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Estaba profundamente agotado después de un ardúo día de trabajo. Apenas echó un pie dentro de su hogar, Andrés Fernández Carriedo se quitó hábilmente los zapatos, ayudándose con un pie, y se tiró en dirección al sillón de color escarlata que había en la sala de estar. No tenía ni siquiera las suficientes fuerzas para hacerse algo decente para comer, solo había ingerido comida rápida en el transcurso del horario del almuerzo durante su jornada laboral. Esa comida rápida mencionada no había tenido nada de nutritivo, cómo no, si era comida rápida estadounidense.

Emitió un gruñido gutural por lo bajo al imaginarse un platillo típico de su país preparado por las habilidosas manos de cierto muchacho italiano con cabello rubio que era su pareja. De vez en cuando, Flavio lo observaba y notaba su cansancio, por lo que no lo molestaba con cursilerías y se limitaba a prepararle la mejor de las cenas. Evitó una sonrisa, aplastando el rostro contra la mullida textura del sillón. Y así fue como, entre otras imágenes mentales agradables que incluían al blondo italiano y a muchos platos de deliciosa comida, el español cayó dormido.

Se despertó después de un par de horas, los rayos del sol mañanero le dieron la bienvenida a un nuevo día. Enderezándose lentamente, se dio cuenta de que tenía una manta alrededor del cuerpo, y que ya no estaba en el sillón si no en su cama, y un costado de su boca se levantó, pensando en que Flavio había venido a su casa por la madrugada para dormir con él y, al verle en ese estado, le había colocado algo con qué arroparlo tras llevarle a la habitación.

Lo buscó por la casa, pero al no encontrarlo, supuso que había tenido que irse temprano. Preparó un desayuno, y mientras estaba comiéndolo, buscó su teléfono celular y lo encendió para llamar al italiano.

—¡Andrés! Estuve llamándote anoche, pero tenías el móvil apagado.

—Eres tan cursi —respondió el español con la boca llena de comida—. No hacía falta que me pusieras una manta ayer.

—¿De qué estás hablando, tesoro? Ayer no fui a tu casa, te llamé para avisarte que debía cuidar a mi hermano, Luciano está enfermo. ¿No estás engañándome, verdad?

Andrés se congeló. Si no había sido visitado por el italiano en la noche anterior... ¿quién lo había llevado a su cuarto y le había colocado una manta? Él vivía solo.