Robotech no me pertenece y esta historia esta basada en la novela de JO BEVERLEY - LA AMANTE DEL DEMONIO se podría decir que es una adaptación con bastantes libertades.

Desde que leí esta historia siempre quise adaptarla al universo Robotech porque la personalidad de los personajes me recordó a Rick y a Lisa, espero que le den una oportunidad y que la disfruten.

Capítulo 4

—¿Estoy haciendo de carabina? —preguntó cuando llegaban al exterior y la brisa le acarició la piel. Seguro que ése era el motivo del leve estremecimiento que sintió.

—Espero que no.

El siguiente estremecimiento no fue por la brisa. Las otras parejas se fundieron en las sombras, tan sólo los vestidos de color claro de las damas, como imágenes fantasmales, la conversación suave y la risa revelaban su presencia.

—Me siento como si fuera una carabina —dijo ella, intentando recordarle que era mucho mayor que él—. ¿Quién se empareja con quién, y son aceptables estas parejas?

—No se preocupe. Dudo que alguien vaya a ser violado —se dio la vuelta y añadió —. Es decir, quien no quiera serlo.

—¿Quién lo querría?

—Todos los hombres.

Eso le provocó a ella una carcajada, y él la miró con una amplia sonrisa que lo hizo parecer mucho más joven.

Oh, Lisa, ¿sabes lo que estás haciendo?

Pero cuando él la llevó más lejos de la casa, no se resistió. Aunque el jardín no era grande, los senderos que giraban entre arbustos y espalderas, creaban la ilusión de intimidad. Sólo la ilusión, ya que las risitas, conversaciones y algún gritito ocasional podían oírse por todas partes.

Era un jardín que ya había perdido las flores, pero alguien había plantado nicotianas y alhelís que perfumaban el aire, y los senderos estaban llenos de plantas trepadoras que liberaban su aroma mientras caminaban. El bochorno del aire

aumentaba la sensación de insensatez. Esto no era necesario para llevar a cabo su plan, aunque se adecuaba a lo que él pretendía.

Intentaría besarla, quizás seducirla para demostrar que él era el que mandaba. Era una de esas cosas del orgullo masculino que ella reconocía sin comprenderlas en absoluto.

La pregunta era, ¿qué era lo que iba a permitirle, y por qué?

Hunter se detuvo bajo un árbol.

—¿Cree que es demasiado pronto para pedir su mano en matrimonio?

Aunque era ridículo, el pulso se le disparó.

—Parecería algo impetuoso.

—Bien. Por una vez debería ser una mujer audaz e impetuosa.

El tono la hirió, la luz de un farol ámbar sobre la cabeza de él hizo que sus

rasgos pareciendo duros, resaltando la cicatriz dentada.

—Me fugué con Riber —dijo ella, y disfrutó con la sorpresa de él.

—¿Su familia no lo aprobaba?

—Era extranjero y lo logró todo por sí mismo.

—Debió de haberle amado muchísimo.

Después de un segundo, ella respondió.

—Sí, lo amé.

Y no era mentira. El amor apasionado e impetuoso la había llevado a los brazos de Karl, a un amor apasionado e impetuoso cuidadosamente creado y tan irreal como esta devoción fingida.

—Entonces vuelva a saltarse las normas —Le cogió las manos—. Acepte ahora mismo casarse conmigo. Mañana pondremos un anuncio en los periódicos y escandalizaremos a todo Londres.

Lisa comprendió que él hablaba por si alguien pudiera estar oyéndoles, y era posible que así fuera. Era vagamente consciente de que había una pareja cerca de ellos que hablaba con suavidad, pero con seriedad sobre el significado de la libertad y el amor.

Ah, la juventud.

—¿Y bien? —preguntó él.

No había ningún motivo para dudar.

—Muy bien. Él sonrió. Incluso bajo aquella luz ámbar su expresión parecía cálida.

—Me ha hecho muy feliz.

—¿Yo?

—Por supuesto. Ahora tengo que besarla. Pero no aquí —dijo Hunter antes de que ella pudiera protestar —. Esta luz ámbar le hace cosas terribles a su aspecto.

Aquel punto de vista desconcertante logró que él la llevara hacia sombras más profundas, sin apenas rastro de luz. Fue entonces cuando Lisa recuperó el juicio.

—No tiene permiso para besarme.

—¿Va a gritar? —La atrajo a sus brazos—. ¿No cree que así echaría a perder el espectáculo?

Ella hizo presión sobre su pecho con las manos.

—¡Deténgase!

Sin embargo, de manera sorprendente, la fuerza de él y aquel cuerpo duro la debilitaron, como siempre. Karl no la había amado, pero era un buen amante cuando se tomaba la molestia, y le había proporcionado lo que más la excitaba.

Aparecía en mitad de un día rutinario, la agarraba del brazo y la llevaba al dormitorio. Ella estaba al borde del orgasmo incluso antes de que él le quitara la ropa, y se aseguraba de que su esposa cayera en aquella locura dos o tres veces más antes de continuar con las ocupaciones del día, dejándola totalmente lánguida. Saciada. Vencida por su propia carnalidad.

Y eso había sido una conquista, una cuestión de orgullo para él, le gustaba tener éxito en todo.

Lisa lo sabía, pero nunca tenía la fuerza suficiente para resistirse.

Dios, ahora no necesitaba revivir esos recuerdos. A pesar de la piel ardiente y los muslos doloridos, dijo: — Béseme a la fuerza, Lord Hunter, y nuestro trato habrá acabado. Me habrá robado el dinero que ya se ha gastado, y le aseguro que no verá ni un penique más.

No podía ver su expresión, pero los brazos del hombre ni se tensaron ni se aflojaron.

—Ya me amenazaste en otra ocasión, Lisa. ¿No has aprendido que me da igual? Envíame al infierno si quieres. Conseguiré ese beso.

La rodeó con fuerza entre sus brazos, luego le cogió la cabeza y la besó.

La cautivó.

El sobresalto y los recuerdos lujuriosos hicieron que abriera la boca y se apretara más a él, traicionándose por completo. Había pasado tanto, tanto tiempo desde que un hombre la había abrazado y besado así. Siempre se había dicho que se alegraba de estar sin ello, y ahora sabía que era una mentira.

Se dio cuenta que había metido las manos bajo la chaqueta de Hunter y que estaba pasando sus manos a lo largo de la espalda cubierta por la seda y el lino. Se obligó a dejar de hacer eso, pero el corazón le latía con furia, lo que revelaba un ansia que exigía una liberación.

Los labios masculinos liberaron los de ella y se deslizaron hacia el cuello.

Debería detenerlo ya. Debería. En lugar de eso, luchaba por no caer al suelo y arrancarle la ropa.

Él metió un muslo entre los de ella.

Lisa oyó su propio gemido de necesidad, y por fin logró romper el abrazo.

—Det...

La mano de Hunter le tapó con fuerza la boca. Él tenía razón. Había estado a punto de gritar.

—Silencio —dijo él con suavidad—. Silencio.

Nada de disculpas, sólo los mismos sonidos tranquilizadores que podría haberle murmurado a un animal frenético.

Un animal.

Oh, Dios.

Lisa cerró los ojos, terriblemente mortificada por haber reaccionado de aquella manera a las cínicas atenciones de un hombre más apropiado para ser su hijastro que para ser su amante. Y después se encontró de nuevo entre sus brazos, abrazada con mucha suavidad, pero con la cara apretada contra su hombro, por si acaso.

¡Oh, ojalá pudiera borrar esos momentos de locura! Ojalá pudiera alejarse de él con frialdad, y no volver a verle nunca más.

Puedes hacerlo, le susurró una voz. Dale el dinero y vete.

No podía hacerlo. Él necesitaba algo más que el dinero. Necesitaba una ruptura limpia con la vida disipada, y ayuda para volver a la normalidad, a la sobriedad. El que se hubiera deshonrado a sí mismo robándole aquel beso demostraba que todavía estaba hundido en un pozo. Sospechaba que pronto atravesaría la línea y se pegaría un tiro.

Apartó un poco la cabeza para respirar con más libertad y él se lo permitió. Pero apoyó la cabeza sobre la de ella y dejó que la abrazara con fuerza. Desesperada, comprendió que Rick estaba saboreando aquel abrazo. ¿Con qué frecuencia había estado él abrazado a alguien sin ningún objetivo?

Era posible que su madre y sus dos hermanas le hubieran abrazado cuando él lo necesitaba. Su madre y su hermana pequeña habían muerto de gripe. La hermana

mayor había muerto de parto por las mismas fechas de la batalla de Waterloo.

Su padre se había pegado un tiro no mucho después, y quizás las otras muertes habían sido parte del motivo. Pero sobre todo había sido por las deudas, y éstas habían sido por culpa de Karl.

Seguro que había habido mujeres en su vida cuando estuvo en el extranjero, ¿pero habían sido de aquéllas que lo abrazarían cuando lo necesitara? ¿De aquéllas ante las que podría admitir sus miedos y sus dudas? ¿De aquéllas ante las que podría llorar?

¿Se había permitido a sí mismo llorar alguna vez?

Sus propios ojos se estaban empañando, las lágrimas le escocían en la garganta, y se dio cuenta de que con las manos le acariciaba la espalda. De forma maternal, se dijo a sí misma. Era probable que la viera como una sustituta de su madre.

Le faltó poco para echarse a reír histéricamente.

Se esforzó por recuperar la calma y alzó la mirada.

—Creo que estamos prometidos en matrimonio, Lord Hunter.

No podía ver los rasgos del hombre, pero eso significaba que él tampoco podía ver los de ella. Sin embargo el silencio se prolongó durante mucho tiempo antes de que Hunter preguntara.

—¿Quiere que envíe el anuncio a los periódicos? Ella oyó la sorpresa en el tono de voz.

—Sí. Después de otro silencio el hombre preguntó:

—¿Y luego, qué? ¿Pasamos por los preparativos de un acuerdo matrimonial?

—¿Por qué no? Me servirá de modelo para cuando me comprometa de verdad en matrimonio.

Él se apartó poco a poco, luego la cogió del brazo y la llevó de vuelta al camino

y a la luz ámbar.

—Le pido disculpas por lo que ha pasado —dijo él mirando hacia el frente—. No ha hecho usted más que ser amable, y la he atacado y asustado. Ya que es lo bastante amable como para seguir con el trato, le doy mi palabra que esto no volverá a pasar.

Lisa se tragó la protesta que pugnaba por salir de sus labios. Así era como debía ser, y si Hunter no se había dado cuenta del verdadero motivo de la reacción de ella, bueno, eso era una bendición.

—Bien, entonces ya está todo resuelto. Ahora me gustaría irme a casa. ¿Nos

escoltará a Claudia y a mí?

—Por supuesto.

Pero se detuvo bajo la brillante luz de un farol y con habilidad puso un poco de orden en la apariencia de Losa, enderezándole el collar de perlas, ajustándole la manga y

colocándole un rizo en una horquilla.

Cada roce era una tentación que quemaba, pero Lisa se concentró con todas sus fuerzas en el hecho de que él volvía a mostrar su inteligencia. Ya había bastantes habladurías sin necesidad de que entraran en la casa con aspecto desaliñado.

Probablemente arreglarse después de un escarceo amoroso en el jardín era parte de las habilidades de un oficial del ejército.

—¿Había muchos acontecimientos sociales en la península? —preguntó ella, y para no ser menos, le arregló el pañuelo del cuello, agradeciendo el llevar guantes. Incluso con ellos, la sensación de la piel masculina, lisa en la barbilla firme, o los músculos y tendones del cuello, podrían llevarla a la locura.

Cielos, pero lo deseaba. Lo deseaba profunda y desesperadamente.

—Algunas veces —respondió él, levantando la barbilla para facilitarle a ella la

tarea—. Sobre todo en Lisboa. Y París. Y Bruselas.

El baile de la duquesa de Richmond, en el que los oficiales habían conseguido escabullirse, a muchos de ellos no se les volvió a ver con vida. Sí, no había duda que él tenía experiencia en acompañar en los bailes a señoritas respetables, y de vez en cuando escabullirse para conseguir un beso —o incluso más—en un jardín.

Esposas desatendidas y viudas hambrientas. Ella ya sabía cómo veían los hombres esas cosas. Karl había dicho que los hombres también pensaban en las mujeres como cielo, purgatorio o infierno, pero con un doble sentido. Evaluaban así a las novias, pero también usaban los mismos términos para evaluar a las amantes.

En una amante potencial, el infierno era malo, o estaba casada con un hombre suspicaz y vengativo, o mancillada de alguna otra manera. Ningún hombre inteligente escogía a una amante así, pero aún oía la risa de Karl cuando comentaba que a menudo el camino hacia el infierno estaba plagado de buenas

intenciones.

El purgatorio era lo que la mayoría de los hombres tenían que tolerar para conseguir relaciones sexuales sin tener que pagar ni casarse.

El cielo era una mujer casada, atractiva, con un fuerte apetito sexual y un marido no peligroso. Algunas viudas entraban en esa categoría si rechazaban de plano el volver a casarse.

Lisa comprendió que en ciertos aspectos ella era el cielo. Incluso era estéril.

Una notable ventaja.

Le dio un último toque nervioso a la tela almidonada, y luego le cogió del brazo para entrar de nuevo en la casa. Sabía que la gente con la que se encontraban se había demorado en la sala donde habían cenado para observarlos mientras iban en busca de Claudia. Lo más probable es que todos supieran ya que La Reina del Hielo había salido al jardín con el joven y libertino Lord Hunter que tan desesperadamente necesitaba dinero.

Vio algunas muecas de disgusto y decepción en los abejorros y sus familias,

algunas miradas de interés, e incluso de piedad.

Era difícil no ponerse a gritar una explicación.

¡Por supuesto que no estoy fascinada por este joven embaucador! Le estoy salvando. ¡Dentro de algunas semanas me veré libre, y él también!

Gracias le fueran dadas a Dios por Claudia. Lisa se quedó en blanco y no era capaz de mantener una conversación, pero Claudia charló con Hunter sin ninguna inhibición en absoluto.

Cuando subieron al carruaje, Claudia había abordado el tema de la familia de él y le había dado el pésame por todas aquellas pérdidas. Durante el trayecto descubrió el hecho de que el joven había tenido poco contacto con lo que le quedaba de familia, y le había dado a entender que debería cambiar eso.

Lisa vigilaba ansiosa cualquier signo de que al lord se le acabara la paciencia, pero él parecía, más que nada, aturdido.

Claudia siguió después con la guerra, obteniendo un resumen de su carrera antes de desviar la conversación hacia su tema favorito, el duque de Wellington y sus estrategias militares en Waterloo un tema totalmente inapropiado para una mujer pero que Claudia dominaba a la perfección.

Hunter tenía una expresión entre asombrada e indulgente.

—Si quiere usted historias del gran hombre, señora Grand, tendrá que esperar a conocer a mi amigo Lord Fokker él era parte de su personal.

—Oh, sí. Me encantaría conocerlo.— En serio? —pregunto Lisa, así como habían historias del patriotismo de Lord Fokker existían muchas historias más sobre sus hazañas con el género femenino, cosa que a Claudia le molestaba en demasía, nunca había entendido la necesidad de un hombre de tener más de una mujer. Creía al igual que Lisa que un verdadero hombre es el que tiene una y la mantiene contenta.

Claudia solo enarco una ceja antes de responderle con la franqueza que la caracterizaba sin importarle que Hunter estuviese con ellas– Querida el hecho que un hombre sea un promiscuo no implica que sea poco interesante o idiota, en realidad para hacer lo que supuestamente Lord Fokker hace con las mujeres debe tener algo de cerebro y esa es la parte de el que yo quiero ver.

-Mientras no quieres ver otras partes de el- le murmuro Lisa de forma automática.

-Y si quisiera ver otras partes de el qué? Hayes, si te acuerdas soy viuda, y las viudas podemos tener una canita al aire. – El tono en que lo dijo Claudia daba a entender que no hablaba de si misma, sino más bien de la química que había entre Hunter y ella. Lisa se limitó a sonrojarse y a callar, le encantaba tener una buena discusión verbal con Claudia el problema es que casi nunca ganaba.

Rick sonrió no pudo evitarlo, se había topado de repente con dos mujeres interesantes e intensas cuando creía que ya nada le interesaba en esta vida.

Mientras Claudia y Rick seguían conversando Lisa los miraba contenta y desconcertada de que Claudia pudiera tratar con Hunter mientras a ella le resultaba imposible.

Por supuesto, que Claudia no sentía ninguna atracción por esta peligrosa criatura. Se dio cuenta de la oportunidad que la mención casual de Lord Fokker representaba. Hunter necesitaba a sus amigos. Quizás ella podría localizarlos en su lugar.

Por fin el carruaje se detuvo delante de su casa y se acabó la primera batalla.

—Norton puede llevarle a su casa, milord. Él había salido para ayudarlas a bajar.

—No es necesario. Y está algo lejos.—Es muy necesario —dijo Claudia con firmeza—. Su alojamiento está demasiado lejos, y no parece confortable —Se volvió hacia Lisa—. Creo que debería compartir la casa con nosotros.

—¡Claudia, eso es imposible!

—¿Por qué? Tenemos un dormitorio vacío, y tanto yo como los demás podemos servir de chaperones si alguien cree que es necesario. ¿Y bien, milord?

Hunter pasó la mirada de una a otra.

—¿Los otros? Después de media hora de estar con Claudia, el pobre hombre parecía haber sido tragado por el océano y arrojado empapado y agotado. Ella se había dedicado a analizar cada parte de su alma que se dejaba ver, tal y como hacia con Lisa y solo había rasgado la corteza, seguramente quería seguir diseccionándolo como a un insecto.

—Los otros invitados —dijo Lisa, incapaz de ocultar una sonrisa comprensiva— Una tía y un tío de mi difunto marido que viven aquí desde hace años. Están algo impedidos, pero son muy agradables. También está mi sobrina Samantha, y Claudia, por supuesto que ha decidido honrarme con su presencia y pasar una temporada conmigo.

Mientras hablaba comprendió que teniéndolo en la casa, le simplificaría enormemente controlar su estilo de vida. Con él lejos, en Holborn, estaría siempre preocupada por si bebía, jugaba, o preparaba la pistola. Claudia tenia razón, era mejor que se mudara con ellas.

—Eso representaría un ahorro, y mi pobre ayuda de cámara estaría encantado de volver a la civilización... Si está usted segura que no hará caso a los chismorreos, ya que esto causará muchas habladurías.

—Las habladurías surgirán de todos modos, y será más conveniente tenerle cerca. Por favor, permita que Norton le acompañe a su alojamiento, y mañana, trasládese aquí con nosotros.

Él hizo una inclinación.

—Sus deseos son órdenes para mí, como siempre, oh, reina de mi corazón —Había un filo cortante en la última parte de la frase, y ella se preguntó si el hombre se habría dado cuenta de su propósito.

No era un estúpido. ¿Por qué había asumido que lo sería? Porque, pensó mientras se alejaba en el carruaje, muchos de los oficiales de caballería que había conocido lo habían sido. Impetuosos, valientes, pero no con un intelecto brillante. Más bien tenía entendido que aquellos que eran inteligentes eran destinados a otros deberes.

—Bien hecho —dijo Claudia al entrar en el vestíbulo—. Todo está arreglado.

—Creo que el que se traslade aquí es un poco exagerado.

—¿De verdad?

Lisa se encogió de hombros.

—Le queda mucho camino por recorrer. Pero creo que con nuestra supervisión va ha salir adelante.

—Lisa cariño no guardes muchas esperanzas, Dios sabe que cuando un hombre quiere autodestruirse encontrara la manera para hacerlo —dijo Claudia con una mueca—.

—Crees que es una causa perdida? — si Claudia creía que no tenia salvación es muy probable que no la tuviese, ella era perceptiva de esa forma—.

—No lo sé, creo que necesita algo a lo que aferrarse y definitivamente creo que vivir en esta casa le hará bien. Pero también creo que aunque arruines tu reputación tratando de salvarlo no podrás hacerlo a menos que el quiera ser salvado. Solo el tiempo lo dirá lo que si te digo Lisa es que necesitas aliados dudo mucho que nosotras dos solas podamos sacarlo del camino de perdición que ha escogido vivir —le respondió Claudia con un encogimiento de hombros—.

—Creo que debo buscar a Lord Fokker y hablar con él, con respecto a Rick

—Yo también había pensado en eso, aunque los hombres no aprecian que se inmiscuyan en sus asuntos eso podría ser contraproducente. Tal vez debes dejar que la oportunidad se presente sola, salir con Hunter, dejarse ver hasta que se topen con Fokker de allí lo podrías invitar a casa para que así ellos retomen su amistad. Es posible que no se reuniera con el porque le diera vergüenza el estado de su hogar.

Lisa miró a su alrededor, paredes pálidas, pilares de mármol, y discretas estatuas clásicas. Karl había hecho todo lo posible para impresionar, y esta casa había sido su punto culminante para lograrlo. Ella había sido otro, si Rick decidía invitar a un amigo seria recibido como un Rey. Todo con tal de que sea recibido nuevamente en sociedad con los brazos abiertos.

La perspectiva de tener a Hunter en su casa la atemorizaba un poco. Su marido le había enseñado muchas lecciones, incluyendo que la mayoría de la gente tenía dos o más caras. Ya le había visto varias caras a Lord Hunter, pero sospechaba que había más. Las seis semanas surgieron ante ella amenazadoras se despidió de Claudia y se dirigió con rapidez a la paz del santuario de su dormitorio, pero los incómodos recuerdos permanecieron. Había disfrutado de las exigentes visitas de Karl a su cama. Pero una vez que se hubo dado cuenta de la verdad —que ella era sólo una parte de su estrategia para entrar y beneficiarse de la sociedad inglesa—aquel anhelo la había avergonzado.

Mientras la doncella le quitaba las exquisitas galas, recordó muchas noches solitarias en las que había ansiado que él viniera a ella. A menudo había pensado en visitarlo ella, pero nunca había encontrado el coraje para hacerlo. ¿Cómo iba a hacerlo? Su interés por ella provenía en el mejor de los casos de un suave afecto, y en el peor de la necesidad de mantenerla tranquila para que no rompiera la ilusión del éxito perfecto.

Suplicar por más había sido inconcebible.

Aunque Karl había sido discreto, sabía que tenía amantes. Todas habían sido mujeres vistosas y llenas de vida. No como ella.

También sabía que tenía bastardos, porque él la informó de cada uno de ellos y de las disposiciones que había tomado. Todo había sido especificado en su testamento. Otra carga heredada.

Y luego estaba Samantha. Llamada Sammy por la familia.

La madre de Sammy había sido una prima de Karl de la aristocracia belga, Clarette, pero también era hija de Karl. Cuando sus padres oficiales murieron, había venido a vivir con él. Nunca se habló del tema, pero la tía Louise y el tío Charles sabían que Karl y Clarette habían estado enamorados desde la adolescencia.

Samantha era una muchacha encantadora, pero Lisa se había sentido molesta por tener un reproche a su infertilidad bajo su techo. Claudia le había dicho varias veces que no tenia porque soportarlo. Que bien se mudara ella o les buscara una casa para que se mudaran ellos. Lo que no entendía Claudia es que a ella no le gustaba la soledad. Que no era tan fuerte como ella para vivir sola en un mausoleo rodeada de lujos pero sin gente con quien hablar o con quien compartir. Y ahora en un arranque de locura había invitado a su casa a un demonio.

Un demonio muy atractivo, pero un demonio, al fin y al cabo

Sonrió con ironía mientras se secaba las manos y se aplicaba la crema. Por ese lado no había ningún peligro. Si no había sido capaz de ir a su marido a exigirle sexo, seguro que no invadiría las habitaciones de su acompañante contratado, con esa idea en la mente se quedó dormida.