Robotech no me pertenece y esta historia esta basada en la novela de JO BEVERLEY - LA AMANTE DEL DEMONIO se podría decir que es una adaptación con bastantes libertades.

Desde que leí esta historia siempre quise adaptarla al universo Robotech porque la personalidad de los personajes me recordó a Rick y a Lisa, espero que le den una oportunidad y que la disfruten.

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Capítulo 1

Londres, Abril 1816

Un glorioso sol de primavera resplandecía entre las cortinas descorridas, y la ventana abierta dejaba entrar el trino de los pájaros. También se oía a la gente charlar en medio de sus ajetreadas vidas, y el traqueteo de ruedas cuando un caballo tirando del carro pasaba por el callejón.

La luz dorada iluminaba el cabello revuelto y los rasgos clásicos y desolados de un hombre joven repantigado en el descolorido sillón al lado de la ventana, destellando en las pestañas medio cerradas y en la incipiente barba negra que sugería una noche sin dormir o una vigilia obligada, y resaltando la cicatriz dentada que le recorría una mejilla y que hablaba de aventuras peligrosas en el pasado.

Tenía las piernas, enfundadas en pantalones de montar y botas gastadas, estiradas hacia delante, y una copa medio llena se inclinaba entre los largos dedos de una mano laxa.

En una mesa redonda, en la que tenía apoyado el codo, había un decantador

con un poco de vino blanco y una pistola práctica y sin adornos.

Levantó la copa y bebió, dando la sensación de estar absorto en el jardín que se veía a través de la ventana, pero en realidad la mirada perdida de Lord Hunter no se fijaba en nada. Pensaba en el pasado, tanto en el más reciente como en el lejano, y cada vez más, con una ligera e irritante curiosidad, en el futuro.

Cambiando la copa a la mano izquierda, colocó dos dedos en el metal frío del

cañón de la pistola. La pistola de su padre, usada para el mismo fin hacía casi un año.

Tan fácil.

Tan rápido.

Entonces, ¿a qué esperaba?

Seguro que Hamlet hubiera tenido algo que decir sobre eso.

Pero lo que él hacía, pensó, era una pausa para disfrutar de ese vino especialmente bueno. Después de todo, se había gastado casi todas las monedas que le quedaban en él. Debía procurar no sucumbir a sus efectos y desperdiciar aquel momento de cordura. Aunque una botella no había podido con él desde que era un niño.

Había pasado tanto tiempo desde aquellos días de desenfrenadas aventuras juveniles. ¿De verdad habían pasado menos de diez años desde que había sido un joven despreocupado que vivía como un salvaje con Roy y Max a su lado?

Roy y el habían crecido como hermanos, a pesar de la diferencia de edad, Roy Fokker era lo más cercano que tenía a un familiar, y Max era su amigo más cercano incluso habían ido juntos al colegio y se habían enlistado al mismo tiempo, los amaba como si fueran sangre de su sangre, pero no podía cargarlos con sus problemas cuando ellos tenían los suyos propios.

Nunca imagino que llegarían a estar tan alejados, pero Rick se alegraba de que no estuviera ahora aquí, con suerte, se enteraría de su muerte cuando ya fuera historia y el dolor por ella fuera menor. El y Roy no se habían visto desde la batalla de Waterloo. Y Max hasta donde sabia aún no había vuelto, estaba cumpliendo un cargo administrativo poniendo todo en orden después del caos que resulto la guerra. O por lo menos eso es lo que decía el Ministerio de Guerra.

Roy había regresado a casa directamente después de la batalla, pero Rick tardo un poco más, hacía cuatro meses que estaba en Inglaterra, pero había evitado con todo cuidado su casa y sus viejos amigos.

Se acabó la copa y la volvió a llenar con una mano tranquilizadoramente estable. Era raro que Roy no le hubiera seguido la pista. En otros tiempos eso le hubiera preocupado, pero ahora no. Si Roy no se preocupaba, pues mejor.

Nada de amigos. Nada de familia.

Una vez, en otra vida, había tenido todo eso. Cuando se había ido a los dieciséis años para unirse a su regimiento, su madre, su padre y sus dos hermanas le habían

dicho adiós. Diez años más tarde, todos eran fantasmas.

¿Le estaban observando ahora? De ser así, ¿qué gritaban sus voces fantasmales? ¿No querrían que se uniera a ellos?

—No te quejes, viejo — le dijo al fantasma de su padre— Tú tomaste la misma

salida cuando te quedaste solo. ¿Y yo qué tengo...? ¡Oh, que los demonios me lleven! —exclamó con brusquedad, dejando la copa de golpe y cogiendo la pistola—Cuando empiezo a hablar con fantasmas, es que ha llegado el momento.

Movido por algún impulso extraño, cogió la copa y vertió el vino que quedaba sobre el suelo encerado.

—Una ofrenda a los dioses —dijo— Para que sean misericordiosos.

Entonces se puso el cañón largo y frío en la boca y con una última inhalación y

una oración apretó el gatillo.

El chasquido fue fuerte, pero no lo mató. Sacó el arma y la contempló exasperado y furioso. Un rápido movimiento le mostró el problema. El pedernal de la anticuada pistola se había gastado y se había deslizado hacia un lado.

—Vaya mierda! —refunfuñó desesperado, intentó recordar si tenía pedernal nuevo en algún sitio en su alojamiento. Se miró las manos que ahora le temblaban. Si tuviera que salir a buscarlo, el momento podría pasar. Podría volver a intentar sacar su vida del agujero en que estaba metido.

Sabía que no tenía pedernal nuevo, así que sacó el viejo y, con un sudor frío en la frente y en la nuca, intentó arreglarlo para que funcionara. Había bebido lo suficiente como para que sus movimientos fueran torpes.

—Me cago en diez, joder, mierda, cabrón, host...

—¡Basta!

Alzó la mirada, aturdido, y vio una figura de pie en la entrada, vestida de blanco, con un tocado blanco, y con la mano extendida, como un severo ángel bizantino...

Una cara ovalada de piel tersa, nariz perfilada, labios firmes.

Una mujer.

Ella se le acercó con rapidez y agarró el cañón de la pistola.

—¡No debe hacerlo!

Él mantuvo sujeto el otro extremo con la mano.

—¿Por qué se mete dónde no la llaman, señora?

Una mujer elegante, con ropa cara y de calidad, incluido un turbante a la última moda con una pluma alta. ¿De dónde diablos había salido y qué es lo que quería? Continuó mirándolo a los ojos con decisión.

—Le necesito, Lord Hunter. Puede matarse más tarde.

Él le arrancó la pistola de las manos enguantadas.

—Puedo matarme cuando me dé la gana, ¡y puedo llevármela a usted conmigo!

Ella se enderezó, mirándolo despectiva por encima de su nariz.

—No con sólo una bala.

—Hay muchos modos de matar, y guardaré la pistola para mí.

La vio palidecer e inspirar, pero cuando habló lo hizo con firmeza.

—Deme algunos minutos de su tiempo, milord. Le doy mi palabra de que después, si así lo desea, le dejaré para que siga con sus planes.

Tanto desprecio. Tanta condena en aquellos ojos verdes. Si la pistola funcionase, tal vez hubiera estado tentado de dispararle para borrar aquel desprecio.

De inmediato dejó el arma.

Ella la agarró rápidamente y se apartó prudentemente unos pasos con la pistola pegada a su vestido. Entonces bajó la mirada hacia el arma, se estremeció, y la colocó en el escritorio sobre los papeles que él había colocado con tanto cuidado.

De repente la curiosidad fue más fuerte que la rabia y la urgencia.

Esa mujer lo conocía, pero él no tenía ni idea de quién era ella. No era nada

sorprendente, ya que no había frecuentado los círculos más de moda.

Su vestido estaba a la última moda, así como el largo chal de cachemira, de un color pálido que llevaba enlazado en ambos codos y que casi arrastraba por el suelo.

Sabía lo bastante de perifollos femeninos como para estar seguro de que el precio del

chal bastaría para ponerle un techo nuevo a Steynings su casona señorial.

No bastaría para arreglar el yeso dañado o la madera podrida, pero el techo

sería un principio.

—¿Y bien? —preguntó, uniendo las manos, preparado para disfrutar de este

interludio en las puertas del infierno.

Ella se sentó con suavidad en la silla que hacía juego con la de él, luego dio un salto cuando se hundió bajo ella.

—Esa silla aún no se desarmado ni nadie se ha caído de ella —comentó él— ¿Puedo saber su nombre, o es un secreto?

El color floreció en aquella piel cremosa, haciendo que ella se viera menos como una escultura de una santa, y le pareciera mucho más interesante desde un punto de vista más carnal. De repente se preguntó cómo se vería ella mientras hacía el amor, que era otro pensamiento que no había esperado volver a tener.

— Mi nombre es Lisa Riber.

Rick alzó las cejas.

La Reina del Hielo. La viuda rica que había acabado el luto, haciendo que todos los hombres cazafortunas se frotaran las manos ansiosos.

Alguien le había sugerido que fuera a la caza de aquella mujer como solución a todos

sus infortunios.

Sin embargo, ella tendría que estar loca para casarse con él, y él no tenía la

Menor intención de casarse con una loca.

Sabía la edad de la Reina del Hielo. Treinta y un años. Eso explicaba su compostura y su mirada firme. También conocía su ascendencia. Era una Hayes y se había casado por debajo de su clase social con un comerciante extranjero advenedizo.

—¿Y qué es lo que la ha traído hasta aquí, señora Riber? Si busca el consuelo de la carne, lamento decirle que no tengo el humor ni estoy en condiciones de complacerla.

—Entonces es una suerte que no esté aquí por eso, milord.

La mujer no se sonrojó. Quizás había oído decir lo mismo demasiadas veces.

Lástima que fuera una frase tan usada.

Lisa Riber había entrelazado las manos, y ahora que se había acostumbrado a la silla, intentaba dar una imagen de elegancia y serenidad. Aunque no lo conseguía.

Estaba tan tensa como el muelle de un reloj, como un recluta novato a punto de entrar en batalla.

Cielos, esperaba que no estuviera allí para luchar por su alma.

—Anoche perdió usted diez mil en Brooks, milord.

Eso le molestó, pero esperaba que no se le notara.

—¿Y cómo lo ha averiguado, señora?

—Había allí mucha gente. La voz corrió enseguida. Lo más posible es que no pueda pagar la deuda.

Él bajó la mirada hacia sus manos antes de reunir el suficiente valor para mirar

aquellos ojos serenos.

—Mis fincas, por muy deterioradas que estén, bastarán para pagarla.

—Yo pagaré esa deuda a cambio de sus servicios durante seis semanas.

Él no había esperado sentir de nuevo aquella sensación.

—Quiere el consuelo de la carne.

Esta vez, ella se ruborizó, aunque su tono de voz fue bastante frío.

—Parece que tiene obsesión con eso, milord. Lamentablemente para usted, no estoy interesada en absoluto —Incluso se atrevió a mirarle con brevedad de arriba a abajo, con una indiferencia evidente—. Lo que quiero es un escolta y un guardaespaldas.

—Contrate a un dragón, señora.

Rick empezó a levantarse, dispuesto a echarla, pero algo en aquella mirada firme hizo que volviera a sentarse. Se tratase de lo que se tratara, ella estaba mortalmente seria.

—Un dragón no serviría, milord. Para ser precisa, deseo que se haga pasar por mi prometido durante las próximas seis semanas, por lo que le pagaré diez mil libras. Y aún más, si cumple usted nuestro acuerdo al pie de la letra, le daré diez mil libras más al final. Se las puede beber o jugar, o emplearlas para salvar sus fincas. Eso será decisión suya.

El pequeño latido de entusiasmo que empezó a sentir en el pecho era una

traición. Él estaba casi muerto, maldición. No quería eso ahora.

Mentira.

Era la oportunidad, el nuevo comienzo que había estado persiguiendo durante meses. No mostraría esperanza o entusiasmo. No le revelaría su necesidad a esa loca.

—Es tentador —dijo él arrastrando las palabras—. Sin embargo, he aprendido

que si un trato parece demasiado bueno para ser verdad, es que lo es.

La señora Riber levantó las cejas elegantemente arqueadas.

—¿Qué trampa prevé? ¿Que le haga cumplir con nuestro compromiso matrimonial fingido? ¿Le parece mal casarse con una fortuna?

—De ningún modo. ¿Por qué no simplificamos todo casándonos ahora?

—Porque bebe usted demasiado, y también juega de forma insensata, y, al parecer, también suele escoger la salida más fácil.

Él sabía que se estaba poniendo rojo.

—Ya veo. Entonces, ¿qué ventaja encuentra usted en este extraño acuerdo que vale veinte mil libras?

Ella se levantó con una suavidad admirable, colocándose el magnífico chal, para que no rozara el suelo. De repente, Rick fue consciente de los pechos plenos y las caderas redondeadas bajo la elegante tela de color marfil del vestido. Era inadecuado para un casi-muerto el notar aquellas cosas pero ella era, de un modo frío, una mujer muy atractiva.

—Mis objetivos no son de su incumbencia, milord —dijo ella con el mismo tono de voz que debía usar con los tenderos— Sólo quiero contratarle para que se haga pasar por mi prometido, y que actúe durante las próximas seis semanas como si eso fuera real. Lo que quiere decir —añadió con mordacidad—que tendrá que comportarse como el hombre con el que yo desearía casarme.

—Ah —dijo él, levantándose con un poco de retraso. La habitación se movió un poco y él no había bebido lo suficiente como para que eso pasase. Se preguntó si la pistola habría funcionado bien, y todo esto era una ilusión divina.

—Lo que pueden hacer los sueños...Sin embargo, el olor de vino derramado llenaba el aire. Seguro que el cielo podía hacerlo un poco mejor.

—¿Esperará usted que me resista a la bebida y al juego, señora? Cielos, ¿tendré que escoltarla a Almack's? Nunca me han dejado entrar.

—Almack's es aburrido. Bailes, multitudes, desayunos, mascaradas...—Hizo un gesto vago con una mano cubierta por un elegante guante de un color crema muy parecido al color de su piel

—Necesitaré que me escolte a la mayor parte de los acontecimientos a los que asisto, quedándose a mi lado durante la cantidad habitual de tiempo, y que esté bien vestido y sobrio. Cuando no esté a mi lado, no hará nada que pueda avergonzarme.

—Qué pena. ¿Tendré que evitar mis guaridas favoritas de opio y a mis descaradas mozas?

—Evitará que la gente se entere—Lo miró directamente a los ojos a pesar de ser unos diez centímetros más baja que él— Recuerde que está usted enamorado de mí, Lord Hunter. Durante seis semanas, y por un pago de veinte mil libras, a los ojos de todo el mundo, usted me adora.

—Entonces tendré que besarla, ¿no? —preguntó, acercándose a ella de forma amenazadora, furioso de repente con aquella mujer exigente que creía que podía

comprarle, en cuerpo y alma.

Y probablemente podía.

Y de golpe se encontró mirando el cañón de su propia pistola, que ella sostenía

con manos firmes, aunque tensas.

—Usted nunca, jamás, me tocará sin mi permiso.

Él sonrió ante aquella amenaza inútil.

—¿Por qué no dispara? —preguntó arrastrando las palabras— Así conseguiré mi objetivo, y me salvará del pecado de la autodestrucción.

Los ojos de la señora Riber se abrieron espantados, y por primera vez, Rick vio un evidente miedo. La mujer se había puesto en una situación que no entendía y que no podía controlar, y era lo bastante inteligente como para darse cuenta.

Ya era hora que aprendiera algunas otras lecciones.

Desviando la mirada hacia un lado para distraerla, le arrebató la pistola. Ella ahogó un grito y retrocedió, quedándose aún más pálida.

Estuvo tentado de agarrarla y presionar la inservible pistola sobre aquellos pechos exuberantes, y reclamar el beso con que la había amenazado. Asqueado por aquel impulso, dijo con brusquedad:

—Váyase.

Ella lo miró, respirando con rapidez.

—¿Eso quiere decir que rechaza mi oferta?

Rick quería decir que sí, pero volvió a resurgir el mismo impulso que lo había llevado a las mesas de juego.

—No. Ha comprado seis semanas de mi vida, señora Riber. Acepto sus términos. Aunque necesitaré un anticipo de las segundas diez mil libras si he de hacer una representación digna de usted. Estoy literalmente sin dinero.

Ahora que la mujer tenía ya lo que quería, intentó volver a su anterior actitud, pero no podía ocultar su miedo. Al menos no era tonta.

—Depositaré once mil libras para usted en Perry's Bank —dijo ella, con un deje de pánico en la voz—. Mil es el adelanto sobre la liquidación final. Arregle sus asuntos, milord, y aproveche esta noche para descansar. Podemos encontrarnos mañana por la noche de forma oficial en el baile de la duquesa de Dixon. ¿Tiene invitación?

Él echó una ojeada al montón desordenado de cartas y sobres que había sobre el escritorio.

—Supongo. Incluso un Lord arruinado es un lord.

Ella también desvió la mirada hacia el montón, frunciendo los labios de repente. ¿A qué se debía? ¿Un impulso irrefrenable de organizar? ¿Era de esas mujeres entrometidas a la que les gustaba dirigir? Estuvo a punto de poner algunas condiciones en el trato, sobre todo que ella mantuviera los dedos alejados de sus asuntos, pero ¿para qué engañarse? Él había llegado ya muy lejos y llegaría aún más si era necesario.

Se vendería a ella de cualquier manera que quisiera por los nueve mil restantes

y un nuevo comienzo. Aunque ella no necesitaba saberlo.

—¿Eso es todo, señora Riber? —preguntó en un tono aburrido, sujetando

todavía la pistola con la mano.

Ella se removió inquieta, asintió con la cabeza, y después de una pequeña

vacilación en la que se notaba que quería decir algo más, salió con rapidez del cuarto.

Lisa se detuvo un momento en el rellano, un estremecimiento apenas perceptible la recorrió. Dios, casi había llegado tarde. ¡Unos segundos más...! Y luego ella le había apuntado con la pistola, amenazando con matarle.

Se llevó una mano enguantada a la boca. ¿Había algo más absurdo? Ella nunca en su vida había cogido una pistola, ¡y después él la había desafiado a apretar el gatillo y matarle que era lo que a fin de cuentas quería hacer él! Lord Hunter era tan joven, tenía tanta vida por delante. ¿Estaba demasiado arraigada en él la autodestrucción como para poder erradicarla?

Luego le había arrebatado el arma. Con tanta facilidad. Debería haber previsto ese movimiento en un hombre conocido como el Demonio Hunter. También debería haber esperado ese comportamiento poco civilizado. Él había sobrevivido a una guerra larga y sangrienta. Por supuesto que no era inofensivo.

Salió con rapidez de la casa. Su lacayo bajó de un salto para abrirle la puerta del carruaje y ayudarla a sentarse al lado de su mejor amiga.

Claudia Grand, una mujer morena sumamente atractiva, sin llegar a ser una belleza clásica, era alegre, positiva por naturaleza, sumamente inteligente y directa, decía las cosas sin tapujos incluso aquello que no quieres oír. Al igual que Lisa, era viuda, aunque su matrimonio solo duro 3 meses cuando a su marido se lo llevo una gripe.

Ninguna de las dos tuvieron hijos. Claudia porque no dio tiempo, ella porque era estéril como el desierto. Lisa a veces pensaba que excepto por la riqueza, no tenía nada. No, eso no era verdad. Tenía a Claudia. Su amistad era lo mas importante en su vida.

—A casa —dijo, y tan pronto como el lacayo cerró la puerta, el carruaje empezó a alejarse de la cosa más difícil que había hecho en su vida.

—¿Y bien? —preguntó Claudia.—¡Casi llego demasiado tarde! Él estaba... Nadie abría la puerta. Algo me hizo entrar de todos modos, y él estaba... ¡Tenía una pistola en la mano, preparada para disparar!

—¡Dios del cielo! ¿Le has prometido dinero, querida? ¿Su actitud será diferente ahora?—Sí que lo he hecho, pero...— todo se había hecho con rapidez e impulsivamente, y ahora empezaba a reaccionar.

—Tenía un aspecto tan terrible, Claudia. Ojeroso, la ropa descolocada. La habitación apestaba a vino y él estaba bebido. Iba a fingir que el dinero era una vieja deuda, pero he comprendido que no podía hacer eso. ¡Lo más seguro es que mañana se lo hubiera jugado todo!

—¿Y qué has hecho?

Lisa se mordió el labio, reacia incluso a poner en palabras aquel plan tan ridículo.

—Yo...lo he comprado. Durante seis semanas. Durante seis semanas, Richard Hunter será mi futuro marido, un hombre enamoradísimo, con una conducta impecable que me escoltará a donde vaya.

Los ojos de Claudia se abrieron asombrados.

—¡Muy inteligente, me asombras Lisa ! Si le queda una pizca de honor, tendrá que comportarse bien, y eso puede darle una posibilidad de cambiar.

—¿Crees que surtirá efecto? — Claudia le acarició la mano.

—Has hecho todo lo que has podido. Sin embargo, vas a exponerte a las habladurías.

—¡Oh! Pareceré...

—Una viuda tras un buen cuerpo.

—Un buen Calavera, mejor. La gente creerá que soy una completa estúpida. O una arpía depredadora. Claudia, ¡él tiene seis años menos que yo!

—Yo tenía seis años menos que Cedric.

—No es lo mismo —Lisa respiró hondo— Pero tengo que hacerlo. Karl le estafó a su padre ese dinero. Lo arruinó y lo empujó al suicidio. Tengo que enmendarlo, cueste lo que cueste.

Lisa apoyó la cabeza en los cojines de satén.

—¿Te he mencionado lo guapo que es? Su pelo es color azabache. Huesos clásicos. Labios tan perfectos que podrían haber sido esculpidos. Por supuesto, después de la vida tan salvaje que ha llevado recientemente, estaba hecho un desastre, y tiene cicatrices. Pero de todos modos, Lord Hunter es el joven más guapo que he visto en mi vida.

Y el mundo creería que ella había perdido la cabeza por ese motivo. Claudia le apretó la mano.

—No te preocupes, querida. Mientras tú lo apartas del borde del precipicio, le buscaremos a una señorita adecuada, con fuerza de carácter y una dote generosa.

Lisa sonrió.

—Gracias. No sé qué haría sin ti — E ignoró con firmeza la traicionera sensación de descontento que aquella propuesta le provocaba.