DISCLAIMER: Ni Finnick ni el resto de personajes existentes en Los Juegos del Hambre me pertenecen, si no que son propiedad de Suzanne Collins. Yo solo espero no haberlos destrozado mucho en el intento.

Las hojas secas y humedecidas de la palmera se le escabullen entre los dedos mientras las trenza. Lleva casi dos días tejiéndola, prácticamente sin detenerse, por lo que ya casi alcanza los dos metros de largo. Aún así, no ha logrado que los agujeros sean totalmente uniformes, como sucede siempre. Ahora lamenta no haber prestado más atención cuando Annie arreglaba las suyas.

Mientras termina de anudar cada uno de los extremos de la última franja, la cúpula de cielo se ilumina y la música del Capitolio irrumpe en la quietud de la noche. En esa ocasión aparecen tres caras, pero ninguna de ellas son las que Finnick espera. Ya solo quedan cuatro. Vuelve a posar la atención sobre la red, anudando con un poco más de fuerza, y cuando finalmente la tiene lista se la carga al hombro y recoge el tridente del suelo.

El oasis está tan tranquilo como las últimas veces que ha espiado a escondidas. La hoguera rezuma los últimos restos de humo, así que hace un rato ya que se han marchado de caza. Hace dos días que se les acabaron las provisiones, así que ya no les queda más remedio que intentar buscar comida por su cuenta o tratar de acelerar las cosas. Tanto lo uno como lo otro le viene bien.

Con el sigilo de un cocodrilo, Finnick emerge del agua y trepa hasta un conjunto de árboles frondosos que quedan inclinados sobre el improvisado campamento. Una vez ahí, e igual que si estuviese a bordo del barco con su padre, se entretiene en extender la red lo máximo posible y en preparar el mecanismo que la hará caer. La trampa que aprendió a preparar en el centro de entrenamiento era un poco distinta, pero puede adaptarla perfectamente a lo que necesita. Sus ojos verdosos no vacilan ni un instante, ni siquiera cuando baja de un solo salto y el cañonazo retumba por cada rincón. Ya solo quedan dos.

Un rato después, escucha al fin pisadas y risas roncas que se abren paso entre la maraña de plantas. Igria es la primera en salir a la orilla, armada con su inseparable lanza, aunque se detiene de inmediato al verle allí de pie. Su mirada asustada pasa de la débil cicatriz en que se ha convertido lo que debería haberlo matado hasta el tridente que apoya contra su pecho, y Finnick percibe cómo los labios le tiemblan antes de que levante la lanza y chille el nombre del chico del uno. Finnick no se molesta en inmutarse.

Él llega dando brincos poco después, cortando maleza con dos sables y soltando maldiciones a diestro y siniestro. Le complace ver que no ha recibido ninguna medicina milagrosa, y por lo tanto la herida que le hizo con el cuchillo continúa abierta e inflamada. Cojea. Más que los días anteriores.

Bien.

Todo parece suceder en un suspiro. De pronto, ambos se dividen y se lanzan contra él. Incluso cojeando, Uno es tan rápido que le obliga a interponer dos veces el tridente para evitar que le rebane una pierna, aunque no logra evitar que consiga cortarle en un costado. Sin embargo, al final no son rivales para Finnick. No en esas circunstancias. Él es mucho más ágil, más veloz y está en mejores condiciones físicas que cualquiera de los dos. No le cuesta demasiado lograr que Uno pierda el equilibrio, empujando el reverso de su pierna sana, e Igria lo sigue poco después mientras es esfuerza por escapar de las feroces acometidas de su tridente. Se revuelven uno sobre el otro, igual que dos cucarachas, empujándose para tratar de levantarse primero.

Pero ya es demasiado tarde. Con un solo movimiento, Finnick corta la cuerda oculta en el tallo del árbol y la red cae a plomo sobre ellos, inmovilizándolos contra el suelo. Jadeando, los observa gritar y maldecir, sacando brazos y piernas por los huecos más grandes. El corte del costado le escuece, y la tela rozada del traje comienza a oscurecerse todavía más, pero Finnick no le presta atención.

—¡Bastardo! ¡Cabrón! —Los rugidos de Uno son ensordecedores, y los sables se agitan en todas direcciones mientras intentan cortar en vano la red. Pero las hojas mojadas se curvan, se amoldan al filo y no ceden fácilmente. Finnick tampoco—. ¡Hijo de...!

No llega a terminar. La sangre le brota de la boca a borbotones cuando el tridente se entierra en su pecho, empapándole el cuello y ahogándolo en un gorgoteo que se pierde con el ruido del cañonazo. Igria chilla a su lado, pataleando con todas sus fuerzas. Tiene las mejillas empapadas en lágrimas, y las manos le tiemblan de tal forma que casi no consigue asir la red.

—P-por favor... Finnick... por... por favor... —suplica, entre gemidos histéricos.

Finnick se aproxima un poco más. La luna le ilumina el pelo rubio, creando una aureola cobriza a su alrededor. Sus miradas se encuentran y, a pesar de todo, ella no logra apartar la vista de él. Parece un ángel de la muerte. Vuelve a suplicar, a pedirle perdón y a implorar por la clemencia que ella no tuvo. Los dedos del joven se cierran con más fuerza sobre el metal brillante del tridente, y aprieta ligeramente la mandíbula.

Igria sigue llorando, buscando arañar algo de su compasión. Pero sabe que, si le tiende la mano, ella se la arrancará de un mordisco. Ya lo ha hecho antes.

Júramelo.

La pulsera salta hecha trizas una vez más, y la expresión desgarrada de Annie acude a su mente una vez más. Duele. Duele mucho más que recibir treinta tajos hasta el hueso. Y duele saber que, seguramente, ahora ella lo está viendo todo. Está viendo en lo que se ha convertido. Está viendo a un asesino.

—Fi... Finnick... ¡Fin...!

Su garganta es lo último que atraviesa su tridente, antes de que un último cañonazo más lo proclame vencedor de los Juegos.

Él también es ahora un tiburón.