—¡No, hombre, señorita Granger, así no va a ganar la competición! —Dijo Slughorn, que parecía estar pasándoselo muy bien.
Hermione solo atinó a parpadear un par de veces en señal de respuesta.
— Scourgify —lanzó el profesor, y todo volvió impecable a su sitio tal y como estaba—. Continúen trabajando, solo quedan quince minutos para saber quién es el ganador, y el señor Potter va en cabeza.
Hermione se quedó estática mientras sus compañeros seguían como si nada, excepto Harry, que estaba a medio camino entre elaborar la poción y echarle un ojo preocupado, pero ella no podía atender a eso ahora, necesitaba aclarar sus pensamientos primero, porque o se había vuelto loca o Severus Snape acababa de estar hacía un segundo en su cabeza. Por favor, pidió silenciosamente, que sea lo primero.
Cuando le preguntó a Dumbledore si pensaba que había alguna forma de comunicarse con él definitivamente no esperaba algo como esto.
—Si no va a atender a la clase al menos haga algo útil y salga del aula para que podamos mantener una conversación.
Ahí estaba otra vez. Era como tener una nueva y siseante voz interior.
—¿Profesor Snape? —Preguntó mentalmente, aun incrédula.
La pregunta le sonó terriblemente estúpida dos segundos después.
—No, señorita Granger, soy Ginevra Weasley, he venido a tener un agradable parloteo intrascendente con usted —respondió sarcástico.
Hermione empezaba a estar muy cerca de perder la paciencia.
Severus estaba peligrosamente cerca de perder la paciencia. Se acababa de despertar dentro de lo que parecía ser un objeto mágicamente encantando y supuso que estaba ahí porque el Protego que había conjurado en su última cruzada con sus amiguitos los mortífagos había resultado bien y a la vez no.
Solo bajó la guardia un segundo, solo un maldito segundo, y había sido suficiente para acabar reducido a un alma sin cuerpo.
Cuando comprendió que estaba en el dedo de Hermione Granger deseó con todas sus fuerzas que el Protego hubiese fallado.
Estaba seguro de que el bueno de Albus había rescatado lo que quedaba de su esencia y la había incrustado en un anillo, puesto que el muy bastardo no iba a dejarle morir en paz hasta que no acabase de jugar su papel, tenía que exprimir hasta la última gota de su aliento.
Iba a matar a Dumbledore por hacerle esto, y ya no solo como parte de su misión.
—Profesor Slughorn —dijo Hermione mientras alzaba la mano— ¿Puedo salir fuera un momento? No me encuentro muy bien.
—Claro, claro, vaya.
Hermione se dirigió hacia el único lugar donde se sentía más segura que en su propio dormitorio: la biblioteca. Al menos el profesor Snape estaba teniendo la decencia de esperar a que se sentase para hablar con ella, pero no perdió ni un segundo más del necesario.
—Bien, señorita Granger, creo que no me equivoco al suponer que a ambos nos produce exactamente la misma cantidad de alegría estar en esta situación, así que cuanto antes volvamos a la normalidad mejor para todos.
Hermione no podía verlo, pero por la forma en la que su voz dejaba arrastrar las palabras sabía exactamente la expresión de profundo desagrado que estaría poniendo.
—¿Conoce algún tipo de encantamiento o poción que pueda ayudarnos?
—Me temo que estoy más… versado en otro tipo de conocimientos. Sería mucho más sencillo si dispusiera de mi propio cuerpo, pero ahora mismo tendremos que conformarnos con el suyo.
Hermione decidió que no iba a tolerar más aquello, si iban a estar condenados a entenderse durante un tiempo Snape tendría que reducir considerablemente el nivel de insultos. Una cosa era guardarle respeto a su profesor, y otra era dejarse avasallar por él las veinticuatro horas del día.
—Lamento que no sea de su agrado, señor. Nos hubiera ahorrado muchos problemas que su subconsciente no hubiera elegido mi dedo para acomodarse en él. —respondió mordaz.
Snape enmudeció de repente. ¿Cómo se atrevía? ¿Qué ÉL la había elegido a ELLA? Debía ser algún tipo de broma. Él no hubiera elegido voluntariamente ningún tipo de contacto con ningún humano, ni consciente ni inconscientemente. Lo único que quería era cumplir con el juramento inquebrantable, que el Señor Tenebroso pagase con su vida por lo que le hizo a Lily, y poder morir amargamente pero en paz.
Hermione sintió de repente cómo el anillo apretaba levemente su dedo. Snape estaba enfadado, así que el objeto transmitía sus emociones, pero se guardó de decirlo por el momento.
—Cuénteme desde el principio lo que ha sucedido, señorita Granger. Por una vez puede aburrirme con los detalles—respondió Snape seco.
Hermione le contó todo lo que había pasado desde el inicio de curso, sin ahorrarse una sola palabra que considerase relevante, y Severus escuchó sin interrumpir, preguntándose silenciosamente por qué su alma la habría escogido a ella.
—Y eso es todo, profesor.
—Bien. Ahora quiero que vaya a la sección de transfiguración, y busque cualquier tomo con relación entre cuerpo y materia que encuentre.
—¿Puedo preguntar primero qué sucedió para que acabase usted… así?
—No —tajante—. Ahora haga lo que le digo.
Hermione suspiró. No llevaba ni medio día hablando con ella y ya la había insultado, ordenado, y exigido de varias formas diferentes. Aquello iba a ser una tortura.
—Señor, por si le sirve de algo ya busqué antes entre todos esos tomos, y no encontré nada de utilidad.
¿Ya lo había hecho? Aplicada, al menos eso jugaba a su favor. Tenía prisa por librarse de él, entonces. Eso también jugaba a su favor.
—Busque en la sección prohibida. Si no me equivoco ya está usted perfectamente familiarizada con la galería. —respondió incisivo.
—Me temo que este año han aplicado nuevas medidas de seguridad y necesito algún tipo de contraseña para entrar.
—Mefisto —dijo Snape.
—¿Qué?
—La contraseña es Mefisto, señorita Granger. Dese prisa, a algunos no nos sobra el tiempo —dijo con un deje de cansancio en la voz.
Hermione se apresuró a decir la contraseña y por arte de magia, literalmente, la sección prohibida quedó a la vista, y tras entrar, mágicamente se cerró. Recogió varios tomos entre los que ella misma consideró algunos útiles y otros que le iba recomendando Snape.
Le sorprendió la habilidad que tenía la muchacha para elegir algunos volúmenes que él habría pasado por alto y que podían ser beneficiosos. Gracias a Merlín había elegido un receptáculo capacitado para aquella tarea, no quería ni imaginarse los desastrosos resultados que hubiera tenido aquella cruzada de haber elegido a Potter su subconsciente. O peor aún, a Goyle.
Hermione pasó las siguientes seis horas enterrada entre libros, compartiendo conocimientos con Snape, ideas, e incluso a veces puntos de vista en común. En pequeños momentos puntuales la castaña casi podía sentir que él se relajaba y que hablaba sin ese constante desprecio hacia todo lo que le rodeaba, y que de alguna manera, casi la trataba como a una igual. Después de eso Snape volvía a ser él mismo, pero no pudo estar más que agradecida, puesto que aprendió más en seis horas estudiando con él de lo que hubiera aprendido en seis días de clases.
Aun así sabía que se estaba saltando todas las materias del día y una pequeña vocecita en su cabeza le mandaba señales de alarma, pero la mandó callar. Aquello era prioritario.
Al menos Snape podría haberle dicho algo al respecto, pero si estaba agradecido no dio ni la más mínima muestra de ello. Sólo la empujaba con más ahínco a la búsqueda de nuevos volúmenes, y Hermione empezaba a estar terriblemente agotada.
—Señor, ¿podemos descansar un momento?
Severus suspiró, impaciente.
—Claro, señorita Granger, no es como si mi cuerpo estuviese descomponiéndose ahora mismo en algún lugar de la enfermería.
Menudo melodramático, pensó Hermione, si Madame Pomfrey lo está cuidando estupendamente, seguro que incluso le ha lavado el pelo.
La castaña se reprochó a sí misma su falta de respeto un segundo después, pero de verdad estaba muy cansada, no le había dado tiempo a desayunar, y el profesor Snape no mostraba ninguna consideración, ni siquiera estaba segura de que se hubiera dado cuenta.
De pronto se le ocurrió que quizá no mostraba señales de preocupación porque no podía ver su estado.
—Profesor Snape —llamó— ¿usted cómo ve en esta nueva forma?
—Percibo las cosas de una manera diferente a la habitual, pero tengo una noción bastante precisa de lo que está sucediendo.
—Puede... ¿verme? —preguntó un poco avergonzada.
—Hay un leve… emborronamiento en lo que respecta a su figura ahora mismo, pero no se preocupe, señorita Granger, no difiere demasiado de la realidad—respondió con inquina.
Hermione lejos de tomarlo como un insulto comprendió que no podía culparlo, no era exactamente consciente del estado en que se encontraba. Estaba prácticamente segura de que profundas ojeras surcaban sus ojos tras haber dormido la noche anterior en la biblioteca, y que estaba completamente blanca por la falta de alimento.
—Señor, creo que…necesito….comer.
Y acto seguido un mareo repentino hizo que su cabeza diese un par de vueltas, suerte que estaba sentada o se hubiese desplomado sobre el suelo.
Una punzada de culpabilidad recorrió a Snape, quien se fustigó a sí mismo mentalmente por haber sido tan descuidado. ¿Cuántas horas llevaba la chica trabajando para él sin descanso? Ni siquiera era consciente, apenas había notado el paso de las horas mientras estudiaba posibilidades con Granger. Su percepción del tiempo estaba alterada, su deseo por volver a su cuerpo había sobrepasado todo lo demás. Incluso la salud de una alumna.
Descuidado. Imperdonable. No se trataba de matar a la chica de cansancio para librarse de ella.
—Quiero que haga exactamente todo lo que le diga. Sin preguntas, señorita Granger.
Hermione solo atinó a asentir en señal de respuesta. Estaba demasiado ocupada concentrándose en no vomitar.
—Hay un túnel secreto que va desde la sección prohibida a mis aposentos, quiero que ahora gire a la derecha en el sector "los venenos más potentes del mundo" y toque suavemente el candelabro de la pared mientras pronuncia la palabra ébano.
—Pero señor, solo necesito ir al comedor y…
—Haga lo que le digo. No cuestione.
Hermione estaba demasiado cansada, física y psicológicamente, como para discutir con él, así que hizo lo que le dijo y tras un corto paseo por un túnel se encontró de bruces nada más y nada menos con las habitaciones privadas de Snape.
Aun en su cuestionable estado estaba lo suficientemente lúcida como para saber que ningún alumno, jamás, había pisado nunca aquellos aposentos. Ese lugar era privado, e íntimo. Era parte de la esencia del profesor Snape.
La habitación estaba decorada con una pequeña vidriera llena de libros antiguos, un escritorio, un sofá verde botella en el que daban ganas de tumbarse, y un pequeño distintivo de Slytherin en la pared. Era sobrio, pero elegante. Igual que él, pensó. También había una puerta que daba a una habitación que no podía ver, pero ahora mismo su curiosidad estaba perdiendo contra su fortaleza física.
—Bien, señorita Granger, si presiona los ojos de la serpiente que hay en la pared se abrirá una pequeña alacena secreta. Ahí encontrará un vial con poción vigorizante, bébaselo. Espero no tener que recordarle el aspecto de su contenido o me aseguraré de que no apruebe pociones este año.
Hermione dejó pasar la nueva ofensa porque estaba maravillada. ¿Cuántos secretos ocultos escondería aquella sala?, podría pasar días enteros buceando en la habitación de Snape, estudiándolo todo, bebiendo de cada pequeño detalle.
Tras tomar varios sorbos de la poción se sintió muchísimo mejor, sin embargo una profunda sensación de somnolencia la envolvió al instante.
—Recuéstese en el sofá.
—Pero señor, es su... sofá —dijo mientras obedecía casi sin querer.
Su último pensamiento antes de quedarse dormida fue que Snape ya no querría volver a sentarse ahí porque la sabelotodo Hermione Granger lo había ensuciado con su presencia.
Tal y como pensaba no había sido solamente cansancio acumulado, o falta de alimento. La muchacha había estado sufriendo silenciosamente que él le robase su energía para poder seguir existiendo. No se había quejado ni una sola vez, durante seis horas.
Por un momento admiró su fortaleza. Una de dos, o realmente quería ayudarle o estaba desesperada por librarse de él. Le concedió más crédito a la segunda opción.
Pensó que a estas alturas ya estaría al borde de un ataque de nervios, pero tratar con Granger estaba siendo ligeramente menos irritante de lo que pensaba, incluso tenía algunas ideas brillantes, podía llegar a admitir que no era simple memorización lo que había en su cerebro. Definitivamente le sentaba bien perder la compañía de Potter y de Weasley, y al menos habían encontrado un par de tomos que podrían resultar útiles. Quizá había esperanza.
Lo último que escuchó antes de que su consciencia se perdiese en una especie de sopor parecido al sueño, fue una insistente voz de alarma que le pedía encarecidamente que tuviese mucho cuidado, pues tener a Hermione Granger dormida en su santuario no le estaba resultando ni siquiera un poco desagradable.
