La pluma negra flotó con languidez, mecida por la brisa, y al alcanzar la vertical del punto donde Chat noir continuaba postrado, lloroso y abatido, se detuvo como si la intensidad de esas emociones la envolviera en un remolino que la hizo caer, dibujando lentas espirales en su descenso.

Gabriel elevó la vista al percibir el movimiento, y sus labios se movieron casi sin querer.

--¿Mayura? --dijo en un murmullo apenas audible.

Ladybug siguió su mirada y contuvo una exclamación cuando la mujer se mostró, dedicando una suave caída de ojos al villano derrotado. Enseguida endureció el semblante y se puso en guardia, lanzándose sobre la heroína para impedirle que atrapara el amok antes de que este alcanzara su objetivo.

Ella lanzó su yo-yo con presteza, renunciando a cubrirse a pesar de saber que recibiría un buen golpe, con el corazón encogido de miedo al pensar que su amado podría acabar remedando el cruel destino de Chat blanc si Mayura lograba poseerlo.

--¡Resiste, Adrien! --gritó, angustiada, justo antes de que el impacto de la patada que le lanzó la villana la dejara sin respiración, al ver que había errado el lanzamiento y la pluma corrompida continuaba su caída.

Al escuchar ese nombre, Mayura, sorprendida, cruzó una mirada interrogante con Gabriel; pero él se limitó a indicarle con un gesto que siguiera adelante. Sin embargo, aquel intercambio, y aquella duda, no pasaron desapercibidos para Ladybug, que entendió de golpe algunas cosas.

--¡Nathalie, es Adrien! ¡Chat noir es Adrien! ¡No lo hagas!

El rostro de la mujer se desencajó visiblemente, y dio un paso atrás, alzando la mano para que el amok permaneciera suspendido, inmóvil en el aire.

Y entonces, de repente, pasaron muchas cosas a la vez.

El colgante de Rena rouge emitió su último aviso, liberando a un agotado Trixx, que dejó a Alya sin los poderes que le había estado proporcionando. Y Lila no desaprovechó la ocasión, pataleando con fuerza en cuanto estuvieron en igualdad de condiciones, y propinándole a la periodista un brutal cabezazo que alcanzó de lleno su nariz, haciéndola caer desmayada al suelo.

Lanzando un gritito de triunfo, se agachó para tomar una de las macetas de cerámica, que albergaban bellas flores multicolores, entre sus manos aún unidas laxamente por el pañuelo con el que Rena rouge la había inmovilizado.

Ladybug se volvió, alarmada, al escuchar todo aquel jaleo repentino, justo para ver el colorido proyectil volar por el aire, esparciendo una fina lluvia de tierra al girar. Contempló su trayectoria como en un sueño, incapaz de reaccionar, mientras su mente se llenaba con dos pensamientos absurdos. El primero, que resultaba irónico que unas flores tan bonitas fueran a convertirse en el desencadenante del fin del mundo; el segundo, que siempre era mejor atar las manos a un prisionero peligroso a la espalda, que hacia el frente.

Pero arrojar algo con precisión cuando uno tiene las manos amarradas tampoco resulta una tarea fácil: el primer proyectil florido se quedó corto, estrellándose en el suelo a unos pasos de Ladybug, que utilizó su yo-yo como escudo para desviar los fragmentos que saltaron cuando se rompió. Avanzó hacia Lila con decisión, torciendo el gesto al escuchar que sus pendientes emitían el primer aviso. Ni siquiera miró atrás, valorando que lo más urgente era poner fin a la amenaza que suponía la empecinada maldad de la italiana, y confiando en que Mayura --en que Nathalie-- sostuviera su amok sin dejarlo caer sobre aquel chico por el que intuía que profesaba un cariño maternal.

Lila vio a la heroína abalanzarse sobre ella y se apresuró a hacer un último intento, tomando otra maceta con rapidez y arrojándola con todas sus fuerzas. Ladybug la esquivó sin esfuerzo, atrapó a la chica, que gritaba y pataleaba, propinándole un seco puñetazo, y la redujo contra el suelo, usando el pañuelo para atar de nuevo sus manos. Esta vez a la espalda, como debía ser, apretando las ligaduras con fuerza y uniéndolas con un nudo tan complejo que la propia capitana Anarka habría podido sentirse orgullosa de ella.

Solo entonces miró hacia atrás. Y lo que vio la dejó totalmente sobrecogida.

La maceta que ella había esquivado había continuado su vuelo, directa hacia Gabriel, esposado e indefenso. Mayura, al verlo en peligro, había reaccionado por instinto, interponiendo su propio cuerpo para protegerlo, y recibiendo de lleno el impacto del proyectil, que se rompió contra la base de su cráneo impregnando el aire del olor entre orgánico y metálico de la tierra húmeda al mezclarse con la sangre. La mujer emitió un quejido sordo, conmocionada; al menos, estaba viva. Gabriel la contemplaba con el rostro pálido y desencajado, con el brillo de las lágrimas contenidas empañando su mirada. Pero Ladybug miraba hacia otro lugar.

Libre de su control, el amok había vuelto a quedar a merced de las leyes físicas. Y la gravedad, aliada con la desesperación de Chat noir, terminó por hacerlo posarse en el cuerpo del héroe, alojándose sin tardanza en el interior del cascabel.

--No, ¡noooo! --gritó Ladybug--. ¡Resiste, mi príncipe!

Chat noir escuchó su voz como si le llegara desde muy lejos, y dudó si era real, o formaba parte de algún extraño sueño. Pensó que, tras aquel maremágnum insoportable de emociones que lo había llevado al borde del colapso, hundiéndolo, abrumándolo, saturando su mente y su corazón hasta que pensó que se haría añicos, aquel repentino silencio resultaba un cambio agradable.

Frunció levemente el ceño, aunque ni siquiera estaba seguro de tener un rostro con el que expresarse, ni un cuerpo que poder mover. Se sentía etéreo, invisible, como si flotase en medio de aquel silencio espeso.

Paradójicamente, su intuición le dictaba que en vez de aquel vacío debería haber una voz. ¿Quizás podría hablar él también?

--¿Dónde estás?

La muda pregunta se formó obedientemente en su pensamiento, pero nadie respondió. Tampoco tenía claro quién debería haberlo hecho; lo único que sabía con certeza era que estaba solo.

Recordaba vagamente la explosión de emociones que debía de haberlo llevado a ese estado, pero ya no le afectaban, ni le hacían daño. Tal vez su corazón hubiera estallado de verdad, y ya no fuera capaz de sentir nada. Era como verlo todo desde fuera, como si se hubiera convertido en mero espectador de una tragedia ajena.

Invocó las imágenes en su mente, y las analizó con curiosidad. Al menos, ya no le quemaban por dentro con aquella intensidad insoportable, desgarradora. Ahora era más bien un dolor sordo, profundo, aislado, enterrado bajo una decena de capas apiladas de... nada. Era como si acariciara, fascinado, una cicatriz reciente: no pasaba nada si tanteaba con cuidado, pero si rascaba con fuerza la sangre pronto volvería a brotar, imparable, hasta dejarlo vacío.

El primer rostro que evocó fue el de su amada. Se deleitó contemplando sus preciosos ojos, su dulce sonrisa, el mohín decidido que curvaba adorablemente sus labios cuando estaba concentrada en algo. Trató de contar las pecas que salpicaban su nariz, pero la presencia inexplicable de un antifaz que a veces aparecía, y otras se borraba, dificultó su labor.

Pensó entonces en su cuerpo, en las sensaciones que le provocaba, en los suspiros que habían compartido, en el sabor de su piel. Alargó la mano para acariciarla, anhelante; y la bella imagen se distorsionó antes de llegar a hacerlo. La expresión de la chica cambió: parecía confusa, incluso asustada, y nuevos recuerdos lo asaltaron, esta vez sin permiso.

Sobresaltado, notó que sus propias garras se acercaban, amenazantes, al esbelto cuello de su princesa. Trató de luchar contra aquel impulso incomprensible, pero había una sombra, oscura y poderosa, que pretendía obligarlo a dañarla, dominando su voluntad hasta convertirlo en títere de sus maldades. Se resistió con todas sus fuerzas, apretando los dientes, cerrando los ojos; pero, cuando los volvió a abrir, a pesar de no ser consciente de haberla rozado siquiera, había crueles cardenales mancillando la blancura del cuello de Marinette, y sus ojos azules lo miraban, llorosos, y muy abiertos...

La culpa enraizó en su pecho, y luego la ira. Quiso disculparse, pero ella no parecía oírle, y no se atrevía a acercarse más mientras el villano acechara, por si lograba controlarlo otra vez. Buscó a su alrededor a la sombra que los separaba, que jugaba con ellos, que lo obligaba a dañarla, que era capaz de volver seres terribles a aquellos a los que lograba tocar. Y allí estaba, poderoso y atroz.

Lo vio enfrente, erguido, terrible, burlándose de su miedo y de su dolor; y quiso odiarlo, quiso acabar con él, quiso invocar el poder de la destrucción entre sus garras y borrar su amenaza para siempre. Pero no pudo. Porque ahora, de repente, la sombra tenía el rostro de su padre, y le hablaba de tiempos felices, de una familia unida, de cumpleaños infantiles y de paseos al sol. Luego tomó una expresión sería, grave. "No hay otro remedio", le aseguró, dedicándole una mirada que reflejó toda su amarga decepción cuando él se negó, que se clavó profundamente en su alma.

A pesar de ello, se resistió con firmeza a sus órdenes, sintiéndose como un niño desobediente, luchando contra el impulso, firmemente arraigado en su conciencia, de obedecer. Por más que le insistiese en que era el precio necesario para recuperar la felicidad pasada, no estaba dispuesto a traicionar a la chica a la que tanto amaba. No quería enfrentarse a ella. Se negaba. No.

Sin embargo, tampoco se sentía capaz de dañarlo. Simplemente, no podía. Llevaba toda su vida tratando de dar la talla, intentando convertirse en el hijo perfecto que él esperaba. Había aprendido a quererlo a pesar de su frialdad, y se había asegurado mil veces a sí mismo que aquella necesidad de sobreprotegerlo, de controlarlo, de exigirle, era su manera de demostrarle amor. Así que no podía odiarlo, ni siquiera aunque hubiera sobrepasado con creces el umbral de la cordura.

Así que solo podía sentirse culpable por ambos extremos, insuficiente y fracasado desde cualquier punto de vista. Había tenido en la mano la derrota de Lepidóptero, había tenido a su alcance la posibilidad de recuperar a su madre, y sin embargo su único deseo había sido que lo dejaran en paz, no tener que decidir, no tener que enfrentarse a aquella terrible encrucijada. Hacerse un ovillo, y desaparecer. Desaparecer...

"Lo siento, Ladybug. Lo siento, padre."

Se dejó mecer por el vacío, hundiéndose en la oscuridad. Ladybug gritó de nuevo, desesperada, pero él ya no la oía. No había dolor, ni amor, ni ira: solo la nada carcomiendo su interior. Lo rodeó un resplandor helado, que obligó tanto a Ladybug como a Gabriel a apartar la vista y esconder el rostro. Cuando volvieron a mirar, el chico seguía tendido en el suelo, pero había en pie frente a él una figura que parecía su calco perfecto. Sólo que su traje era blanco; y sus ojos, de hielo.

*

Chat blanc miró hacia un lado y hacia otro, y luego hacia el cuerpo tendido a sus pies. Lo reconocía como su dueño, como su creador, aquel al que se debía; sin embargo, no parecía en disposición de transmitirle lo que esperaba de él, lo que le causaba cierto desconcierto. Tratando de reponerse, rebuscó en su interior. Era, verdaderamente, parte de él, así que tenía recuerdos, sensaciones y sentimientos heredados. En ellos se basaría para ejecutar su voluntad.

Miró a Ladybug y supo que la amaba con todas sus fuerzas. Dio un paso hacia delante, y la chica retrocedió. Quiso tranquilizarla, asegurarle que jamás le haría daño, pero no le salía la voz, y no sabía sonreír.

Continuó con su escrutinio. Localizó a Mayura, todavía inconsciente, y su rostro no le transmitió nada concreto, así que decidió que la analizaría más tarde. Posó entonces la mirada en Gabriel, y lo embargó una mezcla extraña de sensaciones que le dejó en la boca un sabor desagradable. Lo señaló con el dedo, y el hombre se encogió sobre sí mismo. Le pareció que Ladybug se tensaba, preparada para intervenir. No lo atacó; bajó el dedo lentamente y se dio la vuelta.

Descubrió a Alya, aún desmayada, y su imagen le transmitió cierta simpatía. Luego vio a Lila, y por fin tuvo claro qué debía hacer: concentró una burbuja de poder entre sus dedos índice y pulgar, y la lanzó hacia ella sin más. Vio el horror reflejado en sus ojos oliva un segundo antes de recibir el impacto, y la observó volatilizarse con indiferencia.

Escuchó la exclamación horrorizada de Ladybug, y se giró hacia ella, inseguro. Había notado claramente que aquella chica era malvada, y sabía que les había hecho mucho daño; entonces, ¿por qué a su amada parecía haberle afectado tanto su destrucción? Estaba claro que el mundo era ahora un lugar un poco mejor; ¿no debería sentirse complacida?

Volvió a mirar a la figura tendida en el suelo: su espejo, su creador, aquel del que bebía sus emociones. Ansioso por hacer lo correcto, pero inseguro sin su guía, se esforzó en recapitular. Amaba a la chica, pero no sabía cómo transmitírselo; se centraría, por tanto, en el otro deseo predominante: desaparecer. Su creador quería desaparecer. Y en su mano estaba complacerlo.

Concentró otro haz de energía, con sus ojos de hielo fijos en él. Su amada le gritaba algo, pero no deseaba desviar su atención del objetivo en aquel momento crucial. Vio que corría hacia él, y que intentaba detenerlo, aferrándose con fuerza a su brazo para desviar el haz destructivo, que generó un pequeño cráter humeante a unos pasos del chico vestido de negro.

Sorprendido, reparó en que había sido capaz de emitir un gruñido frustrado al fallar. Entonces, ¿podría hablar? Movió los labios, paladeando las palabras, y probó a decirlas. Pero en lugar del "te amo" que pretendía, solo salió de su garganta un sonido ininteligible. Puede que tuviera que practicar un poco más.

Volvió a centrarse en generar otro rayo, y ella volvió a interferir, haciéndolo caer. Le dirigió una mirada dolida. ¿Por qué no le permitía cumplir los deseos de su amado? ¿Cómo podía hacérselo entender? Lo intentó de nuevo, y terminaron enzarzándose en una verdadera pelea.

Él no deseaba hacerle daño, así que se limitaba a sujetarla, o a evadirla. Pero pronto comprobó que la había subestimado, y que ella era mucho más fuerte y hábil de lo previsto, así que la lucha fue subiendo de intensidad.

Observó con curiosidad cómo los pendientes de la chica emitían un breve sonido, como una alarma, y la expresión de intensa preocupación con la que ella reaccionó al aviso. Continuaron luchando, intercambiando golpes entre ambos, hasta que un resplandor rosado la rodeó de repente, y el siguiente impacto la lanzó violentamente contra el suelo. De alguna manera, parecía haber perdido gran parte de su fuerza y su resistencia al desvanecerse su antifaz y su traje moteado. Ahora se había convertido solo en una chica, frágil y ligera, cuyo cuerpo había caído desmadejado tras su certero zarpazo.

La miró con tristeza, sintiéndose terriblemente culpable. Él la amaba también, y no había deseado hacerle ningún daño. ¿Cómo podría haber previsto, tras la complicada pelea que habían sostenido, que ella se volvería tan vulnerable de repente? ¿Por qué había continuado enfrentándolo con obstinación si sabía que al final iba a perder? Los humanos eran realmente complejos, difíciles de entender, con todos aquellos impulsos, sentimientos y emociones dominándolos todo el rato.

Se acercó para intentar ofrecerle una disculpa y comprobar si estaba rota o estaba bien. La zarandeó con delicadeza, y ella no se despertó, pero emitió un largo quejido dolorido. Se arrodilló a su lado y acarició su rostro, tan lindo, tan querido, y sus párpados aletearon por fin. Pensó que sería mejor que concluyera su tarea antes de que ella se despabilara del todo, o intuía que volvería a tratar de impedírselo, incluso herida, y no deseaba tener que volverla a golpear.

También vio, por el rabillo del ojo, que la otra mujer, la del vestido azul, había abierto los ojos y lo observaba con horror; debía actuar antes de que ninguna de ellas pudiera levantarse, para asegurarse de que la situación no se le volviera a complicar.

Se irguió despacio, avanzó hasta el chico caído y colocó su mano sobre él. Escuchó el grito desgarrador de su amada, y vio que luchaba por incorporarse, tendiendo la mano, en una súplica desesperada, hacia él. Pero su misión ya estaba cumplida, y donde había estado la figura yacente, solo quedaba polvo y ceniza. Y, en medio de ellos, relucían un anillo plateado y un cascabel.

Ignoró el primer objeto, y tomó el segundo. En su interior estaba el amok que lo había generado. Se sintió bien: había cumplido la voluntad de su creador, y ahora era totalmente libre. Se alejó de la escena que se desarrollaba a su espalda, pues el amargo llanto de su amada lo incomodaba, y se sentó en el bordillo de la azotea, con las piernas colgando hacia el vacío.

Una dulce melodía llenó su mente, y de repente recordó cómo hablar, comenzando a tararear en voz baja, primero con torpeza, y luego con mayor seguridad:

"Little kitty on the roof

All alone without his lady..."


Ahora mismo no sé si es mejor que diga algo o que me quede callada...

Creo que solo diré que quedan dos capítulos todavía. Ladybug y Chat noir no se rendirían por mal que se pusieran las cosas, ¿verdad? Pues nosotros no vamos a ser menos.

Butercup