DISCLAIMER: Ni Finnick ni el resto de personajes existentes en Los Juegos del Hambre me pertenecen, si no que son propiedad de Suzanne Collins. Yo solo espero no haberlos destrozado mucho en el intento.

Ya ha pasado poco más de una semana desde el inicio de los Juegos. Tras el baño de sangre de la Cornucopia, que se saldó con un total de ocho cañonazos, las cosas no han hecho más que empeorar. Pocos días después, un huracán fortuito destrozó casi las tres cuartas partes de los suministros que habían logrado atesorar, llevándose también consigo a la tributo del Dos y convirtiéndola en un amasijo de huesos rotos y arena incrustada en la piel. De no ser por los paracaídas plateados que han estado llegando casi sin cesar, repletos de comida y armas, y en ocasiones hasta de medicamentos, seguramente los cuatro estarían muertos.

O, al menos, seguro que tres de ellos, porque todos los mensajes tenían el mismo destinatario. Siempre el mismo. Al principio se reían, vanagloriándose de la buena suerte de tener a alguien con tantos patrocinadores a su lado. Ahora, hace días que las risas se han extinguido, y Finnick nota sus miradas ansiosas clavadas en su nuca con cada vez más frecuencia. Esa noche no es la excepción.

Han instalado el campamento base en el oasis, lo que les permite guarecerse un poco de las temperaturas cambiantes. Además es la única fuente de agua potable disponible en varios kilómetros a la redonda, lo cual significa que, a menos que quieran morir de sed, el resto de tributos están condenados a acudir a ellos como polillas atraídas hacia la luz. Ya han caído siete, que sumados a los otros tres cañonazos que resonaron desde más allá de las ruinas dejan un total de seis jugadores en pie.

Demasiados todavía.

—Voy a ver si pillo algo —musita, incorporándose con la lanza en la mano y estirando un poco los músculos en un gesto aparentemente inofensivo. No recibe respuesta de ninguno de ellos, apilados tras las brasas moribundas en un asfixiante silencio, pero de reojo ve cómo Igria sigue sus movimientos uno por uno antes de darles intencionadamente la espalda.

Los tiburones son letales para todos aquellos incautos que no conocen el mar. Por desgracia, Finnick no es uno de ellos, y no necesita escuchar sus torpes intentos de parecer sigilosos para comprender que el tiempo se ha agotado. No permitirán que se meta en el agua. No les conviene hacerle frente cuando está en su elemento.

La primera dentellada, tal y como ha vaticinado, llega poco antes de que logre alcanzar la orilla. El zumbido que corta el aire es lo único que le previene de ella, y la esquiva casi por los pelos. La lanza le araña el cuello, dejando un rastro rojo que gotea suavemente por su piel dorada, poco antes de hundirse en el lago con un chapoteo. Sus ojos verde mar se encuentran con los de Igria, cuyo brazo aún está flexionado frente a su rostro pálido y frustrado. De no haberse ladeado en el último instante le habría perforado la yugular.

—Supongo que hasta aquí llega la tregua —comenta con una sonrisa fría, aunque no baja la guardia ni por un instante.

Tiene a Silver a su izquierda, armada con uno de los pocos arcos que lograron salvar del torbellino, y escoltada por su compañero de distrito. Es un tío grande, grueso, de músculos hinchados pero piernas cortas. Lo mismo que Igria. A su espalda, el tributo masculino del dos blande la espada con la que le vio decapitar al menos a tres tributos durante el baño de sangre inicial, cortándole el acceso al lago. Lo tienen completamente rodeado.

—Las bayas y el estofado. Las naranjas sanguinas. Las tres cargas de ballesta. Las píldoras para depurar el agua. —La nariz del tributo del uno está tan arrugada que le hace parecer un dogo. Incluso tiene burbujas de saliva asomando entre los labios retraídos—. ¿Qué dirán ahora tus patrocinadores cuando te vean agonizando en el suelo con ese bonito cráneo abierto por la mitad? ¿Crees que les seguirás entusiasmando cuando retransmitan en directo cómo se te salen los sesos, Finnick Odair?

Lejos de dejarse intimidar, y a pesar de que el corazón le martillea en el pecho con fuerza, Finnick esboza una media sonrisa. No puede permitir que los tiburones lo vean sangrar. Si lo hace, está perdido.

—¿Por qué no lo averiguamos?

Es una invitación, y el tributo del uno la acepta con gusto. En menos de un segundo, lo tiene encima. Finnick blande su lanza, interponiéndola entre ambos para evitar que consiga derribarlo. Para sus arremetidas, una, dos, tres veces... y por el rabillo del ojo ve a Silver con el arco cargado, lista para disparar. Antes de que logre destensar la cuerda, Finnick gira sobre sí mismo y dispara su lanza. El golpe es certero, la ensarta por el estómago y la clava contra la tierra reseca, aunque no se detiene a mirar si sigue con vida. Utilizando el mismo impulso, extrae de la bota de su traje un cuchillo de corto alcance y lo entierra con todas sus fuerzas en la pantorrilla del chico del uno. El aullido se mezcla con el cañonazo y lo hace trastabillar hacia atrás, dejando caer con fuerza su sable.

La hoja se entierra en su muñeca hasta el fondo, quedando encajada en el hueso. El dolor dura apenas un instante, un segundo en el que todo se vuelve negro y luego rojo, justo antes de que le cercene los nervios y, con ellos, la pulsera que Annie le regaló durante su despedida. Su favorita. La que debía cuidar. Pero los finos hilos y las conchas se rompen como si fuesen de mantequilla, la sangre brota y el aturdimiento le arranca un par de jadeos. Suficiente para atraer al segundo tiburón. Suficiente para que lo tire de un empujón, colocándose a pulso sobre él y hundiéndole la rodilla en el pecho con tanta fuerza que apenas puede respirar.

—Vas a morir. Vas a morir y esta vez ningún paracaídas plateado va a salvarte. Vas a morir aquí y ahora —sisea, relamiéndose. Le sujeta la cara, atrapándole la mandíbula entre sus dedos torcidos y enterrando su nuca en el borde del lago—. Adiós al niño de oro del Capitolio.

Alza la espada, cuyo filo emite un ligero destello naranja. Solo tiene que dejarla caer. Solo tiene que permitirlo, y todo habrá acabado. El cansancio, el dolor, las noches sin dormir... Todo habrá acabado. En parte, casi suena apetecible. Al menos hasta que la voz aguda y suplicante de Annie vuelve a inundarle la mente: "Prométemelo. N-No… Júramelo". Sus ojos verdes se aclaran un poco, conforme trata de recuperar el dominio de su cuerpo mientras el rostro pecoso de su amiga flota a unos metros de ellos. La espada cae, justo después de que su mano libre se cierre en torno al mango del sable y lo arranque de su prisión de hueso.

Ya ha roto dos promesas. No puede romper también un juramento. No puede.

Antes de que la espada pueda traspasarle el pecho se lo hunde en las tripas. Él boquea, con los ojos muy abiertos y la sombra de una risa congelada en los labios rojizos, al tiempo que la espada se le escurre de los dedos. Finnick lo empuja de una patada, quitándoselo de encima y rodando sobre sí mismo.

El agua lo abraza justo antes de que una segunda lanza pase a escasos centímetros de su pierna. Incluso allí, la puntería de Igria es envidiable. Por suerte, hasta contando con una sola mano tiene más destreza para nadar que su compañera, así que en pocos minutos ha dejado atrás el oasis y se ha internado en las ruinas, desplomándose en el interior de una de las derruidas fortificaciones. Permanece allí un rato, incapaz de moverse, mientras los puntos brillantes en su campo de visión se expanden y la sangre continúa tiñendo el suelo polvoriento.

Con los ojos aún cerrados, escucha el segundo cañonazo que indica la muerte de uno más, y también un ligero pitido lejano, intermitente, que parece aproximarse poco a poco.

Cuando horas después vuelve a abrirlos, hay dos paracaídas frente a él. Uno es un tarro de algo que ya conoce y que sabe que le curará la muñeca. El otro es un magnífico tridente plateado que brilla a la luz de la luna.