Capítulo 24. El ingrediente que faltaba.

Al día siguiente, el clima no fue nada bueno. El cielo estaba nublado, con una tormenta eléctrica que había descompuesto varios generadores de luz en la zona y una lluvia incesante. Todo eso, producto de Aidan Crawford, quien estaba cautivo en el sótano de la residencia Serafer. Sólo Sebastian y Susanna tenían acceso al lugar por el momento, y aunque Fer, Abby y el Sr. Haggard sabían lo que sucedía, no hicieron ningún comentario al respecto; parecían estar muy ocupados arreglando cosas de la casa después de la fiesta del día anterior.

Por la mañana, Susanna se levantó y se vistió lo más pronto posible para comenzar con el interrogatorio de Crawford. Todavía estaba muy cansada por lo que había sucedido varias horas antes, pero también estaba ansiosa por que aquel hombre le diera respuestas a las demás interrogantes que había dentro de todo aquello, pero antes de poder hacerlo, Sebastian la detuvo y pidió tener unas palabras con ella en el estudio.

-¿Qué es tan urgente? –ella parecía un poco desesperada.

-No es que sea urgente, sino importante. Debe tener en cuenta que Aidan Crawford no es cualquier persona… sabe más de este asunto que usted y yo. Sería prudente no tomarlo a la ligera y no hacer preguntas directas, sino dejar que él solo vaya contando las cosas.

-¿Qué tal un poco de persuasión coercitiva? –había un peculiar tono de malicia en su voz.

-También es una buena opción…. Pero antes deberíamos intentar drogarlo un poco –tomó una jeringa de su bolsillo y sus ojos sonrieron junto con él. Ella lo miró fijamente, como si se hubiera quedado pegada a su mirada, pero una rama pegando en la ventana la distrajo.

-¡Que espantosa tormenta!... esto también ha de ser a causa de ese tipo…

-En efecto. La tormenta comenzó hoy a las seis de la mañana –miró su reloj- creí que para esta hora ya se habría calmado, o el Sr. Crawford estaría exhausto, pero hace un momento que fui a verlo parecía estar tan tranquilo como si estuviera en una visita social.

-Entonces, ve con él y… has lo que tengas que hacer con esa inyección… intimídalo un poco y yo iré después de ti.

Y así fue: Sebastian entró un par de minutos con Aidan Crawford para aplicar el calmante y que no pusiera mucha resistencia durante el interrogatorio. Éste, en cuanto vio entrar al mayordomo dilató sus pupilas y su rostro expresó cuán asustado estaba, y no era para menos ya que el demonio había entrado a la habitación con los ojos brillantes y con un aura oscura rodeándolo, haciéndolo ver muy amenazador y peligroso.

En cuanto hizo efecto el calmante, la tormenta paró un poco, pero la lluvia seguía cayendo a cántaros. Poco después, Susanna caminó con paso firme hacia el sótano, evitando la mirada de Fer, quien parecía vigilarla con ojos de preocupación.

Aidan Crawford estaba detrás de una puerta de madera, en un pequeño y lúgubre cuarto en donde sólo estaba él sentado en una silla con las manos esposadas y un foco que iluminaba gran parte del lugar. La habitación parecía estar un par de grados por debajo de lo normal; sin duda otra de sus artimañas. Lo primero que Susanna notó en cuanto entró fue la sensación de humedad alrededor de su rostro y manos, y después a aquel hombre que la miraba con incredulidad mientras intentaba mantenerse despierto.

Sebastian permaneció afuera. Había recibido claras indicaciones para dejarla sola mientras lo interrogaba, sin embargo al primer ruido sospechoso él entraría para evitar cualquier problema o que su ama fuese lastimada.

Susanna miró a su "distinguido" invitado, ahora despojado de la aparente elegancia que había mostrado en la fábrica a las orillas del río Támesis. Su elegante traje estaba casi hecho jirones del saco y su camisa estaba manchada de sangre. Permanecía en silencio y tenía una pequeña marca de sangre en la frente. Su rubio cabello, antes peinado a la perfección, estaba alborotado y sucio, pero fuera de eso, no parecía estar herido.

-¿Crees que te voy a ayudar o dar alguna información? –por fin rompió el silencio.

-Estoy segura de ello. Ya me enteré de que eres un cobarde y que además quisiste sobornar a mi mayordomo con un par de almas.

-¿¡Mayordomo!? –dijo como en broma- esa cosa es un demonio. Tú, entre todas las persona, deberías saber bien en lo que te has metido –parecía estar hablando con mucho esfuerzo- nos estás cazando uno por uno e intentas interferir en nuestros planes, cuando lo que haces tú es igual de cuestionable y… –ella lo interrumpió.

-¿Cuestionable?... vaya, que momento tan oportuno para hacer juicios morales… Yo sólo quiero acabar con ustedes. Han perseguido a mi familia todos estos años y eso me incluye a mí… y de paso evitar que ocurra una catástrofe –ella sonrió con un poco de cinismo- todo eso a cambio de mi alma. Creo que fue un precio justo. Ahora dime algo, para traer al ángel necesitan cumplir ciertas condiciones ¿no es así?... la primera son esos "dones" –usó un tono burlón- como ustedes los llaman… la telepatía de Ivan Reznik, las invocaciones de Schneider, que por cierto me causaron muchas molestias en la pierna y una espantosa herida a mi mayordomo y a un… amigo –tras decir eso el hombre rio- ¿qué es tan gracioso?

-Nada… es sólo que nunca pensamos que fueras a rodearte de demonios y shinigamis. En realidad, ni siquiera pensamos que serías un problema –sus palabras eran lentas a causa del calmante- Debiste haber muerto junto con tus estúpidos padres… pero eso me recuerda, ¿disfrutaste mientras estabas secuestrada?

Aquellas palabras le causaron una gran ira a Susanna. Vivió en la ignorancia por más de veinte años y ahora que todo estaba sobre la mesa sentía una tremenda responsabilidad por terminar por todo aquello, además del enojo por haber sido casi víctima de los planes de esos hombres.

-¡Cállate! –se acercó a él y lo golpeó con tusas sus fuerzas. Del labio de Aidan Crawford salió sangre y el la miró con los ojos llenos de odio- yo hago las preguntas aquí –el guardó silencio y un relámpago cayó muy cerca- telepatía, invocaciones, la visión sobrenatural de mi familia, las proyecciones astrales de Soler, después tú que controlas el clima…

-Atmosferokinesis… -dijo ofendido; parecía haber despertado un poco.

-Lo que sea…. Así se han ido juntando todos… Reznik, Schneider, Soler, Serafer y tú… y muy a mi conveniencia ahora yo tengo esos dones… el tuyo en un par de horas, quizás días… -Susanna le mostró una sonrisa triunfal mientras caminaba por el cuarto.

-No te servirán de nada… las mujeres no pueden utilizar los dones.

-¡Claro!... eso ya lo sabía. Sólo quería corroborarlo. Y si yo muriera, todo eso iría a parar con Janssens-Guillot… supongo que ahora entiendes que son ustedes o yo…

-Desde el principio ha sido así. Pero si me matas y vas tras Demian, sólo le estarás haciendo las cosas más fáciles.

-¿Ah sí? –trató de parecer desinteresada, pero esperaba con ansias lo que iba a decir.

-Parece que no lo entiendes niña, y si esperas que ese demonio que tienes como mayordomo te ayude o te sea fiel hasta el final, estás equivocada. ¡Es un demonio! Su naturaleza le dicta promover el caos y atentar contra dios, y qué mejor manera de hacerlo que probando que no existe.

Por un instante Susanna se quedó sin palabras, mirando a Aidan Crawford con seriedad en sus ojos, pensando en lo que acababa de decir, pero sin mostrar emoción alguna, ni mucho menos señales de duda o confusión.

El tema de Sebastian lo había aclarado hacía tiempo. Si hubiese querido llevar a cabo el enlace, ya lo habría hecho, y si embargo seguía con ella, mostrándole la fidelidad que tanto le profesaba. Además, sus corazonadas le decían que podía confiar en él y por si fuera poco, los shinigamis también le creían, así que los intentos de Crawford por hacerla dudar eran inútiles.

-¿Qué poder tiene Demian Janssens-Guillot? –la voz del a chica era fría y directa. Su actitud cambió radicalmente y ahora parecía ser más severa.

-Eso lo descubrirás tú cuando lo encuentres… pero será sin mi ayuda. Morir no me asusta. Desde el momento en el que desperté aquí, atado a esta silla, supe que pronto moriría y el darte información no cambiará las cosas –su voz volvió a ser lenta y pausada.

-Eso es verdad, pero podría hacer tu muerte más rápida… o más lenta. Depende de ti –el rio con ironía y miró hacia el suelo, sin intenciones de hablar- si lo prefieres, puedo llamar a Sebastian para que termine el trabajo –y entonces él la miró con terror en sus ojos, todavía débil por el calmante, pero con un cierto brillo de súplica en las pupilas- no me digas que le tienes miedo… quieren traer a un ángel caído y hacer un enlace que unirá todas las dimensiones y te dan miedo los demonios… ¿eres idiota o qué?

-Demian nos ofreció protección… nada nos haría daño. No con estos dones, que tras la venida del ángel caído se multiplicarían, para nosotros y nuestra descendencia.

-Wow… eso incluso suena bíblico…

-Hablo en serio. Todo eso me aterra, y no sólo por los alcances, sino porque es inevitable… todo está calculado, incluso el más mínimo error o equivocación. Tú eres parte de ello. Es un esquema que lleva planeándose más de un siglo. Ya deberías saberlo.

-¡Entonces dime cómo detenerlo! –se acercó a él y le sacudió el hombro.

-No puedo… Ya todo está hecho. Sólo es cuestión de esperar e ir al lugar preciso. La numerología siempre ha sido nuestra amiga y si crees que traer la lanza de Odín es poco, espera a ver lo que podemos hacer con un poco de energía. Es un ritual planeado desde hace mucho, y las prácticas ya han sido muchas. En cada desastre natural; terremoto, inundación o tsunami, practicábamos la canalización y el ritual, pero siempre nos faltaba algo… eso último que lo completaría –después su voz se convirtió en un susurro- …pronto…

Susanna se quedó en silencio por un momento. Por alguna razón parecía estar más confundida después de escucharlo. Creyó que con más información podrían dar con Demian Janssens-Guillot y saber cómo impedir el ritual, pero las palabras de Crawford sólo la dejaron con más dudas. ¿Qué estaban esperando? ¿qué les hacía falta?

El silencio inundó el cuarto y la temperatura bajo aún más. Para cuando Susanna fue consciente de aquello, lo miró con curiosidad y preguntó.

-Estás muy callado. ¿Ya no tienes nada que decir? –el comenzó a reír- y además te da risa… tal vez Sebastian te pueda hacer hablar un poco más.

-¿Qué hora es?

-Son las doce y media de la tarde –miró su celular y lo guardó en su bolsillo- ¿tienes algún compromiso al cual asistir? Si es eso, vas a llegar un poco tarde.

-Descuida, no soy yo…. Eres tú quien tiene un compromiso –se rio un poco más.

-Juegos mentales… lo que me faltaba. Ya demasiado tengo con los de Sebastian como para que…

-No es un juego. Es real –por primera vez en todo el día, Aidan Crawford parecía ser amenazador, pero antes de reparar mucho en ello, escuchó a Sebastian llamando a la puerta.

-Señorita, necesito hablar con usted.

-Ve… parece que es urgente –el hombre tenía una mirada burlona y una pequeña sonrisa en los labios ensangrentados.

-Volveré enseguida.

Ella le guiñó el ojo y salió del cuarto, pero antes de que la puerta se cerrara, la mirada del demonio se clavó en aquel hombre, amenazadora y escalofriante, causándole terror.

Justo cuando eso pasaba, en la dimensión de los shinigamis, William salía de su oficina con paso apresurado y un severo gesto de preocupación tras la noticia que había recibido. Sintió como sus sienes comenzaban a palpitar, signo de una inminente jaqueca. Debía tomar un par de aspirinas cuanto antes, pero no lo hizo. No tenía tiempo para ello, así que continuó su camino. Era una situación urgente.

De pronto se detuvo y se asomó a uno de los tantos cubículos del despacho de recolecciones y con voz seria le habló al shinigami que estaba sentado en su silla.

-Grell Sutcliff … ¿aún no vas a la residencia Serafer?

-¡Will, querido!... eh no… estaba a punto de ir … -dijo un poco de nerviosismo, tomando su libreta y el expediente de su escritorio, abriéndolo y leyendo la nueva información en él- creí que aún tenía un par de horas, pero… -su gesto mostraba lo sorprendido que estaba cuando vio los recientes cambios. Las correcciones a la información de la muerte de una persona en su expediente no eran algo sin precedente, pero no era del todo común que ocurrieran y eso fue precisamente lo que ocurrió con el trabajo de Grell para ese día.

-Ha habido algunas modificaciones… yo me encargaré de ello –dijo William con mayor seriedad de la habitual y extendió su mano para que el pelirrojo le diera el expediente.

-Eso veo… -por fin le dio el expediente- ¿estás seguro?... creí que no te gustaban este tipo de recolecciones. Un trabajo demasiado sucio para… -fue interrumpido.

-Hay circunstancias especiales que me obligan a ir. Con permiso.

Y después se dio la vuelta, dirigiéndose con paso veloz a la secretaría general para firmar los documentos pertinentes y marcharse. No quería perder más tiempo. La situación era demasiado delicada, o al menos él lo consideraba así; algo dentro de él le gritaba que se apresurara.

Cuando Sebastian le dijo a Susanna que lo siguiera, usó un tono muy peculiar que ella no supo distinguir, sin embargo no preguntó más y caminó hacia la sala de la casa, hacia donde la estaba conduciendo y de repente la miró con cierta frialdad en sus ojos, como si pusiera una barrera entre ellos.

-Será mejor que tome asiento.

-¿Qué sucede? –no supo bien el por qué, pero se sentó en el sillón. Estaba segura de que se trataba de algo serio. La actitud de su mayordomo no podía significar otra cosa y un mal presentimiento la inundó.

-He recibido una llamada hace un par de minutos… -su mirada se volvió un poco sombría, pero su actitud era calmada. A Susanna le dio la impresión de que era una torre- desde antes de partir a Suecia asigne una escolta para que cuidara de su padre adoptivo. Supuse que si iba detrás de usted, también irían tras él. Disculpe que no se lo haya informado con anterioridad, pero no quería preocuparla, además su padre me pidió que lo mantuviera en secreto, en especial cuando aquellas personas que estaban a cargo de su seguridad me informaron de un par de sujetos siguiéndolo.

-¿Le sucedió algo? –dijo con preocupación. Aquello era lo último que se esperaba. Sabía que ella era el blanco de aquellos sujetos, pero podrían utilizar a su padre en su contra.

-La llamada que recibí fue por parte de uno de esos guardaespaldas… -de pronto Susanna sintió un nudo en su estómago y sintió la sangre de su cuerpo congelarse poco a poco. Sus ojos se abrieron más y esperó a que Sebastian siguiera hablando- hubo un atentado y… la escolta que asigne fue asesinada… al igual que su padre.

La chica se quedó muda. No pudo hablar o emitir sonido alguno. Era una noticia inesperada y súbita. De todas las cosas que podrían ir mal, la muerte de su padre no figuraba en la lista. El nudo de su estómago desapareció y lejos de reaccionar de manera dramática, se recargó en el sillón, viendo hacia la nada como si de pronto su cerebro se hubiese apagado.

Mientras tanto, desde el comedor, el Sr. Haggard, Fer y Abby observaban la escena. Habían escuchado toda la conversación y sus ojos estaban fijos en la chica, melancólicos y preocupados.

-Todo indica que todo fue orquestado por Demian Janssens-Guillot y ya he ordenado que eliminen a esos hombres que…

-Entiendo –por fin dijo Susanna- no había nada más que pudiésemos hacer pero…. ¿estás seguro?

-Me temo que sí, señorita… en este mismo momento se están haciendo los trámites necesarios para traer sus restos a Londres –ella lo miró de manera inexpresiva, como si la chispa tan característica de sus ojos se hubiese ido por completo. De inmediato el recapacitó y añadió- yo… lamento mucho su pérdida.

-No es verdad… no creo que te sea posible sentir algo así –y después de esas frías palabras se levantó y se dirigió hacia el garaje, evitando las miradas de los otros tres individuos, quienes continuaban con gestos de preocupación. Abby estuvo a punto de correr tras ella, pero Fer la detuvo antes de que pudiera hacerlo.

-Déjala sola. Necesita asimilar las cosas –él había visto esa mirada antes; aquella con la determinación y odio exactos para comenzar a saciar la sed de venganza disfrazada de justicia que nunca sería por completo satisfecha.

Susanna e ntró al garaje y tomó una caja de herramientas que había junto a uno de los muebles y después descolgó la pistola de clavos de la pared. Se aseguró de que estuviese cargada y caminó hacia su destino.

Los pasos de Susanna sonaban fuertes desde aquel cuarto del sótano y en cuanto entró, dio un tremendo portazo que despertó a Aidan Crawford de su sueño; el desgraciado se había quedado dormido como si su conciencia estuviera tan tranquila como la de un bebé.

-¡Tú lo sabías! –ella grito mientras dejaba la caja de herramientas en el piso, haciendo aún más ruido. Su enojo era demasiado y empeoró al escuchar la risa del sujeto. Su cabello estaba mojado por la tormenta que había afuera, pero lo ignoró. En ese momento lo único que sentí era su sangre hirviendo

-Desde luego. Sólo era cuestión de tiempo y… a decir verdad les tomó un poco más de lo esperado.

-Por eso preguntaste la hora –se acercó a él.

-Sí. Tal vez hubiésemos podido usar a ese idiota para nuestros sacrificios, pero… creo que nos fue más útil así.

-Ese idiota era mi padre… -le dio un puñetazo en la cara y él guardó silencio. Por primera vez notó que Susana se veía más peligrosa ante sus ojos. No parecía ser la misma persona que lo estuvo interrogando toda la mañana.

Susanna gritó algo incomprensible. Tal vez una grosería en su idioma natal, o quizás no atinó a decir algo más coherente. La ira y la tristeza la inundaban, pero sobre todo un sentimiento nuevo apareció dentro de ella. Algo que no había sentido y que de pronto pareció una necesidad.

Detestaba al hombre que tenía en frente y haría que su castigo fuera lento y terrible. Él era el culpable por la muerte de su padre y, aunque ella también lo era hasta cierto punto, toda esa frustración fue desahogada en aquel individuo y lo que estaba a punto de hacer. Después Tomó la pistola de clavos y caminó hacia Aidan Crawford con decisión.

-¡Espera! ¿qué vas a hacer con eso? –la voz del hombre denotaba su temor.

-¿No te lo puedes imaginar? –las pupilas de Susanna estaban dilatadas y sus ojos salpicados de furia mientras ponía la pistola en el cuello del sujeto.

-¡Yo no lo ordené! ¡Te lo juro!

-¡No me importa! –quitó la pistola, haciendo que el sintiera un momentáneo alivio, pero a quemarropa le disparó al pie derecho, y fue entonces que el primer alarido se escuchó.

Fue el primero grito de muchos que vendrían en poco tiempo. Susanna estuvo dispuesta a usar todas y cada una de las herramientas de la caja, incluida la pequeña botella con tiner que estaba allí guardada.

Estaba furiosa; completamente fuera de sí y no sólo por la frustración que le causaba aquella situación, sino la tristeza, impotencia y soledad que la invadieron como nunca antes. Sabía muy bien que su alma estaba perdida y actuó de acuerdo a ello. En ese punto, no era más tortura para obtener información, sino por el simple placer que le provocaba el verlo sufrir de esa manera.

Ella se transformó radicalmente, ignorando los gritos y aullidos que en otras circunstancias la habrían hecho detenerse y dejar de lastimar Aidan Crawford, pero esta vez no había nada ni nadie para ayudarla a contenerse; al contrario, y con cada movimiento de la segueta sobre los dedos de ese sujeto, ella sentía más y más sed de sangre; cada clavo que se hundía en su piel, cada sonido del martillo rompiendo algún hueso y cada uña que arrancaba con las pizas le produjo un retorcido placer tan sádico como aquellos personajes de películas gore. Era como si estuviese en un trance y su mirada era por completo malévola, de odio y satisfacción por el castigo que él recibía.

Susanna sintió que algo dentro de ella la abandonaba y en momentos sentía que dejaba de ser ella, pero no por eso la satisfacción fue menor y durante todo el tiempo sintió el sello del contrato en su cuello más tibio que de costumbre, palpitando con cada dedo que cortaba y cada herida que le provocaba a aquel sujeto.

Y cuando por fin Susanna vio sus manos llenas de sangre, goteando con el espeso líquido rojo a causa de sus acciones, se dio cuenta de que todo estaba perdido. Todo aquello que había postergado junto con la perdición de su alma había hecho que esta vez se quedara sin posibilidad alguna de redención. Sin embargo aún le quedaba algo por hacer en este mundo, y no se detendría antes de detener el enlace… mientras tanto, terminaría su sangriento trabajo y lo disfrutaría tal como ellos lo habían hecho tantas veces…

La tormenta comenzó a desaparecer poco a poco y el nublado cielo que prometía un terrible clima de lluvias y relámpagos se despejó, mostrando apenas unos rayos de sol.

De pronto un zumbido se escuchó y Sebastian volteó a ver al shinigami que acababa de aparecer junto de él, justo en la entrada secreta del sótano, misma que daba un acceso más rápido al cuarto donde Aidan Crawford estaba.

-Veo que ya te enteraste… -dijo el mayordomo con voz fría, esperando alguna reacción por parte de William.

-Vine en cuanto pude… y para ser sincero, esperaba encontrarte con Susanna –eso sonó casi como un reclamo.

-Ella quiere estar sola en éste momento…- dijo de manera burlona, pero el shinigami lo interrumpió.

-¡No te atrevas a decir lo que ella quiere! No hay manera posible de que sepas por lo que está pasando sola ahí adentro… lo que ella acaba de hacer.

-Aidan Crawford iba a morir de todas formas. Además, no es el primer hombre al que ella mata –había algo de satisfacción en su voz y eso causó que William se enojara todavía más- si antes no te molestó, no veo por qué debería hacerlo ahora… eso te da una excusa para verla ¿no es así? –parecía que el irritarlo le producía un enorme placer, y aunque había algo de verdad en ello, al shinigami le resultaba un poco más que perturbador.

-Tienes razón. Ésta no es la primera vez que lo hace, pero… si tan sólo supieras la manera en la que va a morir ese hombre… la malicia que se ha quedado grabada en sus heridas, dudarías que ella lo hizo. Pero claro, eso debería causarle un enorme gozo a un ser despreciable como tú.

Un brillo apareció en los ojos del demonio. Sabía que Susanna se encargaría de hacer su muerte dolorosa, pero nunca se imaginó a qué grado podría llegar; mucho menos que tuviera tal efecto en el shinigami.

Sí. Susanna era capaz de hacer tal cosa y eso no sólo significaba que ya daba su alma por perdida, si no que una de las últimas partes de su bondad había muerto junto con su padre, cosa que le resultó muy conveniente a Sebastian, por no decir… atractivo. Pero incluso dentro de todo aquello, parte de él se preocupó por ella y de inmediato sus ojos volvieron a la normalidad y miró hacia la puerta con desasosiego.

Ambos guardaron silencio por un momento, hasta que William tomó su death scythe y caminó hacia la puerta del sótano. Era momento de recolectar el alma de aquel hombre. Sebastian lo siguió y abrió la puerta con la llave maestra que siempre cargaba en su bolsillo.

La imagen que vieron en cuanto estuvo abierta los dejó sorprendidos: el cuerpo de Aidan Crawford seguía sentado en aquella silla, inmóvil y rodeado por los dedos que habían sido cortados con pinzas y serruchos. Sus pies y brazos estaban llenos de clavos y heridas hechas con el desarmador. Sus pantalones estaban casi cubiertos de sangre y donde estaban rotos, se veían diferentes tipos de laceraciones hechas con las herramientas. El olor a tiner y sangre que llenaba el cuarto era casi tan insoportable como ver el rostro desfigurado de aquel sujeto. Un escenario digno del sicario más experimentado y cruel.

Susanna sabía que William y Sebastian estaban ahí frente a ella, presenciando aquella escena; podía sentirlos, al igual que su sorpresa al presenciar el resultado del o que acababa de hacer y sus manos manchadas de sangre como nunca antes lo habían estado.

Sintió el impulso de reírse ante tal cosa y lo hizo, pero fue una risa cínica… sin humor ni sentimientos buenos; una risa que escondía sus lágrimas a simple vista, aunque no por mucho tiempo.

-Son increíbles las atrocidades que podemos hacer los humanos si nos provocan… -rio un poco más y los miró por un momento. Ambos sin poder decir algo y al notarlo, Susanna volvió a mirar el cadáver de Aidan Crawford -… y lo peor es que lo disfruté. Incluso lo haría otra vez… mil veces más sin sentir remordimiento. No sólo porque se lo mereciera, sino porque quise hacerlo… soy un asco de persona y nadie hizo nada para evitarlo. Aquel poder divino que debía procurar el bien, brilla por su ausencia… tal vez ellos tengan razón -tomó aire y miró hacia el suelo mientras susurraba las palabras que desde hacía algunos meses consideraba malditas -deus est mort…- no hubo vacilaciones en su voz, pero el resultado fue el mismo que en ocasiones anteriores.

El gesto de Sebastian era de alarma mientras corría hacia Susanna, quien acababa de entrar en un frenesí violento, tomando otra vez el martillo para golpear nuevamente al cadáver, gritando y llorando como nunca antes…

Notas de la autora:

AndVi, 1995: ¡Lo sé! Sebastian siempre tiene un truco bajo la manga y al desgraciado todo le sale bien. Eso sin mencionar lo que simpático que está jeje.

Koisshi Satome Ackerman: ¿Continúas picada con la historia?... es la idea… muajaja hahaha ok, no. Pero la idea es que lean el fic hasta el final :D