Mientras avanzaban por las calles aledañas al muelle, se adentraban a un mercadillo. El aroma a pescados y comida se hacían presentes. Sus estómagos rugían por el hambre. No habían visto tanto alimento desde hace mucho.
Pero ellos no eran los únicos impresionados. Por doquier las miradas se posaban en ellos. Ping creía que se maravillan por su hermoso corcel, pero la realidad era que todos le veían a él... ella.
Escuchó algunas frases que no lograba comprender. Su abuela era quien respondía con furia. Suponía que era mejor no enterarse de lo que decían.
Ahora estaban en Japón, eran personas completamente nuevas, sin un pasado y ahora tampoco con un presente o futuro cierto. Aquello les causaba temor, pero a la vez, entera sensación de libertad al estar en una nación que no se enfrentaba directamente a la guerra.
Lo siguiente en la lista era buscar refugio. ¿A dónde irían? Estaban tan ensimismados en salir de China, que no habían pensado en el siguiente paso.
En su recorrido de entre los puestos de venta, algo llamó la atención de Ping. Vio a un chico en medio de una multitud que le rodeaba. Bailaba y hablaba como si conversara con alguien invisible. Las personas reían. Ahí es cuando se percató que a pesar de lo diferentes que eran las personas de tierras distantes, habían ciertas características que compartían. Entre ellas: La risa.
Sin darse cuenta, había permanecido de pie frente a la multitud. Aquellas personas dejaban caer monedas dentro de un cuenco que parecía ser utilizado para sopa. Las brillantes monedas caían como una lluvia de plata. Eso le recordó que necesitaban dinero.
Como si se tratara de una premonición, aquel hombre se abrió de entre las personas para halarle del brazo. A rastras, le colocó a su lado de entre el improvisado escenario callejero. Se movía alrededor de Ping y decía frases, para él, sin sentido. Las personas reían más y aplaudían.
Observó cómo algunas personas se quejaban, pero poco después supo que se trataba de su abuela pisoteando a algunos para llegar hacia él con rapidez.
— ¡¿Qué intentas hacer con mi nieta?! — Gritaba en japonés mientras le halaba de vuelta.
El chico sólo sonreía. — La pedí prestada un momento. Su maquillaje es... llamativo. — Buscaba la palabra adecuada. — Usamos pintura similar en nuestro espectáculo.
— ¿Qué clase de "espectáculo"? Yo sólo miro a un niño mendigando en las calles. Únicamente poniéndole precio a su dignidad. — La abuela le miraba de arriba hacia abajo con desprecio, pero el chico no se ofendía.
— Esto es arte. Utilizamos escritos que sólo las familias de buena posición pueden leer. Tomamos eso y lo representamos con nuestro cuerpo en las clases bajas. La cultura debería ser para todos. Esa paga... — Señaló el modesto plato. — ... es muy baja respecto al servicio que hacemos. — Mencionó con orgullo.
La abuela se acercó, observando la cantidad de monedas, parecían ser bastantes. Lo pensó un momento y suavizó su tono de voz. — Si lo pones así... ¿cuánto obtendríamos por un "espectáculo"?
— Eso depende. Mi familia es errante y estamos algo cortos de trabajadores. Su nieta parece tener "ese algo".
— ¿"Ese algo"?
— Sí. Se pasea por aquí con el rostro completamente cubierto, pero a la vista de todos. Es poderoso. Es... misterioso. — Analizó de cerca el rostro de Ping. Él no sabía nada de lo ocurría. — Me gusta. Por cierto, señora... ¿Su nieta no habla?
La abuela se interpuso entre ambos y soltó una risa nerviosa. — Está algo enferma de su garganta. Pero volvamos a la paga... ¿tienen lugar para tres más?
La audiencia se había esfumado, por lo que la abuela pudo señalar tanto a Li como a Khan.
El chico sonrió aún más al ver al caballo.
— Tenemos un trato.
