¡Holi! Primero que nada muchísimas gracias por haber llegado hasta aquí, como escritora me complace saber que he capturado su curiosidad con esta historia. 3 Espero también que les agrade el drama porque es lo que se viene. (? Okno. ¡Besos! Espero leer sus opiniones más seguido. ^^
Inuyasha.
Avanzó a paso firme hasta detenerse a un par de metros de ella, aguardando. Emitía un olor suave, pero apestaba a humana. ¿Y ella había sido la causante de asesinar a todos los Youkais de la zona? Se permitió ladear el rostro y observarla con detenimiento, pero viera como la viera, no había nada de especial en ella.
— Muy bien, pero... ¿Por qué un demonio como tú la necesita? Te ves lo suficientemente fuerte. —
— ¡Cállate! — Avanzó una vez más en tanto ella se giraba hacia él. Su rostro no parecía denotar miedo en lo absoluto, aquello era inusual. — ¿Qué tonterías estás preguntando? ¡Entrégame la Perla! —
— Lamento decepcionarte, pero no tengo la Perla conmigo. — La mujer colocó la canasta que llevaba en el suelo. Se percató de que estaba completamente desarmada. ¿Qué clase de idiota era? — Y aunque la tuviera, no veo motivo real por el cual deba dártela. —
— ¿Cómo dices? —
— Escucha, no deseo matarte. — El hecho de que su rostro estuviera sereno le irritaba con creces, además de la ridiculez que salía por su boca. — Márchate, demonio. ¿O debería decir... Hanyou? —
Inuyasha arqueó una ceja al mismo tiempo que ella sonreía de lado. ¿Quién demonios era esa mujer? ¿Cómo podía saber algo así? Algo en su instinto constantemente le advertía que sería un error atacarla, incluso cuando ella no tenía nada más que a sí misma para defenderse. De modo que se atrevió a avanzar mientras ella retrocedía, y casi podía sentir el peso sobrehumano que le estaba costando dar cada paso: Había una fuerza reteniendo sus habilidades, algo más allá de los físico o lo visible. Inuyasha alargó un brazo en su intento por llegar hasta ella, pero no había forma de lograrlo: Era demasiado fuerte.
— ¿Qué es lo que estás haciéndome? ¡Si vas a matarme hazlo ahora! —
Pero ella se limitó a girarse, no sin antes recoger una vez más la cesta vacía a sus pies. No dijo nada más mientras se marchaba, pero retiró un pequeño pergamino de sus ropas y lo partió en dos, y fue entonces cuando tuvo una vez más el control de su cuerpo. Esa mujer llamada Kikyou pudo simplemente matarlo allí mismo, pero prefirió marcharse, dejándolo atrás como si se tratara de un ser inferior. Inuyasha gruñó por lo bajo antes de marcharse una vez más, dispuesto a acabar con ella en otra oportunidad.
[...]
Lo intentó una semana más tarde, desde donde la atacó por la espalda en vano, pues iba armada y le detuvo con una flecha en su hombro. Días después contraatacó con una ofensiva mucho más directa, pero volvió a fracasar con tanta facilidad que resultaba humillante, irritante, agotador. Sus brazos eran la viva prueba del poder incesante de Kikyou, pues en ellos yacían las diferentes heridas que les habían perpetuado sus flechas purificadoras. Quemaban, pero no tanto como quemaba su orgullo. ¿Cómo es que no podía herir a una humana? Podía simplemente arrasar con su aldea, pero no servir a de nada si no podía asesinarla primero a ella. Aquello se había convertido casi en una necesidad, casi su obsesión.
Lo intentó una vez más en un atardecer de marzo, cuando ella se dirigía una vez más a la cueva rocosa que yacía en las afueras de su aldea. Volvía a estar desarmada, pero el hecho de que estuviese siendo acompañada por alguien más le causaba ruido, especialmente cuando se trataba de él. Aquello le era completamente irreal, ilógico, y un tanto grotesco. Al principio le pareció que se trataba de una treta, pero en cuanto ella descendió por la cueva y él se giró para encararle con aquella mirada de profundo desprecio, aceptó que se trataba realmente de su hermano mayor, Sesshomaru.
Inuyasha aguardó a los pies del pequeño riachuelo que corría en la zona, y se mantuvo allí en tanto él se acercaba sin retirar aquel semblante de grandeza que tanto detestaba. Se colocó en guardia, siempre sabía cómo acababan sus encuentros.
— Con que aún sigues con vida, Inuyasha. —
— ¿Qué es lo que estás haciendo con una humana? —
— No veo como eso pueda ser de tu interés. — Inuyasha aguardó, pero era notorio que no iba a responder mucho más. No era un buen presagio que Sesshomaru se encontrara cerca. — Lárgate ahora, no tengo deseos de ensuciar mis garras contigo —
— ¡Ja! Maldito. ¿Crees que temo enfrentarte? — Inuyasha dibujó una sonrisa de completa ironía antes de flexionar sus dedos: Estaba deseando enfrentarse a él de una vez por todas. — ¡Te mataré y luego me desharé de Kikyou de una vez por todas! —
En un movimiento rápido arremetió contra él y logró enterrar sus garras en la piel de su estómago, pero aquello no pareció inmutarlo en lo absoluto al demonio. Por el contrario, éste le lanzó un puñetazo en el rostro que le hizo retroceder un par de pasos hasta caer de espaldas sobre la tierra, haciéndole maldecir por lo bajo. Para cuando se colocó de pie nuevamente, Sesshomaru ya se encontraba enfrente de él para propinarle otro golpe que logró esquivar con un salto. Durante esos breves segundos, el rostro de Sesshomaru se había contorsionado en un gesto de genuina irritación.
— Ya veo, es esa mujer. ¿No es así? Estás usándola para algo. — Inuyasha retrocedió, expandiendo su sonrisa poco a poco. — Si la mato antes de... — Pero antes de terminar aquella oración, el Youkai se giró hacia él para asestarle un nuevo golpe, el cual le hizo retroceder hasta chocar estrepitosamente contra la pequeña cueva. Inuyasha palpó su herida al mismo tiempo que su sonrisa crecía: Hab a dado con su punto débil. —
— No seas ingenuo, Inuyasha. No eres más que un híbrido. — Sesshomaru volvía a estar sereno, convencido de su victoria. — Tus estúpidos intentos no han sido más que fracasos que eventualmente te llevarán a la muerte. —
— Cierra la boca, imbécil. Esa mujer se ha vuelto importante para ti. ¿Quién lo diría? — Inuyasha se colocó a pie lentamente, la idea le era extremadamente hilarante. — Encariñarte con la especie que más aborreces parece algo hipócrita incluso para ti. —
Sesshomaru enmudeció, adoptando su habitual semblante inexpresivo. En ese momento la Sacerdotisa emergió de la cueva en silencio, y fue entonces cuando se percató de la abominable energía que se congregaba desde el interior de la cueva, además del inconfundible hedor a muerte. Sin embargo, lo que verdaderamente captó su atención fue el semblante de Kikyou, quien observaba a ambos casi en forma de súplica. Aquello le hizo bajar la guardia a una velocidad alarmante.
— Onigumo está muerto. Su cuerpo ha... — Inuyasha se permitió observar dentro, no sin antes ocultar su nariz con su ropaje. Dentro solo había una camilla de hojas vacía y una perpetua esencia maligna que pululaba todo el recinto, como si miles de fuerzas intentaran destruir todo lo que estuviese dentro. Casi sin pensarlo, Inuyasha cogió a la mujer en sus brazos hasta sacarla del lugar para luego retroceder considerablemente hacia atrás: Algo no estaba bien, y quien sea que se tratara de Onigumo no se encontraba realmente muerto.
— ¿Inuyasha...? — Esa era la primera vez que ella mencionaba su nombre, de modo que la observó justo en el momento en el que se percató de que la sostenía. Rápidamente la colocó sobre el suelo antes de marcharse del lugar, y lo mismo hicieron los pocos Youkais que se resguardaban en la zona. Había algo que definitivamente no estaba bien, pero. ¿Qué era? Cualquier ser vivo que estuviese dentro de su núcleo moriría en cuestión de segundos. Durante breves segundos, Inuyasha sintió una punzada de culpa por haberla dejado con Sesshomaru, pues aquello solo significaba su muerte segura.
¿Por qué constantemente se preocupaba por los humanos? El híbrido se internó en la zona montañosa de la aldea, gruñendo ante su propia debilidad.
