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Es invierno, hace mucho frío y ellos están tapados hasta las narices. Ellos, pronombre que debe ocupar porque Oikawa le ha arrastrado hasta su casa y, más precisamente, a su cama. Él no se queja, sin embargo.

Puede sentir el tacto de Oikawa debajo de las mantas y es cálido. Pero no solo es el calor que desprende todo ser vivo, es algo más. Algo como inherente a Tooru, que surge de él por el simple hecho de que es él.

Sus manos son ásperas y están marcadas por el balón, pero él no dice cosa alguna cuando Oikawa las entrelaza con las suyas.

Y es raro, piensa, que le esté dando tantos permisos a Tooru. Es extraño que no se queje de sus piernas rozando las suyas, que no le regañe porque sus manos están sobre su rostro y, más aún, que no se resista a sus labios.

—Te juro que es primavera.

Es lo primero que le dice cuando se separan. Hajime hace una mueca, un asomo de sonrisa.

—Es que hace mucho frío y eres cálido.

Los besos sobran esa noche, las excusas también.