DISCLAIMER: Ni Finnick ni el resto de personajes existentes en Los Juegos del Hambre me pertenecen, si no que son propiedad de Suzanne Collins. Yo solo espero no haberlos destrozado mucho en el intento.

Nada más salir del tubo, y con el corazón bombeándole con fuerza, Finnick mira a su alrededor. El sol cae de pleno sobre el terreno yermo y rocoso, que se extiende durante varios kilómetros y acaba en una zona frondosa llena de palmeras: un oasis. Más allá, unas destartaladas montañas aparecen recortadas contra el horizonte, junto a unas construcciones de aspecto ruinoso.

La Cornucopia se alza frente a ellos, justo en el centro del círculo, tan brillante y dorada que casi duele mirarla. Sin embargo, todos se obligan a ello. Ahí, apiladas en montones pulcros y organizados, están todas las herramientas y provisiones que pueden permitirles salvar la vida. No es algo que pueda ignorarse así como así.

Tal y como acordaron con Mags, Igria y él han formado un pacto con el resto de tributos del Uno y el Dos. No fue demasiado difícil, a pesar de que todos le sacan tres años de ventaja, porque lo han visto entrenar y porque un diez sobre doce es una puntuación lo suficientemente destacable como para convencerlos de que no será un estorbo. Además, desde el paseo en carro por la plaza, ni Silver ni la chica del Dos se le han despegado ni por un solo instante. Igria las llama las "chicas lapa" cuando están en la intimidad de su planta, y el resto del tiempo se limita a lanzarles sonrisas forzadas. Los seis se comportan como si fueran una piña, comiendo juntos y entrenando juntos, y una noche Finnick incluso se encuentra a Silver merodeando por su planta, roja y con aspecto de no saber dónde meterse.

Sin embargo, eso no quita para que, cuando suena el gong y Finnick y ella son los primeros en llegar, ambos se examinen el uno al otro con cautela. Finnick ha sido más rápido, y su puño ya se cierra sobre dos lanzas de metal plateado de medio alcance, ligeras y manejables. Ella permanece agazapada, alternando la vista entre la espada que tiene más cerca, Finnick y el resto de tributos que comienzan a llegar a intervalos. Cuando Finnick le tiende finalmente una de ellas, sus labios finos se curvan en una sonrisa cómplice, al tiempo que caza la lanza al vuelo y se gira para encarar al tributo que tiene más cerca, y que tira con desesperación de una bolsa repleta de frascos. Después, casi sin inmutarse, le atraviesa la cabeza con la punta perfectamente afilada.

La sangre los salpica a ambos, pero Silver sigue sonriendo. No hay mar en la Arena, pero sí tiburones. Y son ellos.