¡Una historia sobre Gertie! ¿Será...?
Piezas por unir
Por: LP Luna Phantom
Capítulo 9. Una historia de amor y de guerra (I)
Love & War
A Manuscript
By Old Betsy
I.
Corría el mes de octubre del año 1929. La pequeña G tenía 12 años de edad y cursaba el último año de su educación elemental. Sabía leer y escribir, se sabía los nombres de los estados de su país y hasta sus capitales, sabía hacer matemáticas y sabía dibujar, pero no sabía por qué las naciones y ciudades, los trabajos y las riquezas, podían derrumbarse durante un único día, un martes negro. "Son cosas muy avanzadas", le dijeron sus padres, "eres muy joven para saber de esto". Otros le dijeron "Tú eres una mujer y a las mujeres esos temas no les interesan". Pero a la adorable G ese tema sí le interesaba, pues a causa de aquello —que luego supo fue derrumbe económico— la mitad de sus compañeros de aula abandonaron la escuela, entre ellos un muchachito de nombre P. Nunca le había contado esto a nadie, pero G estaba secretamente enamorada de P y por esta razón su ausencia le había dolido mucho. Los siguientes meses se pasó preguntándose por qué había sucedido lo que había sucedido, por qué los muchachos que dejaron la escuela no pudieron volver para tomarse la foto de graduación con el resto, y decidió que para conocer esas respuestas proseguiría con sus estudios, en lugar de abandonarlos como muchos otros.
En aquella época las escuelas secundarias no eran muy comunes, pues los chicos solían obtener trabajos al salir de estudiar la escuela primaria y las chicas se dedicaban a ayudar a sus madres en el hogar, pero G tenía más visión que el resto y convenció a sus padres de inscribirla a una secundaria para señoritas. La educación no estaba financiada por el estado, pero los padres de G no sufrían de tantas carencias económicas como otros chicos en el pueblo. A veces veía a P mientras iba o mientras volvía de la escuela, y siempre lo veía haciendo algo diferente: a veces lo veía cavando hoyos en ciertos terrenos del pueblo y a veces pescando en el lago. Su sueño era caminar hacia él algún día y pedirle que se casaran, pero eso probablemente no funcionaría ya que ella y P nunca habían sido buenos amigos, es más, cualquier espectador externo pensaría que eran los más acérrimos enemigos.
G se graduó de la escuela secundaria y obtuvo un puesto de telefonista. Trabajaba 10 horas al día y mentiría si dijera que le gustaba estar todo el día escuchando "Operadora, ¿me podría comunicar con...?", pero le gustaba sentirse independiente y ganar algo de dinero (aunque fueran sólo 7 dólares por semana).
Su pequeño puesto de telefonista le duró cerca de un año y medio. Ya se acercaba la Navidad de 1934 y Hillwood comenzaba de verdad a parecer una ciudad con cada día que pasaba: cada vez había más tiendas que casas, grandes anuncios publicitarios en las calles motivaban a comprar Coca-Cola, la bebida Yahoo se había lanzado al mercado recientemente para hacerle frente al gigante negro, Walt Disney había revolucionado los cines con sus animaciones a color, por las noches algunos músicos de Jazz tocaban en las calles, pidiendo una moneda. La ciudad se movía y G sentía que ella se había quedado estancada.
A veces observaba a P, quien aún hacía todo tipo de cosas locas, como trabajar en el circo o trabajar en los trenes. De hecho, recientemente se había inaugurado el tren subterráneo en Hillwood como sistema de transporte y fue durante un viaje en él que G decidió cambiar de vida.
Eran las 9:00 p.m. y el metro estaba casi lleno. Niños, niñas, adultos y hasta mascotas ocupaban cada uno de los carros del subterráneo.
De pronto, el metro se detuvo y las luces se apagaron. Un grito colectivo resonó en los amplios túneles por los cuales transitaban. A G le recorrió un escalofrío por toda la piel. Esperaron y esperaron, pero el carro no se movía. Las personas comenzaron a impacientarse y G tuvo que escapar del carro en el que se encontraba, debido a que una mujer no dejaba de llorar y estaba poniendo nerviosos a todos.
Caminó hasta llegar al primer carro, junto al que estaba la cabina del conductor. Lo escuchó solicitar ayuda a través de un radiocomunicador. Tocó su puerta y éste la dejó entrar a la cabina.
—¿Cuál es el problema? ¿Por qué no nos movemos?
El conductor no contestó. Estaba pálido y asustado. Por poco ella también se dejó vencer por la angustia y la tristeza, pero luego pensó en P y decidió no rendirse. Lo recordó trabajando en los trenes. "Seguramente él sabría cómo resolver esta situación". Luego lo recordó cavando hoyos en el suelo.
—¡Claro! ¡Podemos salir de aquí!
El conductor la miró como si estuviera loca. Pues no, no estaba loca, sólo estaba determinada a no morir bajo tierra.
—Estos son túneles y salen al exterior. Sólo hay que llegar a la siguiente estación y podremos escapar de este infierno.
—¿Escapar? ¡¿Quieres decir "caminando"?!
—Sí, caminando, ¿no me oyó?
—Pero... está oscuro, hay ratas y... algunas de las vías están electrificadas. Es muy peligroso.
El conductor estaba moviendo la cabeza, en negación, pero G persistió. En unos minutos se cumplirían ya dos horas desde que el accidente había ocurrido y era muy probable que la ayuda no llegara pronto.
Finalmente el conductor se dejó convencer. Él era un hombre de 40 años y ella era una jovencita de 17. ¡Pero qué jovencita! Seguramente tendría más agallas que muchos hombres juntos.
G regresó a los carros y con ayuda del conductor comenzó a esparcir la voz. Todos saldrían del tren, bajarían hacia los túneles y, estrictamente en orden, caminarían hasta la siguiente estación. El trayecto no sería muy largo, pues no había ni siquiera una milla de distancia entre la estación en la que se habían subido y la siguiente, pero estaría sumida en la oscuridad y el principal obstáculo a vencer sería el pánico. Además, deberían ser extremadamente cautelosos, para evitar tocar uno de esos rieles electrificados de los que le había hablado el conductor.
—Simon, tú guía a las personas por adelante, ya que conoces estás vías. Yo los acompañaré hacia el final de la fila, para evitar que haya gente que se quede atrás.
La mayoría de los pasajeros se encontraba reacia al plan, pero viendo como poco a poco todos bajaban y hacían su camino por el túnel se terminaron de convencer.
G se quedó arriba de los carros hasta que el último de los pasajeros bajó.
El primer paso para bajar no era saltar directamente hacia el suelo, sino que había que pisar una plataforma de concreto que corría a lo largo de los costados de todo el túnel. Dicha plaquita medía 30 centímetros de ancho, en los cuales apenas cabía un pie. La escalera que conectaba dicha plataforma con el suelo se encontraba unos metros más allá. G se imaginó a P con su traje de circo, caminando por la cuerda floja, y pensó que este pequeño trayecto habría sido cosa fácil para él, pero ella no era P, sus pies no eran tan ágiles y tampoco tenía la condición del muchacho.
Bajó con cuidado la escalera. Los rieles electrificados brillaban de cuando en cuando, por lo que supo cómo evitarlos. Una vez ya en el suelo se dirigió hacia adelante y resumió su papel de guía y motivación del resto de los pasajeros.
Cuando llegaron a la siguiente estación soltó unas lágrimas de alegría y se dio cuenta de que deseaba un trabajo como aquel, deseaba ayudar y guiar a las personas. No perdió nada de tiempo y a todos en la ciudad les sorprendió la noticia de que G se había enlistado como policía y que comenzaría sus labores apenas comenzara el año de 1935.
Durante un poco más de un año combinó tareas de capacitación, entrenamiento y patrullaje en la ciudad. Su trabajo le gustaba y encontraba gran satisfacción, por ejemplo, en encontrar niños perdidos y regresarlos a sus padres, pero en muchas ocasiones se sentía menospreciada por sus pares hombres
Hacia finales del año 1936 se cortó el cabello al ras, esperando que esto cambiara en algo la manera en que era vista por el cuartel. Su familia ya estaba acostumbrada a sus excentricidades, pero sus viejos compañeros de escuela aún a veces la veían y se asombraban. Le decían "¡Estás loca!" y le recordaban que ningún hombre la querría así. Pero para G no había otro hombre que no fuera P, a quien había visto en compañía de diversas damas desde el momento en que cumplió 18; a quien, particularmente desde hacía un par de meses, había visto en compañía de una muchacha que, además de hermosa, era rica, bien portada, de actitud dulce y femenina, en resumen, una muchacha perfecta.
G temía que llegara el día en que se anunciara el compromiso de los dos y por ello se entregó completamente a su trabajo, arriesgándolo todo.
A lo largo del año 1937 grandes cosas pasaron: G logró su cinta negra en karate y sus compañeros policías comenzaron a tomarla en serio, incluyéndola de ahí en adelante en misiones peligrosas, custodia de reclusos, entre otras tareas. También, hacia finales de ese año se enteró de que P había terminado su relación de un año con la señorita perfecta.
1938 trajo otros milagros.
Todo comenzó el 25 de enero, mientras G tomaba la ronda nocturna. El cuartel despertó cuando las alarmas sonaron con un reporte de incendio, y luego otro, y otro más. El cuartel se dividió para cubrir todas las áreas, pero cuando llegaron a los supuestos lugares del siniestro se dieron cuenta de que las personas habían confundido un bello espectáculo de la naturaleza, una aurora boreal tan roja como las llamas, con un desastre tan terrible como un incendio.
Los reportes continuaron llegando durante toda la noche y los policías estuvieron patrullando sin descanso.
Cerca de las 4 de la mañana, G pasaba por los muelles, rendida y a punto de ir a casa, cuando vio que estos no estaban solos. Una figura solitaria se encontraba contemplando la escena.
—¿Phil? ¿Qué haces aquí?
—¿Qué parece que estoy haciendo? Observo al cielo arder. ¿Y tú?
—Acabo de terminar mi ronda nocturna. Ha habido llamadas toda la noche de idiotas como... bueno, no como tú, ya que aparentemente tienes suficiente sentido común como para no enloquecerte por unas luces en el cielo.
—Je je, en la casa todos estaban espantados. Espero que no hayan sido ellos los que te molestaron, señorita gruñona.
—¡Oye! Aunque no estemos en la escuela aún puedo apañármelas contigo. Además, ahora soy policía, no te conviene molestarme, chico mentón.
—¿Quieres acompañarme un rato? —Le propuso él después de los segundos de titubeo que siguieron a los segundos de risa entre ambos—. Estoy seguro de que con toda la conmoción aún no has podido detenerte a observar bien esto. No creo que dure mucho tiempo más. ¿Qué dices?
G no lo dudó mucho. Ya no era una niña pequeña, tenía más seguridad en sí misma y ya no le preocupaba lo que otros dirían si la vieran con un chico.
A pesar de los grandes martirios por los que G había hecho pasar a P durante su niñez, él nunca había llegado a odiarla. Es más, siempre le había parecido una niña muy inteligente y con maneras muy creativas para expresarse. La admiraba.
—Y quizás después podríamos reunirnos en el Gran Pete para tomarnos unas malteadas o un refresco, y platicar de lo que la vida nos deparó en estos últimos años, ¿qué te parece?
La aurora boreal en el cielo había pasado a ser para G la segunda cosa más bella que había ocurrido en ese día.
A partir de entonces ella y P se reunieron de manera casual algunas veces, en calidad de amigos. Pero ambos se mantuvieron solteros y no faltó quien pensara que estaban saliendo. A veces P la tomaba de la mano, a veces le pasaba su mano sobre los hombros, pero todos los avances se perdían cuando P salía en algunos viajes de sus trabajos locos o cuando G tenía rondas de patrullaje que duraban hasta quince días sin descanso.
También se destruyeron los avances cuando la guerra de 1939 estalló.
Los Estados Unidos de América habían tenido éxito en mantenerse al margen de los conflictos políticos que durante años habían estado latentes en Europa y Asia, pero en septiembre de ese año, a pesar de mantener un discurso neutral y de no declararse a favor de ningún bando, las fuerzas armadas norteamericanas habían estado haciendo reclutamientos y campañas patrióticas para publicitar al ejército. El sueldo de los reclutas se disparó hacia el cielo y P vio por fin la posibilidad de sacar a su familia de la depresión económica por la que habían cruzado desde la década pasada.
Antes de marcharse de la ciudad, P se despidió de G en la estación de trenes. Se dieron un beso y prometieron volver a verse y tener su primera cita cuando la guerra terminara. P le dio a G la dirección del cuartel del ejército, al cual ella podría hacerle llegar todas las cartas que quisiera.
Y G escribió. Sí, escribió desde el primer día hasta el último, pero nunca se atrevió a enviar por correo esas cartas.
Su trabajo en la policía era cada vez más difícil, ya que cuando escuchaba el sonido de un disparo pensaba en todas las balas que podrían estar dirigiéndose a su amado en esos momentos; cuando veía a alguno de sus compañeros herido o con sangre palidecía, imaginándose a P herido y con sangre en el campo de batalla.
La primera carta de P llegó un mes después de su partida. En ella sólo explicaba que estaba recibiendo un entrenamiento muy duro y que probablemente éste se extendería hasta entrado el año nuevo. Le recordaba que podía escribirle y que él recibiría todas las cartas que ella le enviara.
La segunda carta llegó con fecha del 1° de enero de 1940. En ella le reprendía por no haberle escrito, pero le decía que todos los días pensaba en ella y que deseaba que ese año fuera un año de victoria para todos. Y ella quería responderle que también pensaba en él todos los días, que así había sido desde que eran niños, desde que tenía tres años de edad, desde que supo para qué se usaba ese músculo que latía día con día sin motivo antes de él. Y lo escribió, todo ello lo plasmó en un papel que fue a parar junto a las otras cartas nunca enviadas.
La tercera y última carta llegó un año después de su partida. Con un tono de decepción le decía que siempre había sabido cómo torturarlo y que una vez más lo había conseguido, pero le decía que no le deseaba mal y que esperaba que los dos lograran ser felices.
Su ausencia había ido arrebatando una a una fibras de energía y vitalidad a sus miembros, pero esa última carta arrancó de cuajo un montonal de ellas.
En 1941 supo que las tropas norteamericanas finalmente tomaban partido en la lucha y se enfrentaban, por una parte, a los alemanes, y, por otra, a los japoneses.
En un acto de locura, G rastreó el batallón al cual había P sido asignado y se dio cuenta de que ahora estaba en tierras francesas, en una misión para combatir a los alemanes. Sin vacilación decidió volar a Francia. ¡El idiota de P quería que ella le escribiera, ¿pero qué no se daba cuenta de que escribir era imposible?! ¿Y qué pasaría si ella le escribía una carta que nunca le llegaría porque para ese momento él ya habría muerto? El pensamiento era insoportable. Lo único que podía salvarla del tormento sería verlo con sus propios ojos, tocarlo con sus propias manos y escuchar de su voz decirle que aún la quería y que la perdonaba.
Pero cuando G llegó a su destino y se aproximó al cuartel del ejército norteamericano, al caer el sol observó cómo algunos soldados escapaban con mujeres y se extraviaban juntos en la noche. Entre ellos iba P.
El sentido de la vida de G se le esfumó de su cuerpo y de su alma. Aunque... al menos él estaba bien.
Se obligó a seguir andando, al menos hasta el final de la guerra. Pero ya no tenía ánimo de volver a su hogar o de volver a la policía.
G dedicó los siguientes años a vagar por algunas ciudades de Europa que aún no habían sido tomadas por los nazis. El escenario de su viaje turista era lúgubre en gran medida y nada alentador, pero justo el mismo tono oscuro y acabado tenía su corazón, por lo que el viaje se acomodaba a su estado de ánimo. Vagó por calles abandonadas y durmió en edificios bombardeados, comió junto a judíos fugitivos e incluso en una ocasión o dos le tocó defender a algunas señoritas de los acosos lascivos de soldados enemigos. Algunos dicen que también tocó tierras asiáticas y africanas, pero nadie lo sabe a ciencia cierta.
En 1945 regresó a los Estados Unidos, escondida en un navío que acababa de dejar un cargamento de comida en las costas de Inglaterra y que regresaba a su patria.
La guerra había terminado. Algunos soldados le contaron que P había sido de capital relevancia para ese desenlace tan favorable. G incluso asistió a la ceremonia de develación de las placas y bustos conmemorativos.
Pero después de eso ya no había planes.
"Así que, Geraldine, ¿cuál será tu siguiente paso?" pensó ella para sí misma.
CONTINUARÁ...
