Adrien se frotó las sienes, tratando de disipar el dolor pertinaz que se había instalado en su cabeza tras los acontecimientos de la mañana.
Finalmente, Alya había acaparado a Marinette prácticamente hasta el final de la jornada de clases, y Gorila ya lo estaba esperando cuando salieron a la calle, de manera que al final no habían podido mantener la conversación prometida. Y aunque sabía que al caer la noche tenían una cita pendiente, se había quedado con mal sabor de boca por no haber podido abrazarla en aquel momento, por no ser capaz de recordar ni comprender bien lo que había pasado, y por la desagradable sensación de que todo habría podido resultar infinitamente peor.
Caminó de un lado a otro de su cuarto, resoplando con frustración. Seguía ilusionado con la perspectiva de tener un rato de intimidad con su chica; sin embargo, no podía dejar de darle vueltas a todo lo que había pasado durante el enfrentamiento con Reina amarga. Meneó la cabeza con tristeza al recordar que, hasta hacía poco, su principal preocupación había sido no poder comprar un bonito ramo de flores para intentar ofrecer a su amada la cita perfecta; sin embargo, ¿cómo podía aspirar ahora a ello? ¿Cómo lograr que aquel encuentro fuera tan inolvidable que borrara todo lo demás, si apenas unas horas antes sus garras habían dejado crueles marcas amoratadas en el cuello de la chica? ¿Cómo obviar que aquel maldito hechizo había llenado su boca de palabras terribles? ¿Cómo pasar por alto que había estado a punto de asesinar de un simple zarpazo a su mejor amiga?
Él siempre había sido optimista respecto a todo aquello de conocer sus identidades. Todavía podía reconocer un buen puñado de ventajas si analizaba la situación. Y la felicidad que lo embargaba al pensar en que, con antifaz o sin él, estaban hechos el uno para la otra, era una sensación realmente increíble. Pero también tenía un miedo atroz a fallar, porque sabía que las consecuencias serían brutales, aterradoras. Ella lo había visto, lo había vivido; y a él, a pesar de que solo contaba con un relato impreciso, le había bastado con leer lo que traslucían sus ojos al hablar como para tomárselo muy en serio.
--Si todo esto estuviera abocado al desastre, ya habría venido Bunnix a advertirnos, ¿verdad? --preguntó en voz alta.
--Supongo que sí. Pero no puedes confiar en eso, cachorro. Lo lamento.
--¿Por qué? ¡Ella es la alternativa cuando todo lo demás falla! ¿Por qué no iba a venir si...?
--Vendría si fuera necesario. A no ser que...
--¿A no ser, qué?
--A no ser que el desastre desencadenado sea de tal magnitud, que incluso ella caiga antes de poder viajar atrás en el tiempo --terminó Plagg en voz baja.
Un escalofrío recorrió la espalda del chico. La mera idea de que todo acabara de la peor forma posible por su culpa le resultaba insoportable. Ser Chat noir le proporcionaba un poder fabuloso, pero sí caía en malas manos, o si lograban volverlo en su contra, podía convertirse en una auténtica bomba de relojería. Temblando de rabia e impotencia, apretó los puños con fuerza, sintiendo verdadero odio hacia Lepidóptero. Además de malvado, le parecía un cobarde: un cobarde que no daba la cara, que no se manchaba las manos, sino que se aprovechaba de las debilidades de los demás para convertirlos en sus instrumentos, en sus armas.
Miró el reloj por centésima vez, y resopló con impaciencia al ver que todavía faltaba casi una hora para que fueran las nueve. El tiempo no parecía avanzar, pero él ya no aguantaba más sin verla. Necesitaba tenerla entre sus brazos, y algo en su corazón le gritaba que ella lo necesitaba también. Le escribió un escueto mensaje avisándola de que iba en camino, y se transformó sin ni siquiera aguardar respuesta. El sol acababa de esconderse: escogería una ruta tranquila, y recorrería los tejados rumbo a su balcón, veloz como una sombra, procurando que nadie lo viera.
Marinette apoyó la frente en el tablero de su escritorio, refugiando su rostro lloroso entre los brazos, como si deseara desaparecer por un momento. Había hablado largo tiempo con Alya, a ratos en broma, a ratos en serio, comentando con preocupación todos los riesgos que llevaba implícitos iniciar una posible relación con Chat noir mientras Lepidóptero no fuera derrotado al fin; y toda aquella conversación todavía rondaba su mente, dando vueltas y vueltas hasta hacerla sentir mareada. Y eso que la periodista ni siquiera podía hacerse una idea real del verdadero alcance de las implicaciones de todo aquel asunto.
Luego, al llegar a su casa, se había tendido un rato a descansar, y la mezcla de cansancio y emociones la había arrastrado a un sueño inquieto y lleno de pesadillas del que se había levantado con una intensa sensación de angustia anudada en su estómago, que se liberó en forma de largos sollozos sin poderlo remediar. Faltaba poco más de una hora para que llegara Chat noir --es decir, Adrien, el amor de su vida--, y ella solo era capaz de llorar, envuelta en una espiral de miedo que apenas la dejaba respirar. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, deseando que el tiempo pasara más rápido, para que llegara cuanto antes el momento de abrazarlo... aunque mejor que no fuera demasiado deprisa, pues necesitaría al menos un margen para adecentarse un poco, lavarse la cara y decidir qué se pondría.
Sin embargo, ni siquiera eso pudo hacer, pues una ráfaga de suaves golpes resonó en la trampilla del techo, sobresaltándola. ¡Pero si aún no era la hora! No se entretuvo más y corrió a abrir, preocupada porque alguien pudiera ver al chico encaramado en su balcón. Iba a protestar, pero él la atrapó en un tierno abrazo que la dejó sin aliento, y pronto se rindió a la tranquilizadora calidez de su pecho, estrechándolo a su vez.
Él se separó para que sus ojos se encontrasen, y acarició su mejilla con cariño, borrando el rastro que habían dejado las lágrimas. Luego tomó sus manos, y repitió una y otra vez:
--Lo siento, Marinette. Lo siento, mi princesa. Lo siento tanto... No puedo dejar de pensar en lo que podría haber pasado si... --guardó silencio cuando ella colocó con suavidad el dedo índice sobre sus labios.
--No tienes que pedir perdón; todo terminó bien esta vez. No tiene sentido darle más vueltas. Yo también tengo miedo, Chat noir. Estoy muerta de miedo; pero quiero creer que lo lograremos.
--Estoy seguro, Milady --asintió él con convicción--. Tú y yo unidos contra todos. Derrotaremos a Lepidóptero, y podremos vivir nuestro amor sin miedo por fin.
--¿Sin desencadenar el fin del mundo? --preguntó ella haciendo un puchero.
--Preferiblemente --sonrió él--. Por cierto, ¿te he dicho alguna vez que eres lo más bonito que he visto en mi vida?
Marinette le devolvió la sonrisa entre lágrimas. Tenía los ojos enrojecidos y el cabello revuelto, y sin embargo las pupilas gatunas del chico solo reflejaban adoración. Luego bajó un instante la mirada, y cuando volvió a enfrentarla su gesto se había tornado grave.
--Por nada del mundo desearía volver a ponerte en peligro. No quiero ser uno más de tus problemas: lo que quiero es estar a tu lado para ayudarte a encontrar la solución. Eres increíble, bichito; y sé que, aunque aún no vislumbremos la salida, si hay alguien capaz de encontrarla, esa eres tú.
--No lo sé, Chat: todo esto me abruma. Antes, cuando... En fin, cuando Reina amarga te alcanzó... --se interrumpió, con la voz temblorosa.
--Lo siento. No sé qué pude decirte, pero si realmente es lo opuesto a lo que pienso de ti, a lo que siento por ti, tienen que haber sido cosas terribles.
--Dijiste que no era digna. Y sé que no lo piensas, pero esas palabras pusieron voz a mis propios miedos. Y dijiste que me odiabas; pero sé que eso no es verdad.
--Nada de eso es cierto --bajó la cabeza--. Pensar en el daño que te hice me está destrozando por dentro.
--No te preocupes por eso: no eras tú. Era ese maldito veneno el que hablaba por tu boca. Y la culpa es solo del villano, no de las víctimas de su poder.
--Pero estabas llorando cuando llegué --susurró él, apenado.
--Todo está siendo muy intenso. Solo necesitaba desahogarme. ¡Y se suponía que llegarías en una hora! Me habría dado tiempo de lavarme la cara, peinarme un poco y estar algo más presentable para recibirte.
--Y yo podría haber aprovechado para comprarte flores. Pero no aguantaba un solo minuto más separado de ti.
Le dio un largo beso, dulce y salado, que los dejó a ambos sin respiración. Ella rodeó su cuello con los brazos, él enredó los dedos en su cabello, y durante un largo rato sobraron las palabras, y los sentimientos tomaron las riendas.
--Necesito sentir tu piel contra la mía --pidió Marinette, desprendiéndose de la camiseta.
--Plagg, garras fuera --murmuró él, deseoso de acariciarla sin la barrera que suponían los guantes de su traje de héroe.
Recorrió el cuerpo de la chica con suavidad, llenándola de mimos, y de besos. Ella suspiró, maravillándose todavía del hecho de tener a Adrien entre sus brazos, de que aquella fantasía con la que tanto había soñado se hubiera cumplido justamente cuando había estado dispuesta a renunciar a él para siempre. Respondió a los besos, acariciando el torso del chico con algo de timidez, hasta que se atrevió a aventurarse por debajo de su ombligo, disfrutando de los intensos estremecimientos que lo recorrían cada vez que palpaba la dureza de su miembro, o frotaba su propia intimidad contra la de él.
La voz de su madre, despidiéndose desde el vestíbulo e informándola de que llegarían tarde, los obligó a detenerse un instante, conteniendo la respiración. Luego escucharon el sonido de la puerta al cerrarse y continuaron besándose entre risas.
--Te quiero --murmuró Adrien al oído de Marinette--. Estoy loco por ti, y me duele el alma al pensar que te hice daño de esa forma. Necesito acabar con esto; ojalá pudiéramos derrotar a Lepidóptero, y terminar para siempre con esta amenaza.
--Al menos sabemos que existe un futuro en el que seguimos peleando juntos, Chaton. Aunque el villano también esté en él.
--Lo que puedo prometerte es que, pase lo que pase, yo estaré a tu lado para tenderte la mano cuando lo necesites. Y que siempre voy a quererte lo mejor que sea capaz.
En los ojos verdes del chico se adivinaba una honda emoción, y ella pensó que el corazón podría estallarle de felicidad en el pecho. Ambos sabían que la realidad que los rodeaba era compleja y peligrosa, llena de responsabilidades, y de trampas. Pero también que el amor que los unía era real, profundo, poderoso, y que les daría fuerzas para afrontar todo aquello a lo que se vieran obligados a hacer frente.
No encontró palabras que decir, y se limitó a cerrar los ojos para disfrutar de los besos y caricias compartidos. El calor aumentó, y pronto a ambos les sobró la ropa, concentrados solo en sentirse. Dejaron un reguero de prendas en su camino hacia el lecho; sus respiraciones agitadas se mezclaron, y las manos buscaron recorrer cada centímetro de piel. Los besos tiernos se entremezclaron con suaves mordiscos apasionados, y los suspiros dieron paso a los gemidos mientras cada uno se perdía en el cuerpo del otro, dando rienda suelta a la pasión.
Sumidos en aquel mar de nuevas sensaciones, el resto del mundo parecía haberse disuelto a su alrededor. Por un momento no eran héroes, sino solo dos jóvenes enamorados descubriendo cómo amarse por primera vez.
Las palabras se desvanecían en sus pensamientos como jirones de nube ante la brisa de verano, pues nada de lo que podrían haberse dicho habría hecho justicia a la magnitud de los sentimientos que los unían. Jugaron largo rato, contemplándose con deleite, disfrutando del cosquilleo de las caricias, del sabor de los besos, del arrullo quedo de sus respiraciones y del ritmo acelerado de sus latidos, aprendiendo juntos sobre el amor y el placer.
Cuando el calor ya se hizo insoportable, Marinette le pidió en un susurro excitado poder sentirlo en su totalidad por fin. Tras ayudarlo a colocarse el preservativo, mordiéndose el labio inferior en tensa expectativa, cerró los ojos con fuerza mientras él se posicionaba sobre su centro, delineándolo primero suavemente para después comenzar a abrirse paso en su interior con tortuosa lentitud. Ahogó un jadeo, y él se detuvo de inmediato, interrogándola con la mirada, atento a sus reacciones. Ella asintió, buscándolo para que continuara, y tras acostumbrarse a la sensación de plenitud que conllevaba acogerlo dentro comenzó a balancear suavemente las caderas entre sensuales murmullos de placer.
Adrien escondió el rostro en el hueco de su cuello, acompañando sus suspiros, adaptándose al ritmo que ella marcaba sin querer arriesgarse a imponer el suyo hasta que fueran ganando en seguridad. Luego, la firme presión de las manos de la chica sobre sus glúteos lo animó a buscarla él también, moviéndose con delicadeza, dejándose guiar por ella hasta que las acometidas fueron aumentando, poco a poco, en profundidad e intensidad.
Marinette sentía su piel arder, enardecida por las caricias y húmedos besos que acompañaban los movimientos de Adrien en su interior.
--Te amo, Marinette. Estar así contigo, tenerte entre mis brazos, poder sentirte mía, es... como un sueño --susurró.
--Te amo, Adrien. Yo... Hmmmm
Su voz se quebró entre gemidos cuando él comenzó a embestir con más fuerza, llevándola de la mano al paraíso. Su cuerpo respondía intensamente, y solo podía jadear, temblorosa, elevando las caderas para que él llegara más dentro, sus dedos clavados en la fuerte espalda del chico, y la propia arqueada hacia atrás para disfrutar con plenitud de las atenciones que Adrien dedicaba a sus pechos, recorriéndolos con la lengua o atrapando entre sus labios sus endurecidos pezones. Leves gotitas de sudor comenzaron a perlar su piel, mientras todo ardía hasta consumirse en una explosión de placer que la dejó sin resuello.
Su propio éxtasis lo arrastró a él también. Sus movimientos se hicieron menos cadenciosos, concentrándose en oleadas intensas, separadas por breves instantes en los que el chico parecía esforzarse en recordar cómo respirar, hasta que finalmente su excitación se liberó en un potente clímax que los estremeció a ambos una y otra vez.
Tardó todavía un momento en salir de su interior, resistiéndose a abandonar aquella exquisita calidez mientras quedara una sola gota de placer por exprimir, mientras pudiera demostrar con acciones aquello para lo que se quedaban cortas las palabras. Compartir aquella intimidad única con la chica a la que tanto amaba, entregarse a complacerla y sentir a cambio su propia entrega, percibir que la conexión que les unía alcanzaba un nuevo nivel, le parecía comparable a tocar el cielo con sus manos.
Cuando se retiró con delicadeza permanecieron estrechamente abrazados aún, deseando que aquel momento no terminara nunca.
--Esto ha sido... ¡Uff! --exclamó Adrien--. Eres increíble, Milady. ¿Estás bien? ¿Te dolió?
--No, gatito, no dolió. Has sido muy dulce, y me he sentido mimada en todo momento. Lo disfruté mucho, y además...
--Dime, por favor.
--Sentí que encajábamos, ¿sabes? Que nos complementamos. Como si llegara a casa, a donde debía estar --suspiró--. No sé si todo esto que estamos viviendo es lo correcto teniendo en cuenta las circunstancias, pero lo siento inevitable, predestinado. Y no sé si tras todas las vueltas que hemos dado, todos los malentendidos y confusiones, todos los peligros que nos rodean, eso realmente tiene sentido o solo es algo que deseo ver.
--Te entiendo a la perfección, porque yo siento algo similar: es como si todo fuera nuevo, intenso y sorprendente, y sin embargo llevara mucho tiempo echándolo de menos, sin saber que lo necesitaba para sentirme completo otra vez.
--La creación, y la destrucción...
--... Formando un yin-yang perfecto.
Ambos se sonrieron, mirándose con embeleso, cada uno perdido en los ojos del otro. Marinette fue la primera en reaccionar, acariciando la mejilla del chico con una dulce sonrisa.
--Me diste un buen susto cuando tocaste en la trampilla, gatito impaciente. Podrías haberme avisado de que llegarías antes.
--¡Pero si lo hice! --protestó él--. Te envié un mensaje a tu móvil.
--¡Ah! No lo vi: lo puse en silencio durante la siesta, y no lo he mirado desde entonces --recordó ella.
Alargó la mano para rescatar el teléfono desde su mesilla de noche, y al desbloquearlo frunció el ceño sorprendida por la cantidad de notificaciones pendientes. Allí estaba el mensaje de Adrien, pero también una docena de llamadas y varios WhatsApp, todos de Alya.
--¿Qué demonios habrá ocurrido? --masculló entre dientes.
--¿Eh? --Adrien levantó la cabeza, mirándola interrogativo.
--Nada, que Alya me ha llamado como un millón de veces durante la tarde.
Marinette se acercó a la cama mientras abría el chat para mostrárselo a él también.
Alya: Marinette, tengo que contarte una cosa
Alya: Es urgente, coge el maldito móvil!
Alya: Es sobre tu cita de esta noche
Alya: Con YaSabesQuién
--Argh. Entonces sí que dije algo inconveniente mientras ella fingía estar hechizada --Adrien se cubrió los ojos con las manos.
--Pero yo ya hablé con ella esta mañana después de eso, así que no entiendo a qué viene tanta urgencia.
Ambos intercambiaron una mirada preocupada, y continuaron leyendo los mensajes que restaban.
Alya: Quizá quieras reconsiderar algunas cosas tras la información que averigüé
Alya: Llámame cuando puedas. Ojalá no veas esto demasiado tarde.
Un dulce respiro para nuestros protagonistas. ¿Qué tendrá a Alya tan preocupada? Mañana sabremos más.Butercup
