Robotech no me pertenece y esta historia esta basada en la novela de JO BEVERLEY - LA AMANTE DEL DEMONIO se podría decir que es una adaptación con bastantes libertades.
Desde que leí esta historia siempre quise adaptarla al universo Robotech porque la personalidad de los personajes me recordó a Rick y a Lisa, espero que le den una oportunidad y que la disfruten.
Capítulo 9
Lisa se dejó caer en el último escalón, temblando de furia y dolor. Era como arrancarse uno de sus propios miembros, y él lo hacía más y más difícil. ¿Por qué no podía simplemente coger el dinero e irse?
Lo último que quería hacer era seguirle, viajar con él de regreso al pueblo y luego el viaje de cuatro horas a Londres, ¿pero qué opción le quedaba? Como tantas otras heridas, lo soportaría y sobreviviría. Se puso en pie y reunió todas sus fuerzas para encaminarse a los establos.
Cuando llegó allí, la calesa ya estaba lista y Rick estaba sentado con las riendas en las manos. Ella subió a su lado en silencio y se pusieron encamino.
—Lisa...
—Rick, no. Por favor —Se aferró las manos y al juntarlas comprendió que todavía tenía agarrado el anillo en una. Sería un gesto grandioso el arrojarlo, pero no podía hacerlo. No después de haberlo herido con aquellas palabras tan crueles.
Rick esquivó un profundo socavón del camino de entrada y luego volvió a hacer que los caballos cogieran velocidad.
—Una vez amputé el brazo de uno de mis hombres —dijo, mirando al frente —. De todas formas lo hubiera perdido, pero se estaba muriendo desangrado y estábamos sitiados en las ruinas de un pueblo de la sierra. Até el brazo, corté la parte infectada y lo cautericé con mi sable que había calentado en la fogata para cocinar —Se giró para mirarla—. Él también me rogó, pero hoy está vivo y en casa, en la granja de su familia en Lincolnshire. Se casó con su amor de la infancia y ahora tiene un hijo.
Lisa no sabía que decir aparte de volver a rogar, y además le creía. Rick no se detendría porque ella se lo rogara, ya que creía que lo que hacía era lo correcto.
Salieron por las puertas generosamente abiertas del camino de entrada.
—¿Estás segura sobre lo de Karl? —preguntó él con voz queda —. ¿En lo de Samantha?
Nada le gustaría más a Lisa que poder aferrarse a alguna esperanza, pero contestó con rotundidad.— Sí. Sé que tenía otros cuatro bastardos, que tienen entre los dos y los diez años. Si quieres te los enumero. Karl nunca me los ocultó, y les dejó un legado en el testamento.
—Enuméramelos.
—¿Qué? —preguntó ella mirándolo.
Él le echó una ojeada con una expresión casi de calma, como ni nada de eso
tuviera la menor importancia.
—Me has dicho que podías enumerarlos. Hazlo.
Sintiendo como si hubieran entrado en un mundo donde nada tenía sentido, Lisa
empezó a recitar:
—Tommy Grimes, Mary Ann Notts, Alice Jones y Benjamin Mumford.
Rick asintió, pero no dijo nada. Los niños deberían haber sido el golpe que le diese la victoria, y aún así a Lisa le dio la impresión de que había puesto un arma afilada en sus manos. Ella necesitaba un escudo para protegerse. Se casaría con Lord Warren. Él no esperaría un corazón apasionado, y el matrimonio la distraería.
Después de todo, cuidaría y aconsejaría a sus hijos, no mucho más jóvenes que Rick. Pero nunca se volvería a quemar en el fuego de la pasión de su demonio.
Sacrificio humano.
Oh sí, en eso él tenía razón, ¿y era correcto sacrificar a Lord Warren para conseguir tranquilidad?
Cuando llegaron a la posada, se encaminó enseguida hacia la intimidad de su habitación, dejándolo haciendo los preparativos para que el coche estuviera listo.
Mientras esperaba, no dejó de pensar en aquel incidente que Rick había mencionado, la amputación .¿Qué edad tenía cuando ocurrió? Había dicho en la sierra, así que era en España. Hacía por lo menos dos años, quizás más, y ahora sólo tenía veinticinco años. Se podía imaginar el terror interior, el sudor de las manos, el vómito amenazador. También estaba segura del coraje y fuerza de voluntad que habían mantenido las manos firmes, y le había permitido hacer lo que se tenía que hacer con tanta rapidez y habilidad como fuera posible.
El amor la inundó, seguido por el respeto y la admiración. Ella le amaba por tantas, tantísimas cosas. Y le amaba lo suficiente para cortar el vínculo y cauterizar la herida a pesar de sus protestas. Y tal vez un día él podría hablar con serenidad de su vida feliz con un amor y un bebé.
Rick hizo los preparativos y consideró las cuatro horas en el coche con Lisa.
No iba a poder. No confiaba en sí mismo para no discutir, o peor aún, para persuadirla por la fuerza o por la seducción. El demonio se revolvía dentro de él, exigiendo una lucha a muerte, todo o nada.
Le preguntó al posadero si tenía algún caballo para alquilar, y resultó que el señor Slade guardaba tres buenos caballos en la posada a los que montaba muy rara vez. Por lo visto, Slade era un acaudalado fundidor de hierro que se había retirado al pueblo y había construido la enorme casa estucada que destacaba en el pueblo como una lápida sepulcral en un jardín. A Rick le sorprendía que el barón Sterling lo hubiera permitido.
Sin embargo para él fue muy conveniente. Le costó unos momentos convencer a Slade, pero consiguió un caballo bayo para el viaje a Londres. Más tarde tendría que pagar. El fundidor de hierro estaba encantado de que un señor local le debiera un favor. Valía el precio. Pagaría cualquier precio por el bienestar de Lisa, excepto dejarla ir.
Cuando por fin llegaron a Londres, estaba anocheciendo y la niebla y la llovizna eran la puntilla de un día lamentable.
Lisa se había pasado el viaje intentando planear diferentes maneras para obligar a Rick a aceptar que el trato había llegado a su fin, pero a cada momento se distraía ante la imagen de él a caballo.
Rick era un excelente jinete, por supuesto, fundiéndose con el caballo y manteniendo un control total. Casi todo el viaje cabalgó al lado de ella, aunque de vez en cuando se lanzaba a galopar y luego volvía animoso y sonriente. Hasta que los ojos de ambos se encontraban y volvía a adoptar aquella expresión firme y decidida.
Rick iba a luchar, y ella se estremecía sólo de pensarlo.
También la ahogaba la culpabilidad. Él era un oficial de caballería, parecía haber nacido para cabalgar y a ella nunca se le había ocurrido ofrecerle un caballo. Dejó eso de lado como un pecado venial que ya no tenía remedio, y se concentró en la amputación.
Tan pronto como bajó del carruaje y él desmontó, le dijo: —Las obligaciones de nuestro trato han llegado a su fin a partir de ahora, milord.
Él palideció haciendo que la cicatriz de la mejilla destacara con fuerza, pero dijo:
— Aquí no, Lisa—y empezó a darle instrucciones a los mozos de cuadra para que condujeran el caballo al establo.
Ella se quedó ardiendo de vergüenza. Había soltado las palabras en plena calle.
Entró rápidamente en su casa, no como una matrona decidida, sino como un niño culpable.
Casi huyó hasta su habitación, pero él la seguiría hasta allí. Sabía que lo haría. Y no podría enfrentarse a todo aquello en un escenario tan íntimo.
¡Tenía todo el derecho de echarlo de su casa!
Claudia bajó las escaleras.— ¿Lisa? ¿Qué haces en casa? La servidumbre dijo que te ibas a tardar unos días ¿Ha pasado algo?
—He decidido acabar el trato con Lord Hunter. Así que va a marcharse.
—¿De verdad? —dijo Rick detrás de ella, y Lisa se dio la vuelta. El lacayo rondaba por allí pareciendo indeciso. Si fuera necesario, John lo echaría. Si pudiera, claro. ¿Una reyerta en el vestíbulo de su casa? ¿Cómo habían llegado las cosas hasta ese punto?
—Lisa —Era Claudia, y tenía la puerta de la sala de recibir abierta —. Tenemos que hablar.
Lisa quería negarse, pero si lo hacía, Claudia hablaría con franqueza delante de los criados. Entró en la sala y cerró la puerta.
—No interfieras, Claudia. —No puedes ser tan maleducada y comportarte de esa forma tan poco hospitalaria.
—Ya no es necesario que se quede aquí.
—¿Está curado?
A Lisa se le encogió el corazón por la incertidumbre. Anoche mismo él casi se había emborrachado. Habían pasado tantas cosas que parecía una eternidad, pero sólo había sido anoche.
—Está preparado para empezar a restaurar su casa —respondió—. Eso es lo que querías, ¿no?
Claudia la observó.
—Creo que él te hace sentir incómoda, y por eso quieres echarlo. ¿Qué ha hecho?
Lisa empezó a recorrer la sala, y luego lo admitió.
—Se me ha declarado.
—Ah. ¿Y tú que has contestado?
—Que no, por supuesto. No funcionaría.
—¿Por qué no?
—Dejando a un lado la edad y el hecho de que le soborné para hacer esto, soy estéril.
En el rostro de Claudia asomó la tristeza.
—¿Oh, y eso que importa? - el asombro en Lisa fue palpable.
—Que, que importa, él es un Lord necesita un heredero.
—No, Lisa lo que necesita es una razón para vivir y tú se la has dado. Y ahora qué vas a quitársela y lanzarlo al mundo para que se autodestruya.
—No, Claudia tu no entiendes.
—Que no entiendo Lisa, Él te hace feliz y él es feliz a tu lado que más quieres. No te das cuenta lo maravilloso que habría sido el que ustedes dos terminen juntos.
—No, no lo habría sido. Soy demasiado vieja para él. Y además Rick es... exigente. Controlador.
—Oh no Lisa no te confundas. Estás hechos el uno para el otro. Lo he pensado casi desde el principio. Te ríes con él, y te sonrojas cuando está contigo. Te ha vuelto joven otra vez. Él se mantiene estable a tu lado, está a gusto contigo. Eres su ancla. Sea como sea —añadió con energía—, no vas a echarlo de aquí, sobre todo si acabas de hacerle daño.
—Yo no le he hecho daño.
—Cualquier propuesta que se rechaza hace daño. Lord Hunter va a quedarse aquí durante los días que faltan.
—¿De quién es esta casa?
—Tuya, pero vas a cumplir lo que dijiste. No querrás estar siempre preguntándote si alguna vez él va a volver a sacar la pistola, ¿verdad?
—Él no... el no … — Lisa fulminó a Claudia con la mirada—. Eres una vieja manipuladora.
— No soy tan vieja. De hecho —añadió con una amplia y pícara sonrisa —si tu no lo quieres, quizás ponga mis miras en él. No me opongo a un poco de control en las situaciones apropiadas.
Y dicho esto salió de la sala dejando a Lisa con la boca abierta. Se dejó caer en una silla y apoyó la cabeza en el respaldo.
Doce días. Sólo doce días. Podría soportarlo.
Y doce noches, cada una de ellas una tentación. Lisa se retiró a su habitación la primera noche, pero no podía esconderse para siempre. Salió al día siguiente después del desayuno preparada para resistir la persuasión, incluso la seducción.
Él había salido.
Se sintió desanimada en vez de aliviada pero intentó tener un día normal, la clase de día que había disfrutado antes de conocer al Demonio Hunter, la clase de día que llenaría el resto de su vida.
Su ausencia la acompañó como un fantasma gris.
Cuando visitó Crown and Mitchell para ver uno de los nuevos fogones de cocina, se giró para pedirle su opinión. Cuando encontró un libro que había estado esperando que estuviera disponible, esperó compartirlo con él. Cuando ojeó el montón de invitaciones, pensó en cuál le gustaría más a él.
No quiso acudir a los diferentes acontecimientos sociales. La gente notaría la falta del anillo. Después de un momento lo sacó del bolsillo y se lo volvió a deslizar en el dedo. Todavía era pequeño y sin brillo, pero precioso. Tenía derecho a guardarlo, y lo haría.
Nunca lo volvería a llevar puesto, se lo quitó y lo metió en el bolsillo. Tenía remordimientos por su debilidad, pero era algo que le recordaría a Rick durante el resto de su vida.
Rick fue a la casa de Roy. Sabia que a esa hora se encontraba en casa y si no lo esperaría.
—Me preguntaba cuando vendrías, te espere el día de ayer ¿Hay algún problema? —preguntó Roy al cerrar la puerta. Lo conocía lo bastante para darse cuenta enseguida. Estaban en el salón privado, cómodo y con una decoración sencilla. Rick tuvo la frívola idea que este salón hubiera sido un lujo durante los años de campaña. A pesar del peligro y la muerte, la vida había sido más fácil en aquel entonces.
Había venido aquí para conseguir la ayuda de Roy, pero en realidad lo que deseaba era negar la realidad en vez de poner en palabras la situación.
—Lisa ha decidido que no quiere casarse conmigo.
—Ah. Seré sincero y diré que no lo siento.
—¿Por qué? —Rick podría haber dicho otra cosa, palabras más amargas, incluso podría haberle dado un puñetazo, pero mantuvo la calma —. Sólo la viste una vez y le dijiste unas cuantas cosas. ¿Qué maldita razón tenías para intentar interponerte entre nosotros?
Bien, ya se había acabado la calma.
Roy permaneció tranquilo, pero Rick vio como cambiaba ligeramente de posición para estar preparado para el ataque. No podía creérselo. ¿Es que todo en su vida iba a venirse abajo?
— No he intentado interponerme entre vosotros —dijo Roy con serenidad—. Aunque podría. No iba a hablar de esto, pero quizás te ayude a aceptar lo afortunado que has sido al escapar. Ya te había dicho que su marido estuvo involucrado en negocios turbios. Tenía otras sospechas que he confirmado con algunas averiguaciones que hice ayer.
—¿Has estado haciendo averiguaciones sobre Lisa? —Rick notaba las palabras en la boca como hielo, como fuego—. ¿Cómo te atreves?
—Por supuesto que me atrevo. No podía dejar que te casaras con una mujer así sin...
—¿Una mujer así?
Roy retrocedió, levantando una mano, con los ojos clavados en Rick como si éste fuera un animal de presa.
—Escúchame hasta el final antes de darme un puñetazo.
Rick inspiró profundamente.
—Habla.
—Riber tenía los dedos metidos en muchas tartas podridas, incluyendo inversiones altamente especulativas. Era el socio principal de la inversión que arruinó a tu padre. Salió indemne, era lo que siempre hacía, dejando que tu padre soportara toda la pérdida. Es como si hubiera sido él el que puso la pistola en la cabeza de tu padre, Rick. No sé a qué está jugando su viuda, pero...
—¿Eso es todo?
—¿Qué?
—¿Esas son todas tus pruebas?
Por una vez, Roy parecía vacilar.
— Sí.
Rick sintió como los músculos se le relajaban, cómo los tendones perdían la tensión.
— Lisa ya me lo había dicho. ¿Por qué la he de culpar por el deshonor de su marido?
—Es obvio que ella lo sabía.
—Dijo que lo averiguó después de la muerte de Riber, al repasar sus papeles y sus cuentas. Y le creo, Roy.
Roy no parecía aliviado, pero dijo:
— Entonces me alegro por ti. Salvo que al parecer ella te ha echado.
Con tantos asuntos pendientes entre ellos, Rick no quería exponer aún más a Lisa, pero si no lo hacía no conseguiría nada, y necesitaba la ayuda de Roy.
—El compromiso era una farsa. Lisa me contrató para que simulara que era su prometido durante seis semanas. Dijo que era para protegerse de los cazadores de dotes, pero como al final descubrí, fue para devolverme el dinero que mi padre perdió en esa inversión.
—Así que a fin de cuentas todo era una farsa —dijo Roy, pareciendo bastante más alegre—. Las seis semanas deben estar a punto de terminar y podrás restaurar Stynings. Bien está lo que bien acaba.
—Excepto porque la amo. Ayer la lleve a Steyning y comprendí que ese lugar no significará nada para mí sin ella a mi lado. Le pedí que se casara conmigo y ella se negó. No voy a aceptar un no por respuesta.
—Pues yo diría que no te queda más remedio.
—Puedo luchar. Eso al menos puedo hacerlo bien.
—¡Maldita sea, Rick, si la mujer no te quiere, no te quiere!
—La amo, y creo que ella también me ama, aunque no lo admita.
—¿Me estrangularás si te digo que nos engañamos con facilidad en estas cosas? Si ella te amara se casaría contigo.
—Lisa cree que la diferencia de edad tiene importancia. Pero lo más importante es que cree que es estéril.
—Ah. La señora Riber no ha tenido hijos. Demuestra tener honor. El linaje moriría contigo.
—¡Pues qué muera! ¿En qué diablos va a cambiar eso al mundo? Pero nunca la convenceré de que se case conmigo mientras crea que es verdad —Se dejó caer en una silla—. El caso es que no estoy seguro que sea verdad, Roy. No quiero alentar falsas esperanzas, pero quiero que por una vez uses un poco tu talento de investigador.
Roy se quedó allí de pie, muy quieto.
—Eres condenadamente grosero teniendo en cuenta que me estás pidiendo un favor.
Aquella repentina frialdad sobresaltó a Rick haciendo que recuperara el control.
—Maldición, sí que lo soy —alzó los ojos para mirar a su amigo—. ¿Has estado enamorado alguna vez?
—Creo que no.
—Puede hacerte perder el sentido común así como los modales. Por eso necesito una cabeza fría para investigar los asuntos íntimos de Karl Riber y sus bastardos —Intentó sonreír—. ¿En nombre del pasado?
Roy le levantó de la silla y le dio un breve abrazo.
—Por el pasado, por el presente y por el futuro, tonto. Pero te lo advierto —añadió, con una mirada firme —, te diré todo lo que encuentre, sea bueno o malo.
Rick no apartó la mirada.
—¿Acaso no ves lo maravillosa que es?
—Veo a una mujer hermosa con fuerza de carácter. Dijo que te había salvado la vida y probablemente es verdad.
Pero eso significa que eres vulnerable a su madurez y fuerza de carácter. Rick, la primera vez que ella vino a Londres para coquetear en Almack's, tu, Max y Ben fingían que tu guardabosques era el sheriff de Nottingham, y que el toro del padre de Max era el Minotauro.
Rick se rió.
—¡Dios, pobre toro! Eres tan malo como ella, Roy. No importa. Confía en mí en esto. Sólo averigua la verdad sobre los bastardos de Riber.
—¿Y si de verdad es estéril?
Rick sonrió.
—Pues intentaré conquistarla de todos modos.
Lisa no tuvo valor para salir. No le apetecía la compañía de chismosos o los placeres frívolos, y no se sentía capaz de enfrentarse a preguntas sobre la ausencia del anillo o la ausencia del novio. Algún día tendría que hacerlo, pero todavía no, sobre todo no con él todavía en la casa.
Cada día Rick desayunaba temprano y después salía de casa, volviendo a tiempo para la cena. Ella se unía a él para cenar porque sería mezquino dejarlos hacerlo a Claudia y a él solos. Y de todas formas estaba hambrienta de los últimos restos del banquete: su imagen, el sonido de su voz, su expresión cada vez que los ojos de ambos se encontraban, el estremecimiento de cada músculo, cada hueso al recordar cuando hicieron el amor.
Cuando Claudia y ella se levantaban de la mesa del comedor él también lo hacía, pero no se unía a ellas para tomar el té en el salón. Se retiraba a su dormitorio para pasar la noche, pero siempre con una mirada que decía con tanta claridad como las palabras "Si vienes a mí otra vez, serás bienvenida". Cada noche que ella no aceptar aquella invitación era otro Waterloo.
Contaba los días que faltaban para que esa tortura acabara, y contaba las noches como el principio de una eternidad sin él.
Y llegó la última noche, el último buenas noches, la última mirada a través de la mesa del comedor. Hunter había anunciado que al día siguiente volvería a Steynings para empezar a trabajar en él.
Lisa se levantó, pero se quedó allí parada con una mano en el respaldo de la silla como si se le hubiera quedado pegada. La escena final. No podría soportarlo. Pero debía hacerlo.
Cortésmente, él también se había puesto en pie, separado de ella por la amplia mesa y un centro precioso de flores de primavera.
Lisa había tenido mucho tiempo para arreglar las flores.
—Esperaba que cambiaras de opinión —dijo Rick con voz queda—. Me he sentido tentado a forzarte. Quizás habría fracasado de todas formas, y he logrado contenerme. Pero hay palabras que podría decirte, cosas que podría mostrarte y que podrían cambiarlo todo.
Lisa echó una mirada a un lado y comprendió que Claudia se había marchado para darles privacidad . El corazón le dio un vuelco, latiendo con rapidez.
—No veo cómo —Era débil, porque no podía continuar. Ahora que el final había llegado, no podía enfrentarse a ello.
—Las cosas y las palabras no importan —continuó él—. Todo se reduce al amor. Te amo, Lisa, mi amor es profundo y real. Estoy seguro de ello. Pero no sé si tú me amas lo suficiente para arriesgarte.
Un corazón que se rompe era la prueba, ¿verdad? Estaba claro que un corazón roto no era visible.
—¿Qué palabras, qué cosas? —susurró ella con la boca seca.
—Palabras vagas y cosas volátiles. Es el amor lo que cuenta. Ven a mí, Lisa, y hablemos de amor, y quizás podamos luchar uno al lado del otro. Si no, no hay razón para continuar, ¿verdad? Y pase lo que pase, me iré mañana a no ser que me pidas
que me quede.
Y salió del cuarto, esbelto, ágil y hermoso. Su joven, hermoso y querido demonio, al que no debería amar, pero al que amaba más que a su propia vida. Las palabras no podían borrar la diferencia de edad entre ellos. Ninguna cosa podía volver fértil su matriz.
Entonces Lisa se dio la vuelta y subió las escaleras corriendo. Ignorando todo incluso los latidos de su propio corazón y abrió la puerta de la habitación de él.
—¿Qué palabras? ¿Qué cosas? —gritó—. ¿Por qué haces esto? No se puede cambiar la realidad.
Rick cerró rápidamente la puerta, y luego la atrancó.
—¿Por qué? Porque soy el Demonio Hunter, por supuesto, y tú eres mi última y desesperada esperanza. ¿Me amas, Lisa? ¿O el fuego sólo me abrasa a mí?
Ella se quedó allí de pie, mirándolo, resistiendo, resistiendo...
—Te amo, Rick. Pero no te das cuenta de que... Él la cogió en brazos y la llevó a la cama.
Ella se rindió al mismo tiempo que se ponía a llorar.
—No, Rick. ¡Eso no hará que cambie de opinión!
Aún así, ya estaba lista, lista para ser tomada en una tormenta violenta que borraría la realidad por un corto espacio de tiempo.
Pero él la posó con suavidad en la cama y se sentó a su lado.—Esto no es parte de la batalla. Déjame amarte, Lisa, una última vez. Dime lo que quieres esta noche.
A ti, ahora, ardiente, duro y rápido. Pero esta sería la última vez, así que dijo:
—Muéstrame el amor suave que me prometiste una vez, Rick. Y no te preocupes si lloro.
Él sonrió y empezó a desnudarla, valorando cada centímetro revelado de su cuerpo con una caricia y un beso, de modo que todos y cada uno de ellos se sintieran adorados. La lujuria empezó a despertarse y el fuego a quemar, pero la suavidad lo envolvía todo así que ella sólo pudo yacer allí y mirar cuando él se quitó la ropa y se acostó junto a ella, piel contra piel, en la cama.
Lisa tenía miedo de que así no surtiera efecto, que la suavidad la dejara temblando de necesidad, que quedara decepcionada, pero Rick la arrastró con la ternura, con la adoración, en un lento crescendo hacia un cielo que ella nunca había sabido ni que existiera...
Y lloró, aunque no era ésa su intención, lloró intensamente entre sus brazos, sobre el pecho desnudo del demonio, porque la suavidad se le había grabado en el alma con más fuerza que la pasión violenta, y el pensar en perderla fue como si le desgarraran el corazón.
Rick le acariciaba el pelo, sabiendo, al parecer, que aquellas eran lágrimas que tenían que ser derramadas.
— Dime otra vez que me amas, Lisa. Por favor. Imposible negarlo ahora. Así que tragó saliva y dijo:
—Te amo, Rick. Pero eso no cambia nada.
Él la empujó hacia atrás y la miró sonriendo, una sonrisa dichosa que la hizo querer llorar otra vez, pero con amargura.
—No trates de negar los hechos, por favor —le pidió ella—. ¡Cuando me casé con Riber, casi a punto de quedarme para vestir santos, tú eras un colegial desastrado!
Él movió la cabeza con aire de resignación.
—Primero centrémonos en las cosas que importan
