Capítulo 25. Últimas palabras.
Ruta de Sebastian.
El gesto de Sebastian era de alarma mientras corría hacia Susanna, quien acababa de entrar en un frenesí violento, tomando otra vez el martillo para golpear nuevamente al cadáver, gritando y llorando como nunca antes.
Le costó un poco de trabajo mantenerla quieta y quitarle el martillo, ya que ella parecía tener mucho más fuerza, pero no era rival para él. La alejó un poco del cuerpo del Sr. Crawford e intentó calmarla mientras William recolectaba el cinematic record.
Los gritos inundaban la habitación. Era un llanto con pocas lágrimas, de esos que salen del alma misma y cuando lo hacen, es en forma de terribles lamentos que dejan a cualquiera sin aliento por varios instantes. La mente de Susanna comenzaba a dar vueltas mientras le mostraba terribles imágenes, no sólo de lo que acababa de hacer, sino dela muerte de cada uno de aquellos individuos, como si estuviera recorriendo hacia atrás la historia de los últimos meses, hasta llegar a ese terrible momento en el que estuvo a punto de morir, de ser ultrajada y torturada; antes de hacer el contrato con Sebastian.
Momentos después su respiración fue más acelerada, como si estuviese hiperventilando y dejó de luchar contra Sebastian para zafarse. Se puso las manos sobre los oídos para callar las voces que le gritaban a todo pulmón. Susanna no era ella misma. El terror y la locura se habían apoderado de su mente y el demonio no supo qué hacer, más que intentar calmarla sin éxito alguno.
De inmediato Sebastian pensó en utilizar sus poderes para dejarla inconsciente, pero sería imposible en ese estado, así que pensó que una inyección de Valium era la mejor opción, pero antes de que pudiese correr a toda velocidad hacia la casa para buscar la jeringa, William se acercó a ella y la recostó en el suelo, permitiendo que ella adoptara posición fetal.
Durante unos instantes, la mirada del shinigami reflejó tristeza y compasión, pero en seguida mostró determinación y después de quitarse los guantes, tomó el rostro de la chica, fijando sus ojos en los de ella y con voz firme, pero cálida comenzó a llamarla.
-Susana… Susanna, hazme caso. Sal de ahí -un momento después ella dejó de gritar, pero su mirada parecían no tener vida y su cuerpo temblaba violentamente -Susanna… concéntrate en mis ojos. Sal de ahí, de ese lugar oscuro al que no perteneces… no pasa nada, estás a salvo. Ni ese demonio ni yo dejaremos que te suceda algo ¿entiendes? –de inmediato Sebastian lo miró con gran incredulidad… ¿estaba reconociendo que él la cuidaría?... -¿lo sabes verdad?... ahora quiero que respires profundamente y te calmes. Regresa aquí…
Poco a poco la chica se fue calmando y después de un momento volvió a ser la misma, sólo que parecía haberse quedado sin fuerzas y sin palabras. William le ayudó a ponerse de pie y una vez que estuvo seguro de que podría sostenerse por sí misma, volteó a ver a Sebastian.
-Sería bueno que descanse y…
-Entiendo –de inmediato el mayordomo se acercó a ella y la tomó en brazos. La actitud del demonio parecía ser más fría que de costumbre con respecto al shinigami. Apenas se toleraban, pero la indiferencia de Sebastian era demasiado notoria para William. Susanna no pudo verlo, ya que parecía estar ausente, con la mirada perdida y sin vida. Además estaba agotada.
En cuanto Sebastian la tuvo en sus brazos cargándola, caminó hacia la puerta del sótano para dirigirse a la casa. Durante unos instantes ella uso sus brazos para sostenerse del cuello del mayordomo, pero pronto lo soltó y se dejó caer; parecía no tener fuerzas. Por supuesto él se aseguró de sostenerla bien, pero aquello hacía la imagen más impresionante, sobre todo por la sangre que había en la ropa, rostro y brazos de la chica.
William sólo pudo verlos alejarse, cerrando la puerta tras él y sintiendo un hueco dentro de su pecho que no pudo explicar. Debía tener cierta satisfacción al haber recolectado el cinematic record de aquel hombre, además de que ella parecía haber obtenido cierta información durante su interrogatorio, pero… sintió algo que distaba mucho de la satisfacción del deber cumplido y decidió quedarse la residencia Serafer un momento más. Algo lo hizo permanecer ahí. Estaba preocupado por Susanna.
Una vez en el cuarto de la chica, Sebastian se encargó de que ella se sentara en el sillón y después entró al baño para asegurarse de que el agua de la tina estuviese caliente. Susanna estaba casi cubierta de sangre y debía asearse, pero a diferencia de lo que hubiese hecho en otras circunstancias, el mayordomo salió del cuarto para buscar a Abby, quien se encargaría de ayudar a su ama.
En cuanto Abby entró al cuarto se sorprendió mucho de ver el estado de Susanna. Pudo imaginarse lo que había sucedido y aunque no lo justificó, comprendió por qué lo había hecho y sin hacer preguntas, la ayudó a ponerse de pie y bañarse una vez que estuvo dentro de la tina. Después se ocupó de que se pusiera la pijama y la guio hacia su cama.
Aunque seguía sin decir palabra alguna, Susanna se movía por su cuenta, pero como si lo estuviese haciendo por inercia. Una vez en su cama, Abby le dio un último vistazo y después caminó hacia la puerta.
-Si necesita algo, sólo pídalo –le dedicó una sonrisa que rayaba en la lástima y justo antes de que pusiera la mano en la chapa, Sebastian abrió la puerta.
-Muchas gracias Abby –y con su mirada, le indicó que se retirara. Quería estar a solas con ella. Una vez que se aseguró de que no hubiera nadie cerca o del otro lado del a puerta intentando escuchar, preguntó- ¿cómo se encuentra, señorita?
Ella no contestó. Miraba fijamente al techo de la habitación. Sentía como si todas sus fuerzas se hubiesen ido y sus ojos estaban llenos de lágrimas. Un zumbido espantoso inundaba sus oídos y sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que la culpa la corroyera. Sebastian sabía que las cosas no estaban bien. Esta vez era diferentes a las anteriores; ahora tenía un motivo de peso para estar mal, y sus acciones habían empeorado la situación. Observó cómo de los ojos de la chica escurrían lágrimas y su expresión parecía la de alguien derrotado… destrozado.
Tal imagen no le gustó para nada al demonio. Se preocupaba por ella, y eso conllevaba a que estuviese bien; no como la persona que yacía en la cama. Por un segundo se reprochó por haber permitido que ella hiciera tal atrocidad. En el momento la idea le pareció buena; de acuerdo con sus planes, pero las consecuencias no fueron las esperadas.
Sebastian le dedicó una mirada que rayaba en lo dulce mientras acariciaba su cabello, intentando consolarla, pero no por mucho tiempo, ya que ella comenzó a hablar.
-Tráeme una botella de ron, hielos y déjame sola. Es una orden –dijo con frialdad, sin siquiera verlo a los ojos; su mirada seguía fija en el techo y él sólo pudo seguir sus órdenes.
-Como usted diga – y salió por la puerta, para regresar un par de minutos después con el encargo.
Él sabía que aquella situación no se terminaría junto con la botella… lo haría con muchas más, y así pasó el resto de la semana: ella embriagándose sola en su cuarto mientras derramaba lágrimas de dolor e ira y él sin despegarse de la puerta; sin poder hacer nada al respecto, pero algo en él sabía que debía dejarla desahogarse. Así funcionaban los humanos, o al menos era lo que había podido observar durante su experiencia a través de los años. Susanna necesitaba tiempo y él estaba dispuesto a dárselo, incluso cuando algo dentro de él le reclamaba por forzar la puerta y entrar cada vez que la escuchaba llorar a gritos, pero siendo de demonio que era, no sabría qué hacer para hacerla sentir mejor.
Entraba al cuarto dos veces día para ver si ella necesitaba algo y asegurarse de que estuviese bien, pero en ninguna de esas ocasiones ella le dirigió la palabra, era él quien intentaba hablar con ella, sin embargo estaba demasiado perturbada o ebria como para entablar una conversación.
En una de esas visitas, Sebastian movió una de las cortinas del cuarto de Susanna para asomarse por la ventana. Su expresión era seria porque sabía lo que vería. Estaba lloviendo y desde el jardín la silueta de un hombre con traje negro sosteniendo unas pinzas de jardinería podía verse.
William tenía una mirada inquisidora que parecía juzgar al demonio desde su posición. Por supuesto, eso no le importó al mayordomo en lo más mínimo, pero le molestó la constante presencia del shinigami durante los últimos días. Cada vez que se asomaba al jardín él estaba en el mismo lugar, viendo hacia la ventana de la chica.
Unos días después Sebastian se hartó de aquella situación y entró de improviso al cuarto de Susanna, con paso firme y ajustándose la chaqueta de su smoking. Su actitud era formal y seria. Había determinación en sus ojos rojos y en cuanto la vieron sentada junto a su cama supo que era lo que necesitaba hacer.
-Es suficiente… se está haciendo daño y le he dado el tiempo necesario para que haga su berrinche. Ahora es momento de continuar, si no es por su venganza, al menos haga lo posible para estar sobria en el servicio funerario de su padre –ella lo miró con odio por un instante y después extendió la mano para que la ayudara a ponerse de pie.
-Debo… darme un baño… –se notaba en voz lo intoxicada que estaba, pero todavía se comprendían sus palabras.
-Estoy de acuerdo… ¿quisiera que le ayude?
-No te aproveches… todavía puedo hacerlo sola –dijo apoyándose de él para caminar y maldiciéndose por tener que depender de él. Una vez en el baño se sostuvo del lavabo y el mueble para no caerse. La cabeza le daba vueltas y le costaba enfocar. Estaba segura de que sería cuestión de tiempo para que las náuseas la invadieran- pero quédate afuera por… por si acaso.
A Susanna le costó mucho trabajo bañarse. El jabón y el shampoo se le caían de las manos y al final tuvo que optar por sentarse en la tina para asearse. Cuando por fin terminó, se envolvió en una toalla y se secó lo mejor que pudo. Después se envolvió en una bata de baño y abrió la puerta, encontrándose a su mayordomo que la esperaba en su habitación con lo que parecía ser un abundante desayuno y un suero oral.
-¿Qué… carajos? –atinó a decir mientras se recargaba en la pared para no caerse.
-Permítame –él se le acercó a ella y le ayudó a sentarse en el sillón- el funeral es en un par de horas y debo encargarme de que esté en buen estado para entonces. No sería bueno que la cabeza de la familia Serafer haga el ridículo en público. Líquidos, café, azúcar y algo grasoso son lo mejor para reducir su estado… etílico –dijo con disgusto.
-Creo que…. –de repente se paró del sillón y corrió hacia el baño. Sebastian tenía una sonrisa traviesa en el rostro.
-El vómito también es una buena manera. Bien pensado, señorita –sin duda disfrutaría de su agonía en la medida de lo posible. Era una especie de venganza por haberlo ignorado por completo los días anteriores
-¡Vete al infierno!
-Señorita… unas vacaciones no son lo más adecuado en este momento –continuó haciéndola enojar.
-Sólo… -se lavó la boca y salió del baño para sentarse otra vez en el sillón- no hables… -y con una pequeña sonrisa le pasó un plato con panqueques y una tasa grande de café- gracias… -con mucho trabajo pudo terminarse el desayuno y Sebastian permaneció junto a ella todo el tiempo, estudiando sus gestos y comportamiento, asegurándose de que estuviera un poco mejor y un par de minutos después ella dijo- gracias… creo que ha funcionado un poco.
-Por supuesto ¿Qué tipo de mayordomo sería si no pudiera hacer ese tipo de tareas tan sencillas? –detrás de su elegante sonrisa se ocultaba el hecho de que sintió alivio al verla un poco mejor.
Un par de horas después, Susanna estuvo lista para marcharse hacia el funeral. Vestida completamente de negro, bajo las escaleras de su casa y salió por la puerta principal, encontrándose con el Sr. Haggard, quien la estaba esperando con una actitud muy solemne y seria mientras sus ojos la veían con compasión.
-¿Está lista, señorita? –le preguntó con amabilidad mientras le abría la puerta del auto.
-No, no lo estoy… pero debo ir –la voz de la chica sonaba apagada, como si no fuera ella.
-Estaré junto a usted todo el tiempo, por si necesita algo -dijo la voz de Sebastian, quien de pronto apareció detrás de ella vistiendo un elegante traje negro con camisa y corbata del mismo color, y por supuesto unos guantes de cuero que hacían juego. Su atuendo le daba un porte solemne, atractivo y un poco lúgubre.
Sin reparar más en su aspecto, Susanna subió al coche, seguida de Sebastian y el Sr. Haggard. El camino hacia el cementerio fue demasiado corto. Le costaba hacerse a la idea de que su padre estaba muerto y debía asistir al funeral; hasta ese momento había asumido que sería él quien debía enterrarla.
Tan sólo Susanna y los empleados de la casa asistieron al funeral. Era su única familia y de cualquier modo, ella prefería no estar rodeada de gente que la mirara con lástima. Era lo último que se merecía.
La chica no puso atención a la ceremonia religiosa que se llevó acabo. Parecía que estaba haciendo las cosas por inercia, pero por primera vez en una semana se sintió viva. Tal vez fue el dolor, la culpa o el aire fresco que tocaba su rostro, pero supo que debía afrontar las cosas de una u otra manera y a pesar de todo, la constante presencia de Sebastian a su lado le dio el ánimo y soporte que necesitaba. Sabía que si se caía, él estaría ahí para levantarla e impedir que se lastimara, aunque fuera muy a su manera.
Cuando terminó todo, la chica caminó con paso firme hacia la salida del cementerio, pero por dentro sentía como si estuviera a punto de desplomarse. Detrás de ella estaba su mayordomo, cuidándola sin decir palabra alguna. Sabía que no era el momento adecuado y al mismo tiempo le interesaba ver sus reacciones y el cómo lo manejaría.
Antes de salir del camposanto un hombre con traje negro se acercó a ellos. Su expresión seria daba la impresión de estar por completo emocionalmente distante de lo que ocurría, pero así era su trabajo.
-Susanna… -su voz era amable, en contraste de lo que su porte reflejaba.
-Will ¿qué haces aquí?
-Había querido hablar contigo antes pero… -hizo una pausa, escogiendo bien las palabras que iba a decir- sé que has estado mal y…
-Señor Spears, este no es momento para entrometerse –dijo el demonio con voz seria y con un pequeño toque amenazador.
-Espérame en el auto, Sebastian.
-Como usted ordene –dijo en con resignación, pero el mayordomo no le quitaría la vista de encima al shinigami; parecía ser más posesivo que de costumbre. Era su forma de protegerla y en cierto modo, mantenerla a su lado.
-Gracias por venir –la voz de Susanna sonó inerte, pero sólo en la superficie; miles de sentimientos parecían desbordarse desde su pecho.
-No tienes que agradecer nada. Me enteré de lo que sucedió casi una hora después de que… ocurrió. Recibí un mensaje del Supervisor de la rama de…- no terminó la frase porque se dio cuenta de que sus explicaciones sonaban demasiado frías y técnicas para la ocasión- lamento que haya sucedido así. Tu padre siempre pensó en ti con mucho cariño. Hasta el final.
-Creo que dentro de lo malo, fue mejor de esta manera… así no tuvo que lidiar con mi muerte…
-No digas eso… -un nudo se formó en el estómago de William. La idea de que el alma de la chica fuera devorada por ese demonio le resultó más que repulsiva.
-Es la verdad –dijo con seriedad- pero solo queda seguir adelante.
-Si necesitas algo, sabes cómo contactarme y... en el momento que sea yo acudiré –el shinigami sintió repentinos deseos por abrazarla, pero se contuvo mientras sus ojos mostraban un gran pesar.
-Gracias, William. Nos vemos después –sonrió como acto reflejo y caminó hacia el auto donde Sebastian la esperaba con paciencia.
Por su parte, el shinigami la vio alejándose. Su figura parecía ser más pequeña que de costumbre debido a lo vulnerable que era en esos momentos y cuando sus ojos alcanzaron a ver al demonio junto al auto, abriéndole la puerta y observándola de un modo muy singular, la imagen de un pequeño conejito corriendo hacia la guarida de un hambriento lobo apareció en su mente.
Cuando llegaron a la casa, Susanna se apresuró para salir del auto. A penas éste se hubo detenido, ella abrió la puerta y salió. Sebastian se sorprendió, pero decidió darle un poco de espacio e intercambió miradas de preocupación con el Sr. Haggard.
La chica caminó hacia el estudio. Planeaba encerrarse y pasar el resto de la tarde ahí. No sabía bien con qué fin; no tenía la más mínima intención de avanzar con sus investigaciones ni pendientes de trabajo. Tan sólo se sentó en la silla y la volteó hacia la ventana para ver el paisaje después de encender el estéreo y tocar un melancólico disco.
"Sarabande" de Handel sonaba y de repente se escuchó un pequeño ruido proveniente de la puerta. Después de entrar, ella se aseguró de cerrar la puerta con seguro, pero tal cosa pareció haber sido inútil y cuando vio a Sebastian entrar supo por qué.
Su gesto era serio, pero no le causa temor. Despacio se acercó a Susanna, quien observaba cada uno de sus movimientos. Súbitamente todo aquello le pareció irreal; se encontró frente a un demonio mayordomo que sin duda consumiría su alma y por primera vez, aquello no le importó. El contraste de su presencia con la música le resultó fascinante.
-Señorita… -su seria expresión de repente desapareció y le sonrió coquetamente- a pesar de todo… el negro le sienta muy bien.
-No empieces… -dijo con un poco de hartazgo pero algo en la actitud de Sebastian la hizo reírse un poco. Tal vez fueron sus ojos traviesos o el tono en el que lo dijo.
-Sólo quería ver si necesitaba algo… que de preferencia no sea alcohol… tal vez un té, un paseo por la ciudad, una visita algún museo e incluso creo que podríamos arreglar una pequeña excursión al London eye.
-Suena tentador… pero estoy agotada –dijo desanimada, lo cual no le agradó del todo a Sebastian, ya que le faltaba esa chispa e intensidad que la caracterizaba, así que se animó a decir con sinceridad.
-Lamento no poder ser de más ayuda…. no puedo ponerme en sus zapatos, pero… usted sabe que puede apoyarse en mi para cualquier cosa –ella le sonrió mientras suspiraba y por un momento hubo silencio- su padre me dijo algo antes de que partiéramos hacia Inglaterra ¿quiere saber qué fue?
-¿De qué hablas?–de repente ella pareció estar más alerta.
-Antes de subir al taxi me encargó que cuidara de usted. Sus palabras exactas fueron "Cuídala. No sé qué tipo de dificultades encontrará en Inglaterra, pero debe ser algo serio como para que alguien como tú haya venido a buscarla. Sólo te pido que cuides de Susanna. Haz lo que tengas que hacer para mantenerla segura, pero si le pasa algo… no me va a importar quién o qué seas... Sólo cuídala."
-No tenía idea… -dijo ella y bajó la mirada de manera melancólica. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero ninguna salió. Estaba demasiado cansada y de repente algo se le ocurrió y miró al mayordomo con intriga mientras se ponía de pie frente a él- ¿quieres decir que… sabía algo sobre ti? Es decir ¿habrá notado algo? –sonaba preocupada.
-No creo que supiera quién soy en realidad pero sospechaba algo desde el principio y… -hizo una pausa- lo que quiero que entienda es que su padre adoptivo la quería muchísimo y confió en mí para cuidar de usted –la voz del mayordomo era serena y cálida; hizo que la chica se relajara un poco y bajara la guardia- le di mi palabra y no puedo romperla. Y quiero que sepa que no es sólo por el contrato –de repente Sebastian mostro sus ojos de demonio, tan intensos como siempre, pero que no le causaron temor a Susanna, tan sólo una sensación extraña de que estaba siendo de verdad sincero- Soy un demonio y nunca sabré cómo sienten o lo que sienten los humanos. Con nosotros es diferente. No existen palabras ni conceptos que se asemejen a lo que pasa por nuestras mentes; a lo que es nuestra esencia –ella lo observó con mucho interés mientras le explicaba- tampoco me atrevería a decir que son sentimientos lo que tenemos… es algo más racional lo que está allí, que es consecuencia de nuestras acciones y que en este momento me exige a estar aquí, a su lado y protegerla. Eso es real y me atrevería a decir que mucho más que los sentimientos humanos… No dejaré que algo le suceda. De ninguna manera.
Y después Sebastian tomó la mano de ella con delicadeza, sin perder el contacto visual, dándole un suave beso en el dorso. Ella por su parte, se sonrojó un poco y se sorprendió, aunque no sabía con exactitud el por qué. El gesto había sido inesperado, pero sus palabras decían mucho más que una promesa por cuidarla, mientras que sus ojos la dejaban ver algo más… algo que aún no estaba dispuesta a enfrentar, pero de una cosa estaba segura, y era que podía apoyarse en él. No le fallaría. Él podía ser el pilar en el cual sostenerse si llegara a caer y la mano que la auxiliaría en el momento de levantarse. Otra vez sus ojos se llenaron de lágrimas y no pudo contenerse más. Ella lo tomó por sorpresa abrazándolo tan fuerte como pudo mientras lloraba las últimas lágrimas que le quedaban… las más dolorosas.
Por un instante él abrió los ojos a manera de sorpresa, pero rápido la abrazó también, acariciando su espalda mientras ella lloraba. Y durante ese momento, la naturaleza del demonio lo llevó a sostenerla entre sus brazos por el tiempo que ella necesitara. Tenía que ser suya...
Notas de la autora:
Hola, muchas gracias por continuar leyendo la historia. Recuerden que el fanfic se dividió en dos: la ruta de Sebastian y la ruta de William (es básicamente lo mismo y lo que cambian son algunos detalles y la parte romántica de la historia).
Como habrán notado, estamos estrenando portada. ¡Por fin! Después de meses de buscar a un ilustrador, encontré al maravilloso Luis Antonio Zamora, quien se dio a la tarea de hacer el diseño y trabajo digital. Agradezco mucho su paciencia y creatividad, y sobre todo quisiera que conozcan su trabajo. Dejaré un link a su página de deviantart en mi perfil ;) ¡Estoy de verdad feliz con la ilustración! ¿ustedes qué opinan?
Como siempre, si tienen algún comentario, no duden en hacérmelo saber, igual si tienen alguna queja, sugerencia o si quieren contarme un chiste también es bienvenido xD
Koisshi Saotome Ackerman: ¡Perdón! No te vuelvo a abandonar tan abruptamente (además ya viene la semana rivetra…). La buena noticia es que avancé a la siguiente etapa de admisión del a maestría. Sólo falta una entrevista y ¡listo!... además eso no implica que deje de actualizar. ¿Cómo van los niños? ¿y el celular nadador?
¡Saludos!
