Piezas por unir
Por: LP Luna Phantom


Capítulo 10. Una historia de amor y de guerra (II)

Love & War
A Manuscript
By Old Betsy

II.

En 1945 G cumplió 28 años. A pesar de que había vuelto a su país e incluso a la ciudad de su nacimiento después de pasearse por las grandes, aunque un poco decaídas, ciudades del mundo occidental, se sentía más perdida que nunca. Decidió regresar a vivir con sus padres, sin trabajo ni aspiraciones en especial, y comenzó a encontrarse con el problema de que cuando sus conocidos o vecinos la veían, le decían que se estaba quedando atrás en la carrera de la vida... Sí, en la carrera de la vida: ya había tenido experiencias laborales y hasta había viajado por el mundo, pero aún no tenía esposo e hijos, como algunas de sus antiguas compañeras de la secundaria, lo cual era mil veces más importante que los trabajos o el turismo. Según ellas.

Para G, en cambio, la vida de la mujer no tenía que abocarse al hogar o a los hijos, ya que la mujer poseía el mismo derecho del varón de poder escoger cuando o si quiera si deseaba casarse; inclusive tenía el derecho de decidir si deseaba tener relaciones sentimentales abiertas, de esas en las que solo se necesitaba a la pareja para una cosa. De hecho, en sus viajes por el país de los mil quesos había conocido a un tal Jean-Paul, quien la había invitado a mantener una relación abierta que no excluía la posibilidad de integrar a una segunda mujer a la dinámica. G había rechazado la oferta con todo el tacto y política de que había sido capaz. Aunque no la había rechazado por su audacia: verdad era que ella rechazaría hasta la más casta invitación para una relación. Sólo a una persona podría decir que sí.

Para no aburrirse, pero también para no estar tentada cada uno u otro día a ir a la casa de huéspedes —después de todo, P también había regresado a Hillwood—, consiguió un puesto de bibliotecaria. El director de la biblioteca se había sorprendido al saber que una expolicía deseaba trabajar en su pequeña estancia, pero terminó dándole el puesto después de haberle preguntado en repetidas ocasiones que si estaba segura y de que ella le respondiera invariablemente que sí.

Sinceramente a G el puesto le gustaba: a veces en sus ratos libres tomaba libros de arquitectura, de biología o de cocina y se ponía a leer. A veces también tomaba prestados libros de la sección de novelas románticas y de la sección de novelas eróticas, y los llevaba a casa para leerlos bajo la mortecina luz de una vela en su ático.

El problema de su trabajo como bibliotecaria era que le dejaba libres los domingos. "Malditos derechos laborales", pensó ella.

Las primeras cuatro semanas decidió no salir de casa para nada durante esos días, no deseaba encontrarse a esas vecinas tan chismosas que no paraban de meterse en su vida, pero también tenía miedo de encontrarlo a él. Pero el aburrimiento era intenso, sobre todo para alguien que estaba acostumbrada a pasearse por las calles de la ciudad todo el día en tiempos de rondines y a quien le entretenía mucho tener o ya aunque fuera presenciar una buena pelea durante los entrenamientos en el cuartel.

Uno de sus viejos amigos policías la invitó a un bar el primer domingo después de que se cumpliera un mes de su llegada a la ciudad. G se aseguró de que no fuera en plan romántico, y luego aceptó. Quiso la suerte que ese mismo día una amiga de P lo hubiera invitado a ese mismo bar. Por aquel entonces él se había vuelto una de las personas más respetadas en la ciudad, después de que se hubiera hecho de conocimiento público que con su ayuda la gran guerra entre los norteamericanos y los alemanes se había ganado. Cuando él y su acompañante se acercaron a la barra, precisamente a un lugar contiguo al de G y el policía, éste último lo saludo con gran alegría y emoción y hasta le invitó un trago para él y para "la encantadora dama que lo acompañaba".

G estaba que le daba un golpe a su amigo por lo idiota de su comentario. La muchacha no era tan bonita, o al menos eso le pareció a G, quien pudo haber asegurado que la misma princesa de Inglaterra era fea como un ogro.

Ella y P toda la noche se robaron miradas, él incluso hizo algunas exclamaciones audaces acerca de una cierta inevitable supremacía de los militares sobre los policías y G no dijo nada, aunque por dentro estaba rabiando. De hecho, nunca se hablaron, a pesar de que siempre estuvieron a menos de tres metros entre sí y más de una vez el amigo de G intentó entablar charla con él.

Parecían un par de exnovios que no supieran exactamente cómo hablarse después de una separación no solo sentimental sino también de distancia. Como si hablaran dos lenguas distintas.

Y eso que ellos nunca habían sido novios.

Los siguientes domingos volvió a suceder una y otra vez el mismo incidente. Ella siguió saliendo con su amigo el de la primera cita, pues ya le parecía bastante humillante que, de entre ellos dos, solo P pudiera presumir sus tantas y variadas experiencias románticas con el sexo opuesto. Las siguientes semanas P, por su parte, asistió cada día con una muchacha diferente: ora una rubia, luego una morena, después una pelirroja... G se encargaba de investigarlas y de crearles multas de tráfico falsas o de vandalizar sus casas. Una vez la policía la descubrió, pero, a fin de cuentas, ella era amiga de la policía, por lo que no pasó de un "¡Estás loca! ¡Pero nunca cambies, vieja amiga!".

Por aquellos años el Jazz había pasado de ser un género más o menos reservado a ser el nuevo género popular de la época. En el bar que G visitaba todos los domingos ella logró hacerse amiga de algunos músicos de Jazz, quienes habían estado tocando en otros bares, tanto de clase como subalternos. Pronto, esa misma banda consiguió una invitación de la alcaldía para tocar en el Teatro Circular.

Los muchachos le habían rogado a G que asistiera para apoyarlos y ella accedió. No sabía que ahí se encontraría nuevamente con P, aunque esta vez sin una acompañante.

—¿Geraldine? ¿Qué haces aquí?

A G se le hizo extraño que, a pesar de haberse encontrado algunas veces antes, sólo hasta ahora P se decidía a hablarle.

Pero si él se escapaba de las formalidades, ella también lo haría.

—¿Qué parece que estoy haciendo? Disfruto del evento. ¿Y tú?

Además, a G también le parecía extraño el modo en que le había hablado. En las otras ocasiones en el bar no se había mostrado tan asombrado de verla como en esta ocasión, casi como si esta vez no hubiera sabido que ella estaría allí y las anteriores sí lo hubiera sabido.

—¡Oye! ¿No estarás siguiéndome? —le preguntó ella.

—Para tu información, he venido acompañando a un nuevo artista. Se presentará esta noche.

—Ah, sí, ¿y quién es este nuevo artista? ¿No será otra mujer, otra de tus amigas?

En ese momento se oscureció la sala y un presentador se asomó en el escenario. Todos hicieron silencio.

—Damas y caballeros, con ustedes Dino Spumoni —el presentador anunció y quien apareció en el escenario fue un joven muy, pero que muy, joven. Pronto G se introdujo en una melodía increíblemente suave y con estilo. Su voz también era hipnotizadora y potente, a pesar de su edad, y las letras que cantaba eran muy modernas.

Esa noche nació una estrella en Hillwood.

P se mostró muy envanecido cuando G se dio cuenta de que Dino Spumoni era el amigo del que había estado hablando, pero también se mostró genuinamente alegre de compartir ese momento con ella. De hecho, estaba a punto de invitarla a bailar, cuando en medio de la sala apareció una mujer de belleza espectacular. Caminó con orgullo hacia las mesas del frente y se sentó en un asiento que aparentemente había estado reservado toda la noche. P la reconoció de inmediato.

—¡Cielos, es Hedy Lamarr!

No solo P se había quedado embrutecido al verla; prácticamente toda la población masculina que esa noche se había reunido en el Teatro Circular había quedado sin palabras ante la presencia de una de las grandes estrellas del cine de la última década. La joven Lamarr era una belleza escultural de 1.70 de estatura, ojos brillantes y cabellera sedosa, con todas las curvas correctas y, además, un modo de sostenerse con vanidad y altanería que resultaban sumamente atractivas a los ojos de los hombres.

G no fue la única chica que se ofendió con la falta de tacto de P al reaccionar así ante la actriz. Pero, bueno, después de todo ellos dos no eran nada. Aprovechó la distracción de éste y escapó hacia la parte de atrás del escenario. Sus amigos jazzistas se encontraban ahí.

—Ese tal Dino Spumoni ya se robó toda la noche, nadie nos hará caso ahora a nosotros —dijo uno de ellos.

—No será culpa de Dino Spumoni —dijo G—. Si nadie les pone atención durante la noche sólo será debido a que entre el público está Hedy Lamarr.

—¡Hedy Lamarr!

La reacción de sus amigos músicos no se hizo esperar. "Los hombres son unos tontos" se dijo ella para sí.

Unos minutos después salió con ganas de escapar del Teatro Circular, pero P logró divisarla entre el público que ya se había puesto de pie para bailar y se acercó a ella.

—¿Ya te vas? —le preguntó mientras la tomaba del codo para evitar que siguiera andando.

—Phil, suéltame. Tengo cosas que hacer. Tengo que irme.

Pero, honestamente, con él tocándola como lo hacía lo último que quería en la vida era desprenderse de él.

—Ven, al menos quédate para que te presente a Dino. Ésta es su última canción.

Se dejó llevar hacia el escenario, donde, tal como él había afirmado, Dino daba su última nota y luego agradecía al público por el espectacular recibimiento que le habían hecho en ésa, su primera noche como cantante de la ciudad.

Dino Spumoni bajó del escenario y saludó a quienes se acercaban a felicitarlo, luego se dirigió hacia P.

Sin que ninguno lo hubiera esperado, mientras se hacían las presentaciones entre el cantante y la expolicía, Hedy Lamarr se acercó al grupo y saludó a todos con una sonrisa franca e invitante. Su saludo se dirigió a todos en general, pero particularmente iba dedicado al cantante, a quien tenía mucho interés en conocer.

—¿Les gustaría sentarse a mi mesa?

A pesar de que G quiso sentir antipatía por la mujer, cuando se dio cuenta de que su atención estaba dirigida especialmente a Spumoni, y no a P, comenzó a sentirle un aprecio y admiración muy genuinos. Pronto se enteró de que la mujer no sólo era modelo y actriz, sino que había participado activamente en pos del fin de la guerra: aparentemente ella y su marido recientemente habían colaborado en la fabricación de tecnología militar en Estados Unidos, en apoyo a los países aliados.

Platicaron por espacio de una hora de temas como la guerra, pero también hablaron del amor. Después, Lamarr les dijo que tenía que retirarse.

Al despedirse en la puerta del Teatro Circular, ella y G quedaron en escribirse cartas cuando pudieran, tanto así se habían gustado. Spumoni se ofreció a acompañarla a su hotel y subió a un coche con ella, dejando a los otros dos solos.

En la calle aún podía escucharse la animación proveniente del interior del teatro, los amigos de G estaban en el escenario, pero, a pesar de que a ella le hubiera encantado estar ahí y apoyarlos, tenía muy pocas ganas de regresar allá adentro, porque sabía que, si lo hacía, P se ofrecería a acompañarla y ella lo que quería era pasar el menor tiempo posible con él. Su amor por él le hacía daño, sabiendo que no era correspondido. P le había desfilado en sus narices a una y otra chica desde su regreso y hacía tan solo unos instantes le había regalado a Hedy Lamarr una sonrisa que, de haber estado dirigida a ella, la habría dejado con las rodillas en el suelo, pidiéndole matrimonio.

—Me voy. Buenas noches.

Anduvo unos pasos en la calle oscura, pero los pasos de él resonaban detrás de los suyos, hasta que finalmente él le dio alcance, se paró a su lado y le pidió que lo dejara acompañarla.

—Una señorita en la calle a mitad de la noche..., no me lo perdonaría si te pasara algo. —Vio que ella estaba a punto de responderle y la interrumpió—. Sí, ya sé que eres expolicía, pero sigues siendo una mujer y yo un hombre. Mi deber es acompañarte.

Más que por lo poco original de su argumentación, ella accedió porque de verdad deseaba estar al lado suyo.

Caminaron en silencio, ella temblando toda, hasta que G escuchó la voz de P nuevamente, y sintió temor.

"¿Tú aún me quieres? ¿En verdad eres tan obvia?", temió que él le preguntara, pero él sólo aventuró que las siguientes semanas serían de gran actividad artística en la ciudad, con Hedy Lamarr rodando unas escenas de su siguiente película y, por otra parte, con Dino Spumoni llenando teatros y bares, el cual sería probablemente su destino después de tan impresionante inicio de carrera.

—¿No crees?

Una charla trivial pudo haber sido suficiente para romper las barreras de una distancia impuesta por el tiempo entre dos amigos casuales, pero no entre ellos dos. P era el único hombre al que ella había amado. Él siguió hablando de su amigo Dino Spumoni, de la casa de huéspedes, de su amigo Jimmy Kafka, de su hermana a quien odiaba, y de todo aquel que él mencionara ella sentía celos, porque eran más en su vida de lo que ella había sido hasta ahora.

"¿Qué te pasa? ¡Compórtate!", se dijo a sí misma.

—Siempre has sido difícil de entender, Geraldine. Dime qué es lo que estás pensando.

Ella se dio cuenta de que había estado en silencio todo el tiempo mientras él le hablaba. Casi llegaban a la casa de ella. Y ya no pudo más.

—La verdad es que te escribí todos los días, pero nunca pude enviar ni una de las cartas. ¡Lo siento!

Y cuando terminó de decir eso se llevó las manos al rostro, escondiéndolo, y comenzó a llorar desconsoladamente. No recordaba la última vez que había llorado. Pronto sintió unos brazos que la rodeaban, unos brazos que la llevaban poco a poco hacia su pecho y ahí se quedó, ninguno diciendo nada.

Hacía algo de frío, pero entre los dos se había generado un calor que, después de que lo hubieron reflexionado en días posteriores, sólo podía resultar de la suma de la guerra y del amor: se habían enfrentado toda su vida, pero atraídos como dos imanes que deben terminar unidos.

No había vuelta de hoja. La guerra ya había terminado.

—Ahora estamos juntos —le dijo él en cuanto escuchó que no había más sollozos. Ella se separó de su pecho y lo vio a los ojos. Estos eran de un verde tan hermoso que no había otro verde digno del nombre.

Una vez se habían besado, lo habían hecho en la estación de trenes, en la despedida de los dos, y G quiso saber si recordaba con fidelidad su sensación, su sabor, sus colores, aún sin haber sido un evento que se pudiera dibujar con ellos.

No lo hacía. El que se dieron en esa noche de 1945 fue un beso completamente diferente. El beso anterior había tenido un aire de promesa y no de certeza, como ahora. Éste era un beso que borraba el pasado, el dolor, la muerte, la guerra; era un beso que unía y no separaba; era un beso que, de ser escrito por mano alguna, requeriría de la tinta vertida en un millar de cartas, como las que ella ya había escrito para él.

Y, porque podía, esa noche Geraldine lo besó una vez más.

La mano cansada de la novelista no puede más con el trabajo, pero no hace falta seguir escribiendo: el lector sabe la conclusión de esta historia.

-Fin.


Adendum

Título de la obra: Love & War
Autor: Helga Geraldine Pataki
Conteo de palabras: 5,664
Género: Romance histórico

Declaración de intenciones:

Quien suscribe la presente declara que la obra remitida no ha sido publicada previamente, ni en parte ni en totalidad.

Con la condición de conservar los derechos de autoría, y con todo el desagrado que a un autor pueda ocasionar el supeditar la circulación de su material artístico al interés económico de terceros, así mismo quien suscribe acepta ceder los derechos de su reproducción y explotación comercial.

Celebro, no obstante, que los hechos en la obra narrada hayan sido inspirados por eventos reales, pues así al menos estos pertenecerán por siempre a su propietario legítimo.

En este caso, la ficción, en lugar de desfigurar el evento real que le subyace, lo protege del olvido.

Ojalá que en el futuro sus lectores revivan, así sea en un pequeño grado, el sentimiento que la originó.

Quedo de ustedes. Atentamente,

El autor.


Finalmente termino esta historia como quería. No quería "yo" narrar la historia de cómo Arnold se fue y regresó, pues es una historia que ya se puede encontrar en Fanfiction en varias formas y por varios autores. Lo que quería era ver si esa historia podría haber dejado "testigos", testimonios escritos, trazos en papel, en palabras.

Pero si es necesario decirlo: sospecho que, a su regreso, y tras ver que ella no le hacía caso, Arnold intentó levantar la curiosidad de Helga saliendo con otras chicas, hasta que finalmente no pudieron escapar el uno del otro, como en la historia que en este capítulo se concluye. Por eso ella la escribió así, haciendo referencia a su propia vida.

Por otra parte, debo terminar esto porque cada vez escribo más enrevesadamente, como si estuviera escribiendo mi tesis, je je. Perdón por eso.

Sólo resta un epílogo. Un documento bien básico y quizás predecible en la historia de un amor. ¿Se imaginan? Allá nos vemos.

¡Un saludo!