Helo aquí: el capítulo que me demoró 4 años.
Enjoy!
Piezas por unir
Por: LP Luna Phantom
Capítulo 5: Abril 21, 2000
Abril 21, 2000
¡Recuerda esta fecha, mi diario, porque es la más memorable de cuantas han cruzado tus páginas! Por eso es que seré generosa esta noche y te describiré hora a hora, minuto a minuto quizás, y con lujo de detalle todos los pormenores de mi día. Haré llegar a las grafías de tu hoja las emociones que me hicieron vivir el día para poder evocarlas más tarde cuando plazca, y no sólo evocarlas, revivirlas. Daré vida a tus páginas para que guarden este día en la tinta de mis trazos, para que aguarden cada nuevo despertar en mis ganas de leer y, sobre todo, dejaré que viva la memoria del recuerdo, conmigo, porque sólo ella me convencerá de que lo pasado fue real, de que no lo soñé o inventé. Sólo la memoria me dirá que no estoy escribiendo una novela de amor. Incluso tú podrías no creerme, y, sin embargo, me creerás. No dudarás de una sola de mis palabras. Porque este día es tan real que la realidad tocará tus páginas y convencerá tus anhelos. Ya tienes lo que quieres. Ya tienes, Helga G. Pataki, lo que siempre quisiste. Ahora sólo me pregunto cómo te lo haré saber.
No basta una frase, como la escribí ya en hojas anteriores (y que tuve que arrancar de raíz). Sé que cada línea que preceda a la que describe el momento exacto de la cumbre parecerá superflua e innecesaria una vez en el momento, mas no puedo prescindir de ellas porque son la base de aquél, su fase preparatoria, su hilo conductor. ¿Qué habría pasado de no haber peleado con Bob esta mañana? No lo que pasó, ciertamente. ¿Qué habría pasado de no saltarme las clases de la escuela? No lo que pasó, en definitiva. Para que me entiendas en esa situación tan maravillosa –¡oh, maravillosa!– es necesario que me entreveas en las profundidades de la desdicha.
Nunca me ha gustado ser madrugadora, es lo más horrible del mundo el tener que levantar los párpados a la hora del día en que pesan más. Levantarse antes que el Sol, no señor, no es para mí. Pero Myriam y Bob se han empeñado en inscribirme a las escuelas más matutinas de la ciudad. Si no fuera porque la escuela de mañana ofrece más atractivos que la de la tarde (uno, al menos), seguro que yo habría desistido desde hace ya mucho. Pero no. Hoy debía despertar.
Incluso si no hubiera decidido que 6:47 a.m. era lo suficientemente tarde para comenzar a moverme, habría tenido que hacerlo y obedecer el enérgico rugido que mi padre lanzaba fuera de la habitación. A veces me he preguntado, te he preguntado también, qué pasaría si yo tuviera otros padres, unos a los que realmente le importara, que de verdad me quisieran, que fueran un poquito más responsables para hacerse cargo de mí. No hay remedio ahora, pero a veces no se puede evitar el ponderar. Esta mañana, por ejemplo, no lo pude. Bob tampoco pudo evitar actuar como el típico Bob, cada vez más intolerable. Veo ahora que uno no puede jamás saber cuál es el límite al que puede llegar una persona, porque cuando cree que lo ha alcanzado, se levanta de pronto una chispita de escepticismo que le alega "esto es sólo el comienzo". Bob no me da miedo, pero me fastidia. Y eso sí que me aterra, porque es de mí de quien menos conozco el límite.
6:48 a.m. y la puerta de mi cuarto se estremecía ante los escandalosos golpes. Tuve que abrir, no me quedó de otra.
— ¡Qué diablos está ocurriendo contigo! ¡¿Que no puedes llamar a las personas sin tener que destruir un edificio entero?! Y de preferencia sin gritar, ¿quieres?, que acabo de levantarme.
— ¡Claro, ¿y acaso éstas te parecen las horas de levantarse?! No sé por qué Myriam se empeña en hacerme llevarte a la escuela si sabe que tengo que conducir una gran empresa de localizadores. Hoy tengo una junta muy importante que no puedo perder por nada del mundo. ¡Y no me gusta que me hagas perder el tiempo, niña! ¡No me gusta!
— ¡Pues no lo hagas! Tal vez Myriam te pidió que me llevaras, pero yo no. No me importa si te vas y me dejas en casa, yo puedo valerme por mí misma. ¡Y ya no soy una Niña, Bob!
— ¡Bien! Pero asegúrate de llegar a tu escuela. No quiero que faltes más, Helga. ¡Ya bastante hemos tenido que soportar que nos esté llamando tu maestro a todo momento para hablar sobre tus clases! ¡Con Olga nunca nos pasó algo similar!
Olga.
Ella franquea uno de mis límites. Toparme con su nombre es siempre una invitación a cruzarlo. ¿Por qué no puede simplemente desaparecer su nombre y todo lo que significa? El nombre, el nombre, el nombre es peor que la persona; podría quedarse mi hermana e irse Olga, no sería tan malo. Pero su nombre no lo soporto, cada vez que lo escucho me tiemblan los labios y quiero gritar "¡calla, calla, calla!" el nombre me hace odiar a la persona. Yo no odio a Olga, pero tal vez pueda llegar a hacerlo algún un día. Me habría gustado no saberlo, ni enterarme de mis posibilidades. Alguna vez leí que "al adquirir conciencia quizá hayamos dejado de ser humanos para convertirnos en entes de ficción, en criaturas literarias", y leerlo me hace pensar que tal vez soy una criatura de ficción en la mente de algunos más, que me toman, me ponen a pensar las cosas, a sentirlas, decirlas y gritarle luego a mi padre:
— ¡Pues lárgate con Olga y déjame a mí en paz!
Pero no: yo sé por qué lo dije y sé que lo que siento no puede venir más que del fondo de mí, que es tan oscuro, lejano y vastísimo que si no soy yo nadie más lo podría entender. Aunque lo cierto es que ni yo misma me entiendo al fondo. Es como si justo al final la palabra no existiera, como si pensara con sensaciones. Todo es tan primitivo e irracional, me asfixia esa parte de mi ser, de mi conciencia, una conciencia que late bajo mis palabras o pensamientos todo el tiempo y a la que cuido con la más férrea disciplina, una conciencia que sólo no se desata porque hay una certeza más arriba: que prolongando su cuidado por un poco más de tiempo lograré conseguir lo que más quiero… y eso que quiero, esa persona, será junto a la mía una guardiana de mi persona, un acechador de mis demonios. ¿Qué sería de mí de no tener una conciencia reguladora y una fuente de inspiración? No lo que soy. Y tampoco habría obtenido lo que obtuve.
Pero lo hice, y si para eso tuve que pasar un mal rato con Bob y con el nombre de mi hermana, bien que acepto el sacrificio.
Ya que Myriam no despertaba y el autobús escolar había partido hacía ya mucho, no me quedó otra que caminar hasta la escuela. Más del triple de la distancia que separaba mi casa y la P.S. 118., agrega eso a la nieve de una temprana tormenta primaveral y tendrás como resultado, si haces los cálculos correctos, que no llegué a tiempo a las clases. Lo que es más, ni siquiera hice el intento de asistir a las últimas horas y disculparme con los maestros por la tardanza. Un día de relajamiento no estaría tan mal, considerando que mi paciencia estaba por colmarse. ¿Para qué ponerla a prueba en un aula donde un maestro y un montón de bobos se empeñarían en acechar cada una de mis acciones? Y hoy, además, era el día en que sólo compartía una clase con Arnold. Ya podría verlo cuando regresara a casa acompañado de su cabeza de borrego, amigo Gerald. Podía, mientras tanto, ejercitar un poco mis destrezas jugando en las maquinitas.
El local de juegos quedaba de paso entre la casa y la escuela, y poco a poco se había convertido en un buen lugar para relajar mis arrebatos temperamentales. Desde que me di cuenta de que no tenía caso quedarme en casa a "convivir" con mis padres y desde que Phoebe aceptó asistir a ese internado prestigioso para señoritas en California, descubrí que estar sola era el mejor remedio para no enloquecer. Tú lo sabes, diario, porque no hay barrera entre tú y yo, porque a ti no oculto nada y porque eres, creo, el único que conoce mis verdaderos sentimientos, que ha visto a la Helga dulce que se oculta bajo la Helga intimidante, que ve la flor abrirse ante la inspiración poética y cerrarse bajo ataque del mundo exterior. Si no fuera por Arnold… Arnold. ¡Arnold! Con él, ¿para qué esconderme bajo el techo de videojuegos? Podríamos caminar juntos todo el tiempo, tomados de la mano, hablando del sol, de las cosas, de nosotros y de cómo mi amor y el suyo podrán juntos salvar todos los obstáculos entre mi fastidiosa vida y su adorable cabeza de balón.
Con esos mismos pensamientos y un par de monedas entré al local justo cuando empezaba a desatarse una llovizna quisquilleante. Le quedaban a la escuela un par de horas, pero yo era suficientemente hábil como para permanecer jugando ese tiempo con sólo un par de créditos. Eran cerca de las dos cuando apareció junto a mí un hombrecito pequeño que pretendía retar mi habilidad en las luchas; de sombrero grande e impermeable gorroso, asomaba de su rostro apenas una nariz redonda que de inmediato me puso a soñar despierta. Pero el primer round comenzaba y yo tenía que estar alerta.
Hice lo que siempre: hacía de cuenta que Arnold estaba ahí conmigo y me miraba, que era uno entre el público y escuchaba mis razonamientos: "Mira, Arnold, así se pega uno por detrás y luego… ¡ZAZ!, una técnica de estrangulación. ¿Pusiste atención, cabeza de balón?" Me gusta imaginar que Arnold va conmigo en cada uno de mis pasos, me acompaña en mis aventuras y oye mis lamentos; por eso me gusta estar sola a veces, porque no estoy del todo sola. A veces, incluso, hablo en voz alta.
— ¡Mira, Arnold, cómo le parto la cabeza a este enclenque!
Y qué si la gente mira, dejó de importarme hace mucho. Parecer loca no es ningún problema para mí, siendo que soy yo quién más está consciente de las contradicciones que uno puede cargar en su personalidad: actuar ruda, pero ser dulce; maldecir en voz alta, pero escribir poesía. Y me agrada pertenecer a ambos lados de la balanza. Yo soy mi propia damisela en apuros y caballero vengador. Siempre pensé que tenía que serlo, que sólo yo podía cuidar de mí; al menos mientras esperaba que mi sueño por fin se volviera realidad y pudiera estar con Arnold. Y yo sería suya y por fin estaría bajo el abrigo de alguien que me quisiera. Sería lo que él quisiera que fuera: dulce o aventurera, amable o valiente.
Pero por el momento sólo me quedaba esperar.
Y vencer a ese enano.
Cuando comenzó el segundo round yo aún tenía casi toda mi barra de poder al tope y, en el tercero, me enfrenté contra su tercer y último peleador.
— … Esquivo, lo pesco ¡y le hago knock out! ¡Así se hace!, ¿viste, Arnold?
— Nada mal.
El hombrecito se giró hacia mí, ¡y no adivinarás quién era! ¡Pues claro! Debajo de esa gorra enojosa se encontraba mi eterno amado, Arnold, mi dios rubicundo y risueño.
— Pensé que con este traje no me descubrirías. Por cierto, extrañé verte en clases, Helga.
— Yo… yo… tú…
Tartamudeé, debatiéndome entre la amabilidad y la rudeza. Era como si el Arnold imaginario que siempre me acompañaba se hubiera materializado enfrente de mí. Como si mis sueños y deseos por fin hubieran alcanzado el grado de locura que necesitaban para adquirir cuerpo y forma. ¿Estaba soñando? ¿Por fin había enloquecido? Mientras me preguntaba mentalmente esas cosas me comporté con la misma torpeza de siempre, y aun así, más tarde…
¡No, no debo adelantarme! ¡Y tú tampoco lo harás, no debes! Permanecerás conmigo todo el camino hasta el final. Imagina que hoy es un día común y corriente y lee y vive y sueña conmigo, que a partir de aquí el camino fue dulcísimo. ¡Y todo esto me gané por no ir a la escuela! ¡Arnold me extrañó! Y se puso mejor, pues Arnold me retó a otra ronda y permanecimos jugando juntos casi dos horas. Y no es que fuera una situación romántica, como esas que tanto he idealizado. Prácticamente nos machacamos y molimos a golpes el uno al otro, una y otra vez, pero, ¡hey!, un milagro es un milagro, tome la forma que tome.
Recuerdo que cuando éramos niños solíamos ir a toda clase de partes juntos. Recuerdo que yo aprovechaba cada oportunidad del día para estar con él. Este último año no he tenido tanta suerte, como recordarás de mis entradas anteriores, pues, dado que Phoebe se fue de la ciudad, Gerald quiere pasar cada minuto del día con Arnold, y el pelos de borrego no soporta mi presencia por más de 15 minutos. Pero hoy la suerte fue para mí, hoy estuve a solas con Arnold todo el día. Sí, leíste bien: todo el día. Y no me aproveché de él, fue completamente su idea.
¿Sabes? El clima jugó una carta poderosa a mi favor. Cuando terminamos de jugar y salimos del local empezó a llover, primero suave y luego a cántaros. Arnold sugirió que nos refugiáramos en Slausen's y yo acepté, gustosa de poder extender mi racha de suerte. Aunque el lugar estaba cerca, Arnold abrió su paraguas y lo puso sobre nosotros. Ya lo iba a rechazar, cuando sentí cómo pasaba su mano por mi cintura y me atraía hacia él. ¡Oh, de verdad que no puedo describirte con palabras la alegría que sentí en el corazón! En lugar de lluvia, sobre mi alma llovían sueños e ilusiones. Y apenas estaba probando el paraíso.
La suerte continuó con la forma de un Slausen's vacío, sólo para nosotros dos. ¡Claro!, con amenaza de tormenta de nieve, ¿quién querría comprar malteadas congeladas? Pero yo, al menos, estaba ardiendo, y la malteada y la compañía estuvieron deliciosas. Nos sentamos juntos a la mesa y platicamos por horas, como nunca antes.
Arnold me contó que sus padres han estado planeando por varios meses mudarse a Hillwood, pero por una u otra razón no lo han logrado. Yo le conté lo mismo de Olga, que quiere venir aquí para que vivamos juntas. Me preguntó por mi familia, y yo no quería contarle nada, pero ¿cómo negarme? Incluso aplicó una de esas técnicas de psicología inversa que tanto se le dan, me dijo: "si no quieres contarme nada, entonces no lo hagas". ¿Ves? Le dije todo, que sueño con escapar de casa, que espero a que llegue el momento de crecer y ser independiente. Y, aunque Arnold no puede entenderme, sé que lo intenta. ¡Es tan cortés!
La tarde en Slausen's estaba como sacada de una película romántica, por lo que a ella sólo le podía seguir otra escena de película romántica: ir a patinar. El parque de la Avenida Central estaba ofreciendo una pista de hielo artificial y ya había dejado de llover. Para no regresar a mi casa Arnold me ofreció prestarme unos de sus viejos patines. Fuimos a su edificio y me pidió que lo esperara en el recibidor mientras iba a buscarlos. No estuve mucho tiempo sola. La señora rubia, esposa del desempleado, se me acercó. Sin invitarla me contó su vida. Antes de hoy no le había prestado demasiada atención, me parecía de lo más normal, una criaturilla bastante deprimente y aburrida. ¿Pero sabes qué me contó? Apuesto a que no. Me dijo que ella y su esposo se conocieron en la secundaria. Ella era una muchacha soñadora y él era un rebelde. Él le hacía bromas todo el tiempo, pero ella descubrió que en realidad él era un muchacho muy solitario. Se enamoraron. Él le pidió que se fugaran juntos. Tenían 15 años y estaban en el último grado de secundaria. Ella le dijo que no. Pero un día se peleó con sus padres y aceptó irse con él. Dijo que nunca fue más feliz que entonces. En esos años ella estaba dispuesta a hacer todo tipo de locuras por él… y aún, viendo que siguen juntos. Dice que él la hace sentirse libre, no atada, no dependiente. Y dice que él aún es muy divertido, como cuando eran jóvenes. Claro, de eso yo no sé nada.
En fin, fue una charla estimulante. Y me puso a pensar que, a menos de que Arnold y yo estudiemos la misma carrera universitaria, no estaremos juntos para siempre. Lo más probable es que vayamos a universidades diferentes. Estoy segura de que a Arnold le vendrá como anillo al dedo una carrera en Política, quizá con especialidad en Relaciones Internacionales, con lo buen mediador que es. Para mí sería más estimulante algo de Estudios Literarios con especialidad en Poesía Isabelina, publicaré mis volúmenes de poesía y mis diarios, y seré una poeta laureada. Sin embargo, a pesar de que nuestros futuros parecen más brillantes y prometedores que los de esta mujer y su esposo, no dejo de temer que algo nos separará y no lograremos vencer los obstáculos como ellos lo hicieron.
¡Pero basta de presagios funestos! Aún falta mucho para la Universidad, ¿no?
Arnold bajó por fin con dos pares de patines, sin su impermeable y con la gorra de siempre. Eran las siete de la tarde cuando salimos del edificio. Entre las nubes, apenas, asomaba un pálido sol que teñía de naranja todo cuanto podía tocar. Mi amado Arnold parecía un rey, un dios, y yo no podía evitar verlo y sonreirle. Mi fiel patraña de odiarlo ya no estaba funcionando, no habíamos peleado en toda la tarde y yo no sabía si Arnold estaría comenzando a sospechar. Me puse nerviosa. Casi lo dejo plantado en el autobús que tomamos para llegar a la Avenida Central, pero él me dio la mano para ayudarme a bajar y mi voluntad le perteneció.
Todo Hillwood estaba presente en el parque y nos vieron llegar juntos y dirigirnos a la pista de hielo. Pero hoy menos que nunca me importaba lo que la gente pensara. ¿Qué o quién me iba a impedir disfrutar de la noche?
La nieve. Hacia las siete y media se apagó la luz de nuestro astro rey y comenzó a nevar. Yo no iba preparada. Pero Arnold... ¡Oh, sólo a Arnold se le ocurre llegar al punto máximo de la caballerosidad! Arnold me ofreció sus guantes y su bufanda. Lo iba a rechazar, ¡pero eran sus guantes y su bufanda! Sólo en mis más locos sueños me he visto a mí misma usando su ropa. ¿Te imaginas lo que sucedió después?
Con toda la delicadeza del mundo, dándome tiempo para detenerlo si yo no aprobaba sus acciones, me pasó la bufanda por la nuca. Se acercó tanto a mí que pensé que me iría a desmayar. Yo estaba abrumada, por supuesto, y le dejé hacer lo que quisiera. Arnold anudó al frente los extremos de la bufanda y desabrochó un poco mi chamarra para meterlos dentro. Ya estaba comenzando a sentir el calor. Pero lo que me hizo volver a la realidad fue la sorpresiva rigidez de mi amado. Y ahí estaba: visible, bien visible, y colgando de mi cuello, mi relicario con forma de corazón. Y Arnold lo estaba viendo. ¡Cómo desee desaparecer en ese instante! ¡Por suerte que la foto estaba dentro del relicario, por lo que su presencia ahí no me traicionó por completo!
Arnold levantó su vista hacia la mía y creí ver una pequeña sonrisa.
¡La cosa más loca ocurrió después!
Brainy, ¡todavía no sé de dónde salió!, empujó a Arnold por el hombro, me tomó de la mano y me jaló hacia el otro extremo de la pista. Arnold estaba en el suelo, yo lo iba mirando por sobre mi hombro. Atrajimos cientos de miradas. Yo no sabía si desear que Brainy me siguiera arrastrando lejos de ahí para evitar darle explicaciones a Arnold sobre mi relicario o si, al contrario, deseaba que Arnold nos diera alcance y me rescatara de Brainy. Fue hasta que vi que Arnold se levantaba y nos perseguía que me di cuenta de que deseaba lo primero. Arnold se veía molesto y yo era una gallina que no deseaba enfrentarlo. Así que así estaba la situación a las siete treinta del día de hoy: yo, la chica ruda que se aprovechaba de Brainy y acosaba a Arnold, estaba siendo perseguida por el chico que amaba y que había descubierto mi secreto, y huía junto al chico al que siempre golpeé por perseguirme tras los botes de basura. Sin embargo, Brainy no era ningún atleta y caímos juntos casi al llegar al final de la pista.
— Casi lo lográbamos –le dije a Brainy.
— Te… quería… rescatar –me dijo, así, con sus pausas para respirar.
— Ya es muy tarde.
Y sí, ya era muy tarde, Arnold acababa de darnos alcance.
Nos levantamos del suelo, derrotados.
En definitiva, no estaba preparada para lo que vendría.
— ¡¿Cuál es tu problema, Brainy?! –Arnold gritó, molesto.
— ¡Arnold!
— ¡Siempre te molesta, siempre te está siguiendo!
Me quedé muda, debatiéndome entre alegrarme porque Arnold me estaba defendiendo o compadecerme del pobre Brainy, de quien sabía que no tenía malas intenciones.
— La estaba… protegiendo –le respondió él, sacando el pecho y toda la cosa.
— ¡Yo no le iba a hacer nada! –Arnold volvió a responder, aún muy agitado.
— Helga es mi amiga.
Cuando escuché eso se me formó un nudo en la garganta. Desde que Phoebe se fue, yo me quedé sin amigos. Claro, están los compañeros de clase que te saludan y con los que tienes que hacer tareas a veces. Y está Arnold, que es quien está más cerca de esa categoría. Pero nadie nunca me había dicho que me consideraba su amiga. Y yo no tenía palabras para responderle, ése no era mi fuerte.
Creo que Arnold por fin se dio cuenta de que estaba siendo muy severo con Brainy, porque lo vi sonrojarse un poco, pero no se disculpó con él, lo cual me pareció extraño. Quizá dijo "bien" o "adiós", no le entendí porque estaba cabizbajo, luego me tomó de la mano y me guió de vuelta hacia donde estábamos en un principio. Brainy no nos siguió.
Por fin reaccioné.
— Arnold, ¿por qué hiciste eso?
— No lo sé.
— ¿Cómo que no lo sabes? ¿No estarás celoso, Arnoldo? ¿De Brainy? —pensé que reaccionaría cuando le dije eso, pero no contestó, por lo que presioné para sacarle más información—. Eso es, debes estar muy loco o muy celoso.
Y volteó. Y me vio. Y te juro, diario, que era la primera vez me veía así.
— Helga, abre tu relicario.
Me quedé paralizada. Me había descubierto. Hice un poco de esfuerzo por recuperar mi mano, pero él la mantenía fuertemente asida.
— Ya no soy tan denso —me dijo y yo memoricé sus palabras—. Hace meses que te observo, y si no te sigo por los callejones como Brainy es porque yo sí respeto tu privacidad. Hace mucho que muero por hablar contigo. El relicario que te vi es la prueba de esto que he venido queriendo decirte.
"Anda, búrlate de mí, humillarme. Estoy preparada para todo", estoy segura de que eso le hubiera dicho si hubiera sido dueña de mi cuerpo. Pero en ese momento no lo era y ya no podía huir, negarlo, ridiculizarlo, arrojarme a él y abrazarlo… Y ahí estaba, a un segundo del momento que cambiaría mi vida, pensando que todo había acabado para mí. Cerré los ojos.
Pero nada pasaba.
Los segundos se convirtieron en minutos, en una eternidad, en un ir y venir de pensamientos y emociones, en un torbellino de desesperación. Me sudaban las manos. Dejé salir un suspiro y abrí los ojos para encararlo por fin. Me disolví en el aire, libre, con el futuro a mi favor. Arnold sostenía una cadena con un dije, y en el dije había una foto, y la foto era mía.
La foto era mía.
Las piernas se me volvieron de mantequilla. Arnold me soltó la mano y tomó de mi pecho el relicario. Lo abrió y sonrió al ver su foto.
— Lo sabía —me abrazó al instante por la cintura hasta que nuestras mejillas se rozaron—. Eres la chica más especial que jamás he conocido.
La tormenta de nieve era una escenografía nada más, las personas no importaban, Brainy también había quedado en el olvido. Lo único que importaba en ese momento era él, mi adorado cabeza de balón.
¡Nunca, nunca olvidaré esta fecha! El día de hoy vuelvo a nacer, después de 13 años de existencia incolora. El día de hoy empieza la parte más feliz de mi vida, la parte real, la parte que cuenta. ¿Puedes imaginarlo? ¿Puedes imaginar a qué huele su cabello? Lo empecé a disfrutar desde que me puso su bufanda, sin imaginar que muy pronto lo iba a tener ahí para mí, cuanto tiempo quisiese. ¡Y créeme que permanecimos mucho tiempo abrazados! Pero viene lo mejor… ¡oh, sí! Arnold se separó un poco, me miró a los ojos (¡oh, sus ojos verdes, dos fuentes de vida!) y se acercó despacio, muy despacio, a besarme en los labios. Yo estaba temblando toda. La primera vez no le atinó, me besó en la barbilla, pero luego me besó una segunda vez y luego una tercera. ¡Cómo extrañaba esa sensación tan divina digna del paraíso!
— No puedo creer cuánto tiempo estuve celoso de Brainy –soltó de pronto mi amado y se echó a reír.
La tormenta no apagó la llama naciente de nuestra relación. Tomados de la mano nos paseamos por medio Hillwood. Había tantas cosas por decir y tantas por explicar… Pero esta noche no, mi diario, esta noche era sólo para disfrutar del hermoso comienzo de nuestro amor. ¡Si hasta a mi adorado cabeza de balón se le olvidó pedirme que fuera su novia! Pero no importa. El acuerdo, aunque tácito, ha sido sellado, y hoy, Helga G. Pataki, eres la mujer más feliz sobre la Tierra.
Muy pronto, mi diario, me tendrás escribiendo novelas de amor todos los días sobre Arnold y yo.
El amor es una bendición. Había escuchado decir por ahí.
Y yo lo creo.
Y prometo amar hasta el fin de mis días.
Hasta mañana.
¡Me emociona finalmente actualizar con un capítulo nuevo!
¿Qué les pareció? ¿Les gustó la parte de Brainy? ¿La historia de Suzie? ¿El relicario de Arnold? ¿Creen que sí parece la voz de Helga?
Subiré un capítulo nuevo la próxima semana. Acuérdense de que esto está en desorden. Hay que ir viendo las fechas para armar la historia.
Si tienen dudas escríbanme. De hecho, si me dejan sus comentarios e impresiones no me enojo.
¡Gracias por leer y saludos!
