¡Hola! Lamento la tardanza, tuve problemas con mi compañía de Internet. x_x Durante ese tiempo estuve escribiendo un par de Capis que espero que sean de su agrado. 3 Poco a poco van apareciendo mucho más personajes, espero sus opiniones. uwu
Kikyou.
En el límite de la Aldea le esperaba la Sarcerdotisa Minoka, en compañía de sus aprendices, aldeanos, guerreros y su hermana menor, Kaede. Todos y cada uno de ellos le esperaban luego de presenciar la mayor concentración de monstruos que hubiesen visto en días, y a juzgar por sus armas, era notorio que habían formado un pequeño grupo para ir en su búsqueda. Sin embargo, parecían paralizados. Ni siquiera su superior podía entender por qué un Youkai notoriamente poderoso estaba llevándola en sus brazos por voluntad propia, y no era algo que pudiera rechistarles. ¿Qué había llevado a Sesshomaru ayudarla de esa forma? El hombre la dejó con cuidado en el suelo, indiferente a los varios pares de ojos que le miraban de forma acusadora.
— No tenías por qué hacerlo... — Sesshomaru clavó sus orbes ambarinos sobre ella sin emitir palabra alguna. Había algo en su mirada, algo totalmente indescifrable. — Pero te lo agradezco.
Se dio media vuelta en silencio para regresar una vez más al Bosque, no sin antes dedicarle una última mirada cargada de... ¿Frialdad? Kikyou necesitó apoyarse una vez más sobre su arco para mantenerse de pie, pero para cuando echó una última mirada hacia atrás, Sesshomaru había desaparecido en la inmensidad verdosa.
— Sacerdotisa! — Exclamaron varios de los aldeanos que le ayudaban a sujetarse, inmersos en susurros.
— Señorita Kikyou. ¿Por qué ese demonio la ha traído hasta aquí? ¿Está usted bien? —
— ¿Han visto sus garras? ¡Estaban llenas de sangre! —
— Se dice que los que tienen forma humana son de lo más peligrosos. Debemos estar alerta —
— Pero. ¿Quién era? —
Todos y cada uno de ellos le acompañaron hasta el templo, emulando preguntas que Kikyou prefería responder de forma vaga y superficial. Su cansancio era notorio incluso en su andar, el cual era lento y extremadamente pausado. Quizás fue esa la razón por la cual la anciana Minoka prefirió guardar silencio al igual que su hermana menor Kaede, quien le lanzaba miradas curiosas una y otra vez Pero no estaba lista para abordar dicho tema. ¿Qué podría contarles cuando ni siquiera ella sabía nada de ese hombre? Para cuando llegaron al pie del templo, un aldeano medianamente robusto estuvo a punto de formular otra pregunta antes de ser callado por la Sacerdotisa Minoka, quien alzó una mano en señal de silencio a los pies de la escalera.
— La Sacerdotisa Kikyou ha regresado sana y salva; lo que ahora necesita es descansar. —
Algunos insistieron, pero rápidamente optaron por asentir. En su pequeña aldea el respeto era vital, de modo que todos y cada uno de los presentes se retiraron paulatinamente, no sin antes cerciorarse de su bienestar una última vez. Kikyou sonreía en tanto disipaba sus preocupaciones, pero su cansancio era innegable Y para cuando llegaron a la entrada del templo, la sacerdotisa se permitió caer sobre el suelo.
— ¡Hermana! —
— Ha sido una gran batalla, utilizaste toda tu energía. —
— Podría decirse que sí, pero la Perla está a salvo. —
— Habrías muerto de no ser por él. — Kikyou alzó su mirada hacia ella, cuyo rostro permanecía serio e impasible. —
— ¿Está diciendo que no confía en mis poderes? —
— ¡Estoy diciendo que cometiste una imprudencia! ¿Qué es lo que se supone que fuiste a hacer en ese bosque? —
— Tenía que descubrir sus intenciones, así que lo seguí. — Pero comprendía su punto de vista, aquello era inaceptable. — No me hará daño. — ¿Pero cómo es que lo sabía? —
— ¿Entonces confías en un Youkai? —
— Ya es suficiente. — Kikyou se colocó de pie, notoriamente irritada. ¿Es que estaban cuestionando su lealtad? — La Perla está a salvo, es todo lo que importa. —
—Kikyou... —
— Lo mataré si es que significa una amenaza, pero por ahora no es nada más que un conocido. Vámonos, Kaede. — La pequeña se acercó a paso lento, intercambiando mirada entre ambas. —
— Nada bueno te deparará si entregas tu confianza, o tu corazón. — Murmuró la anciana mientras la Sacerdotisa avanzaba hacia el templo. — Tu misión es proteger la Perla y mantener su pureza, nunca lo olvides. —
Kikyou le dedicó una última mirada antes de asentir y adentrarse en el Templo en compañía de su hermana. Una vez allí, se descolgó la Perla de su cuello y la colocó sobre el altar que se alzaba en el centro, desde donde emitía una luz tan cálida como pura.
— Hermana. ¿Qué pasará si entregas tu corazón? —
— Me convertiría en un ser vulnerable. — Se volvió hacia ella, dedicándole una sonrisa leve. — El amor es un sentimiento puro, pero al mismo tiempo te deja expuesto ante la persona que amas Y esa persona podría lastimarte, podría oscurecer tu corazón. —
— Ya veo... —
— ¿De qué temes? No soy capaz de amar... Así que la Perla estar siempre a salvo. — Sonrió una vez más. —
— ¡No es eso, yo quiero que te enamores! —
— ¿Cómo? —
— ¡Por culpa de tu deber nunca puedes ser feliz, no es justo que no puedas ser una chica normal! —
— Pero Kaede. ¿Es que no lo ves? Soy plenamente feliz. — Kikyou se arrodilló a su lado para tomarla por sus hombros, en un intento por reconfortarla. Decía la verdad, su amor por Kaede era su principal motivo para ser quien era. — Mañana iremos por hierbas medicinales. ¿De acuerdo? Luego de que atienda las heridas de Onigumo. —
— ¿Qué? ¿Otra vez? Él no me agrada, hermana... —
— Lo sé, pero no le queda mucho tiempo de vida, es lo menos que puedo hacer. — Se colocó de pie una vez más, observando momentáneamente. Su pequeña hermana estaba creciendo, y se estaba perdiendo esos dichosos momentos. — Vámonos a casa. —
[...]
Sintió su presencia incluso antes de llegar a la entrada de la Guarida. Sesshomaru estaba de pie en el prado, observando la pequeña cueva rocosa con un gesto indiferente, casi aburrido. Le acompañaba, por supuesto, su pequeño acompañante, quien a diferencia de su amo parecía notoriamente alterado por toda la energía maligna que se congregaba en la zona. Ambos dirigieron su vista hacia ella en cuanto arribó, deteniéndose justo al lado de la entrada de la cueva.
— ¿Por qué lo haces? — Cuestionó Sesshomaru, observándola.
— ¿Hacer qué? —
— Cuidar de un moribundo despreciable. ¿Qué tiene de especial? —
— Tan solo siento compasión por él. — La Sacerdotisa se arrodilló ante la peque a cueva, observando el cuerpo vendado y quemado del bandido Onigumo. Se asombró al percatarse de que éste se hallaba despierto, y le miraba fijamente con sus ojos rojizos. — Está despierto. Será mejor que aguardes aquí. —
— ¿Con quién estás hablando, Kikyou...? — La voz rasposa del bandido resonó por la cueva, y había una pizca de amargura en su tono completamente notoria. —
— No te acerques a él, mujer. — Kikyou le dedicó una última mirada al Youkai... Y fue cuando por primera vez, desde que le conocía, observó un genuino semblante de molestia. ¿Qué era lo que le afligía? —
— No puedo abandonarlo... Además, lo estabas buscando. ¿No es así? — Y entonces se adentró en la pequeña cueva, la cual emanaba distintos olores de muerte y azufre. Al lado del bandido, inmóvil, yacía una pequeña cesta con hierbas medicinales.
— Te hice una pregunta, Kikyou. ¿Quién es él? ¿Por qué lo has traído hasta aquí? —
— Si continúas hablando se esparcirán tus heridas, Onigumo. —
— Está mirándome. — La vista del bandido se desvió hacia la entrada, de modo que lo siguió. Sesshomaru observaba al hombre de manera fija, casi como si estuviera leyendo su rostro. Por último, le dedicó una última mirada a ella antes de darse la vuelta: Se había ido. —
— ¿Qué es lo que temes? — Pero entonces guardó silencio, observando de manera fija el techo rocoso que se alzaba ante ambos.
Onigumo no era más que un humano moribundo, quien además, no podía utilizar su cuerpo nuevamente. ¿Qué era lo que intentaba decirle Sesshomaru? Y esa mirada... ¿Estaba preocupado por ella? Kikyou atendió las heridas del bandido en silencio, rememorando la forma en que Sesshomaru la había ayudado en el bosque para luego llevarla a la aldea en sus brazos. No sabía por qué lo había hecho, pero lo cierto es que tampoco se lo había impedido. De alguna forma, le había agradado, por primera vez, ser protegida de esa forma por otro ser. ¿Se estaba volviendo débil? Sus labios se curvaron en una sonrisa frágil, veloz, que borró tan rápido como pudo.
— De verdad te agrada ese sujeto, Kikyou. Esta es la primera vez que te veo sonreír. —
— ¿Ah sí? Lo siento, trataré de sonreír seguido. — Le dedicó una última sonrisa dulce antes de colocarse de pie, alzando consigo la canasta vacía. — Por ahora descansa. No debiste hablar demasiado, se han agrietado tus heridas... Volveré mañana. —
El bandido enmudeció sin siquiera mirarla, de modo que se marchó una vez más hacia la aldea. La presencia de Sesshomaru no estaba presente, y se asombró al descubrir la forma en que eso le desconcertaba. ¿Qué es lo que trataba de decirle su corazón?
— As que tú eres Kikyou. ¿No es así? —
Aquella voz venía desde la oscuridad, desde algún punto de un árbol cercano. La mujer aguardó en silencio, indiferente, pues no presentía ningún tipo de peligro mayor. Sin embargo, parpadeó repetidas veces en cuanto un sujeto de cabello plateado emergió de la oscuridad. Llevaba sus garras en alto, y con una sonrisa de medio lado cargada de malicia. El parecido con Sesshomaru era un tanto abrumador, a diferencia de que éste sujeto pose a un rostro más humano, inocente, salvaje.
— Será mejor que me entregues la Perla de Shikon si no quieres ser descuartizada por mis garras. —
