Palabra: sollozo.
Mutuo
When loneliness came and you were away
Oh they told me nothing new,
But I love to read the words you used
These are the things, the things we lost
The Things We Lost in the Fire, Bastille
Suena a obviedad, pero a veces a Katsuki se le olvida que hay días más malos que otros. Hay días, por ejemplo, en el que está patrullando, se encuentra a Kirishima en su ruta y se distraen dos minutos porque Kirishima siente la necesidad de presumir que encontró un Lapras por fin y restregarle el celular en la cara. Dos segundos después los dos reciben la misma llamada de auxilio porque están en el área: hay un incendio. La causa no está clara, pero todo el mundo se ve rebasado.
Katsuki y los incendios se llevan mal cuando lo que hay que hacer son labores de rescate. Es más carga muerta. Así que se queda atrás, encargándose de que todos los civiles a los que han rescatado reciban atención médica y evitando que la situación se vuelva peor. No hay un villano a la vista con el que pelear y, al principio, nadie entiende lo que causó el incendio en un edificio de departamentos de diez pisos hasta que Katsuki habla —o más bien, escucha— a una mujer al borde de un ataque de histeria decir que unos de sus vecinos tenían singularidades que tenían que ver con el control del fuego. Katsuki saca en claro que vivían en el sexto piso —donde se originó el incendio—, que dos miembros de la familia podían controlar el fuego. ¿Descontrol, quizá? No hay villano a la vista. El incendio ocurrió prácticamente de la nada.
No tiene tiempo de pensar en ello porque Kirishima vuelve con alguien en brazos.
Es un hombre. Tiene quemaduras en los brazos, en las piernas. Katsuki llama a los paramédicos tan rápido como puede.
—Un momento más —oye que le dice Eijiro al hombre—. Sólo un momento más. Sólo un momento más.
Esas escenas nunca son fáciles. Puede fijarse que todavía respira. Las labores de rescate siguen —no pueden detenerse, Katsuki escucha como todavía hay varias personas atrapadas en el cuarto piso— y, quince minutos más tarde, nota como es demasiado tarde.
La siguiente vez que vuelve, Kirishima se queda viendo la sábana que cubre al cadáver un momento muy largo. Respira hondo. No dice nada.
Vuelven a casa cansados, mugrientos y con los trajes llenos de cenizas y de hollín. Manchados de sangre ajena. Katsuki todavía siente las manos que insisten en buscar las suyas y que no entienden por qué las aparta —demasiado calor, demasiadas emociones, demasiada nitroglicerina— de toda la gente que quiere entender por qué sus hogares estaban ardiendo.
Se está quitando pedazos del traje —las granadas, los guantes, el antifaz— cuando suena su celular.
—¿Diga?
—Bakugo. —Es Todoroki—. Sobre el accidente de hoy… Rescataron un par de videos de las cámaras de seguridad.
—¿Cómo sabes del accidente de…?
—Está en las noticias, por todas partes —explica Todoroki—. El caso es que me llamaron. Ve los videos. Se parece mucho a… a lo que pudo haber pasado con mi padre. Te los mandé al correo. Había una familia que tenía registradas singularidades que tenían que ver con el fuego viviendo en el edificio.
—Los veré —espeta Katsuki antes de colgar.
Lo entiende cuando los ve menos de un cuarto de hora más tarde, cuando se ha quitado todo el traje. Es sólo la vista de un pasillo. Todo parece normal, hasta que el fuego sale abruptamente del departamento 503 —el mismo que le había dicho la mujer al borde de un ataque de nervios—. Así que es eso. No hay villano al momento del incendio. Sólo una familia.
No sabe que pensar.
Vuelve a llamarle a Todoroki.
—¿Qué demonios? —espeta.
—A mi padre le dispararon algo que lo dejó en coma y días más tarde perdió el control de su singularidad —oye a Todoroki explicar del otro lado de la línea.
—Esa familia no estaba en coma.
—No puedes negar el patrón, Bakugo.
—No, pero… —Se rasca la cabeza, no sabe qué pensar.
—Eso significa que fue un accidente planeado.
—¿Una prueba? —sugiere Katsuki—. Esa familia… no eran nadie, Todoroki, nadie importante. Tu padre sí.
—Quizá —concede Todoroki—. Te vuelvo a llamar si sé de algo más.
Katsuki gruñe como diciendo que sí y cuelga. Kaminari sale a la sala. Va arreglado, lo cual es toda una diferencia a todos los días que ha pasado en pijama.
—¿Están bien? —pregunta Kirishima sigue en su habitación, probablemente limpiándose toda la mugre aún. Katsuki asiente—. No quiero irme justo ahora, oí lo que pasó, pero Jirou vino de Nagoya unos días y me habló y… Me dijo que los invitara, si querían.
—Sal con ella —espeta Katsuki—. No creo que ahora mismo… —Sacude la cabeza—. Día muy largo, Pikachu. Ve tú.
Kaminari asiente.
—De todos modos —le dice mientras agarra las llaves—, llama si ocurre cualquier cosa. Cualquier cosa, ¿eh, Kacchan?
—Sí.
Katsuki vuelve a quedarse sólo en la sala.
Mira al techo. No tiene ganas de hacer nada. No tiene ganas de prender la televisión y ver el incendio en todos los noticieros, no quiere abrir el celular y enfrentarse a lo mismo, pero en todas las redes sociales posibles. Se queda allí, sin saber qué hacer, sin levantarse a hacer la cena, hasta que oye un ruido desde la habitación de Kirishima que lo pone alerta.
Se para casi de un salto y se acerca hasta su puerta.
—Kirishima —dice—. ¿Puedo entrar?
—E-espera.
—Kirishima. —Esa vez su tono es amenazante.
La puerta se abre.
Katsuki ha visto llorar al pelirrojo muchas veces. Sin embargo, nunca está preparado para sus lágrimas, a como corren por sus mejillas.
Lo entiende demasiado. Mucha gente muere en los brazos de los héroes. Más personas de las que nadie quiere contar. Algunos, como Katsuki, se lo guardan, hasta que explota, poco a poco. Otros intentan sobreponerse. Pero las cosas se van acumulando, poco a poco, como gotas que van cayendo en un vaso hasta que se derrama.
—L-lo siento —murmura Kirishima.
Katsuki casi nunca es el que inicia los abrazos. Pero en ese momento envuelve en sus brazos a Kirishima.
—No se te ocurra disculparte —espeta.
Un sollozo se ahoga entre los labios de Kirishima. A veces es demasiado.
—Siempre pienso que… q-que… pude hacer más —le dice—. Que algo hi-hice mal, que… La gente no debería morir si existimos nosotros, Katsuki.
—No, no debería —comenta él. Apenas si registra que lo llamó por su nombre de pila.
Pero pasa igual. Porque son humanos, quiere gritar. Son humanos y tienen límites y tristezas y se desbordan.
—Pero no es tu culpa, te lo prometo. —No deja de abrazarlo—. Nunca será tu culpa. —Respira hondo—. No voy a decir esto dos veces, así que más te vale que lo oigas: eres uno de los héroes… no, una de las personas más valientes y leales que he conocido. De las más fuertes. Y… —Se traba, no sabe cómo continuar—. Joder, admiro eso, Kirishima. ¿Escuchas? Porque no voy a decirlo dos veces.
Lo siente sonreír entre las lágrimas.
—Eijiro —lo oye decir.
—¿Qué?
—Di mi nombre —le pide—. Sólo… quiero oírlo. En tus labios.
—Eijiro, te admiro. Y no lo digo sólo por qué sí, ¿quedó claro? —Suelta el abrazo. Todavía hay lágrimas, pero al menos ambos respiran más tranquilos.
—Es mutuo, Katsuki, siempre ha sido mutuo.
No es como si no lo supieran. Lo saben. Esa siempre ha sido la base de su relación. Pero a veces hace falta decir las cosas para hacerlas más reales y tangibles.
Palabras: 1254.
1) Estas tablas están pensadas para hacer drabbles diarios, pero yo soy incapaz. Así que este es uno de los capítulos más largos de esta cosa. En fin, no pueden decir que no avanzo.
2) Llevo tiempo y capítulos pavimentando la relación entre los tres así que estoy muy nerviosa porque me estoy acercando al Día D en el que por fin tienen que admitir que «sienten» cosas. Y NUNCA ES FÁCIL CON ESTOS INÚTILES.
3) Es día de capítulo doble, porque no saben lo que esta palabra me hizo sufrir y no lo pude publicar ayer.
Andrea Poulain
