Robotech no me pertenece y esta historia esta basada en la novela de JO BEVERLEY - LA AMANTE DEL DEMONIO se podría decir que es una adaptación con bastantes libertades.

Desde que leí esta historia siempre quise adaptarla al universo Robotech porque la personalidad de los personajes me recordó a Rick y a Lisa, espero que le den una oportunidad y que la disfruten.

Capítulo 7

—¿Qué pasa? —preguntó él, con el hablar lento de los borrachos—. Nadie va a saberlo excepto Noons, así que no quebranto las reglas.

Había una silla delante del taburete, al otro lado de la chimenea. Lisa se dirigió hacia ella con cautela, pero en el último momento se giró hacia la mesa de los decantadores. Puso allí el candelabro, cogió una copa y el decantador de clarete, y se sentó en el suelo delante de la silla, de cara a él. Llenó la copa, luego colocó el decantador en el suelo, una imagen idéntica a la de él, y bebió.

—Hay momentos en los que emborracharse parece una idea excelente. Unos ojos cautelosos la observaban, mientras daba unos cuantos sorbos.

—¿Quieres decir que hay momentos en que no lo es? La desolación la inundó, pero intentó no demostrarlo. No sabía qué era lo que estaba haciendo allí, pero sí sabía que no tenía que dejarse vencer por la emoción.

—¿Se emborrachaba antes de la batalla?

—No a propósito —Cambió un poco de posición, relajándose. Al menos estaba dispuesto a hablar—. Algunos lo hacían. Solían morir. Quizás más alegres que los que morían sobrios. O incluso que los que sobrevivían... Me emborraché un par de veces... Observó la copa casi vacía y el decantador, y luego la llenó con mucho cuidado.

Lisa bebió un sorbo de vino. Era la primera vez que él había mencionado el lado más sombrío de la guerra. ¿Eso era bueno o malo? ¿Eran los recuerdos de la guerra los que le encadenaban, o la pérdida de su familia, o ambas cosas? Ella no podía borrarle los primeros, ni devolverle a su familia. Lo que tenía que hacer era darle un motivo para vivir.

—¿Por qué se alistó en el ejército? —preguntó, como si estuvieran teniendo una conversación superficial—. Era hijo único.

—Todavía lo soy. Y también el último de mi linaje. Todas las esperanzas y las expectativas de los Hunters descansan sobre estos hombros insignificantes —Alzó la copa en un brindis y bebió —. Tienes un cabello muy abundante.

Por instinto, ella se llevó la mano al nudo apretado de la trenza, pero no se desvió de su objetivo.

—Y bien, ¿por qué se alistó en el ejército?

Los ojos que medio se entreveían bajo los perezosos párpados reflejaron de pronto un destello de malicia.

—Suéltate el pelo y te lo diré.

Quizás lo que ella debería hacer en esos momentos era levantarse y marcharse, pero sabía que no podía abandonarle así. Podría intentar dejarlo en evidencia, pero sospechaba que el Demonio Hunter nunca alardeaba.

Levantó las manos y se quitó las horquillas, dejando que la trenza le cayera por la espalda.

—No crea que me podrá engatusar, señor. No ganará, ni se escabullirá fingiendo que me desea.

—¿Fingiendo? Puedes venir aquí y tocar si quieres.

A ella se le cortó la respiración y no pudo menos que echar una ojeada a su entrepierna. Con rapidez volvió a alzar la mirada.

—Y bien, ¿por qué se alistó en el ejército?

—Pues es verdad, que se me ha levantado —se quejó él, pero después respondió—. Los demás lo hicieron. ¿Por qué yo no?

—¿Los demás?

—Pero su mente estaba bloqueada en lo que había dicho antes de eso. ¿Estaba excitado? ¿Ahora? ¿Por ella? Un latido de respuesta empezó a palpitar entre sus muslos.

—Roy y Max —Se tomó un buen trago del magnífico coñac—. Max era el segundo hijo y estaba dispuesto a cumplir con su deber. Derrotar al Monstruo Corso. Salvar a las mujeres y a los niños de Inglaterra de la invasión, violación y pillaje.

Roy lo vio una forma de evitar a las terribles obligaciones que cayeron sobre sus hombres siendo demasiado joven. En cuanto a mí...¿qué más podía desear un muchacho de dieciséis años que se alimentaba de la excitación y el reto?

—Aquellos ojos peligrosos volvieron a clavarse en ella—. Me alimento de la excitación al igual que un vampiro se alimenta de la sangre, mi querida señora. ¿Quiere acercarse y dejarme beber de su pálida y angelical sangre?

—No —mintió ella, empezando a arder de pura lujuria. Debería irse...—. Y le

aseguro que mi sangre es tan roja como la de usted.

—Mucho mejor —Rick dejó el vaso y cambio de posición para empezar a gatear hacia ella. Otro hombre podría haber parecido torpe, pero a ella enseguida le recordó a un lobo, un lobo ágil y letal. Debería huir, pero sabía que no tenía la más mínima posibilidad. Y parte de ella quería quedarse, hasta desangrarse...

Llegó hasta ella y se arrodilló, levantando una mano hacia su cuello.

—Tan pálida, tan pura...

—Soy viuda —a pesar de los dedos que le acariciaban el cuello, uso un tono frío, intentando negar todo aquello, intentando reunir fuerzas suficientes para huir.

Sus ojos estaban muy cerca ahora, intensos, con las pupilas dilatadas por la

débil luz.

—No deberías haberte encadenado a mí, querida viuda, si no me necesitabas.

Necesitarle. Ella le necesitaba. Había pasado tanto tiempo, y ahí estaba el peligro que siempre la enloquecía.

Ése era el verdadero peligro. No su marido, quién sólo había fingido para excitarla, y así excitarse él. El verdadero peligro era este joven alocado y herido con ese ardor y esa sexualidad que emanaban de él como el vapor. Una mujer inteligente se levantaría y echaría a correr.

Una mujer honesta lo salvaría de sí mismo.

Con la boca seca por el miedo y el deseo, susurró:

—¿Necesitas a una mujer, Hunter?

—Te necesito a ti.

—Entonces tómame.

La besó con un ardor empapado en brandy y una pasión voraz, y ella le devolvió el beso con la misma ferocidad, recostándose en la silla. Había pasado tanto tiempo, demasiado tiempo, y el sabor de él era como el infierno y el cielo combinados.

En un momento Lisa estaba tumbada de espaldas, con las piernas sobre los hombros de Hunter, y él enterrado completa y profundamente dentro de ella. Él se estremeció, apoyando las manos a ambos lados de su cabeza, con los ojos clavados en los de ella, mirándola triunfante.

Magnífico. Hermoso. Viril. Letal...y a ella le encantaba.

Lisale agarró los brazos, moviéndose, y luego se elevó volando hacia su propio y particular fuego celestial.

Cuando abrió los ojos, casi ciegos de placer, estaba todavía unida a él, deseando poder ver a través de sus ojos cerrados y su rostro adusto.

¿Estaba él en el cielo o en el infierno?

Rick se movió saliendo de ella, le las piernas, apartándose de ella.

—No lo hagas —dijo Lisa con rapidez—, dime lo que sientes.

Él se arrodilló entre sus piernas, sudoroso, con la ropa arrugada, preocupado, pero alzó los ojos para mirarla.

—¿Te ha gustado?

—¿Es que es algo impropio de una señora? En estas cosas, no soy una dama.

Vio como él buscaba una evasiva, una mentira cortés. No podría convencerle con palabras, así que se limitó a esperar echada en el suelo, lascivamente desaliñada.

Entonces dime qué más te gusta —El hambre pura y dura de su voz casi la hizo sonreír, pero se temía que una sonrisa pudiera ser malinterpretada.

—Una cama para empezar. Soy demasiado mayor para estar tendida en una alfombra toda la noche —le recordó su edad a propósito. Ella quería esto, pero sin tapujos.

Le tendió una mano para que la ayudara a levantarse, pero él se puso de cuclillas, le pasó los brazos por debajo y la levantó. Aquella enorme fuerza hizo que de nuevo ardiera de excitación. Oh, tal vez era propio de una mujerzuela el que le

gustara eso, pero le gustaba.

Hunter se tambaleó un poco al llevarla a la cama, pero era por la bebida no por debilidad.

¿Se estaba aprovechando de un hombre borracho?

Pero no estaba tan borracho, y a él esto le gustaba tanto como a ella.

La puso en la cama con mucho cuidado.

—¿Te desvestirás para mí? —le preguntó él—. ¿Mientras te miro?

Eso le provocó una ligera inquietud.

—Sólo si recuerdas que ya he pasado los treinta, y no puedo rivalizar con una

dulce jovencita de dieciocho.

—¿Importa eso?

—Y se apoyó en un pilar de la cama, listo para mirar.

Su comentario podría ser tomado de muchas formas. Decidió ignorarlo. Incluso eso la excitaba, que le pidiera que hiciera algo que para ella era un poco difícil y audaz.

¿Acaso la comprendía demasiado bien?

Mirándolo, se desató las cintas del vestido y se lo quitó por la cabeza. Él seguía observando. Sólo le quedaban puestos la enagua y el corsé. Con el corazón

Atronándole en la garganta, desabrochó uno tras otro los corchetes delanteros del

corsé.

Hunter se movió de repente para apartarle los dedos, soltar los últimos ganchos y abrirlo, casi con veneración.

Lisa no quería veneración. Le sacó la camisa de los pantalones ya abiertos.

—Desnúdate.

Soltando una carcajada, él obedeció. Ella oyó su propio gemido ante la absoluta belleza del cuerpo masculino. Un anatomista podría estudiar aquellos músculos sin que hiciera falta una disección, aunque todos estaban dulcemente suavizados por la carne, y por las cicatrices. Docenas de heridas, algunas fruncidas por una atención precaria.

Y sospechaba que por cada una de aquellas cicatrices, había otra interna. Las

cicatrices, una vez formadas, eran permanentes, aunque el tiempo las suavizara.

¿Qué pasaba con las cicatrices que le marcaban el corazón y el alma?

Vio su atractivo, y recordó el comentario de la duquesa. Sobre su edad, sobre él y sobre ella.

—¿Qué estaba haciendo ella en la cama con un demonio joven y desenfrenado? Desenfrenado. Demonio. Y la comprendía. Eso la asustó y la conmovió al mismo tiempo.

Mientras el corazón todavía le latía con rapidez, él apartó la ropa de ella por completo y bajó la cabeza para chuparle profunda y firmemente el pecho izquierdo.

—Me gusta mucho esto —susurró ella con un suspiro, aunque su cuerpo arqueado hacia él era una prueba clara de ello—. Me gusta mucho. Con los dientes también, si no me haces sangrar.

Hunter la miró con los ojos brillantes. Sin importar lo demás, él estaba vivo ahora, estaba vivo en este momento. Todo él.

—¿Y si te hago sangrar? —preguntó, haciendo que ella se estremeciera con fuerza.

—Lo estropearías todo

—Pero en lo más profundo de su mente, un diablillo se despertó curioso. No. Ella no podía desear eso.

Él le beso un pecho con suavidad. Una provocación y una promesa a la vez.

—Eres una mujer sorprendente, Lisa

—También soy una mujer hambrienta.

Él se rio y volvió su atención a sus pechos mientras ella usaba las uñas para atormentarle la piel. Sin hacerlo sangrar.

Entonces él le separó las piernas y la volvió a penetrar, y Lisa se arqueó con ansia, con avidez, cercana al orgasmo.

Hunter entraba y salía con una lentitud sinuosa.

—Esta vez durará más —dijo, haciendo que sonara como una excitante advertencia.

Ella abrió los ojos.

—¿De verdad?

Una sonrisa lobuna fue la respuesta.

—¿Te gusta que dure mucho?

A Lisa la cabeza le zumbaba y el mundo giraba.

—No lo sé —susurró—. Mi marido nunca duraba mucho. Tenía más de treinta años cuando se casó conmigo.

—¿No has estado con nadie más?

Ella podría protestar por lo que eso implicaba, pero sólo dijo:

—No.

—¿Soy yo mejor entonces?

Ella se rio porque la estaba provocando. Deliberadamente, desafió al demonio.

—Aún no lo sé.

Él se movió y puso con firmeza una mano sobre la boca de la mujer, mientras la penetraba constante y profundamente.

Lisa lo miró, excitada por aquella suave restricción, que implicaba que no tenía derecho alguno a oponerse. Que él podría hacer con ella lo que quisiera, incluso hacerla sangrar.

Y tal vez pudiera.

Tal como había pensado, el sexo con Karl había sido un juego muy seguro.

Ahora era como si estuviera en la selva, con animales salvajes. Y eso la excitaba como nada antes lo había hecho.

Se movió para rodearle la cintura con las piernas, pero Rick se lo impidió.

—No. Mantenlas quietas.

Eso podría ser una petición pero sonó como una orden.

Luego él se quedó quieto y bajó otra vez la cabeza, hacia sus pechos, chupando dolorosamente fuerte, arqueándola, arrancándole un grito sordo. Los dientes. Sintió los dientes, apretando con cuidado pero de manera letal.

El corazón le latió con un terror repentino y una lujuria violenta. La mano que la mantenía en silencio parecía una mordaza, pero al tratar de liberarse, él apretó aún más. Hunter levantó la cabeza y la miró con un destello de triunfo en los ojos antes de bajar otra vez hacia sus pechos. Por el amor de Dios, era otra vez aquello de la competición. ¿Qué le llevaba a hacerlo?

En vez de morder, la lamió. Lenta y perezosamente le lamió por entero los dos pechos mientras ella anisaba gritar exigiéndole más.

Lisa estaba allí, tendida en la cama, soportando con resentimiento esa manipulación sin sentido, cada vez más molesta porque él había evaluado el juego en su conjunto y ahora conseguía una victoria pírrica simplemente con ser suave.

Ella estaba llena con la dureza ardiente de la excitación del hombre, y aparte de algún estremecimiento ocasional, él no se movía en absoluto.

Hunter alzó la mirada otra vez, reivindicando el poder. Ella hubiera podido odiarle, pero no lo hizo. Comprendió que estaba ardiendo, ardiendo por todas partes, quemándose de necesidad, excitada al estar por entero a su merced, y nunca había tenido la oportunidad de saber cómo era esa sensación.

Desesperadamente intolerable.

Él apartó la mano de su boca y empezó a empujar. Las embestidas rítmicas y profundas que parecía que iban a durar para siempre. La observaba como si ella fuera más interesante que su propio placer. Ella apartó la mirada, oponiéndose con desesperación a llegar al clímax bajo aquellos ojos competitivos.

Perdiendo.

—¡Bastardo! —siseó, y se rindió.

Mientras ella nadaba en una oscuridad ardiente él todavía empujaba.

—Dios, no — refunfuñó ella, pero Hunter no se detuvo. ¿Por qué creyó que podría decir no a esto? ¿Y quería decirlo? Pronto su cuerpo volvió a escalar hacia la locura.

Y volvió a ocurrir, aunque esta vez él estaba con ella, o lejos, lejos de ella. Cuando Hunter se derrumbó encima de ella,

Lisa tuvo que combatir el impulso de apartarle y escapar.

Ya no más.

No podía soportar más.

Aunque por supuesto, no habría más. No era físicamente posible. ¿O sí? ¿Qué sabía ella a fin de cuentas?

El sexo con Karl había sido intenso, y cuando él lo exigía cada día, ya estaba excitada antes de que la penetrara, y explotaba con rapidez. Siempre la había acariciado después para darle más placer. Ella no sabía por qué, y nunca había preguntado. Él había parecido disfrutar al observar sus orgasmos.

Sin embargo nunca había experimentado algo así. Seducida, devastada, y vencida. Dolorida, en llamas, agotada y avergonzada por lamentar ya la pérdida de aquello.

No había duda. Lord Warren ni ninguno de sus abejorros le haría nunca llegar a donde llegó hoy...

Despertó exhausta, con algunas partes del cuerpo doloridas. Se toco los pezones con suavidad y casi se estremeció. Sin embargo al intentar alejarse de él, se encontró con que estaba acostado sobre su pelo.

¿Cuándo se le había deshecho la trenza?

Durante otro deslumbrante momento de la noche, tan ardiente, tan feroz, tan fuerte como el primero. ¿Podría caminar?

Tenía que hacerlo.

La luz que entraba por entre las cortinas parcialmente abiertas sugería que era muy temprano, pero debía volver a su dormitorio antes de que fuera su doncella.

Lo miró y vio que tenía los ojos abiertos, observándola. Ojos vacíos. Ojos vigilantes. Sofocando un gemido Lisa comprendió que no podía dejar entrever el más mínimo pesar por lo que había pasado. Y no le pesaba en absoluto. Sólo era que

en ese momento no quería más.

O una gran parte de ella no quería más. Pero otras partes de ella eran totalmente desvergonzadas y descaradas.

—Buenos días —dijo con suavidad.

—¿Lo son? ¿Son buenos?

—Promete ser un día precioso.

—Pero comprendió que iban a tener que hablar del sexo. No era algo que hubiera imaginado que haría alguna vez. Estiró la mano para tocar su rostro sin afeitar— Me temo que esta mañana podrías tener una pobre opinión de mí.

De repente la tensión del ambiente se relajó, por lo que supo que había encontrado las palabras apropiadas. Hunter movió la barbilla áspera rozándole la mano.

—¿De verdad lo has disfrutado?

—Oh sí. Pero —añadió con rapidez—, ahora mismo no podría volver a hacerlo.

Demasiado tarde comprendió que la palabra "ahora" era una especie de promesa, pero ya no podía retractarse.

—A mí también me ha gustado —dijo él.

Ella le dio un golpecito en la mejilla como si fuera una reprimenda juguetona.

—Lord Hunter. Suena un poco absurdo. ¿Puedo llamarte Rick?

—Por supuesto. O —añadió con una amplia sonrisa —.Demonio. Me has llamado así un par de veces.

Ella supo que se había sonrojado.

—Lo siento.

—No lo hagas. Es uno de mis nombres.

—En ese momento entrecerró los ojos.

—¿Qué pasa? —preguntó ella—. Lo mejor es que seamos sinceros.

Él la miró.

—¿Es esto lo que querías desde el principio? ¿Para lo que me pagas?

—¡No! —exclamó ella, y luego se obligo a tranquilizarse—. No. Te lo prometo.- Pero eso le recordó el porqué había iniciado todo, y que él no sabía la verdad.

No quería decírsela ahora, no quería estropear esta noche extrañamente hermosa, pero debía hacerlo. Por el bien de la frágil unión que había entre ellos, debía hacerlo.

Lisa liberó el cabello que todavía estaba atrapado debajo de él, luego le puso una mano en el hombro.

—Rick, tengo que decirte algo. No quiero, pero debo hacerlo. - Sintió como se tensaba, aunque no lo pareciera a simple vista.

—¿Sí?

—Sé que tu padre perdió la mayor parte de su fortuna y se pegó un tiro...

Las cejas de Hunter se crisparon, aunque él no pronunció ni una palabra.

—Perdió el dinero en una inversión para la producción de caucho.

—Estás muy enterada. ¿Por qué?

Era una pregunta mucho más terrible de lo que él suponía. Intentó encontrar palabras para suavizarlo, pero no había ninguna.

—Mi marido era el director de aquel proyecto.

Lisa lo dejó así, sin intentar explicar ni poner excusas porque no había ninguna explicación o excusa, observando su expresión serena, preparándose incluso para la violencia.

Él se movió ligeramente, apartándose de su contacto, los párpados bajaron aún

más, impidiendo que ella pudiera leer en sus ojos.

—¿Y cuál es tu parte en esto?

—¡Ninguna! No supe nada hasta la muerte de Karl. Lo encontré en sus papeles, en sus cuentas...

Lisa observó como el pecho de Rick subía y bajaba con cada respiración, preguntándose qué podría decir para aplazar el desastre. Pero entonces él la miró.

—¿Es por eso por lo que me buscaste? ¿Por qué?- El pánico la inundó. Si se lo decía, sabría que él no le debía nada. ¡Se marcharía!

Que así fuera.

Lisa se lamió los labios secos.

—Cuando comprendí lo que Karl había hecho, supe que tenía que enmendarlo. Sin embargo, por orgullo no quise que nadie supiera qué clase de sinvergüenza había sido mi marido. Intenté pensar en algún plan astuto. Seguí tus actividades con inquietud, e incluso se me ocurrió que podría buscar a alguien para que perdiera una fortuna deliberadamente en algún juego de cartas y que fueras tú quien la ganaras.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Pero él parecía menos tenso, aunque algo asombrado.

—No supe cómo. Sin embargo, así fue como me enteré de tus desastrosas pérdidas. Era tan poco propio de ti. Había oído que casi siempre ganabas. Supe que

tenía que actuar

—Alargó otra vez la mano para tocarle, y él no se apartó—. Gracias a Dios que lo hice.

Él se desplomó sobre la espalda. Eso rompió el contacto otra vez, pero Lisa no se opuso. Rick se quedó con la mirada clavada en el techo.

—Lamento que tu marido no esté vivo para matarlo —dijo, casi con despreocupación—. Pero no fue todo por su culpa, ¿sabes? Hubo demasiadas muertes en la familia. Quebrantaron el espíritu de mi padre. Creo que al final él se alegro de tener una excusa para irse. Debería haber vuelto de la guerra para

ayudarle.

Ella se arriesgó y se acostó a su lado, muy cerca de él.

Rick movió el brazo, rodeándola, y Lisa casi se desmayó de alivio. Se lo había dicho y no lo había estropeado todo.

—Estabas cumpliendo con tu deber —le dijo ella.

—¿El deber hacia la familia no es lo primero?

—Si lo fuera, no habría más guerras.

—Y eso sería algo bueno.

Ella se acercó más y le pasó el brazo por encima.

—Háblame de la guerra si lo deseas, Rick, pero no te atormentes. Algunas veces hay dragones, y se tiene que luchar contra ellos.

—Le cogió un mechón de pelo —. Es hermoso.

—Es de un marrón pardusco.

—De ningún modo. Me recuerda a los cervatillos y a la suavidad misteriosa de los bosques. Es un cabello muy inglés —Enterró la cabeza en él durante unos momentos, luego volvió a mirarla—. Si nos unimos otra vez será con mis términos. Con suavidad.

—¿No te ha gustado como antes?

—Me ha gustado. Pero también habrá días en que querré acariciarte con suavidad hasta que alcances el cielo, señora mía.

—¡Nuestro trato es sólo por seis semanas! —La exclamación le salió más ruda, más contundente de lo que quería, pero era necesario hacer la advertencia. Tanto a sí misma como a él—. De hecho, como ya sabes ahora, no me debes nada.

—¿Quieres decir que te debía esto?

Lisa se sonrojó con intensidad. —No. Pero el dinero es tuyo. No tienes por qué fingir que nos hemos comprometido para casarnos.

—Mantengo mi palabra. Todavía soy tuyo para lo que quieras, señora mía.

Un buen número de sugerencias lascivas pasaron como un relámpago por su mente, pero la parte más racional de su cuerpo protestó, y de todos modos, todavía necesitaba ayudarle a curarse. Ése había sido siempre el objetivo principal, y ahora sabía lo que debía decir.

—Entonces visitemos tu casa durante unos días —dijo—. Sólo nosotros.

Él se la quedó mirando.

—¿Por qué?

—¿Por qué no? Si de verdad fuera tu prometida, querría ir.

—Pero eso es un mero pretexto.

Lisa intentó ocultar lo que la habían herido aquellas palabras.

—¿Por qué no? —volvió a preguntar.

—Ha estado prácticamente deshabitada durante un año y antes de eso no se la

conservó demasiado bien.

—Entonces ya es hora que calcules lo que se necesita hacer.

Él se dio la vuelta y de nuevo quedó acostado boca arriba, pero esta vez se

palpaba la hostilidad.

Ella tenía la boca seca, pero se obligó a seguir. La resistencia feroz de Rick revelaba que era importante.

—Pronto tendrás dinero para ocuparte de ello. Tienes que empezar a hacer planes.

Rick se giró para mirarla.

—¿Eso es una orden, oh reina de mi corazón? Ante aquel tono tan mordaz, ella quiso decir que no, dejarle huir, pero en cambio dijo:

—Sí.

Él se apartó, levantándose de la cama, dejándola aturdida con su belleza, haciendo que concentrara toda su atención en su cuerpo. Cada músculo, cada hueso destilaba enfado.

Rick se giró para mirarla.

—¿No querías volver a tu habitación? Lisa se sintió tentada a coger cualquier cosa y destrozarla, pero ésta era otra de las malditas batallas del demonio. Se levantó por su lado de la cama completamente desnuda. Sin tratar de cubrirse, pero contenta por la cortina que formaba su cabello largo que le llegaba debajo de la cintura.

—¿Cuándo puedes estar listo para partir?

—En cuestión de momentos si es necesario. ¿Cómo viajaremos? ¿A caballo? Ella se estremeció sólo de pensarlo, y sabía que él lo había dicho a propósito.

—¿En carruaje?

—No tengo.

—Yo sí. Puedes conducirlo si quieres.

—No sé hacerlo

—Ante su mirada de sorpresa, él añadió—. No es algo que hagas en el ejército en tiempos de guerra. Sin embargo puedo cabalgar doce horas de un tirón, si tengo que hacerlo.

Lisa se preguntó si fue sólo su lado lujurioso el que percibió allí un doble sentido. Se dio la vuelta para buscar la ropa, aunque de esa manera perdiera la oportunidad de seguir con ese tema. Los zapatos. El corsé. El vestido... ¿Dónde estaba la enagua?

Todavía en la cama. Se dio la vuelta y vio que él ya la había encontrado y se la tiraba. Comprendió que iba a tener que esconderla y confiar en que la doncella no la echara en falta. Lo miró otra vez. Estaba ligeramente erecto.

Se puso directamente el vestido sin nada debajo, y tensó los cordones apretándolos bajo los pechos. Sin el corsé, tendría que levantarlos primero, y le echó a Rick una mirada ansiosa.

La rabia había sido sustituida por un indicio de sonrisa.

—¿De qué te ríes?

—Eres hermosa, aunque ya no tengas dieciocho años. Y el elogio es gratuito. Y me gusta mucho derretir el hielo. El viaje durará entre cuatro y cinco horas. ¿Podrás conducir tanto tiempo?

La dejó asombrada que él preguntara en vez de aseverarlo. La llenó una agradable calidez.

—Lo más probable es que no. Podemos detenernos en una posta.

—¿En cuál?,- hacía que ese viaje fuera sólo asunto de ella, desvinculándose del mismo al obedecer sus órdenes. Pero ella no iba a echarse atrás.

—En algún lado del camino debe haber una posada.

—Pararemos en El Peregrine, donde me conocen. Estamos comprometidos pero incluso así un viaje sin acompañante es algo escandaloso.

—Sólo un poco. Yo no soy una delicada damita, y tendremos habitaciones separadas. Pediré un coche y un desayuno rápido, y nos pondremos en camino dentro de una hora.

Después de decir esto, Lisa salió de la habitación y se escurrió hacia su cuarto sintiéndose como una niña traviesa. No, como una mujer perversa.

Era perversa por haber llegado tan lejos cuando ni siquiera debería haber empezado, pero al menos le había dicho la verdad a Rick. Se sintió más ligera, más feliz, limpia de engaños y pecados.

Como recompensa, se reservaría las dos semanas que quedaban para ella, disfrutaría de el antes de decirle adiós para siempre.