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Las teclas hacían un sonido chispeante al ser constantemente presionadas, junto con los clicks provenientes del ratón de computador. El muchacho a cargo de tanto ruido era un adolescente americano, que jugaba la última versión recién sacada de su videojuego favorito. Pulsaba el ratón para disparar a todos los muertos vivientes que se alzaban en contra de su personaje, y no se veía que tuviera intenciones de detenerse, a pesar de que su padre, un inglés bastante aburrido, le había dicho que debía irse a la cama temprano.
Una de sus manos viajó hacia la derecha, arriba del escritorio había todo tipo de frituras con qué alimentarse mientras jugaba. Recogió un puñado de papas fritas, llevándoselas a la boca y masticando burdamente, y luego quiso recoger de la bolsa de doritos que estaba al lado de las papas fritas, pero del montón que tomó, un par de doritos se cayeron.
No podía despegar los ojos de la pantalla, su personaje estaba acorralado y distraerse durante unos breves segundos conllevaría a un game over. Allen gruñó. Sin que esto supusiera una distracción, su pie izquierdo se movió hasta que los doritos fueron arrojados a otro punto de la habitación, específicamente debajo de la cama del americano. Con un poco de suerte, su padre Oliver no se daría cuenta de que había recurrido a la pereza y a la ambición por su juego en vez de levantarse a recoger los restos de comida. Prosiguió a seguir clickeando botones y destruyendo enemigos zombies.
—¡Muchas gracias! —exclamó una voz debajo de su cama, paralizándolo al instante.
