Robotech no me pertenece y esta historia esta basada en la novela de JO BEVERLEY - LA AMANTE DEL DEMONIO se podría decir que es una adaptación con bastantes libertades.
Desde que leí esta historia siempre quise adaptarla al universo Robotech porque la personalidad de los personajes me recordó a Rick y a Lisa, espero que le den una oportunidad y que la disfruten.
Capítulo 3
Cuando la música paró, Lisa se sintió enrojecer, algo inusual en ella. Se abanicó mientras sus abejorros se reunían a su alrededor, buscando todos la siguiente oportunidad en el tarro de miel.
Lisa, de un modo desenfadado postergó la elección.
¿Dónde estaba Hunter?
¿Se lo había imaginado?
Entonces lo vio, en compañía de Gravenham. Al lado de la solidez insulsa del marqués, Hunter parecía un espíritu salvaje a pesar de su imagen pulcra y perfecta. El pelo oscuro brillaba bajo la luz de las velas, y la cicatriz, sin duda ganada con honor, sugería perversidad, sobre todo unida a las persistentes marcas de la disipación.
—Señora Riber —dijo Gravenham —, ha cautivado a otro de nuestros pobres varones. Aquí tengo a Hunter suplicándome que se la presente. Tenga en cuenta —añadió—, que yo no hubiera accedido si usted fuera una jovencita dulce e inocente, pero la creo muy capaz de tratar a libertinos como él.
Lisa entendió la sutil advertencia de Gravenham, que demostraba que Hunter corría peligro de perder su sitio en los círculos aceptados por la sociedad.
—¿Un libertino, milord? —le dijo ella a Hunter, tendiéndole la mano— Qué intrigante.
Ella se comportó de una manera tranquila, pero le alarmó no haber pensado en ese detalle esencial. Estaba claro que él no podía acercársele así sin más. Tuvo que
encontrar a alguien respetable para las presentaciones.
Hunter se inclinó sobre su mano con elegancia, calculando a la perfección la distancia. Una inclinación leve sería algo fría. Rozarle los guantes con los labios sería escandaloso y atrevido. Quedarse a mitad de camino estaba dentro de los límites y a la vez insinuaba un ardoroso interés.
Ella mantuvo una sonrisa ligera y rezó para no temblar. Ese joven de modales perfectos, experto en habilidades sociales no era lo que ella había esperado.
—¿Podría convencerla para que me concediera un baile, señora Riber? —dijo enderezándose, pero todavía sujetándole la mano—. Siempre hay alguna oportunidad de ser libertino.
—¿De verdad? Nunca lo hubiera creído.
—Qué aburridos deben de haber sido sus compañeros de baile —Le hizo poner la mano en la parte interior del codo—. Venga, permítame alegrarle la vida.
Se la llevó bajo las mismas narices de sus abejorros, y ella no sabía si sentirse
indignada o divertidísima.
—Mis compañeros de baile no han sido precisamente aburridos —dijo ella, cuando se unieron al grupo de bailarines.
—Bien. Entonces no se escandalizará.
De eso no estaba ella tan segura. ¿Qué es lo que planeaba aquel hombre?
Lisa sabía lo que era comportarse de forma libertina durante un baile. Si dejara que su mente retrocediera hacia el tiempo de su insensato comportamiento con Karl, recordaría momentos en los que él había usado el baile para aprovecharse. Después de todo, ¿dónde sino podría un hombre con algo de mala reputación acercarse lo suficiente a una dama como para tentarla a actuar con insensatez?
La música empezó y empezaron los pasos. De momento sólo era un baile, y le
daba oportunidad para pensar.
Ella no había previsto que planeara matarse.
No había previsto que fuera peligroso.
No había previsto la necesidad de una presentación.
No había previsto la manera tan perfecta con la que había dirigido la situación, o cómo combinaba los pasos sociales con la misma habilidad como combinaba los pasos de baile.
Aunque debería haberlo previsto. Por el amor de Dios, las relaciones sociales eran una parte de la vida de un oficial. Y a pesar de ello, ella no había esperado aquellas habilidades.
¿Qué más había pasado por alto?
Que él pareciera cauteloso.
Cuando sus ojos se encontraron durante el baile, había reconocido esa expresión. Por supuesto, las acciones quijotescas de ella debían de parecer sospechosas. Cuando unieron las manos y pasaron uno al lado del otro, se preguntó qué era lo que él temía. Qué creía que quería ella a cambio de las veinte mil libras.
Y qué —algo aún más fascinante — estaría él dispuesto a hacer para conseguirlas.
Los pasos la llevaron de nuevo hacia él, mientras algunos pensamientos lujuriosos la asaltaban a pesar de sus esfuerzos por enterrarlos en lo más profundo de su mente. Unieron los brazos en los giros con varias parejas, y dieron la vuelta en círculo en perfecta sincronización y los cuerpos moviéndose de forma armónica.
De golpe se dio cuenta de lo que podría exigirle exactamente como servicio, durante seis largas semanas. Sabía que debía tener una expresión rara, y se giró aliviada hacia el siguiente caballero.
Nunca había pensado en tal cosa cuando había ideado todo el plan. ¡Nunca! Debía dejar de pensar en eso de inmediato. Sería algo tan estúpido como sórdido. Se suponía que ella le rescataría, no que le explotaría, y él era seis años más joven. Se concentró con ferocidad en el presente, en los pasos combinados del baile.
Pero no podía dejar de mirarlo cuando los pasos le llevaban a bailar con otras
mujeres. Y no era la única. Todas, jóvenes o maduras, respondían a él con una luz en
los ojos y una sonrisa más amplia.
Era todo un galán, un galán guapo que flirteaba instintivamente y a quien las mujeres no podían evitar responder. Tampoco se había esperado eso. Sabía que el mundo asumiría que ella compraba su juventud, no que hubiera sido seducida por sus contactos y su dinero.
La idea era tan repulsiva que hubiera querido ponerse a gritar allí mismo. Él
podría llevarse el dinero e irse al infierno o al cielo...
En aquel momento volvió a emparejarse con ella. Mientras daban unos pasos juntos, primero hacia un lado y luego hacia el otro, Lord Hunter dijo con suavidad:
—¿Se supone que debo quedar perdidamente enamorado de usted, o ha de ser algo un poco más pausado? Con la boca seca lo miró a los ojos y contestó:
—Perdidamente enamorado. ¿Por qué no?
—Si iba a hacer el papel de tonta, mejor hacer el papel de chiflada.
Él le mantuvo la mirada, y entonces, a pesar de que el baile obligaba a continuar avanzando, se quedaron algo rezagados. Fascinada, comprendió que ella también se le había quedado mirando, y con rapidez desvió los ojos a su nuevo compañero, el
señor Watkins Dore, para ver en su rostro una sonrisa comprensiva.
—Un atractivo libertino —comentó el hombre maduro—, pero sin dinero y con inclinación a la botella y a las mesas de juego, querida señora. Es un consejo.
A partir de ese momento, Lisa continuó el baile incapaz de sacarse de la cabeza la mortificante sensación que todo el mundo creía que estaban presenciando una poderosa atracción entre una mujer mayor y un libertino joven y encantador.
No podía culpar a Hunter. Él estaba siguiendo sus instrucciones al pie de la letra. Sonriendo y con cortesía, había conseguido de alguna manera que el efecto que provocaba en las otras mujeres y se concentrase todo en ella. A menudo sus ojos se encontraban con su mirada penetrante. Se le hizo difícil no creer que de golpe ella se había convertido en el centro de su universo. Cuando el baile llegó a su fin y Lisa hizo una reverencia siendo correspondida por una respetuosa inclinación, supo que todos los ojos estaban pendientes de ellos.
Fue dificilísimo no decir algo cortante, o comportarse de manera fría para demostrar que no era una tonta ingenua. En vez de eso dejó que le colocara la mano en el interior del codo y paseó con él.
—Todo el mundo nos observa —comentó ella, aunque sabía que no debería
hacerlo. Ella era la que tenía el control en esta aventura, ¿verdad?
—Estoy seguro que la observan sean cuales sean las circunstancias, Reina del Hielo.
—Estoy acostumbrada a que lo hagan, pero no por este motivo —Qué absurdo era sentir que podía hablarle con tanta franqueza. Aunque claro, aparte de Claudia, era el único que conocía el trato—. Creo que no parezco tan deslumbrada como debería.
—Yo pareceré deslumbrado por los dos —Cuando lo miró de reojo vio que sus sonrientes ojos estaban clavados en ella—. El mostrarse algo cautelosa es sin duda más realista —añadió—. Después de todo, es usted demasiado inteligente como para
casarse conmigo.
Ella se rio de la broma, pero eso avivó una antigua herida. Sus sentimientos de ahora eran muy parecidos al loco encaprichamiento al que había sucumbido cuando era joven, cuya culminación fue Karl. Tenía una debilidad por los hombres apuestos, guapos y peligrosos, pero ahora ya no era joven ni ingenua. ¿Acaso no había aprendido nada?
El aire frío la sobresaltó trayéndola al presente, y se percató de que Hunter la había llevado a un balconcito. Todavía los observaban, pero al menos no los oirían. Sin embargo eso también sería motivo de conversaciones.
Aunque, ¿por qué le iba a importar? Estaba a punto de ser el tema favorito de diversión de la sociedad durante seis largas semanas. Era el precio que pagaría para deshacer un agravio.
—Gracias por venir —dijo ella, moviendo el abanico y clavando la mirada en el jardín iluminado de abajo.
—¿Acaso pensó que no iba a pagar mi deuda? La frialdad repentina en su tono de voz hizo que se girara hacia él.
—No he querido decir eso. Usted estaba... La necesidad de...
—Señora, usted ha comprado mi mente, mi cuerpo y la mayor parte de mi alma, durante seis semanas. Iré donde usted me ordene, hablaré como usted desee y actuare como usted me diga, mientras eso no ofenda la parte del alma que he retenido para mí.
Dios santo. Dolor y orgullo herido. Ella debería recordar que aunque la guerra le hubiera endurecido de muchas maneras, todavía podía ser sensible en otras.
—Excelente —dijo ella con tranquilidad volviendo a la contemplación segura del jardín—. Está haciendo muy bien su parte, milord, así que le ruego que siga actuando como si estuviera decidido a conquistarme —Miró hacia atrás con una sonrisa calculada—. Dudo que eso ponga en peligro su alma inmortal.
Se miraron en silencio durante unos momentos, y ella, nerviosa, se puso a parlotear.—Las luces en el jardín son preciosas, ¿verdad? Me pregunto si se podrá visitarlo.
Apoyó la mano derecha enguantada en el pasamanos de hierro, y él la cubrió con su izquierda. Una mano morena por años de sol e intemperie, con tendones fuertes y venas, y dedos largos marcados por muchas cicatrices pequeñas. Una mano que parecía más vieja de lo que era él. Una mano elegante que quizás por naturaleza estaba hecha para cuestiones más suaves, para la música, para el arte, para el amor y la ternura...
—Sabía que tenía pocas esperanzas —dijo él, rodeándole los dedos con los suyos y, levantando la mano del pasamanos, la giró hacia él—. Un hombre sin dinero, con fincas ruinosas, y seis años más joven que usted.
—Cierto...
Él le puso la mano entre los dos, a la altura del pecho, y mientras lo hacía inclinó el cuerpo protegiéndola de las miradas del salón abarrotado.
—La única razón por la que me tendría en cuenta es por mi aspecto físico y mi encanto. Pobre señora Riber —añadió con un destello de humor cortante—. Va a tener que rendirse ante el aspecto físico y el encanto.
— No sería la primera viuda que hiciera algo así. Estoy segura de que puedo hacer bien mi papel —le devolvió la misma mirada cortante—. Después de todo no voy a poner mi persona y mi fortuna en sus manos.
—Sólo nueve mil libras más.
—Si sabe comportarse — Lo miró de arriba a abajo—. Al menos tiene las dos cosas, belleza y encanto, y ha demostrado saber comportarse en sociedad. Sería incluso más mortificante ponerme en ridículo por un derrochador que además fuera "desagradable".
Él se quedó muy quieto, la cicatriz parecía dividir aún más siniestramente la mejilla derecha.
Lisa recordó al instante al hombre que había visto la primera vez, el que la había desarmado, y que había estado a punto de lastimarla.
Él dejó caer la mano.
—Puedo volverme desagradable en cualquier momento si eso es lo que quiere, señora Riber. Le aconsejaría que no me presionara demasiado. Un hombre al que no le importa morir no le importa tampoco mandar nueve mil libras al diablo.
De repente el balconcito se volvió claustrofóbico, y él le bloqueaba la salida. Lisa deseó con desesperación apartar la mirada, o intentar salir de aquel reducido espacio. Pero al igual que con un animal, mostrar miedo era perder el control de la situación. Lo miró directamente a los ojos, unos ojos enfadados.
—¿Y qué pasa con las once mil libras, milord? Me debe servicios por esa cantidad.
Las fosas nasales del hombre se dilataron, y de repente vio en él a un semental. Un semental joven, magnífico y maltratado casi hasta el límite. Cielos, ¿quién se creía ella que era para destrozar aún más a alguien tan atormentado?
—Lo siento —dijo con rapidez—. He sido muy desconsiderada. Le escogí a usted porque es todo un caballero.
—¿Pero por qué tenía que escoger a alguien, señora Riber? ¿Cuál es el motivo de esta farsa disparatada?
Lisa había esperado postergar este tema hasta que se le ocurriera una buena razón bien fundamentada, pero estaba claro que tenía que decir algo ahora. Le costó pero consiguió hablar con despreocupación.
—La extravagancia de una persona es el capricho de otra, Lord Hunter. Estoy decidida a disfrutar de esta temporada, y continuamente me atosigan los cazafortunas. Usted es mi protección contra ellos, eso es todo.
Debía haberlo presentado de forma bastante correcta, ya que los rasgos tensos de él se suavizaron de forma apenas perceptible, pero significativa.
—Debe de ser usted muy, muy rica.
—Lo soy.
—Entonces, por supuesto, estoy totalmente a su servicio. Déme sus órdenes, mi querida dama.
Para su consternación, los requerimientos que le vinieron a la mente eran todos indecentes. Se aferró a lo que había dicho antes.
—Actúe como lo haría si estuviera totalmente decidido a hacerme perder la cabeza y llevarme a su cama.
Él la miró durante unos momentos, luego alzó la mano izquierda y la apoyó en el hombro desnudo de Lisa. Ardiente. Áspera por el adiestramiento de la guerra.
No, el adiestramiento no. Guerra real y mortífera. ¿Cuántas muertes habían presenciado aquellos ojos azules? ¿Cuántas habían ocasionados aquellas manos elegantes? ¿Cuánto sufrimiento, durante y después de la batalla? Ella no había perdido a nadie importante excepto a un hermanito recién nacido que apenas recordaba, y a Karl, que había muerto a kilómetros de distancia en una partida de caza, y ya entonces no se había sentido verdaderamente afligida.
A este hombre lo llamaban Demonio. El demonio Hunter.
Un mote terrible para un soldado noble y heroico, pero ella sólo podía ver lo muy familiarizado que debía estar con la muerte.
No era extraño que él hubiera parecido indiferente ante la posibilidad que ella le pegara un tiro. Lo más probable es que no le importara nada en absoluto, y sus
heridas eran demasiado profundas para que eso cambiara.
¿Iba a besarla, aquí a la vista de todos? Debería impedírselo, pero esos instantes estaba paralizada.
Sin apenas una pausa, pasó su mano por el hombro desnudo, enviando escalofríos por toda la columna vertebral, demorándose en las puntas rizadas de su cabello. Tanto podía estar colocando un rizo como quitando con delicadeza un insecto. Jugueteó allí durante un instante, mirándola a los ojos, luego bajó la mano dejándola caer a un costado.
El miedo todavía la invadía, pero bajo él surgía algo aún peor. La lujuria.
El triunfo brilló en la inesperada sonrisa de Rick.
Ah.
Ella inspiró profundamente. Él iba a hacer aquello por lo que le había pagado, pero por el bien de su orgullo intentaría seducirla al mismo tiempo. No era ninguna sorpresa aunque, de nuevo, no lo había previsto. Estaba bien claro que en ningún momento había previsto que fuera una posibilidad.
Y una parte de ella gritaba: ¿Por qué no? ¿Por qué no? ¡Podrías yacer junto a él esta
noche! Todo en su interior se tensó ante aquel pensamiento.
A menudo, durante las noches tranquilas se quedaba en la cama recordando cómo era sentir el cuerpo de un hombre junto a ella, dentro de ella. No deseaba que Karl volviera, pero los recuerdos de la ardiente intimidad siempre la dejaban dolorida y vacía.
Se lo quedó mirando. Con cuidado, poco a poco, giró la cabeza para mirar hacia un punto más allá, desplegando el abanico. No podía permitirse darle un arma de ese calibre y sería un error aprovecharse de él. Tenía que recordar sus objetivos, curarle las heridas y darle la libertad con el dinero que Karl había robado.
—Va a empezar el próximo baile —dijo él—. ¿Bailamos juntos otra vez? Eso
originará justo la tormenta que usted quiere.
Tormenta. Una definición apropiada para el tumulto que había dentro de ella, pero asintió. Había trazado su camino y lo seguiría, incluso a través de una tormenta de vergüenza, escándalo, y sí, frustración.
No era una ingenua vergonzosa. Podía controlarse a sí misma y a su demonio.
Con serenidad lo acompañó para empezar los pasos del baile.
Acabó el baile casi frenética por la emoción. Bajo la disipación, los recuerdos sombríos y la terrible cicatriz, él era un hombre joven, un hombre joven extraordinariamente atractivo, que hacía todo lo posible para cautivarla.
Y lo estaba haciendo muy bien.
Lisa se esforzó por concentrarse en pensamientos más elevados, como las experiencias de aquel hombre en la guerra y la noble necesidad de cuidar de su casa. Sin embargo bajo esa mente lógica y noble, había un cuerpo que se estremecía por el deseo de arrancarle la ropa, apretarse contra su calor, olerle y saborearle, y darle otra clase diferente de alimento y liberación. Su misma juventud, su dolor, su sensibilidad, su resistencia a someterse a las reglas de ella, la excitaban mucho más de lo que había creído posible.
Antes de que Lord Hunter sugiriera un escandaloso tercer baile, ella aceptó la invitación de otro hombre. No hubiera importado quién, pero fue el señor Fanshawe, un caballero agradable al que sin duda alguna le gustaría casarse con su dinero pero que no llegaba a ser pesado por ello.
Mientras paseaban esperando que empezara el baile, se obligó a considerar en serio al señor Fanshawe como marido.
Ella quería volver a casarse y él era de trato fácil, poco exigente y de su misma edad. Era la clase de hombre que debería escoger, pero ahora la idea la hacía querer bostezar.
Y sabía por qué, pero eso era sólo una locura temporal.
Empezó la música y dejó que el baile la arrastrara, disfrutando como siempre de los fluidos y organizados movimientos siguiendo la línea arriba y abajo. Cuando tendió la mano para dar un giro con el siguiente caballero, casi vaciló.
¡Hunter!
Se recuperó, sonrió, y continuó el paso. ¡Idiota! No tendría que haberla sorprendido que él se uniera a la misma línea. Por supuesto que lo haría en su papel de ferviente admirador. Aunque la mano todavía le hormigueaba por el contacto.
No, no debía ser así. Volvió a recorrer la línea hacia el otro lado, se acercó a él otra vez, las manos se unieron, giró a su alrededor y volvió a ponerse delante.
Así era como sería. Predestinados a girar el uno alrededor del otro, seis semanas de manos unidas, y luego cada uno seguiría su propio camino.
Él tendría una nueva oportunidad en la vida, y ella tendría la conciencia tranquila.
Su deseo había sido hacerlo de una manera impersonal, pero mientras se entretenía ideando planes complicados, Hunter se había hundido de golpe en la oscuridad y entonces supo que tenía que actuar ya. Y había tenido razón. De una manera aterradora. Todavía se estremecía al pensar en que no había llegado tarde por segundos.
Cuando le llegó el turno de bailar en la mitad de la larga línea con su compañero, vio que Hunter era la pareja de una emocionada y deslumbrada jovencita con cara de torta y cabello rizado de color pardusco. Él había escogido o lo habían obligado a bailar con una florero, pero la miraba con una sonrisa cálida y luminosa, llevándola por un breve espacio de tiempo al paraíso.
Bajo su aspecto de calavera había un hombre bueno. No debería sorprenderse, y desde luego no debería sentirse orgullosa de él como si fuera suyo. No era suyo, y allí era exactamente donde debería buscar una novia. Entre las jóvenes inocentes y fértiles.
Fértil. Se agarró a aquella espina dolorosa. En diez años de matrimonio no había concebido, y no era culpa de Karl. Que ella supiera su marido tenía cuatro bastardos. Hunter necesitaba hijos para continuar su linaje.
¡Qué perfidia que aún necesitara recordarse eso a sí misma! Sin embargo, bajo la oscuridad y las cicatrices, Hunter era un hombre bueno, y ella se alegraba.
Las mujeres, en broma, dividían a los maridos potenciales en tres grupos, cielo, purgatorio e infierno. Karl le había prometido el cielo, pero resultó ser el purgatorio, que por lo que había deducido era demasiado común. Sospechaba que Hunter era un purgatorio que resultaría ser el cielo para la mujer adecuada.
Pero no para ella.
Como compañero de cena, escogió a Lord Warren. Era un viudo con dos hijos, así que el hecho de que ella tuviera pocas probabilidades de tener descendencia no tenía importancia para él. Era un hombre sensato, honesto, y persistente en su persecución, pero sería un marido excelente. Tenía un puesto de rango inferior en el gobierno. Quizá fuese divertido ser una anfitriona política.
Se concentró en su interesante conversación, y en la de otros comensales, pero entonces un estallido de risas hizo que mirara hacia otro lado de la sala.
Hunter estaba en una mesa con un grupo que brillaba por su juventud, vitalidad y ganas de vivir.
Su entorno natural.
—Ruidosos, ¿verdad? —dijo Lord Warren.
Lisa se giró hacia él, agradeciendo no haber revelado ni una pizca de tristeza.
—Son jóvenes.— Cierto. Mi hijo mayor no es mucho más joven, y él y el resto pueden acabar con la tranquilidad en un momento.
Ella bebió un sorbo de vino para ocultar otra reacción.
Si se casara con Lord Warren, sería la madrastra de unos muchachos no mucho más jóvenes que Lord Hunter. Los separaban sólo seis años, pero tal como funcionaba el mundo eran generaciones casi diferentes.
Conversó con Lord Warren y las otras personas más mayores de la mesa, intentando bloquear la charla animada y los estallidos de risa que llegaban desde el otro lado de la sala.
Fue un alivio levantarse para volver al salón de baile. Mientras caminaba junto a Lord Warren decidió que buscaría a Claudia y se irían pronto de la fiesta. Había hecho suficiente por una noche. Que Hunter se las ingeniara mañana para encontrarle.
Entonces el Demonio se levantó con fluidez de la mesa para interponerse en su camino con una sonrisa relajada. Magnífico.
—Señora Riber, antes expresó su interés en explorar los jardines. La señorita Harrowby acaba de sugerir dar un paseo por allí. ¿Le gustaría venir? —dijo, haciendo un gesto hacia las puertas francesas que permanecían abiertas debido al calor de la noche.
Lisa se quedó helada por unos instantes. Era un movimiento atrevido. Casi descortés, aunque Warren esperaría entregarla pronto a un nuevo compañero de baile. Si aceptase, sería un signo claro para todos de que le estaba alentando.
Todo el mundo miraba.
Le sonrió a su acompañante.
—Si me disculpa, milord...— Y movió la mano del brazo de Warren al de Hunter.
El cruce de miradas entre los jóvenes llevaba muchos mensajes, y los cuchicheos empezaron en la sala tras ella mientras, junto con otras parejas, se dirigía hacia la oscuridad iluminada por las lámparas.
