DISCLAIMER: Ni Finnick ni el resto de personajes existentes en Los Juegos del Hambre me pertenecen, si no que son propiedad de Suzanne Collins. Yo solo espero no haberlos destrozado mucho en el intento.

Ver a Caesar Flickerman en persona impresiona aún más que por televisión. Este año lleva el peinado amarillo chillón con las puntas casi plateadas, y a Finnick le cuesta horrores apartar la vista del centelleante traje de bombillas azul celeste. Aún así, se obliga a sonreír hasta que le duelen las mejillas y toma asiento junto a él en medio de una atronadora ovación que deja por los suelos todas las anteriores.

—¡Finnick Odair! —grita el hombre, micrófono en mano y ojos amarillos (seguramente por las lentillas, pero Finnick no podría asegurarlo), dejando que eso exalte aún más al público—. Nuestro tributo más joven de este año. Me ha dicho un pajarito que tenías tantas ganas de participar que te adelantaste unos cuantos años, ¿eh?

El micro pasa a su boca, expectante, mientras la cámara también le enfoca directamente. Cuando se mira allí, en la pantalla, apenas se reconoce. Es como ver a una criatura extraña que se parece vagamente a él, que sonríe y que parece brillar con luz propia. Pero es lo que Maggs le ha dicho que haga, y si eso va a ayudarle a regresar a casa con Annie, Finnick esbozará la sonrisa más encantadora del mundo. Aunque no la sienta.

La entrevista pasa de una forma tan fugaz que apenas se da cuenta. Para su sorpresa, no le cuesta demasiado esfuerzo meterse en el papel de ese nuevo Finnick que todo el mundo quiere. Bromea con Caesar, acepta sus extensos cumplidos con una sonrisa pícara, se muestra frágil y atrayente a la vez, como si en realidad fuese un cebo meciéndose entre un banco de peces. Y ellos, todos, pican el anzuelo. La única que sabe la verdad, la dueña de la pulsera que esconde cuidadosamente bajo el nuevo diseño estrambótico de Tarius, no está allí para contarla.

—¡Finnick Odair, señoras y señores, nuestro chico de oro! ¡Qué maravilla! —lo despide Caesar Flickerman, y la gente del Capitolio se pone en pie. Dos chicas de la primera fila incluso rompen a llorar desconsoladamente cuando abandona el escenario para dar paso a la tributo del Distrito Cinco—. Y ahora...

Su voz se pierde cuando vuelve entre bastidores, donde Igria lo está esperando arremolinada en su vestido de color verde alga. Está charlando con la chica del Uno y, al verlo acercarse, ambas sueltan una risita tonta y agitan el pelo.

—Ha sido impresionante —reconoce la chica, que al parecer se llama Silver. Lleva unas enormes pestañas postizas que agita incesantemente cuando Finnick se detiene junto a ellas—. Tenías a todo el mundo anonadado.

—Finnick Odair —canturrea Igria, colgándose de su brazo y dejando que parte de sus rizos le acaricien la mejilla al girarse—, el pescador del Capitolio. No suena tan mal...

Los tres se ríen. Pescar peces y pescar personas no es tan distinto, por mucho que Igria piense lo contrario. Y Finnick tiene en sus redes a todo el Capitolio y casi todos los tributos.

Lo peor de todo es que no sabe cómo le hace sentir eso.