La luna llena brillaba en lo más alto del cielo, su brillante luz opacaba él tenue brillo de las estrellas que le acompañaban; en todo el cielo solo habían unas pocas y pequeñas nubes que se movían suavemente por el viento. Debajo de este cielo nocturno, la ciudad descansaba plácidamente, unos cuantos autos aun recorrían las calles, sin mencionar a una que otra persona que daba un paseo nocturno. El canto de los grillos era un arrullo para las personas que dormían en paz en sus casas.

En una en particular, se encontraba una hermosa y feliz muchacha de cabello negro y ojos azules. Ella estaba sentada en su cama, viendo con una gran sonrisa su teléfono celular, en ella estaban las fotos que había tomado recientemente con sus amigas. En él se les veían en el centro comercial, en la escuela, en el parque, incluso en una estaban con sus uniformes de porristas.

Isabella no podía dejar de sonreír.

Durante varios días, pasó todo su tiempo con su viejo grupo de amigas. Salían a comer juntas, de compras, a estudiar en grupo, básicamente hacían lo mismo que cualquier grupo de colegialas de su edad.

Isabella estaba muy contenta por estar nuevamente con ellas, se había divertido mucho y casi siente que las cosas eran iguales de cuando eran unas niñas.

Pero…

Aun había una cosa que le preocupaba.

Algo que importunaba esa paz y felicidad que había recuperado en tener en su vida.

Django.

La sonrisa de la oji azul desaprecio al recordarlo.

Paso rápidamente las fotos hasta llegar a unas más viejas, en donde solo aparecían ella y su querido amigo. Imagen tras imagen, todo lo que se veía era la radiante y hermosa sonrisa de aquel muchacho.

Lo extrañaba tanto…

Desde que Django le confeso sus sentimientos y le dio unos días para que pensara en una respuesta, no se habían comunicado el uno con él otro. Supuso que él quería darle su espacio para que lo pensara con calma pero…

Por alguna razón… Se sentía muy sola.

Tal vez ya tenía a sus amigas de vuelta pero por alguna razón aún no se sentía del todo bien. Y entre más veía esas fotos más sola se sentía.

-Django… - Susurro su nombre con suavidad antes de recostarse en la cama.

No había parado de pensar en el desde entonces. Esa noche estaba bien gravada en su memoria, incluso aun podía sentir su corazón latir con fuerza al recodarlo.

Él era un maravilloso chico, era listo, amable, comprensivo, era un magnifico artista y tiene una gran imaginación, las pinturas que crea son tan bellas que casi parecían reales, era genuinamente muy talentoso, casi igual que Phineas.

Se tensó al pensar en ese nombre.

Phineas…

Ahora que se daba cuenta, es la primera vez en mucho tiempo que pensaba en él. Imaginó que con todo lo que había pasado recientemente, era normal haberse olvidado de él, pero… No, aquel pelirrojo había desaparecido de su mente hace ya mucho tiempo.

¿Pero cómo? ¿Y cuándo?

Desde que era pequeña, siempre estuvo fantaseando con su vecino, sueños salidos de cuentos de hadas donde él era el protagonista y ella su hermosa doncella en apuros, esa clase de fantasías rondaban en su mente prácticamente cada día. Claro, hasta el día en que se enteró de los sentimientos de Phineas por su hermano.

El shock que sufrió en ese momento fue tan grande que le causo un dolor inmenso. Por tantos años había esperado por él y así de repente su mundo quedó devastado.

En un abrir y cerrar de ojos el quedo completamente fuera de su alcance.

Aunque… Quizás jamás tuvo oportunidad, después de todo… Él jamás la noto, nunca la vio más allá de una amiga o una vecina.

Y... Ahora que lo pensaba… Desde siempre esos dos tuvieron una relación muy especial, no solamente era una amistad o simplemente un lazo de hermandad… Siempre hubo algo ahí, solo que nunca lo vio.

Desde niños ellos fueron un gran equipo. Se apreciaban mucho y se cuidaban entre sí.

Tal vez… Desde el principio ellos estaban destinados a terminar así.

-Es verdad… – Isabella se acurruco más en su cama, tomo una de sus almohadas y la abrazo con fuerza contra su pecho- No lo había notado antes, pero es cierto, desde el comienzo Phineas ya quería a alguien y aquella persona jamás fue ella.

Cansada y triste, cerró suavemente los ojos y dejo que el sueño la invadiera, ni siquiera se molestó en arroparse o apagar la luz. Solo se dejó ir por sus sueños.

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Isabella durmió un poco de más, pero siendo sábado eso no era un inconveniente. Tan pronto despertó, sintió el aroma de la comida caliente entrando por su puerta, casi al mismo tiempo en que percibió ese aroma su estómago le gruño molesto.

La adolecente aún estaba algo cansada, pero no podía ignorar el hambre, así que decidió hacer a un lado su tristeza y se vistió rápidamente.

-Hola Pinky, ¿Dormiste bien? – Dijo al salir de su cuarto y encontrando al pequeño chihuahua justo delante de la puerta. Acaricio un poco la cabeza del pequeño perro quien le ladro felizmente.

Juntos fueron hasta la cocina donde la madre de la chica estaba yendo de un lado a otro preparando la comida.

-Buenos días hija, ¿Descansaste?

-Sí, gracias mamá. ¿Qué hay hoy para desayunar?

-Estoy preparando unos panqueques y un poco de té –Respondió sonriendo - Pero aún no están listos. ¿Qué te parece si mientras termino de cocinar sales a dar un pequeño paseo con Pinky? Es una hermosa mañana.

-Está bien – Tomó la correa que descansaba en un perchero que estaba fuera de la cocina y se la puso a su pequeña mascota – Vamos Pinky.

Tan pronto salieron, la muchacha se quedó quieta al ver la casa que estaba justo delante de la suya.

Es la primera vez que odiaba el hecho de ser la vecina de los Flynn-Fletcher, cada vez que debía salir por cualquier razón, inevitablemente tenía que pasar justo delante de esa casa.

Apretó con fuerza la correa en su mano y tragó pesado, le hizo una señal al chihuahua para seguir caminando. No sabía a donde ir, pero solo quería estar lo más lejos posible de ese lugar.

No pasó mucho tiempo hasta que llegaron al parque, ahí ella soltó la correa y dejo que Pinky corriera libre por ahí y se divirtiera, por mientras se sentó sola en una banca y se quedó mirando el cielo, la luz del sol alumbrando por el horizonte, el aire fresco de la mañana y el sonido de la ciudad despertando era bastante relajante. La adolecente respiro hondamente ese frio aire, llenando totalmente sus pulmones.

-Que bien se siente – Dijo para sí misma, pero de pronto su buen humor desapareció – Pero… ¿Ahora qué voy hacer? - Sabía que no podía seguir así para siempre, tenía que hablar con Django y darle una respuesta, sin embargo… Aunque él es alguien a quien aprecia mucho. No estaba del todo segura si estaba lista para iniciar una nueva relación. Después de todo, aún estaba el asunto de Phineas.

No podía decir con seguridad si todavía sentía algo por él. Antes cuando pensaba en su vecino sentía su corazón reventar, pero ahora ya no sentía eso. Actualmente, cuando pensaba en él sentía su corazón encogerse, como si intentara aplastarse contra sí mismo, pero aun con ese dolor…

Phineas seguía siendo alguien importante para ella. Tal vez porque todavía lo amaba o tal vez porque a pesar de todo sigue siendo su amigo

Ya no tenía idea sobre lo que sentía… todo era demasiado confuso y lo ha sido así desde hace años… Pero algo si podía decir con toda seguridad y era que ya no podía continuar así.

No por los chicos, si no por ella misma, ya no quería seguir confundida, preocupada y mucho menos quería seguir martiriándose por todo esto.

Y sabía que solo había una forma de lograrlo.

No sería fácil…

Pero era la única solución. Tenía que cerrar ese capítulo de su vida y continuar adelante, de otra manera jamás dejaría de sufrir.

Tenía que enfrentar a Phineas.

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Volvió a casa y desayuno con su madre. Y paso el resto del día dentro de su habitación intentando pensar en que decirle a Phineas en cuanto lo viera… La idea de verlo de nuevo e incluso volver a hablarle le daba mucho miedo, después de lo que pasó la última vez… Dudaba mucho que Phineas le alegrara verla, seguramente debe de odiarla

Tenía miedo… pero sabía bien que esta era la única manera de olvidarse finalmente de todo este asunto.

Acariciaba distraídamente la cabeza de su mascota mientras se sumergía más y más en sus pensamientos.

Antes de que se diera cuenta, el sol ya se estaba poniendo, el cielo era una mescla entre colores rojizos y amarillos.

Estuvo planeando este momento todo el día, pero en el fondo, sabía que era inútil. No importaba cuantas veces repasara esta escena dentro de su cabeza, nada la preparaba realmente para lo que estaba a punto de hacer.

Ya estando al otro lado de la calle, su mirada se mantenía fija sobre la puerta de aquella casa. Asustada o no, ella nunca fue cobarde, por eso, sin prisa pero sin pausa, fue caminando hasta el pórtico.

Sus músculos se tensaron al hallarse delante de la puerta. Tragó un poco de saliva antes de tocar el timbre, mientras esperaba que alguien la recibiera, se acariciaba suavemente su ante brazo, intentando calmar sus nervios.

-¿Hola? – Abrió la madre de los chicos – Oh, Isabella, me alegra mucho verte. Hace tiempo que no te veíamos.

-Ho… Hola señora Flynn-Fletcher. Eh…. ¿Esta… Phineas?

-Seguro, está en el patio junto con Ferb. También están de visita Baljeet y Buford. Estoy segura que se sorprenderán de verte – Dijo con una amable sonrisa.

-Sí, eso no lo dudo – Respondió en voz baja, en algo que casi parecía sarcasmo.

Como si de por si ver a Phineas no la pusiera nerviosa, ahora también tenía que ver a los demás. Aunque bien… Sabía que igual tenía que disculparse con ellos por la forma en que los trato antes, pero por lo menos quería de ir en uno en uno, para tener tiempo para prepararse y saber cómo pedirles perdón.

Sacudió la cabeza, alejando esos pensamientos de su mente. Dijo que hoy iba a terminar con todo esto y así iba a ser, no importaba si iba a ver espectadores.

Ya no tendría que pasar por esto.

Nunca más.

Llego al comedor y se acercó a la ventana corrediza. Como una imagen del pasado que volvía a presentarse ante sus ojos, observaba a Phineas y a Ferb, con un plano de algún nuevo invento tendido perfectamente sobre el césped, el peli rojo hablaba con sus amigos con un brillo de emoción en sus ojos que siempre se mostraba a la hora de diseñar alguna de sus nuevas ideas.

Isabella se le quedo viendo por un momento.

Era extraño, ya no sentía su corazón acelerarse como tantas veces lo había hecho antes al ver esa expresión en Phineas, tal vez era por lo nerviosa que estaba, pero no podía dejar de pensar que algo había cambiado.

Respiró hondamente para darse valor. Se animó y por fin estando dispuesta, abrió la puerta.

Las sonrisas de todos se borraron al ver quien era la persona que acaba de llegar.

Cuatro pares de ojos la observaban fijamente, ni siquiera parecían respirar. Fue entonces cuando el pelirrojo del grupo se levantó lentamente, aun sin quitarle la vista de encima.

Isabella apretó un poco los puños, sentir las miradas de todos no le hacía las cosas más fáciles, pero se olvidó de ese malestar rápidamente y se fue acercando paso a paso hacía sus amigos.

-Hola – Estaba a solo un par de metros del grupo.

A pesar de que ese saludo sonaba ir para todos, podría ser más bien para el mismo Phineas, ya que Isabella le miraba también directamente a los ojos.

-Hola… Isabella – Intentó sonar lo más familiar que pudo, pero ni Phineas pudo evitar escucharse nervioso.

Un silencio incomodo invadió el ambiente, los muchachos seguían observando a la adolecente, como si esperaran que ella fuera a hacer algún movimiento agresivo o comenzara a gritar. Cosa que en el último tiempo no sería extraño para ellos.

-Yo… Ohm…

-¿A qué has venido?

Todos se voltearon a ver a Buford que claramente estaba harto de esta inusual atmosfera. Pero a pesar de la actitud agresiva del bravucón, la joven no se inmuto, aunque si la vieran mejor, la notarían un poco más cabizbaja.

-Yo…. Solo quiero hablar.

-¿Hablar? – El grandulón levanto una ceja incrédulo - ¿A estas alturas? ¿Es en serio? – Se cruzó de brazos y le mando una mirada inquisidora a la chica.

Por su parte ella solo pudo tomar con una mano los bordes de su blusa y tirar ligeramente de ella, de alguna forma, esto le hizo sentir un poco más tranquila.

-…Vine porque quiero… disculparme – Sabía que no debería de extrañarle que todos pusieran esos rostros tan sorprendidos – Sé que… Tal vez sea demasiado tarde para pedirles que me perdonen pero…

-Espera un minuto – Buford levanto ambas manos en el aire, deteniendo en seco a la morena – ¿Estas bromeando, verdad?

-Cl… ¡Claro que no! ¡Lo estoy diciendo en serio!

-Pero… Isabella, no lo entiendo – Dijo de pronto Baljeet - ¿Por qué… así tan de repente?

-¡Sí! ¡Exacto! – Gritó Buford - ¿Por qué de pronto quieres hacer las paces? ¿Qué? ¿No quieres tener mala fama ahora que eres la capitana de porristas?

Los ojos de Isabella se endurecieron un poco y apretó con fuerza los puños. Sintió esa sensación familiar de la ira burbujeando dentro de ella, pero no iba a cometer el mismo error otra vez.

-No se trata de eso – Levantó más la cabeza y con una voz mucho más firme continuo – Se bien que les parece algo extraño que haga esto de la nada y… Se bien que no me perdonaran así sin más, pero he tenido mucho tiempo para pensar en estos meses y… En verdad lamento mucho mi reacción, estuvo muy mal… De verdad lo siento.

El largo silencio que le siguió fue destrozando las mínimas esperanzas de Isabella de conseguir el perdón de sus amigos, los ojos de los cuatro seguían observándola fijamente, pero ni uno de ellos parecía querer responderle de ninguna manera. Ella solo tenía una cosa que decir y ya lo había hecho. Podía dar todo un discurso intentando explicar que había visto su error y que honestamente lo lamentaba, pero si las personas que te oyen ya no te ven con los mismos ojos, entonces no valía la pena.

Solo se disculpó una vez, pero fue con toda la sinceridad que podía transmitirle a los demás; Si no le creían, entonces ya no tenía caso seguir.

Ya comenzando a resignarse y a disponerse a salir de ahí, la última persona que esperaba que la detuviera lo hizo.

-Ha sido muy duro, sabes.

La voz de Phineas la obligó a voltearse abruptamente hacía el.

-Desde que nos conocemos habíamos sido buenos amigos, pensé que eso jamás cambiaria, pero de pronto tu empezaste a vernos mal y a gritar. Ya ni siquiera querías vernos a la cara. Sabía bien que tendríamos a veces nuestras diferencias, pero nunca se me ocurrió que llegarías a odiarnos como lo hiciste.

Isabella agacho la cabeza con vergüenza….

-Y desde hace tiempo que quería decirte… que lo lamento.

Ahora todos se giraron a verlo a él, impactados por lo que acababan de escuchar. ¿Habían oído bien?

-Debiste pasar por momentos muy difíciles por mi culpa. Ahora que sé que desde niños sentías algo por mí, soy consciente de los muchos momentos en que creo te di esperanzas y en los que no te preste atención. Con todo eso y que además escogiera a alguien que considerabas un buen amigo como mi pareja, debía ser un golpe muy duro… No sabes cómo lo siento.

No podía moverse, no podía creer lo que escuchaba. Sin siquiera darse cuenta, pequeñas lagrimas fueron asomándose por las esquinas de sus ojos.

-Tengo fama de ser un genio, pero debo reconocer que en estas cosas del amor, soy un completo ignorante – Se fue acercando a su antigua amiga hasta que estuvieron frente a frente – Sé que no puedo cambiar el pasado pero… Me gustaría que pudiéramos salvar nuestra amistad.

Todos los presentes miraban esta escena en profundo silencio, algunos apretaban los dientes ante la anticipación y otros se mordían con fuerza el labio al no saber qué iba a pasar.

Pero lo que ocurrió sorprendió a todos.

Una fuerte y casi estridente risa se escuchó por todo el patio, acallando los sonidos de la naturaleza.

La chica de cabello negro reía tan fuerte que incluso sonaba doloroso; Las lágrimas de sus ojos le abrieron paso a muchas más, hasta convertirse en un auténtico llanto. Se llevó una mano a su boca intentando a callar sus carcajadas pero fue completamente inútil.

-Sigues sorprendiéndome Phineas Flynn – Dijo después de calmarse un poco – Fui peor que una bruja con ustedes y ¿Tú me pides disculpas?… La edad en verdad que no te ha cambiado nada – Intentó limpiarse el rostro, pero las lágrimas no paraban de salir. Sentía una malgama de emociones que la abrumaban como nunca antes -Lo siento mucho… - Se dejó de pasar las manos por el rostro cuando sintió una mano gentil y cálida sobre su hombro, al levantar la cabeza, vio el joven rostro de quien fue una vez su obsesión sonriéndole suavemente.

Pronto la adolecente fue contagiada por esa sonrisa y le respondió por igual, aun con un par de perlas de lágrimas resbalando por sus mejillas. Las miradas de los dos se cruzaron, compartiendo ese momento de confort, calma y de una alegría que pensaron jamás volver a experimentar entre ellos.

La luz del sol de la tarde que bañaba el rostro de la chica fue opacada por una sombra que apareció repentinamente encima de ella. Sin saber en qué momento ocurrió, Ferb apareció al lado del pelirrojo; Por un momento Isabella se sintió intimidada al estar bajo la sombra del británico, pero esa sensación se esfumo al ver una dulce sonrisa en sus labios.

Sin pronunciar palabra alguna, extendió su mano ante la adolecente, con la esperanza que la aceptara.

Ella contemplo aquella opción por un breve momento. Se mostró un poco dudosa en un principio, pero con mucho gusto acepto aquella muestra de paz que le brindaba el más alto.

La mirada de los dos se cruzaron en ese mismo instante, el ambiente se sentía tan familiar, tan cómodo y reconfortante que casi hacía parecer que todo lo anterior de ese momento había sido solo un mal sueño.

Nunca en su vida Isabella se había sentido más aliviada, finalmente aquel pesar tan doloroso que había estado cargando consigo por tanto tiempo se había ido. Se sentía tan liviana, tan feliz, que sencillamente no podía parar de llorar.

Phineas y Ferb intentaron consolarla pero sin importar este nuevo giro, ninguno de los tres borraban aquellas sonrisas de antes.

Buford y Baljeet no tuvieron que decir nada más, tuvieron que darle la razón Phineas, a pesar del mal trato recibido por ella, era cierto que Isabella había sufrido mucho y no encontró otra forma de sobrellevar todo ese dolor que entregarse a su ira y odio.

Fue un terrible error, es cierto.

Pero ellos no podían fingir y decir que no ella no estaba arrepentida por todo.

Quizás esto llevaría algo de tiempo, pero que todo volviera a ser igual que antes no era algo imposible.

Los chicos se unieron a los demás, conformando el grupo nuevamente.