Robotech no me pertenece y esta historia esta basada en la novela de JO BEVERLEY - LA AMANTE DEL DEMONIO se podría decir que es una adaptación con bastantes libertades.
Desde que leí esta historia siempre quise adaptarla al universo Robotech porque la personalidad de los personajes me recordó a Rick y a Lisa, espero que le den una oportunidad y que la disfruten.
Capítulo 8
Ahora el truco era salir sin que Claudia la viera. Lo cual habían logrado solo de milagro.
Salieron con rapidez de Londres al amanecer, solos. Ella había anunciado que no necesitaban a sus sirvientes personales. Deseaba con todas sus fuerzas estar a
solas con él, y no por motivos lujuriosos. Anhelaba conocerlo mejor.
—No me has llegado a explicar por qué te enrolaste en el ejército —dijo cuando pasaron por Camberwell Toll Gate—. ¿Tus padres no se opusieron?
—Un poco. Pero creo que reconocieron al loco que hay en mí.
—Tú no estás loco.
Él sonrió.
—Me alimento de excitación como un vampiro se alimenta de sangre —dijo, haciéndola sentir al instante ardiente y necesitada. El destello de sus ojos le envió señales de advertencia, pero eso era tan propio de él que ella no pudo menos que alegrarse.
—No tengo remedio para eso —dijo ella con tranquilidad.
—No quiero ningún remedio. Creo que tú misma estás un poco loca.
Oh no. No iba a hablar de sexo a plena luz del día.
—Entonces tus padres te dejaron ir. Con una sonrisa, Rick aceptó la retirada.
—Compré un cargo en el regimiento de mi elección. Alcé una mano en señal de despedida —La sonrisa desapareció—, y más o menos me olvidé de ellos.
Se reclinó en su rincón y se quedó mirando el vacío.
—Era todo tan emocionante, tan nuevo. Amigos nuevos, sitios nuevos, desafíos nuevos. Cuando dejó de ser nuevo, cuando dejó de ser agradable, ya me había absorbido por completo. Siempre asumí que seguirían allí, congelados como figuras de cera, cuando estuviera listo para volver.
Lisa inspiró con suavidad, pensando con cuidado que decir.
—¿No volviste nunca a casa?
—No durante los últimos cinco años. Podría haber vuelto. Debería haber vuelto...
—Tu familia lo entendió, estoy segura. Debieron de sentirse orgullosos de ti. Y después sus espíritus te mantuvieron a salvo.
Rick se giró con brusquedad al oír eso.
—Pamplinas. Hombres buenos adorados por sus familias morían continuamente.
La vergüenza la inundó por haber dicho un tópico tan vacío, pero lo único que se le ocurría decir era otro.
—Estoy segura que quieren que seas feliz.
—Intento vivir, y vivir bien.
Era como intentar leer en una lengua extranjera.
—¿Por qué es eso tan duro, Rick? ¿No quieres tener una buena vida?
—¿Acaso me la merezco? Por el motivo que sea tú me ves como alguien a quien merece la pena salvar. Yo no estoy tan seguro —En ese momento él se giró para mirar por la ventanilla, y Lisa comprendió que quería que lo dejara en paz.
Eso haría, de momento. Le pareció como si estuviera rompiendo para abrirla la jaula de un demonio enfurecido, en un espacio confinado. Recordó, de eso hacía ya una eternidad, cuando se sentía inadecuada e inexperta. En aquel entonces no había tenido ni idea de lo que era un verdadero reto. En aquel entonces, sin embargo, no le había importado tanto como ahora.
Después del primer cambio de caballos, Lisa rompió el silencio.
— Porque no buscaste a tus amigos después de volver de Waterloo?
—No tengo ni idea. No hemos tenido contacto desde hace mucho tiempo. Y Max aun no ha vuelto. Ella se arriesgo a sondearle con una pregunta.
—Tengo entendido que Roy volvió a casa después de Waterloo. ¿Por qué no lo habías visto?
La pregunta acabó con la risa, pero Rick se encogió de hombros.
—Yo vine en enero, y él estaba de cacería en Shires. Cuando fui a visitar Stynings Roy no estaba por aquella zona.
—Podrías haberle escrito, organizado un encuentro.
—Quizás no quería verle implicado en mis líos.
Eso hizo que a Lisa se le retorciera el corazón, pero era esperanzador que él hablara de esas cosas. Quizás el hecho de tener que relajarse para ir a su casa hiciera que también se le relajara la mente. ¿Su noche de pasión había tenido algo que ver? Le gustaría pensar que sí.
Durante las horas que duró el viaje charlaron de su infancia, y de su familia, pero sólo sobre los aspectos más alegres, y de las partes más fáciles de sus vidas adultas.
Estaba claro que él había tenido una infancia feliz, que su familia lo amaba, y que uno de sus mayores problemas desde que había regresado a Inglaterra podría haber sido la soledad.
En el cuarto cambio ella sugirió que se detuvieran para tomar algo, pero él miró a su alrededor, como un perro olfateando el aire, y dijo
—No. Ya no queda mucho.
Lisa había estado contando las postas a Brighton, olvidando que la casa de Rick no estaba en la ciudad. Ahora estaban a casi diez kilómetros y debían de estar
cerca de Steynings.
Rick se dirigió a los mozos de postas, dándoles instrucciones, y no lejos de la posada tomaron un desvío lateral. Ella leyó la señal indicadora. Mayfield, Barkholme, y Sterling in the Vale.
—¿Sterling in the Vale? —preguntó ella.
—Sí, es el pueblo más cercano.
—Como el nombre de tu amigo.
— Más o menos. Su familia ha estado aquí casi tanto como el pueblo.
Él estaba mirando por la ventanilla, pero ahora no lo hacía para evitar la conversación. Estaba buscando señales de la casa. Llegaron a lo alto de una subida y Rick señaló a la izquierda, al otro lado de las ondulantes colinas donde había una casa blanca en una ladera.
—Steynings.
Lisa se relajó. Quizás lo que él había necesitado para interesarse por su casa era venir aquí. Quizás la conversación que habían mantenido durante el camino también había ayudado, y la noche de pasión. Fuera por el motivo que fuera que se había obrado el milagro, a ella le daba la impresión que Rick por fin, de verdad, había
vuelto a casa.
Los ojos le dolían por las lágrimas no derramadas, pero se obligó a mostrarse alegre. Pronto su tarea habría acabado, y ella podría seguir con su vida con la conciencia más ligera.
—¿Cuánto falta para que lleguemos? —le preguntó.
—Una hora, más o menos. No está lejos, pero los caminos no están en buen
estado.
—Es una casa muy hermosa.
La casa, en esos momentos, había desaparecido detrás de los árboles, y él se
giró.
—La construyó un antepasado mío holandés que vino con Guillermo de Orange y se casó con una inglesa. Más tarde mi abuelo la reformó al estilo paladiano —explicó esbozando una sonrisa—. Por aquí somos los "nuevos ricos"
—Doy por hecho que el apellido Sterling está en el Domesday Book.—Como lord .—¿Y Lord Fokker?
—Ese título sólo tiene unos doscientos años, y pertenece a Devon, no a Sussex.
Pero los Fokker han estado aquí desde hace unos quinientos años, más o menos.
Es la típica sangre azul inglesa. Sajón, normando, danés y un poco de todo lo demás que se ha ido añadiendo en los últimos mil años. Como los Hayes.—Cierto. Compartieron una sonrisa que debió ser la más sincera que habían compartido hasta el momento.
Por fin el carruaje redujo la marcha para entrar en el pueblo.
—Sterling —dijo él con una ligera satisfacción.
Era un valle tranquilo con casitas repartidas a lo largo del río. Cada una tenía un estrecho jardín que llegaba hasta el agua. Aquel estilo era propio de un pueblo verdaderamente antiguo que se remontaba a los tiempos en que los ríos eran más importantes que los caminos.
La iglesia, bastante grande, situada en una elevación al otro lado de la plaza del pueblo tenía una torre cuadrada anglosajona que indicaba una antigüedad de al menos ochocientos años. A uno y otro lado, como brazos doblados hacia dentro, se extendían construcciones nuevas, de modo que el pueblo entero envolvía a la plaza.
Seguro que estaba deseando abrazar al hijo pródigo.
Se detuvieron en el lado moderno del pueblo, delante de la fachada estucada de la posada Peregrine y se bajaron.
—Esto es New Sterling, el nuevo Sterling —dijo Rick, mirando a su alrededor—. Río abajo se encuentra El viejo Sterling, el antiguo Sterling.
—¿Dónde vive el Max Sterling?
—Dondequiera que pueda colgar el sombrero. Pero la casa de su padre está en el viejo Sterling, por supuesto. Es el área amurallada con la torre dentro.
La parte más antigua del pueblo era tan grande que se le había pasado por alto.
Ahora que se fijaba vio un conglomerado amurallado de edificios, algunos sectores
seguramente eran tan antiguos como la Iglesia.
—Antiguo, pero no hermoso —recordó ella —¿De verdad estaba esto aquí en tiempos de los normandos?
—La muralla no es tan antigua, pero es muy probable que la torre viera pasar a Guillermo el Conquistador. Se trata un enclave antiguo fascinante, pero es imposible vivir allí con un mínimo de comodidad.
Un hombre alto y risueño salió de la puerta principal a grandes zancadas para saludarlos.
Parecía muy feliz de ver a Rick. Rick, sonriendo, se lo presentó como Smithers, el posadero.
La curación ya se había puesto en marcha. Estaba segura.
El señor Smithers la agasajó con historias de las travesuras de los jóvenes amigos mientras la acompañaba a su habitación. Resultó ser tan moderna como la de su propia casa. Una criada le trajo agua para que pudiera refrescarse. Cuando bajó, la acompañaron a un salón privado donde Rick había encargado una comida.
Lisa se alegró de ello, pero hubiera sido igual de feliz si hubieran ido directamente a su casa. Para completar este viaje de curación. Él no había estaba aún en el salón, así que fue a mirar por la ventana hacia la plaza, observando pasar a la gente que de vez en cuando se detenía para charlar. Parecía un buen lugar para vivir.
Oyó risas, y fue hacia la puerta del salón para mirar fuera. Rick estaba de pie en medio de un grupo de hombres de todas las edades y todos los tipos, y también algunas criadas que revoloteaban por allí. Era obvio que todos ellos estaban encantados de verle en casa otra vez, y que se encontraban a gusto con él. Y Rick parecía más relajado que nunca.
Y más joven. Mucho más joven.
Él estaba en casa.
Y ella había hecho su trabajo.
Ahora lo que debía hacer era dejarle en libertad.
Después de la comida alquilaron la calesa en la posada y condujeron hacia Steynings Park. Aunque Lisa estaba segura de que él podría llevar una calesa, él insistió en que condujera ella.
El estado de abandono pronto se hizo obvio. El camino empeoró, los setos no estaban recortados, las zanjas de los lados del camino parecían obstruidas. Todas las cosas que no se hacían si no había alguien que se hiciera cargo de ellas.
—¿No has venido aquí en ningún momento? —le preguntó.
—Una vez. No había nada que pudiera hacer.
Lisa hubiera podido profundizar en eso, pero lo dejó pasar.
Cuando llegaron a los muros de la finca, vio abiertas las puertas de hierro porque la casita del portero estaba abandonada. Estaban ligeramente combadas, lo que le hizo sospechar que no se podrían mover las puertas si no era con un gran esfuerzo.
—No es algo reciente —dijo Rick como si ella hubiera estado pensando en voz
alta—. Mi padre creía que era impropio tener las puertas cerradas, como si los
habitantes del pueblo no fueran bienvenidos.
—Me gusta esa idea. —Era un hombre muy agradable. Muy generoso y confiado.
Y Karl lo utilizó. Gracias a Dios que Rick no le echaba la culpa a ella.
Las malas hierbas a todo lo largo del camino eran la evidencia no sólo del abandono sino del poco tráfico que había pasado por allí. El paseo los llevó directamente hasta la casa cuadrada con las dos alas dobladas hacia dentro estilo paladiano a ambos lados.
Las ventanas estaban sucias, y un aire de triste abandono se cernía sobre el lugar, pero no había signos de un deterioro grave. Él la dirigió hasta un establo que había al fondo, separado de la casa. Un hombre de mediana edad salió perezosamente para ocuparse del caballo.
Rick saludó al hombre al que llamó Lumley, pero al parecer los dos hombres no se tenían en mucha estima. Era probable que el poco personal que quedaba en la casa cobrara poco y estuviera cansado de todo aquel abandono.
Rick la ayudó a bajar.
—Te enseñaré el lugar, pero incluso en sus mejores tiempos, Steynings no era
ninguna joya. Supongo que algunos arquitectos serán mejores que otros.
Mientras recorrían la casa, Lisa comprendió lo que él quería decir. En algunos sitios las proporciones no eras las correctas, y algunas puertas estaban colocadas en el sitio más inconveniente. De todos modos era una casa agradable, y los fantasmas de tiempos más felices permanecían en los cuadros de las paredes y en la distribución del mobiliario cubierto de tela.
Ella se quedó mirando un retrato excelente de su ancestro holandés.
—¿Nunca has pensado en vender esto?
—O todo o nada.
La victoria o la muerte, incluso en los temas financieros. En cierto modo era indignante, aunque ella no pudo hacer menos que admirarlo.
Terminaron en una salita, donde se habían quitado las telas y habían sacado un juego de té. Ella se sentó para servirlo.
—No veo que aquí haga falta hacer mucha cosa aparte de limpiar. Rick deambulaba por la habitación con desasosiego.
—Hay algunas goteras, baldosas que es necesario sustituir. Es posible que en parte del sótano se haya podrido la madera. No son cosas evidentes, pero si no se arreglan el lugar se derrumbara algún día sobre la cabeza de alguien.
Lisa le pasó una taza.
—¿Las nueve mil libras lo cubrirán?
—Oh sí. Y el contratar la servidumbre y otras cosas.
Parecía una invasión a su intimidad interrogarle sobre sus asuntos, pero era
necesario que él se concentrara en ellos.
—¿Y la finca? ¿Es rentable? Por su mirada, Rick también parecía pensar que era una invasión, pero contestó.
—Un poco. Los tiempos son difíciles ahora, una vez terminada la guerra, pero nos arreglaremos una vez hayamos invertido algo de dinero en la tierra: drenar, cercar, arar. Se han aplazado todas las necesidades de los arrendatarios. Debería haber
estado aquí ayudando, ¿verdad? Debería haber vendido los malditos cuadros e invertir el dinero en la tierra.
Ella bebió un sorbo de té con deliberada calma.
—¿Por qué no lo hiciste? Pensó que él no iba a contestar, pero al final dijo:
—Ahora no estoy seguro —Miró alrededor de la salita como si fuera una representación de toda la casa —. No podía soportar picotear y sacar cosas de aquí como el cuervo que picotea los ojos de los muertos...
Rick se calló, y Lisa no encontró palabras para romper aquel silencio.
De repente él dejó la taza y el platito y dijo: —Vamos arriba. Hay algo que quiero mostrarte.
Habían recorrido las habitaciones más importantes, pero se levantó y fue con él por la amplia escalera y por un pasillo corto. Rick abrió una puerta y la invitó a entrar.
Ella entró en lo que probablemente era el dormitorio principal y miró a su alrededor con curiosidad, estaba todo cubierto por telas blancas.
Fue entonces cuando se dio cuenta de su expresión.
—No, Rick.
Fue algo instintivo, y la verdad es que no era eso lo que quería decir, pero sabía que era lo correcto.
Él se acercó para posar los cálidos dedos en ambos lados de su cara.
—¿Por qué no?
El traicionero cuerpo de Lisa ya ardía de excitación pero ella sabía que tenía que hacer lo que era mejor para él.
Rick estaba evadiendo la realidad yendo detrás de algo más fácil.
—Los criados...
—No es probable que suban si no los llamamos —rebatió él, desatándole las
cintas del sombrero y dejándolo a un lado, después empezó con las horquillas.
Ella se apartó con rapidez fuera del alcance de sus manos, sujetándose con
firmeza el cabello rebelde.
—¡No!
Rick se quedó allí de pie, la viva imagen de la tentación, tanto por su intensidad como por su belleza.
—¿Por qué no?
Lisa se esforzó por volverse a colocar las horquillas y volver a tener una imagen de cierto orden.
—No hemos venido aquí para esto.
—Tampoco hemos venido a tomar el té, y acabamos de tomarlo.
—¿Es así como lo ves tú? ¿Cómo el té? —Era absurdo, pero le arrojó las palabras como si fueran un arma.—No me gusta mucho el té —Entonces se puso serio—. ¿Esto es uno de los juegos que te gustan, o de verdad quieres?
Lisa se sintió avergonzada, aturdida e insegura, y deseó tranquilizarlo de la única forma que parecía funcionar...
—Cásate conmigo, Lisa.
Ante el impacto de aquellas palabras, ella retrocedió otro paso, negando con la cabeza.
—No, Rick. No. Eso nunca ha formado parte de la ecuación. Él se quedó muy quieto.
—Entiendo. Sólo ha sido un juego para ti.
—¡No!
—¿Entonces qué? ¿Por qué no? ¿Me equivoco acaso al pensar que hay algo
especial entre nosotros?
Lisa bajó las manos y notó como el cabello le caía por la espalda.
—No te equivocas, pero no por eso sería correcto. Tengo seis años más que tú.
—Bien —dijo él—, ¿entonces no te opondrás si me caso con Samantha?
Ella se lo quedó mirando. Por fin pudo decir:
—Si ella quiere...
—Tiene nueve años menos que yo.
Lisa se tuvo que tragar las ganas de abofetearlo.
—¡No es lo mismo! —Luego reunió fuerzas para decir las palabras que siempre
le dolían—. Más importante aún, soy estéril.
Vio el impacto que había causado aquella declaración, la conmoción.
—¿Estás segura?
—Por supuesto que estoy segura —se recogió un mechón de cabello, lo enrolló y lo puso en su lugar —. Nunca he tenido ningún signo de haber concebido —Y entonces asestó el golpe mortal —. Y no es culpa de Karl. Samantha es hija suya.
La palidez repentina hizo que los ojos azules de él brillaran aún más. Él se inclinó de repente para recoger las horquillas que habían caído al suelo, y cuando se enderezó, estaba muy serio.
—¿Y si no me importara?
—Te tiene que importar. Es tu deber que te importe. Tienes que concebir un hijo, un heredero para el titulo.
—Te amo, Lisa.
Ella negó con la cabeza.
—No. No puedes.
Rick se acercó a ella con las horquillas en la mano extendida, una mano hermosa y llena de cicatrices.
—Eso creía yo también. Que no podía amar. Creía que estaba muerto, excepto
por un corazón que latía de forma muy inconveniente. Entonces irrumpiste en mi
cuarto un día y me devolviste la vida.
Ella cogió las horquillas intentando no mostrar cómo se estremecía por el mero hecho de rozarle la cálida palma de la mano con los dedos.
—No lo lamento, pero lo haré si insistes en ello. Rick enrojeció, pero no apartó la mirada.
—¿Niegas que hay fuego entre nosotros? ¿Puedes decir que no significa nada
para ti, que sólo me abrasa a mí?
Él le había puesto el cuchillo en la mano, y ella lo único que tenía que hacer era usarlo, clavárselo, negar su amor, estar de acuerdo en que eso no significaba nada...
Lo intentó, pero la mentira sacrílega se le quedó atascada en la garganta. Movió los labios, pero no salió ningún sonido, y sólo el cielo sabía lo que él leyó en su cara.
Se dio la vuelta hacia el espejo, metiendo con brusquedad las horquillas en el pelo, esforzándose para conseguir el valor de dejarlo libre.
Oyó cómo se cerraba la puerta, se giró y vio que él se había ido.
Rick bajó las escaleras temblando y como flotando en una nube, el mismo estado en que estaba después de la batalla, cuando había comprendido que otra vez, milagrosamente, seguía vivo y entero. Pero esta batalla acababa de empezar.
Ella no había dicho que aquel fuego sólo lo abrasaba a él.
¿Era una locura deliberada el creer que Lisa se había encerrado en una mentira en vez de en una verdad dolorosa? De lo que estaba seguro era que esta batalla iba a ser la más crucial del Demonio Hunter y la iba a luchar, la iba a luchar hasta el final.
Se quedo allí parado, de pie, en el pasillo silencioso y húmedo dejándose invadir una vez más por los sueños que habían surgido esa tarde.
El sueño empezaba en el pasillo pintado de nuevo, con la cornisa de yeso de aquella esquina reparada, el suelo de madera encerado, perfumado y brillante. Ahora con la mente puso flores en el florero de la mesa, y una mezcla de flores secas en el tarro de porcelana china. Luego unas risas llegaron desde el piso de arriba, y unos niños bajaron corriendo y salieron al exterior, al campo a explorar, como lo había hecho el de joven, para ser Robin Hood en los bosques y piratas en el río
...
La visión se rompió y Rick exhaló un profundo suspiro.
Sí, el sueño idílico tenía niños y le dolería borrar esa parte del cuadro, pero los hijos no eran tan importantes como Lisa. De todos modos, podrían hacer entrar niños en sus vidas, al igual que ella tenía a Samantha. Dios sabía que no había escasez de huérfanos en el mundo.
Samantha. El tío Charles y la tía Louise habían sido bastante maliciosos cotilleado sobre Samantha, diciendo que no había sido ninguna sorpresa. Pero él no había hecho esa otra clase de conexión.
Le quemaba la necesidad de actuar, arremeter como un loco en la batalla, ¿pero cuál era el enemigo?
Se acercó al tarro de porcelana china que tanto le gustaba a su madre y levantó la tapa. Vio que todavía tenía dentro pétalos oscuros, sin duda puestos allí por las manos de su madre. A pesar de haber estado tapado durante tanto tiempo, se podía oler aún un tenue aroma como un fantasma de veranos pasados.
Las lágrimas aparecieron de golpe, y miró hacia el techo, tragando, conteniéndolas, hasta que pasó el peligro. Podría haber otra vez veranos en esta casa, y niños aunque no fueran de su sangre. Y Lisa.
Tenía que haber algo que pudiera hacer.
No sería la primera vez que se había aferrado a una esperanza vana.
Oyó un sonido y dándose la vuelta la vio bajar las escaleras, con los guantes y el sombrero puestos, serena excepto por el dolor que reflejaban sus ojos. Él se cortaría un brazo antes de herirla, pero no podía dejarla escapar sin luchar.
Se reunió con ella al final de las escaleras, bloqueándole el camino.
Vio cómo se estremecía, pero lo miró directamente a los ojos.
—Deberíamos volver a Londres. Podríamos llegar antes del anochecer.
—Por supuesto, pero primero déjame que diga algo. Podemos tener hijos
—No, la dejó protestar—. Podemos darle un hogar a huérfanos, al igual que has hecho con Samantha.
—¿Tienes bastardos a los que dar un hogar, Lord Hunter?
Eso fue cruel como un sable a punto de golpear, pero el ataque nunca lo había desalentado.
—No que yo sepa. Lucha conmigo, Lisa, en vez de contra mí.
Ella lo miró con aquellos ojos verdes, fríos como el acero.
—No estamos en el mismo bando.
—Lisa...
—¡No! —Se hizo a un lado para rodearlo, pero Rick la cogió por el brazo. Ella se giró, furiosa...y asustada.
Instintivamente, Rick aflojó los dedos, pero luego volvió a apretar.
—Lo único que quiero que quede claro es que en el caso que seas estéril, ése no es un obstáculo insalvable.
—Tu título moriría.
—Bueno, pues que muera. Le fue concedido a un advenedizo holandés que vino a vivir aquí. Sólo tiene una antigüedad de cinco generaciones. No es digno de
un sacrificio humano.
Los labios de ella se tensaron y de pronto pareció más mayor, más mayor de los años que tenía. Lo único que quería él era mimarla y lo que hacía era herirla en mente y espíritu.
La mujer abrió una mano enguantada y le mostró el anillo.
—Lo siento, Lord Hunter—dijo mirando algún punto detrás de él —, creo que no somos apropiados el uno para el otro.
—Maldición, Lisa —respiró profundamente—, tenemos un contrato y aún faltan dos semanas para que termine.
La expresión de Lisa era de claro desacuerdo.
—Yo lo termino ahora. En cuanto lleguemos a la ciudad haré que se transfieran las nueve mil libras a Perry.
—Un contrato tiene dos partes. Y yo digo que lo llevaremos hasta el final.
—Cumple tu parte si quieres. No llevaré puesto tu anillo, y no vivirás en mi casa. No volveré a verte Lord Hunter. Es más, ¡si te queda algo de honor permanecerás aquí y te dedicarás a restaurar tu casa!
Eso había dolido, como un montón de golpes, como una lluvia de cuchilladas, pero no le soltó el brazo y habló con firmeza.
—¿Y dejar que vuelvas sin compañía? Creo que no. Pero tienes razón,
deberíamos marcharnos.
Sólo entonces la dejó ir y salió de la casa con paso majestuoso antes de caer en la
tentación de zarandearla, besarla, o de forzarla.
Sospechaba que ella sucumbiría ante el sexo agresivo, y eso acabaría por
estropearlo del todo.
