Pinky estaba durmiendo una siesta debajo de la cama de Isabella, tenía una pequeña sonrisa en su hocicó mientras dormía, había mucha paz esa mañana y en serio agradecía todo ese silencio.
Pero tristemente, esa calma duro muy poco.
-¡No sé qué ponerme!
Ese grito le obligo a abrir los ojos y salir de debajo de la cama para ver que ocurría, pero en cuanto sacó su cabeza, una blusa celeste le cayó encima.
-¿Qué me pongo? –Se preguntó angustiada Isabella.
La adolecente de cabello negro estaba metida en su armario, tomaba los ganchos que sostenían sus ropas y con tan solo darles una rápida ojeada, los lanzaba por encima de su hombro.
-Vamos, tiene que haber algo por aquí –Se adentró un poco más en su armario, con la esperanza de encontrarse con alguna prenda que valiera la pena.
Pero detuvo su actividad cuando escucho un gemido lastimero detrás de ella.
-Oh… Perdona Pinky –El pequeño chihuahua estaba parado cerca de sus pies, solo la mitad de él era visible gracias a la blusa que le cubría no solo la cabeza, sino que además, parte de su pequeño cuerpo. Y aunque para Isabella, era una escena adorable, a Pinky no le hacia ninguna gracia.
Se agacho y tomo su prenda de vestir.
-¿Estas bien? –Su pequeña mascota le contesto con un par de ladridos –Perdona Pinky, es que muy pronto será la inauguración de la nueva galería del padre de Django y quiero llevar algo especial, pero encuentro nada –Regresó al armario cuando terminó de explicarle la situación a Pinky. Esta vez abrió uno de los cajones y fue sacando varios pantalones. Los puso con cuidado encima de su cama para estudiarlos detenidamente.
Pinky dio un salto para subirse a la cama y ver que tanto le inquietaba a su ama.
Alzó una ceja al ver la expresión seria de Isabella con tan solo inspeccionar un par de pantalones.
No importaba cuanto intentaba entenderlo, no comprendía porque a los humanos les preocupa tanto la ropa. El único propósito de esas prendas es abrigar a la gente, ¿Por qué molestarse tanto en cómo se vean?
Pero al parecer, esto era muy importante para su dueña.
Isabella no tenía idea que usar, usualmente las galerías de arte eran lugares elegantes, pero el padre de Django era un artista moderno. No era necesario que llevara algo demasiado formal, pero tampoco quería ir usando ropa ordinaria que usaba todos los días.
Tomó uno de sus pantalones para verlo más de cerca, sin embargo, al final no le convenció. Con una mueca, lo tiró al suelo.
-Olvídalo, nada de esto me sirve –Se volteo a ver la poca ropa que seguía colgada dentro de su armario y guardada dentro de sus cajones –No hay remedio, creo que tendré que ir de compras.
Pinky se bajó de la cama de un salto, pero el aterrizaje le salió mal al resbalar con una de las blusas de su ama y aterrizó sobre su cabeza, soltó un gemido adolorido por el golpe.
Desde su posición, vio las piernas de la chica de cabello negro pasar delante de sus ojos y dirigirse a la puerta.
Isabella tomo un bolso pequeño de color blanco que descansaba en un mueble cerca de su cama, para luego tomar su billetera y guardarla ahí dentro.
Se dirigió rápidamente a la puerta, pero antes de salir se detuvo para despedirse.
-Volveré pronto Pinky, cuídate mucho –Dijo con prisa.
Como respuesta, el chihuahua gimió nuevamente desde la misma posición dolorosa.
En la cocina, la señora Garcia-Shapiro preparaba la comida, pero cuando oyó los pasos apresurados de su hija, dejo lo que hacía para asomarse al pasillo y saludarla.
-Hola cariño, el almuerzo estará listo dentro de…
-Lo siento mamá tengo que salir –Dijo sin dejar de avanzar hacia la puerta.
-¿Qué? ¿No comerás? –Preguntó algo angustiada.
-No te preocupes, regresare pronto. Adiós –Fue lo último que dijo antes de cerrar la puerta detrás de ella.
Suspiró un poco decaída, pero recupero rápidamente su sonrisa.
-Me alegra ver que estas recuperando tus ánimos.
Corría rápidamente por la acera. Se paró unas cuantas veces cuando algún vecino le saludaba y por esperar la luz roja en las paradas de tránsito.
Forzó sus piernas para que corrieran lo más rápido que pudieran durante todo el trayecto, aun cuando ya había visto el centro comercial a la distancia, no pensó en ir más despacio.
Corrió directamente hacia la puerta eléctrica, pero en ese momento un grupo de personas estaba saliendo.
PAM!
El sonido de bolsas de compras cayendo al suelo, junto con el quejido de dolor de Isabella, junto con la persona con quien había chocado cayó por un momento el bullicio que había dentro del edificio.
-Lo siento mucho, no veía por donde iba –Se levantó, tomo las bolsas de compras que estaban en el piso y se los paso a su dueño –Perdón pero tengo que irme, llevo prisa –Apenas le dio una mirada al rostro de esa persona o a las que le acompañaban y se fue de allí corriendo.
Se notaba que lo único en su mente era comprar el vestido perfecto para el evento de esa noche, de otra manera, hubiera reaccionado diferente.
Si tan solo hubiera visto bien con quienes a cavaba de toparse.
Corrió hasta llegar a la boutique más grande de todo el centro comercial. Por el cansancio por correr casi todo el camino hasta aquí, tuvo que detenerse a recuperar el aliento.
Se sostuvo de sus rodillas y tomo grandes bocanadas de aire por la boca, cuando se sintió un poco mejor, se volteo para ver la entrada de la tienda. Una sonrisa se dibujó en sus labios, antes de enderezarse y caminar tranquilamente hasta la entrada.
Fue paseándose por toda la tienda. Pasó su vista por los distintos vestidos, blusas, faldas y pantalones que había por allí, pero ninguno le llamo mucho la atención.
No estaba muy segura que era lo que buscaba, pero supuso que lo sabría en cuanto lo viera.
Pasó la siguiente hora y media buscando.
-Disculpe señorita –La llamo una empleada de la tienda. Ella se encontraba parada a sus espaldas, con una sonrisa dulce en los labios -¿Le puedo ayudar?
-Ehm… Estoy buscando un vestido.
-¿De qué clase le gustaría?
-Pues… Ese es el problema, no estoy segura –Dijo en un tono un poco cabizbajo.
-Descuide, creo que puedo ayudarla –Caminó por en medio de unas hileras de ropa, sin detenerse a dar explicaciones, sabiendo que la joven la seguiría.
Y así fue.
Isabella siguió a esa mujer, adentrándose cada vez más en la tienda. Ella la guio hasta una parte de la tienda donde toda la ropa que vendían era completamente nueva.
-Estos diseños nos llegaron esta mañana, estoy segura que por aquí encontrara algo a su gusto –La vendedora la dejo sola para que pudiera ver tranquilamente la nueva mercancía.
Miró a su alrededor, los atuendos nuevos que la rodeaban eran sin duda hermosos, pero claro que también eran bastante costosos.
Una mueca se dibujó en sus labios al ver los precios de unas blusas.
Siguió caminando, mirando sin mucho interés la ropa nueva.
Pensó por un momento que era mejor volver a casa y buscar nuevamente en su armario, pero luego se fijó de algo por el rabillo del ojo, al fondo de la tienda. Como estaba algo lejos no podía verlo bien y por simple curiosidad, decidió ir a investigar.
Paso a paso, la imagen de ese objeto fue aclarándose. Después de unos metros se dio cuenta que se trataba de un maniquí, parecía que recién la habían colocado en su lugar porque cerca de él se encontraban varias cajas de ropa abiertas y algunos maniquíes desnudos.
Cuando se encontró frente a frente con ese maniquí, los ojos azules de Isabella brillaron intensamente.
Ese maniquí estaba luciendo un hermoso vestido azul, la parte superior de esta no tenía ningún adorno o diseño, solo mostraba el hermoso color de su tela, pero casi parecía que brillaba, no tenía mangas. La falda era de un color azul más oscuro, pero solo desde la parte inferior de la falda, a medida que se levantaba la vista hasta el borde que se afirmaba de la cintura, el color de la tela se hacía más claro, tenía los diseños de hermosas flores, hojas y raíces, pero eran solo silueta, todas estaban pintadas de negro, pero eso no les quitaba su belleza, todo lo contrario.
Dio unos cuantos pasos más cerca del vestido antes de sonreír lo más que podía.
-¡Este es perfecto! –Salió corriendo para buscar a la señorita que la había guiado hasta ahí.
El vestido le costó bastante dinero, pero no le importo. Era perfecto.
No le cabía duda que a Django le encantaría.
Mientras se encontraba esperando en la caja registradora que le dieran su vestido y la boleta, escucho una melodía muy cerca de ella. Miro el bolcillo de su pantalón y de su interior saco su celular, que vibrara y hacía sonar esa canción.
-¿Hola?
-Hola Isabella, soy Django. Oye, ¿A qué hora paso por ti?
-¿Te parece bien a las ocho?
-Seguro, mi padre nos llevara. Sabes él está muy emocionado por este evento, pero parece a un más feliz por el hecho que vaya a llevar a alguien allá –La voz del chico sonaba feliz y un poco apenada del otro lado del teléfono.
Ella solo rio por lo bajo. Django era bastante lindo cuando actuaba de esa manera.
-Sé que nos divertiremos mucho. Bien, nos veremos pronto.
-Sí, hasta la noche.
Ambos cortaron al mismo tiempo. Isabella se quedó mirando la imagen en la pantalla de bienvenida de su celular, era una foto de ella y Django. Estaba usando su uniforme de porrista, abrazaba a su compañero con un brazo y saludaba a la cámara con su mano libre. El castaño sonreía radiantemente, su brazo también la abrazaba y con su otra mano sostenía su teléfono y sacaba la foto.
-Aquí tiene señorita – Se asustó cuando la voz de la cajera la distrajo.
Le entregaron su vestido dentro de una caja de color perla, con el nombre de la tienda escrita en la tapa.
Salió de la boutique feliz y tranquila, abrazaba la caja contra su pecho mientras miraba la pantalla de su celular, contemplaba todas las fotos que había sacado donde estaban ella y Django. Todas eran en lugares diferentes y hacían cosas distintas, pero en algo todas coincidían y era que en todas, ambos sonreían felizmente.
En ese momento también estaba sonriendo.
-Hace tanto tiempo que no sonreía así, por poco y olvidado como hacerlo –Se rio de sí misma por su comentario.
Se fijó en la hora de su teléfono, tenía bastante tiempo antes de las ocho, pero quería llegar a casa y comenzar a prepararse ya mismo.
Animada y muy contenta, volvió a salir corriendo por la entrada principal del centro comercial, esta vez, con rumbo a su hogar.
Sin embargo, a dentro de ella. Un grupo de jóvenes que se encontraban sentadas a la orilla de una fuente, miraban atónitas y sorprendidas a la joven que acababa salir tan campante del edificio.
-¿Pueden creerlo?
-Casi no parece la misma chica que nos gritó y miraba con rencor a Phineas y Ferb.
-Lo sé, ¿Cómo es que cambio tan repentinamente?
-¡Ni siquiera se dio cuenta de nosotras cuando choco con Gretchen!
-Lo sé… Sea lo que sea que allá pasado, parece que nuestra jefa está volviendo a ser la misma…
Todas las amigas de Isabella. De su viejo grupo de niñas exploradoras, siguieron viendo la puerta de cristal por donde su antigua líder acababa de salir, aun cuando su figura ya había desaparecido.
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Aseó su cuarto, ordenando toda su ropa y organizándola bien dentro de los cajones de su armario.
Su madre le dio una reprimenda por haber salido de la casa, dejando un desastre en su habitación. Por órdenes de ella, limpio meticulosamente todo el cuarto.
Y cuando terminó, se dejó caer en su cama exhausta. Las carreras que había hecho hacia el centro comercial, de ida y vuelta lograron agotarla, pero que su madre le obligara a limpiar toda su habitación, terminaron por eliminar todas sus fuerzas.
-Bueno, reconozco que fue mi culpa. No debí salir y dejar toda mi ropa regada por el piso –Dijo para sí misma.
Pinky estaba acostado en la cama junto a su dueña. Acercó su cabeza a la mano de ella, empujándola suavemente, ganando una gentil caricia en la corona de su cabeza.
-Por lo menos ya termine –Volteo su cabeza para ver el reloj digital que descansaba en su mesa de noche.
Un largo suspiro escapo de sus labios al ver la hora.
-Me encantaría descansar, pero tengo que prepararme, no falta mucho para las ocho –Se obligó a levantarse de la cama he ir al baño.
Se dio una ducha rápida y luego se preparó para cuando Django viniera por ella.
El vestido le quedaba a la medida, se puso unos zapatos de tacón que combinaban bien con su nueva prenda, eran bastante altos y podía caminar con ellos sin problemas.
Se rizó las puntas del cabello y se lo recogió con una delgada liga. Incluso al final se puso un poco de maquillaje.
Cuando salió de su habitación para enseñarle a su madre como se veía, le dio un fuerte abrazo maternal.
-¡Oh! Isa, te vez tan hermosa.
-Gracias mamá –Agradeció dificultosamente por el fuerte abrazo que le daba su madre.
El chihuahua también se encontraba allí. El seguía pensando que la ropa era algo irrelevante, pero reconocía que su ama se veía muy bien.
Ladró un par de veces para llamar la atención de la más joven. Esta se agachó y le acaricio detrás de una de sus orejas.
-Vez. Hasta Pinky piensa que te vez bonita –Afirmó su madre.
-Jejeje. Si eso supongo -Se enderezó para luego mirar la hora en su reloj de muñeca –Django no tardará mucho en llegar.
-¿Estas segura que no quieres que los lleve, hija? –Cuestiono.
-No, gracias mamá, el señor Brown nos llevará.
En ese momento se escuchó el tintineo del timbre.
Django usaba un traje de gala sencillo, llevaba una camisa blanca con cuello, unos pantalones negros, sujetados a sus caderas por un cinturón de cuero. Llevaba una chaqueta oscura abierta y por último, usaba unos zapatos negros, estos brillaban gracias al lustre que seguramente les había dado antes de venir.
Cuando la puerta se abrió, lo primero que vio fue a la señora Garcia-Shapiro sonriéndole de oreja a oreja.
-¡Django! Bienvenido, te ves muy guapo.
-Muchas gracias. ¿Isabella esta lista?
-Dímelo tu – Se hizo a un lado para que el invitado pudiera ver a su hija.
Ambos jóvenes se quedaron mirando el uno al otro sin pronunciar palabra, pero ese extraño silencio fue cortado por unas suaves exclamaciones.
-Wow -Los dos desviaron sus miradas al piso, avergonzados por quedarse contemplando al otro.
Por su parte, la señora Garcia-Shapiro tuvo que cubrirse la boca para que no romperse a reír.
-Bueno… - El chico acercó su puño a sus labios para toser e intentar recuperar la postura. Luego con su otra mano, se la ofreció a la chica delante de el -¿Nos vamos ya entonces?
La peli negra sonrió aun un poco apenada, tomó la mano de su amigo y ambos caminaron tranquilamente hacia la puerta.
En la calle se pudo ver el auto del padre de Django cerca de la luz de un poste. Se encaminaron hacia él, pero entonces la señora de la casa los detuvo.
-¡Aguarden un segundo! –Los adolescentes se voltearon, pero inmediatamente tuvieron que cubrirse los ojos cuando un flash casi los dejó ciegos –Casi se me olvida las fotografías –Anuncio alegremente.
Isabella se quejó mentalmente mientras cubría sus ojos para no ser afectados por el flash de la cámara.
¡¿De dónde la saco a todo esto?! –Se cuestionó confundida y un poco molesta.
-Lamento mucho eso –Se disculpó mientras Django le abría la puerta del auto para que pudiera entrar.
-No te preocupes. Tu madre estaba bastante emocionada, es todo –Expreso comprensiblemente el muchacho, aunque se mostraba un poco apenado por esa inesperada sesión de fotografías.
Una pequeña risita escapó de los labios de la oji azul. Sin duda Django era muy lindo cuando actuaba de esa forma tan avergonzada.
El auto partió de inmediato hacia la galería de Danville.
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El museo de arte estaba a reventar de invitados, reporteros y fotógrafos. En cada sala se encontraban cuatro o cinco mesas de color blanco, en ellas se servían todo tipo de bocadillos y bebidas.
Todo el mundo estaba admirando las esculturas y claro está que los fotógrafos no perdían el tiempo y tomaban fotos de todos los ángulos posibles de todas las esculturas nuevas del padre de Django.
La pareja de jóvenes se paseaba por la galería teniendo al padre del chico como su guía, pero los reporteros lo apartaron de su hijo y de su amiga con una serie de preguntas interminables sobre cada una de sus nuevas obras. Obligado a retirarse, se disculpó con su hijo antes irse.
Django se vio un poco decepcionado, pero entendía bien que su padre era un hombre muy ocupado.
Se volteo a ver a Isabella cuando sintió sus manos tomando su brazo y jalando de el con suavidad.
-No te preocupes Django, él ya nos alcanzara –Dijo la morena con una sonrisa dulce –Ven, aún hay mucho que no hemos visto.
Un poco más animado Django se fue con Isabella a explorar el resto de la nueva ala de la galería de arte.
Durante toda la noche, la pareja exploró todo el lugar, se tomaron fotos delante de todas las nuevas esculturas del padre de Django y se divirtieron bromeando de cualquier cosa que se les ocurriera.
Sin darse, cuenta, varios invitados estaban hablando de ellos. A los ojos de todos los presentes, ellos eran una encantadora pareja.
Pero de pronto, la atención de todos fue dirigida a la sala principal de la galería donde el señor Brown estaba dando un pequeño discurso a los entrevistadores y fotógrafos para explicarles las ideas que lo llevaron a construir sus nuevas esculturas y lo que esperaba que estas representaran.
Todos los invitados estaban prestando atención. De entre el público, Django e Isabella escuchaban muy atentos, pero de pronto ambos tuvieron caras de desconcierto cuando el padre del muchacho le hizo señales a su hijo para que se acercara.
El castaño salió de su estado cuando su compañera le dio un pequeño empujón, indicándole así que se fuera con su padre. El muchacho miró un segundo a la morena antes de ir caminando tranquilamente hacia donde le llamaban.
Al llegar a su lado, el hombre mayor puso una mano en su hombro y se dirigió luego a los reporteros.
-Les agradezco a todos sus cumplidos hacía mi trabajo y su presencia aquí, pero les garantizo que yo no soy la persona más creativa de mi familia –Esto volvió a dejar desconcertado a Django. Esa respuesta debe ser por algún comentario que le dijo alguno de los reporteros que les rodeaban –Mi hijo tiene un gran talento y mucha imaginación, más del que yo tenía a su edad -Se volteo a ver a su hijo, sonriéndole ampliamente –Así que deberían de entrevistarlo a él en vez de a mí.
Varios se rieron por lo bajo por el comentario del señor Brown, incluyendo también a su hijo.
Django se sentía muy orgulloso de las palabras de su padre hacía el. Todavía no se consideraba un artista tan bueno como él, pero siempre le ha apoyado desde que era pequeño. Y eso le recordaba siempre a Django que su padre le apreciaba mucho y que nunca debía dudar de ello.
De entre todas las personas, Isabella los miraba con una gran sonrisa.
Ella pensaba igual que el señor Brown de su amigo. Django tenía un gran talento y estaba segura que algún día él sería reconocido al igual que su padre.
La noche transcurrió sin percance alguno. La inauguración fue un gran excito e Isabella iba de regreso a su hogar.
Al llegar, la chica caminó hacia la puerta de entrada calmadamente. Mientras caminaba, ella escucho un sonido detrás de ella, como si alguien hubiera abierto la puerta de atrás del auto y la volviera a cerrar casi de inmediato.
Cuando estaba ya parada delante de su puerta, se iba a despedir de su amigo desde la distancia, pero cuando se dio la vuelta, se encontró con el castaño a su lado. Parpadeo un par de veces por toparse con él tan cerca de ella, cuando pensó que se encontraba aun en el auto, pero lo que llamó más su atención fue que el llevaba algo detrás de su espalda.
El muchacho se froto la parte de atrás de su cuello antes de mostrar lo que ocultaba.
Mostro un objeto rectangular, envuelto cuidadosamente por una tela blanca.
-Hice esto para ti –Un ligero sonrojo apareció en sus mejillas cuando la chica tomó el paquete.
Ella le dedicó una mirada a Django antes de empezar a desenvolver su regalo.
Sus ojos casi se salieron de sus orbitas cuando vio lo que era.
Sostenía una hermosa pintura en donde ella estaba plasmada. Usaba un hermoso vestido rosa que le recordaba un poco a su viejo vestido, tenía una cinta amarrada a su cintura y justo donde debía estar el nudo, estaba dibujado una hermosa y gran rosa. La pintura le miraba con unos ojos llenos de alegría y brillo, pero lo que más destacaba era su gran y radiante sonrisa. Era tan cálida y bella que uno no podía evitar también sonreír al verla.
-Django… Es hermoso –Dijo sin aliento.
El muchacho parecía que iba a decir algo, pero en ese momento Isabella se lanzó hacia él, en volviendo sus brazos a su alrededor.
Tardó en salir de su estado de shock por la repentina acción de la morena, pero en cuanto lo hizo, envolvió sus brazos alrededor de su cintura.
Antes del abrazo, Isabella había dejado la pintura reposando en la puerta para poder agradecerle a Django.
Mientras que se abrazaban, parecía que la sonrisa en la pintura destellaba con más intensidad.
Pasaron unos cuantos minutos, antes de que ambos adolecentes se fueran alejando poco a poco. Todavía no se soltaban, por alguna razón, ninguno de los dos quería alejarse del otro.
Se miraron directamente a los ojos y en ellos se reflejaba una emoción que ambos compartían.
-Isabella… Tengo algo que decirte –Se notaba un poco nervioso, pero se dio valor para continuar –Sé que has pasado por cosas muy difíciles y… quizás voy muy rápido, pero en verdad quiero ayudarte a olvidar todo lo que paso… -Guardo silencio un momento. Apretó sin querer su agarre alrededor de su cintura, la miro directamente, notando la confusión en su rostro y también un poco de nervios, pero él no podía detenerse ahora. Había tomado la decisión de decírselo esta noche y eso iba hacer…
-Isabella… Me gustas mucho, ¿Me darías la oportunidad de estar contigo?
