Robotech no me pertenece y esta historia esta basada en la novela de JO BEVERLEY - LA AMANTE DEL DEMONIO se podría decir que es una adaptación con bastantes libertades.
Desde que leí esta historia siempre quise adaptarla al universo Robotech porque la personalidad de los personajes me recordó a Rick y a Lisa, espero que le den una oportunidad y que la disfruten.
Capítulo 2
Rick se despertó cuando el reloj empezó a dar la hora. Maldición, se había dejado llevar por el aturdimiento o por una cabezada. Hundió la cabeza entre las manos. El vino y una noche sin dormir le habían hecho tener un sueño de lo más tentador. Veinte mil libras. Si al menos fuera real.
De repente miró a su alrededor. ¿Había sido un sueño?
La pistola estaba todavía sobre la mesa, pero claro, él se la había quitado y la
había puesto allí. Ella no había tenido el detalle de dejarse el chal, o un zapato de cristal.
La Reina del Hielo. ¿De verdad podría evocar su imaginación a una mujer de carne y hueso con un aspecto tan inconfundible? Aquella cara ovalada de rasgos alargados, suaves y elegantes. Aquella piel cremosa que se sonrojaba de una manera tan delicada cuando otra mujer se hubiera puesto roja como una remolacha, y palidecía por el temor.
Diablos. ¡La había asustado a propósito!
Pero nadie estaba tan loco para ofrecer veinte mil libras sin pedir nada a cambio. Seguro que había sido un sueño.
¿Pero y si...? Estaba intentando separar la verdad de la fantasía cuando alguien llamó a la puerta. De repente el corazón empezó a latirle a toda velocidad. ¿Sería ella que había vuelto, aunque mostrándose ahora más cautelosa?
—¿Sí? — La puerta se abrió, era su ayuda de cámara,
Noons, que miró con atención a su alrededor. Su ex ayuda de cámara.
El frío de la desilusión le recorrió el cuerpo.
—¿Qué diablos haces aquí?
El viejo Noons sonrió con vacilación.
—Le ruego que me disculpe, milord, pero me fui tal como usted me pidió. Pero entonces me puse a pensar en cómo se las arreglaría usted solo. Sabe muy bien que no tiene buena mano con la ropa, milord. Me haría usted muy feliz si me permitiera quedarme hasta que las cosas se arreglen. Y después ya no haría falta que me fuera —añadió con rapidez —Le ruego que me perdone, milord...
Rick cerró los ojos. Si la pistola hubiera funcionado, el pobre Noons habría vuelto para encontrarse con su cadáver, a pesar de que lo había despedido precisamente para evitar eso.
O no. La señora Riber lo hubiera encontrado. Mala planificación, Rick. Muy mala. Al menos debería haber cerrado la puerta con llave.
Abrió los ojos y vio como los rasgos arrugados de Noons se arrugaban aún más.
El hombre creía que Rick iba a despedirlo otra vez.
Tomando una decisión impulsiva, se levantó.
—¡Ahora iba a mandar a buscarte, Noons! Nuestra suerte ha cambiado. Voy a
comprometerme con una viuda rica, pero me resultaría muy difícil cortejarla sin
tenerte a ti para que vaya bien vestido, ¿verdad?
Iría a Perry's Bank. Si el dinero estaba allí, podría empezar de nuevo. Si no, acabaría lo que la señora Riber había interrumpido. Y de alguna manera lo conseguiría sin hacer más daño a Noons del que ya le había hecho.
La tristeza en la cara del ayuda de cámara dio paso a una deslumbrante alegría.
—¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios! ¡Oh, qué noticias tan buenas! Tenía tanto miedo... No le diré a qué tenía miedo... Sus ojos, al mirar alrededor, habían visto la pistola.
Por un momento Rick pensó en decir alguna mentira, pero luego se encogió de hombros.
—Falló. El pedernal estaba en mal estado — Luego vio la expresión de la cara del ayuda de cámara.
Noons se rehízo enseguida.
—Lo siento, milord. ¡No, no lo siento! No soportaba pensar en lo que podría hacer usted si le perdía de vista. Así que cambie el pedernal por uno dañado. Y ya ve, yo tenía razón, ¿verdad?
Por un momento, Rick tuvo deseos de estrangularle, pero se obligó a sonreír.
—Sí, por el amor de Dios, tenías razón. Al menos durante seis semanas.
—¿Seis semanas, Milord?
—Noons cogió la pistola con cautela y la escondió dentro de un cajón.
—No importa. Lo primero que tengo que hacer ahora es arreglarme para ir al
banco.
—¿Al banco, milord?
—Noons le echó una mirada preocupada al decantador vacío.
—Un pequeño préstamo para poder ir tras la fortuna. Venga, empieza a hacer magia.
Tres horas más tarde, descansado, afeitado y vestido a completa satisfacción de Noons, Rick se miró al espejo. Lamentaba que las huellas de la disipación no pudieran pulirse como las marcas de las botas.
Pero si el Lirio Dorado no había sido un sueño, él las puliría. Aunque a menudo parecía tan viejo como Matusalén, tenía sólo veinticinco años. Seguro que su cuerpo conservaría algunos poderes de recuperación.
Se frotó la cicatriz de la mejilla con un dedo. Eso no se iría, pero al menos era
honorable.
Se puso el sombrero y salió para comprobar si la visita había sido real o una aparición. Una misión extraña, casi como una prueba. Si volvía sin el dinero y sin ninguna esperanza, tendría que matarse.
Con eso en la mente, hizo una parada en la tienda de un armero y contó las pocas monedas que le quedaban. El día anterior había pagado a Noons y algunas
facturas pendientes, después fue a Brooks, había vuelto a casa y comprado aquella botella de buen vino. Ahora le quedaba poco más de un chelín.
Salió de la armería con pedernal, una moneda de seis peniques, una de un penique, y otra de un cuarto de penique. Todo lo que poseía en el mundo.
Oh, podría alargar un poco más las cosas vendiendo algunas cosas, pero después del desastre de la última noche, eso sería casi como robar. A pesar de lo que le había dicho a la señora Riber, ya fuera verdadera o imaginaria, sus fincas no cubrirían la totalidad de la deuda. Todo lo que poseía, incluso la ropa que llevaba puesta, pertenecía a los dueños de sus pagarés.
La única esperanza que le quedaba estaba en el banco. Con la misma
despreocupada actitud hacia lo que el destino le deparaba que le había hecho
hundirse y salir del infierno durante casi diez años, fue hacia su meta con energía.
Pero según se iba acercando a Perry's, fue ralentizando el paso. En cierta forma, al pasar por las concurridas calles, al saludar a algún conocido, había empezado a
sucumbir a la terrible capacidad de seducción de la vida. No tendría que suponer
ningún esfuerzo llegarse hasta el banco y preguntar si se había abierto alguna cuenta a su nombre, pero ése sería el momento que dictaría si él iba a vivir o a morir.
Dudó, buscando alternativas, pero sabía que no había ninguna.
Había heredado unas fincas casi abandonadas que le ahogaban en deudas. No tenía ninguna habilidad excepto la de soldado, y la guerra había acabado. Y aunque no fuera así, no podía volver. Ahora sabía cómo se había sentido Roy. Él había vendido todo lo que no estaba vinculado al título y el resto lo había dejado a manos de unos albaceas que no supieron bien cuidar sus tierras, luego volvió a Waterloo pensando que iba a morir sin importarle nada, pero después de aquel paréntesis, había perdido el hábito de la guerra, la coraza de dureza que los protegía. Roy había salido de la batalla sin heridas físicas importantes, pero había sufrido otro tipo de secuelas. Rick lo sabía. Debería haber buscado a Roy para intentar ayudarle.
Pero había estado demasiado absorto en sus propios problemas.
En algunos aspectos, Rick había disfrutado de la guerra, de probarse a sí mismo constantemente bajo el fuego enemigo, pero nunca había podido llegar a insensibilizarse ante la muerte. Cada muerte que sucedía a su alrededor, le había
incitado aún más a luchar como un loco, recogiendo el estandarte del caído sin
ninguna clase de cautela y sin pensar en las consecuencias.
Una clara forma de locura. Se había dado cuenta de eso, y aún así le había fascinado. Ninguna posibilidad de detenerse, de retroceder, con todos sus fantasmas animándole. Eso le había ganado el apodo de Demonio, el Demonio Hunter para ser exactos, respiraba solo por sentir esa emoción.
Pero esa droga había desaparecido, vaciándose hasta la última gota, al tomar una sobredosis en la caída de Waterloo. Y una vez desaparecida, no quedaba nada.
No podía volver a luchar. No podía ayudar a un amigo.
¿Para qué vivía una persona? ¿Cuál era el motivo? Él sólo había continuado debido a otro grupo de fantasmas, su familia que le sermoneaba constantemente con su deber de continuar el linaje, reparar Steynings y restaurar la casa para que volviera a ser lo que una vez había sido.
Había empezado a jugar por dinero. Tuvo suerte y se mantuvo sobrio, y generalmente ganaba. De hecho, se pagaba los gastos. Sin embargo, nunca había jugado lo suficiente como para cambiar algo, en parte porque no se veía capaz de desplumar a un pardillo o a aquellos que no podían permitírselo.
Ya cansado de todo eso, había hecho un trato con el diablo. Jugaría toda la noche sin límites ni precauciones. Si salía ganador, se instalaría en sus tierras y se dedicaría a restaurar la casa. Si perdía, le pondría fin a todo.
Había perdido. Haciendo honor a su trato, jugó durante toda la noche, a pesar de que las deudas se habían ido acumulando, dándole la bienvenida al cada vez más abultado total que haría desaparecer cualquier ambigüedad.
Lamentó el momento exacto en que supo exactamente lo que debía hacer, como la pérdida de la esperanza inútil durante la batalla. Murmurando una maldición, se aferró a su última esperanza inútil y entró en el banco.
Estaba forrado con sobrios paneles de roble, dando una imagen de respetabilidad y solidez, tal como debería ser un banco. ¿Sería su banco? Si la mujer hubiera sido real, si hubiera depositado el dinero, ¿sabrían todos que su cuenta la había abierto la rica señora Riber?
Ya no tenía motivos para el orgullo, pero todavía le escocía.
Un empleado vestido con pulcritud avanzó hacía él y le hizo una reverencia.
—¿Puedo ayudarle en algo, señor?
Rick se invistió de una armadura de generaciones de riqueza y arrogancia.
—Lord Hunter. Creo que tengo una cuenta aquí.
Durante un horrible segundo pensó que el empleado le miraba perplejo, pero
enseguida sonrió.
—Sí, en efecto, milord. Permítame acompañarlo junto al señor Perry, milord.
Rick se preguntó si se tambaleaba por la impresión de seguirlo por un pasillo
hacia la hermosa oficina del dueño del banco.
Indulto. ¡Tenía seis semanas más de vida!
Todavía estaba aturdido cuando salió, con el bolsillo lleno de guineas, una riqueza consolidada y las deudas pagadas. El pobre señor Perry, había quedado decepcionado al ver que la mayor parte de la fortuna que se había confiado a su cuidado, había desaparecido tan pronto. Rick todavía tenía mil libras en la cuenta, y
nueve mil más si podía satisfacer a su patrona.
La Reina del Hielo
Inspiró hondo el aire primaveral, apreciándolo como a un buen vino, y bendijo el calor del sol en la cara.
Pero según se iba acercando a su alojamiento, iba creciendo su cautela. Por veinte mil libras la señora Riber tenía que querer algo más que la escolta de un
prometido enamorado. ¿El qué? Él se había tragado el anzuelo, así que era él quién tenía que ir enrollando el carrete.
A pesar de haberlo negado, tal vez lo que ella quería era copular. Sofocó una risa. De ser así, ¡él sería la puta mejor pagada de todo Londres, sin importar los
gustos de la mujer!
De hecho, no le disgustaba la idea en absoluto. Le gustaría poner calidez en aquella detestable y fría calma, verla ruborizada y alterada, despeinada, salvaje... Qué locura. Lo más probable es que ella mantuviera aquella calma fría incluso en la cama.
Cuando un desarrapado barrendero se apresuró a limpiar algunos excrementos de caballo de su camino, él sacó la moneda de seis peniques, la de un penique y la de un cuarto de penique, y las dejó caer en la mano del mozo.
Con las gracias entusiastas del muchacho llenando el aire, continuó su camino sintiendo dentro de él un indicio de vitalidad.
Con dificultad comprendió que era una mezcla de travesura y desafío. ¿Cuánto tiempo hacía que no sentía lo mismo? A pesar de la orden de su patrona de no tocarla sin su permiso, seguro que en seis semanas de devota compañía, podría averiguar si era fría en la cama.
Incluso un criado tenía derecho a divertirse.
Sin embargo, cuando de camino a casa pasó por delante de la armería, recordó el pedernal que llevaba en el bolsillo y lo acarició. Eso le sirvió de consuelo. Si la extraña señora Riber le exigiera algo intolerable, a él siempre le quedaba la salida fácil.
La noche siguiente, Lisa entró en la mansión Dixon en un estado de inusual confusión. Pocos lo adivinarían, ya que estaba en su naturaleza el ocultar las emociones, pero ella lo sabía, y también sabía el motivo.
Él había pagado sus deudas. Todo el mundo murmuraba sobre ello al igual que habían murmurado la noche en la que se había arruinado en las mesas de juego.
¿Dónde había conseguido el dinero? Se preguntaban.
¿Había acudido a los prestamistas? Si era así, pobre hombre.
¿Lo perdería otra vez? ¿Y entonces qué?
Un caso triste, estuvieron de acuerdo tanto hombres como mujeres. Héroe de guerra. Una antigua familia de alcurnia. Y sin embargo, sin ninguna esperanza.
El padre había llevado a la ruina sus propiedades, y el hijo no tenía el arrojo necesario para empezar desde cero. Una vergüenza para un joven tan prometedor.
Un joven prometedor. Al oír eso, Lisa recordó al hombre descuidado, con barba incipiente y ropas arrugadas, y el modo en que él le había quitado la pistola. ¿Prometedor? ¿En qué?
Quizás por el hecho de que todavía era un caballero y que eso le había impedido dispararle a ella.
Si fuera todo un caballero, estaría cumpliendo su parte del trato. Estaría aquí esta noche. Eso la aterrorizó casi tanto como el que no estuviera. Si se hubiera presentado, tendría que tratar con él.
Durante seis semanas.
La verdad era que él la aterrorizaba, y sólo una pequeña parte era por miedo a que la atacara. Lo que más miedo le daba era la energía y la intensidad que emanaba de él.
Lisa hubiera querido retroceder. Para estar segura.
Lo malo era que en realidad había querido acercarse más, inhalar aquella energía, absorberla, rendirse a ella. Ya una vez se había rendido a su naturaleza sensual, y había vivido para lamentarlo.
No se pondría en ridículo otra vez.
Claudia sabía cómo se sentía. Claudia era la única persona que lo sabía todo, y su amiga estaba mirando a su alrededor y sonrió levantando animosa la barbilla, esa clase de sonrisas que se dan antes de un experiencia penosa.
Saludaron al duque y a la duquesa —los abuelos de la duquesa y de Lisa eran primos—y a su hija, lady Theodosia, que estaba siendo presentada en sociedad.
Después pasaron a la sala y al deslumbrante salón de baile.
Ésta era, desde luego, la invitación más solicitada, y por lo tanto existía el peligro de ser aplastado por la muchedumbre. Podría resultarle difícil encontrar a su presa. O que él la encontrara a ella.
Lisa sintió la absurda tentación de subirse a una de las sillas colocadas alrededor junto a las paredes, tanto para ver como para ser vista.
—No le veo —dijo Claudia algo que a Lisa le resultaba obvio.
—Creo que no está aquí —siseó Lisa mientras sonreía y acudía a la llamada de la señora Treves. Una señora agradable, aunque tenía un hijo atractivo y con esperanzas en ser el elegido, por lo que al final iba a quedar decepcionada.
Había tantos persiguiéndola por su riqueza. No le había mentido a Hunter sobre eso, y pagaría una fortuna por poder asistir a estas fiestas sin que la persiguiera un enjambre de los que ella llamaba sus abejorros. En ese momento vio a los dos más persistentes zumbando hacia ella.
Hasta ese momento había tenido diez propuestas. Diez. Y se había quitado el
luto hacía sólo unas pocas semanas.
Por supuesto no era sólo por su dinero, reconoció al saludar a Lord Warren y al señor Burleigh Fox. Ella era una Hayes. Su matrimonio con Karl no había ayudado en nada a su reputación, pero, después de todo, él ahora estaba muerto, y la había dejado convertida en una viuda muy rica con un linaje impecable. Un tarro de miel para los abejorros.
Sonrió y charló, intentando no favorecer a ningún hombre en particular y esquivando las tentativas más torpes de coqueteo o adulación. ¿Dónde estaba Hunter? ¿Por qué no se había presentado?
Claudia a su lado solo sonreía mientras parecía estar leyéndole la mente.
Claudia podía pasear tranquila dentro del salón de baile, ella no era un premio tan atractivo como Lisa, por ende no la acosaban, lógicamente tenía pretendientes, pero no eran tan expresivos o estaban tan desesperados económicamente como los de Lisa, el marido de Claudia la había dejado acomodada y la familia de este la quería como una hija pero aun contando todo su patrimonio no llegaba ni a un octavo del de Lisa.
Claudia al ver la cara de Lisa decidió que ya había tenido bastante así interrumpió la conversación para tomarla de la mano y llevarla a recorrer el salón.
— Cariño disimula, todos se van a dar cuenta que estas buscando a alguien. Es mejor que te entretengas, Sarah quería que habláramos con ella, es sobre su obra de beneficencia para los soldados heridos de la guerra, siempre te a gustado ese tema, así que ven conmigo para que te distraigas.
A Lisa no le quedo otra que seguir a Claudia; Sarah la duquesa de Dixon y dueña de la casa que visitaban estaba en plena diatriba sobre los últimos acontecimientos, por su puesto, el pago de las deudas de Hunter era su tema principal junto al estado de los hombres que habían sobrevivido a la Guerra.
-Creo que es muy difícil que Hunter salga de esta, debe haber empeñado todo lo que tiene para poder pagar las deudas, me gustaría ayudarlo, aunque se que no lo permitirá, el orgullo es algo estúpido y extremo en los hombres. Es una lástima porque es un hombre joven y era muy amigo de mi hijo Ben. Solo Dios sabe que decisiones puede tomar en un momento de desesperación y no podemos olvidar lo que hizo su padre el año pasado. Tampoco podemos olvidar que Hunter fue un soldado, debemos ayudar a todos aquellos sobreviv…
Lisa se quedó helada en medio de un comentario frívolo de la duquesa. ¿Y si él
hubiera pagado sus deudas y se hubiera ido a casa a pegarse un tiro? Era tanta su preocupación que oía vagamente de lo que hablaban.
—¿Lisa?
—¡Oh! Perdona, Sarah. Claro que seré una de las patrocinadoras de la institución benéfica para soldados heridos. El gobierno debería haber hecho mucho más. Y después de todo, Karl ganó mucho dinero con los suministros al ejército.
Ella aliviaría su conciencia pagando a los soldados que habían llevado botas y uniformes de mala calidad, y a Lord Hunter al que Karl había arruinado. Sin embargo, la institución benéfica militar era la pasión de Sarah Dixon, porque había perdido a su hijo más joven en Waterloo. Por ello esta noche iba vestida de gris oscuro y negro.
Lisa recordaba a Lord Benjamin Dixon, Ben como lo conocían sus familiares y amigos, era un bribonzuelo encantador y muy pícaro, pero en estos momentos su mente estaba centrada en otro joven aproximadamente de la misma edad. ¿Estaría Lord Hunter yaciendo en un charco de sangre?
Ansiaba volver otra vez al alojamiento de Hunter para impedir el desastre, pero se quedó donde estaba y sonrió. Si estuviera muerto, ya estaba muerto, y descubrirlo no arreglaría nada.
—¿Tatuajes, madre? —preguntó Lord Gravenham, el hijo mayor de la duquesa.
Lisa prestó atención e intentó adivinar de lo que hablaban.
—Los marineros los llevan —dijo Sarah con seriedad— Así si se ahogan, se puede reconocer sus cuerpos con más facilidad. Si los soldados llevaran tatuajes, serviría para el mismo propósito.
—Mal no haría —dijo Lord Gravenham, pero Lisa sospechaba que pensaba igual que ella. Había habido más de diez mil cadáveres de los que ocuparse después de Waterloo, la mayoría de ellos enterrados en fosas comunes para prevenir enfermedades. Uno de ellos era Ben, pero en una ocasión así, ¿quién iba a fijarse en sus tatuajes para identificarlos?
—La idea me la dio Lord Fokker —decía Sarah—Un amigo de Ben algo mayor que el —le aclaró a Lisa y a Claudia— Fokker era amigo de mi hijo por su amistad con Lord Hunter y con Sterling. Todos sirvieron juntos en la guerra, a pesar de ser en su mayoría eran hijos únicos. Tan buenos amigos, tan buenos hombres...
—Se llevó un pañuelo con un ribete negro a los ojos y le costó unos instantes recuperar la compostura — Él y dos amigos suyos se hicieron tatuajes antes de ir a la guerra. Fokker se hizo en el pecho, una calavera con dos tibias cruzadas representando a la muerte. Otro de ellos se hizo un Dragon dijo que por el tatuaje pudo reconocer el cuerpo de su amigo caído en la batalla.
— Pero el tatuaje de Lord Fokker es muy común, ¿verdad? —dijo Claudia, intentando aligerar el momento y mostrar interés — Para una identificación efectiva, tendría que ser algo más distintivo. ¿El nombre y el apellido?
—Es posible. Pero bueno, cuando se lo hizo tenía sólo dieciséis años. Según sus propias palabras estaba en sus años locos, no sabía bien lo que hacía.
La orquesta hizo sonar una nota más fuerte, avisando a todos de que el baile iba a comenzar. El señor Burleigh revoloteó hacia Lisa. Ella prometió apoyar con fondos la estupidez aquella de los tatuajes a la cual no le veía ningún sentido y le tendió la mano al persistente abejorro.
A ella le gustaba bailar, aunque sabía que lo hacía más con gracia que con entusiasmo. La llamaban la Reina del Hielo, Reina por su exorbitante riqueza y de Hielo por su cutis pálido, su actitud fría y distante y por la costumbre de llevar ropa de colores pálidos, preferiblemente blanco. Sabía que también la llamaban cubo de hielo, y que compartían chistes groseros en los clubes masculinos sobre si era fría en la cama.
Le gustaría ser capaz de irradiar vivacidad, y quizás fue bulliciosa a los dieciséis años. Pero el tiempo le había enseñado control y discreción, y ambas cosas imperaban incluso en el baile.
En la cama... bueno, eso era un asunto privado.
Después al dar la vuelta en un giro del baile, le vio.
Perdió el paso, y con una disculpa apresurada se concentró en el baile. Cuando desvió la mirada hacia el lado opuesto del salón, Hunter ya se había ido.
Pero estaba allí. No era posible confundir esa esbeltez y elegancia en los movimientos y ese pelo oscuro como el de las alas de un cuervo, que resaltaba más por su ropa oscura de etiqueta.
Estaba allí.
Vivo.
Dispuesto a cumplir con su parte del trato.
El corazón le dio un vuelco al comprender que aquel era el principio.
