Capítulo 8. Estrés postraumático.
Al día siguiente, temprano por la mañana Sebastian, Thomas y Susanna partieron hacia el London Bridge Hospital, donde Edward Lampard estaba internado. Era un viaje corto, de unos veinte minutos en auto y mientas tanto, ella aprovechaba para revisar las noticias del día
-El día de la explosión, mientras evitamos a esos periodistas… lo estabas disfrutando ¿no es así? –dijo mientras miraba su computadora.
-¿Disculpe, señorita? –su cuestionamiento lo tomó por sorpresa.
-Sebastian, ambos sabemos que te gusta lucirte, y qué mejor que un momento al estilo Hollywood para eso- lo vio con ojos de reproche, aunque en el fondo se divertiría con la reacción del mayordomo.
-Señorita ¿cómo puedo decir eso? –la actitud de estar muy ofendido fue casi convincente.
-¿Podrías explicar esto? –le pasó la computadora en la página de un noticiero en línea, que informaba la crónica de los acontecimientos, y donde había un enlace a una foto del mayordomo mientras escoltaba a Susanna hacia la barricada de policías- parece que te has vuelto muy popular –esperaba con ansias ver la reacción de Sebastian cuando leyera los comentarios al respecto. Al parecer un reportero le tomó varias fotos en ese pequeño trayecto, y al menos en una de ellas parecía que Sebastian estaba posando como si fuera un modelo profesional.
Desde luego los comentarios debajo de esa nota en particular estaban escritos por "entusiastas lectoras" que elogiaban al apuesto mayordomo, quien a su vez "cumplía su deber con la mayor seriedad y responsabilidad".
El rostro de Sebastian adoptó una expresión inocente y tranquila, donde una pequeña sonrisa se asomaba y con gran naturalidad volteó a ver a Susanna.
-Vaya, vaya, parece que las chicas de hoy en día son muy enérgicas…
-Acéptalo, te encanta ser el centro de atención, sobre todo si es por tu apariencia –dijo tratando de molestarlo, pero en ese momento le mayordomo se acercó a ella, cambiando su expresión de manera radical: el inocente gesto se volvió seductor y sus ojos se entrecerraron un poco, mientas susurraba en la oreja de Susanna.
-Señorita Susanna, yo tan sólo soy un simple mayordomo… endemoniadamente hábil y… -su voz era suave y vibraba junto a la sensible piel de la oreja de la chica, quien de inmediato se sonrojó - …endemoniadamente atractivo, al parecer… -ella no supo cómo reaccionar, así que miró hacia su regazo e hizo un gesto para que Sebastian le regresara la computadora –oh, mil disculpas. Aquí tiene –y sonrió como si nada hubiera ocurrido, dejando a la chica más confundida que antes.
No había mucha gente alrededor del hospital lugar y en cuanto bajaron del auto, Susanna fue consciente de que la vista hacia el río Támesis era preciosa. El aire fresco le recordaba que era real; estaba en Londres y aquella sensación de añoranza por visitar el famoso puente y recorrer las calles en uno de esos autobuses de dos pisos era reemplazada por la nostalgia que sentía al ver todo ese paisaje, deseando que las circunstancias fuesen diferentes.
-¿Milady? –Sebastian la llamó, recordándole lo que venían a hacer a ese lugar.
-Vamos –dijo con un tono de voz apagado y entraron al hospital.
El señor Lampard estaba en el quinto piso del lugar, en la unidad de quemados. Subieron por el elevador y buscaron el cuarto 520, que estaba a la mitad del pasillo. Ahí se encontraron con el doctor, quien les dio varias indicaciones antes de entrar, entre ellas que fuera breve su visita, ya que el hablar mucho podría interferir con el proceso de sanación del paciente y, sobre todo, causarle dolor.
Sin perder más tiempo, Susanna y Sebastian entraron al cuarto. Era un lugar frío y el único sonido era el del monitor que marcaba las palpitaciones del corazón.
-¿Edward Lampard? –ella trató de usar un voz muy suave y dulce- soy Susanna Serafer ¿cómo se encuentra?
-Señorita Serafer… -el hombre estaba sorprendido al haber recibido tal visita.
-Me alegro de que se esté mejorando –se forzó a sonreír, cosa que le fue muy difícil ante la imagen del hombre quemado y rodeado de aparatos para mantenerlo con vida- yo… -intentó hablar sin que se le cortara la voz- quería agradecerle por lo que hizo el otro día. Si no hubiera alertado al equipo de seguridad, habría muerto mucha más gente –el hombre sonrió y sus ojos parecían cerrarse por el cansancio y entonces Sebastian carraspeó para llamar la atención del a muchacha y recordarle por qué estaban ahí- también quería preguntarle ¿Qué fue lo que vio? ¿Cómo era esa persona que vio entrar?
Hubo silencio por un momento. El hombre parecía tener mucho dolor, pero al mismo tiempo hizo un gesto que indicaba que trataba de acordarse de algo.
-Cualquier cosa que nos pueda decir será de utilidad, señor Lampard –Sebastian habló.
-Era… muy elegante. Con nariz aguileña y ojos oscuros… demasiado oscuros… casi negros. Era como si hubiera algo perturbador en él –hizo una pausa y su respiración se agitó- llevaba un maletín negro, como si tuviera muestras médicas. Por eso no levantó sospechas…
-¿Lo había visto antes?
-Un par de días antes… merodeando cerca de la entrada… -hubo otro momento de silencio- ese día… el día de la explosión… subió al noveno piso…
-¡La oficina! –ella exclamó y Sebastian la miró con complicidad- ese era el blanco.
-Ahí entró al closet de limpieza… y salió sin el maletín y usó su celular…. Subió al último piso y… -de pronto los ojos del señor Lampard se abrieron muchísimo. Era como si acabase de ver un fantasma y no podía emitir palabras concretas.
El monitor para el corazón sonó cada vez más rápido y Edward Lampard se aferró a su sábana mientras intentaba decir algo, pero de pronto pareció asfixiarse y un sonido agudo y frío inundó el lugar.
-¡Sebastian, ve por el doctor! –gritó la chica, pero no hizo falta; en cuestión de segundos un par de doctores acompañados por enfermeras entraron al lugar, mientras el mayordomo condijo a la chica hacia la salida del cuarto
-Al parecer es lo que llaman código azul… veré si puedo conseguir el expediente médico –Sebastian camino hacia la estación de enfermeras, donde seguramente usaría sus encantos para obtener la información que buscaba. Por su parte, Susanna se sentó en una se las sillas del pasillo, esperando a que salieran los doctores del cuarto. Estaba impresionada por lo que acababa de ver y escuchar. Algo había visito el Sr Lampard al final, algo que lo había hecho reaccionar así.
El sujeto que entró al edificio de AstraZeneca había planeado bien todo, sabía cuánto tiempo le tomaría llegar al piso nueve y cuánto en ir hacia el techo, una vez ahí desapareció sin dejar rastro. Era casi seguro que su objetivo era destruir lo que se encontraba en el despacho del abuelo y al mismo tiempo era un mensaje.
Esos nombres que Sebastian le mostró en la visión estaban tatuados en la mente de la chica: Ivan Reznik ya estaba muerto, pero Janssens-Guillot, Schneider, Crawford y Soler todavía seguían con vida; los antiguos socios de su tatarabuelo, los blancos de su venganza, serían cazados uno a uno. Ese fue el contrato que hizo con el demonio… pero ahora la situación había cambiado, ya que ellos mismos comenzaron contraatacar.
-Buenos días –dijo una voz masculina y Susanna se sorprendió. No esperaba que alguien le hablara mientras estaba tan metida en sus cavilaciones mentales, pero se llevó una sorpresa más grande al ver quien era.
-¡William! ¿qué haces aquí?... pregunta tonta… es un hospital, la gente muere muy seguido en estos lugares.
-Así es, y por lo visto nos seguiremos encontrando con frecuencia.
-Parece que estoy dejando un rastro de cadáveres por donde paso.
Hubo silencio entre los dos; Susanna recordaba el número de personas que habían muerto en la explosión, la sensación de culpa, la cara de Edward Lampard, y al final las palabras de Ivan Reznik. Cerró su puño y tensó el brazo derecho para contenerse, aunque deseaba gritar con todas sus fuerzas sin una razón en específico.
Mientras, William la observaba con detenimiento. Los cambios en el rostro de Susanna reflejaban sus pensamientos y cómo le afectaba cada uno de ellos. El shinigami se preguntó si sentiría remordimiento o si su sed de venganza e ira serían más fuertes que lo demás. Hacía un par de días había echado un vistazo a los cinematic records de su familia y la gente involucrada en sus fallecimientos; sintió curiosidad después de esa plática que tuvo con ella, en la que le había hecho ver un par de cosas que creyó haber olvidado.
Desde entonces supo que las consecuencias de la decisión de Susanna los mantendrían en constante contacto. Y no sólo eso, algo grande estaba por comenzar y los altos rangos lo habían asignado para realizar las investigaciones pertinentes, situación que no lo puso muy contento al principio, dadas las horas extras que eso podría significar, así como las fuerzas involucradas en el asunto. Pero en ese momento no pudo evitar preguntarse: si a él, un shinigami con gran experiencia y de alto rango le desagradaba la idea por todas las implicaciones que tenía ¿bajo qué clase de presión estaría Susanna sometida? No sólo había vendido su alma; aquello en lo que se estaba metiendo ponía en riesgo muchas cosas más y afrontarlo sola… o mejor dicho dentro de las garras de un demonio, podrían ser más de lo que un humano en su sano juicio podría soportar.
La expresión en el rostro de William se suavizó al ver a la chica sentada en la silla. Daba la impresión de ser más pequeña de lo de verdad era y por una fracción de segundo, el shinigami quiso hacer algo, aunque no supo qué. Tal vez consolarla pero sólo se sentó en una de las sillas del pasillo, dejando un espacio vacío entre él y ella.
Él estuvo a punto de decir algo, incluso volteó a mirarla, pero ninguna palabra salió de su boca. Ella lo notó y respondió de manera silenciosa, con una sonrisa. Era la sonrisa más sincera que él había visto durante toda la mañana en el hospital, como un rayo de luz en toda esa oscuridad que los rodeaba y ¡por todos los cielos! incluso le pareció lindísima.
-¿Señorita? –el demonio había regresado y se paró junto a Susanna, interrumpiendo el momento.
-Sebastian, creo que es tiempo de irnos –se paró de la silla junto con William.
-¿Está segura?
-William está aquí, sabemos lo que eso significa y dudo mucho que el Sr. Lampard pueda decirnos algo más –el shinigami se ajustó lo lentes y asintió con la cabeza, llevando su habitual gesto serio.
-Quizás él no, pero su cinematic record sí… -había malicia en la voz de Sebastian y de inmediato William tomó con fuerza su death scythe, apuntando en dirección al demonio.
-Ni siquiera lo pienses, maldita sabandija –estaba notablemente irritado ante la provocación del demonio.
-Estamos en un hospital, no quiero hacer una escena –ella dijo de manera tajante- Vámonos, Sebastian –lo miró con severidad- es una orden.
-Entendido –dijo con algo que parecía ser humildad, pero antes de marcharse, miró a William de manera burlona y continuó caminando.
Llegando a casa, Sebastian se encargó de preparar el almuerzo, no sin antes informarle a Susanna sobre los informes médicos que había podido leer. No había gran cosa en ellos, salvo que el examen toxicológico revelaba que había restos de glicerina en la sangre, mismo que confirmaba el uso de la misma en la explosión del edificio.
Por la tarde Sebastian regresó al lugar del incendio para intentar obtener una muestra del explosivo. Tal vez había algo que pudiera serle de utilidad.
Al llegar al lugar donde alguna vez estuvieron las oficinas de AstraZeneca, Sebastian cruzó con discreción los cintillos puestos por la policía y se adentró en el edificio en ruinas. Todavía había un tremendo olor a quemado, pero había algo más en el aire, entonces recordó que todo había comenzado en el noveno piso y se dirigió al elevador que, por supuesto no funcionaba, así que abrió la puerta con las manos y dio un gran salto hasta llegar al mencionado piso, de donde provenía aquel aroma.
El piso nueve estaba por completo dañado, a excepción de unas cuantas varillas y piedras que aún quedaban en lo que en alguna vez fue el piso. Dando algunos saltos llegó hasta donde el olor era más fuerte.
-Vaya, vaya ¿qué tenemos aquí? –se quitó el guante blanco de la mano derecha y pasó su dedo por una mancha oscura, producto de la explosión. Fueron sólo cenizas lo que pudo recolectar y rápido lo acercó a su nariz para averiguar qué era- glicerina….ácido nítrico… sulfuro demasiado concentrado y… aluminio… -después miro otra vez al lugar de la explosión y notó que la tubería estaba rota y exclamó- ¡cuánta creatividad!... –el demonio sonrió malévolamente y sus ojos brillaron mientras daba un brinco para regresar al agujero del elevador y regresar a casa de los Serafer.
Por su parte, Susanna se sentía muy decaída. Sentía la culpabilidad de todas esas muertes y al mismo tiempo sabía que no podía detenerse ahí. Estaba consciente de las consecuencias de su venganza y el contrato con Sebastian, pero verlo de primera mano no era lo mismo que pensarlo. Recordó el calor de las llamas y el olor a humo de hacía unos días y cada vez que cerraba los ojos la imagen del señor Lampard venía a su mente, impresionante y cruda al igual que la ceremonia fúnebre y las familias devastadas llorando, abrazándose para reconfortarse un poco.
Comenzó a sentir los latidos de su corazón acelerándose al igual que su respiración. Juntó las manos en forma de plegaria, esperando que orar le trajera un poco de paz, pero abandonó tales intensiones cuando recordó que su alma ya no era suya; rezar no serviría de nada y la esperanza de encontrar paz en lo espiritual se esfumó poco a poco. Se sintió sola y su cuerpo parecía tener frío, aunque pequeñas gotas de sudor caían por su frente.
Quiso gritar, golpear las paredes con lo que tuviese en frente, pero no serviría de nada. La tranquilidad y la paz; ser libre de remordimientos ajenos y recuerdos espantosos era una visión inalcanzable para ella. Lo sabía bien. Lágrimas de ira y dolor corrieron por sus mejillas mientras se pellizcaba la pierna para detenerlas, aunque fue inútil. Entonces corrió hacia la sala, esperando no toparse con Abby o Fer, abrió el bar, tomo una botella de whiskey y un vaso. Después fue a la cocina por un par de hielos y se dispuso a encerrarse en su cuarto por el resto de la tarde, donde acompañada del whiskey y su ipod, intentando evadirse de la realidad, al menos por un momento.
Al otro día, pasando la una de la tarde las clases del día habían terminado, pero Susanna permaneció en el estudio para analizar otra vez los escritos de su abuelo. Esta vez intentó leer las primeras letras de cada página y hacer diferentes combinaciones con las mismas para encontrar la información escondida. Por su parte, Sebastian preparó un té helado de limón para que la chica se refrescara un poco y estaba muy concentrado en hacer un precioso arreglo con los limones que llevaría el vaso. Aún no había tenido tiempo de explicarle lo que había encontrado el día anterior; cuando llegó a casa la chica estaba encerrada en el cuarto y no respondió cuando llamó a la puerta y al otro día se levantó temprano para comenzar con los deberes del día; tendría que buscar un momento en el que estuviera sola para informarle todo.
Justo detrás de Susanna, subido en una escalera, estaba Fer instalando unas persianas nuevas. El muchacho era muy hábil con todos aquellos arreglos que implicaran pequeños tornillos, taladros e incluso cables, así que la instalación de algo así le resultó tarea fácil, por lo que no pudo evitar ver la expresión de seriedad de la chica.
-Parece muy concentrada, señorita. Tiene esa misma expresión que ponía su abuelo cada vez que planeaba algo… o resolvía un crucigrama.
-¿Ah sí?... supongo que es de familia –rió un poco y miró amistosamente a Fer- en este momento siento que estoy buscando algo que no existe –regresó la mirada a las hojas y se rascó la cabeza, soltando un pequeño suspiro que ocasionó que Sebastian sonriera.
-Si me permite decirlo, hay veces que nos concentramos tanto en una tarea, buscando soluciones difíciles, que no nos damos cuenta de que la respuesta es de lo más sencilla.
-¿Sabes qué? Esa es una excelente idea –dijo con entusiasmo mientras tomaba las cartas y documentos y los ordenaba por orden cronológico, pero esta vez en lugar de leerlos en ese orden, lo hizo al revés, juntando así una serie de letras que formaban una serie de palabras.
De inmediato tomó una pluma y comenzó a copiar las letras, una por una hasta que formó una oración.
-A ver… -dijo muy concentrada en las palabras escritas en latín y en vos alta las comenzó a leer Congregati septem, adducebunt illum. Dum Deus sit mortus, tantum gladius et diabolus praebalebunt adversus eum. Deus est mortuus…–su voz comenzó a quebrarse, pero intento con todas sus fuerzas terminar de leer, ignorando la mirada de advertencia de Sebastian, quien en cuanto escuchó el latín se puso en alerta- et… n-nos occidimus…. e- eum… - terminó de decirlo y un fuerte grito se escuchó en el cuarto, alarmando más la mayordomo y a Fer, que de inmediato dio un brinco desde la escalera para acercarse a ella.
La respiración de Susanna era agitada y las lágrimas corrían por sus mejillas, mientras los gritos de lamento resonaban en los oídos del muchacho y el mayordomo. De pronto la chica se desplomó al piso en posición fetal, cubriendo su cabeza con ambo brazos, como si estuviera protegiéndose de algo.
-¡Señorita! -Sebastian se acercó a ella con mucha preocupación, se puso en cuclillas y la tomó del brazo para examinarla, le preocupaba que algo la hubiese lastimado y quiso ver la expresión en su rostro, pero en cuanto ella sintió su mano tocándola gritó aún más.
-¡Suéltame, maldito bastardo! -lo pateó en la espinilla tan fuerte como pudo, a lo que el mayordomo sólo pudo responder con un leve balbuceo. Era obvio que Susanna no reconocía en dónde ni con quién estaba.
Por su parte, Fer apartó el escritorio para que la chica tuviera más espacio e intentó leer lo que estaba escrito en la hoja que ella había estado sosteniendo. No tuvo mucho éxito con el significado, pero lo leyó en voz alta para ver la reacción de la muchacha en el piso. Mientras tanto, Sebastian hizo otro intento por tranquilizarla, esta vez tomándola del hombro de la manera más gentil que pudo, como si fuese a romperse, pero ella apartó su mano con mucha violencia.
-¡No me toques, aléjate! –dijo entre sollozos y gritos.
-"Deus est mortuus…" –leyó el muchacho rubio y entonces un alarido salió de la boca de Susanna, cosa que preocupó aún más a Sebastian. Por primera vez en mucho tiempo no supo qué hacer o cómo reaccionar, pero la voz de Fer lo sacó de su shock- ¡No la toques! Se lo que le está pasando… -dijo tocando el hombro del mayordomo, con un rostro serio y una voz sombría- solía pasarme lo mismo… y en este estado, puede que sólo se tranquilice con un calmante.
-¿Qué dices?
-Te lo explicaré después, iré por le calmante. Cuida de ella y por nada del mundo la vayas a tocar. Eso la pondrá peor y podría causar una reacción violenta –Fer salió corriendo del cuarto y sus pasos retumbaron por la escalera, mientras se escuchaba su voz a lo lejos diciéndole a Abby que consiguiera una jeringa.
Sebastian, acostumbrado a tener las cosas bajo control no estaba para nada contento con lo que sucedía y decidió no esperar más por el calmante y resolverlo a su manera.
-De verdad lo siento, señorita, pero no me deja opción. No quiero que sufra más de lo necesario –y entonces se quitó el inmaculado guante blanco de su mano izquierda, dejando ver la marca del contrato y la posó sobre la frente de la chica, quien por un instante comenzó a gritar, pero después cayó inconsciente– así estará mejor –dijo con seriedad. La reacción de Susanna después de escuchar esa frase en latín no era desconocida para Sebastian, pero esta vez fue peor que las anteriores, quizás porque había sido ella quien lo había dicho.
Una cosa era segura: Susanna reaccionaría así al escuchar esa frase y era imposible saber cómo se comportaría la siguiente vez que la escuchara. Por otro lado, la escena que acababa de presenciar Sebastian, además de sorprenderle, lo dejo preocupado. En el pasado no le había importado ver a su amo o contratista sufrir. Al contrario, sentía un sádico placer al verlos retorciéndose de dolor o sufriendo internamente, cosa que no sucedió con ella y eso fue justo lo que desconcertó al demonio, quien la levantó del suelo, llevándola en brazos hacia la puerta del estudio, donde Fer apenas llegaba corriendo junto con Abby, ambos pálidos y preocupados por lo que sucedía.
-¡Sebastian! ¿Qué…? –Fer abrió los ojos y se asustó al ver a Susanna inconsciente.
-Me temo que la señorita se ha desmayado… sugeriría llevarla a su cuarto lo antes posible y… utilizar una menor dosis de ese calmante –lo dijo tan serio que ninguno de los otros dos empleados se atrevió a contradecirlo.
Con mucho cuidado, Sebastian la recostó en la cama y tomó la jeringa que Abby tenía preparada, después Fer le dio el pequeño frasco con Diazepam y con mucho cuidado sacó exactamente 8 mg del líquido diluido con agua para inyectar, mismos que inyectó después de aplicar alcohol en el brazo izquierdo de Susanna.
-Creo que será suficiente, con esto dormirá un par de horas y despertará más relajada –el mayordomo continuó con su serio gesto.
-¿Qué pasó? –por fin se atrevió a preguntar Abby y el mayordomo miró a Fer esperando una respuesta, pero antes de que él pudiera decir algo, Sebastian señaló hacia la puerta del cuarto.
-Será mejor discutir esto en otro lugar –salieron y el demonio los guio a uno de los cuartos de huéspedes- muy bien, Fer ¿qué fue lo que pasó?
-Pues… -el muchacho pensó por un instante, como ordenando sus ideas y comenzó a explicar- lo que detonó esa… crisis, fue la frase que leyó.
-Deus est…
-Sí, esa… -se apresuró a decir el muchacho.
-Ya había notado algo así, pero…. –el mayordomo hizo un gesto como si estuviese recordando algo.
-¿Y no hiciste nada al respecto? –por primera vez en el tiempo que se conocían, Fer le levantó la voz a Sebastian.
-Fer, por favor…
-No, Abby…. La señorita Susanna tiene un severo caso de estrés post traumático. Y no es algo que se pueda tomar a la ligera ¿por qué no hiciste algo al respecto? –se acercó a Sebastian con actitud amenazadora y lo tomó del cuello de la camisa- ¿Qué carajos te pasa, no te interesa su bienestar? –de pronto lo soltó y estuvo a punto de darle un puñetazo en la cara, pero en un abrir y cerrar de ojos, Sebastian lo esquivó y utilizó la fuerza de su puño para hacer una llave que dejó a Fer en el piso. Abby gritó que se detuvieran y tomó al mayordomo del brazo, en caso de que fuera a golpear el muchacho rubio; lo último que necesitaban era una pelea entre los dos.
-Por favor, no digas tal cosa –Sebastian estaba calmado, como si el rápido movimiento que acababa de hacer le hubiese costado el mismo trabajo que respirar.
-¿Qué está sucediendo aquí? –una voz gruesa sonó desde la puerta de la habitación
-¡Sr. Haggard! –Abby se alegró de verlo. Tal vez él podría impedir que la riña se hiciera más grande.
-¿Sebastian? –su voz era persuasiva.
-Mil disculpas, Ferdinand –se agachó para darle la mano y ayudarle a levantarse- desde el momento en el que me convertí en su mayordomo, la señorita Susanna es mi prioridad –dijo con solemnidad- dicho esto, me gustaría que nos explicaras eso del estrés postraumático.
Fer observó al demonio por un instante y se sentó en la cama. No se explicó de dónde había sacado tanta fuerza como hacerlo caer al piso, pero sabía que Sebastian decía la verdad. Desde que Susanna había llegado, él no había hecho más que cuidar de ella.
-No sé qué le sucedió para que reaccione de esa manera, pero debió haber tenido una experiencia demasiado fuerte y difícil. Eso generó un trauma, y cualquier cosa que se lo recuerde desata ese… frenesí que acabamos de ver.
-Ya veo… -al escuchar eso, Sebastian se quedó muy pensativo. Siendo el demonio que era, no tenía conocimientos sobre las modernas teorías de psicología y no pudo evitar pensar otra vez que los seres humanos, aunque fascinantes, también son muy frágiles.
-Pero Fer ¿cómo lo sabes? –Abby se sentó junto a él en la cama y lo miró con curiosidad.
-Yo… -miró hacia el suelo y cerró los puños con fuerza- porque lo mismo me sucedía a mí hace algunos años, hasta que recibí atención médica. De lo contrario, no sé qué pudría haber llegado a hacer. Es como si no tuvieras control sobre ti y la verdad es que para llegar a ese grado, se necesita una experiencia muy traumática.
-Ay Fer… -la chica puso una mano sobre el hombre del muchacho, tratando de consolarlo y todos se quedaron en silencio por unos instantes- Me pregunto qué le habrá ocurrido a la señorita Susanna.
Sebastian seguía pensativo, pero advirtió la mirada inquisitiva de Thomas Haggard, quien tenía la ligera sospecha de que el mayordomo podía saber algo.
-En ese caso debo investigar más del tema y estar preparado por si algo así vuelve a suceder –Sebastian seguía pensativo; miles de ideas vinieron a su cabeza, al igual que muchísimas memorias de su pasado.
-Necesita ayuda profesional –Fer volvió a mirarlo de manera severa, y por fin el demonio salió de sus pensamientos para enfocarse en el muchacho que esperaba una respuesta de su parte.
-Desconozco el cómo te sientas al respecto, pero recuerda que como mayordomo, estoy por completo entregado y consagrado a la sola existencia de Susanna Serafer.
-Eso bueno saber eso, Sebastian. Confiamos en ti –el sr. Haggard sonrió de manera amplia, relajando el ambiente en aquella habitación.
-Tienen razón; discúlpame, Sebastian.
-Sólo actuaste de manera protectora hacia la señorita, Fer. Es comprensible y me tranquiliza saber que actuarás así si otra cosa llega a pasar –la voz de Sebastian fue cálida y ayudó a dispersar la tensión por completo- bien, regresen a sus tareas, yo me encargaré de la señorita –sonrió mirándolos a todos y esperando una respuesta positiva.
-¡Sí! Lo que necesita la señorita en estos momentos es nuestro apoyo, comprensión y mucho afecto. Voy a preparar esas galletas que tanto le gustan para cuando despierte –con mucho ánimo Abby salió de la habitación, llevando una sonrisa de oreja a oreja. Los demás la siguieron unos instantes después.
Sebastian regresó al estudio, donde Susanna se había puesto mal. Tenía una gran curiosidad por el escrito que había encontrado en las cartas del abuelo, así como por investigar sobre la afección de la chica; de seguro volvería a suceder y como todo buen mayordomo, debía estar preparado ante todo.
-Veamos… está en latín. Congregati septem, adducebunt illum. Dum Deus sit mortus, tantum gladius et diabolus praebalebunt adversus eum. Significa: Los siete reunidos lo traerán. Mientras dios esté muerto, sólo la espada y el diablo podrán contra él. Dios sigue muerto y nosotros lo hemos matado… vaya, vaya, como siempre hablando en código, Richard –el demonio sonrió un poco y miró el retrato de Richard Serafer en la pared, recordado esa costumbre que tenía para decir las cosas de la manera más complicada posible. Sin duda, todos los contratistas de Sebastian habían sido complicados y misteriosos; llenos de secretos.
Memorizó la frase que estaba escrita en el papel y tuvo una remota idea de lo que podía indicar, sin embargo no estaba por completo seguro. Sería mejor esperar a que la chica despertara para analizar la información.
Antes de salir del estudio, Sebastian ordenó los papeles y el escritorio que habían sido movidos por lo que le pasó a la chica, y después caminó muy pensativo por el pasillo pero se detuvo en cuanto estuvo en frente del cuarto de Susanna. Una maliciosa y pícara sonrisa apareció en su rostro, sin duda se le había ocurrido una idea no muy bien intencionada.
Entró al cuarto sin hacer ruido, con toda la destreza que su naturaleza demoniaca le ofrecía y miró a la chica que aún dormía en su cama. Se había movido un poco desde que la había llevado hacía apenas unas horas y eso lo tranquilizó, pero al parecer el Diazepam seguía haciendo efecto.
Despacio avanzó hacia la cama y se quitó el saco, dejándolo colgado en la silla del tocador y se quedó de pie junto a la chica, buscando algún rastro de malestar o angustia, pero se veía tranquila. Siguió mirándola un poco más de tiempo. El verla durmiendo, vulnerable e ignorante de su presencia le producía tanto placer como tranquilidad al ver su rostro.
Después de unos minutos fue hacia la ventana y se asomó en busca de algo que estuviera fuera de lugar o algún intruso, pero no había nada. Todo estaba tranquilo y el jardín florecía poco a poco. En pocos días las flores comenzarían a asomarse, así que Sebastian pensó que sería buena idea que Susanna tomara sus clases en el jardín y aprovechar el buen clima.
Pensaba en ello cuando escuchó un quejido y a la chica moviéndose. Al principio fue un leve quejido pero poco después se hizo más intenso y entonces se acercó a ella, confundido en cuando a qué hacer y esa pícara sonrisa apareció en su rosto de nuevo.
Se sentó junto a ella en la cama y se recargó en la cabecera, puso una almohada en sus piernas y con toda la delicadeza que pudo, recostó la cabeza de la chica sombre la almohada. Eso pareció calmarla por algunos minutos, sin embargo pronto volvió a inquietarse y su rostro mostraba angustia, así que Sebastian se quitó los guantes con mucho cuidado para no despertarla ni hacer algún movimiento brusco y después quitó un mechón de cabello que tapaba la mitad de la cara de Susanna.
Todo lo que hacía estaba calculado a la perfección y por un instante se permitió sentir la suavidad del cabello de la chica. Llevaba varias semanas queriendo hacerlo, pero en ese instante no fue necesario contenerse y de repente se percató de que había unas gotitas de lágrimas en su mejilla, así que con un roce de sus dedos las quitó y continuó acariciando su cabello para calmarla.
El rostro de Sebastian lucía pensativo. Reflexionaba sobre demasiadas cosas al mismo tiempo, entre ellas qué sucedería con el contrato y que tipo de riesgos correrían. También pensó en el alma de Susanna y cuánto había cambiado en tan poco tiempo, haciéndola cada vez más irresistible, sin mencionar su comportamiento impredecible que no fallaba en llamar su atención de diferentes maneras; sólo debía postergarlo un poco más y guiar a la chica hasta donde él quería.
Pasaron varios minutos y Sebastian continuaba observándola, entreteniéndose con los diminutos cambios en la expresión de la chica, hasta que ésta comenzó a despertar y fue entonces que dejó de acariciar su cabello y recargó su mano en el hombro de Susana.
-¿Se… Sebastian? –dijo con un poco de trabajo- ¿qué…. Pasó?
-Shh… no se preocupe, Milady. Trate de no moverse –se acercó un poco más a ella- descanse, yo cuidaré que nada le pase –parecía que Susanna luchaba por que no se le cerraran los y al final cedió y se acomodó más sobre la almohada, descansando su brazo derecho sobre la ésta y la pierna de Sebastian.
Los mechones negros de cabello caían sobre la frente de Sebastian mientras veía a Susanna durmiendo y sentía la calidez de su mano sobre su pierna y entonces otra sonrisa se dibujó en su rostro.
Mientras tanto, y observando la escena desde lejos, en silencio y escondido entre los árboles del jardín, William observaba la escena, sorprendido por el comportamiento del demonio y preocupado por Susanna… mucho más preocupado de lo que se atrevía a reconocer.
Notas de la autora:
¡Hola!
Gracias por continuar leyendo el fanfic. Cada vez hay más visitas y eso me alegra mucho. Espero les haya gustado y los haya dejado más intrigados. Veamos cómo se porta Sebastian para la próxima, pero yo creo que seguirá haciendo enojar a Will.
Masha Rue: gracias por el comentario… espero no haya habido mucho pleito… xD a veces me cuesta trabajo escribir a Grell, no sé por qué… pero en definitiva se va a lucir mucho durante el fic y tendrá varios momentos cómicos, al igual que Ronald. Espero que haya quedado más claro quiénes son los malos, aunque será poco a poco que irá resolviéndose todo.
Teddy Bear Moony: ¡Hola! ¿entonces nadie salió herida por el review? Qué bueno que te esté gustando la historia y la sigas, me da mucho gusto. Así me doy cuenta si voy por buen camino o no. ¡Saludos!
¡Que tengan buen fin de semana!
