Robotech no me pertenece y esta historia esta basada en la novela de JO BEVERLEY - LA AMANTE DEL DEMONIO se podría decir que es una adaptación con bastantes libertades.

Desde que leí esta historia siempre quise adaptarla al universo Robotech porque la personalidad de los personajes me recordó a Rick y a Lisa, espero que le den una oportunidad y que la disfruten.

Capítulo 5

A la mañana siguiente, Lisa estaba sentada en el escritorio de su tocador intentando fingir que trabajaba llevando las cuentas, pero con cada sentido alerta para oír su llegada. Había enviado el coche y no había ninguna razón para creer que no viniera cuando lo tuviera todo organizado. De todos modos, supo que no tendría un momento de paz hasta que él estuviese allí.

A salvo.

Oh, que disparate, pero así era como se sentía.

Se le escapó una risa, y apoyó la frente en la mano. Quería envolver al hombre en algodones y protegerlo, como una madre con un niño delicado. ¿Había algo más ridículo?

Aún así, no era ridículo pensar que era delicado, si con ello se entendía como frágil. Era su cometido lograr que fuera fuerte otra vez, sin ceder en lo otro, a los deseos más básicos.

¿Un carruaje? Se levantó a toda prisa y observó con atención por la ventana. Lo era. Su carruaje. ¡Por fin! El corazón le empezó a latir con velocidad, así que se obligó a estar quieta y respirar hondo.

Vas a hacer que sea fuerte otra vez, Lisa, y luego vas a dejarle ir. No debes permitir que ocurra nada que pueda enredarlo contigo.

Se le hizo un nudo en la garganta, lo que era una advertencia alarmante.

Y aunque muestre interés en ti, será sólo un juego, un juego para demostrar que él es el señor más que el deudor. ¡Ten algo de orgullo!

Eso fue lo que surtió más efecto para recobrar el juicio. Se miró en el espejo para asegurarse de que mostraba la frialdad y elegancia habitual. El sencillo vestido mañanero era blanco con un franja estrecha de color azul claro. Un pañuelo garantizaba la modestia, y hacía juego con una cofia blanca atada bajo la barbilla por una cinta azul claro. Parecía una viuda perfecta y respetable, y así acorazada, bajó para saludar a su invitado.

Casi chocó con Samantha que se había precipitado hacia las escaleras.

—Sólo quería ver —susurró la muchacha, mostrando sus hoyuelos—. Esta mañana lo he buscado en la hemeroteca de la biblioteca. ¡Se le menciona cuatro veces! Debe de ser muy valiente.

—Sí, así lo creo —El instinto hizo que Lisa hablara con tranquilidad aunque sabía que tendría que actuar como una tonta enamorada. Miró a su "sobrina" de dieciséis años y le volvió a colocar una horquilla para que le sujetara algunos rizos que se habían liberado—. Ya que estás presentable, ¿por qué no bajas y dejas que te presente correctamente?

Un placer alborozado iluminó la cara de Sammy. No era de las que escondían sus emociones. Las mostraba todas, y por lo general con una intensidad dos veces mayor de lo normal.

Al ser bajita y con el cabello castaño claro, Samantha no podía pretender ser bella, pero tenía bastante vivacidad y carácter para tener un enorme éxito cuando Lisa la lanzara al mundo. Ahora tenía dieciséis años. Su presentación sería el año próximo, no podría aplazarlo. Una responsabilidad desalentadora.

Oyó como se abría la puerta de abajo, y voces. Siguió bajando, consciente de Samantha que iba a su lado, como si su entusiasmo tuviera sonido propio. Rogó al cielo que a ella no se la pudiera oír. En la curva de las escaleras, desde donde se divisaba el vestíbulo, se detuvo un momento.

Hunter iba vestido con una chaqueta marrón y unos pantalones de color ante que podrían ser los mismos que llevaba hacía dos días, pero que ahora estaban limpios. Parecía tan cómodo con ellos que fue como si lo viera por primera vez. Se sintió cautivada por la gracia fluida con la que se movía, y con la sonrisa espontánea y genuina que dirigió al lacayo que había entrado el baúl.

Era un joven tan guapo...

Se obligó a concentrarse y volvió a ponerse en movimiento, llegó al final de las escaleras, y luego cruzó el vestíbulo con la mano extendida.

—Lord Hunter, sea bienvenido a mi casa.

Él se giró, todavía sonriendo, y se inclinó sobre la mano.

— Ha sido muy amable al invitarme, señora Riber. Desvió los ojos hacia Sammy y Lisa dijo: —Mi sobrina, milord. Samantha Porter.

Él se inclinó, y Samantha hizo una reverencia, con los hoyuelos muy marcados por el entusiasmo. Oh, Dios, pensó Lisa, no permitas que se encapriche con él. No me siento capaz de enfrentarme a esto encima de todo lo demás.

Entonces se dio cuenta que él se encontraba cómodo charlando con Sammy, y si ese hombre tuviera hoyuelos también los mostraría.

¡Oh, Dios, no permitas que se enamore de Sammy!

Pero entonces, con un escalofrío se dio cuenta que era muy probable que eso sucediera. Ambos iban a encontrarse continuamente. ¿Y qué había de malo en ello? En un año Samantha estaría preparada para su primera temporada, y si Lord Hunter la cortejaba entonces, sería de lo más apropiado.

¡Eso haría que ella fuera su madrastra secreta!

Era la manera correcta de verlo, se dijo con severidad.

Él volvió a girarse hacia ella.

—El anuncio ya está en los periódicos, querida. Tal vez debería buscar un momento de intimidad para esto, pero ¿por qué no puede ser el mundo testigo de nuestra felicidad? —Sacó un anillo del bolsillo y le tendió la mano.

Con una rápida mirada vio que Samantha continuaba allí de pie, con las manos entrelazadas y una expresión de éxtasis, sin mostrar ningún signo de celos. Aún.

Lisa no se había esperado eso. Con rapidez se quitó el anillo que le había dado Karl y alargó la mano. Él le puso el anillo nuevo en el dedo, con algo de dificultad.

La miró con expresión compungida.

—Lo he llevado al joyero, pero creo que se tendrá que ensanchar un poco.

—Es bastante fácil de hacer —Se miró el anillo, que resultó sorprendentemente modesto. El pequeño diamante del centro estaba rodeado de perlas. No le importaba la simplicidad, pero había esperado una declaración pretenciosa. Quizás porque recordaba la de Karl. El anillo que acababa de quitarse llevaba un diamante azul muy grande.

—Las piedras más pequeñas eran rubíes pero los he hecho cambiar —dijo Hunter—. Ya que he observado que tiene preferencia por los colores pálidos.

A ella no le había gustado el anillo de Karl, que había sido soso y ostentoso, aunque no había mucha diferencia entre uno y otro. No por el valor, sino por lo soso. ¿Era así como él la veía?

Lo miró, vestido de ante y marrón, y a Samantha con su alegre vestido a rayas con una faja azul celeste.

Quizás había llegado el momento de cambiar. Pero no durante las próximas seis semanas. Para este asunto, lo soso estaba bien. Muy bien.

—Es precioso —comentó ella—. Ahora deje que le enseñe la casa y su

habitación, milord.

Mandó a Sammy de regreso a sus lecciones —no quería ningún incipiente amor durante al menos seis semanas —y lo condujo al piso de arriba.

Cuando Rick estuvo por fin solo en su dormitorio, movió la cabeza con pesar. ¿Cuándo fue la última vez que estuvo rodeado de tal opulencia? ¿Lo había estado

alguna vez?

Steynings en su juventud había sido una casa de campo elegante, pero casa de campo al fin y al cabo. Las casas de sus mejores amigos habían sido mejores. La vida en el ejército le había llevado por toda clase de sitios, desde porquerizas a palacios, pero todos habían sido construidos hacía muchísimo tiempo.

Esta casa debía tener unos veinte años y estaba decorada con gran riqueza y bastante buen gusto. Y no es que a él le gustara —nunca antes había estado en un lugar donde todo pareciera tan brillante y nuevo— pero era un lugar extraordinario.

—Recuerda bien que éste no es tu lugar, Rick — refunfuñó, explorando sus nuevas habitaciones.

Los criados ya habían colocado sus escasas pertenencias en los cajones, y en una mesa había copas, varios decantadores llenos, y cuencos de fruta y frutos secos. Un lujoso escritorio con el frente de marquetería contenía papel de calidad y todo necesario para escribir. Los estantes de cristal que estaban enfrente tenían una selección de libros que parecían elegidos para satisfacer todos los gustos posibles.

¿Los había elegido ella?

No había sido inteligente aceptar trasladarse allí, pero la noche anterior no había sido capaz de resistirse. La vida cómoda le tentaba, pero también quería llegar a conocer a Lisa Riber, comprender qué era lo que estaba pasando y el modo en que él se sentía.

¡Por Dios, casi la había seducido! En aquel momento no se lo había parecido, pero por la reacción de ella, era obvio que él lo había interpretado todo mal. Por supuesto que sí. Él era un criado contratado, nada más, y la había atacado.

Anoche se lo había repetido a sí mismo varias veces.

Había estado implicado el orgullo, sí. Había querido dominarla. Un pensamiento repugnante. Sin embargo había perdido el control.

Algo en ella lo volvía loco. Y no era su frialdad. Hoy, cuando ella estaba bajando las escaleras, la forma en la que se movía lo había dejado prácticamente sin aliento, a pesar de llevar un vestido pálido sin forma y aquella cofia que ocultaba su cabellera.

La noche anterior había llevado un turbante de forma elaborada. En la primera reunión llevaba una toca. Casi le enfurecía que ella escondiera el cabello. Unos suaves rizos color miel se habían soltado de la cofia, y cuando ella se había girado hacia su sobrina, había podido ver unos rizos que se le habían escapado sobre el cuello largo y pálido.

¿Era rizado? ¿Cómo lo llevaba peinado? ¿Lo tenía muy largo? ¿Cómo se vería

desnuda en la cama con el pelo suelto rodeándola?

Ya basta, Rick.

Se puso un puño en la boca.

Deja de comportarte como un animal. Es una viuda adulta y respetable que ni

siquiera le permitiría tocarla si no fuera por ese excéntrico plan suyo.

La guerra lo había vuelto rudo. Lo había arruinado en fortuna y en espíritu.

¿Qué hacía ahora, después de todo, sino marchar bajo el sonido del tambor del deber, primero el pie izquierdo, después el pie derecho, como el más miserable imbécil de la infantería?

En seis semanas tendría bastante dinero para continuar la marcha, y desde luego nunca volvería a ver a Lisa Riber. Mejor dicho, a Lisa Hayes… le estaba comenzando a molestar llamarla por el apellido de su difunto marido.

Asistieron a dos reuniones multitudinarias y por la noche a una velada. Lisa quería que no hubiera dudas y comprobar las primeras reacciones. Lisa tuvo que soportar algunos comentarios maliciosos acerca de la juventud y el atractivo de él, y sobre el traslado a su casa, pero la mayoría de la gente pareció aceptar la situación, aunque les pareció divertido.

Dejó que Hunter decidiera cómo comportarse, y él consiguió proyectar una especie de adoración reverente que le hacía querer gritar. Ya era malo que se la considerara una mujer mayor haciendo el tonto debido a la lujuria. Pero era aún peor ser venerada como una santa.

Pero durante la tarde empezó a preguntarse si él no lo hacía a propósito para

intentar contrarrestar los aspectos más sórdidos.

Si era así, no surtió efecto.

—¡Querida — dijo Emily Galman, una mujer elegante y avariciosa que Lisa conocía desde su primera temporada—, lleva un tigre en la correa!. Te estaré observando para descubrir señales de mordiscos.

Su mirada era aguda y lóbrega.

—Es muy atractivo —comentó Cissy Embleborough, que había hecho la reverencia al mismo tiempo —. Sin embargo, no creo que yo me encontrara cómoda con él.

—La comodidad no lo es todo —Lisa lamentó de inmediato aquellas palabras. Cissy se rió.

—Cierto. Pero puede llegar con el tiempo.

Fue tres días más tarde que se encontró a Sarah Dixon en una exposición privada de arte medieval.

—Lisa—dijo Sarah, llevándola a un rincón tranquilo—, ¿estás segura de lo qué haces?

—¿Lo que hago? —a pesar de la suavidad de las palabras, había algo feroz en la conducta de Sarah.

—Es un joven tan confundido. ¿Estás siendo justa?

—No es...—Una mujer de tu edad debería ser inteligente por los dos, no...¡no usar a alguien!

Lisa sabía que se estaba ruborizando.

—No le estoy usando, Sarah —dijo ella, rogando para que no se montara una escena—. Me voy a casar con él. Y si crees que él no quiere...

—Por supuesto que quiere —siseó Sarah—. Eres tan rica como Creso. ¿Pero qué más puedes ofrecerle? Eres vieja y estéril.

Eso fue tan cruel que Lisa se quedó helada. Pero entonces comprendió que Sarah pensaba en el hijo que había perdido, un hombre de la misma edad. La mujer estaba reaccionando como si Lisa hubiera atrapado a Ben. Ella no había atrapado a nadie, pero pensar en sí misma y en Ben, a quién conocía desde que era un niño al que aún no le habían salido todos los dientes, la hizo encogerse de vergüenza.

Deseó explicarse, pero no quería revelarle a nadie el pecado de Karl. Quizás sí que era como él había creído, siempre intentando guardar las apariencias.

—Nosotros nos llevamos bien —dijo con rigidez—. Él es una excelente compañía.

Sarah se había puesto roja de indignación.

—¡Le conoces desde hace menos de una semana! Gravenham nunca debería

habértelo presentado.

Lisa tuvo que reprimir una carcajada ante la nota de reprobación al mencionar a Gravenham, pero se lamentó por el dolor de su prima.

—Has de darle la libertad —dijo Sarah—. Sabes que él no puede echarse atrás.

Ni yo tampoco pensó Lisa. —Pero nos llevamos muy bien.

Sarah la miró como si fuera un gusano, y se alejó.

Lisa soltó un suspiro, rezando para que su prima no hiciera de esto un alejamiento público.

Hunter se reunió con ella.

—Parece usted disgustada.

Ella se obligó a sonreír.

—La duquesa todavía llora la muerte de su hijo. A veces dice cosas que no quiere decir.

—Todos lamentamos la muerte de Lord Dixon. Tenía el don de la alegría.

Lisa le miró.

—Mi prima dijo que usted y sus amigos fueron amables con él.

—El también era nuestro amigo, aunque no creo que quiera hablar de la muerte ni de la guerra. Venga, el coro de la abadía está a punto de cantar "Palestrina".

Ella le siguió, sobre todo porque eso evitaría la necesidad de hablar durante un rato. Y sospechaba que ésa era también la idea de él.

Era como si algo agradable se hubiera echado a perder de repente. Se quedó sorprendida al comprender lo agradable que había sido, ya que en los pocos días

pasados había empezado a disfrutar de la temporada. Sus abejorros habían volado

hacia otros tarros de miel, pero la verdadera magia era que había disfrutado de la compañía de Hunter.

Él era siempre cortés y un escolta excelente y eficiente. No era un hombre ingenioso, pero mantenía una conversación hasta el final. Sabía coquetear de forma aceptable con las damas y bromear con los caballeros. Poco a poco la gente empezaba a mirar más allá del espantoso partido que era y de su reputación, y empezaba a aceptarle como el caballero que obviamente era.

Ahora, sin embargo, el recuerdo de Ben se alzaba estropeándolo todo. La familia de Lisa había visitado con regularidad Long Chart, la propiedad del duque de Dixon, y todavía recordaba a Ben cuando era apenas un bebé que empezaba a andar.

Ella tenía sólo ocho años, pero la imagen se le había quedado grabada porque el con solo 2 años había logrado escabullirse de su niñera y subir a un árbol, causando el caos total.

Ben debía tener unos siete años cuando había reclutado a la mayor parte de los niños de la zona para el absurdo plan de cavar un foso alrededor del castillo. El duque había quedado tan impresionado que dejó que acabaran el trabajo, pero a Lisa, investida con la dignidad de los trece años, él le había parecido una amenaza mugrienta.

La última vez que lo vio era un joven larguirucho y algo pasado de peso, con una amplia sonrisa, de paso por Londres hacia Cambridge.

En aquel entonces ya llevaba unos años casada, dueña y señora de su propia casa. También era más sabia y sabía que se había dejado engañar por un amor imaginario, y sospechaba que era estéril. Soportaba una vida difícil y llena de deberes, mientras que él había estado prácticamente brincando de expectación ante un futuro sin límites. Se había sentido vieja entonces, y se sentía vieja ahora.

Escuchando las voces angelicales que cantaban a varias voces —ella probablemente había estado bailando en alguna fiesta cuando la voz de Ben cambió, cuando la voz de Hunter cambió — se recordó que este compromiso era por completo imaginario.

Miró de reojo a su joven responsabilidad, a las líneas fuertes y tersas de su perfil, a la vibrante vitalidad de su piel. En sólo unos días, las señales de disipación habían desaparecido, pero las heridas interiores tardarían más en curarse.

Había empezado a dejarle elegir a él adónde iban, y al parecer Hunter prefería acontecimientos más culturales. Había elegido éste y lo estaba disfrutando.

Había estado en la guerra durante tanto tiempo que la mayor parte de los placeres

habituales de la sociedad debían de parecerle nuevos.

La reacción personal de ella hacia él, era su problema, suyo para controlarlo y suyo para ocultarlo. Mientras los días se convertían en semanas, el control no se hizo más fácil, pero pudo sobrellevarlo, ayudada por el hecho de que Hunter estaba cumpliendo su palabra. En ningún momento volvió a intentar besarla, o tocarla de cualquier forma que no fuera por cortesía.

Los peores momentos eran lo que pasaban juntos solos y en silencio, Claudia tenía tendencia a salir y desaparecer, a veces se llevaba a Samantha con ella, y los tíos de Karl poco salían de su habitación; así que Lisa se encontraba día tras días, pasando tiempo con él en el desayuno, o sentados en la salita china, o paseando por el jardín de verano. A veces hablaban, pero a menudo cada uno estaba inmerso en la lectura o incluso pensando.

Se parecía demasiado al comportamiento propio de un matrimonio, y eso le gustaba muchísimo. Se decía a sí misma que él se esforzaba por tener el mejor de los comportamientos durante esas seis semanas, y sabía que era verdad, pero incluso así pensaba que su vida en común iba sorprendentemente bien.

Hunter era tan bueno escuchando como conversando. Las conversaciones de Karl durante el desayuno eran en su mayor parte monólogos de cualquier asunto del día que le interesara. Ella había sido su atenta audiencia.

Hunter podía soportar un silencio. Karl parecía sentirse obligado a lanzar palabras en medio de cualquier silencio continuado, como si se tratara de un fanático.

A Hunter le gustaba leer. No disponían de mucho tiempo para la lectura, pero parecía disfrutar de ella. Escogía un libro aparentemente al azar de la excelente biblioteca, elegida por Karl una vez más para impresionar.

Oh sí, Hunter había hecho que una parte de su vida resultara muy agradable.

Gracias a Dios Claudia era el amortiguador. Iba con ellos a casi todos lados cuando salían, tratando a Hunter como a amigo, tal vez como a un hermano pequeño, y emitiendo una calidez relajante como un buen fuego. Toda la curación era gracias al trabajo de Claudia.

Pero entonces, un día, Lisa comprendió que los poderes de curación de Claudia no surtían efecto.

Charlaban antes de la cena cuando Claudia dijo algo acerca de la casa de Hunter. Él contestó con brusquedad y salió de la sala.

Cuando la puerta se cerró, Claudia hizo una mueca.

—No debería haberlo presionado para que empezara a hacer planes, pero...

—¿Por qué no? —preguntó Lisa—. Han pasado cuatro de las seis semanas. Ya

es hora que haga planes para restaurar Steynings.

—Querida, ¿no has notado que nunca habla del futuro?

Lisa se quedó sentada allí, con las manos en el regazo, recordando las cuatro semanas.

—Nunca del futuro, y rara vez del pasado. Pero habla con facilidad del presente. Porque el presente no es una amenaza.

—¿Amenaza? Creía que todo iba bien.

—Oh, él parece que está bien —dijo Claudia con un suspiro—. Está bien de salud, es cortés, incluso encantador. Pero es como una cáscara muy atractiva...sin nada dentro.

¿Nada? De repente a Lisa le costaba respirar, como si no hubiera aire.

—Pero no puedo retenerlo más de seis semanas.

—No, probablemente no. Así que debes encontrar un modo de entrar en esa cáscara.

—¿Y si no hay nada allí? —Era una especie de protesta. Se había esforzado tanto por mantenerse alejada.

—Pues habrá que poner algo. ¿Qué pasa con aquel amigo suyo Lord Fokker? Y el otro del que a comenzado a hablar últimamente.

—¿Max?, creo que dijo que se llamaba, Maximiliam Sterling. Parece que le gusta hablar de sus travesuras infantiles.

—Exacto. ¿Dónde están? Necesita a sus viejos amigos, amigos que le harán enfrentarse a un pasado difícil y planear un futuro difícil.

—¿Crees que los está evitando? Oh, cielos. Nunca va a esos sitios de hombres

como Tattersall, o Cribb, ¿verdad? o a clubes o cafés. Me ha parecido bien, pensando que así estaba a salvo. Pero eso lo ha mantenido alejado de sus amigos.

—O sus amigos le evitan a él —dijo Claudia —. Averígualo. Encuéntralos.

Un lacayo anunció la cena y Lisa se levantó, estremeciéndose ante aquellas instrucciones. No quería involucrarse tanto. Le daba miedo acercarse demasiado a él.

Cuando salió de la sala se preguntó qué hacer respecto a la velada en el teatro que había planificado para aquella noche. Tenía invitados en su palco de Drury Lane para ver a la señora Blanche Hardcastle interpretar Titania. No había ninguna razón para no ir, salvo que Hunter y ella nunca habían salido una noche por separado, y a ella le preocupaba lo que él pudiera hacer.

¿Qué hacía cuando estaba solo en su habitación?

No bebía para ahogar sus penas. Aunque odiaba hacerlo, le había preguntado al mayordomo, y los decantadores de su cuarto eran usados con moderación. Aunque sabía que no hacía falta que estuviera bebido para matarse, y lo más probable es que todavía tuviera la pistola.

Tendría que quedarse en casa esta noche, aunque si él se ocultaba en su habitación, no sabía que podía hacer para detenerle.

Sin embargo, Hunter apareció cuando cruzaba el pasillo, preparado para acompañarlas durante la cena. Por supuesto, pensó ella mientras le ponía la mano en el brazo. Él siempre sería muy puntilloso en prestarle el servicio por el que le había pagado.

Ella se comió la cena aunque no tenía apetito, preguntándose si podría usar su fuerte sentido del honor y del deber para salvarle.

Claudia, bendita fuera, reemprendió la conversación como si no hubiera pasado nada, y habló de diferentes planes para el jardín.

La obra de teatro fue sin duda excelente, y la etérea señora Hardcastle con su larga cabellera plateada era una perfecta reina de las hadas, pero Lisa prestó poca

atención. Se sentó en el palco buscando formas de poner a Hunter en contacto con su pasado, su futuro, y sus amigos.

Según había averiguado Fokker se había enlistado primero, y luego Hunter y Sterling lo habían seguido. Sin embargo, sus talentos e inclinaciones fueron diferentes, y sus carreras militares los habían separado. Roy había elegido la infantería, Rick y Max la caballería. Pero luego Max había sido trasladado a la División de Intendencia.

No se habían visto mucho los unos a los otros durante los años del ejército, pero Hunter no hablaba de ellos como si estuvieran enemistados. ¿Entonces por qué no mantenían el contacto, al menos aunque fuera por carta?

Lo más probable era que Lord Fokker estuviera muy ocupado, el descuido que habían sufrido sus propiedades mientras estuvo en servicio es bien conocido, pero aún así podría escribir. Max, Lord Maximiliam Sterling, es heredero de una casa solariega que según le habían dicho quedaba a menos de 20 minutos de la casa de Hunter. Eran vecinos desde niños.

Mientras que Fokker era hijo del mejor amigo del padre de Rick. Al morir su padre el padre de Rick lo tomo bajo su tutela y se fue a vivir con ellos. Según cuentan el padre de Rick lo trato siempre como si fuera su propio hijo.

Lo que lleva a preguntarse, ¿Donde están?

Por lo visto, Sterling estaba todavía cumpliendo con sus deberes en el extranjero, pero Fokker debía conocer las pérdidas terribles que había sufrido Hunter.—su madre, sus dos hermanas, y después su padre —y entonces, ¿por qué no hacía nada para ayudar? Si al menos uno de sus amigos estuviera aquí para ayudarla a salvar a Hunter...

El telón bajó, señalando el intermedio, y tuvo que apartar sus reflexiones a un lado para sonreír y hablar mientras un lacayo servía el refrigerio. Todos estaban encantados con la obra y complacidos con Titania.

—Dicen que el cabello de la señora Hardcastle es blanco natural —comentó Cissy Embleborough—, aunque todavía no ha cumplido los treinta años. Y siempre se viste de blanco —Cissy se inclinó para acercarse más y susurró—. Dicen que era la amante de Lord Fokker hasta que este se cansó de ella. No es tan pura como sugiere el blanco.

Lisa nunca lo hubiera imaginado.

Sus invitados eran los Embleborough, incluidos el hijo y la hija de Cissy. Samantha también estaba allí, y Claudia, por supuesto.

Lisa dejó que la conversación fluyera a su alrededor la mayor parte del tiempo. Se dio cuenta que Hunter hacía lo mismo. ¿Lo hacía siempre, o era parte de su humor sombrío? Le dio la impresión de que ella no había sido muy perspicaz durante las últimas semanas.

Se oyó un golpe en la puerta. El lacayo fue a abrir y se dio la vuelta para anunciar:

—Lord Fokker, señora.

Lisa contempló al hombre alto elegantemente vestido, sintiendo como si ella hubiera realizado un conjuro para hacerlo aparecer. Después se le ocurrió mirar a Hunter. Él ya estaba de pie.

—¡Roy!

Había alegría en su expresión, pero también muchas cosas más.