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Para Gabo.
Quería subir esto en tu cumpleaños, pero tú sabes que tan lenta soy con esto de las actualizaciones. Pero bueno, mejor tarde que nunca. Ya no te diré feliz cumpleaños, ya lo hice. Solo quiero decirte que te amo mucho y me llena de felicidad que llegues a otro año de vida mucho más entero y feliz que el pasado. Creo que tú sabes cuánto nos ha costado construir una relación más fraterna y cercana. Hoy, se me llenan los ojos de lágrimas al pensar que ahora sí, más que tu hermana, puedo considerarme tu amiga. Y sí, seguramente nos vamos a seguir peleando, y molestando, y gritando. Está bien, somos así y sin eso le faltaría algo de magia a nuestra relación. Pero a pesar de eso, recuerda que yo siempre te esperaré, al principio, en medio o al final del túnel oscuro. Siempre voy a estar para ti, ahí. Estás hecho para perdurar y resistir, mi vida. Por favor, nunca dejes de ser mi niño.
Te amo.
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Capítulo 35: Todavía no pregunté, ¿Te quedarás?
Eva abrió los ojos y se encontró con oscuridad, o eso fue en un primer momento. Cuánto más acostumbraba a su mirada a estar activa, más se daba cuenta de que había una luz rojiza, casi anaranjada, colándose por las rendijas de las cortinas grises que cubrían la ventana. Estaba atardeciendo y ella había dormido desde la madrugada. Aunque dormir no era la palabra. En realidad, después de que le aseguraron que Maia y Mika estaban sanos y completos, dejó que su cuerpo se rindiera y se desmayó. Ya no supo lo que habían pensado Don y la reina Nuri acerca de sus nietos, o lo que sintieron todos sus amigos. Nada. Simplemente se dejó ir y descansó.
Acostada ya en la cama del hospital, se dio cuenta de la cantidad de horas que habían pasado desde que los bebés nacieron. Tocó su vientre y sintió algo de nostalgia. Aún estaba bastante inflamado, como era normal después de llevar un par de niños durante casi nueve meses, pero ya no se sentía firme ni hinchado hasta casi explotar. Ya no había patadas de los niños ni un pie recorriéndola de costado a costado. Ya no estaban con ella y, de hecho, extrañaba sentirlos.
—Señorita Wei, que bueno verla despierta —alzó el rostro para ver a una dulce y joven enfermera entrando a su amplia habitación. Antes de ir a su lado, fue a abrir las cortinas y Eva se encontró con un cielo rosa que se comenzaba a degradar a negro con estrellas. Recordó que estaba en los últimos pisos del hospital, así que las luces de la ciudad quedaban algo lejanas. Después, la mujer se acercó a ella para revisarla —¿Cómo se siente?
—Muy cansada. No puedo sentarme —le respondió, sintiendo un dolor punzante en cada rincón de la zona inferior de su vientre —Me duele el cuerpo.
—Me imagino que sí. Dos bebés para un pequeño cuerpo fueron demasiado. Pondré en tu suero un poco de analgésicos y esperemos a que hagan efecto. Si no lo hace, dígame para que trate con otro medicamento.
Eva la vio tomar nota de su pulso. Respiración y hasta temperatura, anotándolo todo en una especie de tableta electrónica. Solo cuando notó que ya había terminado con sus anotaciones, volvió a hablar para preguntar por una de las cuestiones que le inquietaban desde que había despertado.
—Disculpe… ¿sabe dónde o cómo están mis bebés?
—Monopolizados por sus abuelos —comentó la enfermera, sonriente —Pasaron cerca de cinco horas en la Unidad de Cuidados Intensivos después de que nacieron, hasta que los especialistas se aseguraron de que habían nacido bien. Cuando confirmaron que estaban en perfectas condiciones dejaron que el señor Wei y la reina Nuri estuvieron con ellos. Desde entonces, sus abuelos los han tenido. Ya les dieron su primera comida con una fórmula de leche.
—¿Han estado aquí?
—Estuvieron en este cuarto hace como una hora. Haré que los traigan lo más pronto posible. Voy a retirarme.
En cuanto la mujer salió de la habitación, Eva comenzó a sentirse ansiosa. Ya conocía a sus hijos. De hecho, nunca olvidaría el momento en que tuvo a cada uno por primera vez en sus brazos. Eran tan pequeños, frágiles y hermosos, que su corazón no podía resistirlo. Pero habiendo pasado todo eso, ahora quería ser consciente de la existencia de ambos, cerciorarse por ella misma que estaban bien, que eran reales. ¿Aikka sabría ya era padre? Suponía que sí, porque probablemente Jordan ya tenía conocimiento de eso y se lo había comunicado. Esperaba que estuviera feliz, que algo dentro de él se moviera y decidiera ir a conocerlos. Ojalá…
—Hola, Eva —la chica levantó rápidamente la mirada y se encontró con su padre, parado en la puerta y con una de las sonrisas más amplias que le había visto.
Ella abrió los brazos y, sin dudarlo ni un segundo, Don fue a su encuentro, llegando hasta la cama y abrazando a su hija como si no lo hubiese hecho en muchísimos años. Se sentía así. Había entrado en una especie de fascinación cuando conoció a Maia y a Mika. Nunca pudo imaginarse que amaría a alguien con la misma fuerza que a Eva. Pero ahí estaba, adorando a ese par de niños con la vida y el alma. Claro que había cedido al pánico cuando le dijeron que Eva se había desmayado y ni siquiera la promesa de que estaría bien le dio tranquilidad, sino hasta ese momento, en que la podía ver despierta y con una sonrisa.
—Hola, papá… Ya desperté.
—Felicidades por todo, amor. Lo hiciste muy bien. Tus bebés… están muy sanos y son hermosos.
—¿De verdad? —Eva se acurrucó más en el regazo de su padre, encontrando por fin la tranquilidad que necesitaba —Estoy muy cansada. Yo solo quería que nacieran y ya.
—Me imagino que sí. Pero el doctor dice que lo hiciste muy bien —aclaró Don, acariciando la cabeza de su hija y dejándole un beso después —Estamos muy orgullosos de ti.
Eva suspiró. Apenas podía procesar que los nueve meses de espera ya hubieran pasado, que aquello que cuidó con tanto esmero ya fuera una realidad. Lo que le recordaba…
—Papá… ¿dónde están? ¡Quiero verlos!
—Están en los cuneros. Iré a pedirles a los doctores que los traigan.
—¡Sí! ¡Por favor!
Don asintió a la petición y se levantó de la cama para salir rápidamente del cuarto y dar algunas instrucciones. Antes que nada, Eva se quedó impactada de la mejor manera cuando, antes que sus hijos o su padre, a su habitación ingresó la reina Nuri, tranquila, orgullosa y con una sonrisa en sus labios que demostraba lo feliz que se sentía. Cerró la puerta a sus espaldas y se acercó a la cama donde estaba la joven humana.
—Majestad…
Eva estaba dispuesta a saludarla, pero, cuando la reina estuvo a escasos centímetros de ella, pasó algo que no se esperaba. La nourasiana hizo una reverencia profunda a la humana. Cuando volvió a estar erguida, le sonrió de una manera que a Eva le hizo sentir como una madre.
—Su Alteza… —dijo la reina Nuri antes de sentarse en la orilla de la cama —Eva, princesa de Nourasia. Mi niña, tienes que admitir que suena muy bonito.
—Yo… —la piloto no estaba muy segura de lo que debía hacer. Había sido un impacto que la misma reina se refiriera a ella de una manera tan protocolaria sin que sonara incómodo como en las otras ocasiones —No sé qué decir —rió.
—Quizá sería el momento de las presentaciones, pero yo ya siento que te conozco desde hace mucho tiempo —le alcanzó la mano a Eva, ella notó un anillo en las manos de la reina. En cambio, lo que dijo la hizo levantar su mirada hacia el par de brillantes ojos azules —Aikka, desde hace mucho tiempo, me contaba sobre ti. No hizo falta que pensara demasiado para saber que el corazón de mi hijo te pertenecía.
—Es… es lo mismo que el mío. Su hijo… bueno, en verdad lo amo. Supongo que hay dos pruebas de ello.
—Y nunca he visto prueba más hermosa, querida —aseguró la reina, sonriente, de una manera tal que a Eva le hacía sentir como si fuera la persona más confiable, lo cual no dudaba —Aunque claramente puedo decir que ganó la parte humana en ellos, se sienten como parte de todo. Todos estamos orgullosos de lo que has hecho, pero tú más que nadie debe estar satisfecha por la fuerza y entereza que mostraste.
—Yo solo quería que eso terminara. Dos niños… fueron demasiado.
—Te entiendo completamente. Aún recuerdo cuando nacieron Amina y Aikka. También me desmayé.
Eva sonrió, pero solo hizo falta que la reina mencionara a su ausente hijo para que el cúmulo de sentimientos que había estado guardando desde que el trabajo de parto empezó se liberara. No era que no quisiera o tuviera la confianza de decirle a su padre todo lo que pasaba, pero no era lo mismo. Ni siquiera con Alexa o Amina. Con la reina… se sentía diferente. Ella era la madre de Aikka y, desde que la vio y por la manera en la que estuvo a su lado cuando dio a luz, la sintió como una para ella misma. Deseaba conocerla más de lo que lo hacía, pero estaba segura de que detrás del título de reina, Nuri era una mujer dulce, amorosa y muy sabia.
Por eso, cuando la nourasiana acarició con delicadeza sus manos, Eva no pudo reprimir a la lágrima que brotó. Quiso esconder su rostro detrás de su antebrazo, pero, antes de que lo pudiera hacer, la reina Nuri se levantó y fue a encerrarla en un poderoso abrazo. Eva se sorprendió, pero se permitió llorar todo lo que necesitaba y no había hecho. La reina no dijo nada, solo la acunó sobre su regazo como lo haría con sus hijos, acariciando su cabello y espalda.
—Lo extraño. Lo extraño mucho —fue lo único que pudo decir.
—Lo sé, mi niña. Y él te extraña igual —le respondió, dejándola que se desahogara.
Estuvieron un par de minutos así, hasta que Eva se incorporó, algo roja del rostro, pero sintiéndose un poco más liviana. Quizá todavía no era el momento de hablar de las situaciones complicadas, como la política o el futuro de Nourasia con respecto al resto de la galaxia. Por ahora, era el tiempo de que la parte sentimental quedara en paz, aunque no completamente terminado el asunto.
—¿Mejor? —preguntó la reina cuando Eva se levantó, respirando hondamente.
—Sí, mejor.
—De acuerdo, princesa. Ahora quiero decirte algo que te tiene que quedar muy claro hasta que hasta el momento en que todo se solucione —le limpió las lágrimas y puso un mechón de su cabello detrás de su oreja —No dudes en que hay alguien ahí afuera que te ama a ti y a los hijos de ambos.
—Lo sé… —contestó, imaginándose como sería escuchar eso de la boca de Aikka.
—La situación que les ha tocado vivir es lamentable en muchos sentidos, pero espero que les ayude a darse cuenta de que no importa cuánto les pase. Si es de verdad, se van a amar por encima de todo y por sus bebés.
—Sí lo amo a pesar de todo esto. Es solo que…me hubiera gustado tenerlo aquí, que los conociera. No sé cuánto tiempo pasará para que nos encontremos de nuevo y me asusta pensar lo que pueda pasar en ese tiempo —confesó Eva, más tranquila por dejar ir que los miedos se fueran.
—Sí de algo estoy segura es de que el amor se entiende de manera universal —le explicó —Y aunque haya maneras diferentes de demostrarlo, por los lugares de dónde venimos, el significado es el mismo. Aikka… no se habría puesto en contra de sus ataduras por ti si su amor no fuera sincero. No habría provocado una revolución si no quisiera amarte libremente. Si no te amara, si nos los amara a los tres, no estaría buscando corregir todo.
—¿Cree que por eso no haya querido venir?
—¿Tú crees que hubiera sido fácil para él volver a irse? —cuestionó la reina, haciendo que Eva suspirara —Imagina que estás en su lugar, ¿lo hubieras podido dejar de nuevo? ¿A él y a tus hijos?
—No…
—Que él no esté aquí físicamente no significa que no está con ustedes. Los va a acompañar siempre y a cada lugar al que vayan —le aseguró —Más allá de que su magia, sus promesas y su palabra los tienes tú, su corazón es el que está contigo. Te lo digo yo, que soy su madre y lo conozco.
Eva se sintió más confiada en ese momento. No era que no supiera ya eso. Creía que Aikka de verdad la amaba y aún más que volvería en algún momento. Si aún después de eso podían seguir juntos, la única condición sería que fuera amor verdadero. Y si no, sabía que por lo menos vendría por Maia y Mika. Ella si creía en eso. No dudaba ni un poco. Pero había un componente entre ellos que solo los dos podrían resolver, que sería la única interrogante. ¿A pesar de todo, a pesar del silencio, del tiempo y el espacio, podían amarse?
—Voy a esperar siempre el día que pueda volver a verlo —esa era la única verdad. Que pasara lo que pasara, siempre lo iba a esperar. Aún si le dijeran que iba a volver dentro de cincuenta años, ella estaría ahí para recibirlo —Y mis bebés también.
—Gracias por ser la mujer que eres, Eva —la reina Nuri le acarició la mejilla, sus propios ojos ahora cristalinos —Yo… estoy muy feliz de que mi hijo haya escogido como su pareja y madre de sus hijos a alguien tan valioso como lo eres tú. Eres… completamente diferente a lo que alguna vez esperé para él. Pero mucho mejor.
—Recuérdeselo cuando lo vea porque según él, soy un desastre.
—El desastre que le hacía falta —indicó la reina Nuri, a lo que Eva estuvo de acuerdo. Segundos después, alguien tocó a la puerta y la nourasiana se puso de pie —Después hablaremos de otros asuntos. Adelante —concedió a quien estuviera detrás.
Eva sabía que se refería a las cosas de política, del reinado, estrategias e incluso de sus títulos. Pero eso no era lo que quería hablar en ese momento. No cuando Don entró a la habitación por delante de un par de enfermeras que llevaban un par de cunas de plástico transparente.
La emoción de la joven piloto se disparó por completo. Lo traslúcido del material le permitía ver los dos pequeños bultos acostados en ellas y envueltos en mantas, una azul y la otra blanca. Tanto la reina Nuri como Don se hicieron a un lado, maravillados de ver la felicidad entera que se había posado sobre la tez de Eva.
—¿Está cómoda, señorita? —preguntó una de las enfermeras —Colóquese de la mejor forma para que le pueda dar a ambos bebés.
Eva hizo el esfuerzo por acomodarse un poco más sobre las almohadas que tenía detrás de ella. Vio a una de las mujeres levantando el bebé envuelto en mantas blancas. Su corazón parecía querer escapar de su pecho. Tal vez era porque, de hecho, su corazón ya no era suyo completamente. Se había dividido de amor puro y un pedazo ahora le pertenecía a cada uno de sus mellizos.
—Bueno, esta es su hija mayor.
La joven extendió sus brazos y recibió por segunda vez a Maia. Era una pequeñita preciosa y de mejillas regordetas. Eva le dio varios besos en su frente al recibirla, revisándola de pies a cabeza para asegurarse de que toda ella estuviera bien. Recordaba vagamente que cuando nació se percató de que sus orejas eran como las de un humano. Sin embargo, aunque la genética humana se hizo muy presente en ella, se notaba el poder de la herencia nourasiana. Su piel era morena, no tanto como la de su padre, pero se destacaba por su precioso color bronceado claro. Su cabello era casi del mismo color cobrizo que el de Aikka. Ninguno de los dos había abierto todavía los ojos, pero su madre podría casi jurar que los de su hija iban a ser azules. Era muy pronto para buscar parecidos con cualquiera de sus padres, pero Eva ya se podía imaginar que esa niña iba a crecer como la imagen de Aikka.
—Ponla en tu brazo para que tengas al otro —Don la ayudó a acomodar a la niña en un lado.
La enfermera puso después a Mika, y Eva no pudo evitar reírse un poco, pues ese niño era humano con toda la fuerza de la palabra. Estaba casi tan rellenito como su hermana. Su piel era blanca y Eva creyó distinguir un poco de su persona en él: su cabello era muy negro y bastante abundante, como lo era el de Eva sin el tinte rojizo. Como pudo, lo acercó hacia ella y después de comprobar que, efectivamente, sus pequeñas orejas eran de fisionomía humana, le dio un beso en su frente y talló su nariz con la del bebé.
Por fin, después de tanto tiempo, podía tenerlos en sus brazos. La espera había sido abrumadoramente larga, pero la familia estaba ya casi completa.
—Buenas noches, señorita Wei —el doctor Fitzgerald entró a la habitación, sonriente y con el buen humor que lo caracterizaba —Me alegra mucho ver que esté despierta ya. ¿Cómo se siente?
—Ahora, mejor —aseguró, abrazando a sus pequeñitos y manteniéndolos cerca de su pecho —¿Ellos como están?
—En perfectas condiciones, señorita Wei. Ambos están muy bien. Los médicos nourasianos también los han revisado y concluyen que son muy sanos —le indició, enseñándole las notas de ambos —Y usted también se encuentra muy bien. Tengo que decir que estoy muy sorprendido de que alguien que es tan joven como usted haya logrado llevar a término un embarazo así. Fue… realmente impresionante.
—Fue por la magia nourasiana —explicó Eva, llamando la atención de su padre y la reina, quien le sonrió —Aikka me había explicado que, bueno… en cierto momento me dio algo de su magia que me daba una fortaleza diferente. Además, algo pasó cuando estaba en la bañera.
La reina vio a Don Wei. Ya había hablado de él con eso y, aunque en un principio el padre de Eva se vio contrariado, después entendió que había sido necesario para ayudar a su hija con ese proceso, además de que era una tradición nourasiana milenaria.
—Es algo que se hace en Nourasia desde hace muchos años —explicó, yendo a su lado y dándole una caricia al pequeño Mika, rendido al sueño en el regazo de su madre —Cuando una nourasiana, humana en este caso, está por tener a su hijo, la madre del papá del niño está a su lado. En el caso de la realeza, la próxima abuela debe proveer a la nueva madre de la magia suficiente para tener fuerza en el parto, y para transmitirle la magia que solo pertenece a la realeza, y que se la pueda dar a su hijo. Eso hice contigo, Eva, pero hice algo más.
—¿Qué fue?
—Te di tanta magia como tendría el mayor monarca de Nourasia. En esos términos, estás al mismo nivel de poder que Aikka, Amina, Laila y yo misma —Eva abrió la boca, sin terminar de comprender como era eso posible —No quiero que lo veas como una imposición. Pero es tu derecho y lo necesitabas.
—¿De verdad? ¿Necesitar?
—En ese momento, sí. Tú, mejor que muchas personas, sabe cuál es el panorama en la galaxia. Nadie podría saber las amenazas que pueden acechar. Espero que no tengas que recurrir a la magia para defender a tus hijos, pero es mejor que cuentes con el poder y el entrenamiento para manejarlo.
Ante eso, ni Don ni Eva pudieron argumentar nada. Ellos tenían los medios para defenderse, pero nunca estaba de más que tuvieran un segundo plan. Ya no era tanto por sus propias personas, sino por Maia y Mika. Por ellos, podían acceder a lo que fuera.
—Entonces supongo que eso, más tu propio esfuerzo, dio por resultado este par de saludables niños —el doctor se acercó a la joven, dándole un vistazo a los bebés dormidos —Si estás de acuerdo, me gustaría que ambos pasaran un par de días aquí, solo para estar completamente seguros de que todo en ellos funciona bien.
Don y Eva se pusieron de acuerdo con una mirada y asintieron. En temas de los bebés, cualquier cosa para su bienestar podía ser aceptada. El doctor Fitzgerald le dio algunas instrucciones más a la chica para el cuidado de los niños, así como también le mostró la fórmula de leche con la que iba a alimentar a los pequeños, pues preferían que se abstuviera de darles alimento por su cuenta, pues su joven cuerpo podía perder muchos nutrientes que ella necesitaba para su recuperación.
Justo cuando el médico se despidió de las personas en el cuarto, una horda de visitantes entró a la habitación. Eva no pudo evitar reír y recibir las felicitaciones de sus amigos.
Rick había llegado con su esposa, quien le prometió ayudarla en todos los asuntos maternos de los que tuviera dudas. Stan y Kouji se veían particularmente emocionados la ver a los niños. Eva creyó ver algo extraño entre ambos, pues estaba particularmente juntos y quizá vio un sonrojo en uno de ellos, pero era algo de los que los cuestionaría después.
Jason entregó sus felicitaciones y las de su padre, que no había podido asistir al lugar. Estuvo muy emocionado de ver a los niños y auguró que uno de ellos terminaría siendo un gran piloto. Alexa, que había obligado a Aitan a entrar a la habitación, se deshizo en lágrimas al ver a su mejor amiga con sus pequeños en brazos. Todo el embarazo se estuvo imaginando ese momento, pero nunca pensó que sería tan precioso como lo que estaba viendo. Su amiga parecía brillar de una forma especial, como si una luz cálida se hubiera posado sobre su vida. El nourasiano consejero le dio unas palmaditas en la espalda para calmarla, al tiempo que también congratulaba a Eva por sus bebés y les hacía una profunda reverencia a los niños, prometiéndoles cuidarlos a costa de su propia seguridad.
Eva sonrió enternecida cuando vio a Amina llegar sujetando de la mano a la pequeña Laila quien, por motivos de su edad y el ajetreo acontecido después del nacimiento de los niños no había podido conocer a sus sobrinos. La humana se sorprendió al ver a la pequeña hacer también una reverencia ante ella. Se le hacía increíble que hasta la niña hubiera asimilado que las jerarquías en la familia habían cambiado, posicionando a la joven Wei por encima incluso de ella y la propia Amina.
—¿Puedo verlos? —preguntó, ilusionada
—Por supuesto. Ya eres tía de los dos —le contestó la nueva madre.
Aitan fue al auxilio de su pequeña princesa y, después de pedirle permiso, la cargó para que pudiera ver a detalle a los dos bebés que, poco a poco, se iban despertando. Los ojos azulados de Laila brillaron de emoción al ver a los bebés. Extendió su mano y le dio una leve caricia a la frente descubierta de Maia, riendo chistosamente al ver que la bebé se movía entre sueños.
—Ella va a tener un carácter muy fuerte —dijo de repente Laila, después de mirar durante un corto rato a Maia. Después, se inclinó más para tocar la mejilla suave de Mika —Él muy noble.
Eva sonrió, un poco confundida. Buscó a Amina para entender un poco y ella se acercó. La humana pocas veces había visto tan sonriente a la hermana de Aikka. Lucía como si ella fuera la encarnación de la felicidad.
—La magia de Laila tiene una sensibilidad especial para la mente y el corazón. Ella puede saber desde el primer momento que conoce a alguien como es o será su temple —Eva asintió, teniendo una sensación extraña de saber con tanta anticipación como sería la posible conducta de sus pequeños. Vio a Amina y le sonrió, la princesa entendió. Se acercó a ella y la rodeó por los hombros, enfocando su vista en los bebés —Son preciosos.
—¿Verdad que sí?
—¡Sí! Y vaya que nos llevamos una sorpresa enorme al ver que eran un niño y una niña —la abrazó aún más fuerte, reteniendo un nudo en la garganta —Gracias, Eva. Ellos… nunca imaginé que la esperanza y el amor nacieran al mismo tiempo en forma de estos dos hermosos bebés. Nos han hecho muy felices a todos.
—Gracias a ti por quedarte a mi lado —dijo, recordando que Amina había estado con ella desde que se la llevaron a la tina. Su voz era de las últimas cosas que recordaba hasta antes de caer en un sueño profundo —Ya por fin están aquí.
—Vas a ver cómo todos nos encargaremos de ayudarte a cuidarlos —le prometió, también acariciando la cabeza de los pequeños que habían pasado a ser el centro de atención de todos —No veo la hora en que volvamos a casa y empiecen su vida.
Durante la siguiente hora, ese cuarto de hospital se volvió el epítome de la felicidad. Todos se mostraban encantados con los niños, que viajaron de regazo en regazo, volviendo siempre a los brazos de su mamá cuando uno de los dos empezaba a llorar -generalmente Maia-.
Eva se tomó algunos momentos para apreciar a todas las personas con las que contaba. Más allá de su padre, que no se había separado de un lado de su cama y que se sentía ansioso cada vez que pasaba más de diez minutos sin cargar a uno de sus nietos, o de la reina Nuri, quien estaba sentada a su lado y continuamente la abrazaba o le daba una caricia en las mejillas, Eva apenas llegó a dimensionar que tenía a muchas personas con las que contar y que la apoyarían si ella se los pidiera. No compartían lazos de sangre, pero se sentía como si fueran parte de una gran y variada familia. Los pequeños que acababan de llegar al mundo tenían a personas que darían su vida por ellos, si fuera necesario. Si algo lamentaba Eva, aunque esa no era la palabra que usaría después de la plática con la reina Nuri, era que Aikka y Jordan faltaran en ese momento. Uno, por ser una figura fraternal muy fuerte con Eva. El otro… porque era el amor de su vida, por ser el padre de sus bebés, porque era injusto que fuerzas que ellos no controlaban los obligaran a estar separados.
Pero iba a confiar a ciegas. Iba a confiar porque a esas alturas de la vida, ya no tenía nada más que hacer que confiar. Su corazón le decía que Aikka volvería. Lo haría y todo iba a estar bien. Aunque le aterraba la espera, lo que pasara en ella… ahora tenía dos cositas pequeñas por las que resistir cuanto fuese necesario. Aikka estaba librando sus propias batallas, y ella iba a luchar a la distancia.
*.*.*.*.*
Cuando Jordan se tiró en la cama en su cuarto dentro del templo del Avatar, apenas tuvo un par de minutos para quedarse dormido, cuando un remolino de nervios y ansiedad entró a su habitación.
—Jordan, Jordan —su letargo fue interrumpido cuando la mano del nourasiano lo agitó por el hombro. Abrió sus ojos, cansado. Aikka se dio cuenta y se apartó en ese momento —Lo siento. Es que…
—Ya sé, ya sé. Quieres saber —Jordan se estiró y soltó un bostezo nada propio del amo de la galaxia. Se sentó sobre su colchón y no pudo evitar sonreír al ver lo desesperado que estaba Aikka, aunque vaya que podía controlarlo —Supuse que habías visto todo lo que pasó.
—Claro que lo vi —replicó, cruzándose de brazos, pero no pudiendo dejar de mover el pie con insistencia —Pero tú estabas ahí. Y quiero saber.
—De verdad… tenemos todo un viaje para contarte lo que quieras. Solo piénsalo, viajé a Nourasia, fui a la Tierra, regresé a Ōban y ahora nos iremos de nuevo a la Tierra. En serio, dame una tregua —se sentó, pero al ver a Aikka esperando impaciente suspiró. Tenía que empezar a levantarse. Pero antes… —Son preciosos.
—¿Lo… lo son? —la sola mención de ellos le quebró la voz a Aikka, aunque resistió, una lágrima fue más fuerte que él y se resbaló por su mejilla —¿En serio? Es que yo… los vi. Pero necesitaba oírlo de alguien.
—Solo los tuve un momento después de que los revisaron los médicos. Pero… Dios… se parecen de una forma increíble a ella y a ti. Maia y Mika son unos niños preciosos, Aikka. En cuanto los veas, vas a entender.
—Quiero irme ya —soltó, sabiendo que aún tenía que esperar un poco. Jordan solo llevaba tres años en el mando de la galaxia. Aún era cansado para él hacer viajes entre planetas tan rápidos y tenía que reponer energía antes de embarcarse de nuevo —Descansa. Yo… seguiré observando.
—Solo serán unos minutos. Tú asegúrate de que todo esté bien aquí. Viajar sin módulo y llevarte a ti me va a agotar más. Quiero cenar bien.
Aikka negó ante eso. Jordan había descubierto recientemente una especie de talento culinario en el nourasiano y siempre que podía, decía que era parte de su expiación del honor el hacerle una cena al Avatar. Al principio, Aikka llegó a pensar que era una especie de explotación a su persona, pero después de todo el tiempo que llevaba con él, había resuelto solo hacerlo si se lo pedía. Ese día, por ejemplo, ya tenía listo algo que sabía que le iba a subir los ánimos.
En otro momento, o más bien, en otro tipo de viaje, no sería necesario que guardara reposo. Sin embargo, pensando en todo lo que estaba por hacer, ambos habían determinado que sería mejor no emplear el módulo para pasar lo más desapercibido posible. Y es que, si se sabía que el Avatar había regresado a la Tierra con un acompañante, se iba a desatar la locura entre sus conocidos y Eva iba a deducir rápidamente que él se encontraba en la Tierra. ¿Cómo iba a justificarse después de eso?
Tres horas después, y solo cuando el Avatar comió y recargó energía lo suficiente, se colocaron en el centro del Templo del Corazón, listos para partir hacia el lejano planeta que acababa de recibir a los príncipes de otro mundo. Aikka no iba a estar tranquilo y no se iba a perdonar no conocer a sus hijos. Con todo el dolor de su alma, iba a evitar a Eva pues sabía que, de verla, de cruzar una sola mirada con ella, sería incapaz de dejarla.
—Aún sigo pensando cómo lograr que tengas un momento con ellos —le dijo mientras comenzaba a concentrar la energía en su cuerpo y en el de Aikka —Pero sea mucho o poco… aprovéchalo. Porque dudo que tengas esta oportunidad hasta que todo se resuelva.
Aikka suspiró. Años, probablemente, faltaban como para que pudiera resolver todo, recuperar el honor y asegurarse del apoyo interplanetario para poder ir a reclamar Nourasia, y con eso, volver por Eva y sus bebés. Todo su ser se contraía en angustia al pensar el tiempo en el que los iba a dejar sin un padre. Pero esperaba que lo supieran comprender. Era un sacrificio que ellos no debían, pero que tenían que cumplir por la familia en la que habían nacido.
Iban a entender, Aikka lo sabía. Tenían una madre que los ayudaría con eso.
*.*.*.*.*
Eva se quedó dormida cerca de las dos o tres de la madrugada. Maia había estado inquieta y Don se quedó con ella hasta que la nena pudo descansar con tranquilidad en la cuna del hospital. Después de eso, decidieron dejarlos a los tres en soledad para que no hubiera ruido que interrumpiera el profundo sueño en el que habían caído los tres. La reina Nuri entró un par de veces a la habitación para asegurarse de que los tres descansaran. En más de una ocasión se quedó a un lado de Eva, viéndola dormir y murmurando algunas cosas. Dos o tres veces la escuchó llamar a Aikka y sonreír después. Cada vez que sucedió algo como eso, la madre del príncipe exiliado se convencía de que no iba a haber mejor persona para su hijo que la joven que acababa de convertirse en madre, que no había batalla más feroz por el amor como la que estaban librando.
Y es que Nuri no se iba a engañar. Sabía que Aikka había partido por la liberación de su planeta, pero motivado por la de su corazón. Acarició el cabello de la joven. Conocía su historia y, sabiendo eso, cerró sus ojos y pensó en Maia, la madre de Eva. Le agradeció mil veces al que hubiera tenido una hija como ella y le pidió permiso para quererla como si fuera su hija, como si fuera Amina o Laila. La cobijó bien antes de salir del cuarto y cerrar la puerta a sus espaldas, dejando en el cuarto a una chica que sonreía como si fuera su alma la que hubiera recibido las caricias.
En la sala de espera del piso del hospital que estaba solo reservado para Eva, cuatro nourasianos descansaban en los sillones, sin bajar la guardia. Por la gente de Nourasia era bien sabido que a lo soldados y a la Guardia Real se les entrenaba para que su "sexto sentido" fuera potenciado al máximo. Tenían instintos rápidos y acertados. Así que, si alguno de ellos decía tener alguna impresión o una corazonada, era algo que se tenía que considerar y atender.
—Algo no está bien —dijo Ilka a Nerem en medio del silencio. Aunque era líder y un superior de este último, lo cierto era que Nerem tenía mucha más experiencia y sabiduría, así que no dudaba en pedir su consejo o compartirle la situación —¿Lo sientes?
—Sí. Sucederá algo. No sé qué, pero no me gusta —Nerem, siempre serio, se veía preocupado.
Ilka no necesitó más que la confirmación de eso para activar su magia. Una pequeña bola de energía azul centelleante salió de su pecho y flotó unos segundos antes de salir disparada. Atravesó las paredes del hospital y, estando al aire libre, bajó hasta quedar al ras del suelo. Ahí, tembló un poco hasta partirse en cuatro partes. Dos avanzaron rápidamente hasta internarse entre la ciudad, una más se metió al bosque y otro regresó al hospital, registrando piso por piso.
En donde estaban reunidos los cuatro guardias nourasianos, Ilka se mantenía con los ojos cerrados, concentrado en canalizar las cuatro sensaciones que llegaban de cuatro puntos de energía diferentes, en tanto que sus compañeros vigilaban. Ya no eran solo Ilka y Nerem, sino que Kurok y Tori también se habían levantado por una sensación extraña.
El más joven de ellos, Tori, se acercó a la ventana para observar el cielo. Ahí, fue cuando su expresión se contrajo en preocupación.
—Kurok, ven —llamó a su compañero, quien fue a su encuentro de inmediato —Eso que está ahí —señaló hacia un punto en medio de los pequeños puntos brillantes —¿Qué es?
—Estrellas no son —afirmó, poniendo atención especial.
En medio de todo el manto celeste y estrellado, había unos pequeños objetos que, aunque brillaban como si fueran estrellas, eran de un color diferente. Su luz intermitente era rojiza. Además, eran muchos, una cantidad considerable de puntos luminosos que parpadeaban a la par. Los nourasianos podrían haber llegado a pensar que eran cometas o asteroides. Sin embargo, solo hicieron falta unos segundos para que supieran que no, no estaban ni cerca de ser eso. Y es que lo que parecían diminutos puntitos se hacían más grandes a cada momento.
Aunque eso no fue la alarma definitiva, lo que desató el terror en sus caras fue la memoria de los peores días de Nourasia. No había un solo nourasiano que no recordara la forma en que se veían las lejanas naves krogs acercándose. Como su color rojo lucía tan amenazador e inquietante. Como era ese carmín el preámbulo del desastre.
—Nerem… —Tori retrocedió unos pasos, atónito —Son naves krogs.
Las cuatro bolas de energía azules entraron como bólidos y penetraron el cuerpo de Ilka de una forma contundente. Sus ojos se abrieron con auténtica alarma. Volteó a ver a los cuatro que estaban ahí, quienes entendieron sin palabras.
—Ya hay krogs en el bosque.
Antes de que reaccionaran, escucharon un montón de voces y pasos viniendo de las escaleras. Su primer instinto fue entrar en posición de ataque, listos para arremeter contra lo que sea que estuvieron. En cambio, sus mentes se tranquilizaron momentáneamente al ver entrar a un grupo de humanos vestido como lo que ellos ya reconocían como un uniforme militar. En medio de todos, reconocieron al líder de la Coalición Tierra.
Aunque eso significaba que ya sabían la situación, no por eso podían dejar de estar nerviosos, pensando que la amenaza estaba más cerca a cada segundo que dejaban correr.
—Estamos bajo un ataque krog —anunció el presidente Raymond a los cuatro guardias nourasianos. El humano se veía notablemente pálido —¿Dónde está la reina Nuri y Don Wei? Tienen que saberlo.
Ilka fue el primero en tomar la iniciativa. Le pidió al presidente que lo siguiera hacia la segunda sala de espera en la que se encontraban el padre de Eva y la reina Nuri, pues todos los demás ya se habían marchado a sus casas. Sin embargo, grande fue su sorpresa cuando se dieron cuenta de que los dos en cuestión estaban dentro de la habitación de Eva, ella despierta.
—Eva, Don, Majestad… —Charles entró rápidamente al cuarto, invitando también a los cuatro guardias a que entraran con él. Le hubiera gustado que el conocer a los pequeños Wei fuera una ocasión más afortunada, pero lamentaba que la primera vez que los vio, uno en brazos de su madre y otro en los de su abuelo, fuera una cuestión de vida o muerte —Tengo que decirles…
—Lo sabemos, presidente Raymond —interrumpió la reina Nuri, quien se veía notablemente nerviosa, pero tratando de mantener la compostura tanto como podía, que no era demasiado —Y creemos saber hacia quien es el ataque.
—Vienen por Eva y los bebés —indicó Don, en el tono más mortalmente frío que Raymond le había escuchado. No estaba cargando a su nieta como si la arrullara, era casi como si la quisiera proteger de todo.
—La noticia no salió de la zona nourasiana, ¿cómo pudieron enterarse de que estaba por pasar esto?
—Ese no es el punto ahora —intervino la reina, observando también que Eva se mantenía inusualmente callada, sentada al borde de la cama y teniendo a Mika muy pegado a su pecho —Los krogs no tendrían que venir solo así a atacar. A ellos… a ellos los enviaron.
—Majestad… —Nerem se inclinó ante la reina antes de hablar —No hace falta que le diga que es lo que creo que quieren hacer.
—Desaparecernos, o… matarnos, en pocas palabras —dijo por fin Eva, seria y con la expresión algo ausente. Delante de ella, Ilka creyó reconocer un destello azul brillando en sus ojos, efímero —Reina Nuri, usted también cree que fue Cairen quien envió a los krogs, ¿no es así?
—Ella sabe su pecado. Debe ser la manera en la que quiere desaparecer a cualquiera que la pueda derrocar —explicó. Debajo del edificio, autos y tanques militares rodeaban el hospital por orden previa de Charles —Los primeros que querría desaparecer serían ustedes tres, los legítimos herederos del trono.
—Quizá incluso llegó a pensar que Aikka se encontraba aquí —opinó Raymond, suspirando —Además del grupo de krogs que hay aquí… enviaron uno a la ciudadela nourasiana —tanto Eva como la reina Nuri levantaron la mirada inmediatamente, temblorosas. Tanto Amina como Laila y todos los nourasianos estaban en ese lugar, completamente expuestos a la manera en la que decidieran atacar —He enviado a los suficientes militares para resistir, pero… no puedo arriesgarlos a todos. Menos a ustedes tres —dijo, refiriéndose a Eva y a sus bebés.
—Todos los nourasianos son prioridad… —murmuró Eva, intuyendo a lo que se estaban refiriendo.
—Sí, claro que lo son. Pero ustedes son el símbolo de la esperanza. Si vamos a empezar a salvar a alguien, serán ustedes —sentenció la reina Nuri —Eva, no discutas. Tu padre estará de acuerdo conmigo.
—Lo estoy —refutó Don.
Sin embargo, Raymond se dio cuenta de que Eva estaba pensando en algo diferente a lo que le estaban planteando. Vio a los guardias nourasianos y ellos mismos también habían notado que su princesa estaba pensando en un plan en el que pudiera proteger a todos.
—¿Jordan no sabe de esto?
—Partió hacia Ōban ayer. No sabemos si regresará y no ha contestado a la llamada de auxilio —se apresuró a contestar el presidente, mientras revisaba un mensaje en su celular —Las naves militares están subiendo a la atmósfera para recibir el primer embate de la flotilla krog. Con los que están en Tierra… resistiremos cuanto podamos mientras recibimos apoyo.
—Tienen que irse de aquí, Majestad. Usted, la princesa Eva y los príncipes —pidió Nerem, mentalizándose a que él y los otros tres iban a participar en las líneas de defensa.
—No —dijo la humana de repente, parando en seco los pensamientos de todos —Yo me voy a quedar.
—Claro que no. Te vas a ir.
—¡Papá! —gritó la chica, provocando que todos en la habitación se quedaran callados —Esto no se trata de cuidarnos a nosotros. Voy a proteger a mis hijos, pero… pero los nourasianos también son mi pueblo. No puedo huir así. No yo —Don iba a replicar, pero Eva se paró como pudo de la cama, sin soltar a su pequeño bebé —Papá… no es una responsabilidad que haya querido tener, pero la tengo y quiero asumirla. No voy a evadir esto.
—No tienes que hacerlo, cariño —habló la reina antes de que Don volviera a replicar, pues lo veía en la disposición —Acabas de tener a tus bebés, podemos entender.
—No sé si pueda participar en caso de que haya la necesidad de combatir, pero quiero estar ahí, con los nourasianos —explicó, abrazándose más a Mika —Aikka no está, pero estaré yo en su lugar.
Por dentro, la reina estaba casi a punto de llorar. Conocía de la nobleza de esa chica, pero lo que estaba haciendo, el querer irse a dónde estaba el indefenso pueblo, muy a pesar de que sus hijos no tenían más de un día de haber nacido era sin duda la prueba del gran corazón y compromiso que tenía para con ellos. ¿Cómo podía no amar Aikka a Eva si era esa clase de mujer, valiente y entregada? ¿Y quién era ella para negarlo? Tan solo bastó una mirada entre ambas para que entendieran lo que seguía.
—Entonces nos iremos con usted, Alteza —tomó la palabra Ilka, orgulloso de la mujer que tenía por princesa —Haremos una estrategia para salir de aquí sin ser vistos por los krogs.
—No, yo iré acompañada por los militares de la Coalición Tierra —dijo Eva, en tono autoritario —Si al presidente Raymond no le importa, quiero que ellos me escolten.
—Alteza… Eva… usted nos tiene a nosotros —replicó Tori, sintiéndose algo inútil al no permitírsele ejercer la labor para la que estaba entrenado.
—La vamos a acompañar, Eva. Nuestro deber es…
—No —Kurok se vio interrumpido por Eva, quien ya tenía decidido el rumbo de sus siguientes acciones —El deber de ustedes cuatro es obedecerme —en otra situación, la reina habría sonreído. Eva estaba tomando muy en serio su papel y había entendido su lugar en medio de todos —Aunque la reina Nuri está aquí y tiene más poder que yo, ustedes están bajo mis órdenes directas.
—Entonces ordene, Alteza —pidió Ilka, deteniendo las palabras con las que el resto de sus compañeros iban a protestar. Incluso él se sentía contrariado, pero nada podía hacer si era esa figura de autoridad la que le ordenaba.
—Se van a llevar a Maia y a Mika, tienen que sacarlos de aquí —pidió, o más bien, ordenó Eva a sus cuatro guardias, quienes se quedaron casi congelados.
—Tienen que irse ya, entonces —Raymond no pensó demasiado en la opción de discrepar con la joven. Él, mejor que nadie, entendía los motivos de la invasión, pues recordaba que los krogs habían prometido venganza contra la Tierra por sus osadías. El Imperio Krog tenía asuntos con terrestres y nourasianos, así que esa era una batalla que tenían que librar juntos. Se había vuelto un asunto personal con una joven y sus bebés recién nacidos. No iba a permitir que una habitante de su planeta pasara por semejante intimidación —Haré que los saquen del edificio por el sótano. Los escoltarán junto con pocos militares hasta otro hospital. No queremos que llamen la atención.
—Los cuatro, ¿están listos para salir? —preguntó Don, secundado por la reina. Sus manos temblaban y de pronto comenzó a sentir que no estaba tan capacitado para cargar a su nieta. No podía entender en qué momento Eva había pasado de ser su niña a una mujer que estaba asumiendo la responsabilidad de un pueblo y la entereza de dejar ir a sus pequeños por su propia seguridad.
Ilka se giró hacia sus compañeros y los tres asintieron, recuperando su temple después de tener que asimilar que estaban por huir con los pequeños príncipes. Charles ya se había alejado para hacer algunas llamadas y arreglar la salida de todos.
La reina Nuri levantó un par de dedos y una etérea magia azul salió de ellos y fue a posarse en las armas de los cuatro guardias.
—Fuerza y certeza para los cuatro —les indicó la reina, recibiendo con una sonrisa las inclinaciones de los cuatro —Eva…
—Lo sé.
La joven respiró hondo y se apoyó del brazo de la reina para quedar completamente de pie. Con una mirada recorrió a los guardias y decidió rápidamente las acciones con las que iba a proteger a sus bebés. Lo cierto era que las carreras le habían conferido una capacidad analítica más delicada, y en ese momento lo agradecía sobremanera. Sabía, de principio, que los niños no podían ir juntos, aunque llegaran al mismo lugar.
Cuando su mente terminó de maquilar, una explosión roja iluminó el cielo e hizo vibrar el edificio, casi haciendo que los cristales estuvieran cerca de estallar. Nerem corrió a ver de qué se trataba y su semblante palideció cuando se dio cuenta de que había un batallón de krogs que había iniciado un ataque certero contras las tropas humanas. Los destellos rojos seguían surcando por la base del edificio, en tanto que un par de naves humanas bloqueaba cualquier ataque contra el hospital. Eva escuchó que, en los pisos inferiores, los doctores evacuaban a todos los pacientes, corriendo hacia el sótano, en donde se encontraban las ambulancias. Tenían que irse ya y perderse un poco entre la multitud para moverse al lugar destino.
—Kurok, rápido.
El guardia atendió rápidamente al llamado de Eva y fue a ponerse en frente de ella. Grande fue su sorpresa al sentir que la reina Nuri le ponía un fular alrededor del cuello. El mismo guardia sintió su corazón doler cuando vio el fuerte abrazo que Eva le dio a su pequeño, besándolo en su frente muchas veces.
—Te amo mucho, Mika —le susurró al pequeño, quien comenzaba a despertarse, dejándole un último beso en su pequeña nariz. Después, vio a Kurok y el guardia notó la súplica en la mirada de la joven madre —Te estoy dando la mitad de mi vida —le dijo al guardia, mientras depositaba con extremo cuidado al bebé en el espacio del fular donde el pequeño quedaba acostado y apretado al fuerte pecho.
—Descuida, Eva —le sonrió, prefiriendo llamarla por su nombre para generar mayor confianza —Moriría protegiéndolo.
—Espero que no sea así. Nos veremos cuando se pueda resolver todo esto —el cuerpo de Eva se estremeció al ver pasar a una nave humana repeliendo un ataque de los krogs.
—Nerem… —el mencionado se acercó cuando la reina lo llamó —Vas a ir con él. Tú eres el principal responsable de la seguridad de los dos.
—Entiendo, Majestad. Mi vida antes que algo les suceda a ellos —aceptó el guardia. Él simplemente sabía que ese era su deber y para eso había sido entrenado siempre, para dar su vida por la realeza nourasiana, en caso de ser necesario.
Eva puso sobre el pecho de Kurok una pequeña pero abrigadora cobija blanca, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no llorar, uno que solo la reina Nuri estaba notando. Don, que se había mantenido silencioso hasta ese momento, se acercó a su hija y dejó a su nieta en sus brazos. Al instante, Maia empezó a llorar y eso destruyó un poco más a Eva por dentro. La meció unos segundos antes de besarla en la punta de la nariz.
—Ya, princesa, nos vamos a ver después —le prometió, acariciando sus suaves mejillas —Ilka… por favor —el guardia fue a su encuentro y Tori también se les unió, asimilando lo que venía. La reina se encargó de preparar al líder de los guardias con el fular. Eva tardó casi nada en dejar a Maia con el guardia, quien se apuró a arrullarla un poco para calmar sus sollozos —Cuídala mucho.
—O muriendo, lo intentaré, Alteza —le aseguró, cubriendo a la niña con la cobija que le pasaron.
—Tori, mi nieta e Ilka son tu responsabilidad.
—Si, reina Nuri. Los llevaré hasta el final del camino, lo prometo —contestó el guardia con una reverencia.
—Los militares están listos —anunció Charles, entrando al cuarto y encontrándose con la guardia nourasiana preparada para salir con los pequeños.
—Váyanse ya. Ahora. Cuídense y…cuídenlos.
Ilka escuchó perfectamente la voz quebrada de Eva. Estuvo tentando a tomarla de la muñeca y llevársela con ellos, pero las órdenes estaban dadas y él no podía rebelarse de esa manera. Más que lealtad, había desarrollado un cariño especial por ella, igual que todos los otros tres cercanos que eran parte de la Guardia Real. Tomando valor y negándose a ver las lágrimas que sabía que ya estaban corriendo por las mejillas de la joven madre, se inclinaron levemente ante la reina y la princesa, se dieron la vuelta y salieron a prisa de la habitación, siguiendo las indicaciones estrictas de dos humanos a los que el presidente Raymond había comandado para dirigir la misión de reubicación de los pequeños príncipes.
Afuera, por obra de las naves terrestres, un campo de fuerza amarillo se había levantado, protegiendo al edificio de los ataques que rebotaban incesantemente en su contra. Eva, que ya conocía de esa tecnología, sabía que era cuestión de minutos antes de que cediera por el exceso de energía empleada en ella.
—Eva, tú vienes conmigo hacia la residencia nourasiana. No harás frente, pero estarás más segura al lado de Amina. Pero tenemos que salir ya. Reina Nuri… —la aludida se giró hacia el humano —Usted y la princesa Laila también irán a otra residencia, hasta que hagamos frente a los krogs o que Jordan nos escuche.
Don asintió a las palabras del presidente y, antes de que siquiera lo dijeran, tomó a su hija en brazos y siguió a los soldados que ya le estaban pidiendo rapidez al presidente. Tan solo ellos comenzaron a salir del lugar, otra comitiva militar quedó junto a ellos, protegiendo a todos de las posibles colisiones en los cristales.
Solo cuando Eva llegó al exterior junto a su padre y vio a tantos krogs disparando con la intención plena y segura de matarla a ella y a sus bebés se dio cuenta de la enormidad de los asuntos en los que estaba metida. No era solo el que hubiera amor y un par de bebés entre dos seres de dos planetas diferentes, no. Iba mucho más allá. Eran disputas políticas en el interior de los planetas, los mundos estaban enfrentados por peleas milenarias por el control y la colonización de espacios en la galaxia, las rencillas entre civilizaciones habían trascendido centenares de años, heredándolas a las generaciones que luchaban por la costumbre de le enemistad, no porque entendieran o el problema persistiera.
Esa no era la clase de universo que Eva quería para sus pequeños. Mientras huía de los disparos, del láser rojo de las naves enemigas y corría por su vida, separada de sus hijos, entendió que en ella estaba la oportunidad de cambiar todo eso. Se le había concedido la oportunidad de ser cabeza de una de las civilizaciones más antiguas de toda la Vía Láctea. En tanto esperaba con todo su corazón que sus pequeños llegaran bien a su destino, ella misma pensaba que sí, iba a aceptar lo que se le propusiera, con tal de hacer un mundo, un universo, en donde sus hijos, y todas las siguientes generaciones no tuvieran que estar pasando lo que ella estaba viviendo en ese momento.
*.*.*.*.*
Kurok tuvo que esconderse detrás de un árbol mientras una de las flechas de Nerem cortaba el aire como con un resplandor azul vibrante. Al mismo tiempo que la flecha impactaba de lleno contra su objetivo, una serie de láseres amarillos salían de una metralleta cargada por un soldado que había sido encargado para escoltar a los nourasianos hasta una zona segura para los pequeños príncipes.
—Están eliminados —anunció el humano, después de acercarse solo un poco a los cuerpos del par de krogs que los habían alcanzado tan solo unos diez minutos después de salir del hospital.
Habían sido perseguidos un buen tramo de bosque y mucho tuvieron que ver los árboles gruesos y altos para que Kurok pudiera esconderse cuando sus acompañantes tenían que atacar para hacer distancia. Mika despertó en medio de la persecución para llorar fuerte y estridente. Comprobaron que, de hecho, era por los bebés por los que iban cuando los krogs aumentaron la violencia de sus ataques al comprobar que el príncipe recién nacido iba con ellos.
Kurok hubiera querido correr tanto como pudiera para poner a salvo al niño, pero Nerem insistió en que se quedara a su lado. No podían saber si había otro más esperando por ellos. Y un nourasiano con una criatura de horas de nacida no iba a poder hacer suficiente frente a un despiadado ser como lo era un krog.
Para cuando se aseguraron de que no había nadie quien los siguiera, Kurok se recargó en una piedra, apartando la cobija del bebé para asegurarse de que estuviera bien. No era la práctica más segura para un recién nacido correr así por el bosque, pero era eso o no salir vivos de ahí. El bebé, hecho un ovillo en el fular, gimió de forma quejumbrosa cuando revisaron que todo él estuviera bien.
—No le pasó nada —aseguró el humano después de que revisara minuciosamente al bebé. Era tan pequeño y delicado que en verdad temían que ese ajetreo lo hubiera lastimado. Sin embargo, para alivio de todos, el pequeño se encontraba en perfectas condiciones. Kurok resopló, cansado —Tenemos que irnos ya.
—¿Falta demasiado? —preguntó Nerem, que le preocupaba que si faltaba demasiado trayecto pudiera pasar que más enemigos se enteraran de su posición y fueran tras ellos.
—No, estamos prontos a llegar —el soldado sacó un proyector de hologramas que plasmó en el aire un mapa del bosque, marcando su posición —Un grupo de nourasianos ya ha llegado al lugar y están levantando un campo de fuerza de… magia. Ningún krog se ha aparecido por esa zona, pero es preferible estar listos para lo que sea que se aparezca.
—¿Saben algo de la princesa Maia? —quiso saber Kurok, acercando más al príncipe a su pecho para ofrecerle calor y seguridad.
El humano tragó saliva ante la mirada de los nourasianos. Nerem no necesitó nada más que ese silencio para saber que algo no marchaba bien. Tanto él como Kurok habían sido entrenados para tener un temple de acero, pero en ese momento, con el amor que habían desarrollado por los príncipes, se sintieron atormentados y algo más que ansiosos. No esperaban temblar, pero sus cuerpos se llenaron de un escalofrío que les dejó el alma helada.
—Perdí contacto con el soldado que acompañaba a la comitiva de traslado de la princesa Maia —confesó. Los nourasianos vieron su expresión preocupada y los dos se preguntaron si, como ellos lo eran, ese soldado y el que acompañaba a Ilka y a Tori serían amigos —Al parecer los emboscaron. Tenemos que llegar rápido al destino. Si aún puedo alcanzarlos y ayudarlos, lo haré.
—Lo haremos —le prometió Nerem, dándole una palmada en el hombro. Kurok asintió a él, entendiendo lo que su compañero quería darle a entender. Ambos sabían lo que era perder a un camarada, a alguien que había peleado a su lado, con un amigo. Si se estaban arriesgando por ellos y sus príncipes, lo mínimo que podían hacer era retribuir peleando a su lado —Vámonos ya.
Los kilómetros se le hicieron eterno al trío que corría por los bosques. Y sí corrían, porque en los tres existía el temor de que aún hubiera quien los estuviera persiguiendo. Por la mente de los tres corrían mil posibilidades de proteger o incluso esconder a Mika en caso de que fuese necesario. Pero detrás de esos pensamientos, estaba el miedo que tenían todos a que al otro equipo le hubiera sucedido algo tan malo que fuera irremediable. Pero no querían ni siquiera plantearse la opción de que a sus compañeros o, más importante, a Maia, les hubiese sucedido algo tan catastrófico.
Apenas una hora después de haberse enfrentado al par de krogs, silenciosos y precavidos, llegaron al lugar escondido donde iban a resguardar a los príncipes hasta que pasara la amenaza.
No era un hospital propiamente dicho. Era más como una pequeña clínica, modesta y nada llamativa. Los tres entendieron que la idea era no llamar la atención de las personas o los krogs, que no pareciera un lugar en el que se alojarían los sucesores de la realeza nourasiana. El lugar se encontraba a las orillas de una de las ciudades vecinas y pequeñas de donde vivían los nourasianos y la familia Wei. Aunque no se viera, los tres protectores de Mika sabían que alrededor del lugar se alzaba un invisible campo de fuera levantado por los nourasianos que se encontraban dentro. Además, estaba flaqueado por una buena cantidad de humanos militares.
Kurok largó un suspiro cuando llegaron por fin al lugar, poniéndose delante de todos. Un grupo de habitantes de Nourasia salieron a recibirlos, reconociendo de inmediato a la Guardia Real. No hubo necesidad de que los nourasianos retiraran el campo de protección que habían colocado. Como si esa misma magia reconociera a su príncipe, un espacio se abrió en la cúpula mágica apenas Kurok se acercó a ella con el bebé en sus brazos. Nerem, el humano y Kurok ingresaron y el campo de fuerza se selló de nuevo con un destello azul, regresando a su invisibilidad.
—Vengan por aquí, por favor —pidió una nourasiana que salió del interior del edificio.
Los tres se dirigieron hacia ahí y se vieron rápidamente atendidos para verificar que no tuvieran heridas o lesiones. Para sorpresa de todos, cuando Kurok sacó a Mika del fular para ponerlo en brazos de una enfermera humana, el bebé lloró a más y mejor. El instinto del guardia fue tomar al pequeño de nuevo en sus brazos, calmándose casi de inmediato. Lo intentaron de nuevo, obteniendo el mismo resultado. Los sollozos solo se detenían cuando se encontraba en el regazo del guardia.
—Su pequeña Alteza ha creado un lazo contigo, Kurok —apuntó Nerem, con una suave sonrisa, después de ser testigo de lo que pasaba con el niño.
Cosas curiosas sucedían con los lazos que los nourasianos creaban entre ellos. Nerem pensó que, debido a que el príncipe había percibido el peligro que corrió, había encontrado en Kurok un fiel protector por lo que, para Mika, Kurok era su zona segura, a quien se quería aferrar hasta que no retornara a los brazos de mamá.
El nourasiano responsable del cuidado del príncipe se mostró sorprendido de inicio, más aún cuando, en efecto, el bebé se negaba a ser separado de sus brazos. Una de las jóvenes nourasianas suspiró con algo de desesperación porque tenía que hacerse cargo del príncipe. Decidió pedirle a Kurok que la siguiera al cuarto al que iban a descansar los hermanos y una vez estando ahí, le pasó un pequeño biberón para que él mismo le diera de comer. Aunque el guardia nunca se esperó que dentro de sus responsabilidades estuviera dar de comer al niño, después de observarlo unos segundos y verlo tan pequeño, tan vulnerable y solo, no pudo resistirse. Comenzó a darle de comer sentado al borde de la cama, pensando en que de verdad se iba a encargar de que todo se resolviera esa noche y de que Mika y su hermana crecieran seguros.
—Kurok… —de un momento a otro, Nerem entró rápidamente a la habitación, visiblemente preocupado —Emboscaron a la comitiva de la princesa Maia —las manos del guardia con el bebé se paralizaron —Me iré inmediatamente con un grupo de humanos a alcanzarlo.
—¡Iré con ustedes!
—No —lo detuvo, al ver sus intenciones de dejar al niño en la cama y acompañarlo a buscar a Maia —No, tú estás encargado de Mika. En caso de que sea necesario, Kurok, vete. Toma al príncipe y váyanse a donde puedan. Él es tu responsabilidad.
—Van a necesitar toda la ayuda. Si algo le ha pasado a Ilka o a Tori…
—Lo dudo. No les pasará nada hasta que la princesa Maia esté a salvo —lo decía porque conocía a sus compañeros. Eran entregados, fieles, aguerridos. Solo hasta que la bebé estuviera a salvo, ellos se permitirían algo como morir.
—Nerem…
—Quédate. Su pequeña Alteza… —Nerem le hizo una reverencia al joven príncipe, quien se mantenía inquieto en sus brazos, como si supiera que hablaban de su hermana —Volveremos. Mantén la guardia, Kurok. Y no dudes si tienes que irte.
Nerem salió del cuarto hacia el exterior, siguiendo al grupo de humanos que lo estaban esperando. Un par de nourasianos abrió un espacio en el persistente campo de fuerza por donde salieron todos los que iban a alcanzar al lugar donde, muy seguramente, se libraba alguna batalla.
*.*.*.*.*
El llanto de un bebé persistía en medio de disparos de láser color rojo de un lado y resplandor de una flecha azul del otro. Tan solo un par de minutos atrás había existido también destellos amarillos de un humano, pero tan pronto como se hicieron muchos más, se sacrificó para darle unos segundos más a los nourasianos. Ahora, su cuerpo yacía muchos metros atrás. Y la pequeña princesa y sus guardianes seguían huyendo.
No estaban seguros de cuantos krogs iban detrás de ellos. Más de cinco era seguro. Ilka sabía que estaba herido en la cabeza, cuando algunas piedras volaron por una explosión y él tuvo que encogerse para proteger a la niña, que no había parado de llorar desde que, apenas unos momentos después de abandonar el hospital, los krogs los alcanzaron.
Mientras Ilka seguía corriendo, únicamente enfocado en alejarse tanto como podía, Tori disparaba lo que las prisas y la desesperación le permitían, teniendo que ser preciso y estratégico con sus flechas. Algo dentro de él le había hecho hacerse a la idea de que esa noche era su final. No le importaba. Para él estaría bien morir si con eso salvaba a su princesa y a su amigo, pero necesitaba darles el máximo tiempo para que huyeran.
Sin embargo, aferrarse demasiado a una idea podía no ser suficiente como para que se cumpliera a cabalidad.
—¡Tori!
Ilka sabía que no podía detenerse. Sabía que la vida de la princesa estaba en sus manos. Sabía que tenía que cumplir obligaciones. Sabía que, aunque sonara cruel, en ese momento había una vida más importante que la otra. Y, aun así, su corazón sopesó ir hacia donde su compañero acababa de caer, su hombro atravesado y casi destrozado por acción del disparo de un krog.
—¡Vete! ¡Váyanse! —el nourasiano caído se llenó de pavor al ver la duda en el rostro del dirigente de la guardia. No quería voltear a ver su cuerpo, pues ya se imaginaba que su brazo estaba deshecho y no era algo que quisiera contemplar.
A pesar de eso, se trató de levantar. Ya no había manera en la que pudiera disparar una flecha. Pero aún podía reunir la magia en sus manos para distraer a los krogs. Por el rabillo del ojo vio a Ilka tomar la decisión de seguir corriendo hacia el refugio de los príncipes. Se resignó a quedarse ahí, mientras veía a los siniestros seres acerarse a su posición con notables expresiones de burla, se dijo que había hecho tanto como podía.
Y, sin embargo, quizá el destino le dijo que ese no era el día en que sus responsabilidades, que le faltaba mucha vida y mucho tiempo para cuidar de ese par de niños que eran más que una obligación. Una sagita cargada con la magia más poderosa que existía en todo Nourasia pasó a su lado, estallando justo en medio de la posición de una de las cuadrillas de krogs y acabando con ellos al instante.
Sangrante y al borde de un desmayo, Tori se dio la vuelta como pudo. Para su enorme sorpresa y hasta un gran alivio, el príncipe Aikka se encontraba de pie detrás de él, desestensando la cuerda de su arco y observando, iracundo, el escenario frente a él.
*.*.*.*.*
Jordan y Aikka no tuvieron ni de cerca la llegada a la Tierra que esperaban. El Avatar había insistido en hacer su presencia con ese viaje en el que sus cuerpos se descomponían en energía pura y dorada, sobre todo porque no quería llamar la atención de nadie, n siquiera de los demás habitantes de la Tierra, incluyendo al presidente o… a Eva. Sin embargo, apenas aterrizaron en el bosque contiguo al hospital en donde habían nacido los príncipes, se encontraron con un número más que significativo de krogs disparando a diestra y siniestra contra la construcción.
La tez de Jordan había palidecido por completo y, contrario a él, Aikka tuvo el impulso de ir y arremeter contra quien sea que estaba atacando a su Eva y a sus hijos. Sin embargo, y usando su buen juicio y mente fría, Jordan lo tomó del brazo para detenerlo y esconderse. Solo cuando estuvieron más o menos seguro detrás de unos matorrales, Aikka se giró molesto hacia él.
—¡Eres el Avatar! ¿Por qué estamos escondiéndonos? —reclamó —¿Si viste lo que…?
—Vi más que tú. Observa allá —señaló hacia un costado del edificio.
Solo ahí, Aikka se dio cuenta de que había un número importante de humanos defendiéndose como podían de la intervención del Imperio Krog. Y después, la vio a ella. No tuvo que reparar demasiado en la imagen de la humana. Solo bastaba que la viera, incluso que la sintiera. De la manera más discreta que podían, una escolta de humanos y nourasianos estaban sacando a la Eva y a la reina Nuri del lugar. Claro que él sabía, por conducto de Jordan, que su hermana y madre estaban en la Tierra, pero ni de cerca esperaba que ese fuera el escenario con el que se encontrarían.
Una mirada más a la madre de sus hijos le hizo darse cuenta que ella no estaba en condiciones de correr de esa manera, ni siquiera debería estar caminando por ahí cuando poco menos de un día atrás acababa de dar a luz al par de bebés.
—Jordan… Pueden lastimar a Eva. Necesitamos intervenir —casi suplicó, al ver los estruendos del choque de misiles tan cerca de ella —Jordan…
—No. Yo voy a intervenir —respondió Jordan de inmediato —Tú tienes que irte.
—¿Qué? Claro que no.
—¿No te has dado cuenta de que tus hijos no están ahí? —inquirió, ofuscado —Ellos debieron de haberse ido con alguien más.
Aikka no necesitó que Jordan se explicara más. Por algo era estratega y podía imaginarse a la perfección que es lo que estaba pasando. Lo más lógico era que sacaran a los más importantes del lugar y se los llevaran por separado a otro lado, más seguro. Pero conociendo a los krogs, estaba seguro de que ellos también lo pensaban y habrían partido en busca de ellos.
—Jordan…
—Yo me encargaré de detener esto. Pero debe haber algunos que se fueron detrás de los príncipes. No lo tienes porque dudar, Aikka. Ve por ellos.
El príncipe sabía que eso era justo lo que tenía que hacer, aún más que no debían existir dudas en su actuar. Asintió aún tembloroso, asiéndose de su arco y flechas. Sin embargo, en el momento en que Jordan iba saliendo del bosque hacia el frente de acción, Aikka se detuvo a verla un momento. Quería tanto correr hacia ella, estrecharla en sus brazos y decirle que todo iba a estar bien. Quería decirle que la amaba sobre todas las cosas, que era su vida, que todo era por ella.
Pero no. Después de todo, había un par de pequeñas personas que eran incluso más importantes que su amor. Aikka le iba a dejar la mayor prueba de amor que tenía. No la vería, pero daría su vida si era necesario para salvar la de sus hijos. Antes de que las lágrimas de desesperación cayeran sobre sus mejillas, echó a correr al interior del bosque, siguiendo su lógica de las posibles vías de escape.
El corazón le dolía como el infierno. Sencillamente no entendía porque el destino los había puesto en esa situación, con toda la familia separada y en peligro. No era justo para nadie. ¿Qué se suponía que tenían que demostrar? O más bien… ¿por qué había que demostrar que era el amor lo que más le importaba?
—¿Príncipe Aikka?
El nourasiano se detuvo de inmediato, nervioso por la impresión de saberse descubierto. Solo que su cuerpo asimiló todo más rápido y se dio cuenta de que esa voz era algo conocido. La identificaba de la Guardia Real de su madre, una voz que incluso había escuchado desde que era niño.
—¿Nerem? —se giró, justo a tiempo de ver al guardia acompañado de un conjunto de humanos que, aunque en un principio se mostraron a la defensiva, pronto bajaron sus armas y se vieron más calmados.
—¡Alteza! —saltándose un poco los protocolos, Nerem fue al encuentro de Aikka, tomándole las manos y haciendo una reverencia ante él.
—Nerem… después. Ahora hay que actuar.
—Lo sé. No tenemos tiempo —el guardia entendió de inmediato y les hizo una seña a los humanos para que siguieran avanzando.
Mientras corrían e iban verificando que nadie los siguiera, Aikka aún temía hacer la primera pregunta y estaba esperando que Nerem se sincerara, pero después de unos minutos ya no lo toleró más.
—¿Tú con quien estabas?
El guardia inclinó un poco la cabeza para responderle.
—Con su Alteza, el príncipe Mika. De momento no tiene que preocuparse por él. Kurok lo ha puesto a salvo dentro de un escudo nourasiano.
—¿Y Maia? —cuestionó con auténtico terror.
No hizo falta que le respondiera. Casi a la par de que terminó de formular su pregunta, el grito de alguien que los dos identificaron como Ilka los hizo voltear hacia ese lugar. Seguramente el líder de la Guardia Real ni siquiera los había visto por lo rápido que estaba corriendo. Aikka identificó que aquel llevaba algo entre sus brazos, protegiéndolo como si de eso dependiera su vida.
—¡Krogs! —gritaron los humanos y fue ahí que se dieron cuenta de que había una comitiva de los despiadados seres siguiendo a Ilka al punto de casi alcanzarlo.
Nerem se adelantó al príncipe y, dando orden a los humanos de disparar a su mismo tiempo, liberó una flecha azul de su flecha, que dio de lleno contra el malvado ser que lideraba esa incursión. Aunque no terminaron con todos, le dieron el tiempo suficiente a Ilka para girarse a donde estaba. Su rostro se transformó rápidamente, invadido del alivio que le provocaba ver a Nerem y a su príncipe.
—¡Le han dado a Tori! —gritó, mientras se refugiaba con la princesa apretada contra su pecho.
—¡No! —Aikka detuvo de inmediato las intenciones de Nerem de ir a buscar al cuarto guardia. Su hija necesitaba de toda la protección posible y solo Sekai y Nuram sabían que muchos humanos y dos nourasianos podían protegerla más que su mismo padre en ese momento —¡Ve a proteger a Maia! Yo voy por él.
Sin darle oportunidad a replicar, tanto por el tono con el que había hablado como por sus acciones, Aikka fue hacia la dirección en la que había señalado Ilka. Corrió, iracundo, durante varios metros, justo a tiempo de ver como una cuadrilla de los despiadados seres se acercaban con una retorcida expresión de burla hacia Tori, con la segura y evidente intención de asesinarlo.
Aikka vio en esa escena el resumen de toda la problemática imperante entre Nourasia y el Impero Krog. Ellos solo eran un pequeño mundo que se esforzaba con todo lo que tenían por cumplir su deber. De honor inquebrantable, determinación y entereza, tal como lo era Tori, los nourasianos habían tenido la mala suerte de encontrarse con un planeta soberbio y cruel como el Imperio Krog. Como lo estaban haciendo los atacantes con el joven miembro de la Guardia Real, se habían valido de su grandeza y amenaza para herir la soberanía de Nourasia, obligándolos a inclinarse ante ellos, so pena de destruirlos.
Ser testigo por fin de esa cruda imagen, de lo brutal que era su realidad, provocó en Aikka una furia de la que no se creía poseedor. Su cuerpo entero empezó a despedir su magia, pero de manera álgida, crepitante y filosa. Sus movimientos fueron certeros y la flecha que disparó hacia el conjunto de krogs fue lanzada en nombre de todos los planetas y civilizaciones que los krogs habían doblegado. En nombre de todas las historias que habían cortado, de las vidas arrebatadas, de los mundos conquistados, de las familias lastimadas, de los miedos provocados, de los años de sumisión. En nombre de su padre, de su madre, de sus hermanos. En nombre de Maia y de Mika. En nombre de Eva. En nombre de él.
—¡Tori!
Aikka observó como los krogs caían uno a uno, muertos, por efecto de la sagita más fuerte que alguna vez hubiera disparado. Ni siquiera les prestó demasiada atención a ellos, pues ya había identificado que, más allá, se acercaba una última ronda de krogs, seguramente salidos de una de las flotillas secundarias. Corrió hasta un lado de su guardia y se arrodilló a su lado, sintiendo hervir su ser al verlo herido de tan escabrosa manera.
—¿Alteza? ¿Qué… qué está haciendo… aquí? —el guardia quiso levantarse del lugar donde había caído, casi hasta arrodillándose frente al príncipe, quien lo detuvo al instante —¿Qué sucede?
—Me preguntas que hago aquí, ¿en serio, Tori?
Aikka lo tomó del brazo que no había sufrido daño para ponerlo de pie y correr antes de que los krogs que habían quedado los alcanzaran. El guardia tuvo que reírse, mientras se dejaba apoyar. Aikka y Tori habían sido compañeros desde su más temprana infancia. De hecho, tenían la misma edad. En la institución que era una especie de academia militar habían estado juntos y se habían graduado al mismo tiempo. Había una especie de camaradería entre ambos cuando no se encontraban en las situaciones donde había que mantener el protocolo estricto. Para Tori, aunque Aikka era su príncipe, su superior, era más que su amigo, y eso solo sumaba una razón para dar la vida por él, por Eva o por sus hijos.
Sin embargo, no estaban en el momento para saludarse. Aikka disparó una última flecha para darles el tiempo suficiente de correr hacia la zona de seguridad a la que Tori lo iba a poder guiar. Lo único que le quedaba era suplicar porque Sekai y Nuram les dieran el tiempo y la vida suficientes para cumplir el propósito por el que había viajado a la Tierra. Si lo cumplía, entonces todo valdría la pena.
*.*.*.*.*
Jordan solo tuvo que extender su mano poderosa para inmovilizar a todas las naves y armas tanto del Imperio Krog como de la Coalición Tierra. Tuvo que esperar a estar seguro de que Eva ya no se encontraba en ese lugar para lanzar su poder y paralizar a todos. A paso lento, salió del bosque e hizo que su presencia fuera notoria por todos en el lugar.
Aunque sabían que no había manera efectiva en que una sola arma se disparara sin que el Avatar lo permitiera, ambos bandos se mantuvieron a la defensiva, detenidos sus ataques, pero con el ánimo incendiado. Deliberadamente, les dio la espalda a los krogs para caminar hacia el hospital. Un rápido atisbo le permitió darse cuenta de que estaba, para fortuna de todos, vacío. Sin embargo, la estructura estaba cerca de colapsar, pues muchos pisos se consumían bajo el fuego, los pilares estaban dañados y atravesados por los láseres que habían sido disparados en contra de la resistencia humana.
Jordan observó a todos los humanos presentes. Vivos, heridos y muertos. Muchos muertos. Observó la arruinado que estaba un paraje tan verde como lo había sido apenas esa misma mañana. Ahí, la ira afloró desde el centro de su ser. Su resplandor usualmente dorado transmutó a un rojo amenazante, muy similar al que alguna vez había portado Canaletto. Podía no entender sus acciones, pero vaya que comprendió lo que era estar iracundo.
—Se acabó —dijo en un murmullo, aunque sus palabras retumbaron por todo el lugar. Se giró hacia la flotilla krog, en donde el líder de ellos, un krog que había asumido el mandato sobre el Imperio después de la caída de Kronos, se alzaba aún altivo ante todos, quizá hasta burlón —Esto se acabó para ustedes. Yo, el Avatar, no los perdonaré por estos atentados. El Imperio Krog será juzgado por sus crímenes. Kaidos… —se dirigió exclusivamente a él —Recoge tus tropas.
*.*.*.*.*
Ilka estaba luchando por calmarse él mismo y calmar a la princesa Maia, pues estaba negada rotundamente a soltar a su protector. Estaba de peor humor que su hermano, llorando a más no poder, renuente incluso a que la revisaran para cerciorarse de que estuviera bien. Ilka se quiso morir cuando, al destaparla, descubrieron un leve raspón en su frente, producto de algún momento en el que había caído mientras huían.
Sin embargo, no tuvo demasiado tiempo de pensar en cómo tranquilizar a la niña. El ruido de disparos, gritos y explosiones llegaron a sus oídos. Con el dolor de su corazón, pero con el ánimo de defenderla hasta la muerta, la dejó llorosa en un cunero y salió hacia los exteriores de la pequeña clínica, donde el fuerte escudo mágico estaba siendo vulnerado. Ilka vio como Nerem y Kurok estaban fuera de la protección, lanzando sus flechas hacia el bosque, y pronto entendió el porqué.
A ya escasos metros del lugar, Aikka, con Tori casi a cuestas sobre sus hombros, corría tan rápido como era posible mientras evadía el despiadado ataque de los krogs detrás de él. Ilka abrió con sus manos un espacio en el espacio, sin nada más que hacer que rogar, porque si algo salía mal no tendría mayor opción que tomar a los bebés y largarse de ese lugar.
Para fortuna suya, justo cuando estaban cerca de ser alcanzados, Aikka llegó a las filas humanas, quienes les cerraron el paso a los krogs a punta de sus propias armas. El príncipe prácticamente se lanzó hacia el interior de la protección, recibido ahí por el líder de la Guardia.
—¡Alteza! —Ilka tomó en sus brazos a Tori, que ya estaba cerca del desfallecimiento.
—¡Que lo atiendan, Ilka!
Aikka, a pesar del grito del líder de la Guardia Real, volvió al frente, en donde humanos y nourasianos luchaban por eliminar a una decena de krogs empeñados en traspasar la barrera.
Cuando Aikka salió al exterior del escudo, antes de disparar su arco, vio a todos quienes combatían a su lado. Y en cada una de las personas encontró lo mismo. Un ferviente hervor en la sangre, furia en sus miradas y determinación en sus acciones. El príncipe estaba seguro de que todos en ese lugar tenían la misma rabia. Llevaban años, los nourasianos incluso siglos, sometidos a la voluntad de ese despiadado pueblo, solo porque no existía la valentía en quienes los representaron para defenderse. Aikka sabía que Luka no daría un solo paso para oponerse a la fuerza krog en Nourasia, pero a ver si lo que pasaba en la Tierra le daba una idea de cuanto necesitaban liberarse de eso y no seguir dando pie a servirles como perros falderos.
Ya no. Si había un sentimiento en todos aquellos que apuntaban sus armas contra una cruel dictadura, era el hartazgo. Ganaran o perdieran en ese momento, ya nunca más se iban a doblegar.
*.*.*.*.*
Eva se quedó atónita y las lágrimas, más que de tristeza, fueron de ira.
Cuando arribaron a la pequeña ciudadela de los nourasianos, sinceramente esperó que los exiliados de Nourasia estuvieran todos a salvo dentro de las protecciones que sabía que ellos podían poner con su magia. Pero nunca, jamás, esperó ver la cantidad de muertos. Krogs, humanos y nourasianos. Muchos de ellos yacían sin vida, por todos lados. Eran muchísimos más humanos que nourasianos, pues las fuerzas militares de esos últimos eran escasas y no podían combatir demasiados. Pero eso no hacía menos escabrosa la escena.
Seguía sin reponerse de la sorpresa cuando salieron del auto militar que las transportaba, cuando escuchó el llanto prolongado de Amina. Un par de nourasianas que también pertenecían al ejército de Nourasia, y que las habían acompañado desde el hospital, se apostaron a su lado, tratando de consolarla.
—Alteza… —uno de los exiliados, visiblemente herido, se acercó a Eva, para sostenerla, pues a todas luces se veía como si fuera a desmayarse —Tranquila, por favor. Acaba de dar a luz, tiene que serenarse.
—¿Qué… sucedió?
—Una cobardía —gruñó un humano detrás de ella, que pertenecía a la escolta del presidente Raymond, quien había partido de nuevo hacia la principal zona de combate, pero que se había quedado para secundar a la seguridad de ambas princesas —Los krogs llegaron aquí dispuestos a acabar con todos. ¡Claro que sabían que aquí solo estaban nourasianos que no tenían modo de protegerse!
—¿Quién…?
—Ellos solos levantaron las protecciones. Los que podían defenderlos llegaron pocos momentos después de que iniciaran al asedio. Pero… tampoco es que pudieran hacer mucho por su cuenta. Sin embargo, hace unos momentos… los que estaban aquí se retiraron.
—El Avatar… —murmuró Amina, acercándose a la madre de sus sobrinos —El Avatar está en la Tierra y detuvo todo esto.
La humana suspiró. Pero ni de cerca era algo como el alivio. No, era desesperación, coraje. ¿Por qué demonios tantos humanos y nourasianos tenían que morir solo para saciar la sed de poder de una civilización? ¿Por qué guerra tenía que ser la única solución para todo? ¿Cómo es que sus hijos, su familia, su pueblo tenía que vivir en esa situación de incertidumbre y constantes enfrentamientos? A decir verdad, estaba harta y hastiada de todo. Sabía que algunas cosas estarían mejor porque Jordan ya no permitiría que ese hostigamiento contra la Tierra y Nourasia siguiera. Pero… ellos tenían que hacer su parte.
Sí, era cierto que había nacido como humana y que la Tierra sería siempre su hogar. Pero por sus venas corría magia nourasiana, el amor de su vida era nourasiano, seres a los que amaba eran nourasianos, y sus hijos lo eran también. Más que eso, eran príncipes de la lejana Nourasia y aquel golpeado planeta también era su hogar. ¿Cómo si quiera iban a permitir que no hubiera por lo menos, un castigo?
—Señorita Eva… —la aludida volteó hacia el hombre que aún la sostenía de la mano, cautelosa —Acabo de… bueno… ya tengo reporte de sus hijos.
—¿Qué pasa con ellos? —preguntó, cautelosa.
—Han llegado a su destino y están a salvo —aseguró el humano, y Eva no pudo reprimirse de soltar una lágrima —Sus guardias han decidido tener todo confidencial para que se sepa lo menos posible. Pero me han asegurado de que están sanos y salvos.
—Eva… —Amina se acercó a ella, llorosa y abrazándose a sí misma —Jordan, el Avatar, va a… convocar una reunión con el líder de los krogs, el presidente Raymond y conmigo.
—¿Yo no?
—Solo si quieres. Puedes quedarte aquí. Yo, en lo personal, preferiría que descanses. Tuviste un parto doble hace unas horas y…
—Me voy a quedar. Pero ayudaré con todo lo que pueda. No voy a poder descansar sabiendo que aquí están… todos ellos —dijo, refiriéndose a los que habían fallecido a las afueras de la ciudadela —Si veo a un solo krog, voy a colapsar.
—Sí… temo lo mismo conmigo —Amina suspiró. Vio a su alrededor, horrorizada por todo el espectáculo —En otro momento, te diría que te priorices y descanses, pero… esto es diferente. Aunque lamento que sea así cuando acabas de aceptar ser nuestra princesa, pero hay algunas veces en las que hay que pensar en el pueblo hasta que en nosotros mismos.
Eva asintió a Amina, pero no tenía palabras que pudieran reflejar todo lo que estaba sintiendo en ese momento. Le dolía el cuerpo. De su vientre hacia abajo sentía hormigueos, casi como si el canal de parto aún siguiera abierto. No estaba bien y seguramente no era para nada sano que estuviera ahí. Pero… era cierto. Había adquirido esa responsabilidad y tenía que asumirla.
Vio como escoltaban a Amina hacia una camioneta especial del gobierno de la Coalición Tierra que la llevaría a algún lado para esa reunión entre los líderes de los tres planetas involucrados.
—Alteza…
Las nourasianas que habían estado con la legítima princesa nourasiana fueron al lado de la humana. Las tres vieron cómo, desde el interior de la ciudadela, el escudo de magia iba siendo retirado por quienes estaban dentro. Casi al mismo tiempo que se levantaba, un grupo de nourasianos que Eva identificó como médicos salieron del lugar, corriendo inmediatamente hacia donde se encontraban los heridos… y los muertos. Era sabido que no había un solo krog en ese lugar que estuviera con vida. En cambio, resultaba más probable que algunos humanos y nourasianos aun tuvieron signos vitales.
Uno de esos médicos pasó a un lado de Eva y, al verla, se sorprendió, solo para después reverenciarse ante ella.
—Su Alteza. Usted debería estar descansando. Si me permite…
—No te apures —le puso una mano en el hombro y le sonrió con seguridad —Tengo muchos conocimientos de primeros auxilios. Adelante, los ayudaré.
El nourasiano no pudo decirle que no, pues sabía que la situación ameritaba de toda la ayuda posible. Esa noche, varios nourasianos vieron a la princesa Eva ayudar a cuantos residentes de Nourasia y humanos pudo. En varias ocasiones les pareció verla flaquear en sus fuerzas. Incluso cuando la madrugada comenzó a iluminarse de los primeros rayos de sol, ella siguió ahí. Muchas vidas pudieron recuperarse en algunos de los primeros actos en conjunto de los seres humanos con los nourasianos.
Aquella madrugada, cumplido solo un día de que la nueva generación de príncipes de Nourasia naciera, en medio del desastre, se crearon los primeros grandes lazos de hermandad entre ambas civilizaciones. Si alguien, humano o nourasiano tenía duda de que cierta joven fuera competente para las responsabilidades venideras, esta misma se despejó. La joven humana que había unido su vida a la del príncipe era valiente y noble. Nourasia nunca estaría en mejores manos.
*.*.*.*.*
—Tranquilo, estarás bien.
—Gracias, Majestad…
—Nerem… —Aikka se dirigió hacia el guardia mientras terminaba de colocar una manta sobre el humano al que acababa de curar.
Los krogs se habían retirado por voluntad, dejando a muchos de los que montaron resistencia frente a la pequeña clínica heridos de gravedad, otros pocos… muertos. En cuanto se supieron a salvo, tanto soldados humanos como nourasianos se volvieron rescatistas en lugar de combatientes. Fue una suerte que toda la clínica estuviera equipada, pues las curaciones se hicieron necesarias de inmediato.
La magia nourasiana era complicada de administrar en los cuerpos humanos. Sirvió más como un calmante del dolor para que los médicos pudieran actuar rápidamente. Durante ese tiempo, Aikka sirvió como uno más de los ayudantes, indistintamente si era un príncipe. Recibió y ejecutó las órdenes de los doctores de ambas razas.
Ocasionalmente, preguntaba por el par de bebés que estaban en el lugar, aquellos por los que todos estuvieron dispuestos a entregar la vida a cambio de su seguridad. Por los que muchos habían entregado su vida, de hecho. Antes del amanecer, Aikka había cuestionado de nuevo a uno de sus responsables, quien le aseguró que ambos estaban dormidos, acción que se logró solo por el actuar de Kurok e Ilka, que no se habían separado de su lado hasta que los dos estuvieron tranquilos. Aikka no estaba muy seguro de la naturaleza de sus sentimientos, pues había muchas cosas que sentía en ese momento. Pero si tenía la certeza de algo es que había una especie de miedo a entrar al cuarto en el que Mika y Maia descansaban.
¿Qué se supone que les iba a decir? ¿Cómo los iba a ver, a abrazar y después tener la entereza suficiente para marcharse sin ellos?
—Estás muy distraído. Pero sabes que la solución para eso que tienes es cruzar la puerta de ellos y verlos —Tori sacó de sus pensamientos a Aikka, quien había entrado a verlo para asegurarse de que su brazo ya pasaba por un proceso de curación.
El príncipe suspiró, agotado mentalmente. De momento, sabía que cualquier agresión krog en toda la Coalición Tierra ya había cesado, así que podía hacer por fin eso a lo que había venido. Las noticias habían corrido y también se había enterado de que Eva, sus hermanas y su madre estaban a salvo. Ya nada detenía su camino para ir a conocerlos.
—Tengo miedo de no poder dejarlos —confesó, porque era la verdad. Si los veía, no los iba a poder dejar.
—Majestad… —Aikka giró su atención a Ilka, quien venía secundado por Nerem y Kurok —Nadie le dijo que esto iba a ser sencillo y que no iba a requerir sacrificios. Todos estamos aquí porque decidimos confiar a ciegas, sacrificar aquello que era seguro para nosotros para defender en lo que creíamos. Y creemos en usted.
—Lo conozco desde que era un niño, Alteza —intervino Nerem, quien sabía lo suficiente del príncipe como para darle el empujón que necesitaba —Usted fue inculcado con el valor de la responsabilidad y el honor sobre todos los demás. Hoy tiene que ponderar eso mismo. Su deber es cuidar de Nourasia y de su legítimo lugar. Sin embargo, también le voy a recordar que su madre siempre le dijo que su corazón era primero. Diferí muchas veces con ella, pero esta noche… en esta ocasión, haga lo que su corazón le dicte. Se ha hecho responsable de sus decisiones y será igual ahora con lo que sea que elija.
Aikka se mordió el labio y observó a los cuatro hombres que estaban en la misma habitación que él. Los que estaban de pie dieron un paso atrás para dejar el camino despejado hacia la habitación en la que Maia y Mika dormían después de lo ajetreado que había sido su primer día de vida. Él siempre supo lo que tenía que hacer. El consejo que pidió solo era para reafirmarlo.
Tenía que entrar a ver a sus hijos y decirles todo el amor que su corazón albergaba por ellos. Y después… tendría que despedirse de ellos por algunos años. Esperaba que lo entendieran cuando estuvieran más grandes. La vida que les había tocado no era sencilla. Quizá era injusto que por tener un título que no pidieron hubiera que entregar tanto de ellos. Pero la vida funcionaba así y Aikka siempre lo supo, Eva lo tendría que asimilar y sus hijos deberían asumirlo.
*.*.*.*.*
Jordan apareció en medio de una habitación grande, algo oscura y vacía a excepción de otras tres presencias. La entrada a ese lugar estaba prohibida para quienes no fueran los dirigentes o representantes de los tres planetas que involucrados en el gran conflicto.
Charles Raymond y la princesa Amina se encontraban juntos, a la expectativa de lo que sea que quisiera hacer el krog que veía todo como si nadie en esa sala mereciera siquiera dirigirla la palabra. Aun cuando Jordan ingresó al lugar con ellos, en su forma humana, Kaidos no cambió su actitud, casi como si no reconociera al humano como el Avatar, cosa que no estaba lejana de ser la verdad.
Jordan observó a todos antes de tomar asiento. Con una suave mirada, le pidió a Amina que mantuviera la calma ante lo que venía. Sacó un aparato del interior de su túnica y lo puso a su lado en el suelo. Al encenderlo, la princesa se dio cuenta de que era un proyector.
El presentimiento de la imagen que recibirían le llegó muy tarde. Aunque el Avatar le había pedido calma, ella no pudo contenerse. Se levantó de golpe, furiosa como no lo había estado en la ciudadela nourasiana al ver a sus hombres caídos, estuvo a punto de negarse a estar en el mismo lugar que Luka y Cairen, muy a pesar de que ni siquiera estuvieran físicamente en la sala. Pero no podía verlos como estaban. Altivos, silenciosos, expectantes y lejanos, sentados en un par de tronos que no eran de ellos de ninguna manera.
—No. Gran Avatar, no —replicó de inmediato Amina, queriendo irse en ese momento.
—Princesa, por favor…
—No, presidente Raymond. Es que ellos no tienen voz ni voto en lo que sea que vayamos —los señaló con el dedo, aún si era una descortesía. No le importaba en lo más mínimo, ellos no habían tenido la cortesía de respetar lo que no les pertenecía.
—Quieras o no, Amina… —habló Cairen, levantándose con un poco de dificultad de su asiento. Hasta ahí, la princesa legítima fue que se dio cuenta de que el vientre de la actual reina albergaba un bebé que estaba muy próximo a nacer —Luka y yo somos los reyes de cualquier nourasiano, exiliado o no. Por supuesto que nos íbamos a enterar del ataque krog a los… renegados.
A un lado de Amina, Kaidos rió, divertido de ver las confrontaciones entre los miembros de un mismo planeta. Raymond lo notó, por lo que tomó del brazo a Amina para tratar de que se calmara.
—Sólo seguimos órdenes —musitó Kaidos, viendo de reojo a los reyes y a la princesa, quien por fin podía decir que odiaba a alguien con fuerza.
—No planeo que averigüemos ahora mismo las causas del ataque —intervino por fin Jordan, pues sabía que, si dejaba que la discusión siguiera, no lograrían terminar nunca —Aquí solo hay un hecho. La intervención del Imperio Krog contra la Coalición Tierra y los renegados de Nourasia ha sido algo más que cruel y despiadado. Sus blancos… eran civiles, en ambos casos.
—Avatar… ninguna conquista se ha realizado sin sacrificios. Cualquier planeta bajo su régimen sabe que la intención del Imperio Krog siempre ha sido la conquista. Nunca se le prohibió a ningún pueblo avanzar sobre otro.
—¡Lo que hicieron hoy no fue conquista, fue intimidación y masacre! —se exasperó el presidente de la Tierra.
—Concuerdo con eso y con cualquier otra acusación que quien sea decida lanzar en su contra —intervino el Avatar, después se giró para quedar de frente a las proyecciones de los reyes nourasianos —Y a ustedes, les voy a considerar como cómplices.
—¿Qué? —preguntó Luka, levantándose de su trono abruptamente.
—Desde que hablé con ustedes antes de entrar a este lugar, nunca mostraron interés en los nourasianos que perdieron la vida a manos de los krogs.
—Para su mala suerte… —intervino Cairen, sentándose de nuevo en el trono que había usurpado —A esos nourasianos renegados no los puedo vigilar como los que se quedaron aquí, aceptando a sus reyes. ¿Cómo podemos nosotros saber si ellos no hicieron algo para enfurecer al Imperio Krog? No puedo defender a quien no quiere ser defendido.
—¡Suficiente! ¡No quiero escuchar una sola palabra más! —Amina se levantó de su asiento a pesar de que el presidente Raymond la tenía tomada de la mano. Sin embargo, hasta él podía entender la reacción estrepitosa de la princesa. No era posible que la nourasiana hablara de esa manera —Gran Avatar… esos dos son todo menos nuestros reyes. Ninguno de los nourasianos en la Coalición Tierra quiere nada con esos remedos de reyes —Luka ya estaba por replicar a eso, pero la mirada iracunda de su hermana le hizo detenerse —No quiero nada de ellos, ni su interés ni su rechazo. Solo exijo que se alejen de todos nosotros.
—Jordan… —Charles intervino, entendiendo que nada había que decir entre las tres naciones presentes. Cualquier cosa que tratara de aclararse generaría disconformidad en algunas de las partes. Lo único que estaba pidiendo era que se le asegurara que nada como eso podría pasar. ¿Buscar culpables? Los tenía en frente, sabía quiénes eran. Pero nada se podía hacer más que dejar la situación en manos del Avatar —Solo quiero justicia para los que cayeron por una situación que no terminamos de entender.
Jordan asintió. Observando la burla intrínseca en las expresiones de los krogs y los reyes nourasianos, se dio cuenta que ese asunto había trascendido los niveles políticos y estaba tocando fibras personales. Decidió las represalias en ese momento y se las comunicó a los involucrados, ya esperando que dos no estarían de acuerdo. Pero no podía hacer nada más. O alejaba el problema de todos o los demás planetas se iban a ver contaminados por Nourasia y el Imperio Krog.
*.*.*.*.*
Aikka se quedó un poco paralizado cuando estuvo frente a la puerta de la habitación donde descasaban sus hijos. Aún después de hablar con sus guardias, se tomó un tiempo para hacer algunas otras cosas en las que fuera util; sobre todo, ordenó las diligencias con las que se debía proceder con los cuerpos de los nourasianos y humanos habían fallecido. Encargó que se les hiciera una ceremonia a todos y que fuera la familia real quien la presidiera.
Sin embargo, después de estar por varios lados durante un rato, fue el mismo Ilka quien decidió que tendría que ir personalmente por su príncipe y arrastrarlo si era necesario hasta la habitación de sus hijos.
Y ahí estaba Aikka, tomando valor de algún lado desconocido en el momento que giró la perilla. Al cerrar la puerta a sus espaldas, se dio cuenta de que ese lugar lucía como ajeno a todo el mundo, como si los problemas, las discusiones, las guerras no existieran y todo el mundo se resumiera en la presencia de esos dos bebés en una cuna pegada a la pared, en una posición estratégica para que estuvieran protegidos.
Quizá fue solo el amor que sentía por ellos lo que le impidió desplomarse de los nervios. Había perdido la cuenta de la cantidad de batallas en las que había peleado, miles de situaciones difíciles que había enfrentado y todo lo que había superado. Pero nada lo había preparado para ver los ojos abiertos de sus pequeños, como si su sola presencia los hubiese despertado.
Maia, con sus ojos azulinos y Mika, con su mirada rojiza, lo observaban con curiosidad y Aikka se supo perdido para siempre. Su mundo se volvió borroso por lo acuoso de las lágrimas que resbalaron por sus mejillas. Le resultó muy curioso como él, que siempre se había caracterizado por ser independiente y particularmente celoso de su vida, era ahora capaz de darla sin miramientos por un par de personitas que acababa de conocer hacía poco menos de quince segundos.
Se quedó de pie frente a la cuna, siendo el objetivo de las miradas intensas de sus hijos. Por Sekai y Nuram… ni siquiera tenía la menor idea de cómo cargarlos. Pero al parecer Mika no tenía idea de eso o de que su padre estaba sufriendo un colapso nervioso por estarlos conociendo. No, el bebé sintió el impulso de llorar por alguna razón desconocida para su padre y Aikka sintió entonces el pánico por no saber que hacer. O bueno, lo sabía, pero no creyó sentirse listo. Pero, ¿qué más daba? Tampoco estaba del todo listo para ser padre, para asumir el exilio o para una revolución en su planeta. Tenía que tomar eso como su primer gran reto como papá, aunque fuera incluso más complicado, en el sentido emocional, que cualquier guerra.
—Tranquilo, allá voy. Por favor, no llores.
Recordando vagamente las pocas veces que había cargado a Laila cuando era bebé, pasó sus manos por debajo del pequeño y delicado cuerpo de su hijo y lo levantó, apurándose a acunarlo entre sus brazos y mecerlo suavemente para calmar su llanto. Aunque no hizo falta demasiado de eso, pues en cuanto estuvo pegado a su papá, a la altura de su corazón, Mika comenzó a calmarse y a solo observar a su padre con los ojos medios abiertos, pero bastante fijos en su persona.
La mano de Aikka se movió casi por inercia y fue a parar a la mejilla suave de Mika. Casi no podía creer que ese bebé hace tan solo unas horas había estado aun seguro en el vientre de Eva. Aún más, le acongojaba el corazón saber que muy pocas horas atrás eran los brazos de Eva los que lo sostenían. No podía imaginarse lo difícil que tuvo que haber sido para ella ceder la seguridad de sus hijos ante una situación tan alarmante como lo era un ataque deliberado en su contra.
—Hola, Mika —lo saludó, cuando el bebé, en un acto reflejo, atrapó su dedo índice con su mano —Yo… yo soy tu papá y… —no pudo terminar de hablar, porque como si supiera que estaban prescindiendo de su presencia, Maia despertó y aunque no lloró, sí que empezó a soltar quejidos.
Iba a entrar en pánico por la imposibilidad de poder cargar también a su hija, cuando Nerem entró para ayudar a su príncipe. Después de hacer una suave reverencia a sus príncipes y a la princesa, la tomó entre sus brazos y esperó a que Aikka acomodara a Mika en uno solo de sus brazos. Le pidió que se sentara para que estuviera más cómodo y los bebés más seguros.
—Tranquilo, su Alteza —le pidió, mientras dejaba su brazo izquierdo a su primogénita —Lo está haciendo bien. Ellos lo reconocen como su padre.
A Aikka le sorprendió la calidez que encontraba en su guardia, siendo que la mayor parte del tiempo era un nourasiano muy hermético, pero ya suponía que era el efecto de los bebés que descansaban en sus brazos. Y no era porque fuera su padre, no, pero ciertamente es que esos niños eran lo más precioso que había visto jamás. Cada uno lucía con belleza la mitad de cada planeta al que pertenecían. La piel de Mika era del mismo tono claro y delicado de su madre, y los ojos de Maia encerraban en su tono azul la sabiduría de generaciones y generaciones de reyes y reinas nourasianos. Pero también, Maia tenía muchos rasgos parecidos a la madre de Aikka, y Mika era una conjugación de ambos, con la etérea belleza nourasiana, pero con los fuertes rasgos de la humana.
—Ustedes saben que los amo, ¿verdad? —les dijo, sintiéndose un poco presionado porque ninguno de los bebés le sacaba la mirada de encima —Yo… soy su padre, y tienen que saber que no hay nada que ame más que ustedes… y a su madre —aclaró, pensando siempre en esa mujer tan fuerte y valiente —Nada… nada importa más que ustedes dos. Yo… yo tengo que irme.
Nunca le había dolido tanto decirlo en voz alta. Quizá porque era precisamente a ellos a quienes se los estaba diciendo. Cuando se fue, la última vez que vio a Eva, apenas había sido testigo de un atisbo de la existencia de vida dentro del interior de su amada. Y si, fue difícil, pero estar frente a la realización de ese amor, a la personificación de esa vida, en doble presentación, era aún más complicado. ¿Cómo iba a vivir con la ausencia en sus brazos ahora que sabía cómo se sentía tenerlos llenos de la preciosa existencia de sus hijos? ¿Cómo ver cualquier cosa que fuera siquiera igual de bella que no era la visión de sus pequeños comenzando a quedarse dormidos? ¿Qué podía ser más hermoso que imaginar su vida junto a su Eva criando a sus hijos? En la Tierra, en Nourasia, en Ōban, en cualquier lugar de la galaxia… ya no iba a haber forma de que se acercara, aunque fuera un poco, a lo que era la felicidad si no era a un lado de ellos tres.
—Maia, Mika… voy a volver por ustedes —dijo, mientras una lágrima se estrellaba en la blanca cobija en la que estaba envuelto el menor de los mellizos —Por ustedes y por Eva. Yo… me encargaré de devolverles lo que les pertenece y darles… la familia que se merecen. Lo siento, lo siento tanto… —los arropó fuerte contra su pecho, queriendo impregnarse de cada sensación que ellos le brindaban. De su suave olor, de sus tiernas expresiones, sus pucheros, sus suspiros, sus lloriqueos. Sus dioses sabían que se le estaban grabando a fuego en sus recuerdos. Todo eso y ella iban a hacer lo que le iban a dar fuerzas para resistir —Nada, nunca, va a ser más importante para Eva y para mí que ustedes dos. Haré todo cuanto pueda para volver pronto. Los estaré observando, ¿está bien? Ustedes no me verán, pero yo los seguiré en cada paso. Cuando caminen, cuando hablen, cuando jueguen, se caigan, lloren, se enojen… cuando abracen a su madre y… si llegan a preguntar por mí… ahí estaré para ustedes.
Con sumo cuidado, depositó a Maia en la camilla en la que se encontraban sentados, cuidando de que estuviera segura, para sostener solo a Mika por un momento antes de marcharse, pues la hora que había acordado con Jordan para irse a Ōban se acercaba.
—Mika… no es justo, y yo lo sé. Pero ahora, cargas con la esperanza de todo un planeta —de hecho, odiaba que su hijo tuviera esa responsabilidad, pero sabía que era fuerte y que podría asumirlo con ayuda de toda su familia —Pero sé que podrás con todo. En tanto yo no esté… confiaré en ti para que cuides de tu madre y de tu hermana. Mika, mi príncipe… te amo. Eres mi orgullo y ahora… —de su dedo, salió una chispa de magia azul, brillante y firme, almacenando un poder inmenso y transgeneracional. La puso en la palma de la diminuta mano del bebé y la magia se internó en su cuerpo, llenando cada pedazo de su existencia de esa maravillosa fuerza —Ahora te doy toda la magia que te pertenece por derecho. Mika… en ti va a descansar la sabiduría de reyes y príncipes. Y pronto, yo vendré para guiarte. Te amo, Mika. Sé fuerte.
Lo abrazó fuerte y delicado contra su pecho, sin resistirse a llorar por saber que era la última vez que lo cargaría dentro de mucho tiempo. No quería que Mika se sintiera responsable de tantas cosas y tan pronto, pero era necesario que todos trabajaran en conjunto para recuperar todo lo que era suyo. No solo Nourasia como reino, sino Nourasia como hogar. Como si Mika supiera lo que le estaba diciendo su padre, soltó unos quejidos y se agitó en sus brazos. Aikka lo sostuvo un rato más, conectando sus miradas de un mismo tono azulado. Le dio un último beso en la frente y lo dejó en la cuna, despierto y algo quejumbroso.
Fue entonces que se dio la vuelta para tomar a la niña, quien lo esperaba despierta y seria. A decir verdad, cuando Aikka la levantó y la acunó en sus brazos, casi se sintió juzgado por su hija. Sus ojos eran idénticos a los de Eva y lo miraba casi como lo haría ella en el momento en que tuviera que dar las explicaciones que se merecía. No iba a negarlo. Le aterraba un poco que su hija fuera como Eva, intrépida y terca, pero también le gustaría mucho que eso significara que poseería su misma determinación. Estaba enamorado de su hija, pues ya podía sentir que sería una inmensa muestra de fortaleza y seguridad.
—Maia… princesa… Eres tan hermosa, como tu madre —Aikka rió en lugar de que las lágrimas subieran a sus ojos. Ya había sido sorpresa para muchos saber que alguien de su personalidad había quedado enamorado de una mujer, ya no se diga de alguien al estilo de Eva. ¿Cómo iba a poder imaginarse que, de hecho, serían dos mujeres las que se apoderarían por completo de su existencia? Aikka estaba verdaderamente enamorado de ambas. Y quizá debería pedirle unas disculpas sinceras a Eva después por lo que estaba pensando, pero lo cierto era que, como padre, estaba seguro de que su Maia era la mujer más hermosa en todo el universo, sin lugar a dudas —Y fuerte como ella —acarició su frente. Había una pequeña raspadura, de la que ya le habían contado su origen —Mi princesa… tú eres mayor que tu hermano, y voy a confiar que seas una niña sabia y fuerte. Tienes… tienes a muchas grandes mujeres detrás de ti, en tu historia y en tu familia y espero que la sabiduría de todas ellas te lleve a ser una gran princesa y un ser lleno de fuerza —al igual que como lo había hecho antes, mandó a la punta de su dedo toda la magia que le correspondía a Maia tanto por ser princesa como por ser la primogénita del legítimo rey. A diferencia que con la de su hermano, la chispa que se adentró en la palma de la mano de la pequeña chispeó como una estrella. Eso a Aikka le divirtió, pues sabía que sería una señal del vivaz carácter que tendría la niña cuando creciera —Vendré a ti, hermosa. Vendré pronto a ti. Y me tendrás para ser tu sobreprotector, quizá celoso y consentidor padre. Para que sea solo tuyo, mi amor.
Entonces, ya no se reprimió de llorar. Abrazó a su pequeña como si no la fuese a ver nunca más en su vida, porque precisamente así se sentía. La acogió un momento y la acomodó contra su cuello, acariciando también su espalda pequeña.
Como iba a añorar esos momentos. Había sido un poco masoquista ir a verlos, sabiendo que no podría estar con ellos en mucho tiempo. Pero por lo menos ahora podía morir tranquilamente habiéndolos conocido.
—Alteza… —Ilka entró con cautela al cuarto, reverenciándose ante la figura de sus tres príncipes juntos —El Avatar lo está esperando afuera. Me pidió que le dijera que es momento de que se retiren.
—Entiendo —Aikka le dio un último beso a la princesa antes de regresarla a su cunero. Mika ya estaba dormido y Maia comenzó a bostezar. Durante unos segundos, se sostuvo de la cuna de Mika y resistió lo mejor que pudo. Resistió el impulso de querer quedarse, de llevárselos con él, de olvidar todo y permanecer con su familia, resistió el querer hacer muchas cosas, de ceder a muchos impulsos. Se abstuvo de decir una sola cosa más a sus hijos. Les había dicho lo que necesitaba y lo que les iba a servir. Una sola palabra iba a terminar con lo que le quedaba de cordura y razón para hacer lo que debía. Caminó hacia Ilka sin mirar atrás y solo hasta que estuvo frente a él pudo hablar —Tienes que prometerme que los vas a cuidar, Ilka. A ellos y a Eva.
—Alteza… Aikka… Ella y tus hijos se han vuelto mi prioridad. Además de que son mi responsabilidad, tengo un fuerte aprecio por los tres. Daría mi vida por ellos si es necesario, así que le pido que confíe en que estarán protegidos el tiempo que usted esté ausente.
—Espero que no sea demasiado… —Aikka suspiró y puso una mano sobre el hombro del guardia de sus hijos —Además de eso… por favor, no dejes que olviden de dónde vienen. La Coalición Tierra es su hogar y la mitad de ellos, pero Nourasia es la otra mitad. Cuéntales de su planeta, del lugar de donde ellos son príncipes y a donde vamos a volver algún día.
Algún día, por ejemplo, ellos verían la devoción de su pueblo completo y no de una fracturada parte. Verían los cielos azules, las verdes praderas o las altas montañas. Las pequeñas ciudadelas o la gran capital de Nourasia, en donde su hogar, aquel precioso castillo, se alzaba imponente.
¿Qué si ahora estaba siendo ocupado por alguien que no lo merecía? Sí, pero Aikka se iba a encargar de que todo regresara a quien le pertenecía por derecho. Sobre todo, que les regresaría a ser una familia completa. Después de conocer a sus hijos, Aikka pensó que ya no importaba llevar una guerra contra su hermano. Solo no iba a poder perdonar tan fácil que, por una gran culpa de Luka y sus malas decisiones, Aikka tuviera que, en ese momento, cerrar la puerta a sus espaldas y resignarse a que pasarían años quizá para volver a verlos.
*.*.*.*.*
—Y esa es la ciudadela donde están quedándose los nourasianos —le indicó Jordan a Aikka desde una colina algo lejana.
Horas después, solo cuando Aikka dejó dadas suficientes instrucciones para la protección de Eva y sus hijos, además de algunas otras acciones, se encontraba ya listo para partir. Se les había prohibido a todos los nourasianos que le dijeran a Eva que Aikka había estado con sus hijos, por lo menos no hasta que la Guardia Real hablara con ella y le explicara todo lo que pasó. Aikka ya podía imaginarse que la joven humana estaría algo más enojada con él por no haberla ido a ver. Pero el príncipe de verdad no hubiera podido estar frente a ella y marcharse después. Se sabía sin el valor suficiente como para dejarla. No, cuando incluso ya había visto a lo que resultaba de su amor.
—Pero ella no vivirá aquí. Ilka me dijo que había decidido quedarse en casa con su padre, pero venir ocasionalmente a la ciudadela para que Maia y Mika puedan conocer a los nourasianos y familiarizarse con ellos.
—Para que se sientan y crean que son príncipes de ellos —añadió Jordan, que podía imaginarse el nivel de consentimiento que tendrían esos niños —Y para que sepan que hay un planeta más allá al que también pertenecen.
—Jordan… —Aikka lo interrumpió antes de que siguiera hablando, porque la mención de Nourasia lo hizo recordar lo que el Avatar le había dicho acerca de su decisión final —No voy a intentar apelar por el Imperio Krog. Después de lo que hicieron hoy… incluso hubiera pedido más. Pero…
—No estás de acuerdo en que haya sitiado a Nourasia, ¿cierto?
—Por supuesto que no. Entiendo que… que seguramente Cairen fue la que organizó el ataque krog, pero no se puede comprobar.
Aikka casi había reñido a Jordan después de que se enteró de lo que había sucedido en aquella sala en donde habían discutido los representantes de los tres planetas involucrados. Jordan le comentó que Amina había estado a punto de irse del lugar porque estaba harta de ver la pasividad con la que los pseudo reyes de Nourasia trataban un tema de tanta gravedad. Sin embargo, el presidente Charles estuvo a su lado, insistiendo en que resistiera y se mantuviera ahí. Al final, ni la princesa ni el presidente de la Coalición Tierra pidieron algo como una indemnización, una disculpa o un reparo de los daños. Lo único que se solicitó fue que el Avatar asegurara que lo dejaran en paz, que ya no hubiera manera de que les siguieran haciendo daño.
Y no había remedio. Ordenarles que se rezagaran no habría sido suficiente, porque podían transgredir esa orden sin problema. No, tuvo que ir más allá. Y cercar ambos planetas había sido la mejor solución para garantizar que no atacaran otras poblaciones. Básicamente, el Avatar enviaría una cierta cantidad de energía que envolvería a ambos planetas como una cúpula gigantesca y transparente que permitiría la entrada, pero impediría la salida de cualquiera que no tuviera la autorización del mismísimo Avatar, o de su mano derecha, el príncipe Aikka. Era una medida extrema, pero ¿cómo entonces cuidaba que no salieran de sus fronteras para ir a atacar a quien se les diera la gana? Y sí, quizá Nourasia no era un planeta que atacara directamente, pero se sabía a todas luces que era un cómplice de ellos.
—No tuve opción. Solo así, los exiliados de Nourasia y la Coalición Tierra iban a estar tranquilos. Y siendo sinceros, incluso yo me siento con mayor seguridad respecto a esto. Quizá sea una técnica que implemente en lo consiguiente.
—Nourasia no va a sobrevivir mucho tiempo sin la ayuda del exterior. Depende mucho del comercio con otros planetas y…
—Aikka —Jordan lo paró, sabiendo hacia donde iban sus pensamientos —No he prohibido que Nourasia comercie. Nadie tendrá problema para entrar, a excepción de los krogs. Ahora todo depende de ellos y su capacidad de mantener sus relaciones.
—La mitad de los aliados que consiguió mi padre ya los dejaron, Jordan. Si esto sigue pasando…
—Seguirá pasando. El que ahora estén señalados como uno de los dos planetas que están vetados de salir al exterior va a provocar que más aliados los dejen. Si a Luka y a Cairen les importa un mínimo Nourasia, tendrán que sacrificarse y tomar las decisiones correctas.
—Solo hay una decisión correcta en todo eso, y esa es abdicar —espetó Aikka, resignado a que los años que venían para su hogar iban a ser más que complicados y duros —Tanto porque las siguientes generaciones en Nourasia se van a quedar sin magia, como porque los recursos se agotarán por eso mismo. Yo… solo veo que habrá hambre y desesperación dentro de poco.
—Dime cruel, Aikka, pero quizá sea llegar a ese extremo sea lo que necesiten para darse cuenta de error. Es por eso que tú tienes que abarcar tus propios aliados desde ahora. ¿No preferiría incluso el Consejo tener como rey a alguien que les va a llevar seguridad y respaldo de otros planetas?
—Sí… supongo que sí. Eso, y un heredero…
Aikka alcanzó a observar cómo, de la casa principal de la ciudadela, Eva salía tomada del brazo de Amina y la reina Nuri, respaldada también por su padre. Se dirigían hacia un auto negro, del que bajaron los cuatro miembros de la Guardia Real. Ilka y Kurok llevaban en sus brazos a Maia y Mika, respectivamente. No necesitaba estar junto a ella para ver las lágrimas que salieron de sus ojos cuando por fin pudo abrazar a sus niños de nuevo. No podía imaginarse la angustia que debió haber vivido durante el tiempo que tuvo que verlos partir sin ella poder protegerlos.
—Vámonos, Jordan —pidió Aikka, antes de que el impulso de correr hacia ellos le ganara.
Algún día, y pronto, Aikka podría ser parte de ese abrazo y de esa pequeña familia. Algún día serían lo que, en ese momento, no les permitieron.
*.*.*.*.*
—Tranquila, Alteza. Le prometo que han revisado a ambos y están en excelentes condiciones —aseguró Ilka a Eva, quien acunaba a Maia en sus brazos en tanto que Amina cargaba a Mika, quien lloraba por también sentir a su mamá, igual que Don vigilaba la reunión. La reina Nuri acariciaba a sus nietos al tiempo que escuchaba el relato de la huida de la voz de Nerem —Le pido la mayor de las disculpas por la herida en la frente de Maia. Pero la situación era desesperada y…
—Lo entiendo —Eva puso una mano sobre el hombro de su guardia, calmándolo —Sé que todos dieron todo para cuidarlos y créanme que nunca terminaré de agradecerles por regresármelos.
Los cuatro sonrieron, sobre todo Ilka y Kurok, pues esperaban pronto poder contarle a la familia real que ellos dos habían generado un vínculo especial con los bebés. Sin embargo, no podían sentirse del todo felices. La plenitud vivía en sus corazones debido al nacimiento de esos bebés que eran el rostro de la esperanza, pero el escenario escabroso de un ataque, en el que humanos y nourasianos habían muerto por igual, mermaba sus ganas de poder sentirse dichosos.
—Vamos adentro, todos. Necesitamos descansar un momento y pensar en lo que debemos hacer.
Los guardias se miraron entre ellos ante las palabras de la reina Nuri. Ellos ya sabían que hacer por órdenes de Aikka. Ahora que la reina y la princesa Laila estaban por partir a Nourasia antes de levantar sospechas. Aún no sabía cómo manejarían ese tema, pero algo se les iba a ocurrir en el camino.
Comenzaron a entrar a la casa. Amina dejó a Mika en los brazos de Ilka, pues se sentía algo mareada y muy agotada por la dureza de las emociones que la habían golpeado ese día.
—Alteza, entremos para que descanse —pidió Ilka a Eva, al ver que se quedaba hasta el final, con la atención fija en algún punto del horizonte.
—¿Qué opinó Aikka de ellos? —preguntó, de la misma forma en la que se preguntaría a alguien acerca del clima.
—Eva…
—No lo ocultes ni lo niegues —le pidió, con una sonrisa suave, pero visiblemente triste —Lo sé. Es más… sé que se acaba de marchar.
—Quiero que estés segura de que no he visto mayor amor por tus hijos que el que tuvo él, solo a excepción de ti. Él ama a sus hijos, Eva. Estaba desesperado por no poder quedarse. Pero no se arrepintió de venir a verlos a pesar de que sabía que la separación iba a ser difícil. Y quizá por eso no vino a verte.
—Sé lo agradezco —murmuró, sonriendo hacia el lugar en el que unos momentos antes había visto un resplandor dorado brillar y desaparecer, casi como un rayo del sol al morir por la tarde —No sé si habría podido dejarlo ir.
*.*.*.*.*
¡Pfff…! No sé muy bien por dónde empezar. Quizá tampoco tengo mucha justificación por todo el tiempo de ausencia. Pero la recta final de la universidad se ha vuelto un verdadero campo de batalla. Y para finales de diciembre sufrí una pérdida de un hermano de corazón, de la que poco a poco me iré recuperando. La motivación para actualizar se me fue durante estos meses, pero poco a poco me he vuelto a enamorar de Ōban y de mi fic, y por fin pude ponerle punto final a este capítulo que ha sido el más largo que he escrito. Créanme que lo he hecho con muchísimo amor y con la intención de que valga un poco lo mucho que tardé. En verdad, no tengo manera de agradecerles el que sigan aquí, leyendo siempre y dándome su apoyo a pesar de todo. Los amo profundamente a todos. ¡Gracias! ¡Y feliz año 2020 atrasado! Cada capítulo más cerca del final.
PinkAngel90: ¡Hola! No saben lo mucho que me alegra saber que lo que hago les siga gustando. De verdad que pienso mucho en las dos cuando estoy escribiendo, esperando que la historia siga siendo tan atractiva como cuando empezaron a leerla. La verdad… un bebé si se llamará Lao, pero eso será mucho más adelante. Eva va a comenzar a portarse más como una líder, porque ha comenzado a entender que no puede negar que ella es pareja de un príncipe y sus hijos lo son. De Alexa y Aitan, así como de Luka y Cairen, y Amina y Jason, veremos un poco más en los próximos capítulos, para que sepamos como van evolucionando. (De Cairen no esperen mucho, solo que comenzará a recibir su merecido. En el próximo capítulo, nacerá su bebé). ¡Les envío un mundo de amor desde México! ¡Mil besos y abrazos!
Temptress101: ¡Hola! Oh, sobre tu pregunta… sí, eso no se va a resolver precisamente aquí. Creo que ya me he decidido por completo a hacer una secuela de este fic, con los hijos de Aikka y Eva ya mayores y comenzando a enfrentar su destino, así que ahí tendrás la respuesta a quien puso ese aparato dentro de The Witch. Respecto a Alexa… sí, aún está en esa relación, pero a petición de Anastasia, lo dejará cuando comience a ver que siente algo especial por Aitan, y viceversa. La reina Nuri y Eva se van a llevar muy bien. Ella terminará viéndola incluso como una segunda madre, no como reemplazo de Maia, pero si como una nueva forma de amor maternal. ¡Las amo! Les envío otra vez mil abrazos mexicanos hasta Serbia.
Ninfa: ¡Hooola! Espero que este capítulo te haya gustado mucho. Disculpa por la tardanza, pero ojalá que lo haya compensado. ¡Abrazos miles!
Arabela18: Jajajaja ¡Perdón! Lamento tanto haber tardado todos estos meses para actualizar. Si, jaja, si habrá un capítulo de Eva, Aikka y sus hijos… pero ya no serán bebés para ese momento. Pero en serio que prometo que después de la última tormenta, comenzarán a abrirse los cielos para los protagonistas. ¡Y sí! ¡Canta doble yupi! Después habrá boda y una casi confirmada secuela, así que atenta. Y tranquila, que antes muerta que abandonar mi fic. ¡Te envío mil abrazos!
P.D.: El título para este capítulo es de la canción "El breve espacio" de Pablo Milanés.
