Cristian- Prefiero enfrentarme a una sanción a dejar que Brigit se quede perdida en medio de la nada.
Ismael miró a los tres como si les faltase un tornillo. Él también quería ir a ayudar a Brigit, pero era una insensatez internarse en el bosque de noche y era muy probable que les pillasen. Por más admirables que fuesen sus intenciones, la sanción podía ser elevada. Aunque esperaba que no tan elevada como la expulsión. Antes de que pudiera impedirlo, Airón y Caterina tomaron la delantera y salieron por el pórtico principal, seguidos de cerca por Cristian. Ismael les siguió pero se quedó parado en el dintel sin saber qué hacer. Tras unos instantes de vacilación, resopló y aguantando el frío que se le estampó en la cara salió del castillo.
-Maldita sea.- masculló y salió en pos de los otros.
Lo que no sabían era que alguien escondido tras una estatua había visto aquella escena y, si bien no había escuchado nada, con una sonrisa se dio la vuelta. Sin duda aquello le iba a reportar una grata satisfacción.
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El profesor Artefi sentía una gran incomodidad desde hacía un rato. Algo que hacía días que le tenía inquieto y aquella noche se había acrecentado. Salió de su despacho y se encaminó a su ronda habitual en busca de alumnos pilluelos que se escabullían de noche. Si bien no es que hubiera demasiados... Aquellas noches solían ser de lo más aburridas. Mientras bajaba por las escaleras de la torre este a encontrarse con el profesor de turno con el que hacer la vigilancia, se paró a la altura de una de las ventanas y dirigió su vista a la maraña oscura y de formas retorcidas que conformaba el bosque. No sabía por qué, pero se sentía inquieto al posar sus ojos en aquel lugar. Su instinto no solía equivocarse. Sacudió la cabeza intentando ignorar su creciente inquietud.
Al salir de la torre, comenzó a andar por el rellano cuando vio a un joven pasar corriendo en pos de "atrapar" a la profesora Pazo quien venía de la torre de la biblioteca. Sabiendo quién era aquel joven tenía por seguro que las noticias que iba a dar a la buena de la jefa de Moura iban a suponer un gran beneficio y/o satisfacción para él. Así que decidió acercarse también para poner la oreja en lo que tenía que contar.
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Los cuatro jóvenes habían acelerado el paso y se encontraban a medio camino del bosque. Ya tenían bastante cerca la primera hilera de la arboleda.
-Seguramente Brigit habrá decidido ir a casa de mi madre.- razonó Airón- Si se ha perdido, lo más seguro sería seguir el riachuelo del hábitat de las mouras hasta el río principal y seguir su curso hasta el lago.
-Pues vayamos a casa de tu madre.- apremió Cristian acelerando el paso.
-Espera.- le paró Airón- Existe la posibilidad de que no lo haya hecho. Podría haberse adentrado en otra zona intentando buscar la salida.
-¿Y qué sugieres que hagamos entonces?- espetó Ismael.
-Lo mejor es que nos separemos en dos grupos.- sugirió el joven nix- Uno que vaya al lago a ver si Brigit ha conseguido llegar y, si no es así, pedirle a mi madre que nos ayude; y el otro que vaya a la zona donde estuvo para intentar localizarla mientras tanto.
-Parece un buen plan.- comentó Caterina un poco animada.
-Y si está allí o la encontramos antes, para no estar dando vueltas, que el grupo que toque lance una señal de aviso.- propuso Cristian.
-Pues en tal caso, Airón ve a casa de tu madre y nosotros la buscaremos por el bosque.- dijo Ismael cuando ya estaban casi a la entrada del bosque.
-Con todo respeto,- comenzó a decir Airón en un tono un tanto molesto- pero yo conozco el bosque y sé rastrear.
-Además, no sería seguro que nadie vaya solo aunque conozca la zona.- señaló Caterina.
-¿Y qué sugieres entonces?- preguntó Ismael también algo irritado.
-Yo iré con Caterina a la zona del hábitat de las mouras a rastrear desde allí. Vosotros dos seguid la ruta que os indique hasta llegar al lago.- propuso.
Ismael se le quedó mirando como si le hubiese contado una broma. Una broma sin gracia alguna. ¿De qué iba ese chico?
-¿Me tomas el pelo?- dijo antes de poder contenerse- ¿Es que pretendes hacer de héroe en busca de la damisela en apuros?
Airón se giró y se puso justo frente a Ismael. Luchaba por contener su rabia por su comentario salido de contexto. Sus ojos aguamarina centelleaban con furia contenida, pero eso no amilanó ni lo más mínimo a Ismael. Sus ojos verdosos estaban serenos como siempre, si bien por dentro sentía una profunda irritación. Ismael y Airón se miraron con cara de pocos amigos. Estaban a punto de continuar con la discusión cuando Caterina se puso en medio.
-No tenemos tiempo de discutir.- les recordó.
-Tiene razón.- intervino Cristian- Debemos darnos prisa. Se me están helando hasta las ideas.
-Si se hubieran quedado en sus respectivas salas comunes como debían hacer, eso no les sucedería.- oyeron decir a sus espaldas.
Los cuatro se giraron sobresaltados. Tras ellos estaba la profesora Pazo que los miraba con una expresión más seria de la habitual. Iba acompañada del profesor Artefi. Todos se quedaron paralizados, no esperaban que les hubiesen detectado. O al menos no tan rápido como esperaba Ismael. Había tenido la esperanza de enfrentarse a la situación por la mañana, tras haber encontrado a Brigit y haber recibido alguna reprimenda de maese Sánchez. La mente del joven burbujeaba intentando pensar lo más rápido posible.
-¿Podrían decirme qué pretenden al entrar en el bosque a estas horas cuando es evidente que ya saben que está prohibido?- preguntó maese Pazo en un tono tan frío como aquella noche.
-Es-estábamos haciendo u-un trabajo en el bosque y Brigit se que-quedó más rato.- comenzó a explicar Caterina, quien tartamudeaba debido al nerviosismo- M-me dijo que sabía e-el camino de vuelta, p-pero no ha regresado y creemos que s-se ha perdido...
-¿Y creyeron que era mejor venir ustedes en lugar de avisar a su jefe de casa?- cuestionó maese Pazo con cara de pocos amigos- La verdad me parece increíble su actitud, en especial la suya señor Ferro. Me siento muy decepcionada...
-Pretendíamos pedir ayuda a maese Sánchez.- intervino rápidamente Ismael.
Los otros tres chicos le miraron intentando simular su asombro. Los profesores abrieron los ojos sorprendidos. La profesora Pazo exigió más explicaciones con una sola mirada.
-Como no había ningún profesor cerca, concluimos que lo mejor era acudir al bosque directamente y separarnos. Mientras unos iniciaban la búsqueda, otros irían a buscar a maese Sánchez para explicarle la situación para que nos ayudara. Al fin y al cabo, pocos aparte de ella conocen tan bien el bosque.- explicó Ismael con seriedad y convencimiento.
-Bueno,- habló por primera vez el profesor Artefi- ahí no podemos quitarles la razón. Sin duda no hay nadie mejor que maese Sánchez para rastrear la zona.
-Cierto.- tuvo que admitir la profesora- Pero de igual modo, uno de ustedes debió tomar la decisión de venir a avisar a alguno de los otros profesores.
-Tiene razón, maese.- coincidió Ismael con gesto de arrepentimiento- Nos dejamos llevar por el pánico, supongo. Lo lamentamos de veras.
Caterina y Cristian miraban con admiración a Ismael. Hacía mucho que no daba rienda suelta a sus capacidades actorales. Pero era evidente que no había perdido facultades y seguía tan creíble como siempre. Airón por su parte daba gracias por la rapidez de reflejos del chico, pero se sentía de igual modo fastidiado por ver cómo había utilizado su propuesta como si se le hubiese ocurrido a él. Si bien no le importaba mientras pudiesen convencer a los profesores y dejar de perder el tiempo para ir a buscar a Brigit.
-Acepto sus disculpas, señor Ferro.- comentó la profesora Pazo- Pero, por loables que fueran sus intenciones, debían haber acudido a alguien del castillo.
-De todos modos, los txikis no tenían intención de entrar a las bravas. Iban a ir a avisar a una profesora de hecho.- recordó el profesor Artefi.
-Es verdad.- reconoció ella- Por ello la sanción será solamente de 20 puntos por cada uno y una redacción de la cual mañana les daré los detalles.
Los cuatro estudiantes suspiraron aliviados. Había sido mucho mejor de lo que esperaban, todo gracias a la buena imagen y la actuación de amigo preocupado de Ismael. Tras una breve deliberación entre los profesores, consideraron que lo mejor era que todos juntos se internasen en el bosque para intentar cubrir más terreno. La profesora Pazo argumentó en que uno de ellos al menos debía de regresar a pedir ayuda a algún otro profesor e incluso avisar a la directora, pero el profesor Artefi arguyó que eso supondría un mayor retraso. Airón aprovechó para comentarle sus sospechas, o más bien esperanzas, de que la joven pelirroja hubiese optado por seguir el curso del río hasta llegar al lago para pedir ayuda a su madre.
-Señor Sánchez, vaya al lago y compruebe si la señorita Castro ha llegado allí. En tal caso, háganos una señal y si no pida ayuda a maese Sánchez.- ordenó entonces la profesora.
-Pero maese yo conozco mejor el terreno. Podré ayudar a rastrear...
-Por eso seguro que usted llegará antes a su casa.- le cortó ella.
-Está bien. Como diga, maese Pazo.- admitió a regañadientes.
Antes de marcharse corriendo del lugar en dirección al lago, Airón les dio indicaciones para llegar cuanto antes al hábitat de las mouras. También les dio indicaciones básicas para llegar más rápidamente al río principal y cómo moverse por la zona. Mientras corría todo lo rápido que le permitían sus piernas, se mordía el labio con preocupación. Lo único que quería era encontrar a Brigit lo antes posible. Sabía por su madre que hacía ya un tiempo que no había agitación por los bosques, pero eso no quitaba el posible peligro ya que no habían dado con el ser causante de tal conmoción. Decidido, aceleró el paso con la esperanza de encontrar a la joven a salvo en casa de su madre.
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El corazón de Brigit latía desbocado. Ni tan siquiera había sido capaz de asimilar que tenía al lado a un unicornio que hablaba y, de pronto, tenía frente a ella a una criatura que incluso los propios magos consideraban mitológica. Justo delante tenía a un perro negro enorme y peludo, con ojos rojos brillantes y por cuyas fauces caía un líquido plateado. Sin duda, sangre de aquel unicornio parlante el cual ahora agonizaba. La cría se había puesto de pie y se había colocado al lado de su madre, justo detrás de Brigit. Como, sin palabras, le pidiese que las protegiera. Sin embargo, a pesar de estar con la varita en alto no se sentía nada segura. Recordaba algún hechizo de protección pero no sabía si serían efectivos. Y, para más inri, no era capaz de acordarse de ningún hechizo de ataque que pudiera ahuyentar al dip. Bueno, eso no era del todo exacto... Estaba uno de fuego que siempre usaban al inicio de la ceremonia mensual, pero no le parecía precisamente una buena idea usarlo dentro del bosque.
La criatura se acercaba poco a poco cojeando levemente. ¿Estaría herido? Brigit se fijó mejor y fue consciente que su cojera se debía a que la pata delantera derecha era un poco más corta que las otras. Pero eso no parecía que le impidiese ser ágil, pues momentos antes se había ocultado velozmente entre las sombras cuando ella apareció en la chopera. No parecía que fuese a atacar, al menos por el momento. Más bien parecía estar analizándola. Había un extraño brillo en sus ojos escarlata. Brigit no sabía cuan inteligente podía ser aquella criatura, pero tras toparse con un unicornio que hablaba a esas alturas podía esperarse cualquier cosa. Se fijó que, a sus espaldas, el susodicho equino hacía un esfuerzo por incorporarse pero su pata herida no se lo permitía. Además, el lugar estaba completamente cubierto por su plateada sangre lo que hacía que sus cascos resbalasen. En ese momento miró sus ropas, sus manos y su varita con preocupación. Al acudir a ayudar al animal, se había agachado para asistir en el parto así que se había manchado inevitablemente y su varita cayó sobre un pequeño reguero de sangre cercano a una de las heridas del unicornio. Entonces recordó con aprensión cuando, meses atrás, le comentaron que quien tomara esa sangre quedaría maldito de por vida. Esperaba que eso sólo se aplicase a la ingesta de la misma. El dip se paró a un par de metros de distancia y la joven se tensó. El animal comenzó a olisquear el aire, casi como si intentase identificar su olor. De pronto, para estupefacción y turbación de la chica pareció que la criatura esbozara algo similar a una sonrisa perruna. Y no precisamente una sonrisa alentadora.
-Esto es interesante.- dijo el dip con voz siniestra estremeciendo aún más a Brigit.
-Hablas...- musitó en un hilo de voz.
-Sí, hablo... hablamos.- corrigió tras echar una sonrisa siniestra al unicornio.
-¿Cómo es posible? Se supone que sois como el resto de criaturas...
-Y lo somos. Al menos la mayoría... Hay algunos que somos especiales.
-No lo entiendo.- balbuceó Brigit cada vez más asustada.
-Todos hablamos pero en nuestra propia lengua.- le explicó- Pero los humanos hace tiempo que han olvidado y ya no son capaces de escuchar.
-¿Y cómo es que yo os oigo?- cuestionó.
-Algunos somos especiales.- repitió el dip malévolamente- Podemos hacernos entender, si eso es lo que queremos claro.
-¿Y por qué hablas conmigo?- le preguntó Brigit, si bien no estaba segura de querer saber la respuesta que le daría.
-Siento curiosidad. Hace mucho tiempo que no captaba un olor como el tuyo.
Brigit se tensó aún más si cabe. ¿Su olor? ¿Qué tenía de particular? No lo sabía pero algo en su interior le decía que no quería saberlo. Sin embargo, el dip no parecía querer atacarla por el momento y Brigit quería aprovecharlo todo lo que pudiese. Estaba convencida de que a esas alturas Caterina e Ismael se habrían dado cuenta que se había perdido y habrían hablado con algún profesor para que viniera a buscarla. Por lo que todo el tiempo que pudiera ganar hasta que llegara alguien era bienvenido.
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Caterina se sentía extrañamente inquieta. Cuando llegaron a la zona donde habitaban las mouras se separaron en dos grupos, los cuales darían un rodeo de tal modo que ambos acabarían por llegar hasta el río uno por cada lado. Ella se había ido con el profesor Artefi y con Cristian siguiendo el riachuelo y su hermano se había ido con su jefa de casa en sentido contrario. No habían recibido ninguna señal de Airón y Caterina dudaba que a esas alturas aún no hubiese llegado a su casa. Por lo que sus peores sospechas parecían estar cumpliéndose: Brigit andaba perdida en medio del bosque. El terreno estaba resbaladizo debido a la helada que había. Por si fuera poco, hacía un rato que había comenzado a nevar aunque no muy fuertemente. A cada paso que daban, Caterina miraba nerviosamente en todas las direcciones. Tan solo esperaba toparse con la melena de su amiga, correr hasta ella y comprobar que se encontraba en buen estado. Pero ya comenzaban a escuchar el murmullo del río y no había rastro de ella.
-Tranquila, neskatxa.- le dijo maese Artefi tras escucharla suspirar por enésima vez- No tardaremos en dar con ella.
-Sí, seguro que nos cruzamos en cualquier momento.- comentó Cristian intentando animarla.
Ella solo sonrió en agradecimiento, deseando de todo corazón que así fuera. Justo entonces el profesor alzó una mano para que se detuvieran. Iluminó el suelo con su varita y vieron en el barro una huella de una bota. Esperanzados, dirigieron sus varitas abajo con la esperanza de encontrar más para poder seguirlas.
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Ismael no podía creer su buena suerte. Tenía que dar gracias a su imagen de estudiante modelo por haberles sacado del apuro. Llevaba un rato andando por el bosque junto a maese Pazo intentando buscar huellas o señales de Brigit. Aunque lo que realmente esperaba era haber visto alguna señal, ya fuese del profesor Artefi o incluso Airón. Pero no había habido suerte y seguían vagando intentando abarcar el mayor terreno posible hasta llegar al río. Siempre y cuando las sospechas de Airón del rumbo tomado por Brigit fueran acertadas.
E Ismael no estaba del todo convenido.
Sin embargo, era la única pista (por llamarlo de algún modo) que tenían. Así que ahí seguían con sus varitas iluminando el camino en busca de la más mínima pista, atentos a cualquier posible movimiento entre los árboles. De repente se quedaron muy quietos pues escucharon a algo pasar corriendo. No sabían qué era ni si era peligroso pero ambos, profesora y alumno, se acercaron y prepararon sus varitas por precaución. Escucharon de nuevo una especie de gruñido y fuertes pisadas que se adentraban en la espesura. Pero esos seres, fuera lo que fuesen, pasaron de largo sin prestarles atención. Ismael respiró aliviado.
Siguieron caminando un poco más hasta que sus varitas iluminaron un líquido plateado.
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Brigit miraba nerviosamente en todas direcciones. Esperando que, milagrosamente, apareciese algún profesor o quien fuese. En esos momentos ni se quejaría aunque apareciese Breogán o cualquiera de sus amigotes. El dip seguía sin ademán de atacar, pero algo le decía que no debía confiarse. Además, desde hacía un rato tenía la impresión de que algo más se acercaba. Quizás solo se debiera a su creciente agobio, pero era una idea que no se le iba de la cabeza.
-¿Qué tiene de particular mi olor?- preguntó intentando ganar tiempo.
-Me recuerda al de los magos de tiempos antiguos.
-¿Cómo que tiempos antiguos?
El dip sólo algo parecido a una carcajada que hizo que a Brigit se le helara la sangre y comenzara a temblar imperceptiblemente.
-No somos especiales solo por poder usar el lenguaje humano.- dijo enigmáticamente.
-B-Brigit...- escuchó balbucear a sus espaldas.
La joven sobresaltada dirigió su mirada atrás. El unicornio, el cual ahora tenía peor aspecto, le miraba intensamente con esos ojos negros. Brigit hasta se había olvidado de ella y su cría. Se había centrado en vigilar todos los movimientos del dip mientras seguía esperando que alguien apareciese. Miró a madre y cría alternativamente. Y en ese momento recordó que tenía que hacer algo para intentar ayudar o, de lo contrario, la madre acabaría muriendo desangrada y no estaba segura de que pudieran salvar al recién nacido.
-Olvi... date de él y v-vete.- le dijo el unicornio con dificultad.
-¿Cómo sabes mi nom...?- comenzó a preguntar ella.
-¿Irse? Ahora que empezábamos a conocernos...
La voz del dip se volvió baja, casi como un gruñido, con una clara amenaza latente en cada una de sus palabras. Entonces, entre los árboles, otros dos dips se adentraron en la chopera.
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Ismael y la profesora Pazo miraban con el ceño fruncido la escena que tenían en frente. Daba la impresión de que hubiese sucedido un enfrentamiento. Pero más que las profundas marcas de garras que había en varios árboles y las enormes huellas de pezuñas, estaban atónitos por ver algunas gotas de un espeso líquido plateado brillante.
-Maese, ¿es lo que creo que es?
-Eso parece señor Ferro.- afirmó la mujer.
-Pero creía que no solían vivir tan al sur.- comentó Ismael.
Los unicornios procedían del norte de Europa y, aunque solían desplazarse, era muy infrecuente encontrarlos tan al sur. En la península concretamente no había demasiadas manadas.
-Se han dado algunos casos,- explicó la profesora- pero no tenía constancia de que hubiese llegado ninguna manada a la zona.
Sin embargo, aún más desconcertante que el hecho de encontrar sangre de unicornio estaban las pisadas de algún tipo de cánido y los zarpazos del suelo y algunos árboles. La profesora Pazo sabía que no había ninguna criatura similar en aquel bosque y se preguntaba, con cierta preocupación, si sería esa la criatura que llevaba un tiempo inquietando a los animales de la zona y que tantos problemas había causado a la profesora Sánchez. A pesar de su reciente inquietud, tomó la decisión de dejar aquella investigación para más adelante. Aún no habían encontrado a la joven perdida y no había ninguna señal de los otros equipos. Debían seguir adelante. Lo que sea que hubiese dado con aquel unicornio podía también dar con ella. Y bien podía tratarse de lo que oyeron moverse momentos antes.
Hizo una señal a Ismael para continuar su camino cuando oyeron unas fuertes pisadas acercándose a ellos. Pronto justo en frente apareció una alta e imponente figura. Los dos se quedaron mirando con la boca abierta.
-Esto es inesperado.- comentó maese Pazo.
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El grupo de Caterina avanzaba rápido pero con precaución. Habían encontrado algunas huellas más en zonas un poco más embarradas, pero al alejarse más del río éstas comenzaron a desaparecer nuevamente. Sin embargo, por el rumbo de las mismas, tenían la corazonada de ir en la dirección correcta. No obstante Caterina notaba algo extraño en el ambiente, en especial porque hacía rato que maese Artefi actuaba de manera insólita. Se le notaba más tenso y vigilante, hasta el más leve sonido bastaba para que lanzase una mirada analizadora a dicho lugar. Murmuraba cosas ininteligibles y de su varita emergían luces de diversos colores, si bien no pareciera estar lanzando ningún hechizo o encantamiento. O al menos no ninguno que la joven conociese. Oyeron de pronto un gruñido y fuertes pisadas que se iban corriendo en la misma dirección que ellos, si bien a ellos los ignoraron.
-Kabenzotz! Tenía que ser esto...- rezongó el profesor- ¡Vamos txikis! Antes de que sea tarde.
Y dejando una profunda consternación en los dos estudiantes, el profesor aceleró el paso siguiendo a lo que fuera que acababa de pasar por ahí. Cristian y Caterina se miraron con aprensión pero optaron por seguirle.
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En poco rato aparecieron otros dos dips más que se colocaron dos a cada lado del líder (o el que Brigit suponía era el líder) y les rodearon haciendo una especie de semicírculo a su alrededor. Si bien ninguno se acercó mucho, la chica sabía que tenía poca escapatoria pues tras ella tenía al unicornio y al potro. Y no estaba tampoco dispuesta a dejar a esos animales indefensos abandonados a su suerte.
Sin embargo, en esos momentos, Brigit estaba luchando entre sus ganas de saber y su miedo por estar rodeada de dips que enseñaban los dientes amenazadoramente. ¿Cómo era posible que aquel unicornio supiera su nombre? ¿Por qué el dip parlante se mostraba tan "colaborativo" y no hacía ademán de atacar? Notaba su varita arder con intensidad, como si estuviera preparándose para el combate. Miró de reojo al unicornio.
-¿Cómo sabes mi nombre?- logró preguntarle.
-Estamos conectadas.- dijo con dificultad, había calidez en su mirada- Llevo mucho tiempo... esperando encontrarte.
Brigit frunció el ceño pero, al fijarse en la dirección de la mirada del animal, se quedó con la boca abierta. ¿Aquello iba en serio?
-Tú... tú eres...
-Portas la varita que pedí a Jerk que fabricara.- confirmó el unicornio.
Nunca, ni por asomo, habría esperado ese reencuentro. El dip había dicho que algunos de ellos eran especiales, evidentemente refiriéndose a él mismo y al unicornio. Pero su varita hacía alrededor de un milenio que se fabricó. Y, si aquel era el unicornio del cual procedía el centro de su varita, sólo podía significar una cosa... Miró al unicornio y al dip alternativamente.
-¿Sois inmortales?
-En cierto modo.- contestó el dip- Digamos que podemos aumentar nuestra esperanza de vida cumpliendo ciertos... requisitos.
La mirada que le echó hizo que le temblara todo el cuerpo. No estaba segura de si el requerimiento implicaba tomar la vida del unicornio o la suya. Quizás la de ambas. Pues recordó con temor cómo momentos antes le había dicho hacía mucho que captaba un olor como el suyo.
-¿Qué pretendes hacer?- se atrevió a preguntar.
-Por ahora, solo hablar. Ha pasado mucho desde que sentí una esencia parecida.
-¿Esencia?- repitió ella- ¿Cómo se supone que es?
-Una esencia más... primigenia.
De nuevo ahí estaba, esa mirada turbadora acompañada de lo que parecía una sonrisa siniestra que helaba la sangre. No sabía qué quería decir con aquello y no deseaba seguir más tiempo con esa "amigable conversación". Alzó su varita intentando parecer amenazante, pero ninguno de los dips pareció impresionado. Intentó pensar con rapidez sus posibilidades, entre las que alguien apareciera justo en ese instante era a la vez la más improbable y la que deseaba con más fuerza. Si bien estaba convencida de que ya habría alguien buscándola, pero ¿llegarían a tiempo? No sabía en qué punto exacto del bosque se hallaba ni lo que tardarían en acudir hasta allí. Así que lo que debía hacer era ganar tiempo. Quizás ejecutar algún hechizo para llamar la atención, algo que alertara o diera una pista de su paradero. Hizo memoria rápidamente intentando recordar algún encantamiento que le sirviera.
-No pierdas más el tiempo,- le susurraron, miró confundida al unicornio- huye de aquí.
-No puedo dejaros.- se quejó ella también susurrando.
-A mí ya no me queda mucho... Te conseguiré tiempo. Sólo te pido que, por favor, te lleves a mi cría y que cuides de ella.- le suplicó.
-¿Qué andáis tramando?- preguntó siniestramente el dip.
Brigit volvió a dirigir su mirada a la criatura. Los otros dips gruñían amenazantes y daban pequeños pasos en su dirección. El corazón de la joven latía con fuerza en su pecho. Tenía que pensar algo y rápido.
-Ya me he cansado de la pantomima...- gruñó el dip líder- Acabad con el unicornio y su cría, pero no toquéis a la humana. La quiero viva... al menos por ahora.
Uno de los dips, el que estaba más cerca de ellas, tomó la delantera al escuchar las palabras del otro y se acercó a la carrera gruñendo con las fauces abiertas y con los ojos brillando con fiereza. Sin poderlo evitar Brigit gritó asustada, pero a pesar de todo de su boca salió casi inmediatamente después el primer hechizo que le vino a la mente:
-¡Depulso!
Una potente luz blanca brotó de su varita como una poderosa ráfaga que dio de lleno al dip y lo alejó de ella, mandándolo a volar hacia un álamo joven cuyo tronco se rompió por el fuerte impacto. Eso hizo que el resto de dips se pararan y le miraran con precaución. Por desgracia, la sensación de triunfo no duró demasiado porque el otro dip se levantó casi en seguida y se unió de nuevo a sus compañeros. Los cuatro se agruparon y algo le dijo a Brigit que ya no caerían de nuevo contra aquel hechizo. Miró al líder el cual parecía hasta estar encantado con su acción y sin intención de participar. Estaba ya pensando en su próximo movimiento cuando notó como si el suelo retumbara al son de potentes pisadas. Los dips, líder incluido, agacharon las orejas y erizaron el pelo del lomo mientras gruñían. De pronto como un terremoto apareció el basajaun con un enorme garrote de madera que movía de manera amenazante. Golpeó el suelo con el garrote haciendo que los dips se alejaran para evitar ser golpeados. Sin embargo, no huyeron sino que se juntaron analizando a su oponente buscando el mejor modo de atacar. En ese momento, Brigit sintió que las lágrimas se arremolinaban en sus ojos y especialmente cuando escuchó una voz conocida:
-¡Brigit!- gritó Ismael mientras aparecía corriendo junto a maese Pazo.
El alivio que sintió al verles fue casi abrumador. La profesora acudió rápidamente al lado del basajaun pues los dips se lanzaron a atacar. Ejecutó con maestría varios hechizos en pocos segundos, permitiendo al basajaun poder golpear a uno de los dips el cual cayó al suelo gimiendo. Ismael intentó acercarse a ella, pero uno de los dips se zafó de la profesora y le cortó el paso para abalanzarse hacia él. Rápidamente el chico ejecutó un hechizo de protección pero no fue suficiente para parar al dip que casi en seguida volvió a la carga. La profesora Pazo se dio cuenta y se giró para acudir en ayuda de su alumno. Brigit gritó, temerosa de que el dip atacara antes, y lanzó un hechizo en su dirección esperando acertar al dip.
-¡Desmaius!- exclamó desesperada.
Por desgracia, si bien el hechizo atinó parcialmente a su objetivo dejando a la criatura aturdida, también impactó de refilón a maese Pazo quien, desorientada, tropezó con el hielo generado por ella misma para entorpecer los movimientos de los dips. Aunque Ismael intentó sostenerla, no consiguió atraparla a tiempo y cayó al suelo dándose un golpe en la cabeza y quedando inconsciente. Brigit palideció. "¿Qué he hecho?", pensó horrorizada. El basajaun al verlo acudió presto a golpear al dip que andaba dando tumbos cerca, pero al hacerlo se ganó unas dentelladas de otros dos que lo atacaron por detrás. El pobre guardabosque gruñó y giró violentamente para quitárselos de encima. Justo cuando pensaba que las tornas se volvían contra ellos, escuchó otra voz conocida. Se giró y vio a Caterina que venía a la carrera junto a Cristian y el profesor Artefi. Brigit no podía creer aquel golpe de buena suerte. El profesor acudió rápidamente hasta donde yacía la profesora seguido de Cristian quien fue junto a su amigo. Caterina, por el contrario, fue corriendo hasta ella y le dio un abrazo tan fuerte que pensó que le iba a quebrar los huesos. A pesar de todo, le devolvió el abrazo. Su amiga temblaba y sollozaba.
-No v-vuelvas a da-darme un susto a-así.- balbuceó con lágrimas en los ojos.
-Vale.- fue lo único que la emoción le permitió articular.
-Basta ya de juegos.- dijo una siniestra voz.
Sus amigos se giraron en dirección al dip mirándolo con miedo y estupor. El profesor Artefi se mantuvo firme, con el ceño fruncido y la varita en alto. Caterina se abrazó más fuertemente a Brigit. Había un profundo pavor en sus ojos. Los cuatro dips se reagruparon y se quedaron detrás de su líder, todos tenían heridas de diversa índole (principalmente de los golpes del basajaun). El dip parlante se adelantó un poco enseñando los dientes.
-Me he cansado. Voy a acabar con esto.
-No te lo permitiré.- sentenció el profesor adelantándose- ¡Desmaius!
El dip lo evitó, pero a duras penas. En sus ojos había un brillo frío y peligroso. El profesor siguió atacando sin descanso haciendo que, poco a poco, el dip parlante y el resto se fuesen a alejando para evitar ser alcanzados por sus hechizos.
-No voy a dejar que me sigas estorbando... Melquíades.
Todos se quedaron con la boca abierta. Aquel ser acababa de llamar a su profesor por su nombre. ¿Se conocían? ¿Cómo era siquiera eso posible? No les dio tiempo a seguir pensando en eso porque los dips se pusieron en posición de ataque.
-Matad a todos, yo iré a por la chica.- sentenció el dip.
El profesor intentó atacar al dip parlante que fue corriendo junto a otro dip hacia Brigit, Caterina y los unicornios, pero tuvo que frenar el ataque de los otros tres que se lanzaron contra él. Sus amigos también alzaron las varitas para defenderse y el basajaun sacudió su garrote en el aire dispuesto a azotar al primer dip que se acercaba. Caterina gritó de miedo y Brigit se quedó paralizada sin saber qué hacer.
-Tranquila.- dijo la dulce voz del unicornio- Permite que el poder fluya.
Notó el hocico del animal posarse en su hombro y, como movida por instinto, su mano agitó la varita y a su mente acudieron unas palabras que no logró entender. Entonces una hermosa luz plateada originada por su varita iluminó el lugar. Segundos más tarde, esa luz tomó la forma de un unicornio que corrió hacia los dips. Por cada lugar que aquel ser luminoso posaba sus patas, brotaban plantas y flores. El dip parlante paró en seco y se apartó tan rápido como pudo, pero el otro no tuvo tanta suerte y fue golpeado de lleno por el unicornio de luz. Casi al instante, las patas del dip quedaron ancladas al suelo y en pocos segundos comenzaron a transformarse en raíces que se afincaron en la tierra. El animal gruñó e intentó escapar, pero ya era tarde. No tardó en convertirse en un joven avellano ante la atónita mirada de los allí presentes. El unicornio luminoso no se detuvo ahí no obstante, sino que siguió corriendo hacia los otros tres dips que ahora comenzaban la retirada siguiendo a su líder el cual ya comenzaba a perderse en la oscuridad de la arboleda. Sin embargo, uno de ellos no pudo esquivar al unicornio a tiempo y acabó transformado en un almendro. Cuando todos los dips hubieron desaparecido, el unicornio luminoso sencillamente se desvaneció.
Brigit se sintió repentinamente mareada y débil, notaba como si le faltara el aire. Caterina la sostuvo para evitar que se diera de bruces contra el suelo. Se giró para ver al unicornio y darle las gracias por lo que fuera que hubiese hecho. Sin embargo, entró en pánico al ver que estaba completamente tumbada y al notar su débil respiración. La cría, la cual se había ocultado como buenamente pudo tras su madre, se acercó a ella y restregó su morro contra el suyo.
-No, no, no...- repetía Brigit desesperada- No puede acabar así... ¡Gran maese, por favor, venga rápido! ¡Tenemos que salvarla!
-Ya no hay nada que hacer...- aseguró el unicornio.
-No... Seguro que hay algo, tiene que haberlo...- dijo ella con lágrimas en los ojos.
El profesor y sus amigos llegaron en ese momento hasta ellas. El maese posó una mano sobre el hombro de la joven quien le miró esperanzada, pero éste negó tristemente con la cabeza.
-Hay tanto que debía contarte.- continuó el agonizante animal- Se suponía que mi cometido era guiarte a la fuente... pero ya no hay tiempo. Sólo te pido que, por favor, hagas algo por mí.- le pidió a Brigit.
-¿El qué?
-Primero que cuides de mi cría y la protejas.- Brigit asintió enérgicamente- Y segundo, lo más importante, quiero que me permitas desaparecer.- la joven la miró sin comprender- No quiero arriesgarme a que fabriquen más varitas.- confesó- Por eso quiero irme como se supone que yo debo irme.- Brigit, aunque confusa, asintió de nuevo- Acerca mi cría y que pose su hocico contra el mío. Después, coloca tu varita sobre mi cuerno.
Brigit hizo lo que le pidió, sin saber muy bien qué esperar. La cría posó su hocico contra el de su madre obedientemente, casi como si entendiera la situación. Luego colocó su varita en su cuerno. Entonces, una luz plateada iluminó de nuevo el lugar y el cuerpo del unicornio comenzó como a fusionarse con la tierra. Brigit notaba una extraña sensación que fluía de su varita conectándola con los dos unicornios. Pronto comenzaron a brotar raíces del cuerpo.
-¿Qué nombre le pondrás?- le preguntó.
-Lunnaris.- respondió ella recordando un personaje de uno de sus libros favoritos.
-Es precioso.- fue lo último que dijo antes de convertirse en un álamo blanco.
