El sol estaba escondiéndose entre las casas de los suburbios de Danville, el cielo relucía hermosos colores rojizos y las aves volaban tan alto en el cielo que apenas se podía ver sus siluetas.
Un joven de cabello castaño caminaba por la acera mientras miraba con una sonrisa un folleto.
Esa tarde, el padre de Django le dio aquel papel, diciéndole que podía llevar a cualquiera de sus amigos a la gran inauguración de su nueva galería de arte.
Django no tenía que decidir a quién llevaría, cuando su padre le dio el permiso, su mente inmediatamente pensó en la persona a quien quería invitar.
Se detuvo justo delante de la casa de Isabella. Cuando toco el timbre fue bienvenido por la madre de la chica, quien le sonrió alegremente y le ofreció pasar a la casa.
-Me alegra que vinieras Django, ¿Quieres beber un poco de te? –Ofreció amablemente la señora.
-Gracias, pero no tengo sed –Dijo –Disculpe pero ¿Isabella esta en casa?
-Ah, sí. Se encuentra en el patio, practicando.
-¿Practicando? –Cuestionó.
-Sí, las pruebas para las porristas serán dentro de unos días y por eso ella está practicando algunas maniobras –Explicó la señora García Shapiro.
Intrigado, Django se dirigió hacia el patio trasero de la casa. Y efectivamente allí encontró a Isabella, la joven estaba saltando en un pequeño trampolín, cuando estaba en el aire, daba algunas piruetas y pequeñas acrobacias.
El muchacho se acercó sin hacer el menor ruido.
-Hola Isabella.
-¿Qué? –Al escuchar su voz, se distrajo por un momento y no pudo aterrizar bien en el trampolín, su pie callo justo en el borde de metal y en consecuencia resbaló –¡AH!
-¡Isabella! – Corrió a salvarla, su intención era atraparla entre sus brazos, pero el golpe del impacto fue tan fuerte que el no pudo conservar el equilibrio y ambos cayeron al suelo.
Un gemido de dolor escapo de los labios de la chica de cabello negro. Con cuidado fue sentándose al mismo tiempo que se acariciaba la nuca.
-¿Qué fue lo que pasó? –Pregunto.
-La fuerza de la gravedad en acción, eso fue lo que pasó.
Al escuchar nuevamente esa voz, agachó la cabeza hacia la dirección donde lo escuchaba.
Como Django intentó atrapar a Isabella en modo nupcial, ella estaba en esos momentos sentada entre el vientre y la entre pierna del chico.
-¡Django! ¡Lo siento! ¡Lo siento! –Se levantó rápidamente de encima de el para luego arrodillarse a su lado –¿Estas bien? ¿Te lastime?
-No, descuida, estoy bien –Garantizó el chico de cabello castaño. Se sentó cuidadosamente en el suelo, sentía un dolor bastante fuerte en su espalda y en su cabeza, pero ignoro aquellos golpes –De hecho, soy yo el que lo siente, no debí distraerte mientras hacías algo tan difícil como una acrobacia, perdona, por poco y te lastimas.
-No, para nada –Sacudió sus manos en forma de decir que no se preocupara por eso –De hecho, me alegra que vinieras. Pensaba ir a visitarte cuando acabara de practicar.
-¿En serio? –Preguntó sonriendo ampliamente –En ese caso, me alegra mucho haber venido.
-Oye, ¿Qué es eso de allí? –Preguntó la morena, apuntando al folleto que se le cayó a Django.
-Ah sí, se me había olvidado que vine por esto –Dijo tomándolo –Esto es una propaganda para la nueva galería de mi padre que estará lista pronto.
Le entrego el papel a la chica para que lo viera.
Ella estudio la imagen empresa en el folleto por un momento, estaba el nombre del museo de arte escrito en la parte superior y el nombre del padre de su amigo en la parte inferior, junto con el nombre de su nueva galería. En el centro había varias líneas de pintura que parecía que fueron hechas con una brocha, habían muchas y eran de distintos colores, que contra restaban al fondo oscuro que había en toda la hoja.
-Papá me dijo que podía llevar a alguien conmigo para la gran inauguración y pensé si te gustaría ir.
-¿En verdad? –La chica levantó su vista del folleto para ver al muchacho.
-En verdad, así que, ¿Qué me dices?
-¡Claro! Me encantaría ir –No lo pensó, respondió de manera impulsiva pero de hecho no le importaba.
-¡Genial! –Exclamó emocionado –La inauguración será dentro de unos días, a las ocho de la tarde, así que iré a buscarte
-Muy bien, muchas gracias Django –Isabella estaba muy emocionada, nunca antes había ido a un encuentro como este, la inauguración de una galería de arte era algo muy formal. Además, era la nueva galería del padre de su mejor amigo, definitivamente tenía que ir.
-¡Isabella! ¿Tú y Django no quieren unos bocadillos? –Preguntó la madre de la adolecente.
-¡Gracias mamá! ¡Ya vamos! –Los dos se levantaron del piso y se limpiaron un poco la ropa, por haberse caído, se ensuciaron un poco por la tierra, luego de eso entraron a la casa.
Comieron unos sándwiches que preparo la señora García-Shapiro pero en esos momentos Isabella tenía la mente en otra parte.
Estaba preocupada por las pruebas para porrista.
Ella tenía una buena condición física gracias a todas las actividades que había hecho con las exploradoras cuando era niña, pero desde hace mucho tiempo que dejo de ser eso.
Y si era sincera consigo misma, su habilidad y destreza física se habían debilitado bastante con los años.
Seguía siendo buena, pero ya no tanto como antes.
Había estado practicando todo el día en el patio, pero muy pocas veces había podido hacer una buena maniobra o acrobacia, de hecho, había cometido tantos errores que estuvo a punto de accidentarse, igual que en el trampolín, si Django no hubiera estado allí para atraparla…
Él se quedó por un par de horas, pero cuando se hizo de noche tuvo que regresar a su hogar, pero le prometió a Isabella que iría a apoyarla cuando se llevaran a cabo las pruebas.
Isabella estaba sentada en el umbral de su ventana, su mirada se paseaba por la vacía calle de afuera, estaba muy oscuro y la única luz que veía era la del poste que estaba del otro lado de la calle.
Cerca de sus pies estaba Pinky el chihuahua, estaba hecho una pequeña bolita, su cabeza descansaba sobre sus patas delanteras, el resto de su cuerpo estaba enroscado en sí mismo para conservar el calor. El pequeño animal intentaba dormir, pero le era imposible, la actitud de su ama le había preocupado desde que comenzó a ser así.
Ya era bastante tarde, pero Isabella no parecía cansada en lo más mínimo, solamente mantenía su vista en el infinito vacío, sin moverse de donde estaba.
Las orejas de Pinky se movieron cuando escucho un profundo suspiro.
-Esto es imposible, no podré hacer las pruebas –La chica recogió sus piernas y las abrazo contra su pecho –No he podido hacer ni una sola pirueta bien, estuve todo el día practicando y no conseguí ningún tipo de progreso… -Finalmente desvió su vista de la ventana y posó su frente en sus brazos, ocultando su rostro entre sus rodillas.
Era imposible que calificara para el equipo de porristas. Las pruebas serian el viernes de esa misma semana, jamás lograría dominar todas esas acrobacias en tan solo unos días.
Se enteró de todo esto de las pruebas hace muy poco tiempo, si tuviera más tiempo…
-Olvídalo, no puedo. Tendré que llamarle a Django y decirle que me es imposible hacer esto –Iba a girarse para tomar su celular que descansaba sobre su mesa de noche, pero en ese momento, algo golpeo con fuerza una de sus piernas -¡Ay! ¿Pero qué…?
Al agachar su cabeza, encontró al culpable que le había golpeado. Su fiel mascota, mirándole fijamente con el ceño fuertemente fruncido.
-¿Pinky? ¿Qué haces? Eso me dolió –Iba a intentar de nuevo tomar su celular, pero nuevamente sufrió un golpe en la misma pierna -¡Auch! ¡Pinky! ¡Basta!
Pinky golpeaba la pierna de su dueña con su cabeza, tomaba algo de impulso con sus patas traseras y de un salto, le daba un cabezazo.
-¿Qué haces? –Intentó detener a Pinky, pero el perro siguió con lo mismo una y otra vez –Deja de hacer eso Pinky, ¿Por qué lo haces? ¿No quieres que llame a Django?
El chihuahua detuvo un momento sus envestidas y ladró un par de veces con fuerza.
-¿Pero qué quieres que haga? No puedo hacerlo –Sus intentos de tomar su teléfono siguieron siendo arruinados por los constantes ataques de su mascota.
Esto era ridículo.
-¡Ya es suficiente! –Se levantó y se alejó unos pasos de la ventana –No lo lograre, es imposible, ya no soy la misma de antes…
No lo era… eso era definitivo.
Ya no era esa niña sonriente y soñadora, ya no se despertaba cada mañana ansiosa de ir a buscar más insignias o salir con sus amigos. Ya no era una niña.
Ya no era Isabella García-Shapiro.
Todo en ella cambio cuando perdió a Phineas.
Ya no tenía deseos de hacer nada, no le importaba nada. Ni sus amigos, ni la escuela.
Nada.
Cabizbaja, volteo su cabeza hacia donde estaba su armario, camino hacia él y lo abrió de par en par. Se agachó para tomar una vieja caja de zapatos que estaba pegada a una esquina de su ropero. Al abrirla, revelo su vieja banda de las exploradoras, al sacarla de la caja, un poco de polvo cayo de la tela.
Se notaba la antigüedad de esa banda, estaba muy sucia y desgastada, algunos de los hilos que sostenían los parches se estaban soltando, dejando a algunas de las insignias colgando descuidadamente de un borde.
Cuando Isabella dejo de ser exploradora pensó en guardar su banda como un alegre recordatorio de sus años con su tropa, pero cuando llego a la adolescencia y su mente se enfocó solamente en su propio dolor, se olvidó por completo de ella y lo guardo en lo más profundo de su armario.
Se quedó mirando esos viejos sellos descocidos. Su mente fue recordando automáticamente como consiguió todos y cada uno a medida que su vista caía en ellos. La mayoría fueron ganados gracias al ayudar a los hermanos Flynn Fletcher, su corazón se retorció por el simple recuerdo de Phineas Flynn.
Llevó una mano a su frente mientras mostraba una mueca de frustración, hizo un esfuerzo para olvidar el rostro de aquel muchacho. Esas insignias no fueron conseguidas por ninguno de los inventos de Phineas, fueron ganadas por su esfuerzo, destreza, inteligencia y habilidad como líder de la tropa, estando Phineas Flynn involucrado o no, eso no le impedía conseguir todas y cada una de esas insignias.
Por eso ese chico de cabello rojo no debería aparecer en sus memorias.
Su mueca se transformó en una sonrisa al recordar su más grande logro como exploradora.
Fue hecha una ceremonia en la base de las niñas exploradoras para celebrar que una de sus integrantes había conseguido todas las insignias en su último año como miembro. Ella estaba en un escenario hecho totalmente de madera, habían un par de banderas con el símbolo de su tropa a ambos lados de donde se encontraba, estas estaban inclinadas una cerca de la otra para formar así una cruz.
La misma fundadora del grupo fue en persona al escenario para entregarle un trofeo de oro, media un poco menos de medio metro, tenía el símbolo de las exploradoras en el centro y el nombre de Isabella estaba escrito en la base de este.
Su madre, sus amigos y claro, las chicas de su tropa estaban en esa ceremonia, todos aplaudieron con fuerza cuando el premio fue recibido en sus manos.
Pasó sus dedos lentamente por sus insignias. Recordó la gran alegría que vivió ese día y lo orgullosa que estaba de sí misma al haberlo conseguido.
Ella era una chica decidida, cuando quiso conseguir todas las insignias, las consiguió y nada la detuvo o la hizo titubear.
Esa era la verdadera Isabella García-Shapiro.
-A pesar de todo… -Isabella levantó la cabeza, sin borrar esa sonrisa de su rostro, sus ojos mostraban algo de melancolía al recordar esos días de su infancia. Sintió como su pequeña mascota se acercaba a ella y acaricio su cabeza contra su brazo –Extraño ser la misma de antes…
Dirigió su mirada hacia su perro y le acaricio suavemente la cabeza.
Seguía acariciando a Pinky mientras sus ojos viajaron a lo largo de su banda por última vez.
Apretó con fuerza su mano, arrugando la banda en consecuencia. De golpe se puso de pie, asustando a su chihuahua que retrocedió unos pasos. Ella se dirigió rápidamente a un perchero que tenía cerca de su puerta, en el tenia colgado varios abrigos y solo un par de sombreros. Puso la banda, en el único lugar libre que tenía.
Lo contemplo por unos momentos más antes de irse por la puerta.
Perdió el control de su vida… Pero ahora tenía que recuperarlo, no podía abandonar un desafío cuando recién había comenzado, así no era ella y estaba dispuesta a recuperar su verdadero yo.
Pasó prácticamente todo lo que restaba de esa noche practicando en el patio, saco de nueva cuenta el trampolín y volvió a intentar a hacer las mismas acrobacias y piruetas de esa tarde.
Eso se volvió la rutina de todas las tarde y parte de la noche.
Después de la escuela, ella iba al patio de su casa y practicaba sin parar. Como no tenía mucho tiempo para preparase, se esmeró por mejorar.
Incluso en la escuela practicaba, en el almuerzo y cuando el equipo de futbol americano no usaba el campo, ella iba a ensayar sus piruetas. Le gustaba ir a entrenar en ese lugar, a diferencia de su patio que era demasiado pequeño, el campo de juego de la escuela era inmenso, tenía todo el espacio que necesitaba para entrenar.
Django la acompañaba a veces mientras ella entrenaba, él se impresiono por los rápidos avances que ella estaba consiguiendo y en especial, le sorprendió cuando vio aquella mirada de determinación en sus ojos, era la primera vez en mucho tiempo que veía ese brillo en ella.
Sonrió inevitablemente al notar eso.
Tal vez no era un gran cambio, pero para el chico era como ver a la antigua Isabella de nuevo.
Lo siguientes días fueron así.
Y no paró hasta que el gran día llegó.
Todas las chicas que se inscribieron para hacer la prueba se dirigieron al gimnasio. Un número considerablemente grande de muchachas estaban reunidas en ese lugar, algunas chicas llevaban unos pompones para su rutina y otras pocas tenían unos bastones.
Isabella se encontraba en medio de ese gran grupo, ella no llevaba ni pompones, ni un bastón. No había practicado con ninguna de esas cosas, pero no importaba.
No necesitaba nada de eso para hacer su prueba.
Solo un par de minutos fueron lo que todas esperaron antes de que las puertas del gimnasio fueran abiertas. Entró una mujer delgada, su cabello de color castaño oscuro era sujetado por una coleta que se amarraba en la base de su cabeza, usaba una sudadera negra con un par de líneas blancas que iniciaban desde sus hombros y acaban en sus muñecas, usaba unos pantalones holgados y algo deteriorados de color azul y unos zapatos deportivos grises. Tenía un silbato colgando en su cuello.
En sus manos tenía unos papeles los cuales ojeaba mientras caminaba hacia las muchachas.
Varias de las adolescentes susurraban entre ellas mientras que se escuchaban los pazos de la entrenadora, haciéndose más y más fuertes a medida que se acercaba.
Todas se callaron de golpe cuando el agudo sonido de un silbato hizo eco en el salón.
-¡Muy bien señoritas! Yo soy la entrenadora de las porristas. Iré directo al grano, solo aceptare a diez de ustedes en mi equipo, así que quiero que den su mejor esfuerzo para demostrarme que valen para formar parte de este equipo. Espero que haya quedado claro –El tono de su voz era firme y fuerte. Se veía algo estricta, pero no atemorizante.
Al menos para Isabella se veía así.
-Muy bien. Cuando diga su nombre, pasaran al frente y me mostraran su rutina y si me gusta lo que veo, entonces verán sus nombres en la lista que pondré mañana en la tarde en la entrada de la escuela –Dijo mientras tomaba asiento en uno de los estrados que había.
El gimnasio era usado para deportes en interiores, como el básquetbol o el voleibol y ahora sería usado para hacer las pruebas para porristas.
-¡Rosemary! ¡Al frente y al centro! –Gritó con fuerza.
La mencionada era una joven de cabello rubio y ondulado, titubeantemente, fue hacia adelante del grupo.
Ella se quedó quieta mirando al público delante de ella. La pobre muchacha le temblaban las piernas tan notoriamente que daba pena.
-¿Qué esperas? Comienza – Exigió la entrenadora.
-Si… Si señora – Tartamudeo la rubia.
Su rutina comenzó al mover sus brazos de izquierda a derecha, movió sus caderas al compás de los movimientos de sus brazos, pero varias veces se notaba que perdía el ritmo. Después fue levantando las piernas, una después de la otra, al igual que los brazos. Al levantar la pierna derecha, levantaba el brazo izquierdo y al levantar la pierna izquierda, levantaba el brazo derecho, fue así sucesivamente.
El resto de su rutina no era necesario narrarla, fue simple y muy básica, cometió varios errores y para rematar, se resbalo en la última parte, cayendo de sentón.
-No necesito ver más –Dijo algo mal humorada la entrenadora –Ve a sentarte.
Triste y cabizbaja, obedeció y se fue a sentar al otro lado de las gradas.
-Siguiente, ¡Abigail!
Esta chica era bastante diferente a la primera aspirante.
Ella tenía un largo cabello negro y unos penetrantes ojos verdes, su piel era muy bronceada y en una de sus manos llevaba un par de pompones y en la otra una radio. Su rostro mostraba una sonrisa confiada y algo arrogante.
-Si es posible, quisiera poner algo de música para mi demostración.
-Como gustes. Comienza ahora –Ordenó.
Tan pronto como ella encendió la radio, se escuchó una música estridente y con mucho ritmo. La joven inicio con un baile que estaba combinado con unas piruetas básicas. Vuelta de lado y de carro, mostro grandes saltos, exhibiendo así la gran fuerza que tenían sus delgadas, pero fuertes piernas.
Desde detrás de un par de muchachas, Isabella miraba impresionada la presentación de esa estudiante. Su rutina duró unos cinco minutos, pero en ese tiempo demostró una gran agilidad y habilidad.
-Nada mal, realmente tienes talento –Elogio la entrenadora, pero sin cambiar su expresión calmada.
La joven de largo cabello hizo una reverencia agradeciendo el cumplido de la entrenadora y luego hacia las demás chicas. Impresionadas, varias de ellas aplaudieron su actuación.
Después ella se unió a la otra aspirante en las bancas.
Una por una, todas iban hacia adelante y mostraban su rutina.
La entrenadora mostraba diferentes reacciones cuando las aspirantes acababan. A veces se mostraba enfadada y estricta, pero otras veces se veía calmada e incluso impresionada.
Al final, solo quedo Isabella para hacer la prueba.
-¡Isabella! Es tu turno.
La morena se encamino hacia delante de sus demás compañeras y de la entrenadora. Todas la miraban fijamente, muchas de ellas mostraban interés por querer ver su presentación, pero otras se mostraban aburridas y/o deprimidas por haber fracasado con sus propias presentaciones.
Sentía mariposas en su estómago al tener todas esas miradas sobre ella, apretó los puños con fuerza al sentir la presión. Respiró hondamente por la nariz y se preparó mentalmente para lo siguiente.
Antes de que fuera a hacer cualquier movimiento, escucho el sonido de una puerta abrirse.
Al ver quien era la persona que entraba, sintió un gran alivio invadiéndola al reconocer a su querido amigo.
Django la saludó con la mano y fue a sentarse.
Al notar su presencia, casi todas las adolescentes se preguntaron entre sí, ¿Qué hacía un muchacho aquí?
La entrenadora tornó los ojos hacia el inesperado espectador, pero no dijo nada al notar que la última chica de su lista sonreía suavemente y se notaba mucho más confiada y tranquila con la presencia del chico aquí.
-Empieza -Indicó con una voz inusualmente tranquila.
-Disculpe, pero ¿también puedo usar algo de música? –Preguntó.
En contestación, la entrenadora asintió con la cabeza. Le dirigió una mirada hacia la dueña de la única radio que había. Esta se vio algo fastidiada al tener que prestar su aparato, pero no podía negarse. Al final la encendió.
Isabella hizo algo parecido a la segunda aspirante, mostró una combinación entre las maniobras que había practicado y unos pasos de baile, pero este mostraba un aire distinto al de la anterior muchacha. Este irradiaba no solo energía y vida, sino que la sonrisa que mostraba mientras lo hacía, provocaba que su baile irradiara una especie de energía llena de alegría.
Mostró una técnica parecida al del valet, se paró en su pierna derecha y fue dando vuelvas rápidamente, su cabello negro se ondeaba en el aire elegantemente, cuando se detuvo, dio unas volteretas hacia atrás, en la última parte se impulsó con sus manos para elevarse en el aire y dar unos giros.
Se escuchó un simultaneo "Oh" de parte de las chicas en el estrado.
Django también se veía sorprendido.
Todos la miraban, pero ella ya no notaba a los demás, sus ojos solo miraban al único muchacho que se encontraba allí. Él le había apoyado y estado a su lado desde que todo comenzó y gracias a él estaba recuperando su verdadera esencia.
Era más que su mejor amigo.
Le estaba en deuda.
No muy lejos de donde ella estaba, había un trampolín, del mismo tamaño que tenía en su casa. Sin dudarlo, se dirigió hacia él y dio un gran salto. La música seguía sonando y ahora ella mostraba todas las acrobacias que había memorizado en el aire.
Para el gran final, uso toda la fuerza de sus piernas para salir expulsada del trampolín, enrosco su cuerpo y como una bola, giró en el aire. Justo en el momento que iba a aterrizar, estiró sus piernas y cayó de pie, justo en el momento que la canción acabó.
Se estiró y alzo los brazos al acabar su rutina.
Todas se levantaron y aplaudieron con fuerza.
Las miradas y sonrisas de las chicas mostraban una infinidad de emociones, pero principalmente, mostraban admiración y emoción.
Todas, excepto Abigail que solo aplaudió levemente mientras seguía sentada.
Django hizo lo mismo que todas, se levantó y aplaudió la gran actuación de Isabella. Estaba impresionado, ella auténticamente había mejorado mucho ¡Y en muy poco tiempo! Era sin duda increíble.
Al terminar las pruebas, Isabella y Django se fueron juntos de la escuela, el chico no paraba de felicitarla.
-Eso fue increíble, seguro que la entrenadora te pondrá como la líder de porristas.
-No lo creo Django, recuerda que apenas y he vuelto a mi antigua condición.
-Al contrario, estoy seguro que lo hará.
Ambos se rieron y se acompañaron el resto del camino.
Al día siguiente, en la escuela, la morena solo pensaba en los resultados de las pruebas. Y ese constante pensamiento hacía que los minutos parecieran horas.
Cuando llegó la tarde, ella y Django estaban en la entrada de la escuela, donde se dijo que estarían los resultados. El chico se mantenía unos pasos atrás para dejar a su amiga leer los nombres tranquilamente. El mismo se notaba un poco ansioso por saber cómo le fue.
Por unos momentos no se escuchó ni un solo sonido, él no sabía si ella había terminado de leer o no, pero empezaba a preocuparse.
Ella se mantenía quieta como una estatua, sin pronunciar palabra.
-¿Isabella? ¿Acaso…?
-Lo hice… -Susurró.
-¿Qué?
-Lo hice… Lo hice… ¡LO HICE! –Gritó.
Allí estaba su nombre, estaba incluible al inicio de la lista.
-¡¿En verdad?! –Exclamó igual de emocionado.
-¡SI! ¡Lo logre! ¡SI! ¡Sí! –Saltó de la alegría una y otra vez, no le importo que todo ese movimiento hiciera que su bolso se cayera al suelo ¡Estaba demasiado feliz como para importarle! -¡No puedo creerlo! ¡Lo hice!
Ella corrió hacia Django, enredo sus brazos alrededor de su cuello y lo abrazo con todas sus fuerzas.
El hizo exactamente lo mismo, abrazo a su compañera de la cintura y la levanto.
Ambos festejaron, rieron y gritaron.
Sin soltar al otro ni por un momento.
