DISCLAIMER: Ni Finnick ni el resto de personajes existentes en Los Juegos del Hambre me pertenecen, si no que son propiedad de Suzanne Collins. Yo solo espero no haberlos destrozado mucho en el intento.
Cuando Tarius se aparta finalmente, Finnick está semi cubierto por una especie de armadura reluciente, tan fina como una segunda piel. El tejido se curva y se acopla a su cuerpo de forma perfecta, bordeando los músculos de los brazos y las piernas como si se tratase de las coderas y espinilleras de un reciario. Cuando lo observa de cerca, se percata de que está formada por un millar de escamas sintéticas y relucientes que brillan con un color gris azulado.
Es el traje más espectacular que ha vestido nunca, y también el más extraño. Si Annie estuviese allí, seguramente le diría que parece un hombre sardina. Pero ella no está, y le han obligado a quitarse su pulsera mientras lo preparaban en el Centro de Renovación.
—Pareces un príncipe —asegura Aleena con un suspiro soñador, mientras le recoloca los mechones cobrizos bajo la corona de coral rojo—. ¡Gissa, Atticus, Sterea! ¡Mirad a Finnick!
Desde que ha llegado, todos los estilistas y sus ayudantes parecen estar obsesionados con él. Se pasean por la habitación cada dos por tres, quejándose de la buena suerte de Tarius o simplemente susurrando cosas entre ellos, lo que logra que Finnick acabe por sentirse como un monstruo marino exhibido en una red. Pero Mags les ha aconsejado que sean amables con ellos, de modo que se esfuerza por sonreír cuando un montón de pelucas de colores se ponen delante de él y se empujan unos a otros. Al menos hasta que Tarius regresa, enfundado en su horrible traje de lentejuelas, y los echa a todos a gritos.
—Parece que les gusta mucho tu diseño —comenta, por decir algo, mientras las manos ágiles de Tarius se mueven por su cuerpo como cangrejos diminutos, tirando de aquí y de allá, repasando detalles que ya ha retocado mil veces.
Pero, por alguna razón, allí todos están obsesionados por tocarle. Incluido su estilista.
—No, querido mío. —La mueca de enfado le deforma aún más las facciones, ya de por sí grotescas. A su lado, Brissia podría pasar por una ciudadana del Cuatro. Es como un niño al que le han obligado a compartir su postre favorito—. A esas sanguijuelas no les gusta mi arte. Están aquí por ti.
Un par de horas después está junto a Igria, subido a un carro negro tirado por cuatro caballos y recorriendo el camino hasta el Círculo de la Ciudad. A diferencia de Tarius, que ha dejado gran parte de su piel al descubierto, el estilista de Igria ha decidido ocultarla entre mil capas de tules del mismo azul grisáceo que sus escamas, que se cierran sobre ella como la concha de una ostra. Y el resto de tributos no han corrido mejor suerte.
No obstante, da lo mismo. Las enormes pantallas pasan sobre ellos como una exhalación, antes de convertir su rostro en el de un gigante de ojos verde mar. Y, después de eso, la multitud se vuelve loca. Incluso Igria, a su lado, se gira hacia él.
Todos tienen la misma mirada que Aleena, la ayudante de Tarius.
Finnick ya no es un simple pescador del Distrito Cuatro. Ahora es un príncipe con una llameante corona roja que resalta sobre su pelo rubio y su piel dorada, y todo el Capitolio parece rendirse a sus pies.
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