Mil perdones por la monumental demora (creo que vivo disculpándome). El retraso en las actualizaciones de esta historia (y por tanto, las de Cristy), son de mi exclusiva responsabilidad y obedece a que la vida me ha pasado por encima en este último tiempo. ¡Pero descuiden! Este capítulo me quedo muy largo así que lo dividí en dos, por tanto, la continuación ya está hecha.

Quisiera dedicar este capitulo y el siguiente a Dani Aros, a quien le debo esta dedicación desde el verano, cuando recibí sus lindas palabras de apoyo. Espero que tu amiga, tu compañera de curso y tu novio no hayan quedado traumados con "Tu Verdugo" XD.

Un abrazote.

Mad


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3. Paso en falso (parte 1)

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Habían transcurrido varias horas desde que abandonaron la mansión Flint para volver a su guarida en lo más recóndito del bosque, y sus soldados, aún golpeados por el alcohol, se dejaron caer en sus respectivas habitaciones, iniciando un coro de ronquidos que le daba luz verde a sus pensamientos tortuosos. Después de cavilarlo en el insomnio y darle mil y una vueltas, había tomado una decisión ad portas al amanecer: encontraría a Harry y lo pondría a salvo.

No había tiempo para buscar sus pertenencias ya que pronto todos despertarían, así que Hermione simplemente tomó su varita y salió por la puerta, sintiendo como arrastraba la culpabilidad por abandonar a su grupo de batalla así, sin una palabra de despedida o una explicación.

¿Cómo justificarse? Ninguno de ellos entendería su necesidad de encontrar a Harry, de saber que estaba bien, cuando ella misma lo había abandonado hace un poco más de un mes por no tomar la delantera en la guerra, y dejar que los apalearan una y otra vez. Con el tiempo, Hermione se había convencido de que la única vía para vencer era tornarse en un ser despiadado como ellos, y Harry, con su corazón de oro, sencillamente no pudo pensar como el enemigo.

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Como a ella se le daba con tanta naturalidad…

Tanta, que de pensarlo le daba escalofríos.

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Avanzó entre la espesura creyendo que nadie había notado su partida, pero pronto vio que estaba equivocada. Una figura imponente se cruzó en su camino de forma tan imprevista que casi se le salió el corazón del susto.

No alcanzó a evitar que el recién llegado la afirmara por el codo para detener todo avance. Tampoco lo hubiera intentado, después de todo, era él, su mano derecha, y también la izquierda.

–No vayas.

El aliento de Theodore chocó contra su frente. Su voz, dura e implacable, emitía esa orden de manera perentoria, pero Hermione al elevar la vista para encontrarse con sus ojos, notó que todo estaba teñido de una súplica solapada, casi imperceptible, casi subliminal.

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Desvió la vista avergonzada de tan solo imaginar cuánto lo había decepcionado con su decisión.

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–No puedo dejarlo a su suerte –respondió secamente como explicación.

–Ya lo hiciste.

Hermione sintió que Theodore había perforado su pecho con sus palabras, pero no tanto por haberlas emitido al viento, sino por lo malditamente verdaderas que eran. Cuando se fue de esa casa que los albergó por año y medio, abandonó al Harry "líder de la Orden", pero jamás se detuvo a pensar que también estaba renunciando al Harry que prácticamente era su hermano, una extremidad más de su cuerpo y de su alma.

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Y ahora, tantas cosas habían pasado entremedio, que le costaba recordar si la cicatriz de su frente estaba en el lado derecho o izquierdo.

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–Hermione –la llamó Theodore para atraer su atención–. No puedes irte. Eres su líder. Contigo han visto progresos, han experimentado el sabor de la victoria. Si te vas a buscarlo, los defraudarás, borrarás con el codo todo lo que has avanzado a punta de esfuerzo y planificación.

–Lo sé –contestó ella, liberando su brazo de un aleteo–, lo tengo claro y me duele como no puedes ni imaginarlo…

Su garganta se apretó. Sabía perfectamente que estaba dejando ir una importante chance de derrotar al régimen, justo cuando ya estaban logrando resultados y de a poco se estaban infiltrando en las líneas enemigas. Pero también sabía que no podría seguir liderando su facción con la frialdad necesaria sabiendo que Harry podía estar en graves problemas. Esta vez, ella tenía sus propias prioridades.

–Ahí viene un "pero", ¿no? –masculló Theodore, impaciente.

–Pero es Harry –prosiguió elevando su mentón para enfrentarlo con resolución–. Es lo único que tengo de mi vida pasada, donde aún existían recuerdos felices y no tenía las manos manchadas de sangre. Es prácticamente parte de mi. No puedo no ir por él. No podría estar tranquila de solo imaginar que podría caer en las manos del enemigo y…

–Tienes claro que es probable que esté muerto, ¿no?

Frío, cortante y al callo, así era el tono de Theodore Nott, quien no parecía dar pie atrás con su intención de disuadirla, a pesar de que sus tácticas estuvieran al borde de ser crueles e hirientes, como punzantes lanzas.

Hermione apretó los puños con tanta fiereza que sus uñas lastimaron las palmas de sus manos. No tenía rabia contra su interlocutor, no, no era eso. Tenía rabia contra el mundo completo, contra Voldemort y la tropa de sádicos que lo ayudaban. Contra Ron por bajar la guardia esa noche de Navidad. Y contra Harry, por su superioridad moral y no rebajarse al nivel de sus enemigos. Por empujarla con su inactividad a marcharse.

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En esos momentos, ella solo quería quemarlo todo.

Y si tenía que jugar sucio o violento, así sería.

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–Parkinson ya estaría pavoneándose por la prensa, lo sabes –aseguró en tono glacial–. Pero esa rata en silencio se ha mantenido. Tu padre, además, con lo macabro que es, no habría permitido guardarlo en secreto. Tendría su cabeza en exhibición, pudriéndose al aire libre.

Notó cómo él se tensaba y una pincelada de remordimiento pintaba ese extraño cuadro que era su cabeza en ese instante. Estaba tan estresada por la conversación que no se detuvo a meditar sus palabras ni a recordar que nadie mejor que Theodore sabía lo que era tener el cadáver de un ser querido en "exhibición".

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Tuvo el instinto de abrazarlo en una disculpa, pero el ambiente entre ambos estaba tan cargado que sus brazos ni piernas funcionaron.

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–Puede que haya muerto en el anonimato, en la confusión de la pelea –insistió él, aunque con menos fuerza que antes.

–De ser así –respondió Hermione con suavidad, con las cuerdas vocales tomadas de solo imaginarlo–, lo encontraré y le daré sepultura. Lo que no pude hacer con Ron.

Ella notó como la resignación se dibujaba en el rostro de su amigo, quien emitió una exhalación en señal de renuncia de hacerla entrar en razón. Lo vio retroceder para salir de su camino, y con el brazo izquierdo extendido le indicó que no intentaría detenerla esta vez. Ella esbozó una sonrisa triste y con un asentimiento de cabeza siguió su rumbo, no sin antes añadir una última instrucción.

–Te quedas a cargo.

–¿No les dirás nada? –la cuestionó a sus espaldas–. ¿Ni un adiós siquiera?

Ella negó sin voltearse.

–Me he vuelto pésima para las despedidas. Así que…

Y se esfumó.

Estaba segura que, si se giraba en ese momento, no sería capaz de darle la espalda otra vez, después de todo, era el único ser humano con el cual había logrado una conexión en mucho tiempo, además de ser alguien a quien le tenía absoluta confianza. Solo esperaba que él pudiera perdonarla y, si lograba sobrevivir a la búsqueda, le permitiese volver al grupo, aunque no fuese como líder.

Se apareció a un kilómetro de la ex-base de Seamus, maldiciendo el encantamiento que le impedía aparecerse más cerca. Suspiró al imaginar lo que vendría, pues las instrucciones eran claras. Si algún refugio se veía comprometido, la orden era evacuarlo por completo, deshabilitarlo sin dejar rastro. Probablemente, ya no habrían cuerpos que atestiguaran la batalla, ni planos que indicaran el nuevo paradero de los posibles sobrevivientes. Sin embargo, lo que ella buscaba era algo más fino, algo que le permitiría llegar a Harry.

Caminó casi trotando, rogando que aún no amaneciera mientras sostenía firmemente la varita entre sus dedos. Las calles a la redonda estaban desiertas, como si acabaran de ser bombardeadas, respirándose tragedia en cada esquina. Pero no le sorprendió. No le extrañaba que esas ratas hubieran arrasado con todo el barrio, con tal de darle un golpe a la Orden. Para esos desgraciados, no había vida inocente a la cual respetar, ya que todos eran medios para el fin de ese engendro al cual llamaban Lord. Solo esperaba que al menos un puñado de civiles hubieran podido escapar del desastre.

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Seiscientos metros de su objetivo.

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Sentía su corazón cabalgando, y no precisamente por el esfuerzo físico, sino por la angustia. Si era cierto el mensaje que interceptaron –ya que no habían podido comunicarse con Nymphadora para confirmar la información–, Seamus y prácticamente toda su célula habían caído. Dejó escapar un gemido al percatarse que ahí estaban tantos ex compañeros de Hogwarts que no quería ni repasar la lista de aquellas personas que no podría volver a ver en vida.

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Ya no trotaba, solo arrastraba los pies.

Hasta que sencillamente dejó de avanzar.

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Una lágrima impertinente y no presupuestada rodó por su mejilla, lo que le arrancó una risa irónica, ya que juraba que había perdido la capacidad de llorar. Se la limpió con la manga de su sweater y tomó un gran respiro para darse fuerzas y continuar, no obstante, justo cuando presupuestaba hacerlo, una mano varonil se posó sobre su hombro, sobresaltándola. Con agilidad, Hermione giró sobre sus tobillos y le aplicó una llave, abriendo los ojos de par en par al identificarlo.

–¡Mierda Theodore! ¿Quieres dejar de asustarme? ¿Acaso quieres provocarme un infarto?

Lo soltó con molestia mientras él se erguía con un mohín travieso en los labios, sobándose disimuladamente la muñeca. Hermione pasó los dedos furiosa por su cabello, desordenándolo, para luego posar las manos en sus caderas, en forma de jarra. No sabía qué le daba más rabia. El susto que le hizo pasar o que se dejara lastimar por ella.

–¿Qué haces acá? –le espetó, más en una recriminación que en una pregunta.

–Voy contigo.

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Así de simple, así de directo.

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Desde que eran amigos, Theodore era alguien que se caracterizaba por no andar con rodeos, ni perder el tiempo en sutilezas.

–No, Theodore. No necesito que me protejas.

Él frunció el ceño, aparentemente ofendido con su presunción.

–Lo sé, no soy tan idiota –le espetó–. Solo decidí acompañarte para que termines más rápido y vuelvas al lugar que te corresponde. A ganar esta puta guerra.

Ella intentó reprimir que sus comisuras se elevaran en una aleación de orgullo e incredulidad. ¿Tanta fe le tenía? O mejor dicho, ¿Tanta fe les tenía a ambos como equipo? Fijó su atención en las facciones de Theodore y se dio cuenta de inmediato que, en la realidad, no daría su brazo a torcer, a diferencia de lo que dejó que hiciera con su extremidad hace un rato atrás.

–¿Quién quedó al mando? –preguntó.

–Oliver –contestó él de inmediato–. Desperté al equipo, los reuní y les dije que estaríamos fuera un tiempo en una misión secreta para destruir a otra familia del régimen. No tenían porqué no creerme así que nos desearon buena suerte. Quedamos de comunicarnos con esto –explicó, tomando una cadena que llevaba al cuello, de la cual colgaba una placa–. Él tiene una igual. Arderá si están en peligro.

Hermione exhaló, frustrada consigo misma.

–No se me habría ocurrido mentir.

–Para eso me tienes a mí –le aseguró Theodore con suficiencia–. Y bien, ¿Cómo pretendes buscarlo? Ese refugio debe estar vacío de acuerdo a los protocolos. Con justas deben haber dejado un par de muebles.

–Un hechizo rastreador –explicó Hermione, jugando con la varita entre los dedos, perdida en sus recuerdos–. Después de que esos bastardos tomaron el poder, nos pusimos encantamientos rastreadores mutuamente. Solo debo encontrar un poco de su esencia y eso me guiará hasta él. Basta con que haya tocado una pared o el suelo con su piel y tendré una pista.

Su acompañante levantó ambas cejas, evidentemente sorprendido.

–Movida inteligente –reconoció –. Apuesto que fue tu idea.

–No le tienes cariño a Harry, ¿Cierto?

Theodore guardó las manos en los bolsillos y elevó la vista al cielo.

–Valoro mucho mi tiempo, y siguiéndolo a él, lo perdí de una forma espantosa. No me puedes culpar.

Una gota lo interrumpió, cayendo justo en la punta de su nariz, secándosela con la mano. Hermione parpadeó extrañada y también levantó la vista, recibiendo dos gotas en la frente. "Maldición" pensaron al mismo tiempo. Ambos se miraron en silencio y emprendieron una carrera a la ex - base de Seamus, sintiendo cómo en cuestión de segundos un chaparrón se les vino encima de sus cabezas.

Sin embargo, curiosamente, para Hermione correr bajo la lluvia no sólo le estaba resultando refrescante para el cuerpo sino también para su atribulado cerebro. ¿Hace cuánto que no sentía esa sensación de libertad? Para ser sincera consigo misma, ni siquiera lo recordaba, y una porción de ella lamentaba que su destino no estuviera más lejos.

Entraron a la base y Hermione se dirigió de inmediato a la chimenea, agradeciendo que existieran un par de troncos ahí. Sin pensarlo dos veces, apuntó su varita en esa dirección.

Incendio.

La llama no tardó en aparecer, iluminando su rostro en tonos rojizos. A continuación, al notar que estaba empapada, se quitó el sweater por encima de la cabeza y comenzó a desabotonar su blusa de arriba abajo, deslizándola al piso, frente a un Theodore pasmado.

–¡¿Qué haces?! –escuchó qué él exclamaba, incómodo.

Sin dejar de mover sus dedos para quitarse la ropa, ella respondió con toda tranquilidad.

–No podemos darnos el lujo de enfermarnos ahora, Theo. Si aplicamos el encantamiento encima tal cual estamos, el agua efectivamente abandonará la ropa pero se impregnará la humedad en nuestro cuerpo. Y con la pesada lluvia que nos cayó, prefiero unos minutos de vergüenza a una neumonía. ¿Sabes? No tenemos derecho a enfermarnos, así que te recomiendo que hagas lo mismo –añadió, mientras se bajaba el pantalón.

Una vez en ropa interior, Hermione dejó sus prendas sobre una mesa abandonada y susurró.

Siccatum.

Se giró para observar a Theodore, quien la miraba de vuelta con una expresión indescifrable, hasta que ella le levantó una ceja interrogante para hacerlo reaccionar. Él sacudió la cabeza y se giró, procediendo a desvestirse también.

Mientras él le daba la espalda, Hermione realizó una inspección visual a su propio cuerpo. Estaba delgada, pero aún no perdía la forma, algo que podía reconocer de los genes de su madre. Agradeció estar llevando un conjunto de algodón blanco, algo insípido, casi infantil, para que no fueran a existir malinterpretaciones entre ambos.

Siccatum –escuchó qué el murmuraba.

Sin presupuestarlo lanzó una mirada furtiva a su acompañante, que aún permanecía volteado. Sus ojos se deslizaron por sus omóplatos marcados y desde ahí bajaron hasta que sus mejillas se colorearon con sus hallazgos. Maldijo para sus adentros el desliz y posó su varita sobre la misma mesa, acercándose al fuego para calentarse las manos.

–¿Cuánto tiempo hay que esperar? –oyó qué él preguntaba, después de unos segundos.

–Con cinco minutos estará bien. Ahí la evaporación no debería afectarnos.

–Vale.

Se sumieron en un silencio incómodo, mirando el fuego, mientras cada uno lidiaba con sus propios pensamientos, y por qué no decirlo, con sus propios demonios. Hermione comenzó a frotarse los brazos al sentir la piel de gallina, aunque no estaba segura si era por frío o por algo más. A pesar de que había sido su idea, no quería volver a toparse con el cuerpo semidesnudo de Theodore, que le hacía recordar que desde la muerte de Ron, no había dejado que nadie la volviese a tocar. Pero al fin y al cabo, ella era humana, y en esas circunstancias, sentía que estaba cosquilleando entera.

Tal vez, si no fuese él, habría sucumbido a un encuentro casual, pero Theodore no era casual, además de ser en estos momentos lo único que tenía presente y seguro en su vida, por lo que no estaba dispuesta a cometer un error que pudiera estropear las cosas entre los dos. No estaba dispuesta a perderlo.

–Esto es rarísimo.

Hermione sintió la boca seca, pues él estaba verbalizando lo que ambos estaban percibiendo y, conociéndolo, no tendría asco en abordar el tema de frentón.

–Creo que nos ha tocado vivir cosas más raras en el último tiempo, Theodore –soltó, tratando de desviar el tema.

–No me refería a eso –explicó él con calma, estrujándole los nervios a Hermione al saber que la conversación se había tornado en inevitable–. Ha pasado más de año y medio desde que comenzó esta mierda, pero en este último mes, mientras hemos sido tu y yo tratando de…

Pero él no continuó, lo cual ella agradeció al principio, pero luego le preocupó. Theodore no era alguien que se arrepintiera ni dejara cosas a medias. Así que dejó transcurrir unos segundos antes de llamarlo.

–¿Theo? –esbozó, aún con la mirada dirigida al fuego.

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Pero la respuesta no vino de quien esperaba.

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–Buenos días, Granger.

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Se volteó a mirarlo con tanta rapidez que ni siquiera se molestó en cubrirse.

Solo una persona podía arrastrar su nombre así, y su suposición, lamentablemente, no era incorrecta.

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Afirmando a Theodore desde la espalda mientras le enterraba la varita en la sien, se encontraba aquel hombre de ojos grises, iguales a dos bloques de acero, esbozando una mueca divertida, mientras la luz, que comenzaba a colarse por la ventana a causa del amanecer, hacía su cabello más claro si se podía, en contraste a su clásico ropaje negro.

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Hermione barajó sus opciones.

Y sólo llegó a una conclusión.

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–Buenos días, Malfoy –contestó, aparentando indiferencia.

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Continuará…


N/A: ¿Quiere actualización pronto? Recuerde que por cada review, se acerca la segunda parte…(inserte risa maquiavélica)