Marinette sentía su alma deshacerse en lágrimas. Deseaba levantarse, pero no tenía fuerzas suficientes: sus hombros se agitaban convulsivamente, sus sollozos se entremezclaban con la cancióncilla repetitiva de Chat blanc, su mirada estaba totalmente empañada. Aunque tampoco deseaba ver. No quería enfrentarse a la cruel imagen de las consecuencias de su fracaso, justo cuando habían acariciado la victoria con la punta de los dedos. Justo cuando ambos habían estado convencidos del triunfo de su amor. "¿Por qué?" se preguntó. "¿Por qué me has dejado sola?"

Se sobresaltó al notar una mano fría posarse en su hombro. Levantó la mirada, y se encontró con los ojos desolados de Mayura. Tikki, que había estado intentando abrazarla con sus pequeñas manitas, se escondió con rapidez en el bolso, dando un buen mordisco a su galleta por si era necesario transformarla otra vez.

Las dos mujeres se comunicaron sin palabras. Habían sido enemigas acérrimas, y todavía peleaban en bandos opuestos; pero aquel dolor atroz, aquella terrible pérdida, de alguna manera las unía.

--El anillo, ¡coge el anillo!

La voz urgente de Gabriel rompió de golpe aquel extraño momento. Mayura le dirigió una mirada incrédula por encima de su hombro, y Marinette apretó los puños hasta que le dolieron. Su propio hijo acababa de ser volatilizado ante sus ojos, ¿y él solo pensaba en robar el prodigio de entre sus cenizas?

--¡Es usted un monstruo! --gritó Marinette, sacando fuerzas para levantarse de la rabia que la invadía.

Gabriel sostuvo su mirada desde el suelo, y abrió y cerró la boca varias veces, como si se debatiera entre ignorarla con desprecio o molestarse en justificarse ante ella. Por fin se decidió a hablar.

--¿No lo comprendes? Pediremos el deseo con el poder absoluto, y nada de esto habrá pasado. Todos los errores quedarán borrados.

La chica respiraba con dificultad, entre la tristeza, el dolor y la rabia. Una breve risa amarga escapó de sus labios, y habló con voz dura.

--El que no ha entendido nada es usted. Dice que ha estudiado el grimorio, pero en realidad no sabe nada. La magia no está para reparar nuestros errores, ni para librarnos de las consecuencias de nuestros actos; ¡estamos hablando del equilibrio de la realidad! ¡Estamos hablando de pagar un precio terrible!

--No me importa --sentenció él--. Y, si tanto amas a mi hijo, a ti tampoco te importaría.

La indignación estalló en el interior de Marinette, creciendo como una bola ardiente.

--¡No ha entendido nada de la magia, y tampoco del amor! El verdadero amor es generoso, protege, respeta, se entrega. Y usted --lo señaló con rabia-- no puede ser más egoísta. Utiliza a los demás como simples peones de su juego perverso, encierra y controla, y no duda en sacrificar hasta lo más preciado.

--Es por ella. ¡Es por él! --se empecinó Gabriel.

--¡Es por usted mismo! Y su maldito egoísmo ha destruido, una y otra vez, aquello que decía proteger. ¡Ha usado su poder contra su propio hijo un millar de veces!

Un sonido como el rugido de un animal encerrado brotó de la garganta de Gabriel. Aquella chica removía sin piedad sus dudas, sus culpas. Y él no estaba acostumbrado a que nadie le cuestionara, y menos a que se atreviera a replicarle.

--¡Yo no sabía que Adrien era Chat noir! Se suponía que debía estar en su cuarto, a salvo, no saltando por los tejados y enfrentándose a los akumas, ¡maldita sea!

--Aunque así hubiera sido, el resto de ciudadanos de París también tienen hijos, y padres --le recordó Marinette en voz baja.

El hombre respiró profundo, luchando por calmarse.

--Cuando pida el deseo nada de eso habrá ocurrido. Tú peleas siempre, caiga quien caiga, sabiendo que tu magia lo reparará al vencer. Es lo mismo, solo que a mayor escala --sacudió las esposas, mirándola retador.

Marinette meneó la cabeza.

--Realmente, no ha entendido nada... --repitió con pesar--. La magia de Ladybug, mi magia --puntualizó--, restaura, cura los daños usando el poder de la creación. Vuelve a equilibrar lo que estaba mal. Lo que usted pretende es cambiar la realidad, y eso tiene un precio. Todo tenderá a reequilibrarse por sí mismo, a cerrar la herida: si recupera algo preciado, perderá algo equivalente. Se volverá contra usted, y puede que su esposa despierte a un mundo en el que no desearía estar. ¿Qué piensa que es esto, un cuento de hadas? --rio entre lágrimas, con honda amargura--. No se puede escapar del destino --señaló hacia las cenizas, que comenzaban a dispersarse formando un sutil remolino gris.

--¿A qué te refieres? --dudó Gabriel.

--Esto --miró hacia Chat blanc, que continuaba sentado, balanceando las piernas sobre el vacío-- ya ha ocurrido antes. Lo arreglamos, pero todo lo que sucede deja huellas en el tejido del tiempo. Es como si quedaran cicatrices, surcos en el camino: en cuanto vuelve a llover, el agua corre hacia ellos. Y la historia tiende a repetirse --concluyó, agachando la cabeza.

El hombre pareció meditar. Sin embargo, no podía permitirse flaquear. No ahora.

--¿Y qué debía haber hecho? --cuestionó--. ¿Conformarme? ¿Rendirme, abandonarla? ¿Romper mi promesa? ¿Es lo que harías tú si pudieras decidir? Limitarte a llorar la muerte de mi hijo, teniendo en tus manos la posibilidad de traerlo de vuelta, de volver a abrazarlo... ¿Lo dejarás convertido en cenizas al viento? Porque yo no estoy dispuesto.

Se irguió como pudo, recomponiendo su expresión habitual, severa y resuelta.

--Mayura, trae el anillo. Y si nuestra... Ladybug --dijo con desprecio-- no quiere colaborar y entregar su prodigio, recuérdale que ahora no es más que una jovencita sin poderes, indefensa en nuestras manos.

Marinette tanteó el bolso donde estaba Tikki, que trataba de masticar lo más rápido que podía para recuperar las fuerzas. La kwami negó con la cabeza, apurada: había sido un gran esfuerzo mantener sus poderes tanto tiempo durante la pelea con Chat blanc, y necesitaba más tiempo para reponerse.

Mayura se agachó a unos pasos de donde Marinette estaba para recoger el prodigio de la mariposa, que había quedado abandonado en el suelo, inactivo, con Nooroo en su interior. Los ojos azules de la chica recorrían la escena de un lado a otro con rapidez, tratando de encontrar una salida. "Tú peleas siempre, caiga quien caiga, sabiendo que tu magia lo reparará al vencer", repitió en su mente, como un mantra, lo que el villano le había dicho.

Se fijó en que Mayura aún parecía algo mareada tras el fuerte golpe recibido, pero ella tampoco estaba precisamente en su mejor momento tras la lucha con Chat blanc. Apenas podía respirar sin que la atravesara un dolor lacerante, y qué decir de moverse: probablemente, tenía alguna costilla rota. Se dejó caer lentamente de rodillas, agotada. Sin sus poderes, estaba totalmente indefensa ante la villana. ¿Quizás podría convencer al sentimonstruo, ya liberado, de que peleara junto a ella? Pero, incluso así, a la portadora del pavo real le bastaría con chasquear los dedos para hacerlo desaparecer, como había hecho con Buguette. ¡Argh! Tiempo. Necesitaba tiempo.

--Amor... Por amor... --dijo con desdén, levantando la cabeza para mirar a Gabriel--. Todavía me pregunto cómo se atreve siquiera a pronunciar esa palabra. Ha abandonado emocionalmente a su hijo durante todos estos meses, y ha despreciado sistemáticamente todo el amor que le rodeaba. Usted no da, ni comparte, ni escucha. No quiere cariño: solo obediencia ciega --la expresión de Mayura al escucharla no le pasó desapercibida--. Así que diga lo que quiera, pero no ensucie esa palabra, ni la use como excusa para su locura, para su maldad.

--¡Cállate, niña! --se alteró Gabriel--. Mayura, ¡hazla callar! Trae los prodigios, ¡y quítame de una vez estas malditas esposas!

Las esposas... Su lucky charm. Transformarse, purificar el amok, lanzar las esposas al aire y arrojarse a los brazos de Adrien entre un torbellino de mariquitas mágicas. Lo repitió en bucle en su pensamiento, tratando de visualizarlo con claridad, rogando porque el verdadero amor fuera tan fuerte como para lograr arañar la superficie de la realidad hasta crear uno de aquellos caminos de los que le había hablado al villano, y que le había dicho el maestro Fu que eran la base real de todas esas leyendas que aseguran que los sueños se cumplen si crees en ellos con la suficiente intensidad.

Vio a Mayura acercarse a las cenizas de su amado para hacerse con el prodigio de la destrucción. Intentó levantarse, y el dolor que atravesó su costado ante el brusco movimiento fue tan desgarrador que solo pudo jadear y volver a dejarse caer, con las lágrimas ardiendo en sus ojos.

La mujer tragó con dificultad, como si le costara dar el paso, y luego tomó el anillo entre sus dedos. Marinette volvió a intentar levantarse, sollozando de dolor, y esta vez logró ponerse en pie, aunque solo para ver cómo el traje de Mayura aleteaba entre sus piernas mientras ella caminaba hacia Gabriel con paso seguro, sus caderas contoneándose con elegancia. Ahogó un gemido, sintiéndose derrotada. Quizás la que había cometido el error de empeñarse en soñar con cuentos de hadas había sido ella, y esta vez realmente no había solución. Hundida, pensó que ya nada tenía sentido, y que no merecía vivir; tal vez, podría pedir a Chat blanc que la hiciera desaparecer a ella también, y alcanzar la paz junto a su amado príncipe...

--Vamos, libérame; y luego iremos a por sus pendientes. ¿Sabe, señorita Dupain-Cheng? No soy tan malvado como piensa: preferiría mil veces que me los entregara voluntariamente a tener que hacerle más daño.

Gabriel continuaba arrodillado, con las muñecas esposadas a su espalda, pero estaba muy erguido, mirando a Mayura con expresión de triunfo. La mujer llegó hasta él, se agachó ligeramente, y cruzó su rostro con dos duras bofetadas que le dejaron las mejillas ardiendo, las gafas descolocadas y un asombro infinito pintado en su expresión.

--Definitivamente, has perdido el norte, Gabriel --dijo ella con dureza.

--¡Pero qué haces! --rugió él--. ¿Te has vuelto loca? No te habrás dejado engañar por sus palabras, ¿verdad? ¡Parece una chiquilla, pero es nuestra enemiga! --su tono se volvió suplicante--. Se interpone entre nosotros y la salvación de Emilie, y de Adrien...

--Es curioso oír hablar de locura precisamente a usted, señor. Y ella será una chiquilla, pero ha demostrado muchas veces que sabe bien lo que hace. Persigue sus objetivos, pero no destruye a sus seres queridos en el camino.

Se volvió y caminó de regreso hacia donde estaba Marinette, que la observaba con tanta esperanza como precaución. Tikki tosió, atragantada por el esfuerzo de engullir la galleta a toda prisa, y la azabache le dio suaves toquecitos en la espalda sin apenas ser consciente de ello.

--¿Ves? Ella sabe cuidar y confortar. Y estoy segura de que sabrá amar a Adrien como él se merece, si podemos lograr que regrese. --se volvió hacia ella, interrogante--. ¿Podemos, Ladybug? ¿Qué debemos hacer para conseguirlo?

--Recuperar el amok, purificarlo, restaurar todo con el lucky charm... Y abrazarlo otra vez --enumeró Marinette, con las lágrimas pugnando por brotar.

--Te aconsejo que te asegures primero de que esa costilla esté bien curada, o ese abrazo resultará muy doloroso --dijo Mayura con un atisbo de sonrisa.

Gabriel se debatía con fuerza, y estuvo a punto de caer de bruces, gritando con frustración.

--¡No, Nathalie! ¡No puedes traicionarme ahora, que estamos tan cerca de lograrlo! ¡No me abandones!

--Señor, le aseguro que, aunque ahora no sea capaz de verlo así, no le estoy abandonando: le estoy salvando --miró de soslayo a Chat blanc, y luego de nuevo a Marinette--. Bien: empecemos.

Se dispuso a destruir al sentimonstruo para recuperar el amok, pero, para su sorpresa, la azabache la detuvo.

--Aguarda un momento. Sé que nuestro objetivo es noble, pero la manera de perseguirlo también es importante. Podemos hacer las cosas de otra manera.

Se acercó con precaución al chico vestido de blanco, cojeando por el esfuerzo, y Mayura permaneció en guardia, preparada para atacarlo si las amenazaba. Marinette llegó hasta él, y se apoyó en la baranda justo a su lado. Chat blanc interrumpió su canción y estudió su rostro surcado por las lágrimas; elevó la mano con delicadeza, y limpió el rastro salado de sus mejillas.

--Lo siento --murmuró con voz neutra. Luego, se señaló a sí mismo--. ¿Ves? Ya puedo hablar.

--Y cantar --sonrió ella, y el chico asintió.

--Pero sobre todo, puedo explicarte... --se interrumpió, dándose cuenta de que elegir las palabras era más difícil incluso que vocalizarlas.

--Eres parte de él, ¿verdad?

--Soy hijo de sus sombras, su culpa, su miedo y sus anhelos --afirmó Chat blanc, solemne.

Marinette se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración mientras él hablaba, y exhaló despacio, conteniendo un gemido de dolor. El arrepentimiento brilló un instante en los ojos de hielo de Chat blanc.

--No quería hacerte daño. Él te amaba. Y creo... Creo que yo también --dijo en voz baja e insegura--. Y tampoco quería dañarlo a él. Pero su deseo más intenso cuando me creó era desaparecer --explicó en un susurro.

--Los humanos nos sentimos así de vez en cuando, cuando todo parece perdido y no somos capaces de vislumbrar una solución --suspiró la azabache--. ¿Y tú? ¿Qué es lo que deseas tú?

Chat blanc bajó del muro para quedar frente a frente, y pareció sopesar la pregunta con profunda seriedad antes de responder.

--Quiero que me perdones. Quiero arreglar lo que he roto --alargó la mano para acariciar su costado con exquisito cuidado, y luego la apoyó sobre su corazón--. Me encantaría poder saber un poco más sobre lo que se siente cuando uno está enamorado. Y luego, deseo... desaparecer.

Ella lo contempló con ternura.

--Nada de esto ha sido culpa tuya en realidad --afirmó, recortando aún más la distancia entre ambos para tomarlo por la cintura--. Por supuesto que te perdono.

Los ojos del chico brillaron de emoción, mientras ella acariciaba dulcemente su rostro. Él era, en definitiva, parte de Adrien, así que tampoco sería tan grave concederle aquel último deseo, ¿verdad?

Inclinó el rostro, mientras sus dedos se enredaban en los mechones rubios, casi blancos, de su nuca, y se elevó sobre las puntas de sus pies para unir sus labios con los del chico, sintiéndolos sorprendentemente cálidos al tacto. Le dio tiempo a saborear una lágrima que alcanzó la comisura de su boca --esta sí, fresca, cristalina, pura como el agua del deshielo--, antes de que Chat blanc se desvaneciera como niebla entre sus brazos. Se escuchó el leve tintineo de un cascabel, que resonó lejano, en el umbral de lo perceptible; y luego la envolvió un vacío espeso, casi doloroso.

Marinette contempló la pluma en su mano, ya totalmente blanca por mediación del poder de Mayura. Luego elevó el rostro con determinación.

--Tikki, puntos fuera --invocó.

La influencia curativa de la kwami al fusionarse con ella atenuó el dolor de su costado; además, debía desprender a Gabriel Agreste de las esposas moteadas, y solo con sus poderes mantendría la ventaja física sobre él.

Mayura también se colocó a la espalda de su jefe, dispuesta a reducirlo si era preciso.

--Pórtate bien si sabes lo que te conviene --amenazó secamente, aunque de alguna manera se notaba lo dolorosa que resultaba para ella sostener aquella rebelión.

Ladybug retiró las esposas, lanzándolas al aire con presteza. Y en cuanto las mariquitas mágicas la rozaron, sanándola, corrió hacia donde renacía la figura de Chat noir para arrojarse, llorando, a sus brazos.

--Estás aquí, mi amor... Estás conmigo --sollozó con fuerza, besando una y otra vez sus labios.

Él la acunó contra su pecho, y al escuchar su corazón latir de nuevo pensó que el propio se detendría de pura felicidad.

--No sé muy bien qué ha pasado, pero me alegro de que lo hayas podido solucionar --frotó su nariz cariñosamente con la de la chica, un poco apabullado por la intensidad con la que se aferraba a su cuerpo, pero feliz de que le demostrara sus sentimientos con libertad.

--Bueno, en realidad ha sido gracias a Nathalie --la mujer le dedicó una inclinación de cabeza, feliz por verlo vivo de nuevo--. Y me temo que aún quedan unos cuantos cabos sueltos que atar.

Chat miró a su alrededor. Alya y Lila observaban todo con notable desconcierto, aunque la periodista parecía lo bastante recuperada como para tantear en el bolsillo de sus vaqueros, probablemente en busca de su inseparable teléfono móvil.

Un poco más allá, sentado en el suelo y custodiado por Mayura, estaba su padre, que mantenía sus ojos grises fijos en él; y aunque intentaba ocultarlo, parecía embargado por una profunda emoción.

Los recuerdos llegaron de golpe a su mente, que todavía se esforzaba en asimilar el hecho de que el hombre que le había dado la vida, y que tan obsesionado se mostraba con protegerlo, era el mismo que tantas veces había estado a punto de arrebatársela. Tragó saliva, súbitamente tenso, y Marinette al percibirlo, apretó su mano con fuerza, buscando confortarlo.

Él se lo agradeció con una mirada llena de amor. Respiró hondo para tomar fuerzas, se acercó lentamente a Gabriel, y le tendió la mano para ayudarlo a levantarse. Intercambió una mirada con Mayura, que se retiró con discreción, dejándolos cara a cara. Ladybug, por su parte, escoltó con amable firmeza a Lila y a Alya, alejándolas de la escena, para proporcionarles la intimidad que aquella conversación precisaba.

--¿Adrien? --había duda en su voz, como si todavía no se creyera del todo que tras la máscara negra estuviera el rostro de su propio hijo.

--Garras fuera --murmuró Chat.

Y cuando el resplandor verde reveló al chico frente a él, Gabriel se rompió. Había mantenido su frialdad mientras ambas imágenes permanecían separadas en su conciencia, pero ver los ojos verdes de Adrien, y sus finos rasgos, tan parecidos a los de su madre, y saber que apenas un instante atrás habían sido solo cenizas, desató la tormenta en su interior. Apretó los labios, que formaron una fina línea, y cerró los ojos mientras masajeaba sus sienes maquinalmente. Pero eso no contuvo las lágrimas, ni los sollozos, que quemaron su pecho hasta que le faltó el aire para respirar.

--Tienes todo el derecho a odiarme, hijo. Cometí un error terrible, y lo intenté tapar con nuevos errores, hasta que ya no podía ver la salida del laberinto; no fui capaz de dar marcha atrás. Cada paso me encerraba más, y más, hasta que solo había una opción en mi mente, una que lo arreglaría todo, que repararía todo mal. Pero he fracasado.

--Yo no te odio, padre. No podría odiarte --Gabriel levantó la mirada, esperanzado, y Adrien casi pudo escucharlo pensar--. Pero no te atrevas a sugerir siquiera que traicione a Ladybug, porque podría plantearme seriamente el aprender a detestarte.

Su padre agachó la cabeza, incapaz de sostener su mirada.

--Intentaremos arreglar todo esto. Trataremos de evitar que puedan relacionarte con Lepidóptero, lo cual sería muchísimo menos complicado si no hubieras decidido aliarte con esa víbora de Lila. Y trataremos... --hizo una pausa y colocó su mano sobre el corazón--. Te prometo que trataremos por todos los medios de traer a mamá de vuelta.

Se lanzó a los brazos de su padre, que primero se quedó estático, pero pronto reaccionó para atraparlo en un emocionado abrazo que pareció empezar a derretir el hielo de su corazón.

Tal vez era verdad que las cosas podrían solucionarse de alguna otra manera. Por primera vez en mucho tiempo, llorando junto a su hijo, sintió la esperanza renacer.


Y aquí estamos, a un pasito del final.

¿Qué les ha parecido el desenlace de la situación? ¿Habrá pasado ya lo peor, y tendremos por fin nuestro ansiado final feliz?

Butercup

Pd- dado el cambio de política de Wattpad, creo que migraré mis historias antiguas a esta plataforma. No sé cuándo podré escribir algo nuevo, pero algunas ideas tengo rondando por mi cabeza.

¡Nos leemos!